Aceptación radical al estilo Lady Gaga

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El domingo pasado escuché mientras corría la entrevista más reciente que le hizo Oprah Winfrey a Lady Gaga. Me encantó, me sorprendió, abrió mi mente, aprendí, cambió mi percepción sobre algunas cosas y me dejó pensando.

Pensé en todas las personas que viven con dolor físico crónico, que han sido marcadas por eventos traumáticos, que padecen de enfermedades mentales, que atravesaron o atraviesan por una crisis… o dos, o tres, o todo lo anterior. Pensé en la gente que tengo a mi alrededor. Pensé en mí.

Confieso que mi percepción sobre Lady Gaga ha cambiado de manera importante de unos meses para acá. Pasé de considerarla una artista más que buscaba llamar la atención con excentricidades, a apreciar su talento como compositora, cantante y actriz luego de ver la película “A Star is Born” -una canción en esa película está hoy entre mis cinco favoritas-. Después de escuchar la entrevista y entrar por la ventana que abrió para dejarnos conocer su mundo, puedo decir que siento admiración y respeto por su trayectoria.

Lo primero que pensé es esta facilidad y velocidad con la que emitimos juicios con respecto a una persona sin saber qué carga en la mochila. Nota para mí… ¡no hacerlo!

Todo el intercambio entre Oprah y Lady Gaga es interesante. Sin embargo, el concepto que capturó mi atención fue el de “aceptación radical”.

Aceptación radical significa admitir y estar presente en el momento actual. Estar dispuestos a pasar tiempo con la incomodidad y las emociones difíciles en lugar de correrles. Significa aceptar la realidad, admitir su llegada o presencia, hacer oficial un evento, ponerle nombre, hablarlo en voz alta.

“Tengo un problema con el alcohol”, “tengo una enfermedad mental que sea llama esquizofrenia”, “mi hermano es adicto a la heroína”, “estamos en bancarrota”, “soy gay”, “mi pareja me golpeaba”.

Aceptar radicalmente que vas a tener dolor físico todos los días, aceptar radicalmente que perdiste a tus padres, aceptar radicalmente que tu carrera como futbolista terminó, aceptar radicalmente que perdiste una pierna a causa de la diabetes, aceptar radicalmente que perdiste un hijo, aceptar radicalmente que tu padre tiene Alzheimer y a ratos no sabe quién eres.

Y es que lo más fácil es negar la realidad, anestesiar lo que sentimos tomando, fumando, trabajando sin parar, comprando compulsivamente, durmiendo o culpando al resto del mundo.

Ahora… Sí la palabra “aceptación” te causa problemas, como me los causaba a mí durante años, te invito a considerar la explicación que recibí de Maria Sirois -una de mis maestras favoritas- en una de sus clases.

“Aceptar” no es sinónimo de “me gusta”, “me conformo” o “me resigno”. Aceptación en este contexto significa admitir “aquí está, esto pasó, no lo pedí, no lo estaba buscando y, sin duda alguna, no lo quería”. Pero… “aquí está y es un hecho”.

El primer paso para sanar es aceptar la realidad. Toma tiempo, pero lentamente comienzas a considerar la posibilidad de rediseñar tu vida y de volver a funcionar dando pequeños pellizcos de valentía.

El segundo paso consiste en cambiar la pregunta. En lugar de preguntarte… ¿Por qué a mí? o ¿Por qué me pasó esto?; mejor pregúntate… ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?, ¿Cuál es mi mejor versión posible dada esta realidad? Entonces aparecen posibilidades, alternativas diferentes, escenarios nuevos.

La aceptación radical aplica a cada crisis, cada dificultad, cada reto en nuestras vidas. Mucho del sufrimiento que sentimos es ocasionado por negar la realidad. Las cosas cambian sólo hasta que aceptamos lo que tenemos en las manos tal como es… “OK, te veo, te siento, acepto que estás aquí”. Ahora sí… ¿Qué hacemos?, ¿Cómo solucionamos esto?

