Atrapar un momento mágico

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Caí en la cuenta de que tengo varias semanas sin publicar en mi blog. Estoy descubriendo que de marzo para acá el tiempo pasa muy rápido y muy lento a la vez. Será que es mi primera pandemia.

En ocasiones, los artículos se escriben en partes separadas que luego encuentran cómo juntarse. Así el de hoy.

Hace una semana hicimos un ejercicio en el taller de narrativa que me sirvió para escribir muchas líneas. La misión era escuchar una canción y elegir tres palabras de la letra para usarlas en un cuento. Al azar salió Right Now de Van Halen y a mi me gustaron cuatro: atrapa un momento mágico.

Me acordé de todos los momentos mágicos que he atrapado en el pasado, de los que atrapo cada que es HOY y de los que quiero atrapar en el futuro. Salieron muchas líneas. Fue una de esas noches de martes en que las ideas fluyen sin pedir permiso. Así quedó una pieza.

La otra pieza ha venido construyéndose desde que el mundo se puso de cabeza.

Y es que sigue rondando la muerte. No da tregua. Parece incansable. Una noticia tras otra.

No sé si siempre ha sido así de activa y yo no me daba cuenta porque estaba saturada de trivialidades, o si efectivamente está trabajando turnos triples. Quizá estoy más sensible.

Quiero andar de puntitas.

No, no es cierto.

Quiero que mis pasos retumben y dejen huellas en el pavimento.

O las dos cosas.

Depende del día.

Regresé a mi escrito del martes pasado para editarlo. Fue entonces que junté las piezas. Algo me dijo que, en tiempos de pandemia, atrapar momentos mágicos es una gran estrategia de resiliencia, son escudos protectores para nuestro bienestar emocional.

Los momentos mágicos que he atrapado en el pasado me sirven para practicar la gratitud…

Atrapar un momento mágico

Tu imaginación para encontrar lobos en las nubes

Tu buena vibra al ritmo de música country

Tu manera de volar en la cancha

 

Atrapar un momento mágico

Esa tarde que me regalaste una estrella

Escucharte devolviéndole a mi “te quiero mucho” un “yo también”

Tus argumentos para convencerme de que no te saldría cola de sirena en el agua

 

Atrapar un momento mágico

Caminando para llegar a un pueblo que siempre queda a cinco minutos

Encuentros de miradas que provocan carcajadas

Que no eran los extraterrestres

 

Los momentos mágicos que atrapo cada día -cada HOY- me recuerdan que el único momento que tengo garantizado es ahorita…

Atrapar un momento mágico

El olor a café por las mañanas

Una cerveza helada

Los abrazos de mis personas favoritas

 

Atrapar un momento mágico

Rodando en mi bicicleta

Leyendo poesía

Desarrollando una nueva idea

 

Los momentos mágicos que quiero atrapar en el futuro me dan dirección y propósito…

Atrapar un momento mágico

Los viajes que quedaron pendientes

El siguiente libro

Podemos abrazarnos otra vez y tirar el tapabocas

 

¿Cuáles son tus momentos mágicos?

No quiero darme el lujo de dar por sentado lo que tengo. Que arrogante parece ahora desatender sonrisas, ignorar atardeceres, guardar palabras de amor y postergar sueños.

Sigo colgada de la esperanza.

 

 

Permiso para sentir

 

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“Debemos aceptar la decepción finita, pero nunca perder la esperanza infinita”

– Dr. Martin Luther King, Jr.

Esta semana la protagonista ha sido la muerte. Sabemos que ha estado trabajando dobles turnos desde que empezó la crisis sanitaria global -ojalá caiga rendida pronto o se decida a tomar un merecido descanso-. Sólo que en los últimos días hemos sentido su aliento de cerca. Ha venido a recoger a seres queridos, a familiares, a conocidos.

Y qué pesado es.

Todos estos cambios inesperados, toda esta incertidumbre, todo este reconocer que no tenemos nada garantizado más que el momento de ahorita. Todo esto de seguir caminando sin ver la meta, drena la energía y oxida el ánimo.

Que contradicción la de finalmente entender que el tiempo vuela, sentir prisa para salir a vivir, despegar, volar y no poder hacerlo porque el aire se ha vuelto peligroso, porque el freno de mano está puesto.

Y siento mucho.

Y duele.

Y así está bien.

Quizá en este momento lo que tenemos que hacer es sentir. Sentir hasta que arda, sentir hasta que quedar indiferentes no sea opción. Sentir para no olvidar. Sentir para evitar que la vida se nos escurra en estupideces, en sacar adelante pendientes vacíos, en proyectos que no nos hacen vibrar, en compañía de personas que no nutren nuestro espíritu. Sentir tanto, que la idea de desperdiciar minutos complaciendo y haciéndonos caber en cajones que no son de nuestro tamaño, ni tienen nuestro contorno sea aterradora.

Sentir todo, sentir al máximo, sentir sin anestesias.

Sentir para no dejar pasar los días, los meses, los años sin resolver rencores, sin voltear a ver las estrellas, sin repartir amor, sin cantar a todo pulmón. Si algo estamos aprendiendo es que el tiempo hace lo que quiere, es ingobernable y avanza, aunque nosotros estemos en pausa.

Al tiempo le importa un carajo si lo aprovechamos para crecer, lograr nuestros sueños y ser magníficos, o lo tratamos como si estuviera siempre disponible, fuera inagotable y nosotros no tuviéramos fecha de expiración. Al tiempo le da lo mismo.

Y si te pasa que despiertas en las noches con el pecho efervescente, pon atención, súbele al volumen, ponte curioso. ¿Qué dice esa opresión en el pecho, esa angustia?, ¿Qué no estás haciendo, con quién tienes asuntos pendientes, a dónde no has ido?, ¿Qué ya no quieres hacer? Y ahora que el tiempo es oro y lo esencial está a la vista, ¿Qué obstáculos necesitas vencer para decirle sí a la vida?

¡Qué cosa más absurda dedicar tiempo a lo tibio!

