Y tú… ¿Cómo quieres ser recordado?

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En memoria de Rodrigo Sánchez Celis

Tenía planeado dedicar el artículo de esta semana al tema de hábitos para seguir trabajando en la construcción de nuestros propósitos de año nuevo –propósitos que sí se cumplan-.

Pero hoy, la vida me sorprendió con una noticia muy triste. Rodrigo, compañero de carrera y amigo desde entonces, adelantó su viaje al cielo sin avisar.

En las últimas semanas se han ido personas cercanas. Han sido días tristes, de duelos, ceremonias de despedida y palabras para celebrar sus vidas.

Me dejan pensando.

Cada vez que alguien querido se va, nos vemos obligados a reacomodarnos en su ausencia. Recogemos los recuerdos que nos dejaron por todos lados en un intento por llenar el hueco y los buscamos en sus recetas, su sazón, en sus cuadros, fotos, poemas, frases, anécdotas, mensajes, enseñanzas.

Cerramos los ojos, delineamos sus caras y casi podemos escuchar su voz, casi podemos olerlos, casi podemos sentirlos. Siguen días que no sabemos exactamente cómo vivir, pues lo que era ya no es. Asimilar el espacio vacío no es cosa fácil.

Cada vez que alguien se va, nos recuerda que la vida es ahorita. Que debemos quitar el piloto automático para reconocer que hoy estamos aquí, pero que no sabemos por cuánto tiempo más. Que no dejemos ir los días sin exprimirlos, sin vivirlos. Que no dejemos ir los días sin ser nuestra mejor y autentica versión.

Hagamos un esfuerzo por andar sin disfraz, por dejarnos ver, hacer lo que nos gusta, nos inspira y decirle a la gente que queremos cuánto la queremos.

Un ejercicio poderoso para tratar de descubrir nuestro propósito de vida consiste en pensar cómo queremos ser recordados cuando ya no estemos… ¿Qué te gustaría que dijeran de ti tus seres queridos cuando te vayas?

Construyamos recuerdos útiles para los que se queden cuando a nosotros nos llegue la hora. Que nos rememoren activos, involucrados, apasionados, entregados, auténticos, libres, generosos.

Hay que irnos de aquí sabiendo que dejamos todo en la cancha.

Hace años que no te veía Rodrigo, pero siempre te sentí cerca. A lo mejor porque nacimos el mismo día, del mismo año. Fue siempre divertido compartir el cumpleaños contigo. El reto era ver quién de los dos enviaba la felicitación primero y reconozco que ganaste todas las veces… imposible ganarle a tus puntuales felicitaciones a las 12:00 am. Recordaré siempre con cariño ese semestre en que nos dio por compartir una bolsa de Rufles verdes todos los días entre clases, ahí sentados en las escaleras frente a la cafetería de la universidad. Por cierto, siempre supe que apretabas la bolsa por abajo esperando que yo no comiera más papas que tú, pero… ¿adivina qué? yo hacía lo mismo cuando me tocaba detenerla. Recordaré siempre todas las risas que me patrocinaste, las carcajadas indiscretas y descaradas, los chistes ocurrentes y atinados. Recordaré tu amor por el medio ambiente. Recordaré siempre esa sonrisa tuya tan completa, que no escatimaba en nada. Que lindo coincidir contigo aunque fuera por un rato, Rodrigo.

Abrazos hasta el cielo. Descansa en paz.

Entre la Navidad y el Año Nuevo

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Me gustan los días callados entre la Navidad y el Año Nuevo.

Me gustan las calles vacías, las tiendas cerradas, las horas lentas, el olor del recalentado, las comidas largas, las películas en familia y los espacios de reflexión que invariablemente aparecen entre un ciclo que termina y otro que comienza.

Bajamos la velocidad y nos detenemos a mirar en cámara lenta todo lo que pasó y nos pasó durante esos doce meses que volaron como en oferta de “al dos por uno”.

Hacemos el recuento del año que está por terminar para concluir si el balance fue positivo o no tanto. Repasamos lo que funcionó y lo que no; lo que hicimos y no debimos haber hecho o lo que debimos haber hecho, pero no hicimos.

Marshall Goldsmith propone que deberíamos hacernos seis preguntas todos los días. Cada una de ellas empieza con la frase: ¿Hice mi mejor esfuerzo para…? Esta manera de preguntar es poderosa pues obliga a responsabilizarnos de la respuesta y nos da una buena idea sobre qué es lo que debemos hacer o falta por hacer.

Te comparto el vinculo a su video, en caso de que quieras conocer sus seis preguntas.

Yo me quedo solamente con su frase de inicio y te invito a que pongamos el año que está por irse bajo la lupa de siete aspectos muy asociados con la felicidad.

La idea es reflexionar qué tan hábiles fuimos para cuidar, construir y mejorar nuestro bienestar emocional y, con base en esto, establecer nuestras intenciones para tener una vida más plena y feliz durante el año que está por comenzar.