Con frecuencia me preguntan si todo esto que escribo a mí me sale muy bien y yo tengo todo resuelto.

La respuesta es no.

La mayoría de las veces hablo sobre temas que domino desde la teoría y la práctica. Pero también escribo sobre aquello que me inquieta, sobre lo que quiero entender, lograr o resolver. Muchas veces mis letras me apuntan hacia el camino que necesito recorrer.

Estoy siempre en proceso.

Escuchar sobre el concepto de aceptación radical hoy me pone a reflexionar sobre los temas que yo tengo que aceptar radicalmente para vivir más plena y feliz.

Te invito a hacer lo mismo.

PD. Aquí te dejo el vínculo a la entrevista.

 

 

 

 

 

 

 

Fin de una década

2020

Estar a unas horas de colgar una década más en el armario del pasado me pone en modo recuerdo, reconocimiento y reflexión.

Antes de encaminar mis pasos hacia el futuro, quiero detenerme y mirar hacia atrás.

Desde mi experiencia, el 2019 fue un año bipolar, sin tonalidades de grises. Fue intensamente bueno, estuvo lleno de cosas muy lindas; pero también, trajo momentos duros y grandes tristezas. Algunos sueños se hicieron realidad, otros explotaron como gallinas de caricatura que sólo dejan un reguero de plumas al reventar. Fue un año de aprendizaje y crecimiento personal obligatorio.

Me anima el cambio de año. Me produce una sensación de alivio, de esperanza. Me gusta pensar que vienen cosas buenas, nuevas oportunidades para poner en tierra metas que se quedaron dando vueltas en el aire o tuvieron intentos de aterrizaje fallidos, permisos para intentar otra vez.

El año nuevo es para mí como la hoja en blanco: me inspira, me permite visualizar posibilidades, me invita a escribir, a crear.

Y hoy no sólo cambia el año,  también cambia la década.

Me parece increíble todo lo que puede pasar en diez años.

Es impresionante darme cuenta de la transformación de mis hijas. Pasaron de ser niñas pequeñas que demandaban todo mi tiempo y atención, a ser jóvenes que no tardan en agarrar las riendas de sus vidas.

Hacia adelante me tocará verlas dueñas del volante -en sentido literal y metafórico- y conducirse hacia sus propios caminos. Cada vez iré decidiendo menos los detalles de sus vidas, pero con suerte, lograré mantenerme como una fuente de consulta valiosa para ellas.

Siento curiosidad por saber qué profesión elegirán, qué rincones del mundo querrán visitar, cuáles temas les apasionarán. Imagino que en los siguientes años conoceré a esa persona que les robará el corazón. Cada vez irán necesitándome menos para resolver el día a día. Y no lo digo con nostalgia, en verdad así lo deseo, pues entonces sabré que han adquirido las herramientas necesarias para vivir. Si conservo mi lugar en su lista de cinco personas favoritas, ya la hice.

¿Qué más pasó en la última década?

Corrí maratones, atravesé un país en bicicleta, me aventé al agua desde rocas a metros de altura, nadé algunos kilómetros en el mar, caminé en la montaña, jugué basquetbol -ahora en la liga de mamás-, aprendí a jugar tenis.

Gané arrugas, pecas, canas, una enfermedad autoinmune, medicinas en el buró, insomnio intermitente. Tuve que despedirme de algunas partes del cuerpo que empezaron a dar problemas. Llegué a la edad en que tengo que cuidar mi alimentación y hacerme a la idea de pasar por chequeos para mantener la maquinaria en el mejor estado posible. Ni modo.

Hice nuevas amistades, conocí a personas que me enseñaron mucho, partieron seres muy queridos, también mascotas. Leí un montón de libros -tantos que perdí la cuenta- y descubrí que tengo pésima memoria para recordarlos. Me convertí en tía de tres increíbles seres humanos. Me lancé a la aventura de trabajar por mi cuenta, eso sí, sin sacar el pie del salón de clases pues me apasiona la educación. Comencé este Blog, escribí un libro, viajé a lugares increíbles, me hice conferencista, coach, atravesé varias tormentas. ¡Uf!