Me parece que necesitamos permiso para sentir y aceptar que está difícil, que no podemos exigirnos estar al máximo, ni tenemos por qué saber cómo ordenar horarios de uso de espacios y administrar nuevas normalidades como si fuéramos expertos. Necesitamos permiso para andar a la velocidad que se sienta bien y expresar lo que viene desde lo profundo.

Permiso también para renegar. Si ya no puedo estar cerca de la gente que quiero, si tengo que taparme la boca, esconder las manos y desperdiciar abrazos -aunque sea por todo el amor del mundo-, si tengo que vivir detrás de la pantalla, mejor que me hagan un robot. Un mundo sin contacto físico, con desconfianza y sanas distancias obligadas no es lo mío. Necesito permiso para sentir toda esta incomodad para que no se me olvide lo que para mí es importante.

Y también quiero sentir que puedo seguir colgada de la esperanza porque está hecha para resistir y soportar todo el peso del universo. Sentir que, si conecto con la esperanza y con el amor, todo se puede.

 

Love in the times of the pandemic

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I already have 10 weeks in my quarantine account -the name does not even apply anymore, it fell short- I do not see the finish line, I suspect it moves, or someone is pulling it just when I am about to arrive. But here I am, hanging onto hope.

A couple of days ago, I stumbled upon this quote by Maya Angelou:

“Love recognizes no barriers. It jumps hurdles, leaps fences, penetrates walls to arrive at its destination full of hope.”

I have been thinking about love ever since.

It is powerful.

Love has had to learn to filter through screens, face masks, face shields, eyeglasses, gloves, yellow suits. It has had to find a way to communicate via chat with written words, symbols, voice messages.

It has mobilized us to use new technologies to stay connected. It has forced us to be creative, to innovate, to find how we can do it.

Birthday celebrations have turned into car parades decorated with balloons, colorful paperboards with good wishes written on them. Loving caravans that make noise to ensure that this special day of our loved ones does not go unnoticed.

With a little more courage, we are beginning to organize two-hour meetings, outdoors, with “healthy distance” as the guest of honor, food in individual packages, and personal water bottles.

Eyes have become protagonists. They bear all the responsibility for communicating emotions, since they are often the only visible part of the face. Smiles now come out of the eyes. The real ones, I say, because eye smiles cannot be feigned as mouth smiles. We scream with glances what we feel. We read in retinas the anguish, the pain, the sadness, the uncertainty, the joy, the illusion.

Love has also adapted its body language. We wrap ourselves with our own arms as we look at the other to let him know that this hug is for her, for him, for us. We align our hands with those of our parents, grandparents with a glass in between. We secure our hands inside our pockets because we don’t know what to do with them if we can’t touch. We put a kiss on the tips of our fingers and then blow it in the direction of our dear ones. We said goodbye shouting “Sending you a hug” and soon we add “non-contagious”.

I wonder what new lovebirds do. I imagine there will be some who, for love’s sake, risk it and challenge the whole world to be together. And there will be others that, also for love, contain themselves because they have parents or children with vulnerable immune systems at home. They marinate their desire and imagine a thousand times that moment in which everything will be OK, and they can be together. How many couples have been separated by borders that cannot be crossed at the moment?

Yes, love is great, and it mobilizes us to generate experiences in the “new normal” that are ALMOST similar to those of the old normal.

But that ALMOST is an abyss.

We can see each other, pass hearts and smiles on virtual platforms, but there is still no function that lets scents across. I see my mom on the screen, but I can’t get her perfume or the smell of her hair. I don’t feel the warmth of my dad’s hug. I can’t feel my nephews ‘cheeks, I can’t touch my brothers’ arms as we laugh. And I reaffirm that there is nothing more important than our social ties and third-dimensional contact. And I want that part of my lifestyle back.

And amid the pandemic, NASA and SpaceX launched into space the first private mission in history. And I thought about all these historical events we are witnessing comprised in a few months -how intense 2020 came. And I was amazed at how great humans can be when we work together to achieve a higher good. And I wondered what the astronauts were feeling, but above all, their relatives. Love for science is great too. And I got excited counting from ten to zero. And I got goosebumps watching the rocket liftoff. And I feel hope. And I like to think that they went to get the COVID-19 vaccine. And that soon they will tell us in the news that we will be fine.

And that we can return to that reality where being together and hugging was not dangerous, at least for health.

El amor en los tiempos de la pandemia

vogue

Tengo ya 10 semanas en mi cuenta de cuarentena -el nombre ya ni aplica, se quedó corto- No veo la línea de meta, sospecho que se mueve o que alguien le da un jalón justo cuando estoy a punto de llegar. Pero aquí sigo, colgada de la esperanza.

Hace un par de días me topé con esta frase:

“El amor no reconoce barreras. Brinca obstáculos, salta rejas, penetra paredes para llegar a su destino lleno de esperanza” -Maya Angelou

Y desde entonces me ha dado por pensar en el amor.

Es poderoso.

Ha tenido que aprender a filtrarse a través de pantallas, tapabocas, caretas de plástico, lentes, guantes, trajes amarillos. Ha tenido que encontrar la manera de comunicarse por chat con palabras escritas, símbolos, mensajes de voz.

Nos ha movilizado a entender cómo usar nuevas tecnologías para seguir conectados. Nos ha obligado a ser creativos, a innovar, a encontrar “como sí”.

Los festejos de cumpleaños se han convertido en desfiles de autos decorados con globos, cartulinas llenas de color y corazones. Caravanas de cariño que hacen ruido con el claxon para garantizar que la vuelta al sol de nuestros seres queridos no pase desapercibida.

Con un poco más valor, comienzan a organizarse reuniones de dos horas, al aire libre, con “Susana” – su sana distancia- como invitada de honor, comida en paquetes individuales y termo de agua personal.

Los ojos se han vuelto protagonistas. Cargan con toda la responsabilidad de comunicar emociones, dado que muchas veces son la única parte visible de la cara. Las sonrisas ahora salen por los ojos. Las auténticas, digo, pues las sonrisas de ojos no pueden fingirse como las de bocas. Gritamos con miradas lo que sentimos. Leemos en las retinas la angustia, el dolor, la tristeza, la incertidumbre, la alegría, la ilusión.

