Mañana, luego, más tarde, al rato…

procrastinar

Y todo lo que se le parezca, son expresiones que utilizamos justo antes de sacarle la vuelta a lo que tenemos que hacer y postergarlo para algún momento futuro –muchas veces indefinido-.

A este hábito de dejar todo para “después” se le conoce oficialmente con el nombre de procrastinar.

Dejar de procrastinar está en mi lista de metas personales hace mucho tiempo… Y lo digo sin la menor intención de sonar irónica.

Estoy absolutamente convencida de que yo viviría más feliz si lograra deshacerme de mi mala costumbre de posponer las cosas, las simples y las complicadas. Me ahorraría un montón de ansiedad, preocupación y mal genio.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces me he prometido a mí misma no llegar a la siguiente fecha de entrega con el agua al cuello.

Con frecuencia conozco con meses de anticipación el día exacto en que tengo que dar una conferencia, dirigir un taller, preparar una clase o entregar un artículo. Invariablemente hago un plan para tener todo listo una semana antes y trabajar tranquilamente un poco cada día. Esa es mi intención.

Lo que sucede en realidad es muy diferente. El tiempo se me escapa por todos los rincones. Y entre más cerca estoy de la fecha crítica, mayores son mis ganas de arreglar un cajón, hacer limpia de ropa, leer un libro -aunque sea de física cuántica-, tomar un café, pensar que será de la vida de Phoebe Buffay de la serie de “Friends”, salir a andar en bicicleta o sentarme a ver a la “nada”.

Al final… “pateo el bote” hasta que suena la señal de alarma, entro en pánico y no me queda más remedio que hacer lo que tengo que hacer.

¿Te suena conocido?

He aprendido cosas muy interesantes sobre el tema de procrastinar.

La primera es que la procrastinación es un mecanismo para hacerle frente al estrés y no una forma de flojera o descuido. De entrada esto me tranquiliza.

El investigador Timothy Pychyl, ha encontrado que la razón detrás de la procrastinación es evadir el estrés y no el trabajo, como generalmente pensamos. Es el deseo subconsciente de sentirnos bien “en este momento”, de tener un momento gratificante ahorita.

Postergamos porque nos sentimos estresados por las cosas grandes: el dinero, los conflictos familiares, las enfermedades o la vida en general, y no necesariamente por la tarea o el trabajo inmediato que tenemos que hacer.

Cuando evadimos algo que nos parece difícil, sentimos cierto alivio. Y si además hacemos algo que nos gusta, como revisar nuestros mensajes en el teléfono, nuestro cerebro nos inyecta dopamina. Esto se siente bien, así que lo repetimos y lo vamos convirtiendo en un hábito.

La cosa es que en el tiempo, lo que postergamos se acumula creando así más estrés en nuestra vida. Es un círculo vicioso.

Con lo anterior, entiendo que una manera para combatir la procrastinación consiste en manejar y atender el estrés en nuestra vida en general.

Otra cosa que aprendí es cómo funciona la mente de un procrastinador.

Parece que el mundo se divide en dos: los que procrastinamos y los que no.

Los que hacen sus tareas con suficiente tiempo y organizadamente no entienden qué pasa por la cabeza de los que dejamos todo para después.

Mi mamá hace la maleta para un viaje con días de anticipación; yo la hago dos horas antes de salir de mi casa, sin importar a dónde ni por cuánto tiempo salgo. Cuando mi mamá me ve estresada, repelando, buscando, pensando y adivinando qué necesito, lo primero que pregunta es… ¿y por qué no lo hiciste antes?. En lugar de atender alguna molestia física con un médico, dejo pasar los días imaginado miles de posibilidades catastróficas. Cuando finalmente decido a ir a consulta, la pregunta obligada del doctor es… ¿por qué no viniste antes?

En su conferencia “Adentro de la mente de un procrastinador profesional”, Tim Urban explica de manera genial cómo funciona este fenómeno. Si tienes 15 minutos disponibles, te recomiendo que los dediques a ver el video.

De acuerdo con Tim, el sistema de los procrastinadores está compuesto por tres personajes: el tomador racional de decisiones, el chango de la gratificación instantánea y el monstruo de pánico.

¿Cómo funcionan y se relacionan entre sí?

Supongamos que tenemos que entregar una propuesta para un proyecto muy importante en 2 meses.

El tomador racional de decisiones sabe que es una buena idea empezar a trabajar desde ya. Tiene que reunir la información necesaria, leer, analizar, pensar en la estructura, sentarse frente a la computadora, escribir, revisar, etc. Proyecta hacia el futuro y lo último que quiere es sentirse apresurado y agobiado por el tiempo.

El chango de la gratificación instantánea dice “NO”. Mejor vamos a ver qué está pasando en Facebook, vamos a pasear al perro o por algo de comer, vamos a investigar si han descubierto vida en Marte. El chango insiste hasta que logra secuestrar las buenas intenciones del tomador racional de decisiones y lo desvía del camino. Al chango sólo le interesa lo fácil, lo divertido y el momento presente.