En esta década llegué al destino cumbre conocido como “middle age” con su “midlife crisis”. El trayecto es interesante, también irónico. Invertimos años, energía, recursos y trabajamos diligentemente para convertirnos en ese alguien que cumple con los requisitos en la lista prefabricada del éxito -estudios, familia, profesión, dinero, lujos, etc.- Vamos empeñados y a paso firme a encontrarnos con esa versión que se ajusta a lo que dictan las reglas para ser feliz…

Y, sin embargo, puede pasar, que al llegar nos demos cuenta de que tenemos todo lo que algún día quisimos, pero nos perdimos en el camino. Por eso la crisis. Empieza la sacudida, la tristeza, la sensación de vació, el tedio. Se vuelve necesario hacer un alto para desarmarnos, reconstruir nuestras piezas, despejar las nubes para volver a ubicar a nuestra estrella polar y decidirnos a vivir una vida que nos haga sentido en lo más profundo, aunque hagamos trizas el molde que alguien más construyó para nosotros.

He notado también que el tiempo ha acelerado su paso. Esta década desfiló mucho más rápido que la otra y algo me dice que esta que empieza volará a la velocidad de la luz. Aún no decido si hacer el doble de actividades que nutren el alma o, más bien, hacer la mitad, pero más despacio y estando más presente para estirar el tiempo. Lo que sí me queda claro es que ya no queda mucho lugar para la paja, ni para las tonterías que roban tiempo y distraen.

Si el tiempo pasa más rápido con la edad, entonces hay que elegir mejor a qué dedicarlo. Menos complacencia, menos obediencia, menos vivir para darle gusto a los demás. Más determinación para ir tras lo que hace grande nuestro corazón, más valor para ser auténticos.

Hoy es un buen día para trazar las metas no sólo del siguiente año, sino de la siguiente década.

Antes de arrancar con una lista de propósitos de nuevo ciclo es importante dedicar tiempo a pensar lo siguiente: ¿Cómo quiero sentirme?, ¿Qué emociones quiero sentir?, ¿Qué experiencias quiero tener?

Con frecuencia hacemos listas de lo que queremos… Viajar por el mundo, un trabajo estable, escribir una novela, encontrar una pareja, tener buena condición física. En realidad, lo que andamos buscando es cómo queremos sentirnos… Libres, independientes, creativos, amados, sanos. Andamos detrás de una manera de sentir. Es por aquí que tenemos que empezar antes de definir nuevas metas.

Yo quiero sentir paz, libertad, claridad, amor, creatividad, diversión, curiosidad, valentía.

Me quedo con la frase de Mark Twain como guía para la década que viene:

“Dentro de 20 años lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona puerto seguro. Atrapa el viento en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”.

¡Feliz inicio de década!

 

 

 

 

 

 

¡Feliz “Hygge” Navidad!

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Hoy festejamos la Nochebuena, mañana la Navidad y lo que sigue son algunos días libres para descansar de la rutina –o parte de ella- y desconectarse del mundo.

Siempre he tenido la sensación de que la semana entre Navidad y Fin de Año queda como suspendida en un espacio etéreo, poco definido, pero muy particular. Ninguna otra semana del año se siente como esta y quiero hacer un esfuerzo por pasarla a la Hygge.

Te cuento de qué se trata.

Según el Reporte Mundial de la Felicidad publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Dinamarca es uno de los países más felices del mundo. Son muchas las condiciones objetivas que explican este resultado, pero hay un elemento muy subjetivo detrás de la felicidad en este país y tiene que ver con la capacidad de los daneses para crear ratos agradables. Se llama “hygge”. Esta palabra –que no tengo idea de cómo pronunciar- no tiene traducción exacta. Más que una palabra, “hygge” es un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Es algo que se siente.

