“La vida es como una caja de chocolates…

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Nunca sabes lo que te va a tocar”, dijo Forrest Gump.

Me tocó influenza.

En el día de mi cumpleaños.

Andaba sintiéndome rara desde hace un par de semanas, pero decidí seguir de frente con el mismo ritmo acelerado que me gusta y volándome todas las luces amarillas intermitentes de los semáforos que me topé en el camino.

El plan original para celebrar esta vuelta al sol incluía despertar directo a leer mensajes bonitos de felicitación, desayunar Tamales Gourmet en casa con un grupo de amigas cuya especialidad es el sentido del humor -negro-, pasar la tarde con mis hijas y rematar la noche con cena entre amigos -y cerveza-.

El día empezó con un mensaje del doctor que decía: “La prueba de influenza salió positiva” -el estudio me lo hicieron desde anoche, pero me fui a dormir sin saber el resultado-. Entre las indicaciones médicas venía la nota… “Eres potencialmente contagiosa, ten distancia prudente con la gente”.

WHAT?

Así que aquí estoy… Con influenza tipo B -en caso de que tuvieran curiosidad-, con planes cancelados, envuelta en una cobija, aguantando el gélido día gris -lo mío es el sol colgado de un cielo azul y temperatura mínima de 25 grados-, preguntándome cómo es que el día salió exactamente al revés.

No tenía pensando escribir esta semana, pero ya que estoy en arresto domiciliario y manteniendo distancia prudente con el resto de la humanidad, decidí darles vuelta a unas cuantas ideas en la cabeza -que afortunadamente no me duele y tampoco me da vueltas-.

Más que en fin de año, a mi me gusta reflexionar y hacerme propósitos nuevos el día de mi cumpleaños. Quiero pensar que con el paso del tiempo me acerco un poco más a la persona que quiero ser y a mi mejor versión.

El trayecto de los 43 a los 44 ha sido parecido a una montaña rusa no apta para cardiacos. Ha estado lleno de momentos lindos, inolvidables, inspiradores, sueños alcanzados y logros importantes. También ha venido cargado de situaciones difíciles, tristes y demoledoras. Lo que quiero decir es que ha sido un año de contrastes. Está bien, este tipo de ciclos son los que nos obligan a salir de la zona de seguridad y hacen “NO NEGOCIABLES” el aprendizaje y la evolución personal. Ya tengo trazadas las metas de la ruta hacia los 45 y eso me emociona.

Me dijo una amiga hace un rato… “Pensemos que la vida te regala una pausa”. Sin duda. Cuando mis libros empiezan a apilarse y comienzo a coleccionar cadenas de días sin leer, es que la cosa anda mal. Quiere decir que no me he detenido a descansar, a crear tiempo para mí, que no he hecho pausas para reconectar y sentir. Justo ayer me escuché diciendo en voz alta… “sólo quiero leer”. ¡Concedido!

Dicen que el universo primero te susurra el mensaje al oído y, si no lo atiendes, entonces te grita… o te contagia de influenza. Ya entendí. La luz amarilla intermitente significa: parar.

Ahora me toca sacar la caja de herramientas para tratar de pasar el mejor cumpleaños posible ante la presencia de este imprevisto. Esta herramienta de Psicología Positiva la aprendí de mi querida maestra Maria Sirois. Ante la adversidad, en lugar de preguntarnos “¿Por qué a mí?; es mejor preguntarnos: ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?

Así que tomé café, me comí los Tamales Gourmet y los buñuelos en forma de calabaza -sí, bien llenos de azúcar-. Lo único que cambió en el menú del desayuno fue el Tamiflú que llegó de colado. Estoy escribiendo para publicar mi artículo de la semana -siempre me anima-, tengo un par de libros a la mano -justo lo que deseaba- y a Maggie junto a mí -la cuadrúpeda cariñosa, friolenta como yo y que puede acompañarme cerquita sin riesgo de contagio-.

Hoy en particular me alegran las redes sociales que me permiten estar conectada con el mundo a la “prudente distancia” que recetó el doctor. Me hacen grande el corazón todos los mensajes de felicitación y muestras de cariño que están llegando. En especial, me hizo reír este que decía: “No sé si sea apropiado poner la frase “muchos días como hoy””. No, esa no, please.

Me siento agradecida con todos los que hoy me acompañan desde la distancia lejana, desde la prudente, desde el más allá y desde el silencio.

La vida es como una caja de chocolates y hoy me tocó hacer pausa.

Mis Muertos

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Estoy frente a mis muertos. Los miro desde el suelo sentada cruzada de piernas y ellos me miran de regreso desde sus retratos, que hace algunos días ocupan el piano de la casa en el altar que hicimos para honrarlos.