  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para fortalecer mis lazos sociales? Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestras conexiones sociales. De fábrica venimos cableados para conectar y pertenecer a una comunidad. Entonces… ¿Hice mi mejor esfuerzo para dejarle saber a la gente que quiero cuánto la quiero, mostré afecto, di cariño y comuniqué admiración?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para ayudar a crecer a alguien, reconectar con viejas amistades o hacer nuevos amigos?, ¿Interactúe con diferentes tipos de personas, acepté oportunidades para socializar, estreché mis vínculos en el trabajo? Y también importante… ¿Hice mi mejor esfuerzo para alejarme de personas tóxicas y deshacer relaciones conflictivas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cultivar la Gratitud? Tiene que ver con notar los pequeños detalles, lo bueno que nos pasa, lo que sí tenemos, sí podemos hacer y las personas que sí están con nosotros queriéndonos, apoyándonos y contribuyendo positivamente en nuestras vidas. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ver mis días bajo un lente de abundancia, logré detectar los momentos lindos y buenos?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para mostrarle agradecimiento a todas las personas que hicieron y hacen algo por mi?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para practicar la generosidad? Cuando contribuimos positivamente en la vida de alguien más nuestra sensación de bienestar aumenta. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ser generosa con mi tiempo, atención, mis palabras y mi conocimiento?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para detectar micro oportunidades para ayudar y hacer una diferencia positiva en la vida de alguien más?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar el medio ambiente y proteger a los animales?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi salud?. Nuestro cuerpo es el único lugar que tenemos para vivir. Hacer ejercicio –movernos de manera natural-, comer sano y dormir suficiente es clave para cuidar nuestro bienestar. Tomando en cuenta lo anterior… ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi alimentación, estar activa físicamente, dormir suficiente y monitorear temas de salud?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para habitar y disfrutar el presente? Las personas más felices viven y disfrutan el momento actual. Pasar mucho tiempo recordando el pasado genera sentimientos de nostalgia y depresión; mientras que pensar constantemente en el futuro produce ansiedad. ¿Hice mi mejor esfuerzo para mantenerme en el momento presente, hacer pausas e involucrar todos mis sentidos para notar lo bonito alrededor, para darle toda mi atención a las personas que tuve frente a mi y concentrar mi energía en una tarea a la vez?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para acércame a mi propósito de vida? Las personas más felices pueden articular en una frase corta la razón por la que se levantan cada mañana –sin contar la alarma del despertador-. Nuestro propósito de vida está en la intersección de lo que nos apasiona, lo que sabemos hacer, nuestros valores, fortalezas personales y sentido de trascendencia. ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me gusta, me inspira, usar mis fortalezas, seguir mi curiosidad, dar pasos en dirección a mis sueños y acércame a mis metas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me hace feliz? Una vida feliz es una colección de momentos agradables que podemos identificar o crear. ¿Hice mi mejor esfuerzo para dedicar tiempo a hacer lo que me gusta, me divierte y me llena?, ¿Generé espacios en mi semana para andar en bicicleta, leer, pintar, aprender algo nuevo, escribir, correr, hablar con mis amigas?

Haciendo el recuento de mi año puedo concluir que, si bien hice mi mejor esfuerzo en varios aspectos, también me quedé muy corta en otros. Después de repasar mi año a la luz de estos conceptos tengo mucha más claridad sobre dónde debo esforzarme más para mejorar mi experiencia de bienestar y felicidad.

Si queremos tener una vida más plena y feliz empecemos por definir una intención en cada uno de estos siete aspectos para el 2018 y seamos consistentes en preguntarnos, al final de cada día, si hicimos nuestro mejor esfuerzo para cumlir.

Dejemos en el 2017 todo lo que no funcionó, los problemas, los resentimientos, las desilusiones, las ataduras, los miedos, las amistades que no dan para más, las relaciones fallidas. Llevemos al 2018 lo que hicimos bien y nuestros sueños.

Aprovechemos la hoja en blanco para escribir una nueva historia.

¡Mis mejores deseos para ti en 2018!

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Una Navidad para conectar

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La Navidad está a la vuelta de la esquina y estoy decidida a bajarme desde ya del tren Expreso Polar con destino a la locura.

Para esta Navidad tengo tres intenciones.

Mi primera intención, al igual que el año pasado, es pasar los siguientes días muy a la “Hygge”.

Este es un concepto de Dinamarca que representa un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Aquí te dejo el vínculo a un artículo con ideas para crear momentos y disfrutar una Navidad a la “hygge”.

Mi segunda intención es conectarme de lleno con mi gente. Los lazos sociales son el ingrediente clave para una vida sana, plena y feliz.

“Desconectar para conectar” dice una frase que se ha vuelto útil y muy usada para recordarnos sobre la importancia de guardar nuestros aparatos electrónicos e interactuar con las personas que tenemos al frente.

¿Qué tal si en esta Navidad nos despegamos del ruido de las redes sociales, habitamos el momento presente y compartimos el espacio con nuestras personas favoritas?

Aprovechemos la oportunidad de estar juntos para fortalecer nuestros vínculos, iniciar conversaciones, perpetuar anécdotas e historias familiares, crear momentos que luego serán recuerdos para intercambiar en el futuro, compartir experiencias, reír hasta que duela, filosofar.

Bajémonos del tren de las compras frenéticas características de estas épocas. No hay cosa material, ni regalo que vendan en una tienda que llene más el corazón de una persona que momentos de compañía, calidez, conexión, amabilidad y amor.

Dejemos de buscar triques en los estantes de las tiendas y de intercambiar cosas. Mejor regalemos atención plena, presencia, ojos para ver el alma, oídos para escuchar lo importante y abrazos para sentir.

Mi tercera intención es contagiarte las ganas de intentar lo mismo que yo.

¿Te suena?

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Te deseo una Navidad llena de conexión!

 

Decir “NO” para ser feliz

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En los últimos años he desarrollado una relación importante con la palabra “NO”.

