¿Son las enfermedades mentales como los piojos?

Hace unos años me andaba ganando la angustia. Seguido me sentía cansada, temblorosa y con miedo. Después de varias semanas teniendo tos me armé de valor para ir al médico. Y digo me armé de valor, porque que uno de mis más grandes miedos era justo ir al doctor-siempre anticipo diagnósticos catastróficos-. Él doctor sabía que yo era de corte preocupón, así que me preguntó ¿cuánto tiempo llevas mortificada por esta tos? Cuando respondí que ya había perdido la cuenta echó los ojos para arriba y me dijo: lo que tienes es 10% alergia y 90% angustia. Escribió una receta para arreglar el problema pequeño y luego atinó a convencerme de buscar ayuda para atender el grande. ¿Para qué sufres habiendo soluciones para el tema? Me preguntó.

Tardé en hacerle caso. Me costaba creer que yo pudiera ser clienta de la ansiedad. Después de todo funcionaba. Era capaz de hacer mi día y atender mis responsabilidades “sin problema”. Y eso de necesitar ayuda en este departamento me incomodaba –alguien dedicado al tema de la felicidad no debería batallar con esto- No muy convencida y a regañadientes finalmente inicié una terapia. Sucedió que pronto empecé a sentirme mejor y a desear haber ido antes, en lugar de haberle dedicado tantas noches al insomnio.

Confieso, sin embargo, que absolutamente cada una de las veces que fui a mi sesión lo hice deseando no encontrarme a nadie… ¿Qué iban a pensar? Un día llegué al consultorio y entré a la sala de espera. Ahí estaba sentada una mujer leyendo. Cuando yo entré ella levantó la vista, nuestras miradas se encontraron y quedamos petrificadas… ¡nos conocíamos! Tartamudas intercambiamos un saludo incomodo, ella enterró la vista de nuevo en su revista y yo la mía en el teléfono. No hablamos ni una palabra pero en silencio hicimos un pacto: tu y yo aquí no nos vimos nunca. Me pongo a pensar en lo distinto que hubiera sido ese encuentro en el consultorio del gastroenterólogo, por ejemplo. Seguramente hubiéramos compartido síntomas, dolencias y remedios como si nada.

Pareciera ser que las enfermedades mentales son como los piojos: Tabú.

Hemos aprendido que de estos temas no se habla. Son motivo de vergüenza, discriminación y desapruebo. Nadie habla abiertamente de ellos porque es impropio. Peor todavía si somos usuarios directos o indirectos. A las enfermedades mentales –como a los piojos- hay que esconderlas, negarlas, llevarlas clandestinamente y sufrirlas en silencio. Quien tiene ansiedad o depresión la sufre solo, así como quien tiene piojos se rasca cuando no lo ven.

Pero negar su existencia no hace que desaparezcan. Van algunos datos:

  • Alrededor del 20% de los niños y adolescentes en el mundo padecen enfermedades o desórdenes mentales. Esto es 1 de cada 5.
  • En el Reino Unido, cada semana, 1 de cada 6 adultos experimenta síntomas de enfermedades mentales comunes como depresión y ansiedad.
  • A nivel mundial, alrededor de 800,000 personas al año se quitan la vida. El suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años de edad.
  • En Estados Unidos la depresión genera más días de incapacidad en las empresas que enfermedades crónicas como hipertensión, enfermedades cardiacas y diabetes.
  • Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, la depresión es 50% más incapacitante que enfermedades físicas crónicas como angina, asma, artritis o diabetes.
  • Los costos indirectos de enfermedades mentales sin atender cuestan a las empresas en Estados Unidos $79 billones de dólares al año en perdidas de productividad y ausentismo laboral.

Cuando se trata de una enfermedad como influenza, gastritis o cáncer no dudamos en ir al doctor e invertimos tiempo y recursos en atendernos. ¿Qué pasa entonces con las enfermedades mentales que siendo tan comunes y habiendo tantos tratamiento efectivos para aliviarlas las personas no buscamos ayuda? Estos padecimientos se alimentan de la soledad, el silencio y el secreto. Ganan poder en lo oscuro y cuando nadie habla de ellos. Tendríamos que hacer exactamente lo contrario. Sacarlos a la luz y ponerlos sobre la mesa para hacerles frente con los recursos disponibles y las personas alrededor. ¿Por qué no lo hacemos?