Crear momentos “hygge” es sencillo. Lo primero es generar tiempo para hacer cosas que nos hacen sentir bien a nosotros mismos y a los que nos rodean en un ambiente lindo. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate caliente en una tarde fría, planear el menú de la siguiente comida y cocinar en compañía, ver una película divertida con la familia debajo de una cobija, ver un atardecer, una carne asada con amigos aprovechando el buen clima, pintarle las uñas a tu hija y dejar que ella pinte las tuyas, ver fotos para recordar momentos, usar en la cena la vajilla que era de la abuela –recordar a los seres queridos que ya se fueron es muy “hygge”-, poner velas para darle calidez al espacio, tomar un té mientras lees un buen libro, usar ropa cómoda, decorar con flores. Tiene que ver con estar a gusto en un entorno acogedor.

Los momentos “hygge” funcionan mejor en grupos pequeños de personas y para que la comunicación y la conexión sea más fácil es recomendable que el lugar no sea muy grande. Fortalecer los lazos sociales y familiares están en el corazón de este concepto danés. Invita a un par de amigos a tu casa a pasar el rato y recontar anécdotas.

El concepto “Hygge” tiene que ver también con relajarte, disfrutar de tu casa y olvidar las preocupaciones. Para esto es fundamental habitar el momento presente e involucrar todos tus sentidos. Quitar el piloto automático. Es importante incluir elementos que hagan agradable el espacio que te rodea de manera que quieras estar ahí –velas, luces cálidas, música relajante, eliminar el ruido, buena temperatura-.

Para estos días, mi intención es tomarme las vacaciones enserio y pasar una navidad muy “hygge”. ¿Qué significa esto? Significa que no voy a hacer lecturas de trabajo, pero sí volveré a leer libros que leí cuando tenía la mitad de edad y me gustaron mucho. Voy a tirarme un clavado a la caja de cartas que guardo hace décadas -correspondencia que llegaba en sobre con timbre postal de diferentes lugares del mundo o cartas que intercambiábamos los amigos entre clase y clase-. Sospecho que entre esas líneas encontraré partes de mí que se fueron quedando en el camino.

Voy a estar presente y participaré en las actividades características de estas fechas. Quiero ser parte de los recuerdos. Como dice el Dr. Seuss “A veces conocerás el verdadero valor de un momento hasta que se convierta en recuerdo”.

Si tienes la fortuna de contar con días de descanso en estas fechas y puedes desconcertarte, te invito a hacer lo mismo. Si, por el contrario, la naturaleza de tu trabajo o tus compromisos te impiden despegarte, entonces incorpora elementos “hygge” a tu espacio o tiempo de oficina. Lleva algo de comer para compartir con tus compañeros, ten cerca de ti una foto de alguien querido, pon música agradable de fondo, dedica cinco minutos a hablar con alguien, decora con una planta.

Hoy aprovecho este espacio para darte las gracias por leer estos artículos, comentarlos y compartirlos.

¡Te deseo una muy “hygge” Navidad!

 

El estrés navideño ataca otra vez

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No deja de sorprenderme el inevitable estrés que paradójicamente sufrimos durante la temporada navideña, la supuesta época más feliz del año. Y es que hemos crecido con la idea de que en diciembre ser feliz es obligatorio.

El concepto de navidad y lo que representa -luces en las casas, muchos tipos de galletas, múltiples reuniones sociales, encuentros familiares, esperanza, comida rica y abundante- nos entusiasma. Pero como nada es gratis, al final de cuentas termina gustándonos más la teoría que la práctica.

Parte de la navidad, tristemente, se ha convertido en algo comercial. Ahora, mucho gira entorno a lo que queremos y vamos a recibir en regalos materiales, así como a la obligación de cumplir con quienes esperan recibir de nosotros. Las listas para Santa son kilométricas –lo que no piden los niños lo agregamos los papás- y los intercambios de regalos son cada vez más exagerados –el de cada salón, el de los deportes, el de amigas, el familiar-. No ponemos límite y nos atemoriza que un detalle pequeño sea mal visto. Escribir sólo una nota de agradecimiento o afecto es impensable, entonces nos endeudamos para regalar.