Este año decidí celebrar el Día de los Muertos a la mexicana. Sí… confieso que estas ganas de retomar las tradiciones de mi país y esta inquietud por recordar a mi gente se las debo a la película “Coco”.

Busqué a mis familiares difuntos en los álbumes fotográficos que tengo en casa, esos de cuando todavía imprimíamos las fotos, las acomodábamos en hojas adhesivas y las atrapábamos debajo de una lámina transparente para la posteridad.

Ahí me los encontré. En el mismo lugar donde los dejé hace años, envueltos en ese marco amarillento que les dibuja el paso del tiempo. Me sentí apenada conmigo misma y con todos ellos por no tenerlos a la vista, por no hablar de ellos, por dejarlos deslizarse poco a poco en el olvido.

Para no destruir los ya muy frágiles álbumes le tomé fotos a las fotos, las imprimí y las puse en portarretratos. Conseguí papel picado de colores, veladoras, pan de muerto, calaveritas de azúcar y flor de Cempasúchil. Lo más básico pues aún tengo mucho que aprender sobre cómo hacer una ofrenda, así como los elementos y símbolos que tiene que tener.

Han pasado cosas lindas desde el día que hicimos el altar.

La primera es que nos divertimos mucho haciéndolo y aprovechamos el rato para conocer y hablar de cada uno de los integrantes de la familia… “Ella es su tatarabuela, o sea, mi bisabuela, la abuela de tu abuela, la mamá de mi abuela”, “Ella es la hermana de mi abuelo, viajera empedernida, una de mis personas favoritas”, “Esta es su tía, mi hermana mayor, no la conocí porque se fue antes de que yo llegara”, “Él es su bisabuelo, todos dicen que era un santo”.

Y así nos fuimos. Aprendiendo nombres, acomodando en parejas -asumiendo que así querían seguir-, contando historias. Sugerí poner un par de cajetillas de cigarros para los fumadores en cadena del grupo, pero mis hijas dictaminaron que de ninguna manera… “fumar es malo, les hace daño”. También pusimos a nuestras queridas mascotas.

Cuando terminamos encendimos las velas y nos sentamos a mirar en silencio. Cada una de nosotras con sus pensamientos, cada una con sus preguntas, cada una capturando la escena con la cámara del celular -y para el Instagram, por supuesto-. El ambiente era ligero. Hace mucho que no los tenía tan presentes y verme entre ellos me llenó de paz.

La segunda es que han regresado un montón de recuerdos. Es increíble la cantidad de memorias que evocan las fotografías. Veo la foto de mi abuela materna sonriendo de perfil con el sol encima, sentada en una banca del único centro comercial que había y vuelvo a preguntarme… ¿Por qué sería que le gustaba manejar descalza?, me acuerdo de las tardes que pasamos jugando “Adivina Quién”, de las historias de espantos en su casa y de su siempre presente cigarro. De ella saqué el amor por los perros. Luego miro a mi abuela paterna y puedo saborearme sus frijoles refritos con queso. Ella era de antojos, entonces, cuando estaba de visita en su casa caminábamos algunas cuadras para llegar al carrito de los “jodos” -hot dogs-, luego al de los buñuelos y el chocolate caliente. ¿Cuál era su especialidad? Consentir nietos, son inolvidables las noches en que nos ponía una toalla en la espalda y nos planchaba… Sí, es literal, sacaba la plancha de la ropa, ajustaba la temperatura y nos quitaba las arrugas. A mi hermana mayor no la conocí, pero la veo sonriendo en su sillita de bebé y no puedo evitar imaginarme cómo hubiera sido crecer con ella. Su ausencia ha estado siempre presente.

Cada vez que paso frente al piano me detengo un instante. Los recuerdos llegan en forma de sabores, tonos de risa, olores, sonidos, lugares, cuentos, canciones, imágenes, chistes, anécdotas, sensaciones. Están presentes ahora y se siente bien.

La tercera es que regresó a mi mente la voz de mi querida amiga Lucy, escritora, cuando dijo en una de nuestras clases que tristemente no siempre conocemos a las mujeres de nuestra familia, ni a esos personajes que cuelgan de las ramas de nuestro mismo árbol genealógico.

Y es verdad…

Si traigo a mi mente a mis abuelas, por ejemplo, puedo recordar a qué sabía la comida que preparaban, escuchar su risa, el tono de su voz, casi puedo percibir el olor de su ropa. Me acuerdo de sus cosas, de lo que hacíamos juntas, de sus costumbres. Pero no sé qué les quitaba el sueño por las noches o que soñaban cuando era de día e imaginaban la vida que querían. Siempre vi a mis abuelas como abuelas y haciendo lo que hacen las abuelas; sin embargo, nunca conocí a las mujeres que estaban detrás.

