Día Internacional de la Felicidad

happyday

Hoy es el día Internacional de la Felicidad. Desde el año 2013, la Organización de Naciones Unidas (ONU) celebra este día con la intención de resaltar la importancia de la felicidad en la vida de los habitantes del mundo.

Recuperé de mis archivos este artículo que explica a grandes rasgos de dónde viene este tema que ya tiene día oficial en el calendario.

Sin importar quiénes somos, cuándo o en dónde vivimos, las personas compartimos el deseo de ser felices y, detrás de este ideal, está el por qué de todo lo que hacemos. Esta es una razón suficiente para afirmar que la felicidad es importante.

La felicidad es más que una sensación placentera. Es un mecanismo que induce un estado emocional que nos da ventajas para jugar en la vida colocándonos en mejor posición de cancha y con recursos de mayor calidad.

La felicidad es una habilidad esencial. Si quieres conocer con detalle sus beneficios te recomiendo que sigas este vínculo.

¿Cómo sabemos todo esto?

La búsqueda de la felicidad es ancestral, pero el esfuerzo por estudiarla desde un punto de vista científico es relativamente nuevo y comenzó con investigaciones aisladas en diferentes áreas de la academia, por ejemplo, en la Economía alrededor de 1940.

La Ciencia de la Felicidad o la Psicología Positiva, como la conocemos hoy, surgió hace apenas unos veinte años -en 1998- y gracias a Martin Seligman, profesor e investigador de la Universidad de Pensilvania.

Hasta el año 2000, aproximadamente, por cada artículo que había sobre la felicidad, el amor, la alegría, la satisfacción en el trabajo o las emociones positivas, había veintiún publicaciones sobre depresión, ansiedad, esquizofrenia y neurosis.

La psicología tradicional parte de las preguntas: ¿Qué está mal? y ¿Cómo lo arreglamos?

Entonces si te sientes triste, ansioso, sin ánimo y energía para sacar adelante tus días, quizá decides consultar a un psicólogo o a un psiquiatra tradicional. Y una de las primeras preguntas que te hará –después de ¿cómo te llamas? y ¿Quién te recomendó conmigo?– seguramente será: ¿Qué problema te trae por aquí?

La psicología tiene como objetivo reparar algo que está roto, que no funciona correctamente, trata de las emociones oscuras, de las disfuncionalidades y los desórdenes. Tiene como fin llevar a una persona que está en números rojos o en un estado emocional negativo de regreso al promedio, al cero, a un estado neutral.

Este modelo basado en composturas no es exclusivo de la psicología tradicional.

Generalmente nos enfocamos en corregir fallas. Durante las sesiones de retroalimentación, los jefes señalan nuestras “áreas de oportunidad”; los consultores tradicionales  analizan en las empresas equipos de trabajo para encontrar deficiencias. Y del colegio recibimos mensajes cuando nuestros hijos se portan mal o necesitan clases extras para ponerse al corriente en ciertas materias.

Pero no todo son problemas y no todo está roto.

Martin Seligman comenzó a cuestionar el alcance de la psicología tradicional al darse cuenta de esta marcada tendencia hacia enfocar esfuerzos en lo triste, lo malo y lo negativo.

No todas las personas están tristes o están tristes todo el tiempo. Muchos matrimonios funcionan y permanecen juntos toda la vida; hay gente que disfruta haciendo su trabajo, individuos que tienen redes de apoyo, amistades sólidas y recursos para hacer frente a las adversidades. Existen los optimistas y lo que están satisfechos con sus vidas. Hay personas felices.

Seligman puso sobre la mesa preguntas diferentes: ¿Qué hace la gente que se siente bien? ¿Qué características tienen las relaciones interpersonales exitosas? ¿Qué distingue a las amistades que duran para siempre? ¿Qué hábitos tienen los individuos que están contentos con sus vidas? ¿Qué podemos aprender de las personas felices?

Un enfoque diferente.

La Psicología Positiva parte de las preguntas: ¿Qué está bien? ¿Qué funciona? y ¿Cómo podemos construir sobre eso?

