¿Puedes comer sólo una?

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“Cualquier persona puede enojarse, eso es fácil. Pero enojarse con la persona correcta, en el grado correcto, en el momento correcto, por la razón correcta y de la manera correcta ¡eso no es fácil!” -Aristóteles

Seguro que no.

Y es que para lograr lo anterior tendríamos que ser campeones indiscutibles del autoconocimiento y la autorregulación, dos piezas claves de la inteligencia emocional.

Hace un par de semanas hablamos del concepto de autoconocimiento y exploramos algunas herramientas para desarrollarlo. Hoy el espacio es para la competencia emocional de la autorregulación.

La autorregulación es la habilidad para modular exitosamente nuestras propias emociones, pensamientos y comportamientos en diferentes situaciones.

Se construye a partir del autoconocimiento, pues para regular y utilizar nuestras emociones, primero tenemos que estar conscientes de ellas y conocerlas. Sólo cuando estamos conscientes de su vaivén podemos canalizarlas en la dirección correcta.

La autorregulación incluye manejar el estrés efectivamente, controlar impulsos, la capacidad para motivarnos y calmarnos a nosotros mismos, establecer metas personales, académicas, laborales y trabajar para alcanzarlas.

Podemos hablar de dos tipos de autorregulación: emocional y de la conducta.

La autorregulación emocional está relacionada con la habilidad para controlar nuestras emociones, no ahogarnos en ellas, no salir corriendo detrás de ellas o desbordarnos por ellas.

¿Conoces a alguien que pierda el control cuando se enoja? ¿Alguien que grite a todo pulmón, se ponga rojo, se le salten las venas, no escuche, aviente cosas, salga corriendo, tire patadas, limpie el escritorio en un sólo movimiento, etc.? O ¿Conoces a alguien que rompa en llanto incontrolable sin aparente razón y no logre parar?

A lo mejor una amiga de tu prima…

Todos hemos estado en situaciones críticas de estrés. El repertorio es amplio -discusiones, malas noticas, accidentes, sustos, agotamiento, crisis económica-. Explotar o perder el control ante una situación de estrés NO es autorregulación.

¿Te has topado con alguien que va como demonio poseído al volante por la calle?, ¿Te ha pasado que alguien en un embotellamiento de tráfico se cuelga del claxon y con gestos grita furioso que te muevas como si la vía estuviera libre, tuvieras opción y sólo estuvieras ahí porque te gusta? Estos son ejemplos claros de falta de autorregulación emocional.

Las rabietas que hacen los niños pequeños también pueden ser producto de una falta de autorregulación. ¿Alguna vez te tocó que una de tus creaturas se tirara el piso pataleando y gritando sin control dejándote con cara de interrogación porque no lograbas conectar con su mirada o hacerte escuchar?

Saber auto administrarnos nos permite continuar funcionando en favor de nuestro bienestar.

Si logras mantenerte calmado cuando te sientes enojado, si sabes cómo relajarte después de un susto, si conservas la cordura mientras tu suegra te dice cómo educar a tus hijos, si sabes ajustar tu estado de ánimo entre eventos o situaciones, entonces estás practicando la autorregulación emocional.

La autorregulación conductual, por otro lado, tiene que ver con la habilidad para actuar en favor de nuestros intereses de largo plazo de manera consistente con lo que es verdaderamente importante para nosotros.

Es eso que nos permite tomar la decisión sana, aunque sintamos el fuerte deseo de hacer lo contrario. No quieres ir a trabajar, pero vas pues recuerdas tus metas; no quieres estudiar para el examen, la fiesta es un plan mucho más divertido, pero recuerdas que quieres graduarte, pasas del plan y te quedas estudiando física; te mueres de ganas de fumar, pero resistes la tentación.

¿Puedes comer sólo una galleta?, ¿Puedes tomar sólo una copa de vino?, ¿Puedes mantenerte en una rutina de ejercicio?, ¿Puedes trabajar mucho tiempo para conseguir un sueño? Si la respuesta es sí, entonces estás usando la autorregulación de la conducta.

En cambio, aventarte un maratón de Netflix para ver toda la serie de golpe en lugar de terminar uno de tus proyectos, comerte la bolsa entera de papas o ponerte hasta el tronco de borracho… no es autorregulación.

La capacidad para postergar la gratificación y no responder a un impulso está en la raíz del autocontrol, desde mantenerte a dieta hasta recibirte de la carrera de medicina. Saber auto administrarnos evita que seamos nuestro propio obstáculo.

La autorregulación va más allá de respirar profundo y mantener el control cuando nos invaden emociones intensas, va más allá de poner un tapón cuando estamos a punto de explotar. Implica poder regular nuestras emociones y canalizarlas en la dirección correcta; lograr hacer una pausa y generar un espacio entre estímulo y reacción.

 Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En este espacio está nuestro poder para elegir una respuesta y de esta respuesta depende nuestro crecimiento y libertar” -Victor Frankl

Para mí, la frase anterior resume perfectamente bien el concepto de autorregulación.

Quizá habrás notado que manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo…

Cuando fortalecemos el músculo de la autorregulación mejoramos nuestra capacidad para hacer esa pausa de la que habla Frankl que nos permite dirigir nuestras emociones en favor de nuestro bienestar.

PD. Existen varias estrategias para desarrollar la habilidad de la autorregulación, pero esas las dejo para la próxima publicación.

 

 

Técnicas para desarrollar el autoconocimiento

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Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Con esta pregunta arrancamos el artículo de la semana pasada y de ahí hablamos del concepto de autoconocimiento.

Me parece que andamos por la vida muy seguros de saber quién somos, pero cuando tenemos que responder con detalle a la pregunta… ¿Quién soy?, la tarea se parece más a tratar de morder nuestros propios dientes.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir. Conocernos a nosotros mismos es clave para tener una vida plena, exitosa y feliz.

Hablamos de la Rueda del Autoconocimiento, que es una herramienta poderosa para mirar hacia adentro utilizando cinco preguntas: ¿Qué percibo con mis sentidos?, ¿Qué siento?, ¿Qué pienso?, ¿Qué quiero? y ¿Qué acciones voy a tomar?

La capacidad para responder a esas preguntas sin importar el entorno o situación en que estamos supone un buen nivel de autoconocimiento.

Para esta semana quedó pendiente compartir herramientas adicionales para desarrollar nuestro autoconocimiento y el de nuestros hijos -entre más jóvenes empiecen a conocerse, menos frentazos se darán contra la pared y más capaces serán para orientar sus vidas en dirección a su estrella polar-.

Van seis estrategias.

Aumenta tu vocabulario emocional. Todo empieza por reconocer y ponerle nombre a lo que sentimos, por conocer las emociones.

Te invito a hacer el siguiente ejercicio…

Durante dos minutos escribe en las notas de tu teléfono o en una hoja de papel todas las emociones que conozcas.

No comas ansias, no te adelantes en la lectura y verdaderamente date la oportunidad de hacerlo.

¿Listo?

¿Cuántas emociones lograste escribir?

Te comparto aquí la Rueda de las Emociones.

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¿Ya viste cuántas emociones diferentes existen? Más de cien.

Generalmente nos quedamos en las seis emociones básicas: felicidad, sorpresa, ira, miedo, tristeza y asco. Pero debajo de cada una de estas hay más capas de posibilidades. Hay diferentes sabores de tristeza, por ejemplo, sabor culpa, sabor solo, sabor vacío, etc.

Y es muy importante hacer esta distinción porque las medidas que tenemos que tomar para remediar cada emoción son diferentes.

La mayoría de las personas somos analfabetas emocionales. Si no conocemos las emociones, si no sabemos qué nombre ponerle a lo que sentimos, entonces tampoco podemos diseñar una solución a la medida.

Es fundamental incrementar nuestro vocabulario emocional y utilizarlo activamente con nuestros hijos. Te recomiendo que pongas la rueda de las emociones en un lugar visible como el refrigerador. Enséñala a tus hijos cuando estén tratando de explicarte cómo se sienten o cuando seas tú quien tenga que decirles cómo te sientes. Sí, esta calle es de ida y vuelta.

Reconecta con tu cuerpo. Cuando experimentamos una emoción, una señal eléctrica pasa por nuestro cerebro y se traduce en una sensación física. Las respuestas físicas pueden ser variadas: músculos del estómago contraídos, ritmo cardiaco acelerado, boca seca, manos sudorosas, frio, piernas temblorosas, nudo en la garganta, ganas de saltar.

Nuestra mente y cuerpo están tan conectados que podemos aprender a relacionar sensaciones físicas con emociones. Pregúntate… ¿Dónde siento el miedo?, ¿En qué parte del cuerpo siento la vergüenza?, ¿Dónde siento la felicidad? Cuando yo me guardo lo que verdaderamente quiero decir, por ejemplo, literalmente siento un limón atorado en la garganta y me cuesta trabajo tragar; cuando tengo miedo, me da mucho frío; cuando siento angustia, parece que tengo un elefante sentado en el pecho.

Muchas emociones son inconscientes. Primero las sentimos físicamente y luego atraviesan a la conciencia. Estar en sincronía con nuestro cuerpo para identificar nuestras emociones es casi como magia. Haz pausas para identificar qué sientes y dónde lo sientes, practica la atención plena o mindfulness.