Curiosamente, la “mejor” época del año es la que nos genera más locura y estrés. ¿Por qué? Por gusto o miedo a no pertenecer. Pasarla “como chicharito de silbato” –diría mi papá- es enteramente opcional, pero casi siempre decidimos complicarnos la existencia. De paso le hacemos la vida más difícil a otros ya que nuestra generosidad material genera en quienes la reciben obligaciones para la siguiente navidad.

Funciona más o menos así. Hacemos una lista de personas con las que “tenemos” que quedar bien. Luego pensamos qué regalarle a quién y ubicar dónde conseguirlo. Siguen los interminables viajes a las tiendas. Ya que compramos las cosas tenemos envolverlas. Toda una logística que involucra papel súper especial –que venden sólo en cierto lugar y cuesta una fortuna-, listón o moño que debe combinar rigurosamente. Todavía no hemos terminado. Faltan las vueltas para mandar a hacer y recoger las tarjetas con el nombre familiar y diseño navideño que van en el regalo. ¿Ya hiciste la cuenta de cuánto tiempo, tráfico, dinero, gasolina y estrés llevamos hasta este momento? Y todavía no hemos hablado del pino, de los festivales, de las posadas –que requieren ida al salón para peinarte y visita al súper por los ingredientes de la ensalada que ofreciste llevar -, Santa, las galletas, la cena o comida de navidad, las postales con la foto de navidad –previa cita con fotógrafo profesional- que van por correo. ¡Ah! por cierto, todo esto además de tus obligaciones diarias. ¿Logré estresarte más de lo que ya estabas con sólo ponerte a pensar en todo lo que se te viene encima?

Pero no te desanimes… Podemos evitar mucho estrés aquí.

Empieza por adelantarte al día de navidad y visualiza el momento en que entregas el regalo. Todo el esfuerzo de la envoltura queda destruido en los pocos segundos que la persona tarda en abrir el regalo. Si tuviste suerte notó el esmero y te hizo algún comentario antes de lanzar todo a la bolsa de basura, que sin duda, tiene ya esa tía que siempre dice “échame los papeles de una vez para que no se haga mugrero”. Una buena parte de tu tiempo, energía y dinero literalmente termina en el basurero. A menos que la tía también sea de las que rescatan el papel y los listones para el próximo año.

Una de las cosas mas increíbles que tenemos es la capacidad y la libertad –aunque no lo creas- de elegir. Puedes deliberadamente tomar la decisión de simplificar y devolverle a la navidad su verdadero significado. De entrada ahórrate todo lo que tiene que ver con envolturas. Usa periódico o papel de estraza para los regalos y pídele a tus hijos que los decoren con crayones. En esos dibujos te aseguro que sí se fijarán los demás. Si te da pena o la idea te incomoda anuncia que estás siendo generosa con el planeta. Ser verde, además de ser lo correcto, está de moda.

Sé más selectivo con las invitaciones que aceptas a eventos sociales en esta fechas. Reduce la cantidad de regalos de compromiso que “tienes” que dar. Puedes tener un detalle con gente que verdaderamente lo necesita. En tu familia seguramente a nadie le hace falta un regalo más –recibirán demasiado-. Mejor concéntrate en una o dos personas que no tendrán la misma fortuna que tus amigos o familiares.

Difiere algunos regalos y detalles para febrero o marzo. Puedes mostrar cariño y afecto en otros meses del año pues esto no debería ser exclusivo de la época de navidad. Tendrás más tiempo, las tiendas y las calles estarán menos apretadas y el efecto en la felicidad será mayor por ser sorpresa. Puedes decir “feliz no navidad”.

Habla con tu familia, hagan acuerdos para ser más sencillos, pongan sobre la mesa el hecho de que a muchos les causa el mismo estrés que a ti buscar ese regalo que sientes debes regalar. En mi familia ya lo hicimos. Nos queremos más que nunca.