Esta nueva ciencia no tiene nada que ver con ignorar lo que no funciona –en mí, en mis relaciones, en mi trabajo, con mis hijos-. La psicología positiva se trata de reconocer, apreciar e incluir TAMBIÉN lo que sí funciona, lo que sí sale bien.

Nos ofrece un panorama más completo de la realidad y de lo que existe. Así como hay dolor, sufrimiento, odio y coraje… En el mundo también hay amor, alegría, solidaridad, generosidad, cariño y felicidad.

Cambiar la pregunta es siempre un ejercicio poderoso. Cuando preguntamos: ¿Qué está mal? Encontramos problemas y la misión se convierte en un rescate. Cuando preguntamos: ¿Qué está bien? Visualizamos fortalezas, habilidades y motivación para crecer.

Cuando cambias la pregunta, cambia la respuesta.

¡Feliz día de la Felicidad!

Helmut

Helmut

A veces las tristezas llegan todas juntas. Me las imagino poniéndose de acuerdo entre ellas en un chat especial para aprovechar la vuelta, ahorrar gasolina y dividir la cuenta.

El viernes pasado nos tocó despedir a Helmut, el bóxer blanco que de tan feo era bonito.

Fue el primogénito de mi hermano y su esposa. Hijo único hasta que se convirtió en el hermano mayor y compañero inseparable de mi sobrina. Helmut además era el tío de cuatro patas favorito de mis hijas y uno de mis seres vivos preferidos.

Helmut fue un perrazo.

Su historia es un ejemplo de amor a primera vista. Un día salieron a pasear mi hermano, mi cuñada y su papá, que estaba de visita en la ciudad. Mi cuñada –que no andaba con planes de hacerse de un perro ese día- se detuvo a hacerle fiestas a un grupo de cachorros bóxer que vendían en la calle. El único perro blanco del grupo se le aventó a los brazos y ella, como si se conocieran de toda la vida, le dijo “Hola Helmut”. Su papá, al presenciar aquella escena, compró al cachorro en el instante y Helmut se fue a su nueva casa, como si ya viniera de ahí.

Helmut era un perrote. Desde pequeño -con un par de kilos de peso- se acostumbró a dormir encima de su dueño mientras leía. Helmut jamás renunció a ese puesto. Tenemos cientos de imágenes de mi hermano torcido leyendo bajo 35 kilos de bóxer blanco.

Helmut era copiloto. Mi hermano y yo no vivimos en la misma ciudad, pero coincidimos un par de veces al año en casa de nuestros padres. Un día estábamos mis papás y yo esperando que mi hermano y su familia llegaran de su viaje en carretera. Llamaron por teléfono para avisar que estaban cerca, así que salimos a la calle a recibirlos. A lo lejos apareció su carro rojo con mi hermano al volante y Helmut sentado -muy derecho y con el cinturón de seguridad bien puesto- en el asiento del copiloto… “riding shotgun”. ¡Que “Waze” ni que nada!.

Helmut fue el mejor niñero del mundo. Le seguía la corriente a mis hijas y se convertía en caballo para brincar los obstáculos fabricados con escobas y trapeadores colocados en cruz por los pasillos alrededor de la casa y el jardín. Nunca lo vi reparar, si consideraba muy alto el reto, entonces pasaba por debajo. Tampoco me toco escucharlo decir “ya no juego”.

Sabía jugar a las escondidas y lo hacía tan bien que mi hijas preguntaron… ¿Tía, hasta cuál sabe contar Helmut?. “Yo creo que hasta el 20” les dijo. Y yo creo que sí, pues jamás salió a buscarlas ni antes ni después. Aunque sospecho que la tía tenía algo que ver en el juego.

Helmut era especial. Indignado cuando la menor de mis hijas lo hizo a un lado para entretenerse con lo que le trajo Santa tomó cartas en el asunto y de uno en uno fue escondiendo los juguetes. Y casi nada como verlo llevándole sus huesos de carnaza a mi sobrina cuando lloraba.

