Pesimista por naturaleza, optimista por decisión

optimismo

Así como podemos aprender a patear un balón en cierta dirección, a memorizar una secuencia de pasos para bailar merengue o a hablar en italiano… también podemos aprender a ser más optimistas.

El optimismo tiene que ver con el tipo de explicaciones que damos a los eventos en nuestras vidas y podemos desarrollar una perspectiva más positiva utilizando ciertas técnicas de combate para retar los pensamientos automáticos.

¿Qué más podemos hacer para desarrollar la habilidad del optimismo?

Me parece que lo primero es hacer un “check-in” personal para identificar dónde estamos parados.

Hace poco escuché decir a alguien que las personas se dividen en dos grupos: las que dividen a las personas en dos grupos y las que no. En este sentido, podríamos dividir al mundo en optimistas y pesimistas. Sin embargo, el asunto no es tan binario. Es más parecido a 50 sombras de optimismo.

Algunos somos optimistas para unas cosas y pesimistas para otras. Yo, por ejemplo, soy de corte pesimista cuando me enfermo o tengo que hacerme análisis médicos, pero optimista cuando se trata de alguien más. Pero incluso en este departamento tengo matices… soy mucho más optimista cuando se trata de un conocido que cuando tiene que ver con una de mis hijas. Sigo tratando de entender por qué.

Algo parecido sucede con el avión. Me quedo perfectamente tranquila cuando mis personas favoritas viajan por el cielo anticipando que todo saldrá bien; sin embargo, me pongo en modo catastrofista cuando soy yo quien tiene que volar.

Dice Elaine Fox, Directora del Departamento de Psicología de la Universidad de Essex, que en el optimismo hay niveles: grande, pequeño y micro. La talla que elegimos depende de nuestro estado de ánimo y de la intensidad de ciertas situaciones. “Grande” cuando hacemos una evaluación general de nuestra vida y concluimos que las cosas van bien, que éste es un buen momento para vivir y tenemos una visión alentadora del futuro.

“Pequeño” para circunstancias específicas del día a día, por ejemplo, aprobaré el examen, terminaré el proyecto, estará divertida al fiesta. “Micro”, la versión mínima necesaria, el sentimiento reconfortante de que sobreviviremos el rato, el lunes o la rabieta de cierto personaje.

 Con lo anterior, me interesa dejar sobre la mesa que el optimismo no es un tema de absolutos y que un primer paso para desarrollar un pensamiento más positivo consiste en conocer nuestras muy personales tonalidades.

Ahora sí, hablemos de algunas estrategias.

Visualizar escenarios donde el éxito es posible. Alcanzar nuestros objetivos o lograr una meta empieza con una imagen mental de triunfo. Nuestro cerebro es una máquina brillante que traduce las imágenes que le dibujamos en pasos específicos a seguir para convertirla en realidad. El nombre elegante para esto es “profecías auto realizadas”.

Supongamos que un niño va a jugar la final de soccer y está absolutamente convencido de que van a perder, ¿Cómo es su comportamiento?. De entrada no encuentra el uniforme, su mamá lo jala o lo empuja para sacarlo de casa, se queda parado en la cancha… ¿Para qué correr? y con este comportamiento irónicamente vuelve mucho más probable la derrota.

Ahora pensemos en el caso contrario. Un niño que jugará la final y está seguro de que su equipo será campeón… Duerme con el uniforme puesto, jala o empuja a su mamá para salir de casa, defiende, ataca, corre por toda la cancha y, con suerte, evita un tiro a gol. Sus acciones elevan las probabilidades de victoria. Creer que algo es posible lo hace un poco más cierto.

Rodéate de gente positiva. La ciencia ha mostrado que el estado de ánimo de las personas a nuestro alrededor nos afecta. ¿Te has dado cuenta de lo que sucede cuando tu mamá está alegre y de buen humor?, ¿Has notado cómo cambia tu energía luego de pasar tiempo con una persona tóxica? Las emociones son altamente contagiosas. Si lo tuyo no es el optimismo, entonces decide pasar más tiempo con personas que puedan trasmitirte una visión más positiva acerca de lo que te sucede.

Aliméntate de información positiva. No hay razón alguna –si no eres jefe de policía- para iniciar el día enterándote de las historias trágicas de la madrugada. En aquellos años en que Monterrey atravesaba por una crisis fuerte de seguridad, recibí un consejo que sigo hasta la fecha: si no piensas hacer algo al respecto o no puedes hacer algo al respecto, mejor no sigas las noticias. Con esa simple acción logré reducir mi nivel de ansiedad considerablemente. Es mucho mejor empezar el día en silencio, con música o meditando.