Existe un tema de estigma social que puede traducirse en discriminación, rechazo o aislamiento. En el trabajo, por ejemplo, las personas no se atreven a comunicar que están pasando por un periodo de depresión o ansiedad por miedo a que las despidan, les pierdan confianza o limiten sus oportunidades de crecimiento. Algo parecido sucede en las escuelas. No comunicamos alguna situación relacionada con nuestros hijos por temor a que los “etiqueten”. Mientras tanto el problema crece.

Además del miedo al rechazo social existe también un estigma interno que se traduce en una sensación de vergüenza o culpa. Este sentimiento nos impide reconocer que algo no anda bien pues de alguna manera lo asociamos a  que somos débiles, estamos dañados o defectuosos.

Entonces… ¿Por dónde empezamos a quitarle lo tabú al tema?

Pienso yo que en casa. Dejar claro que los temas de sentimientos y emociones son tan válidos como los físicos. Que buscar ayuda cuando todo se ve gris es lo mismo que buscar ayuda cuando duele la garganta. Que no tenemos que decir que “vamos a una clase” en lugar de decir que vamos a terapia. Que hablar del tema es parte de la solución. Que las personas a nuestro alrededor pueden ayudarnos siempre y cuando les dejemos saber que algo se siente raro.

A mi me suena que debemos comenzar por admitir que hay piojos, que andan por todos lados -a ratos incluso podrían andar por nuestra cabeza o la de nuestros hijos- y que lo único malo es no hacer nada al respecto.

 

 

 

 

 

 

 

Felicidad sin anestesia

“Controla tus emociones” es una instrucción para la vida casi tan común como “mastica con la boca cerrada”. Mantener el equilibrio emocional, además de ser importante para nuestro bienestar, es de bueno modales. Nos incomodan las emociones desbordadas –las buenas y las malas-. La expectativa es ser ecuánime en todo momento y no perder la compostura.

Tener la capacidad de lidiar con nuestras emociones y lograr un verdadero equilibrio es fundamental para nuestro bienestar. El tema aquí es que hemos entendido mal cómo lograr esto. Decíamos la semana pasada que en esta constante búsqueda de la felicidad perfecta pareciera que el objetivo es eliminar, esconder o dejar de sentir las emociones difíciles. Sin embargo, un auténtico balance supone la capacidad de ser feliz a pesar de éstas.  Esto hace necesario pasar por el trabajo de reconocer que están ahí y aceptar estar con ellas lo suficiente para descifrarlas, procesarlas y canalizarlas de una manera más sana.

Por ningún motivo queremos experimentar dolor, enojo, melancolía, frustración, tristeza o aburrimiento. Hemos aprendido que para sentirnos bien tenemos que hacer todo lo posible por negar, minimizar, prohibir, esconder, evitar o anestesiar este tipo de emociones. ¿Cómo es esto?

Sobre la marcha vamos aprendiendo algunos trucos. Uno es negar lo evidente. Nuestro hijo se cae de la bicicleta y llora aterrorizado pues de la tremenda cortada que se hizo sale un río de sangre, ¿y qué le decimos? “ya, ya… no te pasó nada”. Las niñas escuchan “no llores, sonriendo te ves más bonita” y los niños “los valientes no tienen miedo”. Cuando muere la mascota de la casa podemos contar con el típico “no estés triste, es sólo un perro”; también funciona la de “luego compramos otro”. Si muere la pareja inmediatamente los familiares le arriman los calmantes al viudo o a la viuda para anestesiarle el dolor –o para que no haga un desfiguro durante la misa llorando en exceso-. Apuesto a que alguna vez dijiste o te dijeron “ahí viene tu Ex, haz como que estás muy divertida”. Y en el súper quizá le hayas dicho a tu hija, que está tirada haciendo un berrinche mundial, muy quedito y con los dientes apretados “levántate que todo mundo te está viendo… ¿qué van a pensar?”