Helmut era una obra de arte caminante. Su blancura lo convirtió en un lienzo perfecto para su humana, que con sus plumones hizo innumerables diseños exóticos y estampados en piel. “¿Por qué pintaste a Helmut?” preguntó su mamá a mi sobrina una vez… “porqué estaba muy blanco” respondió con una lógica irrefutable. El abuelo siempre quiso dibujarle cejas.

Tengo la memoria llena de recuerdos. Me llegan todos juntos.

¿Dónde está el botón de “deshacer”?

¡Qué difícil es asimilar la partida de una mascota!

¡Qué difícil es extrañar!

No queda más que presionar el botón de “regresar” y revivir en la mente los momentos especiales. No importa si hoy nos hacen llorar. Llegará el día en que logremos recordar sonriendo.

Nos toca extrañar a Helmut.

Sus pelos blancos, sus rosas atributos, sus babas, su mirada entendida y profunda, su nobleza, buen humor y buena actitud.

Nos toca extrañar a ese bóxer blanco que de tan feo era bonito y que nunca necesito palabras para comunicarse pues lo hacía con su corazón, con su gigantísimo corazón.

¡Gracias Helmut!

“Permiso para…”

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El tema para esta semana me llegó estando sentada en un avión poco después de que cerraran la puerta.

Desde la cabina de pilotos, el capitán nos dio la más cordial bienvenida y nos puso al tanto de las condiciones en la ruta de vuelo. Lo hizo tan de prisa que las palabras le salieron todas juntas, sin espacios, con una dicción tan clara como la letra de doctor. Sólo entendí “tripulación iniciando movimiento”.

Entonces arrancó la sobrecargo con su set de informes e instrucciones. Todo iba “business as usual” hasta que anunció nuestro destino final en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de San Antonio.

“Yo voy a la Ciudad de México” gritó un señor sentado un par de filas atrás de mi y de un salto se puso en el pasillo. Con su abrigo y papeles bajo el brazo izquierdo, caminó apurado hacia el frente sacudiendo el boleto sobre su cabeza con la mano derecha. Se detuvo frente a la sobrecargo y angustiado suplicó: “Necesito permiso para bajar del avión”.

La sobrecargo interrumpió el comunicado y avisó a la cabina de pilotos. El avión hizo alto, cambiaron la reversa por el drive y dijeron “regresando a la posición”. Acercaron lentamente el gusano a la aeronave… “tripulación desarmar toboganes”. Abrieron la puerta y por ahí salió corriendo el señor.

Intento de despegue uno: fallido.

Ahora venía el equipo de seguridad. Resulta que es obligatorio hacer una revisión minuciosa del avión en situaciones como esta para asegurar que el pasajero no haya olvidado algunas de sus pertenencias, especialmente, una bomba.

Mientras todo esto pasaba me puse a pensar que lindo sería que la vida te dejara saber con claridad a dónde vas; que anunciara por el altavoz el destino final para saber si estás en el vuelo correcto o tienes que bajarte, aunque eso implique activar el protocolo de emergencia y aguantar las miradas reprobadoras e impacientes de los compañeros de viaje. O que delicioso sería tener la capacidad de disfrutar el viaje sin saber con certeza cuál será la parada confiando en que en donde sea que aterricemos estaremos bien.

Andaba en eso cuando me vinieron a la mente los “permission slips” de Brené Brown, una de mis escritoras favoritas. A veces tenemos que darnos un permiso especial a nosotros mismos para hacerle frente al día, a la semana, a una situación particular o a la vida.

Este ejercicio consiste en escribir un permiso –como cuando en el colegio te daban una nota de autorización para salir del salón o no tomar la clase de deportes- en un Post-it, traerlo doblado en la bolsa del pantalón o pegado donde podamos verlo para recordarnos que está bien, que en este momento puede ser así o que hoy necesitamos esto.

Van algunos ejemplos.

