¿Qué preferirías… Talento o GRIT?

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Imagina que tienes que completar una misión muy importante en la vida o superar un reto grande. Para ayudarte, el genio de la lámpara maravillosa te ofrece uno de dos súper poderes: Talento o GRIT.

El talento es una capacidad intelectual sobresaliente, una habilidad que te permite aprender cosas con facilidad o una destreza fuera de serie para desempeñar cierta actividad.

GRIT es una combinación de perseverancia con pasión, un tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, un esfuerzo sostenido.

¿Cuál escoges?

El talento sin lugar a dudas es muy atractivo.

Cuando vemos a un virtuoso del piano, a un deportista de alto rendimiento, a un acróbata parado de manos sobre delgadísimos cilíndros a 5 metros del piso o cuando alguien hace algo que parece imposible de explicarse, tendemos a pensar que viene de otro mundo, que es un ser especial.

Decía el filósofo Nietzsche que cuando las personas nos enfrentamos a lo perfecto preferimos atribuirle cualidades mágicas. Escogemos el misterio y lo divino sobre lo mundano. No cuestionamos qué hay detrás de eso que nos roba el aliento. No nos preguntamos, por ejemplo, cómo una bailarina logra sostenerse en la punta de un dedo al mismo tiempo que gira a toda velocidad o qué hay detrás de la interpretación majestuosa de un saxofonista.

Cuando nos enfocamos en el talento perdemos de vista otros factores importantes, entre ellos, el GRIT o esfuerzo sostenido. Olvidamos que las horas de práctica, el entrenamiento deliberado y la experiencia llevan a la excelencia.

¿Conoces a Stephen Curry, jugador del equipo de basquetbol Golden State? Es uno de los tiradores de tres puntos más destacados en la historia del deporte. Mete canastas desde ángulos imposibles, en situaciones comprometidas y, además, lo hace parecer fácil, como si todos pudiéramos hacerlo.

Tiene un enorme talento, pero no es lo único.

Detrás de la magia que despliega en la cancha Stephen Curry hay toda una rutina de entrenamiento. Este jugador lanza alrededor de 2,000 tiros por semana: mínimo 250 tiros al día y 100 antes de cada juego.

Dice Angela Duckworth -investigadora líder en el tema- que el talento es importante, pero el esfuerzo sostenido o GRIT cuenta doble.

Según esta autora, el talento determina qué tan rápido mejoran nuestras habilidades cuando invertimos esfuerzo. En este sentido, alguien con mucho talento para dibujar avanzará más con la práctica que alguien con menos talento. Por otro lado, el esfuerzo construye habilidades y, al mismo tiempo, las hace productivas. Logramos cosas cuando desarrollamos nuestros talentos con esfuerzo.

Sin esfuerzo, nuestras habilidades, dones o talentos son únicamente potencial no utilizado; no son más que lo que pudimos hacer, pero no hicimos.

El esfuerzo sostenido en el tiempo –la consistencia- hace la diferencia.

¿Cuántas veces iniciamos algo para luego abandonarlo? Compramos un tapete de yoga, lo usamos una semana y luego es una cosa más que acumula polvo en el closet. ¿Cuántos instrumentos musicales, bicicletas estacionarias y pinceles están abandonados en algún lugar de nuestras casas?, ¿Cuántas veces has sentido tristeza al ver que una persona decide no explotar sus talentos?

Podemos pensar en varias combinaciones interesantes…

La primera es talento sin esfuerzo… un desperdicio. La segunda es esfuerzo sin talento… el trabajo te pone en juego, te permite mejorar y avanzar. La tercera es talento más trabajo… aquí es donde sucede la magia.

Con modestas habilidades cada uno de nosotros tenemos una oportunidad. No necesitamos tener genes especiales ni ser genios para lograr cosas o destacar en ciertas áreas. Podemos, incluso, vencer a los más talentosos si es que nosotros hacemos el trabajo y ellos no.

¿Qué erigirías entonces, talento o GRIT?