Este tipo recomendaciones ante situaciones que detonan sentimientos complicados lejos de brindar alivio verdadero, generan otro tipo de problemas. Poco a poco vamos perdiendo contacto con nuestras emociones. Perdemos la capacidad de reconocer lo que sentimos –confundimos enojo con estrés, tristeza con ansiedad-. O quizá sabemos exactamente cómo nos sentimos pero expresarlo con todas sus letras no es políticamente correcto o socialmente deseable y entonces mejor nos acomodamos. Alguien te queda mal con una entrega, te sientes furioso pero dices “no te apures”; estás triste pero cuando te preguntan qué tienes respondes “no dormí bien”; sientes desilusión porque tu novio llegó tarde y cuando te pregunta ¿qué te pasa?, contestas con un “nada” más letal que un misil nuclear. Desconfiamos de lo que sentimos –crecemos y vivimos escuchando “no pasa nada”, “no exageres”, “eres muy sensible”-. Nos vamos haciendo torpes emocionalmente. Vamos aprendiendo que la felicidad se recupera o se consigue callando, minimizando, ignorando o anestesiando todo lo que nos incomoda.

Nada de lo anterior sugiere que la solución sea darle rienda suelta a las emociones y permitir que se desborden. Efectivamente no es deseable que nuestra hija haga una pataleta en el pasillo de los cereales, pero el argumento para sacarla de la rabieta no debe ser ¿qué van a pensar los demás?, sino algo más parecido a “ese cereal no es bueno para tu salud y me interesa cuidarte”. Es más positivo calmar al niño después de la caída de la bicicleta reconociendo que se puso un trancazo, que seguro duele, pero que pronto va a estar mejor. Las niñas bonitas también se ponen tristes y la valentía no es de quienes no tienen miedo, sino de quienes hacen las cosas a pesar de sentirlo y sin importar el género. La idea es encontrar una fórmula donde logremos sentirnos mejor al mismo tiempo que reconocemos y tomamos en cuenta las situaciones desafortunadas.

La vida nos garantiza una buena dosis de situaciones complicadas que detonan sensaciones espinosas. Esta realidad sumada a nuestra torpeza emocional o escases de herramientas para hacerles frente, nos orilla a utilizar lo que Brené Brown llama anestesias. Queremos dejar de sentir, entonces barremos las emociones debajo del tapete o las adormecemos. ¿Cómo anestesiamos lo que sentimos? Ahogándonos en trabajo, manteniéndonos ocupados todo el tiempo, bebiendo dos cervezas al final del día para limar los bordes, tomando pastillas, viendo horas de televisión, naufragando en el internet, fumando, comiendo o comprando impulsivamente. Lo que sea, menos sentir. Estas estrategias cumplen su función en el momento, pero no resuelven el problema y corremos el riesgo de necesitar anestesias cada vez más fuertes. Brené Brown nos sugiere explorar qué sentimos, identificar por qué lo sentimos y luego buscar verdadero alivio. Algo equivalente al caldito de pollo para el alma. ¿Qué te hace sentir mejor? ¿Caminar al aire libre, hablar con tus amigos, leer, dormir suficiente, comer bien, escuchar música, ver una película, pintar? Vale la pena dedicar unos momentos a generar una lista de estrategias personales a las que podemos recurrir.

Susan David, Psicóloga de la Escuela de Medicina de Harvard, habla de la importancia de desarrollar la “Agilidad Emocional” para controlar y manejar nuestras emociones sin caer en el problema de reprimirlas y sufrir las consecuencias de eso. Susan explica que las emociones fuertes no son malas. Por el contrario, están llenas de información que podemos aprender a usar para tomar mejores decisiones. Tres pasos sencillos nos permiten trabajar en nuestra agilidad emocional. El primero es nombrar o etiquetar nuestras emociones, ¿qué es exactamente esto que estoy sintiendo? ¿es tristeza, enojo, fastidio, frustración?. Entre más amplio nuestro vocabulario emocional más fácil es identificar lo que sentimos. El segundo paso tiene que ver con identificar la intensidad de esa emoción, ¿es molestia o es furia? La intensidad de la emoción nos da una pista de la seriedad de la causa. El tercer paso consiste en escribir lo que sentimos. Investigaciones muestran que cuando describimos eventos muy cargados de emociones nuestro bienestar físico y emocional mejora.