El amor también ha adaptado su lenguaje corporal. Nos envolvemos con nuestros propios brazos mientras vemos al otro para dejarle saber que este abrazo es para ella, para él, para nosotros. Alineamos nuestras palmas con las de nuestros padres, abuelos, amigos, aunque sea con un vidrio de por medio. Nos metemos las manos en la bolsa del pantalón porque no sabemos que hacer con ellas si no podemos tocar. Ponemos un beso en la punta de nuestros dedos y luego lo soplamos en dirección a quien queremos. Nos despedimos diciendo “te mando un abrazo” y pronto agregamos “no contagioso”.

Me pregunto qué hacen los recién enamorados. Me imagino que habrá algunos que por amor se la juegan, se avientan y desafían al mundo entero para estar juntos. Y habrá otros que, también por amor, se contienen porque en casa tienen adultos mayores, padres o hijos con sistemas inmunes vulnerables. Marinan el deseo e imaginan una y mil veces el momento en que ya todo esté bien y puedan fundirse otra vez en caricias. ¿Cuántos amores habrán quedado separados por fronteras que de momento no pueden cruzarse?

Sí, el amor es grande y nos moviliza a generar experiencias en la “nueva normalidad” que CASI se parezcan a las de la vieja normalidad.

Pero ese CASI es un abismo.

Podemos vernos, pasar corazones y sonrisas por las plataformas virtuales, pero todavía no existe una función que deje pasar los aromas. Veo a mi mamá en la pantalla, pero no me llega su perfume o el olor de su pelo. No siento el calor del abrazo de mi papá. No puedo sentir los cachetes de mis sobrinos, no puedo tocar el brazo de mis hermanos mientras nos reímos. Y reafirmo que no hay nada más importante que nuestros lazos sociales y el contacto en tercera dimensión. Y quiero que me regresen esa parte de mi estilo de vida.

Y en medio de la pandemia, NASA y SpaceX lanzan al espacio la primera misión privada tripulada de la historia. Y me pongo a pensar en cuántos eventos históricos comprimidos en unos cuantos meses nos ha tocado vivir -que intenso llegó el 2020-. Y caí en la cuenta de lo grandes que podemos ser los humanos cuando trabajamos juntos para lograr un bien superior. Y me pregunté qué estarían sintiendo los astronautas y sus familiares. Grande el amor por la ciencia, también. Y me emocioné contando del diez al cero. Y se me puso la piel de gallina viendo despegar el cohete. Y siento esperanza. Y me gusta pensar que fueron a recoger la vacuna contra el COVID-19. Y que pronto nos dirán en las noticias que estaremos bien.

Y que podremos volver a esa realidad donde estar juntos y abrazarnos no era peligroso, al menos para la salud.

Patchwork: a narrative that calls to union and totality

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“We do not live an equal life, but one of contrasts and mosaics; Now a little joy, then a pain, now a sin, Then a generous or courageous action “

-Ralph Waldo Emerson

 

By Rocio del Toro, Mafalda Budib, and Nicole Fuentes.

 

Out of a life coincidence, we ended up going on a trip. Although we toured India together, the adventure had different starting points. The time, circumstances, and reasons to visit that mysterious land were very particular for each of us.

During the journey, each moment took us by surprise. The colors, the crowds, the landscape, the chaos, everything kept us in awe at will.

A wonder captivated our attention, when seeing it, it was as if we could suddenly hear our voices captured and interwoven in those colored figures.

Patchwork or “piece work” is a form of sewing that involves joining different pieces of fabric together to form a larger and more complex design. Rajasthan padding is appreciated around the world for its beauty and symbolic meaning: labor of love, patience, and commitment.

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The province of Rajasthan provided the fabric to join our patchwork, our pieces, to form an extraordinary mat. To be the same, think symmetrically, or have the same size to explode together, is simply not necessary. Each one dresses in colors that make sense to us, we adorn ourselves with the accessories that we like and need. One portion made up of colorful and shiny beads, sequins, and gold stampedes; another with rather rough, daring, brave textures. Finally, one with fine lines, turquoise color, rather sober, with only a few details. The result? three voices, or perhaps, a sound patchwork.

[Nicole] I vividly remember Rocio’s phone call… “I want to go to India for a year, it has always been my dream.” I knew that this “want” would become a fact. Was this crazy?

[Rocio] Ever since I can remember, I wanted to travel to India. That land, on the other side of my world, summoned me. First whispering, then screaming. I decided to answer the call in July 2019. With the certainty of one who will meet her destiny, I organized my departure in less than a year. I took my son’s hand and together we reached the subcontinent.

[Mafalda] In India, three women searching for a memorable adventure, day by day the journey became a transformative experience and a love story about weaving our very own selves to each other, we converted into a colorful tapestry of emotions, talks, laughter, lessons and mystical experiences that bonded us in a unique way, beyond all means.

 [Nicole] On March 5th., 2020, I left for India. I took the longest flight I have ever taken. I spent 16 hours at 33,000 feet above sea level to go to the other side of the planet. What would that country be like? There, 15,085 kilometers from Mexico, was one of my best friends/sisters living her adventure. She had decided to spend a year in that land, and I went all the way to visit her. I wanted to be a part of her dream.

[Rocio] Nicole is my oldest friend, an inseparable companion since my adolescence. We are united by the strength of the years and confidence. Mafalda, my soul mate, my family. We share a passion for traveling and similar life stories.

[Mafalda] I have always believed that the realization of a piece of such beauty is equal to human threading compared to weaving in a friendship; it is formed hand in hand, without egos, in a deep exploration of life itself, transforming different pieces of your own being, into a whole.

[Nicole] In Delhi, Rocio and I finally met. At the restaurant in our hotel we jumped, shouted, and twisted intertwined regardless of the eyes of the waiters that made a monumental effort not to abandon their orbits. The meeting broke with the silence and seriousness of the place. A mariachi wouldn’t have made such a fuss. I saw Mafalda later. It was the first time that our paths crossed in time and space. She and I have walked along Rocio’s side for almost 30 years, but only now, we were going to walk together in India.