Así que a ratos me siento, veo el retrato de alguna de las personas que hoy están en el altar y me lleno de preguntas… ¿Qué le daba miedo?, ¿Estaba realmente enamorado de su esposa?, ¿Qué sueños se le quedaron en el tintero?, ¿Qué le inspiraba?, ¿Guardaba algún secreto?, ¿Le gustaba su trabajo?, ¿Por qué no estudió y qué consecuencias tuvo eso en sus emociones?, ¿Por qué se quedó?, ¿Era feliz?, ¿Qué pensaba verdaderamente de la situación en el país?, ¿Dónde estaba su lugar favorito?, ¿lloraba a solas?, ¿Se casó con el amor de su vida?, ¿De qué se sentía muy orgullosa?…

¡Qué irónico esto de conocer tan poco las verdaderas vidas de nuestras personas más cercanas!

Y me imagino todas las conversaciones que hoy me gustaría tener si tuviera la oportunidad de hacerlo. No se puede. Imposible volver en el tiempo.

Lo que sí podemos hacer los que estamos vivos es dejarnos ver por nuestros hijos, por nuestros nietos. Que conozcan a la mujer o al hombre que hay detrás de esa figura a la que llaman “mamá”, “papá”, “abuelo” o “abuela”. Para que cuando estemos adentro de un retrato encima de un piano puedan decir que nos conocieron, que verdaderamente nos conocieron.

Dicen que recordar es volver a vivir y recordar a mis muertos en esta época del año es volver a vivir con un pedacito de ellos.

¡Feliz Día de los Muertos!

 

Escribamos Juntas (contra el cáncer de mama)

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El artículo de esta semana viene en tono rosa y está dedicado a la Fundación El Mundo Escribe A.C., a mis compañeras consejeras, a las talleristas, a los voluntarios y, sobre todo, a las mujeres que forman parte del programa Escribamos Juntas.

Hace unos dos años recibí una invitación para formar parte del inspirador equipo de la Fundación el Mundo Escribe A.C., una asociación que promueve la escritura como herramienta de vida, para que las personas desarrollen su potencial creativo en beneficio propio y de los demás.

Uno de sus más valiosos y hermosos programas se llama Escribamos Juntas. Esta iniciativa está dirigida a mujeres con padecimiento de cáncer de mama en cualquier etapa de la enfermedad y tiene como objetivo facilitar que las participantes encuentren en la escritura una estrategia de autoconocimiento, manejo de emociones y crecimiento personal.

Escribamos Juntas es un taller organizado en 4 módulos que constan de 4 sesiones de 2 horas con una frecuencia semanal. Existen ocho diferentes sedes en la Zona Metropolitana de Monterrey, donde grupos de mujeres que han sido directamente tocadas por el cáncer de mama se reúnen a escribir.

Pero resulta que no sólo escriben.

La labor que hacen las talleristas y las participantes es imposible de calcular con cifras. No hay número que alcance para medir la manera en que se conectan los corazones de quienes integran un grupo.

Escribamos Juntas provee un espacio donde todas las emociones son bienvenidas y atendidas con cariño y compasión. En la privacidad de la hoja en blanco, cada mujer tiene la oportunidad de expresar sus temores, anhelos, pruebas superadas, reclamos, preguntas, recuerdos, pensamientos. Se desarrolla entre ellas un sentido de camaradería y confianza pues ahí todas hablan la misma lengua. Juntas y acompañadas se dan permiso de poner en voz alta todo lo que se guardan en casa para proteger a su familia del dolor. Porque sí, al mismo tiempo que ellas libran su batalla en silencio, cuidan de los suyos mostrándose fuertes, cumplen con sus deberes y brindan consuelo.

Escribamos Juntas es un espacio que permite a cada mujer abandonar por un rato el mundo de la enfermedad, de los hospitales y los doctores para entrar en el paraíso de las letras, de sus letras. Acomodan prioridades, reconocen lo verdaderamente importante, comparten sus testimonios y sabiduría.

Les comparto dos bellísimos ejemplos…

“Un refugio de paz… un abrazo de complicidad… un espacio de verdadera empatía… una pausa al remolino de las emociones… un espejo sin juicio… un apapacho de hermandad…” -Paty G.

“Sanar las heridas del alma, compartiendo los escritos, reconocer que soy más fuerte, que dejé de llorar tan fácilmente, que la empatía con el grupo nace del corazón y te fortalece en el tiempo que falta por vivir en este camino de espinas. Compartir los avances y logros es maravilloso por hablar el mismo idioma. Definitivamente agradezco de corazón el llegar al grupo en el momento en que me tocó. Escribir ha sido la terapia más sanadora en esta batalla contra el cáncer” -Milagros V.