Hoy me doy permiso para… “estar triste, aunque se note”, “no ser una mamá perfecta”, “equivocarme”, “no tener todas las respuestas”, “hablar de felicidad aunque no siempre la sienta”, “para cantar desentonada”, “para jugar y reírme con mis hijos”, “para no tomarme la cosas de manera personal”, “para decir que no”, “para opinar”, “para intentar aunque no me salga”, “para dormir una siesta”, “para quedarme en pijama toda la mañana”, “para no responder el teléfono”, “para perdonar”, “para estar presente”, “para comer con gluten”.

¿Qué permiso necesitas darte hoy?

Se retiró el equipo de seguridad, cerraron la puerta del avión… “Tripulación armar toboganes”“iniciando movimiento”.

Y de pronto, alto otra vez… “Regresando a la posición”, anunció el piloto por la bocina. Cambio de reversa a drive. Otra vez el gusano… “Tripulación desarmar toboganes”.

Abrieron la puerta del avión y ahora entraba el equipo de mantenimiento a la cabina de pilotos. Apagaron los motores, nos quedamos a oscuras. Esta vez un foco rojo anunciaba una posible falla mecánica… “vamos a resetear la computadora de la aeronave” se oyó por la bocina.

Intento de despegue dos: fallido.

Entonces me puse a pensar que este viaje en avión empezaba a parecerse mucho a la vida… imprevistos, fallas, regresar, revisar, resetear, esperar, soltar el control, confiar, incertidumbre, reparar y siempre volver a intentar.

Se fue el equipo de mantenimiento, cerraron la puerta. “Tripulación armar toboganes”, “iniciando movimiento”, “nos vamos”“Ahora sí disfruten su vuelo”.

Intento de despegue tres: exitoso.

¡Viva México Cuarones!

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Que lindo se siente ver a tu país en los titulares de las buenas noticias. Qué bonito es cuando un trabajo bien hecho es reconocido, cuando los atributos se distinguen y los méritos se traen a la luz. Que rico se siente ser vistos.

La verdad es que a mí la película de ROMA, más allá de su espectacular fotografía y los recuerdos que me trajo, como por ejemplo, el sonido del afilador de cuchillos y la banda escolar practicando la marcha de guerra en las calles, me pareció lenta y estuve con ganas de pisarle el acelerador las dos horas y cuarto que duró.

Pero…

Las palabras que ofreció Alfonso Cuarón luego de recibir el Oscar al mejor director me dejaron pensando.

“Quiero agradecer a la Academia por reconocer a una película que gira alrededor de una mujer indígena, una de las 70 millones de empleadas domésticas en el mundo sin derechos laborales, un personaje que históricamente ha sido relegado al fondo en el cine. Como artistas, nuestro trabajo es mirar donde otros no lo hacen. Esta responsabilidad se hace más importante en tiempos en que estamos siendo motivamos a voltear para el otro lado”.

Me puse a pensar en todas las personas que como “Cleo”, el personaje central que interpreta Yalitza Aparicio, circulan en la periferia de su propia vida para hacer la vida de otros más cómoda, fácil, limpia, brillante y glamorosa.

Y me acordé de las historias que recuperaron, hace algunos años, los estudiantes de mi clase cuando hicieron su proyecto de generosidad.

En esa ocasión, el grupo decidió pasar la hora y media de clase trabajando con una persona de intendencia de la universidad. La misión, además de “ponerse el uniforme” y participar en las labores, era conectar y conocer más de la vida de cada una. Descubrir quién era, cómo se llamaba, de dónde venía, hace cuánto tiempo trabajaba en la Universidad, qué era lo que más le gustaba, qué era lo más pesado, etc.

De esa experiencia nos llevamos una gran lección.

Sin importar cuál era la función de cada una de estas personas –limpiar máquinas, trapear pisos o limpiar baños- para ellos, lo más gratificante de su trabajo era interactuar con los estudiantes o el personal administrativo… “me siento muy feliz cuando alguien me saluda, me pregunta cómo estoy o me da las gracias”, “cuando me sonríen o platican conmigo”, “cuando me tratan con amabilidad”.

Nada complicado, ¿cierto?

Sin embargo, en la mayoría de los casos la realidad era otra… “Aprendemos a ser invisibles” nos dijo uno, “hacemos nuestro trabajo sin molestar”, “no hablamos con nadie”.