Encuentra el vínculo entre emociones y acciones. Las emociones son impulsos a la acción. Si ponemos atención vamos logrando conectar lo que pensamos, con lo que sentimos y lo que hacemos. ¿Qué haces cuando te sientes enojado? Algunas personas gritan, otras enmudecen. Tratemos de hacer conexiones del tipo: enojo-grito, aburrimiento-morder las uñas, ansioso-tomar dos copas de vino, deprimido-darle cucharadas a la Nutella, vulnerable-evadir al mundo.   Es importante vincular la emoción que sentimos con la acción que habitualmente tomamos para que la siguiente vez que se presente el estímulo, logremos cambiar nuestra respuesta.

Identifica tus detonadores. ¿Qué te saca de tus casillas? ¿Hay ciertas cosas que te ponen de mal humor? ¿Qué acciones activan lo peor de ti? Probablemente es un compañero de trabajo, un familiar, una conducta que automáticamente te vuelve loca. Puede ser iniciar una conversación que no te gusta y te pone a la defensiva. Tienes que identificar perfectamente bien qué personas, situaciones, conversaciones, lugares o fechas te disparan. Si estamos conscientes de esto, podemos trazar un plan de acción para mantener la calma la siguiente vez que jalen el gatillo.

Lleva un diario de emociones. El obstáculo más grande para desarrollar el autoconocimiento es la objetividad. En un diario puedes registrar eventos que detonan emociones fuertes y describir tus reacciones. Con esta práctica puedes identificar patrones y distinguir cómo te sientes físicamente ante cada emoción.

Identifica el efecto de tus emociones en los demás. Cuando soltamos una piedra en el agua, comienzan a formarse anillos hacia afuera. Nuestros despliegues de emociones, para bien o para mal, tienen consecuencias en las personas a nuestro alrededor. Las emociones son contagiosas. Piensa qué pasa con la conducta de tus hijos cuando tú estás de pésimo humor… Como mandado a hacer se portan peor, ¿o no? Pon atención a lo que contagias tú.

Identificar y manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo y puede ser verdaderamente agotador. Desarrollar el autoconocimiento nos hace más eficientes en esta labor, es como un atajo que hace el camino más corto, nos permite aprender de nuestros errores más rápido, libera tiempo y energía que podemos dedicar a aventuras más interesantes.

¿Qué tan bien te conoces?

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Si tuvieras que explicarle a un marciano quién eres más allá de tu nombre, edad, profesión, estado civil, lugar de nacimiento y plato de comida favorito, ¿Qué tan bien podrías hacerlo?

Déjame preguntártelo de otra manera…

Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Antes de que respondas, considera las siguientes preguntas…

¿Cuáles son las emociones que más experimentas?, ¿Dónde sientes la alegría, dónde la desilusión y dónde la culpa?, ¿Qué te gusta hacer?, ¿Qué te da miedo y qué te inspira?, ¿Qué tipo de personas o situaciones te sacan de tus casillas?, ¿Cómo reaccionas cuando te sientes amenazado y cómo cuando te sientes feliz?, ¿Cuáles son tus fortalezas de carácter, tus talentos e inteligencias dominantes?, ¿Qué te cuesta mucho trabajo hacer?, ¿Cómo respondes a las agresiones?, ¿Qué haces después de recibir una mala noticia?, ¿Cómo pasas el tiempo libre y cómo te gustaría pasarlo?, ¿Cuáles son tus valores personales?, ¿Qué quieres lograr en la vida?, ¿Qué te quita el sueño y por qué?, ¿Te gusta estar rodeado de gente o más bien sólo?, ¿Eres optimista o pesimista?, ¿Qué es lo más importante para ti?, ¿Cómo manejas la incertidumbre?, ¿Qué te apasiona?

Ahora si… ¿Te salvarías?

Preguntarnos quién somos -en todas nuestras tonalidades- es para mí, como adentrarse en un océano profundo al que resultaría imposible conocerle cada cueva. Y sin embargo, es muy importante bucear hacia el fondo, aunque nos incomode, para tratar familiarizarnos con él.

En el estricto sentido de la palabra no necesitamos del autoconocimiento para vivir, pero sí para tener una vida plena, exitosa y feliz.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir.

Las personas altas en autoconocimiento tienen una compresión sobresaliente sobre qué hacen bien, con qué recursos personales cuentan, qué los motiva y satisface. Saben qué personas o situaciones los alteran y cómo tienden a reaccionar ante diferentes estímulos y eventos.

La falta de autoconocimiento es muy común y puede manifestarse de varias maneras.

Como una discrepancia entre lo que pensamos de nosotros mismos y lo que las personas a nuestro alrededor ven. Un líder convencido de que es amigable y está disponible para su equipo, cuando la evidencia muestra que no responde los correos electrónicos y mantiene su puerta cerrada; una mujer agobiada porque le cargan la mano en la familia, sin darse cuenta que a todo se apunta y a todo dice que sí; un niño indignado al ser enviado a la oficina del director por no haber hecho “nada”, cuando participó en el pleito tanto como su contraparte; un alcohólico que asegura no tener un problema con el trago.