Cuando la fecha límite de entrega se acerca lo suficiente aparece el monstruo del pánico. El chango de la gratificación instantánea le tiene terror a esta creatura, en cuanto lo ve corre a toda velocidad y desaparece.

Sin la presencia del chango, el tomador racional de decisiones logra sentarse a trabajar a toda velocidad para cumplir con los objetivos.

El monstruo del pánico parece ser clave en el proceso de completar tareas ya que ahuyenta al chango. Pero ojo acá… para que aparezca el monstruo tiene que haber una fecha límite.

De esto sale una reflexión importante…

Explica Tim, que cuando las metas o tareas que tenemos que hacer tienen fecha de terminación o entrega, entonces la procrastinación está contenida en un rango delimitado de tiempo.

Pero… ¿Qué pasa para todo eso que queremos hacer que no tiene fecha específica de entrega?

Iniciar un negocio, escribir un libro, conocer Australia, hacerte de valor para perseguir tus sueños. Ver a tu familia, encontrarte con tus amigos, enviar un mensaje de agradecimiento, comer saludable, hacer ejercicio.

Después le llamo, después lo busco, después lo hago, después empiezo, después nos vemos, después…

En estas intenciones o deseos sin fecha de caducidad no hay monstruo de pánico, por lo tanto, los efectos de procrastinar no están contenidos y viajan en el tiempo. Dejamos la vida para después.

Postergar planes, sueños, proyectos personales es caldo de cultivo para emociones que nos restan felicidad: aburrimiento, tedio, culpa, apatía, enojo, resentimiento, arrepentimiento.

¿Cómo ponerle remedio a este tipo de procrastinación?

Algunas preguntas que podrían ser útiles para reflexionar sobre este tema o encontrar la motivación para empezar es: ¿Qué harías si supieras que te quedan 6 meses de vida? ¿Qué es eso que absolutamente quisieras hacer? ¿A quién tendrías que contactar? ¿Qué te gustaría decir? ¿A dónde quieres ir? ¿Qué proyecto quisieras completar? ¿Qué sueño tendrías que lograr?

No queremos irnos de este mundo con la mochila cargada de “hubieras”.

Tenemos que empezar.

HOY.

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La regla de los 5 segundos

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Si tuvieras que calcular aproximadamente cuántas veces al día te dices a ti mismo y a lo demás, “al rato lo hago”, “mañana”, “el lunes”, “mejor no”, ¿Qué dirías?

Yo prefiero sacar mi cuenta… “después”.

Terminé de leer el libro “La Regla de los 5 Segundos” de Mel Robbins y creo que encontré un antídoto poderoso contra este vicio que varios tenemos de procrastinar.

La mayoría de nosotros tenemos metas personales y sueños que deseamos cumplir, retos que superar y situaciones de vida que queremos o necesitamos cambiar. Pero no lo hacemos.

Entre nuestra intención de hacer algo y en verdad hacerlo existe un limbo retacado de excusas que nos detiene.

Según Mel Robbins, 5 segundos es lo que le toma a nuestro cerebro convencernos de no hacer las cosas, según esto, para “protegernos”.

¿Has notado lo rápido que el miedo y las dudas secuestran tu mente y comienzas a fabricar argumentos para no decir o no hacer algo?

Si pudieras asomarte al limbo donde yo fabrico mis excusas y argumentos para no hacer las cosas verías algo así…

“Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía, llamo a las 8:00 am, que es la hora a la que llega la asistente”. Esa es mi intención. ¿Qué sucede cuando llega la hora? “Hablo después de revisar mis correos”, “Bueno, mejor después de comer hago todas las llamadas del día, así avanzo con el trabajo”, “Aunque pensándolo bien, ya pronto me voy de vacaciones y si me van a dar una mala noticia, prefiero que sea al regresar”, “Listo, hago la cita sin falta cuando regrese”. Todo eso en segundos.

“Mañana salgo a correr inmediatamente después de que se vayan las niñas al colegio, voy a dejar la ropa lista desde hoy”. Esa es mi intención. Lo primero que pasa es que no saco la ropa porque pienso que es mejor elegirla cuando vea cómo amanece el clima. ¿Qué pasa el día siguiente?… “Me cambio cuando termine de tomar el café”, “Mientras… voy a leer un ratito, al cabo, no tengo prisa”, “Mejor termino de una vez el libro, ya me falta poco”, “Pero entonces ya va estar haciendo mucho calor”, “Bueno, no pasa nada, mañana voy”. Así pueden pasar dos semanas.

Así es como en segundos vamos dejando todo para después. Esto incluye alzar la voz y opinar en una reunión de trabajo –“mejor no, ¿qué tal si piensan que mi idea no sirve?”; decidir fumar otro cigarro –“uno más no hace la diferencia”-; aguantar otro comentario ácido de esa persona tóxica –“no quiero problemas”; trabajar en la empresa familiar –“es lo que esperan mis padres”.