Entonces caímos en la cuenta. Entonces empezamos a notar todas esas miradas agachadas y perdidas en la escoba, dentro de la cubeta, en el trapo, en las ventanas. Entonces empezamos a reconocer a esas personas silenciosas, a valorar su trabajo. Entonces empezamos a VERLAS.

Y es que las personas queremos ser vistas, queremos saber que nuestro trabajo es reconocido, que nuestras contribuciones importan y se notan.

Me quedo pensando que la película de ROMA es un llamado y un recordatorio para practicar la empatía, la generosidad, la calidez, el sentido de igualdad y, sobretodo, la gratitud.

Hagamos una pausa para agradecer a todas esas personas que hacen que nuestra vida sea más fácil, cómoda y bonita. Reconozcamos las contribuciones, pequeñas y grandes, que hacen las personas a nuestro alrededor. Asegurémonos de que nadie se sienta “invisible”.

Como artistas… atrevámonos a mirar donde otros no lo hacen.

Miedo por costumbre

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Hace un par de días terminé de leer el libro “The Courage Habit” de Kate Swoboda. El título me llamó la atención, pues si la valentía es un hábito, entonces puedo desarrollarla para hacerle frente al miedo.

Y es que el miedo es mi copiloto, mi compañero infalible de viaje y  no me gusta. Me provoca emociones incómodas y sabotea mis sueños con su increíble capacidad para señalar todo lo que puede salir mal.

He recurrido a todos los remedios conocidos para deshacerme de él. He subido la música a todo volumen para no escucharlo, me he disfrazado para que no me reconozca, lo he escondido en la cajuela para no verlo, he roto relaciones diplomáticas con él cualquier cantidad de veces asegurándole que no lo quiero, le he gritado con todas mis fuerzas que se baje del carro, he tratado de anestesiarlo con una copa de vino y he puesto toda mi esperanza en la llegada del día en que se canse y desaparezca.

¡Nada!

Aquí mismo me acompaña mirando lo que escribo por encima de mi hombro.

“Me gustaría dejar de sentir tanto miedo” sería un fuerte candidato en mi lista de tres deseos para el genio de la lámpara maravillosa.

Aprendí varias cosas muy valiosas leyendo el libro de Kate Swoboda.

La primera es que la falta de miedo es un mito. No existe tal cosa como su ausencia cuando deseamos lanzar un proyecto importante, necesitamos tomar una decisión difícil, queremos iniciar una nueva relación, intentamos algo diferente o pisamos territorios desconocidos. Y admitir que sentimos miedo no significa que somos personas débiles ni inseguras, sino perfectamente normales.

La segunda es que no es posible eliminar el miedo a punta de ganas, ni llega el día en que dejaremos de sentirlo por completo. Bueno sí, pero ya tampoco nos daremos cuenta. Al miedo hay que hacerle frente.

La tercera es que el miedo es un hábito y, si conocemos la ciencia detrás, entonces tendremos recursos para reconocerlo y avanzar en la dirección de nuestros sueños atravesando las cortinas de humo que nos fabrica.

¿Cómo se forma un hábito de miedo?

Igual que cualquier otro.

Los hábitos son comportamientos recurrentes y tienen tres componentes:

  • Detonador o señal. Indica a nuestro cerebro que se ponga en modo automático e inicie una rutina. Ejemplos de detonadores: emociones, pensamientos, lugares, ciertas horas del día, sonidos, olores, personas, fechas.
  • Una rutina. La conducta o serie de comportamientos que siguen al disparo de salida. Por ejemplo, ponerte el cinturón de seguridad cuando entras al carro, morderte las uñas cuando vas a presentar un examen, gritarle a tus hijos cuando hablas con tu mamá.
  • Premio o gratificación. Creamos hábitos por medio de los mensajes químicos que transmite el sistema que registra el placer en nuestro cerebro. Cuando realizamos actividades agradables –bailar, leer un mensaje lindo- o que bajan nuestro nivel de ansiedad – darle una cucharada al bote de Nutella, fumar- neurotransmisores mandan una nota que dice “esto se siente bien” y producen una sensación de placer/alivio que sin duda buscaremos repetir.