Un pobre autoconocimiento puede estar detrás de oportunidades que dejamos escapar por no reconocer los recursos que tenemos para aprovecharlas, o de equivocaciones recurrentes porque no visualizamos cómo nuestro comportamiento contribuye al mismo resultado adverso de siempre.

Cuando no logramos traer a la conciencia e identificar el vínculo entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, vivimos reaccionando a los estímulos y sin meter las manos para cambiar el rumbo de nuestros destinos.

Va un ejemplo.

Imagínate que tuviste una pésima tarde. Tu jefe estuvo furioso todo el día, te chocaron, no salió la venta, se mojó tu teléfono, lo que quieras. Llegas a casa y encuentras que tus hijos están jugando a ser caballos, convirtieron la sala en una pista de salto, relinchan y corren desbocados por las escaleras. Además, es el final del verano y justo anunciaron que el comienzo a clases se retrasa una semana.

¿Qué haces?

Opción 1. Se te suben los colores, gritas que dejen de correr, los castigas por haber usado los cojines del sofá para fabricar obstáculos, les quitas el iPad y los mandas a su cuarto… sin cenar.

Opción 2. Los evades, vas directo a servirte un whiskey doble para limar los bordes, te encierras en tu recámara y te olvidas… ¿cuáles niños?

Opción 3. Jalas aire, saludas y dices que necesitas un tiempo fuera. Buscas un espacio para relajarte unos minutos, sólo tú sabes el tiempo que necesitas.

La opción 1 refleja una ausencia de autoconocimiento. No lograste reconocer que tu molestia no era provocada por el juego de tus hijos, sino por el evento negativo previo a llegar a casa. Actuaste por impulso y no manejaste correctamente tus emociones.

La opción 2 es una anestesia emocional. Una copa de vino, un cigarro, naufragar en internet, darle vueltas a la página de Amazon, dormir en exceso, apostar son ejemplos de anestesias que usamos para no sentir o evadir nuestras emociones. Tapamos lo que sentimos, en lugar de reflexionar sobre el por qué de la emoción y no resolvemos la causa raíz.

La opción 3 muestra inteligencia emocional y uso de autoconocimiento. Sientes el deseo de gritar a tus hijos, porque eso es lo que dictan tus emociones. Sin embargo, notas que ellos no tienen nada que ver. Entiendes que tu enojo es el resultado de una mala tarde y no de su juego. Quizá, incluso, les explicas qué sucedió y les pides que bajen el volumen mientras te relajas un rato.

En el mundo ideal lograríamos responder a las situaciones de nuestro día a día de manera congruente con la opción 3.

¿Cómo podemos desarrollar la habilidad del autoconocimiento?

Existen muchas estrategias que podemos poner en práctica para conocernos mejor. Hoy te comparto una que me parece especialmente útil y dejo para la siguiente publicación algunas herramientas más.

Se llama la Rueda del Autoconocimiento y aplica para cualquier situación… haciendo fila para comprar hamburguesas en el estadio durante el medio tiempo, sentado en el consultorio médico mientras esperas resultados, antes de una reunión de trabajo o mientras tu suegra te explica cómo deberías educar a tus hijos.

Consiste en hacerte cinco preguntas:

  1. ¿Qué percibo con mis sentidos? Identifica olores, sabores, sonidos, imágenes y sensaciones físicas que estás experimentando.
  2. ¿Qué pienso? Suposiciones, expectativas, creencias, interpretaciones, evaluaciones, opiniones sobre lo que estás viendo o escuchando.
  3. ¿Qué siento? Ponle nombre a las emociones que estás sintiendo… Felicidad, enojo, impaciencia, frustración, miedo, entusiasmo, sorpresa, culpa, etc.
  4. ¿Qué quiero? Define aspiraciones, sueños, objetivos, intenciones.
  5. ¿Qué acciones voy a tomar? Planes, promesas, estrategias, conductas.

Tener la capacidad para responder a estas preguntas, sin importar cuál sea el evento o situación en que estamos, significa que tenemos autoconocimiento.

Sin autoconocimiento no tenemos respuestas y entonces alguien más decide por nosotros, desde qué comemos, a qué nos dedicamos, a dónde vamos de vacaciones, qué tipo de actividades hacemos, qué tipo de amistades tenemos, con quién nos casamos y qué carrera tenemos que elegir.

Sin autoconocimiento andamos por la vida sin saber qué nos mueve, a dónde vamos o dejando que decidan por nosotros, lo cual tarde o temprano, se traduce en depresión, apatía, frustración, aburrimiento y todo lo que van en este cajón.

Conocernos bien nos permite dirigir nuestra vida hacia un destino auténtico y congruente con la persona que somos, pero sobretodo, con la que queremos ser.