Nos detienen el miedo, la incertidumbre, la flojera, la comodidad, lo conocido.

Estamos a una decisión de una vida completamente diferente.

Cuando se trata de cumplir metas, resolver situaciones o alcanzar sueños es fundamental escuchar nuestro instinto de cambio y honrarlo con una acción.

La regla de los 5 segundos es una buena herramienta para lograrlo.

¿Qué es la regla de los 5 segundos?

Es una estrategia que nos permite lograr nuestros objetivos venciendo a nuestro cerebro antes de que empiece a parlotear.

¿Cómo se usa?

Es como el lanzamiento de un cohete al espacio: “5, 4, 3, 2, 1… ¡despegar!”.

Cada vez que tengamos que hacer algo y comencemos a sentir incertidumbre, miedo, inseguridad, flojera, podemos tomar el control contando del 5 al 1.

Contar hacia atrás sirve dos propósitos simultáneamente. En primer lugar, enfoca nuestra atención en lo que tenemos que hacer y nos impulsa a actuar; en segundo, interrumpe el hábito que tenemos bien cimentado de dudar, sobre-pensar, auto sabotearnos y detenernos.

Para que la regla funcione es muy importante movernos físicamente al llegar a 1, pues cuando nos movemos, nuestra fisiología cambia y el cerebro le sigue.

Contar hacia atrás del 5 al 1 también tiene su lógica. Cuando contamos al revés, mentalmente cambiamos la programación del cerebro. Llegar al 1 nos motiva a la acción. Es equivalente a arrancar en una carrera luego del “en sus marcas, listos… ¡fuera!”. Si contáramos del 1 para arriba podríamos contar indefinidamente.

Entonces, “Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía” se convierte en 5, 4, 3, 2 ,1… marcar por teléfono; “Voy a salir a correr”… 5, 4, 3, 2, 1… ponerme los tenis y salir; “Tengo que escribir mi artículo”…. 5, 4, 3, 2, 1… sentarme en el escritorio y abrir la computadora.

Dice Robbins, que no son las grandes jugadas o movimientos los que definen nuestras vidas, sino las más pequeñas. Dentro de un rango de 5 segundos podemos detenernos a pensar y decidir no tomar acción sobre esas cosas pequeñas. El detalle es que las decisiones no tomadas se acumulan en el tiempo y nos dejan atascados.

La regla de los 5 segundos hace que las cosas pasen. Nos ayuda a atravesar la barrera de las excusas y a encontrarnos con nuestra mejor versión del otro lado.

Cambiamos nuestra vida una decisión a la vez.

Y podemos decidir hacerlo en 5, 4, 3, 2 ,1…

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¡Imaginémonos cosas chingonas, Carajo!

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El Chicharito Hernández tiene razón.

Visualizar escenarios donde el éxito es posible eleva nuestras posibilidades de victoria. No sólo en los deportes, también en la vida.

Visualizarse exitosos es parte de la rutina de entrenamiento de los atletas de alto rendimiento.

Michael Phelps, el nadador con más medallas olímpicas de todos los tiempos, se pone a “ver la película” cada noche antes de una competencia. Esto significa cerrar los ojos y visualizar absolutamente cada detalle de la carrera: el disparo de salida, el impulso, la entrada al agua, cada brazada, cada giro, y por supuesto, ganar.

El boxeador Muhammad Ali se imaginaba vencedor antes de iniciar una pelea; Jim Carrey, se veía como el actor más famoso del mundo cuando recién estaba abriéndose paso; Michael Jordan, el basquetbolista, visualizaba cada tiro antes de entrar a la cancha. Todos ellos han resaltado el papel tan importante que jugó en su éxito la práctica de pensarse y verse victoriosos.

El cerebro es una máquina muy poderosa. Lo que pensamos influye en lo que sentimos y lo que sentimos en lo que hacemos. Nuestros pensamientos están altamente relacionados con nuestras acciones.

En clase, a mi me gusta pedirle a mis estudiantes que se imaginen en dos escenarios. En el primero, tienen examen de matemáticas al día siguiente y están totalmente seguros de que van a reprobar, ¿Qué hacen?… Lo más seguro es que decidan irse a la fiesta y no estudiar, si no hay posibilidades de pasar el examen, mejor divertirse. ¿Y qué pasa? Al día siguiente, reprueban –más de uno se ríe-. En el segundo escenario, tienen examen de matemáticas al día siguientey, aunque pinta difícil, creen que pueden aprobar, ¿Qué hacen?… Muy probablemente decidan quedarse estudiando. ¿Y qué pasa? Al día siguiente sacan adelante la prueba. El examen es el mismo, la diferencia está en la imagen que dibujan en su mente.