No sé tú, pero si yo tuviera que completar una misión muy importante en la vida me quedaría con GRIT. Aunque pensándolo bien… los genios usualmente ofrecen tres deseos, entonces… escogería talento, GRIT y todavía me quedaría un deseo más.

Unidas Contigo

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El artículo de esta semana viene en tono rosa y está dedicado a mi queridas amigas de Unidas Contigo, a quienes estimo y admiro profundamente.

Hace casi dos años conocí a tres personas encantadoras que se registraron en uno de mis talleres sobre herramientas para la felicidad. Venían de parte de Unidas Contigo, una Asociación Civil sin fines de lucro, conformada por mujeres sobrevivientes al cáncer de mama y voluntarias.

El objetivo principal de Unidas Contigo es dar apoyo emocional a mujeres diagnosticadas con cáncer de mama, así como fomentar prácticas de detección oportuna. Las sobrevivientes ahora voluntarias, comparten sus testimonios para contagiar esperanza a quienes actualmente luchan contra esta enfermedad.

Su trabajo es increíble. Según datos de su página de internet, al día de hoy, han atendido a 617 personas y creado 107 grupos de autoayuda.

Aunque a mi,  lo que más me gusta, es esa labor que hacen que es imposible de calcular con cifras. No hay número que alcance para medir la manera en como tocan los corazones de quienes se integran al grupo.

Unos meses después de aquel taller donde conocí a las tres guerreras que mencioné al inicio, recibí una llamada de una de ellas. Querían invitarme a dar una conferencia sobre felicidad frente a todo el grupo de integrantes de Unidas Contigo. Dije que sí. Luego me llené de ansiedad.

Empecé a sentirme muy inquieta por dos razones. En primer lugar porque entre mi colección de miedos uno de los más importantes es el cáncer y, hasta ese entonces, mi estrategia frente el tema había sido siempre la evasión. La segunda porque no sabía cómo hablar de felicidad en un contexto de adversidad.

Recuerdo claramente lo nerviosa que me sentía el día de la conferencia. Era la primera vez que yo daría un paso de acercamiento al mundo del cáncer de mama y confieso que fue un gran reto para mi. Decidimos bautizar la plática con el nombre “Felicidad en tiempos difíciles”. Tenía claro el ángulo desde el cual abordaría el tema; sin embargo, no sabía exactamente cuál sería el ánimo de las participantes, ni cómo recibirían la idea.

La experiencia fue totalmente diferente a como la había imaginado. Al entrar al lugar me encontré con mujeres sonrientes, cariñosas, llenas de buena vibra, echadas para adelante, generosas y acogedoras. Me sentí bienvenida al instante. Rápidamente entendí que a nadie le hacía más sentido hablar de felicidad, gratitud y la importancia de nuestros lazos sociales que a ellas. Me llevé una buena lección.

En Unidas Contigo las herramientas de la felicidad están en uso constante.

Proveen un espacio donde todas la emociones son bienvenidas y atendidas con cariño y compasión. Practican la gratitud resaltando las cosas buenas de la vida, lo que sí pueden hacer, los avances, las batallas superadas. Tienen claro que nuestros lazos sociales son el ingrediente principal de una vida plena, revaloran sus conexiones y se convierten en apoyo para otros. Haciendo trabajo voluntario activan una de las estrategias más poderosas que existen para mejorar nuestro bienestar emocional: la generosidad. Las integrantes de Unidas Contigo son bondadosas con su tiempo, su compañía, su presencia, sus testimonios, su sabiduría. Tienen claras sus prioridades y distinguen lo que es verdaderamente importante. Cantan, bailar y juegan.

Son un verdadero ejemplo y un eslabón valioso en la lucha contra el cáncer de mama. Transforman vidas.

Hoy aprovecho para agradecer a Unidas Contigo la oportunidad que me dan de pasar tiempo con su grupo, aprender y crecer personalmente. Algunos de los abrazos más apretados los he recibido de ustedes. Además me han ayudado a cambiar mi relación con el cáncer de mama… ¡Ya no le saco la vuelta a los chequeos!.

P.D. Agenda tu revisión anual o invita a las mujeres en tu vida a que lo hagan. La prevención y la detección temprana hacen la diferencia.