Me parece que el universo andaba tratando de enviarme un mensaje pues empecé a tropezarme por todos lados con artículos, frases y capítulos en libros que hablaban sobre la importancia de pronunciar esta corta pero fundamental palabra… Esencial para ser libre, auténtico y feliz.

Decidí atender el llamado y armarme de valor para permitir que uno que otro “NO” atravesara la barrera de los dientes.

Hoy te cuento lo que he encontrado y aprendido sobre el tema.

Si no es un contundente “SI”, entonces es un “NO”. Para detectar esta diferencia es necesario crear una pausa antes de tomar una decisión y escuchar lo que dicen nuestro cuerpo y nuestra voz interior. Si algo brinca debajo de la piel es imperativo poner atención.

Cuando algo se siente fuera de lugar, no te mueve y se siente pesado es un “NO”. El cuerpo te habla de mil maneras –quitándote el sueño, revolviéndote el estómago, arrugándote la frente, torciéndote el cuello, contrayéndote la garganta-.

Si algo te inspira, te llama, te ilumina y sientes chispa es un contundente “SI” –un proyecto aunque no sea pagado, una invitación, un trabajo voluntario, una idea, cuidar a tus sobrinos, una oportunidad de viaje-. Un verdadero “SI” se siente en todos lados.

La razón detrás. ¿Cuántas veces has dicho “SI”, cuando en realidad querías decir “NO”? Quizá perdiste la cuenta igual que yo. Aceptamos peticiones de último momento, invitaciones y nos hacemos de compromisos para luego agonizar cuando llega el momento de cumplir. Empezamos a fabricar pretextos, discursos mentales y excusas para salir del aprieto. Es una tortura.

¿Por qué hacemos esto? La mayoría de las veces para agradar y quedar bien con los demás. Decimos que sí porque hemos aprendido que así obtenemos el cariño de la gente, así logramos pertenecer y construir una linda imagen de nosotros mismos.

Sentimos temor a decir que no porque pensamos que seremos rechazados, descartados, perderemos valor o caeremos de la buena estima de alguien.

Tenemos que construir nuestra habilidad para decir que no y aprender a perder el miedo a decepcionar a los demás, de lo contrario corremos el riesgo de ahogarnos en el caudaloso río de peticiones.

Cuando estés frente a una invitación, una oportunidad o te pidan un favor hazte una pregunta: ¿Por qué voy a decir que “SI”?… Si la respuesta es sólo “para que me quieran o para quedar bien” esa es una excelente razón para decir que NO.

Dos tipos de “NO’s”. Están los “NO’s” grandes que tienen que ver con poner límites o ponerle un alto a situaciones complejas. Abandonar relaciones abusivas, deshacer amistades con personas que te hacen menos, renunciar al contacto con un padre destructivo, dejar de ser el banco familiar, abandonar el puesto de rescatista, cerrarle los fondos a un hijo que no se toma enserio los estudios, aceptar que algo no te gusta y no quieres hacerlo más, reconocer que ya no eres la misma persona de antes y tienes intereses nuevos. En otras palabras, renunciar a la toxicidad en la vida que nos limita a ser nosotros mismos.

Están los “NO’s” chiquitos que aparecen por todos lados, todos los días: favores, vueltas, galletas, aventones, visitas, cenas, compromisos, etc. Estos pueden ser más complicados porque parecen inofensivos, pero cuando menos te das cuenta saturan tus días.

Seguimos diciendo que sí, aunque todo dentro de nosotros grita que no. Esto es desgastante y resta felicidad. Tenemos que fortalecer los músculos del “NO” y estar dispuestos a pasar por el rato amargo y aguantar los efectos secundarios de pronunciar y sostener un “NO”… Sin duda, las personas que están acostumbradas a contar con nosotros incondicionalmente reaccionarán con resistencia y reclamos al cambio.

Tu intención. ¿Qué quiero Yo? Cuando decimos a todo y a todos que “SI” corremos el riesgo de repartirnos y quedar tan delgados que ya no queda margen para nosotros ni para lo que verdaderamente quisiéramos hacer. Primero tenemos que pertenecernos a nosotros mismos y dejar lugar disponible para ese poderoso “SI” cuando aparezca.

“No” es una frase completa. Dice Anne Lammot que no tenemos que dar más explicaciones… “No, gracias”, “Esta vez no” es más que suficiente.

Aprendamos a decir que no a personas, ideas, invitaciones, compromisos, proyectos. Practiquemos decirle que no al miedo, a las creencias e ideas preconcebidas que sólo sirven como ataduras.

Decir “NO” muchas veces no es el problema, sino la solución.

Medidas de emergencia para los días oscuros

StaySafe

Sin lugar a dudas, todos tenemos días en que amanecemos arrastrando el ánimo por el suelo.

De esos que desde que abrimos los ojos lo único que queremos hacer es volver a cerrarlos o que alguien nos haga el favor de pasarle la página al calendario y nos brinque un día para no atravesar por las horas.

Días tristes, cansados, frustrados, faltos de energía o días que empiezan bien pero se descomponen a medio camino.

A veces tenemos la opción de quedarnos más tiempo en la cama, salir a caminar tres horas, de leer un buen rato, de tomarnos un día libre, de cancelar o posponer obligaciones.

Estos oasis de tiempo fuera son un respiro y nos dan la oportunidad de reponernos. Pero con frecuencia no son opción porque tenemos que funcionar y cumplir.