 

Los nadas que son nuestros todos

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Estaba sentada frente al mar haciendo nada cuando el disimulado oleaje me trajo el recuerdo de una conversación filosófica de un viernes de pedales y letras.

Los temas de la rodada nunca se definen con anticipación, van saliendo libremente al ritmo del terreno y no necesariamente terminan con el recorrido.

A veces nos quedamos colgados de alguna idea, nos llega una nueva pregunta y le seguimos a la distancia por chat.

Una tarde, la poeta intrépida del grupo que toma videos con una mano y equilibra la bici con la otra, dejó caer un tema al WhatsApp que dio cuerda para rato.

Resulta que recordó una conferencia sobre la invisibilidad de ciertas actividades como ser mamá, quedarse en casa, cuidar niños, leer, escribir, pensar… Todas esas que con frecuencia son resumidas bajo el encabezado “no hacer nada”.

De ahí, por ejemplo, que un papá regrese después del trabajo y no logre comprender por qué la mamá está agotada si lo único que hizo todo el día fue estar en casa con los niños o estuvo sentada junto a la alberca en una fiesta de cumpleaños.

¿Por qué esto es igual a no hacer nada?

Y de ahí arrancamos.

Yo salí en defensa de las actividades invisibles. A mi me fascina no hacer nada, lo que más me gusta hacer es eso que los demás definen como no hacer nada. Nada es leer por horas, nada es escribir, nada es sentarse a ver el cielo, las estrellas o un atardecer, nada es estar en silencio, nada es garabatear con una pluma en una hoja de papel escuchando una sinfonía, nada es caminar ordenando ideas en la mente, nada es reflexionar sobre un concepto, nada es combinar colores en la imaginación para el siguiente cuadro. Me encanta no hacer nada y saber que, al igual que a mí, hay otras personas que disfrutan haciendo nada. Son mis favoritas.

“Ya me dejaron pensando”, dijo el psicólogo que también hace bosquejos en su cuaderno de dibujo y arrancó con su explicación en mensaje de voz. Cuando las personas nos dicen que no estamos haciendo nada es porque no saben que sí estamos haciendo. A veces llegan nuestros hijos, nuestra pareja, amigos o compañeros de trabajo a preguntarnos qué hacemos y respondemos: “nada”. En lugar de decir… “estoy admirando el color rojo intenso de esa rosa “, “noté que el aire corre delicioso en este pasillo y me senté un rato a sentirlo”, “estaba recordando el día en que nos encontramos”, “estaba pensando en mamá”, “Estoy viendo a dónde van esas hormigas”. ¡Hacer nada es hacer tantas cosas, pero no lo comunicamos!… Mejor decimos “nada”.

¡Buena!

Quizá es que queremos mantener eso que estamos haciendo sólo para nosotros, para que nadie lo critique, para no entrar en debate, para no compartirlo o justificarlo replicó la poeta. Entonces… ¿Qué pasó? Nada, ¿Qué lees?, Nada, ¿Qué haces? Nada, ¿Qué estás viendo? Nada, ¿Qué piensas? Nada, ¿Qué hiciste en la tarde?, Nada.

Reducimos a nada nuestros todos y nos volvemos cómplices de nuestra propia invalidación.

Así que la siguiente vez que alguien nos pregunte “¿Qué haces?” será mejor que encontremos la manera de poner eso que estamos haciendo en palabras, si es que nos molesta que el resto del mundo crea que no estamos haciendo nada.

Por lo pronto yo regreso frente al mar para seguir haciendo lo que estaba haciendo…

 

La pregunta que no tiene respuesta

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Las últimas semanas han estado tupidas de noticias tristes. Nos ha tocado sentir de cerca el dolor que ha envuelto a personas a quienes queremos mucho por la desgarradora partida de sus seres queridos.

La sensación ha sido parecida a la de recibir un pelotazo que te saca el aire y recibir uno más justo cuando recién comienzas a recuperarte.

Podemos asimilar el fin de una vida que recorrió todo el camino, que acumuló muchos años, experiencias y completó su ciclo de manera natural. Pero cuando termina una vida inesperadamente, por un accidente, una enfermedad tempranera, como resultado de un acto violento, cuando es un bebé, un niño, una mamá joven, cuando alguien es tocado por la aleatoriedad del universo… la cosa cambia.

Ciertos eventos nos dejan congelados, volteando para arriba buscando una explicación más allá de las nubes, con los brazos rendidos o muy apretados cruzados por encima de las costillas y con una pregunta sin respuesta circulando por la cabeza…

¿Por qué?

La pregunta que se suspende de la nada.

¿Por qué ahorita?, ¿Por qué tan joven?, ¿Por qué pasó?, ¿Por qué a ellos?, ¿Por qué a nosotros?, ¿Por qué así?, ¿Por qué a mí?…

¿Por qué?