Cuando tengo que dar una conferencia antes de empezar siempre me imagino llegando al final con la gente muy contenta. Sin duda, eso eleva mi confianza y la energía que le inyecto a la presentación. Muy diferente, por ejemplo, cuando voy a hacerme un examen médico de cualquier tipo e imagino que me comunican un resultado fatalista. Mi estado de ánimo y actitud es totalmente diferente.

¿Por qué sirve visualizarnos exitosos y logrando nuestros objetivos antes de arrancar?

Lograr ver en nuestra mente una imagen concreta de cómo se ve el éxito o cómo se ve la meta completada, lo hace menos abstracto y más accesible.

Al mismo tiempo, nuestro cerebro se programa y se hace más receptivo a las posibles oportunidades que se alinean con nuestros objetivos.

Imaginarnos logrando exitosamente el objetivo también sirve como práctica, nuestro cerebro también aprende cuando visualizamos un paso de baile, el movimiento del brazo en un saque de tenis, los acordes de una pieza musical en el piano. Ensayar mentalmente eleva nuestra confianza y tranquilidad.

La visualización es algo así como un mapa que el cerebro traduce en pasos a seguir.

Evidentemente es fundamental practicar y hacer el trabajo. Por más que yo me imagine metiendo un gol de tiro libre por encima de la barrera al estilo Ronaldo, si no tengo las horas de práctica encima y sin un extraordinario golpe de suerte, lo más seguro es que no logre hacerlo.

Con esto quiero decir que soñar tiene que venir acompañado de trabajar para conseguir lo que queremos.

¿Cómo se ve la meta completa exitosamente? ¿Cómo nos sentiremos habiendo logrado el objetivo? Son preguntas que podemos hacernos cuando estamos frente a cualquier tipo de reto. ¿Cómo se ve este problema resuelto?

Existe un ejercicio muy poderoso en Psicología Positiva que se llama “mi mejor versión posible”. Consiste en imaginarnos viajando cinco años adelante en el tiempo y visualizar nuestra mejor vida posible. Es decir, una vida en la que todo es exactamente como queremos. Estamos con la persona que amamos, haciendo el trabajo que nos apasiona, rodeados de los amigos que más queremos, logrando todas y cada una de nuestras metas. Lo siguiente consiste en escribir y describir con todo el detalle posible esa vida que imaginamos. Realizar este ejercicio hoy hace más probable que tengamos esa vida en cinco años.

En el mejor de los escenarios, el éxito depende únicamente de nuestro trabajo –haber ganado los tres partidos de la primera ronda-. Con frecuencia, sin embargo, el éxito también es el resultado de la ayuda que recibimos de los demás –Corea quitándonos del camino a Alemania-. Y en otras… también depende de un poco de suerte.

Si no podemos vernos a nosotros mismos logrando nuestras metas, alcanzando nuestros sueños y saliendo adelante, más allá de las circunstancias actuales y los fracasos pasados, lo más seguro es que no podamos.

Así que… ¡Imaginémonos cosas chingonas, Carajo!

 

Y tú… ¿Tienes GRIT?

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La semana pasada me dediqué a explorar un concepto que ha venido ganando terreno dentro del área de la Psicología Positiva y del que cada vez escucho más: GRIT.

GRIT es una de las características que mejor pronostican quién logrará un objetivo y quién no. Además, ayuda a predecir quién lo hará mejor.

Si alguien te preguntara: ¿Quién es exitoso y por qué? La respuesta que tendrías que dar sería… “los que tienen más GRIT”.

La palabra GRIT está en Inglés y no tiene traducción exacta al español, entonces la conservamos tal cual.

Con GRIT asociamos frases del tipo “no rendirse”, “resistir frente a la adversidad”, “continuar a pesar del fracaso”.

Angela Duckworth, una de las investigadoras líderes en el tema, explica en su conferencia de TED, que GRIT es “aguante, es comprometerte con tu futuro cada día, no por un día, no por una semana, no por un mes, sino por años”.

Caroline Adams Miller, también investigadora del tema, define GRIT como el tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo.

A todo lo anterior… ¿Qué es GRIT?

GRIT es una combinación de perseverancia y pasión.

La perseverancia tiene que ver con la disposición que tenemos para trabajar duro de manera sostenida en el tiempo. Incluye un sentido de dirección, determinación, esfuerzo y resiliencia.

Para tener GRIT es fundamental tener pasión. Generalmente asociamos la pasión con entusiasmo, euforia o intensidad.

Sin embargo, cuando se trata de alcanzar nuestros sueños o ser exitosos en el cumplimiento de nuestras metas de largo plazo, pasión más bien se refiere a compromiso y consistencia en el tiempo.

“Trabajar en algo que te importa lo suficiente como para mantenerte fiel. No sólo enamorarte de lo que haces, sino permanecer enamorado de lo que haces”.