Aspirar a ser perfectamente felices lo único que garantiza es un encontronazo con la frustración, el resentimiento o la decisión de dejar de tratar y estacionarnos en nuestra zona de confort. Para lograr un verdadero equilibro emocional es importante estar conscientes de nuestras emociones, aceptarlas y entenderlas. Tenemos que sentarnos dentro del sauna, aunque esté caliente y sudemos un montón.

 

El lado oscuro de la felicidad

Te has puesto a pensar… ¿Qué tal si ya eres suficientemente feliz? Ed Diener –peso pesado dentro la ciencia de la felicidad- argumenta que trabajar para aumentar la felicidad de quienes se sienten crónicamente tristes, deprimidos o enojados es primordial. ¿Pero que hay de quienes ya son felices? Creer que debes ser todavía más feliz –cuando ya te sientes feliz- irónicamente podría hacerte menos feliz. Querer ser un 10 perfecto en la escala de la felicidad siendo un sólido 8 ó 9 puede generar una sensación de falsa escasez e insatisfacción. En ocasiones, el secreto está simplemente en reconocer que, al menos en este periodo de tu vida, eres feliz o ya tienes parte del camino avanzado. Justo esto descubrió un alumno mío el semestre pasado. Dijo que lo más valioso del curso para él había sido caer en la cuenta de que era feliz y tenía todo para seguir siéndolo: “Estoy con las personas que quiero, me acompañan mis amigos, tengo más de lo que necesito, disfruto lo que hago, gozo de buena salud, participo en actividades que me gustan, sé lo que quiero lograr y cuento con los recursos personales para hacerlo”.

El tema de la felicidad ha ganado tremenda importancia en los últimos años pues resultados de investigaciones en el mundo concluyen de manera contundente que ser feliz tiene muchas ventajas. ¿Significa esto que debemos aspirar a ser totalmente felices absolutamente todo el tiempo? De entrada suena imposible lograrlo. Pero y si se pudiera… ¿Sería deseable?

La felicidad intensa tiene su lado oscuro.

Cuando estamos en un estado eufórico o extremadamente felices subestimamos los riesgos –tres metros no es tan alto, 140 kilómetros por hora no es tan rápido, 10 cervezas no son muchas, tomar la medicina es opcional y el mapa sobra-. Nos volvemos súper optimistas, ignoramos las señales de alarma y operamos en modo “no pasa nada”. En el tema de salud, por ejemplo, las personas extremadamente felices y positivas tienden a ignorar síntomas de enfermedad, restarles importancia, no atenderlos a tiempo o no seguir correctamente el tratamiento indicado por el doctor. Esto puede tener consecuencias negativas.

La felicidad extrema hace que sobreestimes tus capacidades. Cuando estamos bajo los efectos de la felicidad nos creemos súper héroes y a todo y a todos decimos que sí –invitaciones, proyectos, aportaciones, etc.-. Hace unas semanas me interceptaron cuando atravesaba por una zona de alta felicidad y acepté un proyecto que, aunque interesante, en realidad no está alineado con mis planes profesionales. La decisión correcta hubiera sido agradecer la invitación y declinarla o al menos decir “déjame pensarlo y te aviso” –lo cual me hubiera dado una salida después-. Mi versión altamente feliz tomó una decisión precipitada que hoy le resta felicidad a mi versión promedio, que al final del día, es la que tiene que trabajar y asumir las consecuencias. Si alguna vez te ofreciste entusiasmadísima a llevar galletas al colegio y luego te encontraste batiendo con furia la masa a media noche… sabes a qué me refiero.