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Que el miedo no te llene de “hubieras”

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¿De que te arrepentirás cuando estés en tu lecho de muerte?

El arrepentimiento número uno de las personas que saben que van a morir pronto es haber vivido la vida de alguien más, cumpliendo expectativas ajenas y dejando sueños personales en el tintero.

El miedo es la razón principal por la que las personas no perseguimos nuestros ideales y metas más importantes.

Es el gran obstáculo entre la vida que quisiéramos tener y la que tenemos. El miedo nos mantiene al margen de nuestra propia historia.

Hace unos días salí a pedalear con un par de amigos. Sobre ruedas aparecen todo tipo de conversaciones y, esa mañana, dedicamos un par de kilómetros a hablar sobre un tipo de miedo muy particular.

Ese que aparece cuando todo está bien y el mundo funciona casi como queremos… la familia está completa, sus integrantes contentos, estamos sanos, concretando proyectos y sin un conflicto mayor.

Las personas nos volvemos cautelosas y temerosas ante la ausencia de dificultades. Empieza a circularlos por encima de la cabeza esa sensación de que si todo va bien, es porque algo malo está a punto de pasar. Entonces comenzamos a hablar en voz baja, a caminar de puntitas y por la sombra para no llamar la atención del destino, que al darse cuenta de nuestra buena fortuna, se encargará de emparejar el terreno.

Como si tuviéramos una cuota personal de buenas noticias, logros y eventos gratificantes, empezamos a mortificarnos cuando llegan todas juntas pues sentimos que se aproxima el siguiente golpe. Casi como jugar a la ruleta rusa… cada ronda vacía hace más probable la salida de la bala.

Recuerdo pasarme largos ratos viendo a mis hijas dormir cuando recién me estrené como mamá. Las veía sanas, fuertes, hermosas. Sentía gratitud y felicidad infinitas… hasta que el pensamiento de que algo terrible les pasara me robaba de tajo la paz.

Todavía me pasa.

Es desconcertante pasar de un estado emocional positivo a uno de angustia en un instante en respuesta a una imagen mental.

Con el paso del tiempo descubrí que yo no tengo la exclusiva de esta experiencia. Es muy común que los seres humanos nos dejemos secuestrar por el miedo cuando nos sentimos vulnerables, cuando estamos frente a lo que más queremos.

Incluso vamos aprendiendo a contener nuestras ganas de vivir al máximo, de soñar y disfrutar como medida de protección ante el peor escenario posible.

Frenamos nuestras expectativas, limitamos nuestras ilusiones y no nos permitimos esperar lo mejor. Consideramos más útil prepararnos para las catástrofes.

Como si de verdad fuéramos capaces de sentir menos dolor cuando nos alcanza una tragedia. ¿Quién puede estar preparado para recibir la muerte de un ser querido? Ningún ensayo nos deja listos para eso y, en el camino, renunciamos a mucha felicidad pensando que es mejor no darle rienda suelta.

La ciencia muestra que a medida que vamos envejeciendo, el cúmulo de lamentos de caminos no tomados, aventuras no vividas y sueños no cumplidos van transformándose en toxinas que lentamente apagan nuestra chispa, esperanza y ganas de trazar nuevas metas. Y cuando nos llega la hora de partir, nos encontramos en la antesala rodeados de nuestros entrañables “hubieras”.

En su libro “Getting Grit”, Caroline Adams Miller, habla de un ejercicio que me parece muy poderoso. Se llama: ¿De qué no me arrepentiré? y consiste en hacer una lista de los cinco arrepentimientos que NO queremos tener al momento de morir. Una vez que los identificados es necesario trazar un plan y tomar acciones desde hoy.

No sé tú… pero a mi me parece que uno de los miedos más peligrosos que existen es el miedo a no vivir plenamente.

Cuéntame… ¿De qué NO te arrepentirás tu?

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“No es valiente aquel que no siente miedo, sino el que sabe conquistarlo”

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Hoy tomo prestada la frase de Nelson Mandela para el tiítulo de esta publicación.