La pasión relacionada con GRIT tiene que ver con aquello que quieres lograr en la vida, la razón por la cual te levantas cada mañana; está asociada a lo más importante para ti, es una filosofía de vida que te da dirección.

Cuando las cosas se ponen difíciles o las soluciones nos evaden, la pasión y la perseverancia son los motores que nos impulsan a continuar.

¿Quieres saber si tienes GRIT?

Aquí tienes un vínculo a la escala de Angela Duckworth donde puedes descubrir qué tanto GRIT tienes.

Una de las primeras preguntas que surgen ante características personales como el GRIT, es si son genéticas –las traemos programadas de fábrica- o podemos entrenar para desarrollarlas?

GRIT tiene un componente genético, pero también es un músculo que podemos fortalecer y hacer crecer.

¿Cómo podemos aumentar nuestros niveles de GRIT?

Angela Duckworth y Caroline Adams Miller describen detalladamente en sus libros “GRIT” y “Getting GRIT”, respectivamente, las características que distinguen a los campeones en GRIT, así como ideas que las personas podemos poner en práctica para aumentar nuestros propios niveles de GRIT.

Te comparto un resumen de los ingredientes de la mezcla del GRIT, según las dos autoras. Si quieres conocer estrategias puntuales para trabajar en cada uno de los siguientes puntos te recomiendo mucho sus libros.

Interés (pasión). Estamos más satisfechos con nuestro trabajo y nuestras vidas, cuando lo que hacemos está alineado con lo que nos interesa. Siguiendo nuestra curiosidad y explorando aquello que llama nuestra atención, podemos descubrir nuestra pasión –ingrediente fundamental del GRIT-.

Práctica (perseverancia). Una manera de ser perseverante es teniendo la disciplina para intentar ser mejores en lo que hacemos cada día, resistiendo a la comodidad y saliendo de nuestra zona de confort. Una práctica deliberada requiere de un objetivo claro que te obligue a estirarte, concentración, esfuerzo, retroalimentación informativa e inmediata, repetición con reflexión y refinamiento.

Propósito. Propósito es la intención de contribuir al bienestar de los demás y nutre nuestra pasión con la convicción de que lo que hacemos importa. Un interés sin propósito es prácticamente imposible de sostener en el tiempo. Resulta útil pensar qué nos motiva lo suficiente como para dedicarle tiempo, energía y esfuerzo, sobretodo, cuando las cosas no estén saliendo como queremos. Una pregunta interesante que puedes hacerte es la siguiente: ¿Por qué estás dispuesto a batallar?.

Metas personales. Las metas retadoras son importantes pues canalizan nuestra energía, pasión y nos dan sentido de dirección. Las personas que tienen GRIT auténtico son aquellas que establecen metas personales desafiantes; como dice Caroline Adams, si las metas fueran fáciles, el GRIT saldría sobrando. Si quieres explorar un poco más sobre cómo definir metas personales sigue este vínculo.

Felicidad. Cuando nos sentimos felices tenemos acceso a nuestros recursos personales de mejor calidad –resolvemos problemas más complejos, retenemos y recuperamos más rápido la información, detectamos oportunidades, funcionamos mejor-. Esto agiliza el cumplimiento de nuestros objetivos. Es más fácil ser exitoso, cuando trabajamos primero en ser felices.

Tomar riesgos. Las personas con GRIT generalmente toman riesgos porque se saben auto-eficientes. Tienen confianza en que lograrán resolver los retos que aparezcan en el camino hacia la meta. No es que no tengan miedo, más bien es que no visualizan un escenario donde no puedan salir adelante.

Humildad. La humildad intelectual tiene que ver con mostrar curiosidad, disposición para aprender de los demás, vulnerabilidad, capacidad para recibir retroalimentación y apertura para escuchar ideas nuevas o diferentes. La postura de sabelotodo no alcanza para mucho.

Paciencia. Detrás de casi todas las historias de éxito hay muchos intentos, muchos rechazos y muchas fallas. Completar metas personales importantes y alcanzar sueños toma tiempo. Requiere de paciencia Cuando nos topamos con una persona muy exitosa –empresarios, deportistas, artistas, músicos, líderes mundiales- tendemos a quedarnos con la foto final y nos olvidamos de ver la película entera.

Esperanza. El tipo de esperanza que tienen las personas con GRIT no tiene nada que ver situaciones que se resuelven como por arte de magia ni con suerte. Es una esperanza compuesta por los siguientes elementos: un destino, un mapa, habilidad para superar obstáculos o resolver imprevistos en el camino, confianza en los recursos y capacidades personales.

La ciencia demuestra que el GRIT es la razón detrás de todas esas historias personales de éxito que nos inspiran.

La buena noticia es que podemos desarrollar esta habilidad en nosotros mismos, nuestros hijos, estudiantes, y en las personas con quienes trabajamos.

Cualquier persona que ande persiguiendo un sueño necesita una buena dosis de GRIT.