[Rocio] I dedicated the first months to take the pulse of this multicultural world. A photographic adventure took me to the colorful state of Rajasthan, which for me will always be the soul of India. Before the tour ended, we arrived at a town called Mandawa. Its Havelis (majestic houses of the merchants of the Silk Route) captivated the lens of my camera. I decided to leave the group and stay there. I arrived at the Mandawa Kothi Hotel on a Sunday. Standing in the center of its first inner courtyard, I knew I had found the place I was looking for.

[Mafalda] We are weavers, spinning life, and our dreams. Also, we are knotting ourselves to other souls whose experiences of loss and hope, of pain and joy, translate into opportunities to rediscover ourselves in the eyes of each other and, thus, walk in echo.

[Nicole] They say that India is not a place for everyone, and I agree. But it was for me. It was for us. Each one with a story, a journey, similar life situations, different environments. Each one yearning to return to the essential, to touch again our authentic versions. Each one with a lot to say, learn, share, accept, release, and feel.

[Rocio] After a while, I was taking Chai with Raju Singh, who would soon become my great friend and mentor. He opened the doors of his family to me. It made me feel part of them, at home. I discussed with him my dream of staying longer in India. From those afternoons of transformative conversations the idea of ​making a tourism project with his travel agency, Incredible Real India, arose. An itinerary was born to visit Rajasthan, which would not only become my first project in India, but also the opportunity to meet my friends again.

[Mafalda] And we will continue to make our patchwork by finding a way to co-create a masterpiece on life’s path, through time.

[Nicole] India became the canvas where we finally put our pieces together with the help of the thread and the needle of those who made this trip possible. The desert united us with its star-streaked sky. Sandip, the guide with the purest smile and the most generous soul, amalgamated us; we were joined by mantras. Our pieces also found a rhythm with Anu’s happy music and light with the portraits that come out of his pencil and look like photographs. Together we walked the temples with bare feet. Food, the unknown, and the sense of adventure combined us. Raju Singh brought us together with the colored powders he gave us to make collages in our faces during the celebration of Holi. We connected by painting.

[Rocio] Mafalda and Nicole said “YES” to the adventure. Both are portions that occupy large and significant spaces in the patchwork of my life. Beautiful pieces of unique textiles, embroidered to me, that remind me of whom I am and keep my story. Patches on a blue background, which is my favorite color, Nicole’s is turquoise, and one of Mafalda’s favorites. Golden threads and beads that fill with sun. Both, with their great differences, got to know each other and recognized themselves as the complete, confident, beautiful, intelligent, and talented women they are in front of my eyes. They found the way to sew themselves together to complete the patchwork mat that is my life.

[Nicole] I knew Mafy from the descriptions and stories I heard for years. An image in my head built from photographs. I knew her without knowing her. That famous, magnificent, bright, colorful, with hairbands, called Mafalda, appeared in front of me in the third dimension, wrapped in a wine-colored robe. “Nicole, sweetheart, welcome”.

Our voices became one and our screams found the chaotic compass among the narrow streets of Old Delhi riding on a Rickshaw. We felt like locals squeezed inside a Tuk Tuk, moving among sacred cows, dogs, motorcycles, and a rush of people.

Laughter that came out without filters, silence on top of a fort with the city lights below, dances around a campfire, out of tune singing, spontaneous hugs, red dots on the forehead, cannons that left their mark.

We made new seams in each night that met with the dawn without us noticing because we were opening our hearts, being vulnerable, letting ourselves be seen.

Chandu, our star photographer, captured our essence with his camera every time he managed to steal an instant in time without poses. The color blue assembled us in Jodhpur; we lost our sense of smell in hundreds of spices. We danced on a terrace by a lake in Udaipur with a background of palaces until they ran us out. We merged into the paintings of Chiman, a local artist who, in addition to being outstanding at his work, has an enormous heart as he contributes with his art to the well-being of children in his community.

We were joined by Devender with his sense of humor and behind-the-scenes work to make the tour comfortable and safe; Anurag, the young man offering water bottles, embraced us with his smile countless times; Our driver Rajesh, with his skill behind the wheel, took us from one destination to another, while we wove stories whispering. Each of them contributed with their unique stitches to our experience.

How great we are when we let go of the ego, when we let our guard down, when we take off our masks, when we genuinely want to see the other.

India became that canvas in which each of us embroidered her piece to create the Rajasthan mat, the friendship of three women that we will carry forever in our hearts.

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Note: We are grateful to Ángeles Favela, Director of Literálika , for helping us to edit these three stories with her magical pen.

 

 

 

 

 

Patchwork: una narrativa que nos convoca a la unión y a la totalidad

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“No vivimos una vida igual, sino una de contrastes y mosaicos; ahora un poco de alegría, luego un dolor, ahora un pecado, luego una acción generosa o valiente ”

-Ralph Waldo Emerson

Escrito por Rocio del Toro, Mafalda Budib y Nicole Fuentes.

Por las casualidades que la vida regala, coincidimos en un viaje. Aunque juntas recorrimos la India, la aventura tuvo distintos puntos de partida. El tiempo, las circunstancias y los motivos de cada una para visitar esa tierra misteriosa fueron muy particulares.

Durante el trayecto, cada instante nos tomaba por sorpresa. Los colores, las multitudes, el paisaje, el caos, todo nos mantuvo en el asombro a su antojo.

Una maravilla cautivó nuestra atención, al verla fue como si de pronto pudiéramos escuchar nuestras voces plasmadas y entretejidas en aquellas figuras de colores.

El patchwork o “trabajo en piezas” es una forma de costura que implica unir diferentes pedazos de tela para formar un diseño más grande y complejo. El acolchado Rajastaní es apreciado alrededor del mundo por su belleza y significado simbólico: labor de amor, paciencia y compromiso.

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La provincia de Rajastán nos prestó la tela en donde pudimos unir nuestros retazos, nuestros parches, para formar un tapete extraordinario. No hace falta ser iguales, ni pensar con simetría, tampoco tener el mismo tamaño para explotar juntas. Cada una vestimos con los colores que nos hacen sentido, nos adornamos con los accesorios que nos gustan y necesitamos. Una pieza formada por cuentas coloridas y brillantes, lentejuelas, estampida de dorado. Otra con texturas más bien toscas, atrevidas, valientes. Uno más con líneas finas, color turquesa, tirándole a sobrio, con uno que otro detalle nada más. ¿El resultado?: tres voces, o quizá, un patchwork sonoro.  