Se convierten en amigas, escritoras y autoras de su propia vida. En mayo de 2019 la Fundación El Mundo Escribe A.C. recopiló, editó y publicó el libro “Escribamos Juntas” con los textos de 60 mujeres, que luego asistieron a la presentación, autografiaron y dedicaron el libro a sus familiares y amigos. Fue una noche especial y transformadora para todos los que estuvimos ahí.

Hoy aprovecho para agradecer a la Fundación El Mundo Escribe la oportunidad que me da de formar parte de este proyecto. Ha sido muy enriquecedor e inspirador para mí.

Aprovecho también para invitarte, a ti lector, a conocer más de este proyecto. Mi deseo es que no lo necesites, pero quiero decirte que Escribamos Juntas es un recurso valioso para hacerle frente al cáncer de mama. Si conoces a alguien que haya pasado por esta enfermedad o actualmente esté librando esta batalla acércala a la Fundación El Mundo Escribe.

Te dejo su contacto…

contacto@elmundoescribe.org

P.D. Agenda tu revisión anual o invita a las mujeres en tu vida a que lo hagan. La prevención y la detección temprana hacen la diferencia.

Es un tema de confianza

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Estoy con un pie adentro de ese territorio pantanoso y movedizo de niñas adolescentes que empiezan a salir de noche, que regularmente organizan planes mixtos, tienen permiso provisional para manejar, acceso ilimitado al mundo a través de su celular y que cada día tienen un poco más independencia y libertad.

Y me toca dar un paso hacia atrás, para que ellas den varios hacia adelante.

Y me asusta.

La conversación en casa siempre ha marchado en esta dirección: “Irás ganando permisos, movilidad y libertad en la medida en que demuestres que eres una persona responsable y confiable”.

¿Cómo puedo hacer eso? Preguntó una… “Estando donde dices que vas a estar, con quien dices que vas a estar, avisando si cambias de lugar, regresando a la hora convenida y tomando decisiones responsables”.

Pero me quedo pensando que el tema queda muy abierto todavía… ¿Qué significa ser una persona confiable?, ¿Qué es la confianza?, ¿Soy una persona confiable?

Me parece que todos deseamos ser confiables y además pensamos que lo somos, aunque al mismo tiempo e irónicamente, creemos que los demás no son de fiar.

Y pensando en eso encontré el tema para la publicación de esta semana.

Busqué la radiografía de la confianza de Brené Brown, mi investigadora y autora favorita, en su libro “Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts”.

Siempre encuentro cosas valiosas en sus letras.

La confianza es la suma de pequeños momentos en el tiempo, no es algo que puede convocarse con el comando “confía en mi”, programarse o exigirse; no nos ganamos la confianza de alguien pidiéndola, sino cuidando de los detalles cotidianos.

Es un proceso que se da entre dos individuos o un equipo de trabajo y se construye en el tiempo. Es un pegamento que mantiene unidas a las personas; sin ella, no hay conexión.

Cuando la confianza se quiebra nos quedamos sin palabras, con mucho dolor y en modo silencio defensivo.

También podemos perder la confianza en nosotros mismos después de un fracaso o caída… “No puedo confiar en mi propio juicio”, “No estoy segura de poder controlarme”.

Brené arranca con la definición de confianza del autor Charles Feltman que dice: “confianza es elegir arriesgarme a someter algo que valoro a las acciones de alguien más”. Por otro lado, “desconfiar es creer que lo que es importante para mí, no está seguro contigo o en esta situación”.

Hablar de confianza en estos términos tan generales es muy difícil, y las personas recibimos cualquier comentario que cuestione nuestro nivel de confiabilidad con el mismo gusto que una invitación a beber ácido muriático.

Una mejor idea para abordar el tema de la confianza consiste en conocer sus partes para identificar cuál está tambaleándose o rota. En este sentido, es mucho más efectivo resaltar comportamientos específicos en cada uno de estos componentes para lograr un cambio.

De acuerdo con Brené Brown, la radiografía de la confianza muestra siete elementos -y la voy a traducir tal cual-.

Límites. Respetas mis límites y cuando no estás seguro de qué está bien y qué está mal, preguntas. Estás dispuesto a decir “NO”.

Fiabilidad. Haces lo que dices que vas a hacer. En el trabajo, esto significa estar consciente de tus capacidades y limitaciones para evitar hacer promesas que no puedes cumplir y seas capaz de sacar adelante tus compromisos. Somos fiables cuando nuestras palabras son congruentes con nuestras acciones.

Responsabilidad. Te adueñas de tus errores, ofreces disculpas, reparas los daños.

Bóveda. No compartes información o experiencias que no te corresponde a ti compartir. Necesito saber que guardas mis confidencias, y también, que no compartes conmigo información de otras personas que es confidencial.

Integridad. Eliges la valentía y el coraje por encima de la comodidad. Eliges lo que es correcto por encima de lo que es divertido o fácil. Eliges practicar tus valores en lugar de sólo profesarlos.