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Permiso para ser infeliz

 

kate spade

Las noticias de los suicidios de Kate Spade y Anthony Bourdain nos sacudieron la semana pasada.

Kate Spade, diseñadora de modas con fama mundial, topada de riquezas materiales y dueña de una vida glamorosa, decidió retirarse de este mundo a los 55 años. ¿La razón?… Depresión.

Anthony Bourdain, reconocido y aclamado chef, con fama, dinero, en la cúspide de una profesión que lo llevaba a todos los rincones del mundo y una bellísima novia… se quitó la vida a los 61 años. ¿La razón?… Posible depresión.

Cuando personas, que desde un punto de vista objetivo, cumplen con todos los requisitos de una vida perfecta, exitosa y feliz, deciden quitársela… el resto de los humanos nos quedamos con cara de signo de interrogación.

Me pregunto si… ¿Estas celebridades tenían todo, menos permiso para ser infelices?

La expectativa es que las personas con vidas como las de ellos sean absolutamente felices y la presión social para cumplir con esa condición debe ser brutal.

Con esto… ¿Cómo aceptar lo contrario?, ¿Cómo salir a decir que algo no anda bien?

Una de las preguntas que con más frecuencia recibo es si yo siempre estoy feliz. Al inicio de mi carrera esta pregunta me hacía sentir como impostora. Por mis investigaciones, yo tenía que ser extremadamente feliz. De lo contrario… ¿Cómo podría considerarme experta en el tema? Para mi ser feliz era una obligación.

Además, las personas daban por sentado que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo, y de manera perfecta. Me sentía presionada a cumplir con mis propias expectativas y las de los demás. Pero cuando llega la noche, la verdad nos sienta a todos en el banquillo.

En Psicología Positiva la felicidad se define como el grado en que una persona evalúa la calidad de su vida en general como favorable o es el grado de satisfacción que una persona obtiene de sus circunstancias personales.

En esa definición la palabra clave es “evalúa”. La felicidad, desde un punto de vista académico, es una percepción, es subjetiva, relativa y flexible.

En otras palabras, la felicidad depende de la calidad del lente con que observa cada espectador.

En ocasiones, el lente puede empañarse, rayarse o quebrarse. A veces, por un evento en particular; otras, por desbalances químicos y biológicos de nuestro cuerpo.

En estricto sentido deberíamos buscar ayuda para reparar nuestro lente, con la misma tranquilidad que lo hacemos cuando caemos víctimas de un padecimiento físico.

Desafortunadamente, pareciera que las enfermedades mentales -como depresión y ansiedad-, no son socialmente aceptables. Para quien las padece o para quien vive cerca de alguien que las sufre, estos males tienden a venir acompañados del temor al rechazo o desacreditación del resto de la gente.

Y mucho menos son aceptables para alguien que objetivamente tiene todo lo que habitualmente asociamos con una vida feliz: fama, dinero y poder.

La expectativa es que seamos perfectamente felices el cien por ciento del tiempo.

Y entonces hacemos hasta lo imposible por ocultar la depresión, la ansiedad y cualquier tipo de padecimiento mental.

Es tabú.

Las personas deberíamos sentir la libertad de revelar nuestra ausencia de felicidad o la confianza para pedir ayuda cuando no podemos salir adelante solos.

La Organización de Naciones Unidas ha señalado a las enfermedades mentales como la causa principal de miseria en los países desarrollados. Las tasas de depresión, ansiedad y suicidio van a la alza. Aquí te dejo el vínculo a un artículo donde podrás encontrar más datos.

Seguir pretendiendo que una vida feliz es aquella ausente de problemas y llena de riqueza material es peligroso.

Seguir ignorando la proliferación de la depresión o de la ansiedad y estigmatizando a quienes las padeces también es peligroso.

¿Cuánto tiempo más vamos a decirle a nuestros hijos o compañeros de trabajo que nos duele la cabeza, en lugar de que estamos tristes?, ¿Cuántas veces más vamos a decirle a nuestros seres queridos que no lloren o que no sean tan sensibles, que sonrían aunque no quieran?

Con la mejor de las intenciones –proteger a nuestras personas- escondemos lo que nos pasa, pero me parece que lo que único que logramos con esto es hacerlos sentir defectuosos cuando ellos mismos no logran sentirse felices todo el tiempo.

Si dejamos de maquillar nuestras emociones, aceptar que a veces nos ganan la ansiedad y la depresión y buscamos ayuda profesional, entonces seremos más libres.

Más libres nosotros y más libres quienes nos rodean.

Un montón de jaulas emocionales podrían ser abiertas si empezamos a mostrarnos menos perfectos y más humanos.

Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas

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Yo creo que la felicidad está en el camino y es una manera de viajar, más que un destino. Pero, a veces, la felicidad efectivamente nos espera en la línea de meta.

El lunes pasado fue la presentación oficial de mi libro “Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas”.