[Nicole] Recuerdo vívidamente aquella llamada en que Rocio me dijo “quiero irme un año a la India, siempre ha sido mi sueño”. Supe que ese “quiero” se convertiría en un hecho. ¿Era una locura?

[Rocio] Desde que tengo recuerdos quise viajar a la India. Aquella tierra, al otro lado de mi mundo, me convocaba. Primero con susurros, después con gritos. Decidí atender el llamado en julio de 2019. Con la certeza de quien se encontrará con su destino, organicé mi partida, y en menos de un año, tomé la mano de mi hijo y juntos llegamos al subcontinente.

[Mafalda] En la India, día a día, convertimos el viaje en una experiencia transformadora. Una historia de amor para entretejernos, traduciéndonos en un colorido tapiz de emociones, pláticas profundas, risas, lecciones y experiencias místicas. Eso nos acotó de una manera única.

[Nicole] El 5 de marzo de 2020 salí con rumbo a la India. Tomé el vuelo más largo que he tomado en mi vida. Pasé 16 horas a 33 mil pies sobre el nivel del mar para ir al otro lado del planeta. ¿Cómo sería ese país? Allá, a 15,085 kilómetros de México, estaba una de mis mejores amigas/hermanas viviendo su aventura. Había decidido pasar un año en esa tierra y hasta allá fui a visitarla. Quise ser parte de un trecho de su sueño.

[Rocio] Nicole es mi más antigua amiga, compañera inseparable desde mi adolescencia. Nos unen la fuerza de los años y la confianza. Mafalda, mi alma gemela, mi familia. Compartimos el amor por viajar e historias de vida similares.

[Mafalda] Siempre he creído que la realización de una pieza de tal belleza, es igual al enhebrado humano comparado al tejido en una amistad; se forma mano a mano, sin egos, en una exploración profunda de la vida misma, transformando diferentes piezas de tu propio ser, en un todo conjunto.

[Nicole] En Delhi nos encontramos Rocio y yo. En el restaurante de nuestro hotel saltamos, gritamos y giramos entrelazadas sin importar los ojos de los meseros que hacían un esfuerzo monumental por no abandonar sus órbitas. El encuentro rompió con el silencio y seriedad del lugar. Un mariachi no hubiera hecho tanto alboroto. A Mafalda la vi después. Era la primera vez que nuestros caminos coincidían en tiempo y espacio. Ella y yo hemos caminado junto a Rocio desde hace casi 30 años, pero recién ahora andaríamos juntas.

[Rocio] Dediqué los primeros meses a tomarle el pulso a este mundo multicultural. Una aventura fotográfica me llevó al colorido Estado de Rajastán, que para mí siempre será el alma de la India. Antes de que finalizara el tour llegamos a un pueblo llamado Mandawa. Sus Havelis (majestuosas casas de los comerciantes de la ruta de la seda) cautivaron al lente de mi cámara. Decidí dejar al grupo y quedarme ahí. Llegué un domingo al hotel Mandawa Kothi. De pie, en el centro de su primer patio interior, supe que había encontrado el lugar que estaba buscando.

[Mafalda] Somos tejedoras, hilando la vida y nuestros sueños. También, vamos anudándonos a otras almas cuyas experiencias de pérdida y esperanza, de dolor y alegría, se traducen en oportunidades para redescubrirnos una a otras y, así, caminar en eco.

[Nicole] Dicen que la India no es un lugar para todos y coincido. Pero sí fue para mí. Sí fue para nosotras. Cada una con una historia, un trayecto, con algunas situaciones de vida similares, con entornos diferentes. Cada una queriendo volver a lo esencial, a tocar de nuevo la autenticidad que en el pasado decidimos guardar para acomodar al resto del mundo o no incomodar a alguien. Cada una con mucho que decir, aprender, compartir, aceptar, liberar y sentir.

[Rocio] Al cabo de un rato tomaba Chai con Raju Singh, quien pronto se convertiría en mi gran amigo y mentor. Raju me abrió las puertas de su familia. Me hizo sentir parte de ellos, en casa. Con él hablé de mi ilusión de quedarme más tiempo en la India. De esas tardes de conversaciones transformadoras surgió la idea de hacer un proyecto turístico con su agencia de viajes, Incredible Real India. Nació un itinerario para recorrer Rajastán, que no sólo se convertiría en mi primer proyecto en India, sino en la oportunidad de reencontrarme con mis amigas.

[Mafalda] Y continuaremos construyendo nuestro mosaico encontrando una manera de co-crear una obra maestra en el camino de la vida, a través del tiempo.

[Nicole] India se convirtió en el lienzo en donde finalmente unimos nuestros pedazos con la ayuda del hilo y la aguja de quienes hicieron posible el viaje. Nos unió el desierto con su cielo picado de estrellas. Nos unió Sandip, el guía con la sonrisa más pura y el alma más generosa, nos unieron los mantras. Nuestros pedazos también fueron encontrando ritmo con la música alegre de Anu y luz con los retratos que salen de su lápiz y parecen fotografías. Juntas tocamos con pies descalzos los templos. Nos unió la comida, lo desconocido, el sentido de aventura. Nos unió Raju Singh cuando nos regaló polvos de colores para que con ellos hiciéramos un collage en nuestras caras durante la celebración del Holi. Conectamos pintándonos.

[Rocio] Mafalda y Nicole dijeron “SI” a la aventura. Ambas son pedazos que ocupan espacios grandes y significativos en el patchwork de mi vida. Hermosas piezas de textiles únicos, bordados a mí, que me recuerdan quién soy y guardan mi historia. Recuadros en fondo azul, que es mi color favorito, el de Nicole es turquesa, y uno de los preferidos de Mafalda. Hilos dorados y cuentas que llenan de sol. Ellas en sus grandes diferencias se conocieron y se reconocieron como las mujeres completas, seguras, hermosas, inteligentes y llenas de talentos que son ante mis ojos. Encontraron cómo coserse entre sí para completar el tapete de patchwork que es mi vida.