Un día sin quejas. Es importante destruir el hábito que tenemos tatuado hasta los huesos de quejarnos. Nuestro estado de ánimo está fuertemente influenciado por todo aquello en lo que concentramos nuestra atención. Las palabras son poderosas. Si empiezas a repetirte una y otra vez “estoy cansada”, pronto empezarás a sentir que disminuye tu energía y comienzas a bostezar. Cambiando nuestro lenguaje podemos mejorar nuestra sensación de felicidad. Te reto a que pases un día entero sin quejarte… bueno, media hora.

Practica la gratitud. El objetivo de algunas profesiones es detectar problemas, arreglar lo que está roto, curar enfermedades, identificar defectos, anticipar escenarios negativos. Las personas en estas disciplinas son más propensas a sentir insatisfacción o a caer víctimas del desgaste o “burn-out”. En estos casos es especialmente importante practicar la gratitud. Dedicar tiempo a destacar lo bueno, lo que sí salió, lo que sí se pudo.

Deshazte del mito de que prepararte para el peor escenario posible es una buena estrategia para vivir. Con esto no quiero decir que debemos ser irresponsables y dejar todo a la suerte. Hay quienes argumentan que es útil prepararnos para el peor escenario posible pues así lograremos minimizar su impacto si sucede. En realidad este método es poco efectivo… ¿Quién en verdad puede preparase para recibir la noticia de la muerte de un familiar o un diagnóstico poco esperanzador? El impacto de la noticia es prácticamente el mismo, pero dejamos de disfrutar el momento presente.

Entrenar para cambiar nuestros estilos de explicación, combatir los pensamientos automáticos e incorporar algunas de las estrategias en este artículo mejoran la calidad del lente a través del cuál vemos nuestra vida. Y si nuestro lente mejora, aumentan la felicidad y la tranquilidad.

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Técnicas de combate contra el pesimismo

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El artículo de la semana pasada fue sobre los diferentes tipos de explicaciones que las personas damos a los eventos en nuestras vidas.

Decíamos que los optimistas se caracterizan por delimitar en tiempo y en alcance las adversidades; reconocen que las dificultades son pasajeras, afectan áreas específicas y son causadas por razones externas. En cambio, los pesimistas argumentan que los problemas son permanentes, universales y producto de defectos o fallas personales.

¿Lograste identificar tu estilo de explicación? Te dejo el vínculo a una prueba rápida en este sitio por si te interesa descubrirlo.

El optimismo tiene que ver con una manera de pensar, es un hábito de la mente que nos permite proyectar una visión positiva del futuro.

Entonces, para desarrollar la habilidad del optimismo tenemos que aprender a retar nuestros pensamientos automáticos y a construir explicaciones realistas que aporten a nuestro bienestar.

Una de las herramientas más utilizadas para lidiar con pensamientos pesimistas es el método ABC –Adversity, Beliefs, Consequences– de Albert Ellis, Psicólogo de la Universidad de Columbia.

Las explicaciones que damos a lo que nos pasa están altamente influenciadas por nuestras creencias y éstas, a su vez, disparan ciertas emociones y conductas.

Revisemos el ABC desde el lente de un pesimista…

Adversidad se refiere a cualquier evento negativo –vacaciones fallidas, discusiones familiares, una llanta ponchada, la muerte de un ser querido, tráfico cuando tenemos prisa, reprobar un examen-.

Creencias (Beliefs) son la base y dan forma a la interpretación que damos a los eventos negativos –nada me sale bien, nadie me quiere, tengo mala suerte, nunca voy a superar esto, todo me pasa, soy un imbécil-.

Consecuencias son las respuestas emocionales y conductuales de nuestras explicaciones ante las adversidades –enojo, tristeza, decido no volver a planear vacaciones, evito el contacto social, abandono la clase o la escuela-.

Algunos pensamientos son automáticos y aparecen como rayos. A veces son racionales, como cuando sentimos tristeza por la pérdida de un ser querido; pero en otras ocasiones, son irracionales pues no están basados en evidencia y son de corte más bien exagerado y radical.

Los optimistas y los pesimistas explican de manera diferente la misma adversidad. Supongamos que a ambos los deja plantados un “date”.

El pesimista podría concluir que era de esperarse, que no vale nada como persona, que nunca encontrará el amor. La consecuencia emocional de una explicación como esa seguramente vendrá acompañada de tristeza, depresión y enojo que le provocarán ganas de evitar el contacto social, encerrarse en casa a pensar en las cincuenta razones por las que el amor debería estar prohibido.

El optimista, sin duda se sentirá triste, pero buscará una explicación que no ataque su persona. Podría pensar que al “date” le surgió un imprevisto, que se perdió en el camino o que por algo pasan las cosas. La consecuencia emocional quizá es desilusión o curiosidad por saber qué paso y la acción podría ser llamar por teléfono o pasar la página y planear una cita con alguien más.

Para utilizar el método ABC es necesario hacer una pausa, describir la adversidad claramente e identificar las historias que nos contamos para editarlas antes de brincar a la acción.

Voy utilizar mi ejemplo del miedo al avión para mostrar algunas técnicas de combate.