Tener un ejemplar en mis manos, luego de un proceso largo, es una experiencia felizmente surrealista.

Presentarlo rodeada de mis personas más queridas y recibir tantas muestras de cariño me hizo grande el corazón.

El libro comenzó a escribirse en mi cabeza hace muchos años, pero su transición oficial al papel con tinta fue en septiembre del 2016 cuando publiqué el primer artículo de este blog.

Este libro es la consecuencia natural, sino que obligada, de un proceso que para mi empezó hace casi veinte años con un proyecto de tesis.

Desde 1998 y hasta a fecha me he dedicado a estudiar la felicidad desde diferentes ángulos y con distintos objetivos. Después de una larga etapa de desarrollo y antes de moverme a explorar temas que van más allá de la felicidad, sentí la urgencia de documentar lo que había hecho hasta ahora. Este libro es el inicio de una nueva etapa de creación y contribución.

“Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas” es una guía práctica para incorporar a nuestra vida estrategias sencillas, basadas en ciencia, útiles para vivir más felices. Describe 8 rutas para entrenar y desarrollar la habilidad de la felicidad.

“Felicidad en el Trayecto” está dirigido a personas felices que no saben que lo son; hombres y mujeres que reconocen que la felicidad perfecta no existe y tampoco es deseable; individuos que saben que una vida feliz incluye adversidades y emociones difíciles; personas exitosas pero insatisfechas con sus vidas; gente que busca ideas que funcionan y prefieren soluciones prácticas para problemas complejos; padres de familia que quieren hacer felices a sus hijos sin morir en el intento.

Mi intención con este libro es transmitirle a mis lectores:

  • Que ser feliz es muy importante y tiene muchas ventajas
  • Que una buena parte de la felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días.
  • Que la felicidad es una habilidad que podemos desarrollar.
  • Que si queremos ser felices tenemos que vivir con la intención de vivir más felices y hacer algo al respecto.

Mi deseo es que encuentren algo que les guste, pero sobretodo que les inspire a hacer uno o dos cambios que les permita ser felices en el trayecto.

P.D. El libro está disponible en librerías del país y próximamente en versiones digitales.

Felicidad CASI perfecta

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“Y cuando te pregunten…¿Cuáles son tus áreas de oportunidad –la manera diplomática de sondearte para saber de qué pie cojeas- tu di que eres muy perfeccionista”

Ese fue el consejo que recibí unos días antes de tener mi primera entrevista de trabajo, luego de terminar mis estudios de maestría.

“Tienes que contestar algo, porque ni modo que no tengas puntos flacos o debilidades, debes decir algo que suene a defecto, pero que en realidad sea bueno”

Y así lo hice… “Soy muy perfeccionista”, dije con absoluta seguridad. Todavía recuerdo la sonrisa-mueca que se dibujó en la cara de mi entrevistadora. En aquel entonces creí que mi respuesta le había parecido excelente. Pero, ahora que lo pienso, no creo que esa sonrisa haya sido de aprobación o empatía, sino de haber logrado deducir que entre mis defectos estaban la falta de autenticidad y la ausencia de creatividad.

De cualquier manera pasé la prueba… Al final de cuentas, ser perfeccionista es una debilidad muy aceptable en el perfil de los candidatos.

Y es que cuando declaramos “soy muy perfeccionista” en realidad lo que queremos decir es que nos gusta hacer las cosas muy bien y que somos muy trabajadores. Creemos que el perfeccionismo es un rasgo deseable e inseparable del éxito.

Pero no es así.

La realidad es que una mentalidad perfeccionista puede tener consecuencias muy negativas. El perfeccionismo llevado al extremo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Cuando hablamos de este tema en clase, varios alumnos comienzan a inquietarse al sospechar que estoy por sentar al perfeccionismo en el banquillo de los acusados -para muchos no aspirar a la perfección es sinónimo de mediocridad-; levantan las cejas sorprendidos cuando les digo que soy una perfeccionista en recuperación y que una de mis frases salvavidas es “más vale hecho que perfecto”. Algunos se retuercen.

Aprendemos a ser perfeccionistas desde niños. Vamos descubriendo que nos castigan por cometer errores, nos dan estrellas doradas por actuaciones impecables, nos comparan con los demás o nos dicen que “somos genios o inteligentísimos” sólo cuando las cosas salen bien.

¿Qué es el perfeccionismo?

Brené Brown –una de mis gurús- explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la pena –“shame” en inglés- o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la pena va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

¿Cuáles son los síntomas del perfeccionismo?

En su libro “Being Happy: You don’t have to be perfect to lead a richer, happier life”, Tal Ben-Shahar habla con detalle de las características de la mentalidad perfeccionista.