[Nicole] Conocía a Mafy de las descripciones y relatos que durante años escuché. Una imagen en mi cabeza construida a partir de fotografías. La conocía sin conocerla. Ese personaje famoso, magnífico, brillante, lleno de color y con mascadas en la cabeza, llamado Mafalda, aparecía frente a mí en tercera dimensión envuelta en una túnica de color vino. “Nicole, linda, bienvenida”.

Nuestras voces se hicieron una y nuestros gritos encontraron el compás caótico entre las calles angostas del viejo Delhi trepadas en un Rickshaw. Nos sentimos locales amontonándonos adentro de un Tuk Tuk, avanzando entre vacas sagradas, perros, motocicletas y un borbotón de gente.

Risas que salían sin filtros, silencio en la punta de un fuerte con luces de ciudad adornando su falda, bailes alrededor de una fogata, cantos desentonados, abrazos espontáneos, puntos rojos en la frente, cañones que dejaron marca.

Hicimos costuras nuevas en cada noche que se juntó con el amanecer sin que nos diéramos cuenta, estábamos abriendo el corazón, siendo vulnerables, dejándonos ver.

Chandu, nuestro fotógrafo estrella, capturó nuestra esencia con su cámara cada vez que logró robarle al tiempo un instante sin poses. Nos agrupó el color azul en Jodhpur, perdimos el olfato entre centenares de especies. Bailamos en una terraza junto a un lago en Udaipur con fondo de palacios hasta que nos corrieron. Nos fundimos en los cuadros de Chiman, un artista local que además de ser grande en su obra, es enorme de corazón pues con su arte contribuye al bienestar de los niños en su comunidad.

Nos unió Devender con su sentido del humor y trabajo tras bambalinas para que el recorrido fuera cómodo y seguro; Anurag, el joven del agua, nos envolvió con su sonrisa incontables veces; Rajesh, nuestro chofer, con su destreza al volante nos llevó de un destino a otro, mientras nosotras tejíamos historias hablando en voz muy baja. Cada uno de ellos contribuyó con sus puntadas únicas a nuestra experiencia.

Qué grandes somos las personas cuando dejamos al ego de lado, cuando bajamos la guardia, nos quitamos la máscara, cuando genuinamente queremos ver al otro.

India se convirtió en ese lienzo al cual cada una de nosotras unió su pedazo para crear el tapete Rajastaní, la amistad de tres mujeres, que llevaremos por siempre en el corazón.

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Nota: Agradecemos de corazón a Ángeles Favela, Directora de Literálika, por ayudarnos a editar con su pluma este relato.

¡Ya estamos haciendo algo extraordinario!

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Confieso que una de las primeras declaraciones que hice cuando empezó la cuarentena es que iba a terminar mi segundo libro. Un mes en mi casa era justo lo que necesitaba para sentarme a escribir.

Tendría un bloque concentrado de días sin compromisos, sin horas de tráfico, sin prisa mañanera por despachar niñas al colegio, sin partidos en las tardes. Al fin, tenía la oportunidad para clavarme en este proyecto que había estado pateando y que me producía la misma sensación que la de traer una piedra metida en el zapato.

Confieso que me entusiasmaba la idea.

Pero sucedió que pasaban los días y no lograba sentarme a escribir. Un par de veces abrí el engargolado que guarda los pedazos que tengo, pasaba un par de páginas y no encontraba por dónde seguir. Abría la computadora, la pantalla y yo nos quedábamos viendo como en concurso de miradas hasta que alguna notificación de correo me sacaba del aprieto. Mi cabeza no lograba concentrarse en una sóla idea. Ahí adentro había una venta de garaje.

Justo noto que escribo en tiempo pasado, como si ya hubiera encontrado el remedio y estuviera a punto de contarles cómo logré salir del enredo. No. Sigo en la batalla. Mejor dicho… sigo perdiendo la batalla.

Ver pasar los días sin registrar avances empezó a generarme ansiedad y frustración. Entonces revisaba mi agenda, replanteaba metas y generaba nuevas intensiones.

Nada.

Una foto en Facebook vino a darme el tiro de gracia. Decía algo así como… “Si no sales de esta cuarentena con una novela escrita, un sueño completado o tu casa ordenada, en realidad nunca te faltó tiempo, sino disciplina”. ¡OUCH!

No escribo para mi libro, no concilio ni el sueño por las noches y mi casa sigue tan desordenada como siempre.

En eso estaba cuando recibí un artículo de Scott Berinato del Harvard Business Review titulado “That Discomfort You’re Feeling is Grief” (Esa incomodidad que sientes es dolor) y todo quedó mucho más claro.

Estamos viviendo una pandemia.

El mundo se puso de cabeza. Reina la incertidumbre, el caos, la confusión, el miedo, la ansiedad, el aire está cargado de enfermedad. Estamos sorteando una colección de situaciones -niños en casa, trabajo remoto, preparar tres comidas al día, lavar platos que se multiplican y ensucian solos, confinamiento, distanciamiento físico, cambios de rutinas, nos preocupamos por familiares que tenemos lejos-.

Estamos en duelo.

Estamos sufriendo diferentes tipos de pérdidas.

Pérdidas humanas, pérdida de contacto social, pérdida de trabajo, proyectos detenidos, viajes cancelados, planes en el basurero. Hemos perdido la paz interior, la libertad de movimiento, el sentido de normalidad, la posibilidad de planear más allá de una semana.

El mundo como lo conocíamos cambió y no sabemos qué nos espera en el futuro.

Nos invade el anhelo de volver a tocar lo que hemos perdido, cinco minutos para envolver en un abrazo a mis padres, media hora para tomar café con las amigas, dos horas para ir al cine, noventa minutos en mi salón de clase, tres horas para andar en bicicleta, un lunes común y corriente, una noche sin insomnio. Nos persigue el deseo involuntario de entender, de encontrar sentido en todo esto.