Aunque he tenido avances importantísimos en este departamento, la verdad es que los aviones no son lo mío, el modo vuelo me pone ansiosa.

Identificar pensamientos automáticos y sus consecuencias. Un aviso de turbulencia del capitán o cualquier sacudida en el camino provocan la llegada de pensamientos involuntarios –“esto no pinta bien”, “nos vamos a caer” o “se me va a parar el corazón”-. Estos pensamientos desatan reacciones como miedo, ritmo cardiaco acelerado, manos frías, piernas temblorosas. Conocer mi “modus operandi” cuando ando en las nubes me permite pasar al siguiente paso más rápidamente…

Retar los pensamientos automáticos. No todo lo que pensamos es real y la evidencia me dice que “la sobrecargo está tranquila”, “el cielo está perfectamente azul” y “la mayoría de los pilotos mueren de viejos”.

Generar explicaciones más precisas y contenidas. Pensar en alternativas… “pronto va a pasar”, “miles de aviones atraviesan por zonas de turbulencia sin problemas” y “el hueco que siento en el estómago no es porque el avión se va a caer, sino porque estoy pensando que el avión se va a caer”.

No brincar a una catástrofe. No rumiar sobre el peor escenario posible o decidir que lo atenderemos sólo en caso de que se presente… “voy a preocuparme enserio sólo si empezamos a dar vueltas sin control”.

Así como editamos fotografías pasándolas por filtros, mejorando la luz y eliminando lo que sobra antes de publicarlas, podemos editar nuestros pensamientos antes brincar a las consecuencias.

Podemos desarrollar un pensamiento más optimista si ponemos atención en las explicaciones que damos a los eventos que nos suceden. Nuestra manera de pensar también es un hábito que podemos cambiar.

¿Qué opinas?

P.D. El artículo de la próxima semana estará dedicado a ideas y estrategias para ser más optimistas.

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¿Medio lleno o medio vacío?

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A la felicidad le gusta andar de la mano del optimismo. Es muy difícil imaginar a un pesimista feliz o a un optimista infeliz. Ninguna de esas combinaciones cuadran con el sentido común. ¿Verdad?

El optimismo, además de sentirse bien, tiene muchos beneficios tangibles. Las personas optimistas son más sanas, experimentan más emociones positivas, tienen mejores relaciones interpersonales, enfrentan mejor las adversidades, son menos propensas a la depresión, viven más felices y son exitosos en el cumplimiento de metas.

Además, el optimismo es un excelente antídoto contra la epidemia mundial de la preocupación.

Nos preocupamos por los hijos, los perros, la situación política, la calidad el aire, el tráfico, las enfermedades, las últimas tendencias de la moda, el aceite parcialmente hidrogenado, el paso del tiempo, las clases extracurriculares, por sentir mucho o casi nada.

Dijo Glenn Turner, famoso jugador de críquet, que la preocupación es como una mecedora… “Nos da algo que hacer, pero no nos lleva a ningún lado”.

En este sentido preocuparnos sin hacer algo al respecto es un desperdicio. Es mucho más útil desarrollar la habilidad del optimismo para hacerle frente a la preocupación, a la incertidumbre y a lo desconocido.

Sí, así como podemos aprender a patear una pelota en cierta dirección, también podemos aprender a ser más optimistas y a vivir menos preocupados.

¿Qué es el optimismo?

El optimismo, desde el punto de vista de la Psicología Positiva, no tiene nada que ver con frases positivas o pensamientos rosas que flotan desconectados de la realidad; tampoco con encontrarle el lado bueno a una infección estomacal explosiva que coincide con falta de agua en casa.

El optimismo está relacionado con el tipo de explicaciones que damos en respuesta a lo que nos sucede en la vida. Tiene que ver con una manera de pensar, es un hábito de la mente que nos permite proyectar una visión positiva del futuro, que a su vez afecta nuestras creencias y comportamientos.

Martin Seligman, el padre de la Psicología Positiva, ha estudiado a fondo el tema del optimismo. Si quieres explorar más su trabajo, te recomiendo que leas su libro “Learned Optimism”.

Hay tres elementos clave en los estilos de explicación que distinguen a una persona optimista de una pesimista: tiempo, alcance y causa.

El elemento tiempo tiene que ver con la duración de un evento, no necesariamente la real, sino la percibida… ¿Esto que está pasando es temporal o es permanente?

Una persona con un estilo de explicación pesimista considera que las cosas malas que le suceden son permanentes, que llegaron para quedarse y afectarán su vida por siempre.

Lo permanente es absoluto, binario y podemos reconocerlo en las palabras “siempre”, “nunca”, “jamás”, “todo el tiempo”.

“Siempre te quejas”, “nunca más vuelvo a enamorarme”, “todo el tiempo me regañas”, “jamás voy a encontrar trabajo”, “todos los días me siento mal”… son ejemplos de frases que caen en el cajón de lo imborrable.