El miedo se define como una sensación de angustia por la presencia de un peligro real o imaginario y su función es protegernos.

Los humanos tenemos programado de fábrica un mecanismo de supervivencia que se llama “pelea, escapa o paralízate” que se activa ante la presencia de una amenaza real o percibida.

Hace mucho sentido tener miedo cuando una amenaza de peligro tiene forma de oso hambriento que aparece repentinamente en tu camino, de sangre que brota de una herida a borbotones luego de un accidente o de dos malandros drogados apuntando tu cabeza con sus pistolas. En otras palabras… cuando el peligro es real e inminente.

Algo que me parece increíble, sin embargo, es que las personas podamos sentir miedo y activar todas las alarmas de nuestro sistema nervioso central en respuesta a una amenaza percibida o imaginaria.

Podemos detonar exactamente el mismo mecanismo de supervivencia con un pensamiento y vivir en un estado permanente de alerta o estrés crónico.

Voy a recurrir al ejemplo que más encuentro en la literatura. Una gacela puede estar comiendo tranquilamente, detectar un león y arrancar corriendo asustada a toda velocidad para escapar. Si logra hacerlo y el león desaparece, la gacela regresa a la calma y continúa comiendo como si nada hubiera pasado. Las personas, en cambio, podemos quedarnos atrapados en el estrés por mucho tiempo, incluso, aunque la amenaza haya desaparecido.

Escapar de eso que nos da miedo es casi siempre nuestro primer impulso. Cuando el miedo proviene de una amenaza real perfectamente identificable este instinto nos obliga a la acción. No sería muy atinado, por ejemplo, detenernos a evaluar posibilidades si vemos que se nos viene encima una roca gigante.

Los miedos atados a peligros reales son útiles y necesarios. Es bueno, por ejemplo, tener miedo a darle unos tragos a una botella de cloro o a caminar al borde de un precipicio en un día de huracán con ráfagas de viento de 100 kilómetros por hora.

Un miedo que tiene una causa perfectamente identificable nos impulsa a la acción: una persona gritando furiosa en un restaurante con bate de beisbol provoca que te escondas bajo la mesa.

Los miedos imaginarios o percibidos, en cambio, son como una gran nube de ansiedad o una preocupación que no alcanzamos a enfocar y nos congela. Estos miedos son peligrosos, ahogan nuestros sueños y crean un abismo en donde se pierde lo que nuestro corazón anhela. En ese espacio viven todos nuestros “hubieras”.

Huir o paralizarnos de miedo no es una buena idea cuando se trata de echar a volar un proyecto, desarrollar una idea, aceptar una invitación, taparnos la vista ante realidades dolorosas o expresar nuestras opiniones. El miedo tampoco sirve cuando no sabemos exactamente qué lo produce. Este tipo de miedo nos deja a la orilla de nuestra propia vida.

Existen algunas estrategias para hacerle frente a los miedos percibidos o imaginarios.

Aprende todo lo que puedas sobre lo que te da miedo. Si te aterrorizan los tiburones, entonces lee todo lo que puedas acerca de ellos… de esa manera sabrás que no corres ningún peligro nadando en una alberca. Si te angustia la sospecha de que tu hijo de 13 años fuma, habla con él sobre las colillas que encuentras fuera de su ventana. Agenda la mamografía, aprende de finanzas personales, investiga si este tipo de arañas vive en tu zona.

Sentir curiosidad. El miedo es un perfecto disfraz para otras emociones. Si profundizamos en lo que sentimos y vamos quitando capas quizá logremos descubrir que no es miedo lo que sentimos, sino inseguridad, vergüenza, culpa o resentimiento. Para resolver un problema, primero hay que identificarlo.

Enfrentar nuestros miedos. Aprovechar las oportunidades que se nos presentan para practicar la valentía y resolver temores. En mi peor época de miedo al avión, la vida se encargó de ponerme a viajar. Como era por razones de trabajo no me quedaba más opción que abordar la aeronave. La terapia de exposición resultó muy útil. Aquel miedo casi paralizante de hace unos años se ha convertido en sólo nervios perfectamente manejables. En ocasiones… hasta sueño me da.