Nuestra brújula perdió el sentido de orientación y luchamos para reacomodarnos en todos los sentidos: físico, emocional y social.

Y cada uno de nosotros vive y experimenta el duelo de diferentes formas: Enojo, llanto, cansancio, sueño, irritabilidad, ansiedad, parálisis, sentido del humor, tristeza, miedo.

La aceptación es una de las puertas de salida en los procesos de duelo. Aceptar que esta es la realidad, que esto está pasando -aunque no lo hayamos pedido y no nos guste- y trabajar a partir de lo que sí podemos controlar.

Son tiempos de paciencia, de tolerancia, de compasión, de márgenes anchos, de andar más lento, de empatía, de mucho amor.

Quizá no es momento de pensar en escribir novelas o sacar adelante grandes proyectos, al menos para mí, no lo es. Quizá es momento de reconocer que estamos sobreviviendo a una pandemia y eso ya es extraordinario.

El mágico “Y” en tiempos de pandemia

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Si alguien me hubiera dicho que me tocaría vivir una pandemia que le robaría la brújula al mundo, no lo hubiera creído. La idea de convertirme en personaje de un evento que quedará registrado en los anaqueles de la historia me hubiera sonado muy pretenciosa. Pero aquí estoy, aquí estamos, lidiando con la sensación de haber sido lanzados al set de una película surrealista que no tiene guion.

Vamos un día a la vez, reina la incertidumbre, la línea de meta no está a la vista, tampoco sabemos qué tan larga es la carrera. Los mitos rellenan los espacios que generan la sobredemanda de preguntas y la escasez de respuestas. El aire está cargado de peligro, las paredes se nos vienen encima.

En las últimas semanas he hablado con muchas personas y sus voces hacen eco con la mía. Los sentimientos predominantes son ansiedad, miedo, frustración, enojo, depresión, confusión, tristeza. La incertidumbre y los cambios imprevistos son tierra fértil para las emociones difíciles. Estamos todos en modo “recalculando ruta”.

¿Qué podemos hacer para mitigar el impacto negativo de esta crisis en nuestro bienestar emocional?

Mi estrategia favorita es practicar la gratitud.

Sentir gratitud y felicidad es fácil cuando todo va bien. Pero… ¿Cómo sentir gratitud en estos días?

Hace unos años, Maria Sirois -una de mis maestras favoritas-, hizo con nosotros un ejercicio para aterrizar el concepto de gratitud y presentarnos al mágico “Y”.

El primer paso invita a imaginar un pantano oscuro, frío y escabroso en el que viven los problemas, los demonios, las cosas que arruinan nuestros días, lo que ocasiona dolor, sufrimiento y destruye felicidad: Covid-19, muerte, migraña, falta de dinero, traiciones, desempleo, incertidumbre, un pelo en la sopa, desastres naturales, amores no correspondidos, multas de tráfico, fracasos, ley seca, no WIFI, 1% de batería en el celular, un pariente incómodo. Podría escribir 27 hojas llenas de desgracias y artes oscuras. Sí, la vida incluye todo esto y, hoy, el mundo parece haberse convertido en un gran pantano.

El segundo paso es dibujar un oasis en donde está lo bueno, bonito, inspirador y que hace que vivir valga la pena: empatía, amistad, lealtad, solidaridad, muestras de cariño, sinfonías, personas aplaudiendo desde sus ventanas en reconocimiento a la labor que hacen enfermeras y médicos, una nota de amor, tu canción favorita sonando en el radio, el sol colgado al centro de un cielo azul, aire limpio, vuelos sin turbulencia, la emoción de tu perro cuando te ve, un libro, un poema, un beso, un encuentro inesperado, el olor de tus hijos cuando están recién bañados, una solución, una idea, una batalla superada. La vida también está llena de cosas que nos hacen vibrar.

El último paso consiste en trazar una enorme letra “Y” entre el pantano y el oasis. Ambas realidades existen y conviven. La cosa es que las personas tendemos a clavarnos en el pantano, somos campeones para resaltar lo malo y ver la vida a través de un lente de escasez. Sacamos conclusiones a partir de una realidad incompleta.

Practicar la gratitud significa voltear a ver el oasis, resaltar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí podemos resolver. Cuando practicamos la gratitud vemos la vida a través de un lente de abundancia.

Hay una diferencia importante entre sentir y practicar gratitud. En los días pesados y en las épocas más espinosas es difícil sentir gratitud, pero es justo cuando más útil es practicarla. No sólo ayuda, sino que es esencial. Convertirla en una actitud nos permite resistir el flujo de las altas y bajas en la vida. Es una perspectiva desde la cual podemos ver la vida en su totalidad y no sentirnos abrumados por circunstancias temporales.

En estos últimos días me he aferrado de la letra “Y” para evitar caer en el pantano.

Te comparto algunas de las cosas buenas que, desde mi punto de vista, están sucediendo como resultado de la pandemia.

  • “Y” estamos entendiendo que la verdadera riqueza es la salud.
  • “Y” nuestro planeta está recibiendo un respiro. Un descanso a los lagos, a las playas, a los cielos, a los bosques, a las montañas, a los animales.
  • “Y” escuchamos a los pájaros, a las hojas de los arboles, al silencio.
  • “Y” en ciudades en el norte de la India se ven por primera vez en 30 años los Himalayas, el agua está cristalina en los canales de Venecia.
  • “Y” la prisa que nos tenía rehenes corriendo de un lado a otro desapareció.
  • “Y” los niños pequeños duermen más tiempo, los hermanos juegan juntos, las familias se reconocen.
  • “Y” estamos desarrollando la conciencia social. Los que estamos bien nos quedamos en casa para que los demás estén bien.
  • “Y” comenzamos a conectarnos con la humanidad que compartimos y la vulnerabilidad que nos une.
  • “Y” tenemos ratos disponibles para recuperar pasatiempos o descubrir nuevos.
  • “Y” somos testigos de la grandeza de los héroes vestidos de enfermeras, doctores, policías, repartidores, personal de limpieza.
  • “Y” mentes brillantes trabajan sin tregua para encontrar el remedio.
  • “Y” estamos aprendiendo a usar nuevas plataformas tecnológicas, experimentando con alternativas, explotando nuestra creatividad.
  • “Y” estamos dándonos cuenta de que la tecnología es maravillosa, pero JAMÁS alcanzará a calentarnos el corazón como un abrazo.