Un callejón sin salida.

Cualquier intento de respuesta se parece a “No sé”, a hombros que suben para luego dejarse caer, a palmas abiertas y hacia arriba en señal de “No tengo idea”.

Y cuando no hay respuesta, entonces tenemos que cambiar la pregunta.

Por una que nos sirva más, que nos dibuje una posibilidad, una ventana, una salida, una esperanza, que nos permita articular algo que sirva de soporte, que brinde algo de alivio, una idea de qué hacer.

La aprendí de Maria Sirois, una de las mejores maestras que he tenido y que habla de la felicidad en los tiempos difíciles.

¿Quién soy yo ante la presencia de esto? o ¿Cuál es hoy mi mejor versión ante la presencia de esto?

Mi mejor versión como mamá, esposa, hija, hermano, amigo, papá, maestro, abuelo, como jefe.

La palabra “hoy” es importante.

Es necesario entender que nuestra mejor versión hoy no necesariamente tiene que ser la misma mañana o la misma de ayer.

Hoy nuestra mejor versión quizá necesita dormir toda la tarde o recurrir al sentido del humor. Hoy nuestra mejor versión es un roble que sostiene a los demás y, al día siguiente, la que llora abrazada de un recuerdo. Hoy nuestra mejor versión puede necesitar aire fresco y caminar por la naturaleza; mañana la que acompaña con su presencia, prepara una comida u organiza una actividad para los demás.

Nuestra mejor versión ante la presencia de eventos difíciles, no deseados o sin regreso tiene permiso de cambiar, de fluir.

A los grandes, que en esta ocasión apoyamos desde afuera, nos toca ayudarle a nuestros hijos a hacer sentido de la muerte, a mostrar empatía y enseñarles a acompañar a quienes atraviesan por el dolor.

“Mamá, pero… ¿Qué digo?”, “¿Qué tengo que hacer?”, “No sé qué hacer… ¿Doy un abrazo, un beso?”, “¿Cuándo?”, “Nunca lo he hecho”, “No sé cómo…”

Me parece que la guía a seguir es desconectar la cabeza y conectar el corazón. El corazón sabe qué hacer y cómo comunicar lo que a veces no sabemos cómo decir o se queda atorado en la garganta. No necesitamos palabras perfectas, ni protocolos formales.

“Siéntate a un lado, acompaña, abraza, estate presente, pregunta qué necesita”.

“Y… ¿si lloro?”

“Pues llora, es lo que toca”.

 “Tengo miedo”.

 “Sí, lo sé, aquí estoy”.

Los días siguientes pasan como nubarrón, tenemos que encontrar la manera de reacomodarnos para seguir.

¿Qué sigue?

Recoger los últimos momentos, visitar recuerdos, ver fotografías, videos, acordarnos de la risa, el olor del pelo, la última broma o la broma de siempre.

Me gusta mucho la idea de Jennifer Pastiloff de salir en búsqueda de la belleza.

Encontrar un atardecer, un pájaro azul, una canción, el sonido del mar, una luna llena, una tormenta, un arcoíris, el olor del café, algo que nos devuelva lo conocido, lo cercano, algo que nos permita continuar sintiendo la presencia del amor de quien se fue.

 

 

“Soy un fraude”

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¿Te ha cruzado ese pensamiento por la cabeza?, ¿Alguna vez has sentido que no perteneces? ¿Has tenido la sensación de que no mereces tus logros, ni tu trabajo y que estás a punto de ser descubierto?

Se llama Síndrome del Impostor.

Este es el término que la Psicología le ha dado al patrón de comportamientos que llevan a una persona a dudar de sus talentos, capacidades o logros y a sentir miedo de ser expuesta como un fraude.

Hace mucho tiempo, cuando recién había empezado a dar conferencias sobre el tema de la felicidad, me angustiaba llegar al final de la presentación. Seguían las preguntas y respuestas. Invariablemente alguien pedía el micrófono para preguntarme en tono de confirmación algo parecido a: Y tú… siempre estás feliz o eres muy feliz, ¿verdad?

Para mí ser feliz era una obligación.

¿Cómo admitir que no era cien por ciento feliz, el cien por ciento del tiempo?

¿No sería algo así como entrar a la oficina de una nutrióloga y ver que tiene 20 kilos de sobrepeso, darte cuenta de que tu dentista tiene los dientes verdes por falta de limpieza o encontrarte a tu psicóloga gritándole a sus hijos en el súper?

Pero también era terriblemente sospechoso asegurar que yo era siempre completamente feliz, además no era cierto.

Todo un enredo.

Por mi trayectoria yo debería de ser extremadamente feliz de lo contrario…. ¿cómo podría considerarme experta en el tema? Estaba convencida de que la gente esperaba que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo y de manera perfecta. Sobre mis hombros sentía la presión de cumplir con las expectativas -mías y de los demás-.