Haz algo que te de miedo una o dos veces al año. Claro, siempre y cuando sea algo que quieras hacer. Antes de aceptar, decliné 3 invitaciones a recorrer un cañón que me parecía totalmente inspirador pero que implicaba saltar al agua desde rocas entre 3 y 12 metros. Finalmente me decidí a hacerlo. La aventura iniciaba con un rapel de 40 metros de altura. Con las piernas convertidas en gelatina y sin voltear para abajo me lancé. Perdí el estilo y terminé debajo de una cascada… pero valió la pena. Ha sido uno de los mejores paseos que he hecho y la sensación de logro al completar el recorrido fue enorme. Me había graduado de un tipo de miedo.

Revisa tu compás interior. Me gusta esta idea de Martha Beck, autora de “Finding Your Own North Star” para saber cuándo escapar y cuando enfrentar un miedo.

Si tu miedo y tu corazón apuntan en la misma dirección y dan las mismas instrucciones… ¡corre!. En otras palabras, huye de cualquier cosa que te atemorice y no sea atractivo para tu corazón, que no se sienta bien.

Una persona muy atractiva, pero que te pone lo pelos de punta con su agresividad sugiere alejarte. Si te dan miedo la alturas y a tu yo auténtico no le interesa aventarse de un paracaídas… no lo hagas.

Pero si el miedo y tu corazón apuntan en direcciones contrarias, entonces es necesario explorar. Abrir el restaurante, hacer un viaje, decirle a esa persona que estás enamorada de ella hace tiempo, estudiar una carrera a los 50 años.

Dice Beck que cuando nuestro yo auténtico verdaderamente quiere algo, casi siempre sentiremos miedo… miedo al fracaso, al compromiso, a dejar territorio conocido, a la competencia o, inclusive, al éxito. El tipo de miedo que camina de la mano con el deseo es el que tenemos que enfrentar.

No cruzar el puente antes de llegar. Esta se la aprendí a mi papá. Cada vez que me angustiaba anticipando lo que podría pasar en el futuro o imaginando escenarios escabrosos, mi papá me decía “no cruces el puente antes de llegar”. Este es un consejo muy útil para evitar caer presas del miedo anticipatorio.

Atender el tema hoy. Con frecuencia el miedo nos dice que no estamos listos todavía. A veces, es cierto. Tenemos que aprender un poco más. Si quieres dar un concierto de piano en el auditorio de la ciudad y no conoces las notas musicales, quizá debas practicar más. Muchas otras veces postergamos la acción bajo excusa de que aún no es tiempo o no es el mejor momento. Y pensamos que el día en que estemos listos no sentiremos miedo. Martha Beck dice, superar el miedo sin hacer algo que nos asuste es como querer aprender a nadar en el pasto. Tenemos que tirarnos el clavado…

Si comenzamos a enfrentar nuestros miedos sucederán cosas increíbles: seremos más libres, más auténticos, completaremos más sueños y viviremos más felices.

Te dejo unas palabras finales de Martha Beck… “Te darás cuenta que la diferencia entre el éxito y el fracaso no es la ausencia del miedo, sino la determinación de seguir tu corazón sin importar lo asustado que estés”.

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La raíz del miedo

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El miedo se define como una sensación de angustia por la presencia de un peligro real o imaginario.

Yo he sido rehén de esa sensación gran parte de mi vida y por años mi estrategia para lidiar con ella fue sacarle la vuelta.

“Fuera de mi vista, fuera de mi mente” era mi frase de batalla y entre mis armas preferidas estuvieron siempre los verbos: evadir, escapar, ignorar, desaparecer. Utilizaba otros trucos también… taparme los ojos para no ver, los oídos para no escuchar o hacer un muro de contención con mis dientes para evitar que salieran palabras que pudieran causar problemas.

Nunca logré vencer temores con esa táctica.

Además, la opinión del miedo fue siempre muy importante para mí, así que antes de tomar cualquier decisión me aseguraba de consultarla con él.