El riesgo es que cuando pensamos que los malos ratos durarán por siempre y nos convencemos de que nada de lo que hagamos puede alterar el resultado, es “game over”. Perdemos la motivación para tomar acción y salir del atolladero. Nos invade un sentimiento de desesperanza que reduce nuestra confianza y calidad de vida.

Este estilo de explicación también puede producir parálisis ante retos nuevos. Si “siempre me equivoco”, entonces… ¿para qué intentarlo?

Por el contrario, una persona optimista explica las cosas que le suceden en términos temporales, reconoce o piensa que las adversidades son pasajeras.

El lenguaje delimita el rango de tiempo… “últimamente”, “algunas veces”, “esta semana”.

“Te quejas cuando dejo la ropa tirada”, “en este momento no quiero iniciar una nueva relación”, “Me regañas cuando llego tarde”, “hoy me duele la cabeza”. En estas frases hay remedio, posibilidades y esperanza.

El elemento alcance tiene que ver con la repercusión o cobertura de un evento… ¿es específico o es universal?

Ante una adversidad, los optimistas logran poner las cosas en perspectiva y contener en un espacio específico el daño relacionado con un evento negativo; por otro lado, los pesimistas perciben que los efectos son universales y se cuelan en todos los rincones de su vida.

Después de reprobar una materia, un estudiante puede explicar “reprobé microeconomía” –específico-; mientras otro puede decir “no sirvo para la escuela” o “no sirvo para nada” –universal-. Luego de un recorte laboral, un optimista concluye “mi vida profesional no va bien” –específico- y un pesimista afirma “nada en mi vida funciona” –universal-.

“Todos los maestros del mundo son injustos” o “el maestro de matemáticas es injusto”; “Soy la peor mamá de todo el mundo “ o “cometí un error castigando a mi hijo sin darle oportunidad compartir su versión”.

Las explicaciones universales y permanentes se asocian con la desesperanza; las específicas y temporales, con la resiliencia.

El elemento causa está relacionado con la raíz de lo que nos sucede… ¿Es por un factor personal o externo?

Los optimistas recurren a causas externas para explicar las adversidades. Por ejemplo, “perdí el partido de tenis porque la cancha estaba resbalosa”; en cambio, los pesimistas buscan razones internas… “perdí el partido porque soy malo para los deportes”.

Supongamos que un pesimista y un optimista son descartados como candidatos para un nuevo trabajo.

El pesimista podría argumentar que fue rechazado porque no es suficientemente bueno –personal-, que nunca va a salir adelante -permanente- y que no sirve ponerle ganas a la vida porque nada vale la pena -universal-.

En cambio, el optimista podría explicar el mismo rechazo diciendo que no es personal -el otro candidato estaba dispuesto a ganar menos-, que tuvo un mal día de entrevista –temporal- y que aunque esto complica su situación profesional, las demás áreas de su vida van bien –específico-.

Es mucho más probable que el pesimista se desanime, deje de buscar oportunidades y aumente sus probabilidades de caer en depresión.

En resumen… La fórmula optimista incluye razones externas, eventos temporales y alcance específico; mientras que la pesimista se compone de razones personales, eventos permanentes y con cobertura universal.

Voy a dedicar el artículo de la próxima semana a las técnicas de combate contra el pesimismo, así como algunas ideas para practicar el optimismo.

Por lo pronto te invito a descubrir tu estilo de explicación respondiendo el cuestionario en este sitio.

El primer paso para cambiar es ubicar dónde estamos parados.

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Los Cuatro Acuerdos

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Quizá te suena conocido el título, has escuchado la frase o te has topado con los cuatro acuerdos resumidos en una foto en redes sociales.

Los Cuatro Acuerdos es un libro de sabiduría Tolteca escrito por Don Miguel Ruiz, un médico cirujano criado en el México rural por una madre curandera y un abuelo nagual.

Perdí la cuenta de cuántas veces me topé con este libro antes de leerlo. En varias ocasiones lo tomé en una librería, leí la contraportada y lo devolví a su lugar poco convencida. Me decidí a leerlo hace unos meses, luego de escuchar una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Don Miguel y darme cuenta que los cuatros acuerdos que propone empatan bien con algunos conceptos de la Psicología Positiva.

Don Miguel arranca el libro explicando que vivimos gobernados por el miedo. Vamos por la vida regidos por las creencias que nos han transmitido nuestros padres, la sociedad, el sistema educativo o la religión y utilizando el método de castigo/recompensa. El miedo al rechazo y a no ser suficientes nos orilla a convertirnos en alguien que no somos, vamos perdiendo contacto con nuestro yo esencial y alejándonos de la felicidad.

Si quieres leer más sobre el “yo esencial” y el “yo social” sigue este vínculo.