Tenemos todo tipo de hábitos… lavarnos los dientes después de comer –espero-, salir de la cama cuando suena la alarma, comer a cierta hora del día, etc. Algunos de estos hábitos tienen detonadores y rutinas muy fáciles de identificar.

La cosa se complica con los hábitos emocionales, pues no es tan fácil distinguir ni los detonadores ni las rutinas. Recibir una crítica puede provocar una sensación de inseguridad que nos conduce a tomar un par de cervezas para anestesiar ese sentimiento incómodo. Pensar “nadie va a quererme porque estoy vieja” produce tristeza y una visita al centro comercial para comprar zapatos. Sentir miedo por conocer a alguien nos lleva a cancelar la reunión y a experimentar el alivio temporal de habernos sacudido el compromiso.

Nuestro cerebro está diseñado para eliminar las emociones incómodas y salir de tierras peligrosas. Nos empuja a reducir la tensión lo más rápido posible, incluso cuando la acción sea contraria a nuestros sueños y bienestar de largo plazo. ¿Estás ansioso?… ¿Cerveza o meditación? ¡Cerveza!, ¿Te da miedo poner tu proyecto sobre la mesa en la reunión de planeación?… ¿Abro la boca o lo dejo para la próxima? ¡Déjalo para la próxima!.

Todos experimentamos el miedo de diferente forma y respondemos a él de distintas maneras, pero el circuito “detonador-rutina-gratificación” funciona igual para todos.

La clave para cambiar cualquier hábito está en aislar cada elemento del ciclo y reemplazar la rutina, dando por hecho que el detonador no cambiará. Es muy difícil dejar de sentir miedo pues es parte de nuestra biología y siempre estaremos recibiendo mensajes de alarma.

Si lo que queremos es avanzar en la dirección de nuestros sueños, tenemos que sustituir las rutinas del miedo con rutinas de valor.

Una entrega importante (detonador) me genera ansiedad, entonces decido hacerlo “más tarde”, me pongo a leer un rato (rutina) y baja mi nivel de tensión (gratificación… ¡misión cumplida!). Esta no es una verdadera solución. Es necesario cambiar la rutina. Una posible solución sería aplicar la regla de los 5 segundos y comenzar a trabajar, en lugar de postergar.

Un par de cosas más…

Kate Swoboda explica que el miedo puede manifestarse en maneras o comportamientos que no asociamos con esta emoción: irritabilidad inexplicable, olvidos crónicos, vivir en las nubes, agotamiento, problemas de salud, complacer a los demás, trabajar en exceso, etc. ¿Cómo se presenta el miedo para ti?, ¿Dónde lo sientes?, ¿Qué sensaciones físicas o pensamientos genera?

Y por último, ¿tienes identificados tus miedos? Tenerlos ubicados hace mucho más fácil trabajar con ellos.

Si nuestra intención es aniquilar el miedo antes de dar un paso en dirección a nuestra estrella polar, siento decir que nos quedaremos esperando. No es posible sacarle la vuelta al miedo, la única solución es aprender a atravesarlo construyendo rutinas valientes.

PD. Quizá hoy 14 de Febrero puedas darte la oportunidad de decirle a alguien cuánto te gusta o cuánto lo quieres…¡aunque te mueras de miedo!.

¡Feliz día del amor y la amistad!.

¿Encadenado o libre?

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“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.

 

Dime qué tan bien conectado estás y te diré qué tan feliz eres

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Los seres humanos venimos programados de fábrica con el deseo de formar parte de una comunidad. Además, nuestro potencial para ser felices y cumplir nuestras metas es mayor cuando estamos conectados e integrados con diferentes grupos sociales.

Estar solos con nuestros pensamientos y desconectados de todos los demás es, en ocasiones, necesario y reparador; sin embargo, el asilamiento social no es un modo de vida asociado con el bienestar… tampoco con la felicidad, la productividad o el éxito.