Subestimar riesgos y sobrestimar capacidades puede meternos en aprietos cuando funcionamos desde un estado de felicidad extrema. Pero hay otro tema que, para mi gusto, es más importante. En esta eterna búsqueda de la felicidad total y perfecta pareciera que el objetivo es eliminar o dejar de sentir las emociones difíciles. Por ningún motivo queremos experimentar dolor, tristeza, miedo, enojo, desilusión, remordimiento, frustración o aburrimiento. Hacemos todo lo posible por evadir, ignorar o anestesiar este tipo de emociones.

Todas las emociones son importantes y tienen una función. El miedo nos pone en alerta ante posibles amenazas, del aburrimiento nace la creatividad, el remordimiento promueve mejores conductas. Cierta dosis de infelicidad es importante pues genera el incentivo a cambiar. Si te pones a pensar, las decisiones que tomamos –cambiar de trabajo, emprender algún proyecto, moverte de lugar, aprender, bajar de peso, hacer ejercicio, ir a terapia, renunciar a algo- parten de un estado de insatisfacción e inconformidad. ¿Qué motivación a mejorar o hacer algo diferente tendríamos si estuviéramos 100% felices el 100% del tiempo?

Un ejército de personas allá afuera desea que vivas más feliz. Si haces una búsqueda en el sitio de Amazon con la palabra “Happiness”, en la sección de libros de auto-ayuda aparecen más de 20 mil opciones. Existe toda una industria dedicada a la felicidad: cursos de meditación, yoga, psicología positiva, bienes materiales, cremas antiarrugas, lugares, mantras, recetas, hierbas, esencias naturales, ropa, maquillaje, píldoras y remedios. Profesionistas como psicólogos y terapeutas trabajan en el bienestar emocional, los doctores en el bienestar físico, los asesores de vida ayudan a trazar metas personales. Tu mamá y tu papá anhelan que seas feliz. Yo también y por eso el blog.

La búsqueda de la felicidad no debe ser a costa de las emociones difíciles, tiene que ser a pesar de ellas. Al final de cuentas y al igual que en todo, es una cuestión de balance. Ni tanta felicidad que queme al santo ni tanta que no lo alumbre. Así que nos toca trabajar para ser felices, pero no completamente felices.

 

 

De propósitos, hábitos y mulas

Los días cercanos al año nuevo nos invitan a reflexionar. Hacemos un recuento del año que termina y resaltamos lo más significativo, los momentos más felices, gratificantes, emocionantes, tristes, difíciles o estresantes. Si el balance es positivo concluimos que el año fue bueno, agradecemos nuestras bendiciones y lo guardamos en el cajón de favoritos. Pero si el saldo es negativo, declaramos que fue un mal año, sentimos alivio porque ya terminó y no queremos saber más.

El cambio de año tiene un poderoso efecto simbólico. Las tradiciones a su alrededor nos recuerdan que estamos frente a una nueva oportunidad. Al año que termina le dejamos el dolor, la tristeza y los problemas. Al año nuevo, lo vemos con esperanza, como a una hoja en blanco sin tachones donde podemos escribir algo mejor.

Entonces nos disponemos a hacer cosas nuevas o de diferente manera, declaramos nuestras intenciones para cambiar hábitos, emprender nuevos proyectos, superar obstáculos o personas. Decidimos ser una mejor versión de nosotras mismas y hacemos una lista de nuevos propósitos.

Como el papel está en blanco y estamos animadísimos escribimos un montón de cosas: tomar agua caliente con limón en ayunas, meditar, comer más verduras, gastar menos, ordenar las 16,580 fotos, dejar de fumar, ir al gimnasio, tener paciencia con los hijos, etc. Todo al mismo tiempo porque ahora sí es enserio. Este año es el bueno.

El 2 de enero nos levantamos decididos –el primero es asueto- y empezamos contundentes. La primera semana sale excelente; en la segunda, todo cuesta más trabajo y concedemos algunas licencias –voy a comer postre sólo el fin de semana-. Flaqueamos en la tercera semana, decidimos que tres de esos propósitos no son tan importantes y los quitamos. Luego… mejor ahí la dejamos. ¿Suena conocido?