Si le ponemos intención, podemos llenar el oasis con todo lo bueno que tiene la vida y entrenar a nuestro cerebro para que lo tenga en el radar. Cuando practicamos la gratitud cambiamos el rumbo de nuestro bienestar emocional y aumentamos nuestra capacidad para resistir y superar adversidades.

Te invito a utilizar el mágico “Y”. Haz tu lista y compártela con nosotros para que podamos inspirarnos con ella.

Por lo pronto, cuidémonos intensivamente -para no caer en cuidados intensivos- y saboreemos por anticipado la llegada del día en que podamos preguntar… “¿En dónde nos vemos para tomar un café?”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reporte Mundial de la Felicidad 2020

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Hace unos días salió el Reporte Mundial de la Felicidad 2020. Este es el octavo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

Hace 20 años, cuando comencé a rodar junto al estudio académico de la felicidad, un reporte como este parecía imposible. Hoy que leo esta octava edición confinada en mi casa debido a la pandemia del COVID-19 caigo en la cuenta de que hasta lo inimaginable puede pasar.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 153 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año, el Reporte se enfoca en el rol que juegan tres diferentes entornos en el bienestar: social, urbano y medio ambiente. Algo me dice que el próximo año estaremos leyendo un apartado especial sobre el Coronavirus y sus efectos en la felicidad.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2020.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto por tercer año consecutivo; mientras que Afganistán, el país con el nivel más bajo. En el continente americano, Canadá ocupa la posición número 11 y Estados Unidos la 18.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Suiza, Islandia, Noruega, Holanda, Suecia, Nueva Zelanda, Austria y Luxemburgo.

Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los países nórdicos se caracterizan por un círculo virtuoso en el que varios indicadores culturales e institucionales clave se alimentan entre sí: una democracia que funciona, servicios sociales generosos y efectivos, bajos niveles de criminalidad y corrupción, así como ciudadanos satisfechos que se consideran libres, tienen confianza entre ellos y en sus instituciones gubernamentales.

Los países en los 20 primeros lugares son los mismos que el año pasado; sin embargo, algunos cambiaron su posición dentro del grupo. Luxemburgo, por ejemplo, pasó del lugar 14 al 10 y por primera vez entró al grupo de los “Top Ten”. Suiza ganó tres posiciones pasando de la sexta posición a la tercera.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés económico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Venezuela, Afganistán, Lesoto, Zambia y la India.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 15. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index.

México apareció este año en el lugar número 24. Perdimos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 153 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-. Por otro lado, no es tan bueno cuando observamos que la tendencia a lo largo de estos ocho años es decreciente. México parece estar moviéndose en dirección equivocada.

En promedio, los países latinoamericanos tienen niveles de felicidad superiores a los pronosticados por el modelo. En otras palabras, creamos más felicidad con los mismos recursos -le sacamos más jugo al mismo limón-. Esta diferencia se atribuye a una variedad de factores, incluyendo el rol que juegan la familia y la vida social.

Este año, el Reporte Mundial de la Felicidad analiza con detalle el efecto que tienen la calidad de las conexiones interpersonales y las instituciones sociales. Los individuos que confían más en las instituciones de sus países y tienen alguien con quien contar, tienen niveles de bienestar más altos pues tienen mejores recursos para hacerle frente a situaciones negativas como: mala salud, desempleo, bajo ingreso, discriminación, rupturas familiares y miedo en relación con la seguridad en las calles.

Un ambiente social confiable no sólo es un soporte directo para la calidad de vida individual, sino que reduce los costos de la adversidad en el bienestar. Una red sólida de apoyo y la ausencia de corrupción son factores especialmente importantes para aumentar la felicidad y reducir la desigualdad.

El Reporte de este año incluye un “ranking” de las ciudades más felices. Helsinki, en Finlandia, está en primer lugar. San José, Costa Rica, encabeza la lista de las ciudades latinoamericanas con la posición 11. La ciudad estadounidense con el nivel de felicidad más alto es Washington en el lugar 16; la Ciudad de México ocupa el 38.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su octava edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que disminuyen la felicidad.

 

Coronavirus: una oportunidad para conectar con lo esencial.

Vivir esta pandemia es para mí como entrar poco a poco en un mundo surrealista con realidades alternativas.

Las noticias llegan, sin ponerse de acuerdo, atropellándose unas a otras. Es difícil distinguir lo qué es cierto de lo qué no. El aire está lleno de rumores, pronósticos, incertidumbre.

Suenan voces pesimistas; también las optimistas que hacen contrapeso. Llegan ondas de ansiedad que viajan desde todos los destinos.

Regresan a mi mente las palabras de Viktor Frankl…

“Cuando no podemos cambiar la situación, tenemos el reto de cambiarnos a nosotros mismos”.

Y otra más…

“Entre estímulo y reacción hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para cambiar nuestra respuesta.”

Podemos elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia.

De frente a esta crisis sanitaria global podemos elegir entrar en pánico -con todo lo que eso significa- o la calma.

Podemos reaccionar impulsivamente o detenernos un momento para pensar y actuar asertivamente.

Este arresto domiciliario es una oportunidad para bajar las revoluciones, dejar de correr a toda velocidad en piloto automático. Conectar con nuestra familia, conectar con nuestro interior. Volver a lo sencillo y a lo esencial.

Podemos aprovechar esta pausa obligatoria para practicar la gratitud. Apreciar la salud, valor los momentos en que todo va bien.

Practiquemos la bondad, cuidémonos los unos a los otros, no compremos lo que de momento no necesitamos para que quienes sí lo necesiten, lo encuentren.

Seamos pacientes y muy prudentes. Sigamos las recomendaciones preventivas pensando no sólo en nosotros, sino en todos los demás.

Que este virus que tiene a nuestro mundo de cabeza saque nuestra mejor versión y nos conecte con el corazón de nuestra humanidad compartida.