Ahora sé que conocer la teoría no me libera de la practica. No estoy exenta de situaciones difíciles, ni de incertidumbre, ni de problemas, ni de frustraciones. La vida me pone a prueba todos los días igual que todos los demás.

De cualquier manera, con frecuencia tengo que arremangarme la blusa y entrarle a la pelea con esa sensación de que, en materia de felicidad, yo debería tener todo resuelto; tengo que darme permiso de hablar de felicidad, aunque en ese momento no la sienta y; de cuando en cuando, recuperarme de balas hechas a la medida que me disparan para cuestionar mi legitimidad como consultora en el tema.

Hace algunos años me invitaron al colegio de mis hijas a dar una plática a los todos los entrenadores sobre las ventajas de la felicidad. La tarde anterior, una de mis tres se plantó delante mío y me preguntó: ¿Puedes llevarme a comprar churros con chocolate? Y yo que trabajaba frenéticamente en la presentación respondí: “No, mañana tengo la plática en tu colegio y todavía no termino”.

Para hacer el cuento corto -quienes tienen hijos saben que este ir y venir puede durar un rato-, la historia terminó cuando me preguntó furiosa, al mismo tiempo que se daba la vuelta para regresar por donde había llegado: ¿Cómo puedes ir a hablar de felicidad a mi colegio cuando tu única misión en la vida es hacerme infeliz?

¡Ouch!

Ahora no sólo tenía que preocuparme por hacer un buen trabajo, sino también por la posibilidad de que este personaje de 8 años fuera a ventanearme con sus entrenadores antes de la conferencia. Nota al pie: conseguir churros con chocolate y enviar al salón antes del recreo.

Tengo una buena colección de ejemplos parecidos a ese… “¿Por qué andas triste, no se supone que lo tuyo es la felicidad?”, “Seguramente tus hijas siempre están contentas”, “No deberías de tener miedo”, “¿Por qué te enojas, que no siempre estás contenta?”, etc.

No soy feliz todo el tiempo, no tengo una fórmula infalible y caigo presa en varias de las trampas que yo misma señalo a los demás. Esto ahora lo digo abiertamente en mis conferencias y en mis clases. Comparto lo que he aprendido desde la intención genuina de agregar valor y aportar al bienestar de los demás, nunca desde la perfección. Los ejemplos que utilizo casi siempre son los míos.

Lo que sí tengo es un montón de herramientas para romper con cadenas de momentos tristes, ideas para fabricar emociones positivas, capacidad para reponerme de adversidades, motivación para lograr lo que me propongo y la decisión de mejorar mi propia versión.

Si aprendemos a aplicar el “mágico Y” podemos hacer las paces con nuestras ambivalencias… “quiero a mis hijos con toda mi alma Y cuento los minutos para que se vayan a dormir”, “soy experta en felicidad Y a veces no la siento”, “puedo ayudar a alguien a superar un miedo Y estar atascada en uno propio”, “quiero a mi amiga Y no la soporto”.

La idea es evitar que esta sensación de no tener todo resuelto nos limite y nos deje al margen de nuevas oportunidades.

Así que cuando te invada la cabeza ese pensamiento de que “eres un fraude”, conecta con tu interior y revisa tus intenciones. Si vienen de un lugar auténtico, muy probablemente estás cayendo víctima del síndrome del impostor. Practica la gratitud, reconoce que una buena parte de tus logros son producto de tu trabajo y dedicación y date permiso de seguir.

Hoy me queda claro que una vida plena y feliz incluye problemas, dificultades, inconsistencias, dudas, desilusiones y todo lo que entra en ese cajón.

Equivocarnos, no tener todas las respuestas, no ser perfectos y mostrarnos vulnerables no nos hace impostores. Perder y regarla es parte del juego. Lo que sí nos hace impostores es comunicar algo en lo que no creemos o dejar de intentar.

 

Manada de lobos

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El fin de semana me leí el libro “Wolfpack” de Abby Wambach y lo primero que hice después de terminarlo fue anunciarles a mis hijas que tenían lectura de tarea. Una de ellas decidió sacudirse el pendiente rapidito y lo leyó de corrido en menos de una hora y media. Es un libro corto, lleno de información valiosa y muy fácil de leer.

Abby Wambach es una leyenda del futbol soccer femenil. Fue dos veces campeona olímpica y tiene el record mundial de número de goles internacionales de mujeres y hombres… ¿Qué tal? Además de su destreza como futbolista, Abby se distinguió por haber creado una cultura de honor, compromiso, resiliencia y hermandad dentro de su equipo.

En 2018 fue invitada a Barnard College para dar el discurso de graduación y estuvo tan matón que se hizo viral. Barnard es una universidad privada para mujeres ubicada en la ciudad de Nueva York y Abby es una reconocida activista en favor de la igualdad y la inclusión, así que sus palabras fueron escritas para un público femenino.