No emitir juicios. Puedo pedir lo que necesito y puedes pedir lo que necesitas. Podemos hablar de nuestros sentimientos sin percibir que somos juzgados. Podemos pedirnos mutuamente ayuda sin juicios.

Generosidad. Ofreces la interpretación más generosa posible acerca de mis intenciones, palabras y acciones. Asumes intenciones positivas.

Cuando la confianza se resquebraja necesitamos identificar exactamente donde está la fractura. Entre más específicos seamos, más eficientemente podremos trabajar en reconstruirla.

Con esta guía podemos abordar conversaciones alrededor del tema de la confianza con nuestros equipos de trabajo, amigos, pareja, hijos señalado exactamente el comportamiento que está contribuyendo negativamente a deteriorarla.

Cuando entramos a profundidad a analizar la radiografía de la confianza es más fácil caer en la cuenta de que no necesariamente somos tan confiables como pensamos.

Me quedo reflexionando sobre el concepto de confianza y sobre cómo aterrizarlo en mi propia pista y en la de mis hijas.

 

 

Habla menos y pregunta más

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Hace unos días me tocó hacer una escala en el aeropuerto de Dallas después de un vuelo nocturno de casi once horas. Me había pasado casi toda la noche en vela -no domino el arte de dormir sentada y mucho menos en un avión-. Lo único que me hacía ilusión a las 5:30 am era tomarme un café y comprar un buen libro para las tres horas de espera y el siguiente tramo por las nubes.

Según mis recuerdos había una tienda de libros en la terminal D, pero la recorrí toda y no la encontré por ningún lado. Una de tres… Mis recuerdos estaban perdidos, la librería estaba en otra terminal o algún día estuvo y ya no estaba. De mala gana decidí entrar en la tienda The Wall Street Journal para comprar agua, matar el tiempo hojeando revistas y ver si tenía suerte encontrando la típica novela de aeropuerto.

En eso andaba cuando en el último anaquel del único librero que tenían, alcancé a ver un libro casi del azul turquesa que me gusta. Solamente se le veía una esquina, pero como casi tenía el tono indicado me agaché para sacarlo. El libro se llama “The Coaching Habit: Say Less, Ask More and Change the Way You Lead Forever” de Michael Bungay. Justo venía de facilitar un taller de liderazgo, así que lo compré.

Y me lo devoré prácticamente en una sentada. Yo siempre he dicho que, a veces, los libros nos escogen a nosotros. Me gustó mucho, pero sobretodo, me pareció muy útil, sin desperdicio. Te cuento un poco de qué se trata con la idea de que te animes a leerlo.

La idea principal del libro es facilitar el crecimiento de las personas, apoyándolas a alcanzar su máximo potencial haciéndoles más preguntas y diciéndoles menos qué hacer.

Aunque el libro está orientado al mundo del trabajo, también podemos utilizar las herramientas en casa.

Michael Bungay explica que a través de siete preguntas esenciales es posible crear un nuevo hábito de “coaching” y romper con tres vicios comunes: codependencia, abrumación y desconexión.

Van las siete preguntas…

¿Qué estás pensando? o ¿Qué tienes en mente? Es la pregunta para abrir una charla que rápidamente nos lleva a la conversación real. Es abierta, va directo al grano e invita a las personas a compartir lo que es más importante para ellas. “Mamá, ¿Qué me conviene más… hacer plan con mis amigas o quedarme en la casa con mis primos que están de visita?” , “No sé que carrera elegir si Economía o Psicología” Entonces, en lugar de dar nuestra opinión inmediatamente podemos intentar… “¿Qué estás pensando?”

¿Y qué más? Es la pregunta subsecuente. Tiene propiedades mágicas dado que, aparentemente sin esfuerzo, crea más sabiduría, más reflexión, más autoconocimiento. Cuando preguntamos ¿Y qué más? obtenemos mejores opciones. Mejores opciones llevan a mejores decisiones. Mejores decisiones llevan a más éxito.

¿Cuál es el verdadero reto para ti en esto? Esta pregunta nos ayuda a detener el impulso de movernos rápido a la acción y pasar más tiempo resolviendo el verdadero problema, en vez del primer problema. Con el “para ti” la pregunta aterriza en la persona con quien hablamos, la motiva a identificar su batalla y aquello que necesita resolver. “Mamá ya no soporto al maestro de literatura porque no explica bien, nos quita el teléfono, habla muy bajito, le huele fatal la boca, nos deja salir tarde del salón, tengo que correr al siguiente y además deja tarea como si su materia fuera la única que tenemos, etc., etc., etc.,” ¡WOW! Y nosotros respondemos… “De todo esto que me cuentas… ¿Cuál es el verdadero reto para ti?” Y así ya no tenemos que adivinar, ni salir corriendo a comprar un cepillo y una pasta de dientes.