De ahí continúa explicando que para tener una vida más alegre y feliz tenemos que ser valientes, atrevernos a romper los acuerdos basados en el miedo –que suponen un gasto de energía muy grande- y construir acuerdos basados en el amor –que no sólo conservan nuestra energía, sino que pueden aumentarla-.

¿Cuáles son los cuatro acuerdos que sugiere Don Miguel Ruiz para tener una vida plena y feliz?

El primero: Sé impecable con tus palabras.

Este acuerdo tiene que ver con ser auténticos, coherentes con lo que pensamos y hacemos. Está relacionado también con el poder de las palabras.

Nuestras palabras dan forma a la realidad en la que vivimos; con ellas establecemos nuestras intenciones y nos expresamos.

Podemos utilizar nuestras palabras para construir o destruir. Es posible hacer crecer a una persona cuando resaltamos sus fortalezas, mostramos afecto, expresamos gratitud, decimos “te quiero”. También podemos destruir a alguien con una crítica, un chisme, una maldición o con algún comentario del tipo “no sirves para nada”, “qué ridícula te ves”, “deja que opinen los que sí saben” o “los hombres no lloran”.

Impecable –viene del Latín y significa sin pecado– con nuestras palabras, sobretodo con nosotros mismos. Significa no usar las palabras en contra nuestra, como cuando nos juzgamos, lastimamos y culpamos.

A mi lo anterior me hace pensar en la autocompasión, que nos ayuda a reemplazar la voz del crítico interior con una voz comprensiva, generosa, alentadora.

Ser impecable con nuestras palabras significa utilizar nuestra energía correctamente, en la dirección de la verdad y el amor –por nosotros mismos y por los demás-.

El segundo: No te tomes nada personalmente

Cuando pensamos que el mundo está pendiente de nosotros y nos creemos el centro del universo, tomarnos las cosas personalmente puede ser desastroso. Es mucha presión, ¿no?

Nos tomamos las cosas personalmente cuando, por ejemplo, vemos un grupo de personas hablando mientras miran en nuestra dirección y concluimos que están criticándonos; o cuando alguien nos grita y recibimos su veneno emocional, en lugar de considerar la posibilidad de que ese enojo tiene más que ver con esa persona que con nosotros.

¿Cuántas veces has sufrido pensando en qué van a pensar o decir de ti los demás?, ¿Cuántas veces te has quedado sentada en la mesa en lugar de bailar?, ¿Cuántos proyectos tienes en el tintero por miedo a ser criticado?

En realidad, cada quien andamos en nuestro mundo, preocupados por nosotros mismos. Las opiniones que cada uno emitimos responden a las creencias que tenemos, nuestros puntos de vista son personales y la verdad no es la misma para todos.

En este sentido, podemos contar con que siempre habrá alguien que nos juzgue, critique, rechace, no nos quiera o nos visualice ardiendo en el infierno.

Para evitar caer presas de vivir queriendo complacer a todo mundo podríamos recurrir al dicho: “lo que los demás piensen de mi, no es mi problema”. Esto no lo dijo Don Miguel, pero tampoco sé quién sí lo dijo.

El tercero: No hagas suposiciones

Esta es la pata de la que yo cojeo.

Tendemos a hacer suposiciones de todo y el problema es que al hacerlo, terminamos creyendo que todo lo que suponemos es cierto.

Esta es una trampa de pensamiento muy común. Con frecuencia utilizamos únicamente los datos que sirven para apoyar nuestras suposiciones y dejamos fuera todo lo demás.

No nos atrevemos a preguntar y entonces rellenamos los espacios en blanco con la imaginación. Y esto es tierra fértil para el sufrimiento.

Alguien te mira de cierta manera y arrancas en estampida a fabricar una historia con todas las razones por las que esa persona ya no te quiere o te desea cosas malas.

Asumimos que nuestra pareja sabe lo que pensamos y sentimos porque nos conoce muy bien. Damos por sentado que no tenemos que comunicar nada a nuestros amigos cercanos pues ya deberían saberlo. Esto es receta para problemas y malos entendidos.

Preguntar es siempre mucho mejor que suponer.

El cuarto: Haz siempre el máximo que puedas

Me gusta este.

Dar siempre nuestro máximo esfuerzo aceptando que nuestro máximo esfuerzo puede cambiar. En días en que nos sentimos enfermos nuestro nivel máximo será menor que en un día que nos sentimos sanos.

Este concepto lo relaciono con la idea de “permiso para ser humano” de la Psicología Positiva. Permiso para no ser súper héroes, todólogos y sentir las emociones difíciles.

Si damos nuestro máximo, entonces no hay cabida para los reclamos, las culpas, los arrepentimientos. Hay lugar para la tranquilidad y la paz.