Una de las herramientas de la literatura que más me han servido para elevar mi bienestar emocional y lograr mis metas personales es el concepto de “comunidades de interés”.

Lo leí por primera vez hace unos años en el libro “The business of happiness: 6 secrets to extraordinary sucess in life and work” de Ted Leonsis. Te comparto lo que aprendí.

Generalmente, las personas más felices y exitosas tienen en común la habilidad de funcionar en múltiples comunidades, pertenecen a una gran variedad de grupos, les interesa participar y disfrutan haciéndolo.

Una comunidad de interés está formada por personas que tienen gustos, preferencias, pasiones, actividades o necesidades en común.

Estas comunidades permiten el intercambio de ideas, reflexiones o la práctica de alguna actividad en particular –pintura, círculos de lectura, grupos de apoyo, ciclismo, amigos del colegio, martes de dominó, compañeros de trabajo, coro de la iglesia, clase de tejido, Fantasy football, voluntariado, etc.-

¿Cómo podemos trabajar con este concepto de comunidades de interés para potenciar nuestra felicidad y cumplir nuestras metas?

Con un ejercicio muy sencillo de 4 pasos.

Paso 1. Consiste en mapear todas las comunidades de interés a las que perteneces y pensar en cómo te conectas. Aquí tienes algunas ideas: familia, amigos del colegio en todas sus etapas, hijos –todo lo que gira alrededor de ellos-, actividades espirituales, trabajo, deporte y equipos, cultural, pasatiempos, filantropía, comunidades en línea.

Identifica las grandes categorías de tu vida y después analiza una capa más abajo. En deportes pueden ser los fans de algún equipo, grupo de corredores, gimnasio; en pasatiempos, coleccionistas de Star Wars, amigos del cine, fotografía, huerto comunitario, club de perros salchichas de la ciudad; en línea… Facebook, LinkedIn, You Tube, etc.

Ya que identificaste todos tus grupos de interés es recomendable pensar en el tipo de interacciones que tienes en cada uno. Por ejemplo, con mis compañeros de preparatoria me conecto en la reunión anual de generación y por medio de un grupo de WhatApp. Así con todas. La idea es que te ubiques en todas tus redes.

Paso 2. Tiene ver con ubicar las comunidades de interés que son más importantes para ti, las que te gustan pero has desatendido, las que extrañas y te gustaría revivir, aquellas en las que participas –y odias- activamente y deberías abandonar, las que ya no son relevantes. Este paso es parecido a hacer una limpia del clóset.

Paso 3. Es mi favorito pues invita a pensar en comunidades a las que te gustaría o tendrías que pertenecer para cumplir tus sueños y vivir más feliz. Entonces, por ejemplo, si siempre has querido escribir un libro podrías ubicar todas las comunidades donde hay escritores -blogs, revistas, clases de escritura creativa, presentaciones de libros donde puedes conectar con autores, ferias de libro-. Esto fue justo lo que a mi me funcionó para finalmente escribir mi libro y la idea la recibí en otra de mis comunidades de interés: mi salón de clases.

Cuando te unes a una comunidad tienes acceso a su conocimiento, experiencia y motivación. ¿Siempre has querido tirarte de un paracaídas?… El primer paso consiste en acercarte a gente que ya lo ha hecho. Únete a una clase de cocina vegana si tu salud requiere un cambio de alimentación o inscríbete en un sitio en línea si es que estás buscando pareja.

Paso 4. Es un llamado a la acción. Mis alumnos y yo ponemos dos minutos en un cronómetro y escribimos todas las ideas de micro acciones que podríamos tomar para acercarnos e integrarnos a una nueva comunidad de interés. Al finalizar el tiempo, cada quién elige la que más le gusta y queda de tarea ejecutarla dentro de los siguientes dos días.

Funciona cada vez.

Cuando nos conectamos con un propósito, los beneficios para nuestro bienestar son mayores. Y nada como alimentarnos de la compañía, ánimo, energía y sabiduría de quienes ya ha recorrido parte del camino.

Y a ti… ¿A cuál comunidad de interés te gustaría pertenecer?