Los niños tienen que ir al colegio, hay que ir a trabajar, el bebé tiene hambre y necesita cambio de pañal, toca la presentación de la reunión semanal de tu equipo, es necesario llevar a la mamá al doctor, es el examen final, hay posada en casa de tu jefe, etc.

Caroline Adams Miller y Michael B. Frisch explican que es muy importante tener bien identificadas actividades que nos ayuden de manera rápida y efectiva a mejorar nuestra sensación de felicidad.

En otras palabras, “shots de felicidad” –puedes pensar en este término como si se tratara de los caballitos para bebidas característicos de los bares que tienen poca cantidad y se toman de tirón- medidas de emergencia o micro acciones para mejorar el ánimo y seguir con más calidad nuestro día.

Es importante que cada uno de nosotros tengamos a la mano una lista con medidas de emergencia sanas y de efecto inmediato. La clave está en pensar en muy pequeño; en acciones que puedas hacer en 5 minutos, 3 minutos, 1 minuto o hasta en 30 segundos.

Por ejemplo, ver un video que te haga reír, tomar un café o un vaso de agua, respirar profundo tres veces, llamar a una amiga por teléfono, escuchar tu canción favorita, estirarte, ver tus fotos preferidas, recordar un momento feliz, leer un par de frases inspiradoras, aventarle la pelota al perro, voltear a ver el cielo o a las montañas. Acciones que te gusten, funcionen y requieran de poco tiempo.

Te sugiero que siempre hagas una pausa y realices un chequeo rápido para identificar cómo te sientes o qué sientes. Con frecuencia puede ser algo como hambre, sed o sueño. Cuando estamos absortos en la rutina o ejecutando una tarea tras otra, nos olvidamos de los más básico como comer, tomar agua o hacer una siesta para recuperar la energía.

La parte de tener a la mano la lista es importante –pegada en el espejo, en la puerta del refrigerador, junto a tu cama, en la computadora-. Cuando estamos en un estado emocional negativo nos cuesta trabajo recordar estas estrategias, literalmente pareciera que andamos a oscuras… tener esta lista en un lugar visible puede ser equivalente a prender la luz.

Y tu… ¿Qué vas a poner en tu lista? Comparte algunas ideas en este espacio. Podrían funcionarnos también.

El mejor momento de tu día

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“Los puntos sólo se unen hacía atrás” decía Steve Jobs y justo así me llegó el tema para este artículo… conectando una serie de eventos pasados.

La idea fue agarrando forma mientras corría en una máquina del gimnasio. Invariablemente, así como pasa la banda bajo mis pies, pasan cientos de cosas por mi cabeza. Algunas veces, uno que otro pensamiento decide quedarse y transformarse al ritmo del trote en un tema para compartir en este espacio.

Recién había pasado la celebración de Acción de Gracias en Estados Unidos y pensé en escribir sobre la gratitud, pero decidí que no, pues ya le he dedicado un par de artículos. Entre pasos, me acordé de un ejercicio muy lindo para apreciar lo bueno en nuestras vidas que se llama “el mejor momento del día”, de ahí brinqué a identificar cuál había sido mi mejor momento del día anterior y en ese recuerdo encontré qué decir.

Mi mejor momento fue patrocinado por una de mis personas favoritas en el mundo. Tiene 18 meses de edad, es completamente encantador y tiene una fuente inagotable de energía.

Jugamos un rato en el parque bajo su dirección. Subimos y bajamos escaleras, dejamos caer piedritas por un resbaladero de cemento, fuimos al columpio, acción al máximo. Y de pronto y de la nada… este motor de año y medio se acostó boca arriba sobre el pasto para ver el cielo.

Relajado, quieto, en paz.

Me quedé parada viéndolo esperando que brincara de regreso a la vertical y saliera corriendo, pero él se quedó decididamente instalado en su posición horizontal. Sentí el impulso de acompañarlo. Hice lo mismo, me tiré en el pasto y nos quedamos varios minutos viendo al mundo desde abajo.

Ese pequeño momento fue grande por varias razones, sobre todo ahora que lo veo hacia atrás y reflexiono sobre todo lo que me hizo pensar y sentir.

Sin palabras todavía, pero con un dedo que comunicaba todo, este chiquito me señaló el pedazo de luna que empezaba a asomarse por detrás de las ramas de un árbol, las mariposas que volaban por encima de nosotros. Llevándose el dedo al oído me hacía saber que era momento de escuchar e identificar los sonidos alrededor y supongo que al quedarse inmóvil, me transmitía que el objetivo era sentir.

Minutos de silencio, de pausa, de simpleza, de tocar raíces, de habitar el presente, de apreciación y asombro.

No importa qué tan acelerados estemos, siempre podemos elegir hacer una pausa. Tenemos la opción de correr, subir, bajar y girar sobre nuestro propio eje a mil revoluciones por segundo. También tenemos la opción de parar. No importa qué tan agitados estemos en un momento, podemos decidir qué tan calmados queremos estar en el siguiente.

Verlo a él acostado en el piso mirando al cielo me conectó con mi propio deseo de hacer tierra. Me dio la oportunidad de recordar lo delicioso que es, de pensar desde hace cuánto tiempo no lo hacía y cuestionarme por qué no lo hago. El zacate, césped, pasto o como le llames siempre está disponible.