No importa.

Yo encuentro que sus 8 reglas para traer a la luz nuestras fortalezas individuales, trabajar unidos y cambiar el juego son universales.

Te comparto un poco de cada una de estas reglas esperando despertar tu curiosidad lo suficiente como para que consigas el libro y lo leas.

Regla #1: Siempre has sido el lobo

Con frecuencia los mensajes que recibimos son: “mantén la mirada abajo”, “no le muevas”, “dedícate a hacer tu trabajo”, “no preguntes”, “sigue las reglas”, “no seas curioso”, “quédate callada” o de lo contrario… algo malo pasará. Así como le decían a Caperucita Roja en el cuento: si te sales del camino te come el lobo feroz. La cosa es que crecemos y logramos grandes cosas justo cuando tenemos el valor de aventurarnos fuera del camino o lo creamos para alcanzar nuestros sueños. Y entonces, nos damos cuenta de que nunca fuimos Caperucita Roja, sino el lobo. Hay un lobo dentro de todos nosotros -talento, sueños, voz, curiosidad, valor, creatividad, poder- y tenemos que dejarlo salir.

Regla #2: Agradece lo que tienes y exige lo que mereces

Practicar la gratitud es una de las herramientas más poderosas para nuestro bienestar emocional. Notar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí hemos logrado nos ayuda a ver la vida a través de un lente abundancia que se traduce en emociones positivas. Pero hay que tener cuidado de no caer en un estado de gratitud que nos mantenga chiquitos o que limite nuestro potencial para crecer. A veces no nos atrevemos a pedir un aumento de sueldo o a levantar la voz, por ejemplo, bajo el argumento de “deberías de sentirte agradecida de tener un trabajo y no andar pensando en más” o “agradece que se casó contigo, no importa cómo te trate”.

 Regla #3: Lidera desde la banca

Lidera desde donde estés. No tenemos que estar en el campo de juego con la banda de capitán en el brazo para ser líderes; tampoco necesitamos permiso para inspirar, motivar y poner el ejemplo. Todos somos líderes de nuestra propia vida y no debemos renunciar a ese derecho. El liderazgo se ve de muchas maneras: sosteniendo la mano de alguien que está muriendo, diciendo que no a tus familiares, haciendo trabajo voluntario… “El liderazgo no es una posición que hay que ganar, es un poder inherente que reclamar”.

Regla #4: Convierte el fracaso en combustible

El perfeccionismo no es requisito para el liderazgo, ni el fracaso sinónimo de falta de dignidad. Los errores pueden servir para impulsarnos. En lugar de preocuparnos por la posibilidad de fallar, mejor prometámonos a nosotros mismos que si fallamos lo volveremos a intentar… “un campeón no permite que un fracaso en el corto plazo, lo saque del juego en el largo plazo”.  Y esta me gusta también… “fracasar no significa que estás fuera del juego, fracasar significa que finalmente estás EN el juego”.

Regla #5: Reconoce y celebra a los demás

En deportes como el futbol soccer tendemos a celebrar al jugador que anota el gol; sin embargo, el mérito es del equipo completo -los defensas, quien hizo el pase, los entrenadores, etc.-. Un gol es el resultado de toda una preparación en conjunto. En la vida es igual. Nuestros éxitos y logros generalmente incluyen las acciones y colaboración de muchas personas más. Asegurémonos de reconocer las aportaciones de los demás.

Regla #6: Pide la bola

Esta me encantó. Tiene que ver con darnos permiso de ser magníficos, para desplegar nuestras mejores habilidades, reconocer que queremos ganar y que creemos en nuestra capacidad para lograrlo. Tiene que ver con dejar de aparentar que no somos tan buenas o no sabemos tanto para no incomodar a alguien. Tiene que ver con pedir la pelota si sabemos que podemos anotar, en lugar de pasarla… “Dame el micrófono”, “Quiero el puesto”, “Yo sé cómo hacerlo”.

Regla #7: Muestra todo tu ser

Un líder también puede mostrarse vulnerable. Podemos asumir el poder con nuestra humanidad completa y permitir que los demás lo hagan también. No tenemos que tener todas las respuestas, es válido escuchar las aportaciones de los demás sin importar jerarquías. El mundo necesita que seamos exactamente como somos.

Regla #8: Encuentra tu manada

Somos más fuertes cuando pertenecemos a un grupo, cuando estamos acompañados de personas que nos quieren, nos recuerdan nuestras fortalezas y nos hacen ver cuando estamos alejándonos de nuestros valores. No es necesario ni deseable ser un llanero solitario.

¿Qué te parecen?

Me gusta el mensaje de Abby…

“Cambiemos el mundo conociendo el poder de nuestro lobo interior y la fortaleza de nuestra manada”.