¿Por qué abandonamos nuestros propósitos de año nuevo?

Nuestra lista de buenas intenciones termina pareciéndose más a una de fracasos porque escogemos mal. Definimos nuestras metas con base en lo que dicta la sociedad, la moda o los deseos de otros y no conforme a lo que realmente queremos o nos hace sentido. Olvidamos pensar en las siguientes preguntas: ¿Cómo quiero sentirme? ¿Cómo quiero dejar de sentirme? ¿Qué tipo de emociones o experiencias quiero tener? Por aquí debemos empezar. Cada propósito debe alinearse con nuestras respuestas y ser ajustado a nuestra medida. Para estar en buena forma no tienes que correr 6 días por semana como tus amigas o tu esposo triatleta, tal vez te gusta más bailar o caminar con tu perro. Elige algo que te motive, algo que puedas apalancar en lo que disfrutas y sea congruente con tus gustos e intereses.

En este sentido vale la pena resaltar la diferencia entre perseguir una vida feliz y una vida llena de sentido y propósito –Aquí el vínculo a un excelente artículo sobre el tema-. Con frecuencia, proyectos que le dan sentido a nuestra vida requieren de mucho trabajo y no necesariamente son gratificantes en el instante, por ejemplo, arrancar un negocio, estar frente a un salón de clases o hacer trabajo voluntario en prisiones. Nuestros propósitos tienen que ser congruentes con nuestro proyecto de vida, con aquello que nos llega directo al corazón. ¿Qué te gustaría hacer antes de morir? ¿Lo has pensado? La conferencia de Candy Chang puede servirte para descubrir qué es eso que te mueve y pensar en un propósito que te acerque a lo que te inspira.

Otras veces fallamos porque pretendemos cambiar muchas cosas al mismo tiempo muy rápido. Cambiar hábitos es un reto grande para nuestro cerebro. Podemos simplificarle la misión trabajando en un sólo propósito a la vez y haciendo incrementos pequeños.

Salir de la costumbre requiere de mucha fuerza de voluntad y ésta es limitada, por eso cuando estamos cansados regresamos a nuestro modo “automático” y hacemos las cosas sin darnos cuenta, por ejemplo, buscar las galletas y comerlas como cada noche. Si alguna vez has hecho un paseo en mula quizá hayas notado que no hace falta ser un gran jinete –siento aguarte la fiesta- para completar la cabalgata. La mula conoce perfectamente el camino y, mientras no trates de cambiarle la ruta, hará exactamente lo que sabe hacer. El problema es cuando quieres redirigirla. La mula es terca y floja. Pone resistencia y constantemente intenta regresar a lo de costumbre. Al principio, cuando tienes energía y motivación, mantienes las riendas firmes y logras llevarla por nuevos caminos –esta es la fuerza de voluntad-. Pero si te cansas o te distraes, entonces aflojas las cuerdas y cuando te das cuenta la mula te ha regresado al viejo y conocido camino –hábitos-. Nuestro cerebro es exactamente igual. Cambiar hábitos es difícil. Para aumentar las probabilidades de cumplir con nuestros propósitos es fundamental trabajar en uno a la vez. Con frecuencia hacemos una lista larga de propósitos que implican cambio de hábitos y esto es equivalente a querer dirigir varias mulas al mismo tiempo. Recuerda… una mula a la vez.

Además es recomendable hacer incrementos pequeños. Si nunca has corrido y decides empezar, no es buena idea arrancar de golpe con 10 kilómetros ya que probablemente termines deshidratado, con un dolor de cabeza salvaje y, obviamente, con ganas de no volver a correr más. Mini metas y pasos pequeños funcionan mejor.

Para aumentar las probabilidades de lograr tus metas este año recuerda identificar aquello que es verdaderamente importante e inspirador para ti antes de definir qué quieres lograr, trabajar en un propósito a la vez y dar pasos pequeños, pero firmes.

¡Te deseo un feliz 2017 con propósito!