Me hizo pensar que todavía no se desprende de lo esencial. Quizá es porque recién empieza a vivir. Me asusta pensar que con los años, las obligaciones y las expectativas se aleje de ese lugar auténtico. ¿Cuándo es que nos despegamos de lo fundamental?, ¿Por qué dejamos de jugar?, ¿Por qué nos volvemos complicados?, ¿Por qué dejamos de andar descalzos y tirarnos boca arriba para ver las estrellas?

Me trajo al momento presente. Esta pausa inesperada se convirtió en una oportunidad para sentir curiosidad, asombro y apreciar el mundo a mi alrededor usando todos los sentidos. Vamos siempre en piloto automático sin percibir, sin sentir la vida.

La felicidad está en lo simple. En tirarte sobre el pasto para ver un pedazo de luna detrás de los arboles y las mariposas al pasar. Un momento pequeño puede ser grande si nos detenemos para crearlo y disfrutarlo.

Esos minutos fueron mi mejor momento del día. Primero porque estaba con él. Luego porque vi el mundo desde otro punto de vista, recordé cuánto me gusta la luna e hice una nota mental para voltear a verla, porque sentí paz habitando el presente.

Y también porque me hizo pensar en lo fácil y accesible que es crear momentos felices, de calma y tranquilidad si tan sólo decidimos parar.

Nota: El ejercicio “tu mejor momento del día” es una herramienta poderosa para practicar la gratitud y apreciar las cosas buenas en tu día. Cada noche, antes de irte a dormir, escribe cuál fue el mejor momento de tu día y describe brevemente por qué. A pocos días de comenzar con este ejercicio comenzarás a notar que andas por tus días buscando y notando momentos positivos que serán candidatos a ganarse el puesto en tu colección y te sentirás más feliz.

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Jóvenes al borde de un ataque de nervios

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“Diez razones por las que los adolescentes están más ansiosos que nunca” es el título de un artículo que llamó mi atención este fin de semana. Aquí te dejo el vínculo.

Tengo dos jóvenes en casa que justo hace unos meses tocaron la puerta de la adolescencia decididas a meterse de lleno. En realidad, no es su debut a esta etapa de la vida lo que me inquieta… les tocará a ellas sobrevivirla y a los que estamos a su alrededor también. Más bien me preocupa pensar: ¿Qué estaremos haciendo los padres para crear ambientes donde la ansiedad de nuestros hijos prospera?

Y es que efectivamente los datos apuntan a que la ansiedad va en franco aumento entre niños y jóvenes.

En la última década la ansiedad ha superado a la depresión al convertirse en la razón número uno por la que los jóvenes buscan apoyo profesional y es el desorden mental más común en Estados Unidos –afecta a una de cada tres personas-. Las Naciones Unidas señalaron en el pasado Reporte Mundial de la Felicidad que para elevar el bienestar mundial es imperante atender los temas de salud mental.

¿Cuáles son algunas de las razones que explican la creciente ansiedad entre los adolescentes?

Nuestros niños y jóvenes tienen que cumplir con una expectativa muy alta: convertirse en súper-humanos. Tienen que ser deportistas, saber bailar, apreciar el arte, tocar violín, opinar de política, hablar francés y tener un portafolio de pasatiempos interesantes. Es obligatorio aparecer en la lista de honores del colegio, ser el estudiante del año –o de perdido del mes-. Deben ser ejemplo de buenos modales desde pre-kínder y llenarse la frente de estrellas doradas. Para ayudarles… los llenamos de tutores, saturamos sus días con clases extras, les buscamos intercambios en el extranjero, campamentos de verano de arquería, organizamos su agenda social con planes y reuniones. Siempre hay espacio para más y tienen que asegurar su lugar en el mundo.

Pero pareciera que tanta actividad y tanta expectativa está llevando a nuestros jóvenes al punto de quiebre…

Desde 1985, el Instituto de Investigación de Educación Superior de la Universidad de California (UCLA) pregunta a los estudiantes de nuevo ingreso si se sintieron abrumados por todo lo que tuvieron que hacer el año anterior. En 1985, el 18% respondió que sí; en 2010, este número creció a 29%; en 2016, fue de 41%. Parece que la cantidad de obligaciones empiezan a desbordárseles.

Los niños y los jóvenes tienen jornadas tan largas y faltas de tiempo libre como los adultos. Muchas matemáticas, tecnología, ciencia… pero pocas habilidades para la vida de esas que se desarrollan jugando al aire libre, con los amigos o simplemente no haciendo nada.

Las redes sociales son también una fuente generadora de estrés y ansiedad. A través de ellas, los adolescentes se someten a una brutal y constante comparación con los demás. Sirven también para medir el nivel de popularidad por medio de “likes”, “shares”, comentarios y número de seguidores. Es necesario atenderlas, revisarlas y alimentarlas constantemente para estar “in”, para estar enterados de todo y no perderse de nada. Las redes sociales pueden ser más demandantes que una pareja celosa.

Los teléfonos celulares ofrecen un escape fácil pero no saludable ni conducente a identificar y manejar emociones. Los adolescentes pueden meterse a esos aparatos mágicos para no sentir o evadir emociones incómodas, para no estar solos, no pensar en el colegio, no estar en silencio o no tener que interactuar en la vida real con los demás. Son un portal para evitar las incomodidades, pero con un efecto secundario peligroso: reducen las oportunidades para desarrollar la resiliencia necesaria para superar los retos del día a día que vienen con esto de vivir.

Pero… ¿Y que hay de nuestra contribución como padres?

No puedo evitar pensar que parte de la explicación de esta creciente ansiedad debe caer en nuestra cancha.