¿Qué quieres tú? No siempre sabemos con claridad qué queremos y, si lo sabemos, no siempre nos atrevemos a pedirlo. Esta pregunta crea la oportunidad para que las personas definan y manifiesten qué quieren o qué necesitan. Tu hermana llega a contarte con cara de angustia… “Mi esposo está planeando un viaje para nuestro aniversario que incluye tirarnos del paracaídas, está súper emocionado”. No la ves muy convencida, así que preguntas: “¿Qué quieres tú?”

¿Cómo puedo ayudarte? Tiene dos ventajas. La primera es que forzamos a la persona a hacer una petición directa y precisa de utilidad para ella; la segunda, que evita que pensemos que sabemos qué necesita y brinquemos a la acción. ¿Te ha pasado que te enfureces cuando empiezas a contarle algo a tu pareja y te llena de soluciones?… ¡No quiero que me soluciones el problema, sólo quiero que me escuches!  Preguntar ¿Cómo puedo ayudarte? puede ser mejor opción.

¿Si estás diciendo que sí a esto, a qué estás diciendo que no? Un “sí” no sirve de nada sin un “no” que ponga límites y dé forma. Tendemos a llenarnos de compromisos y aceptar responsabilidades que no necesariamente queremos. Decimos que “sí” pensando que podemos con todo o por complacer a los demás y terminamos abrumados o haciendo las cosas a medias. Si tu hija adolescente llega a contarte que quiere tomar una clase más y tu ves que solamente tiene libre de 2:00 a 3:00 de la mañana, podrías preguntarle: “¿Si dices que sí a esta clase, cuál vas a dejar?”

¿Qué fue lo más útil o valioso para ti? Nuestra labor principal como líderes o guías es ayudar a crear para los demás momentos de aprendizaje. Esta pregunta puede ser utilizada para finalizar una conversación o reunión. Asume que la charla fue útil y genera la oportunidad para descubrir qué fue lo más importante.

Debo confesar que después de leer este libro estoy mucho más consciente del hábito que tengo de brincar a responder preguntas y solucionar problemas, especialmente con mis hijas.

Pienso en todas las veces que les digo qué hacer o respondo a sus dudas sin darles la oportunidad de hacerlo por sí mismas. Creo que muchas veces lo hago por flojera o porque ando de prisa. Sin embargo, ahora que lo pienso, brincar a solucionar su corto plazo, podría comprometer el desarrollo de sus habilidades para el largo plazo.

Me quedo convencida de que vale la pena preguntar más y hablar menos.

PD. Luego de comprar el libro revisé por número 17 mi puerta de embarque y caí en la cuenta de que estaba en la terminal equivocada. Me gusta pensar que me equivoqué de terminal sólo para encontrar este libro antes de salir.

Herramientas para desarrollar la autorregulación

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“Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En este espacio está nuestro poder para elegir una respuesta y de esta respuesta depende nuestro crecimiento y libertar” -Viktor Frankl

Desde mi punto de vista, en esa frase Viktor Frankl, autor del libro “El hombre en busca de sentido”, ilustra perfectamente bien el concepto de autorregulación, uno de los componentes clave de la inteligencia emocional.

Logramos hacer esa pausa mágica entre estímulo y reacción cuando tenemos bien entrenada la habilidad de auto administrarnos. Y es que durante esa pausa podemos cambiar el rumbo de nuestra mañana, nuestro día o nuestra vida entera.

La autorregulación es la habilidad para modular exitosamente nuestras propias emociones, pensamientos y comportamientos en diferentes situaciones. Va más allá de respirar profundo y mantener el control cuando nos invaden emociones intensas, va más allá de poner un tapón cuando estamos a punto de explotar.

Se construye a partir del autoconocimiento, pues para regular y utilizar nuestras emociones, primero tenemos que estar conscientes de ellas y conocerlas. Sólo cuando estamos conscientes de su vaivén podemos canalizarlas en la dirección correcta.

Incluye manejar el estrés efectivamente, controlar impulsos, la capacidad para motivarnos y calmarnos a nosotros mismos, establecer metas personales, académicas, laborales y trabajar para alcanzarlas.

En la publicación anterior hablamos con detalle del concepto de autorregulación y quedó pendiente compartir algunas estrategias para desarrollar esta competencia emocional.

Aquí van.