Gracias a su siempre disponible orientación acumulé una buena cantidad de ideas no concretadas, oportunidades perdidas y experiencias no vividas.

Un mañana, durante una caminata en mi montaña favorita, entendí que a mí me movía el miedo, más que el amor. A partir de ese momento, las cosas empezaron a cambiar.

Empecé a sentir curiosidad por mirar al miedo y el valor para intimar con él.

Ahora lo conozco mucho mejor.

Reconozco su presencia en mi cuerpo. Sé que en ocasiones me envuelve con una sábana fría, altera mi ritmo cardiaco saltándose latidos, aprieta mi garganta y me paraliza. Otras veces, me inyecta una ráfaga de aire caliente que viaja de pies a cabeza, desboca mi corazón, tensa mis músculos y me impulsa a salir corriendo a toda velocidad.

Conozco a la mayoría de mis temores por nombre, he investigado de dónde o por qué vienen; eso los hace menos escabrosos y más manejables. Algunos de mis miedos, incluso, ya están en la lista de especies en peligro de extinción.

La función del miedo es protegernos del peligro. Los humanos tenemos cableado un sistema de supervivencia que activa el mecanismo “pelea, escapa o paralízate” ante la presencia de una amenaza real o percibida.

Escapar de eso que nos da miedo es casi siempre nuestro primer impulso. Y es una excelente idea para esas ocasiones en que nos persigue un oso hambriento por la calle o una persona grita al tiempo que saca un arma en el restaurante donde estás comiendo. En otras palabras, funciona de maravilla cuando el miedo proviene de una amenaza real perfectamente identificable y que obliga a la acción.

No lo es tanto cuando se trata de echar a volar un proyecto, desarrollar una idea, aceptar una invitación, taparnos la vista ante realidades dolorosas o expresar tus opiniones. Tampoco sirve de mucho cuando nos sentimos atemorizados, pero no sabemos exactamente por qué.

Escapar de un miedo no identificado o evadir uno ya conocido es, en el mejor de los casos, un tratamiento paliativo que alivia pero no corrige el problema de raíz.

Recientemente me topé con un poema muy bello de Marsha Truman Cooper que se llama “Fearing Paris” –Temiendo a París-.

Hace alusión al intento que hacemos las personas de aislar el miedo, de contenerlo en un espacio, de pintar una raya y mantenernos del otro lado lo más lejos posible. Pensamos que si guardamos nuestro temor en un clóset, entonces lo único que tenemos que hacer es asegurarnos de no abrir la puerta.

Esto es misión imposible. Los miedos desatendidos no saben de jaulas, límites ni de puertas cerradas. Invariablemente encuentran la manera de alcanzarnos.

La única manera de salir de los miedos es atravesándolos y este es el mensaje del artículo de hoy. La próxima semana hablaremos sobre algunas estrategias para enfrentarlos y salir de ellos.

Y tú… ¿Sabes cuáles son los miedos que tienes que atender?

Pesimista por naturaleza, optimista por decisión

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Así como podemos aprender a patear un balón en cierta dirección, a memorizar una secuencia de pasos para bailar merengue o a hablar en italiano… también podemos aprender a ser más optimistas.

El optimismo tiene que ver con el tipo de explicaciones que damos a los eventos en nuestras vidas y podemos desarrollar una perspectiva más positiva utilizando ciertas técnicas de combate para retar los pensamientos automáticos.

¿Qué más podemos hacer para desarrollar la habilidad del optimismo?

Me parece que lo primero es hacer un “check-in” personal para identificar dónde estamos parados.

Hace poco escuché decir a alguien que las personas se dividen en dos grupos: las que dividen a las personas en dos grupos y las que no. En este sentido, podríamos dividir al mundo en optimistas y pesimistas. Sin embargo, el asunto no es tan binario. Es más parecido a 50 sombras de optimismo.

Algunos somos optimistas para unas cosas y pesimistas para otras. Yo, por ejemplo, soy de corte pesimista cuando me enfermo o tengo que hacerme análisis médicos, pero optimista cuando se trata de alguien más. Pero incluso en este departamento tengo matices… soy mucho más optimista cuando se trata de un conocido que cuando tiene que ver con una de mis hijas. Sigo tratando de entender por qué.