Me siento responsable.

¿Qué estamos modelando?, ¿Qué aprenden de nosotros?

Estos adolescentes son hijos de padres que también vivimos cada día más estresados y ansiosos. Modelamos que el tiempo libre es sinónimo de mediocridad y una vida poco glamorosa, que más es siempre mejor.

Son hijos de papás y mamás secuestrados por la prisa, atrapados en la competencia social, corriendo sin parar en una rueda de hámster sin línea de meta, aceptando compromisos como si tuviéramos ocho manos o pudiéramos estar en varios lugares a la vez, con la atención rehén de nuestros teléfonos, ausentes física y emocionalmente.

Hijos de padres crónicamente cansados, ridículamente saturados, habitantes de medio tiempo del futuro que hemos olvidado jugar y pasarla bien en el presente.

Padres que muchas veces hemos enterrado quiénes somos, que postergamos nuestras versiones auténticas y nos dejamos atrapar por la rutina o el deber ser sin cuestionar si en el camino nos perdemos. Dedicamos nuestras vidas a actividades, relaciones u obligaciones que no nos inspiran y, entonces, tenemos que esconder la frustración, ponernos un uniforme o fabricarnos una personalidad para hacerle frente a la vida. ¿Será que los enseñamos a vestirse también para combinar con el mundo, en lugar de consigo mismos?, ¿Será que observan que quedar bien afuera es más importante que ser genuinos?

¿Será que queremos vivir la vida a través de ellos, los usamos para competir y nos afirmamos con sus logros?

Son hijos de padres que resolvemos todo, en especial, lo que no debemos. Armamos sus grupos de amigos por medio de WhatsApp. Decidimos con quién sí vale la pena juntarse y con quién no. Hacemos estrategia para acomodarles el futuro y posicionarlos. No importa si dos amigas se quieren… importa si se convienen. Les robamos el derecho de opinar y la oportunidad de tomar decisiones sobre con quién pasar sus ratos.

Crecen bajo la expectativa o con la obligación de ser cien por ciento felices. Los papás queremos que así sea y hacemos todo lo posible para lograrlo. No dejamos que sientan tristeza, aburrimiento o frustración, tampoco les dejamos ver cuando a nosotros nos invaden estas emociones. Quitamos obstáculos del camino, resolvemos todo. Quizá les transmitimos que ser completamente felices todo el tiempo es lo normal, lo esperado y, entonces, cuando no logran serlo –como es natural- empiezan a pensar que algo está mal con ellos.

Me parece que con la mejor de las intenciones los papá estamos creando ambientes que fomentan la ansiedad, la competencia feroz, la comodidad y esas burbujas donde no caben las emociones difíciles. En lugar de crear ambientes que favorezcan la resiliencia, la tolerancia y la solución de problemas.

Pero al final y como dice el dicho: “las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra”. Revisemos nuestros propios niveles de ansiedad y trabajemos para reducirlos. La felicidad de nuestros hijos, empieza por nosotros.

¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte II

 

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¿Tu qué piensas?

Con esta pregunta arrancamos  la primera parte de este artículo la semana pasada y luego exploramos por qué no siempre logramos convertir el dinero en felicidad. O dicho de otra forma… por qué no siempre más dinero se traduce en más felicidad.

Decíamos que hay varios sospechosos y hablamos de las comparaciones sociales, la trampa del estatus y el proceso de habituación. Hoy seguimos con dos más:

 La carrera de ratas. Decimos que una persona participa en una carrera de ratas cuando es incapaz de disfrutar el presente pues considera que sólo podrá ser feliz cuando alcance una meta determinada; recibir una promoción en el trabajo, graduarse de la universidad, comprar un carro de lujo, una casa más grande, etc. En este tipo de carrera, la felicidad está siempre un paso más adelante, así como el conejo que corre delante de los galgos y que nunca se deja atrapar… Compramos la casa grande y ahora es necesario ponerle alberca.

La afluencia económica ha crecido en los países industrializados y junto con ésta se ha elevado el nivel promedio de aspiraciones. Lo que antes era un lujo, como tener dos autos o un teléfono celular, ahora se ha convertido en una necesidad. Las personas tenemos expectativas y deseos crecientes que compensan negativamente los efectos positivos de incrementos en el ingreso.

Estamos en una especie de caminadora hedónica que nos obliga a satisfacer constantemente nuevas necesidades para conservar nuestro nivel de felicidad.

Mejoran nuestras condiciones materiales y al mismo tiempo se deterioran nuestras condiciones sociales. Pasamos más horas trabajando y tenemos menos tiempo disponible para la familia, los amigos, el entretenimiento o el descanso. Si queremos que la aportación del dinero adicional a nuestra felicidad sea mayor debemos bajarnos de la caminadora y empezar a visualizar nuestra felicidad como un viaje y no como un destino.

Querer no es lo mismo que gustar. Con frecuencia sobrestimados lo felices que nos hará y todo el uso que daremos a nuestra nueva adquisición. Queremos algo brillante y lujoso para luego descubrir, cuando ya es nuestro, que no nos gusta tanto. Los zapatos con tacón de 15 centímetros se ven divinos en la revista, en la tienda y en nuestros pies, pero después de cinco minutos de usarlos nos patrocinan un tremendo dolor de espalda.

Un ejemplo clásico para explicar este fenómeno es el del cachorrito bonito. Lo imaginamos dormido en su cojín, limpio, bien portado y deliciosamente acurrucado en nuestros brazos. Pero ya que está en casa descubrimos que muerde, llora en la noche, acaba con el jardín, rompe cosas y hace pipí por todos lados.