Cuida tu rutina de sueño. La paciencia, la tolerancia y la autorregulación son lo primero que sale volando por la ventana cuando estamos crónicamente cansados. Cuando no hemos dormido suficiente aparecen los “qué más da”, los “me vale” y los “ya para qué”. El descanso es amigo de la autorregulación. Hay que hacer todo lo posible por dormir suficiente y tener un sueño de buena calidad. Desconéctate de los electrónicos una hora antes de dormir, pide a tus hijos que dejen sus teléfonos celulares fuera de sus recámaras, utiliza tu cama sólo para dormir, regula la temperatura del ambiente. Recurre a todos los trucos que conozcas para tener un sueño reparador.

Respira. Sí, tengo que decirte que respires. “Respira” es la clásica recomendación que todo mundo nos da para calmarnos cuando nos está llevando el tren. A mi, en especial y hasta hace poco, me ponía de pésimo humor que me salieran con “jala aire” justo cuando lo que quería era lanzar lumbre por la boca. Pero debo aceptar que funciona. Respirar es uno de los tips más sencillos y poderosos que existen para salir de un estado emocional difícil. Cuando concentramos nuestra atención en la acción de respirar, juntamos en el momento presente a nuestra mente y a nuestro cuerpo -que, aunque comparten el mismo contenedor, no siempre están en el mismo lugar pues a la mente le da por divagar en el tiempo-.

Venir con la respiración al momento presente silencia las historias que alimentan nuestra ansiedad, enojo o sufrimiento. Cuando estés en una situación emocional estresante -una decisión difícil, recibiendo a un familiar incómodo, a punto de iniciar una presentación, tejiendo conspiraciones en la cabeza o sosteniendo conversaciones con pensamientos intrusivos- respira profunda y lentamente hasta crear esa pausa de alineación y balanceo que necesitas para corregir el rumbo.

Cuenta hasta 10. Tu maestra de kínder tenía razón. Esta es otra herramienta muy simple, pero efectiva para bajar la temperatura cuando las emociones están en modo ardiendo. Contar hasta diez es equivalente a sacarle el aire a un globo de poquito en poquito para restarle presión. Otra vez, concentrarnos en la numeración nos saca del lugar oscuro en donde estamos y nos permite generar un espacio entre estímulo y acción. Una oportunidad para hacer un cambio de dirección.

Medítalo con la Almohada. El tiempo y la paciencia son los guerreros más poderosos, decía el escritor Leo Tolstoy, pues tienen la habilidad de transformar situaciones, aliviar el dolor y brindar claridad. Con frecuencia saltamos a la acción inmediata para resolver cualquier situación que nos genere ansiedad, angustia o incertidumbre. Preferimos una solución de corto plazo que nos de la sensación de certeza y alivio momentáneo, aunque no sea la más conveniente.

Dejar correr el tiempo ayuda a la autorregulación porque brinda claridad y perspectiva cuando nos envuelven los miles de pensamientos que circulan por nuestra cabeza y el tornado de emociones ante situaciones importantes. También nos ayuda a tomar el control de emociones que sabemos nos llevarían en direcciones equivocadas si las dejáramos al mando.

Haz Públicas tus Metas. Esta estrategia es especialmente útil cuando se trata de un tema de autorregulación de la conducta -dejar de fumar, correr un maratón, bajar de peso, graduarte de medicina, escribir un libro-. Es mucho más fácil dejar de ir a correr cuando la única persona que sabe que piensas levantarte temprano a hacerlo eres tú. Quedarnos mal a nosotros mismos es cosa de todos los días. Sin embargo, dar a conocer nuestras metas, hacerlas públicas, compartirlas con alguien más es un gran incentivo para cumplirlas. Compromete públicamente e involucra a tu red de apoyo para logar tus objetivos.

Prepárate para el cambio. Dicen que la única constante es el cambio. Nada es permanente, ni lo bueno, ni lo malo. Todo pasa. Admitir la idea de que nada -ni siquiera los aspectos más estables de nuestras vidas- está totalmente bajo nuestro control es sano. Los planes cambian, las personas cambian, los caminos cambian, todo cambia. A veces con previo anuncio, a veces de porrazo. Resistirnos al cambio genera mucho sufrimiento.

Cualquier estrategia que nos permita crear un espacio entre el estímulo y la reacción nos ayuda a desarrollar la habilidad de la autorregulación. En esas micro pausas están las oportunidades para cuidar nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras decisiones, nuestras vidas.

¿Puedes comer sólo una?

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“Cualquier persona puede enojarse, eso es fácil. Pero enojarse con la persona correcta, en el grado correcto, en el momento correcto, por la razón correcta y de la manera correcta ¡eso no es fácil!” -Aristóteles

Seguro que no.

Y es que para lograr lo anterior tendríamos que ser campeones indiscutibles del autoconocimiento y la autorregulación, dos piezas claves de la inteligencia emocional.

Hace un par de semanas hablamos del concepto de autoconocimiento y exploramos algunas herramientas para desarrollarlo. Hoy el espacio es para la competencia emocional de la autorregulación.