Dice Don Miguel… “Ser, arriesgarnos a vivir y a disfrutar de nuestra vida, es lo único que importa. Di que no cuando quieras decir que no, y di que sí cuando quieras decir que sí. Tienes derecho a ser tú mismo. Si eres impecable con tus palabras, no te tomas nada personalmente y no haces suposiciones puedes transformar un infierno en un cielo… Y sólo puedes hacerlo cuando haces lo máximo que puedes”.

Me parece que, en lo más puro, todas las sabidurías, corrientes filosóficas y ciencias duras están de acuerdo con respecto a eso que se traduce en felicidad y bienestar. No importa si viene de los Toltecas, los Budistas o los académicos, en su esencia, la felicidad parece estar hecha con los mismos ingredientes.

 

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El anti GRIT

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Hoy me voy a correr el riesgo de opinar poniéndome a tono con la clásica frase… “las cosas ya no son como antes” y que entre líneas invariablemente sugiere que las cosas antes eran mejor.

Hace unos años, cuando mis hijas empezaron a jugar basquetbol en el equipo del colegio, descubrí un cambio en las reglas del juego que me inquieta hasta el día de hoy. Ni el paso del tiempo, ni la repetición me han permitido asimilarla o encontrarle las bondades que dicen que tiene. Me hace corto circuito cada vez.

La regla dice que si un equipo le va ganando al otro por 20 puntos, el marcador se apaga o se esconde.

La primera vez que desenchufaron el tablero electrónico pensé que se había descompuesto. Le dije a la mamá sentada junto a mi: “mira, algo le pasó al marcador” y ella me respondió: “no le pasó nada, lo apagaron porque nos están patizando”. ¿Qué?

Se supone que con esta regla protegemos los sentimientos y la motivación de los deportistas.

¿Será?

A mi algo me dice que la cosa no va por ahí y que el antiguo método -él que nos tocó a las generaciones pasadas- es mucho mejor para desarrollar la resiliencia y formar el carácter de nuestros hijos.

Desde mi punto de vista, desaparecer el marcador cuando el equipo rival gana por cierta cantidad de puntos, manda los siguientes mensajes: “game over”, “no hay más que hacer”, “hemos perdido la esperanza en ustedes”, “ya da lo mismo”, “tiren la toalla”.

Me parece más honroso abandonar la cancha con un marcador espantoso en contra que con un marcador fantasma.

La resiliencia o capacidad para superar adversidades forzosamente arranca de la realidad sin camuflajes. ¿Cómo nos levantamos de una derrota y aprendemos de ella si no es dándole la cara?

¿Por qué tenemos tanto miedo los padres a dejar que nuestros hijos se revuelquen con la vida tal y como es? ¿Por qué hacemos hasta lo imposible para evitar que prueben el sabor de la desilusión, el fracaso o la frustración?

Estamos dejando sobre la mesa oportunidades para que nuestros hijos aprendan cómo trabajar duro para alcanzar objetivos difíciles, cómo dar su mejor esfuerzo, cómo ganar y perder decorosamente.

Una de las quejas más frecuentes ahora en las empresas es que los jóvenes no toleran ni las dificultades, ni las incomodidades, renuncian a la primera de cambios, andan por los pasillos necesitando reconocimientos por llegar a tiempo y creyéndose merecedores del mundo sólo por que sí.

La evidencia comienza a mostrarnos que con las mejores intenciones estamos criando niños sin recursos o habilidades para la vida, “sin calle”. Queremos hacerlos sentir especiales y felices a cualquier costo en el corto plazo, sin darnos cuenta que con esto podríamos estar comprometiendo su felicidad de largo plazo.

Levanta la mano, por ejemplo, si en las fiestas te avientas a recoger los dulces que caen de la piñata para dárselos a tus hijos, si controlas sus grupos de amigos, si les resuelves todos y cada uno de sus problemas, si te le has lanzando a la yugular a un maestro por haberle llamado la atención a alguno de tus niños.

Las cosas han venido cambiando de unos años para acá. Ahora los diplomas y medallas son para todos. Quien no saca un premio por calificaciones notables, lo saca por ser buen ciudadano o por ser muy simpático.

Hace unas semanas dediqué un artículo al tema de GRIT. Sigue este vínculo si quieres conocer más sobre este concepto.

Con GRIT asociamos frases del tipo “no rendirse”, “resistir frente a la adversidad”, “continuar a pesar del fracaso” y la ciencia ha descubierto que está detrás de la mayoría de las historias de éxito.

Caroline Adams Miller define GRIT como el tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, eso que nos hace continuar a pesar del fracaso.

Me pregunto… ¿Y cómo van a aprender a desarrollar el GRIT nuestros hijos si no los dejamos practicar ni siquiera en la cancha? ¿Si atravesamos la ciudad para llevarles el uniforme que olvidaron –porque no lo empacamos nosotros en la mochila- en lugar de dejar que los pongan a correr 10 vueltas?

A mi me gustaría dejar encendido el marcador, me gustaría más enviar el mensaje de que el juego no se acaba hasta que se acaba y mientras tanto hay que luchar. Apagar el tablero o esconderlo debajo de la mesa me parece muy anti GRIT.