Es una buena idea examinar por qué queremos algo y como será nuestra experiencia una vez que pase la novedad, antes de comprarlo.

¿Cómo hacer entonces para que más dinero se traduzca en más felicidad?

El dinero adicional tiene un efecto más grande y permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, unas vacaciones con la familia –planearlas, vivirlas y luego recordarlas aporta a nuestra felicidad-, hacer ejercicio o desarrollar un pasatiempo.

Otra manera para comprar más felicidad es gastando el dinero adicional en los demás. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás y puede hacerse de muchas maneras diferentes: donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en lugares lejanos o invitando la cena a un buen amigo. Dunn y Norton además demuestran que este principio no es sólo aplicable a individuos, sino que puede ser utilizado por empresas que tienen como objetivo aumentar la felicidad de sus colaboradores o crear productos que brinden más satisfacción. Algunas empresas como PepsiCo y Google están aprovechando estos beneficios motivando a sus benefactores, clientes y empleados a invertir en los demás. La generosidad es una vía por medio de la cual el dinero puede generar felicidad.

La moneda más valiosa no es el dinero, la inteligencia, la belleza, o nuestra habilidad para programar. Nuestra moneda más valiosa son nuestras relaciones sociales o nuestro capital emocional, como dice Susan Scott.

En caso de tenerlo, no es obligatorio gastar todo el dinero extra. Pagando deudas y ahorrando podemos incrementar nuestro bienestar emocional. No subestimemos el poder que tiene en nuestra tranquilidad irnos a dormir sabiendo que no debemos dinero o tenemos una reserva para hacer frente a potenciales adversidades.

La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales y la trampa del estatus, retirarnos de la carrera de ratas, dejar de gastar dinero en cosas materiales a las que nos acostumbramos rápidamente y más bien gastarlo en experiencias, invirtiéndolo en los demás o ahorrando. Siguiendo estas recomendaciones podremos comprar algo de felicidad.

¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte I

 

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¿Tu qué piensas?

Cuando hablo de la relación entre el dinero y la felicidad me gusta arrancar con esta pregunta. Ahora le tocó responderla a mis alumnos.

Sin importar el tipo de audiencia, las respuestas comúnmente se acomodan en cuatro grupos. En el primero están los pocos casos que rápidamente opinan “no”; en el segundo, caen unos cuantos envalentonados que responden “si”. En el tercer grupo entran los que responden “a veces” o “depende” y; en el último, que invariablemente es el más grande, quedan los que permanecen callados con cara de conflicto interior.

Hay varios dichos populares que tienen cierto grado de sabiduría detrás, por ejemplo: “el dinero no trae la felicidad, pero yo prefiero llorar en un Ferrari”, “los que piensen que el dinero no trae la felicidad que lo transfieran a mi cuenta” o “el dinero no compra la felicidad, pero da el enganche”. Todos estos sugieren que, aunque el dinero no es todo para ser feliz, en algo ayuda.

¿Qué nos dice la ciencia con respecto a la relación entre dinero y felicidad a nivel individual?

Estudios de cientos de investigaciones muestran que existe una relación positiva entre dinero y felicidad. En otras palabras, las personas que tienen un nivel de ingreso mayor efectivamente tienden a tener niveles de felicidad más altos, pero esta relación es muy débil. Entonces sucede, por ejemplo, que una persona gana cincuenta veces más dinero en un mes que otra y, sin embargo, la diferencia en su nivel de felicidad es de sólo un punto más alta en una escala del 1 al 10.

Sabemos también que el dinero es muy importante para el bienestar individual cuando es tan escaso que no alcanza para satisfacer las necesidades básicas –alimentación, vivienda, salud-. Pero una vez que lo elemental está resuelto, el impacto del dinero adicional en la felicidad disminuye.

Esto último da pie a una pregunta diferente…

¿Por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad?

Varios factores son sospechosos y podemos caer víctimas de alguno de ellos o de todos. En el artículo de hoy hablaremos de tres… A ver con cuál te identificas tú.

Comparaciones sociales. Vivimos en contextos sociales y constantemente nos comparamos con los demás. Nuestros deseos, aspiraciones y necesidades están altamente influenciados por lo que tienen los integrantes de nuestro círculo social cercano -familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos-.

Cuando la mayoría de nuestros conocidos maneja un auto pequeño estamos satisfechos con el nuestro, pero si alguien cambia el suyo por una camioneta, comenzamos a sentir que debemos hacer lo mismo. Si los papás de los compañeros del colegio ofrecen fiestas de primera comunión cada vez más sofisticadas para sus hijos, sentimos la necesidad de organizar fiestas iguales o mejores para los nuestros –aunque tengamos que endeudarnos-.

Los secciones de sociales de los periódicos nos marcan la referencia de cómo debemos vestirnos, peinarnos y en qué restaurantes comer.

En el trabajo comparamos nuestro ingreso con el de nuestros colegas y, más que la cantidad absoluta de dinero, lo que importa es ganar un poco más en términos relativos. Como dice Mencken: “Un hombre rico es aquel que gana $100 dólares más que su cuñado”.

Esto aplica en todos los contextos. Realizaron un experimento en la Universidad de Harvard y preguntaron a los participantes en donde preferirían vivir, un mundo donde ganaran $50,000 dólares al año y todos los demás habitantes $25,000 dólares, o un mundo donde ganaran $100,000 dólares al año y el resto $200,000 dólares. La mayoría eligió el primer mundo, donde ganarían menos en términos absolutos pero más que los demás.