Christine Carter tiene un excelente plan de tres pasos para disfrutar esta época: prioriza tus conexiones sociales, agenda y bloquea tiempo anticipadamente para hacer lo que verdaderamente quieres hacer estos días y practica la gratitud. Aquí te dejo el vínculo a su artículo.

Pasa una navidad realmente feliz y con menos estrés, simplifica, anímate a decir que NO a las obligaciones auto-impuestas y pon tu atención en lo que es verdaderamente importante. Hazlo en favor de tu paz mental y la de los tuyos.

Feliz navidad sin estrés.

 

 

Cómo regalar esta Navidad y no morir en el intento (otra vez)

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La locura del fin de semana me hizo recordar este artículo que escribí hace tiempo sobre la locura de la época navideña.

No hay cómo esconderse de las omnipresentes invitaciones a gastar y del sentido de urgencia, de “ahora o nunca”, que transmiten los incansables bombardeos publicitarios y que terminan por traducirse en ansiedad.

Vuelvo a leer y nada ha cambiado.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

¿Cómo explicar la incapacidad del ingreso adicional para generar más felicidad? Las comparaciones sociales, la trampa del estatus y la costumbre son sospechosos comunes.

Las comparaciones sociales son tóxicas. Cuando nuestros amigos manejan un carro promedio, podemos sentirnos a gusto con el nuestro… hasta que lo cambian por uno más lujoso. Nuestros deseos están altamente influenciados por los miembros de nuestro círculo social (familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos) y virtual (YouTubers, Influencers, etc.) Vivimos en contextos sociales determinados y constantemente nos comparamos. Y en esta comparación no es importante la cantidad absoluta de dinero, sino la cantidad relativa. Tendemos a ser más felices cuando sentimos que nuestra posición es relativamente mejor que la de los demás. Pero ojo aquí. No importa qué tan buena seas, qué tan bonita tengas tu casa, qué tan importante seas en el trabajo, que tan guapo estés o qué tan a la moda te vistas… siempre habrá alguien un puntito mejor. No hay como ganar esta. Haz un esfuerzo por no caer en el juego de las comparaciones sociales y practica la gratitud con respecto a lo que tienes. Recuerda esto sobretodo en enero que es cuando veremos todo lo que Santa le trajo a los demás.

Con frecuencia gastamos dinero en bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (botas UGG, carros de lujo, iPhone 11, etc.). Una bolsa Louis Vuitton guarda artículos personales tan bien como una bolsa común y corriente, pero la primera además confiere estatus a quien la usa. Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –que pagamos a 24 meses sin interés-. Cuando gastamos en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de la gente se empareja el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional. Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

La costumbre también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en objetos a los que nos habituamos rápidamente (zapatos, ropa de marca, joyas, casas, etc.). Éstos nos dan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. Nos acostumbramos. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses.

Entonces, ¿Cómo podemos gastar nuestro dinero esta navidad y siempre de manera que produzca una mayor y más duradera felicidad?

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un viaje, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Cuando la gente evalúa sus compras valora más las experiencias. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala un paseo, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un tiempo mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?

Existe una manera para comprar más felicidad y es gastando el dinero adicional en otros. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás, por ejemplo, donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en situaciones difíciles.

Finalmente, si tienes dinero extra paga deudas. La ciencia y, el sentido común, dicen que nos sentimos más tranquilos cuando no tenemos compromisos económicos pendientes.

Recuerda evitar las comparaciones sociales y caer en la trampa del estatus, deja de gastar dinero en cosas materiales a las que te acostumbras rápidamente y más bien gástalo en experiencias o inviértelo en los demás. Siguiendo estas recomendaciones podrás regalar a los demás y a ti mismo una felicidad de efecto más prologando esta navidad y no morir en el intento… Otra vez.

 

¿Dónde ha dejado tu corazón sus mejores latidos?

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Confieso que las palabras bonitas que están en el título no son resultado de mi inspiración. Yo sólo convertí en pregunta una frase linda que me encontré.