La autorregulación es la habilidad para modular exitosamente nuestras propias emociones, pensamientos y comportamientos en diferentes situaciones.

Se construye a partir del autoconocimiento, pues para regular y utilizar nuestras emociones, primero tenemos que estar conscientes de ellas y conocerlas. Sólo cuando estamos conscientes de su vaivén podemos canalizarlas en la dirección correcta.

La autorregulación incluye manejar el estrés efectivamente, controlar impulsos, la capacidad para motivarnos y calmarnos a nosotros mismos, establecer metas personales, académicas, laborales y trabajar para alcanzarlas.

Podemos hablar de dos tipos de autorregulación: emocional y de la conducta.

La autorregulación emocional está relacionada con la habilidad para controlar nuestras emociones, no ahogarnos en ellas, no salir corriendo detrás de ellas o desbordarnos por ellas.

¿Conoces a alguien que pierda el control cuando se enoja? ¿Alguien que grite a todo pulmón, se ponga rojo, se le salten las venas, no escuche, aviente cosas, salga corriendo, tire patadas, limpie el escritorio en un sólo movimiento, etc.? O ¿Conoces a alguien que rompa en llanto incontrolable sin aparente razón y no logre parar?

A lo mejor una amiga de tu prima…

Todos hemos estado en situaciones críticas de estrés. El repertorio es amplio -discusiones, malas noticas, accidentes, sustos, agotamiento, crisis económica-. Explotar o perder el control ante una situación de estrés NO es autorregulación.

¿Te has topado con alguien que va como demonio poseído al volante por la calle?, ¿Te ha pasado que alguien en un embotellamiento de tráfico se cuelga del claxon y con gestos grita furioso que te muevas como si la vía estuviera libre, tuvieras opción y sólo estuvieras ahí porque te gusta? Estos son ejemplos claros de falta de autorregulación emocional.

Las rabietas que hacen los niños pequeños también pueden ser producto de una falta de autorregulación. ¿Alguna vez te tocó que una de tus creaturas se tirara el piso pataleando y gritando sin control dejándote con cara de interrogación porque no lograbas conectar con su mirada o hacerte escuchar?

Saber auto administrarnos nos permite continuar funcionando en favor de nuestro bienestar.

Si logras mantenerte calmado cuando te sientes enojado, si sabes cómo relajarte después de un susto, si conservas la cordura mientras tu suegra te dice cómo educar a tus hijos, si sabes ajustar tu estado de ánimo entre eventos o situaciones, entonces estás practicando la autorregulación emocional.

La autorregulación conductual, por otro lado, tiene que ver con la habilidad para actuar en favor de nuestros intereses de largo plazo de manera consistente con lo que es verdaderamente importante para nosotros.

Es eso que nos permite tomar la decisión sana, aunque sintamos el fuerte deseo de hacer lo contrario. No quieres ir a trabajar, pero vas pues recuerdas tus metas; no quieres estudiar para el examen, la fiesta es un plan mucho más divertido, pero recuerdas que quieres graduarte, pasas del plan y te quedas estudiando física; te mueres de ganas de fumar, pero resistes la tentación.

¿Puedes comer sólo una galleta?, ¿Puedes tomar sólo una copa de vino?, ¿Puedes mantenerte en una rutina de ejercicio?, ¿Puedes trabajar mucho tiempo para conseguir un sueño? Si la respuesta es sí, entonces estás usando la autorregulación de la conducta.

En cambio, aventarte un maratón de Netflix para ver toda la serie de golpe en lugar de terminar uno de tus proyectos, comerte la bolsa entera de papas o ponerte hasta el tronco de borracho… no es autorregulación.

La capacidad para postergar la gratificación y no responder a un impulso está en la raíz del autocontrol, desde mantenerte a dieta hasta recibirte de la carrera de medicina. Saber auto administrarnos evita que seamos nuestro propio obstáculo.

La autorregulación va más allá de respirar profundo y mantener el control cuando nos invaden emociones intensas, va más allá de poner un tapón cuando estamos a punto de explotar. Implica poder regular nuestras emociones y canalizarlas en la dirección correcta; lograr hacer una pausa y generar un espacio entre estímulo y reacción.

 Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En este espacio está nuestro poder para elegir una respuesta y de esta respuesta depende nuestro crecimiento y libertar” -Victor Frankl

Para mí, la frase anterior resume perfectamente bien el concepto de autorregulación.

Quizá habrás notado que manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo…

Cuando fortalecemos el músculo de la autorregulación mejoramos nuestra capacidad para hacer esa pausa de la que habla Frankl que nos permite dirigir nuestras emociones en favor de nuestro bienestar.

PD. Existen varias estrategias para desarrollar la habilidad de la autorregulación, pero esas las dejo para la próxima publicación.