¿Tu que opinas?

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Y a ti qué te mueve… ¿El amor o el miedo?

miedo amor

Hace unos años descubrí que detrás de mi manera de vivir estaba siempre bien instalado el miedo. La epifanía me agarró caminando en una de las veredas de mi cerro preferido dos días después de la partida de Lola, la perra bóxer que me había acompañado 13 años. Esa mañana yo subía la montaña literalmente para estar más cerca del cielo, para estar más cerca de Lola.

A medio camino, de la nada y de pronto, entendí con claridad que la mayoría de mis decisiones respondían al miedo y no al amor. Evitaba cualquier cosa que me hiciera sentir incómoda, ansiosa, que me sacara de mi zona cómoda y de seguridad. Entre decir lo que pensaba e incomodar a alguien, prefería quedarme callada; entre publicar mi trabajo y arriesgarme a que me criticaran, mejor me lo guardaba; entre decir que no y decepcionar a alguien, mejor decía que sí. ¿Te suena?

Lo más irónico es que vivir de esa manera nunca me dio tranquilidad. Bien dicen que todo aquello a lo que le ponemos atención crece. Yo le ponía atención a lo que podía salir mal y la consecuencia de vivir evitando lo que me daba miedo era vivir con más miedo.

El momento “¡ajá!” me llegó cuando visualicé la gigantesca contradicción que existía entre mi más grande anhelo y mi conducta.

Yo quiero ser abuela y vivir hasta los 100 años para acompañar a mis hijas y nietos lo más posible. Al mismo tiempo, evitaba someterme a cualquier tipo de consulta o análisis médico –me aventé unos 7 años sin hacerme estudios de laboratorio, por ejemplo-. No es que me dieran miedo las agujas o los piquetes, no era por ahí. Más bien me aterraba que pudieran encontrarme alguna enfermedad terrible. Entonces… “si no busco, no encuentro” era mi filosofía y la decisión congruente con el miedo.

Pero esa conducta estaba totalmente en guerra con mi deseo de vivir mucho tiempo. Durante la caminata de esa mañana entendí que una decisión motivada por el amor más bien me impulsaría a monitorear y atender mi salud. Esa conducta, alimentada por el amor, era mucho más congruente con mi anhelo de quedarme por aquí largo rato.

Somos las historias que nos contamos. Pasamos nuestros días recopilando información coherente con las historias que nos fabricamos. Filtramos datos, aceptamos algunos y rechazamos otros. Al hacer esto, elegimos activamente el mundo que percibimos.

Dice Gabrielle Bernstein, autora del libro “The Universe Has Your Back: Transform Fear into Faith”, que lo que percibimos está en función de lo que interpretamos. Podemos interpretar una discusión con nuestros hijos como una razón más para pensar que no servimos como padres o podemos verla como una oportunidad de aprendizaje, crecimiento y fortalecimiento de nuestra relación. Podemos interpretar el diagnóstico de una enfermedad como el fin del mundo o como una oportunidad para bajar el ritmo y enfocarnos en lo importante. Podemos interpretar nuestro trabajo como una obligación a la que tenemos que sobrevivir o podemos verlo como un espacio donde podemos realizarnos y conectar con los demás.

¿Respondes al miedo o respondes al amor?

¿Haces el amor con la luz apagada porque no tienes un cuerpo perfecto y temes ser rechazada o te amas a ti misma y te permites disfrutar el momento?, ¿Evitas levantar la mano para expresar tus opiniones por miedo a equivocarte o te avientas pensando que los errores son una oportunidad para aprender? ¿Te guardas un “te quiero”, un “te admiro” o un “te ofrezco disculpas” por miedo a mostrarte débil y vulnerable o te atreves a ponerlos en voz alta para conectarte con los demás?

¿Dejas de viajar porque te aterra el avión o te subes –aunque sea temblando- por el amor a conocer lugares nuevos?, ¿ Rechazas invitaciones a paseos porque te da miedo que te pique algo y pones mil excusas o empacas el repelente contra insectos porque amas pasar tiempo con tus amigos?, ¿No escribes ese cuento que tienes en la cabeza hace mucho por temor a la crítica o te das la oportunidad de ser valiente haciendo algo que te inspira?

Nuestras historias de miedo viven en nuestro subconsciente, debajo de la piel o en el rincón más oscuro donde pretendemos esconderlos. Pero siempre encuentran cómo salir.

La cosa es simple. Si no atendemos la lección, si no resolvemos el problema, si no le damos la cara al miedo… la vida se encargará de fabricarnos oportunidades hasta que aprendamos. Cada nuevo dolor físico o examen médico es una oportunidad para mi de superar ese miedo, de acortar el tiempo de angustia, de ser valiente.

Podemos restablecer nuestra felicidad cuando decidimos hacerle frente al miedo.