Estuve en arresto domiciliario por dictamen de una influenza “Tipo B”. Quizá resulta raro lo que voy a escribir, pero la pausa obligatoria que recibí como regalo de cumpleaños fue buena. La verdad es que el virus que pesqué fue extremadamente gentil. Únicamente bajó mi energía, me hizo “potencialmente contagiosa para la gente” y me robó la voz, así que tuve que estar quieta y en silencio conmigo misma.

El tiempo me alcanzó para mucho.

Leí un par de libros, armé una colección de frases trovadoras, pasé ratos viendo fotos, visité recuerdos y conecté pensamientos que andaban sueltos en mi cabeza para formar ideas.

El escrito de hoy es resultado de uno de esos ensambles… Una mezcla de acción poética con el tema de propósito de vida y un juego infantil.

La frase “El corazón nunca olvida donde dejó sus mejores latidos” -no sé de quién es- me pareció una excelente herramienta para identificar dónde está nuestra estrella polar o reencontrarla cuando la perdemos de vista.

No todas las personas sabemos con claridad cuál es nuestro propósito de vida o dejamos de reconocerlo por varias razones; pero éste, siempre está conectado con lo que nos mueve desde lo profundo, siempre está conectado con el corazón.

Convertí la frase en una pregunta… ¿Dónde ha dejado mi corazón sus mejores latidos? y resultó ser poderosa. Te invito a sentarte un rato con ella. Literalmente a sentarte, pues tiene la capacidad de sacudirte.

Pensando en eso me acordé de aquel juego infantil “Caliente-Frío”. Quizá lo recuerdas. Alguien escondía algo y para ayudarte a encontrarlo te daba pistas utilizando la temperatura… “Congelado” -si te alejabas mucho del lugar-, “Frío” -cuando corregías la dirección-, “Tibio” -conforme te acercabas-, “Caliente”“Calientísimo” “¡Hirviendo!” -ante el inminente hallazgo-.

Recuerdo vívidamente que era emocionante acercarte a la meta, el corazón marchaba más aprisa, ir en la dirección correcta se sentía muy bien. Por el contrario, alejarte y perder el rumbo tenía un efecto bajoneador. ¿Te acuerdas?

Me parece que nuestro corazón constantemente juega a “Caliente-Frío”. Si no me crees, échate un clavado a tu baúl de recuerdos, abre tu caja de tesoros, visita tus álbumes de fotos. Cada imagen, cada objeto, cada recuerdo le imprime una temperatura diferente a tu corazón. Hay memorias que lo envuelven en hielo, otras que lo incendian, hay muchas tibias.

Somos nosotros los que dejamos de jugar.

¿Por qué dejamos de escuchar a nuestro corazón? Peor tantito… ¿Por qué lo ignoramos?, ¿Por qué lo sometemos?, ¿Por qué caminamos voluntariamente en dirección al “iceberg” sabiendo que ahí no está lo que buscamos?, ¿Por qué nos resignamos a tener vidas “tibias”?, ¿No sería mejor vivir nuestra vida siguiendo esas pistas que dicen: “caliente”, “hirviendo”?

Dice otra frase que encontré: “El corazón siempre sabe a quién pertenece”. Estoy de acuerdo y agregaría… “también sabe a qué y en dónde pertenece”.

Somos de quién nos mueve, de lo que nos interesa y apasiona, de lo que da sentido a nuestras vidas, de los pasatiempos que nos nutren el alma… Somos de esos lugares donde nuestro corazón ha dejado sus mejores latidos.

“La vida es como una caja de chocolates…

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Nunca sabes lo que te va a tocar”, dijo Forrest Gump.

Me tocó influenza.

En el día de mi cumpleaños.

Andaba sintiéndome rara desde hace un par de semanas, pero decidí seguir de frente con el mismo ritmo acelerado que me gusta y volándome todas las luces amarillas intermitentes de los semáforos que me topé en el camino.