Expectativas de un viaje perfecto. Esto tiene que ver con el enfoque sobre el proceso para alcanzar una meta. Las personas con mentalidad perfeccionista esperan que la línea que conecta el punto de partida con la meta sea recta. Su expectativa es dar en el centro del blanco con un único y perfecto disparo. No admiten curvas, pausas, ni desviaciones en el camino. ¿Segundas oportunidades? Antes muertos.

Miedo al fracaso. A un perfeccionista lo mueve el miedo, es su característica más determinante. Todas sus acciones están enfocadas a evitar equivocaciones, evaden los retos y actividades donde fallar sea una posibilidad. Es común que abandonen proyectos ante la más mínima sospecha de que no lograrán completarlo como esperan. Entonces, por ejemplo, están los niños que se detienen en una carrera de velocidad si no van en primer lugar y luego dicen que les dolía la rodilla; o las niñas que se salen de la raya coloreando, arrugan el papel, lo lanzan a la basura y se van gritando que el plumón no sabe pintar o tiene gorda la punta. Los perfeccionistas se sienten devastados cuando cometen un error, entran en contacto con su humanidad imperfecta y esto intensifica su miedo a fallar en el futuro. No se equivocan, pero tampoco arriesgan.

Foco en la meta. A los individuos con tendencias perfeccionistas les interesa solamente el destino. Alcanzar el objetivo es lo único que importa, el recorrido no tiene sentido. Esto hace que sean incapaces de disfrutar el momento presente pues están obsesionados con la siguiente promoción, el siguiente premio, la siguiente meta que sí los hará felices.

Pensamiento “todo o nada”. El perfeccionista tiende a tener un pensamiento extremista, es “todo o nada”, “blanco o negro”, es un “éxito o un fracaso”. No hay tonalidades de gris. El desempeño y el esfuerzo no tienen ningún mérito si el resultado no es el esperado o no es perfecto. Si no pintas como Picasso, por favor, no pintes.

Actitud a la defensiva. Las críticas para un perfeccionista son un franco asalto a su autoestima, resaltan sus defectos y son catastróficas… una verdadera trasgresión. Pueden convertirse en un trapo exprimido si alguien sugiere una manera mejor o diferente de hacer las cosas. No están abiertos a sugerencias y la retroalimentación es tan bienvenida como la cicuta.

Encontrar fallas. Los perfeccionistas son maestros para encontrar el frijol negro en el arroz. Su obsesión por el fracaso, los pone en estado de alerta permanente, anticipan y notan todo lo que puede salir o sale mal. Y no importa que tan bueno sea el resultado final, el más minúsculo detalle es motivo para demeritar un logro y nublar lo positivo.

Duros y exigentes. Desde el punto de vista de un perfeccionista, los errores son imperdonables. Esto hace que sean extremadamente duros consigo mismos y con los demás.

Rigidez de pensamiento. Sólo existe una manera de hacer las cosas, las sorpresas son peligrosas, la certidumbre es lo más valioso del mundo, el cambio es el enemigo número uno, improvisar es arriesgado, jugar es inaceptable y la obsesión por el control es la especialidad del día.

Aprobación de los demás. Los perfeccionistas operan en función del “qué van a pensar los demás”. Su valor como seres humanos está vinculado a sus éxitos o logros profesionales… “Soy lo que logro y qué tan bien lo logro”. Buscan siempre la aprobación de los demás y determinan sus vidas con base en expectativas ajenas. Para que los demás piensen que soy una buena mamá tengo que mandar a mi hija impecable al colegio, con la raya del apartado dibujada con regla, pelo restirado y tejido en una trenza perfecta que remata con un moño divino que combina al tiro con la ropa.

Cuando tenemos una mentalidad perfeccionista dejamos escapar muchas oportunidades y sueños porque nos da miedo fallar, cometer errores o decepcionar a los demás. El perfeccionismo es una prisión de alta seguridad, es como vivir en Alcatraz.

Ser perfecto no es lo mismo que ser nuestra mejor versión posible, ni tampoco nuestra versión auténtica. Para declarar que alguien es perfecto tendría que ser un producto terminado. En cambio, nuestra mejor versión posible admite que somos seres humanos en proceso.

Una manera más sana y útil de pensar asume que el trayecto puede disfrutarse, incluir desviaciones e imprevistos. Los errores se convierten en oportunidades de aprendizaje y crecimiento personal que invitan a volver a intentar. Salir de la zona de confort es salir a una aventura y dicen que ahí es donde está la magia.

Practicar la autocompasión es un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres entrar en un proceso de rehabilitación y atreverte a mostrar un poco más tu esencia.

Un ejercicio muy lindo consiste en escribir algunas frases que incluyan la palabra “casi”… “Quiero tener una casa casi limpia”, “Voy a hacer ejercicio casi todos los días”, “Soy una mamá casi perfecta”, “Mis hijos se portan casi bien”.

Y para terminar este artículo y resistir la tentación de revisarlo cinco veces más, me diré a mi misma: “Escribiré un artículo casi perfecto”.