Cuando nos sentimos atrapados por una historia de miedo es necesario hacer una pausa e intentar contarnos la misma historia desde un lugar de amor. Es importante preguntarnos… ¿Cómo me bloquea esta historia que me cuento y cómo puedo verla diferente?

Tenemos la posibilidad de ver el mundo a través del lente del miedo o a través del lente del amor. Y el lente que elegimos tiene un impacto muy poderoso en cómo nos sentimos y en qué hacemos.

¿Qué opinas?

Nelson Mandela lo dijo muy bien… “Que tus decisiones reflejen tus sueños, no tus miedos”.

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Lista de vida

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Me gustan los aviones sí y sólo sí tengo ambos pies sobre la tierra. El modo vuelo no es lo mío. Y a las personas que desconfiamos de las máquinas voladoras, no nos ayuda nada un cielo cargado de nubes negras y un piloto que amablemente nos anticipa por el altavoz “turbulencia de ligera a moderada durante la ruta de esta noche”.

Cuando abordo una aeronave, mi cerebro activa la alarma del sistema nervioso central. Aparece un pensamiento angustiante que llega asegurándome que su intención es noble, que lo único que quiere es protegerme del peligro inminente y hacerme escapar antes de que cierren la puerta. Estoy consciente de sus exageraciones, me queda claro que siempre se equivoca –aquí sigo-, pero igual viaja conmigo fielmente. En respuesta a lo anterior he desarrollado la costumbre de enviarle mensajes de cariños a mis personas favoritas antes de despejar, ya sabes, por si las dudas.

Hoy este pensamiento se juntó con otro a 10,000 metros sobre el nivel medio del mar y se me ocurrió el tema para el artículo de esta semana: “Lista de vida” –en inglés “Bucket list”-.

Una lista de vida es una colección escrita de todo lo que nos gustaría hacer antes de morir.

Muchas personas tienen una idea de lo que quisieran hacer o les gustaría hacer a lo largo de sus vidas; pero muy pocas la tienen en papel y pluma o en computadora.

Tener una lista de vida escrita es importante por varias razones.

La primera porque nos obliga a pensar en la pregunta: ¿qué queremos de la vida?

La segunda es que cuando escribimos ideas les quitamos lo abstracto; dejan de pasearse amorfas por nuestra mente y bajan al mundo de la realidad. Esto da sentido a nuestras vidas y nos da una razón para hacer cambios substanciales. Cuando sabemos a dónde queremos ir podemos comenzar a trazar un plan.

La tercera es que ya que las ideas están claras empezamos a detectar oportunidades para llevarlas a cabo. Es como si el universo las hiciera visibles. Quizá te ha pasado que sientes ganas de comprarte cierto tipo de pantalones y comienzas a notar a todas las personas que los llevan puestos; o deseas tener un bebé y de pronto todas las mujeres a tu alrededor están embarazadas.

Escribir lo que queremos hacer antes de “colgar los tenis” es el primer paso para conseguirlo. Escribir nuestras intenciones es poderoso.

¿Cómo se hace una lista de vida o qué puedes poner en tu lista?

En realidad puedes hacerla como tú quieras y puedes poner lo que te plazca.

Te comparto algunas ideas sobre lo que puedes incluir…

Cosas que sirven en tu propósito superior de ser feliz –escribir una novela, dar una conferencia en TED, crear una fundación para sacar a perros de las calles, construir casas con material reciclado-.

Puedes incluir cosas que ya lograste o hiciste –correr un maratón, hacer el recorrido de Matacanes, escribir un libro de estrategias para vivir más feliz, graduarte de la escuela de arte, tener hijos, tener un perro Golden Retriever-.

Piensa en diferentes aspectos o categorías en tu vida –cosas que quieras hacer con tu pareja, familia, amigos, metas profesionales-.

Lugares que te gustaría visitar, libros que leer, clases de algo que te guste y llame tu atención –batería, canto, buceo-. Experiencias que te gustaría tener –ver la aurora boreal, hacer el camino de Santiago de Compostela en bicicleta, nadar con tiburones ballena, bailar bajo la lluvia, ir a un concierto de Maroon 5, ver jugar a Roger Federer, tomarte una foto con Shakira-.

Las locuras valen también –tirarte de paracaídas, comer gusanos, nadar en un río, pintarte el pelo de azul-.

Es tu lista. Nadie tiene que estar de acuerdo con ella. Escribe lo que tú quieras, siempre y cuando esté alineado con lo que para ti es importante y te acerque a tu versión más auténtica.

Y una vez que tengas tu lista –a la que siempre podrás ir agregándole nuevas ideas- lo que sigue es palomear cada ítem o la mayoría.

Pd. Aterrizamos. La tan anunciada turbulencia nunca llegó. Fue un vuelo perfectamente tranquilo y ahora toca seguir cumpliendo con mi lista de vida.