El plan original para celebrar esta vuelta al sol incluía despertar directo a leer mensajes bonitos de felicitación, desayunar Tamales Gourmet en casa con un grupo de amigas cuya especialidad es el sentido del humor -negro-, pasar la tarde con mis hijas y rematar la noche con cena entre amigos -y cerveza-.

El día empezó con un mensaje del doctor que decía: “La prueba de influenza salió positiva” -el estudio me lo hicieron desde anoche, pero me fui a dormir sin saber el resultado-. Entre las indicaciones médicas venía la nota… “Eres potencialmente contagiosa, ten distancia prudente con la gente”.

WHAT?

Así que aquí estoy… Con influenza tipo B -en caso de que tuvieran curiosidad-, con planes cancelados, envuelta en una cobija, aguantando el gélido día gris -lo mío es el sol colgado de un cielo azul y temperatura mínima de 25 grados-, preguntándome cómo es que el día salió exactamente al revés.

No tenía pensando escribir esta semana, pero ya que estoy en arresto domiciliario y manteniendo distancia prudente con el resto de la humanidad, decidí darles vuelta a unas cuantas ideas en la cabeza -que afortunadamente no me duele y tampoco me da vueltas-.

Más que en fin de año, a mi me gusta reflexionar y hacerme propósitos nuevos el día de mi cumpleaños. Quiero pensar que con el paso del tiempo me acerco un poco más a la persona que quiero ser y a mi mejor versión.

El trayecto de los 43 a los 44 ha sido parecido a una montaña rusa no apta para cardiacos. Ha estado lleno de momentos lindos, inolvidables, inspiradores, sueños alcanzados y logros importantes. También ha venido cargado de situaciones difíciles, tristes y demoledoras. Lo que quiero decir es que ha sido un año de contrastes. Está bien, este tipo de ciclos son los que nos obligan a salir de la zona de seguridad y hacen “NO NEGOCIABLES” el aprendizaje y la evolución personal. Ya tengo trazadas las metas de la ruta hacia los 45 y eso me emociona.

Me dijo una amiga hace un rato… “Pensemos que la vida te regala una pausa”. Sin duda. Cuando mis libros empiezan a apilarse y comienzo a coleccionar cadenas de días sin leer, es que la cosa anda mal. Quiere decir que no me he detenido a descansar, a crear tiempo para mí, que no he hecho pausas para reconectar y sentir. Justo ayer me escuché diciendo en voz alta… “sólo quiero leer”. ¡Concedido!

Dicen que el universo primero te susurra el mensaje al oído y, si no lo atiendes, entonces te grita… o te contagia de influenza. Ya entendí. La luz amarilla intermitente significa: parar.

Ahora me toca sacar la caja de herramientas para tratar de pasar el mejor cumpleaños posible ante la presencia de este imprevisto. Esta herramienta de Psicología Positiva la aprendí de mi querida maestra Maria Sirois. Ante la adversidad, en lugar de preguntarnos “¿Por qué a mí?; es mejor preguntarnos: ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?

Así que tomé café, me comí los Tamales Gourmet y los buñuelos en forma de calabaza -sí, bien llenos de azúcar-. Lo único que cambió en el menú del desayuno fue el Tamiflú que llegó de colado. Estoy escribiendo para publicar mi artículo de la semana -siempre me anima-, tengo un par de libros a la mano -justo lo que deseaba- y a Maggie junto a mí -la cuadrúpeda cariñosa, friolenta como yo y que puede acompañarme cerquita sin riesgo de contagio-.

Hoy en particular me alegran las redes sociales que me permiten estar conectada con el mundo a la “prudente distancia” que recetó el doctor. Me hacen grande el corazón todos los mensajes de felicitación y muestras de cariño que están llegando. En especial, me hizo reír este que decía: “No sé si sea apropiado poner la frase “muchos días como hoy””. No, esa no, please.

Me siento agradecida con todos los que hoy me acompañan desde la distancia lejana, desde la prudente, desde el más allá y desde el silencio.

La vida es como una caja de chocolates y hoy me tocó hacer pausa.