El problema con las comparaciones sociales es que son tóxicas, son malas para nuestro bienestar emocional por una razón sencilla: es imposible ganar en este juego. La realidad es que no importa qué tan exitosos o ricos seamos invariablemente nos toparemos con alguien que lo sea aún más.

La trampa del estatus. Con frecuencia gastamos dinero en bienes de posicionamiento; es decir, bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (ropa de marca, automóviles de lujo, relojes, etc.).

Una bolsa de lujo cumple la función de guardar artículos personales tan bien como una bolsa económica, pero la de lujo además confiere estatus a quien la usa.

Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –y seguimos pagando durante 24 meses-.

Cuando gastamos más en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de las personas también gasta más en bienes de posicionamiento, el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional.

Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

Y es que efectivamente, estas acciones producen felicidad en el corto plazo. El problema es que el efecto de los bienes materiales en la felicidad es de corta duración y se evapora rápidamente; sin embargo, el esfuerzo requerido para obtener estos bienes es muy alto (más horas en la oficina, menos tiempo con la familia, más deudas y más estrés)

Habituación. El fenómeno de habituación también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en artículos a los que nos acostumbramos rápidamente (autos, ropa de marca, zapatos, casas, etc.).

Estos artículos nos brindan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses. La felicidad que nos otorgan estos bienes es pasajera pues dejan de ser novedad rápidamente.

 La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales, la trampa del estatus y gastar el dinero adicional en cosas materiales a las que nos acostumbramos en unos cuantos días.

Practicar la gratitud es una estrategia que nos protege contra las comparaciones sociales. Cuando logramos apreciar lo que tenemos, lo que tienen los demás pierde relevancia. Y para evitar caer en la trampa del estatus, a veces, lo único que se requiere es un poquito de valentía para decidir no jugar.

En el artículo de la próxima semana revisaremos un par de factores más que nos ayudan a entender por qué más dinero no necesariamente se traduce en más felicidad.

Además compartiré contigo cómo sí podemos usar el dinero para comprar felicidad.

 

 

 

 

Feliz día de la muerte

catrina

En esta semana celebramos a los muertos y vivimos una de las tradiciones mexicanas que más me gustan.

Festejamos a la muerte, escribimos calaveras literarias en tonos chuscos, irónicos y hasta retadores. Dedicamos letras que riman a los difuntos y también a los vivos. Nos reímos y mofamos de la calaca con este humor que nos caracteriza a los mexicanos.

En estos días, la muerte es alegre, la flaca se viste de colores. Es tiempo para recordar a los seres queridos que ya no están. Montamos en nuestras casas altares con sus fotografías y ponemos eso que les gustaba: el sombreo, los cigarros, los lentes, chocolates, dulces, el ron o los aretes. Adornamos el espacio con velas, calaveras de azúcar decoradas con colores brillantes, flores naranjas, papel picado, pan, agua, sal. Todo para hacer de su viaje y visita una fiesta.

En todas las culturas, la muerta siempre invita a la reflexión, a la búsqueda de respuestas, al descubrimiento de lo importante. La muerte viene acompañada de rituales y ceremonias que causan al mismo tiempo temor, admiración e incertidumbre.

Por irónico que esto suene, pensar en la muerte puede ser poderoso en términos de nuestro bienestar. ¿Cómo es esto?

Tener un propósito de vida bien identificado está altamente relacionado con la felicidad y el bienestar emocional. Saber qué nos motiva y nos saca de la cama cada mañana es fundamental para nuestra motivación y sentido de dirección. Algunas personas no tenemos muy claro cuál es la razón por la que estamos aquí y una manera de descubrirla es pensar en nuestro legado. ¿Cómo te gustaría ser recordado cuando ya no estés aquí?, ¿Qué cualidades, atributos te gustaría que tus seres importantes resaltaran de ti? Pensando en nuestra muerte podemos acercarnos a eso que es muy importante para nosotros y en cómo queremos contribuir más allá de nuestro ser.

En muchas ocasiones, cambios trascendentes o radicales de vida son impulsados por encuentros cercanos con la muerte, enfermedades o accidentes. Es en esos momentos cuando redefinimos nuestras prioridades y empezamos a vivir en una manera más auténtica y parecida a nuestro ideal.

Si hoy llegara la muerte a decirte “vamos, ya es hora”, quizá tratarías de negociarle un poco más de tiempo. Quizá le reclamarías que no te notificó dos semanas antes y tienes muchas cosas pendientes. Por ejemplo, ordenar las fotografías familiares, escribir un libro, pasar tiempo con tus hijos, reconciliarte con esa persona, decirle a otra cuanto la quieres, conocer cierto lugar. Y la muerte te respondería algo parecido a: “te he dado toda una vida para hacerlo”. No dejemos, entonces, todo para después. Hagamos lo importante desde hoy para que cuando nos llegue el día viajemos ligeros.

Pensar en la muerte también nos da la oportunidad de practicar la gratitud. Apreciar y agradecer todo lo que tenemos, las personas a nuestro alrededor, lo que podemos hacer. Recordar y agradecer lo que nuestros seres queridos que ya partieron hicieron por nosotros.

Toca celebrar la vida de los que se fueron y la vida de los que todavía andamos por aquí.

¡Feliz día de los muertos!