Algo parecido sucede con el avión. Me quedo perfectamente tranquila cuando mis personas favoritas viajan por el cielo anticipando que todo saldrá bien; sin embargo, me pongo en modo catastrofista cuando soy yo quien tiene que volar.

Dice Elaine Fox, Directora del Departamento de Psicología de la Universidad de Essex, que en el optimismo hay niveles: grande, pequeño y micro. La talla que elegimos depende de nuestro estado de ánimo y de la intensidad de ciertas situaciones. “Grande” cuando hacemos una evaluación general de nuestra vida y concluimos que las cosas van bien, que éste es un buen momento para vivir y tenemos una visión alentadora del futuro.

“Pequeño” para circunstancias específicas del día a día, por ejemplo, aprobaré el examen, terminaré el proyecto, estará divertida al fiesta. “Micro”, la versión mínima necesaria, el sentimiento reconfortante de que sobreviviremos el rato, el lunes o la rabieta de cierto personaje.

 Con lo anterior, me interesa dejar sobre la mesa que el optimismo no es un tema de absolutos y que un primer paso para desarrollar un pensamiento más positivo consiste en conocer nuestras muy personales tonalidades.

Ahora sí, hablemos de algunas estrategias.

Visualizar escenarios donde el éxito es posible. Alcanzar nuestros objetivos o lograr una meta empieza con una imagen mental de triunfo. Nuestro cerebro es una máquina brillante que traduce las imágenes que le dibujamos en pasos específicos a seguir para convertirla en realidad. El nombre elegante para esto es “profecías auto realizadas”.

Supongamos que un niño va a jugar la final de soccer y está absolutamente convencido de que van a perder, ¿Cómo es su comportamiento?. De entrada no encuentra el uniforme, su mamá lo jala o lo empuja para sacarlo de casa, se queda parado en la cancha… ¿Para qué correr? y con este comportamiento irónicamente vuelve mucho más probable la derrota.

Ahora pensemos en el caso contrario. Un niño que jugará la final y está seguro de que su equipo será campeón… Duerme con el uniforme puesto, jala o empuja a su mamá para salir de casa, defiende, ataca, corre por toda la cancha y, con suerte, evita un tiro a gol. Sus acciones elevan las probabilidades de victoria. Creer que algo es posible lo hace un poco más cierto.

Rodéate de gente positiva. La ciencia ha mostrado que el estado de ánimo de las personas a nuestro alrededor nos afecta. ¿Te has dado cuenta de lo que sucede cuando tu mamá está alegre y de buen humor?, ¿Has notado cómo cambia tu energía luego de pasar tiempo con una persona tóxica? Las emociones son altamente contagiosas. Si lo tuyo no es el optimismo, entonces decide pasar más tiempo con personas que puedan trasmitirte una visión más positiva acerca de lo que te sucede.

Aliméntate de información positiva. No hay razón alguna –si no eres jefe de policía- para iniciar el día enterándote de las historias trágicas de la madrugada. En aquellos años en que Monterrey atravesaba por una crisis fuerte de seguridad, recibí un consejo que sigo hasta la fecha: si no piensas hacer algo al respecto o no puedes hacer algo al respecto, mejor no sigas las noticias. Con esa simple acción logré reducir mi nivel de ansiedad considerablemente. Es mucho mejor empezar el día en silencio, con música o meditando.

Un día sin quejas. Es importante destruir el hábito que tenemos tatuado hasta los huesos de quejarnos. Nuestro estado de ánimo está fuertemente influenciado por todo aquello en lo que concentramos nuestra atención. Las palabras son poderosas. Si empiezas a repetirte una y otra vez “estoy cansada”, pronto empezarás a sentir que disminuye tu energía y comienzas a bostezar. Cambiando nuestro lenguaje podemos mejorar nuestra sensación de felicidad. Te reto a que pases un día entero sin quejarte… bueno, media hora.

Practica la gratitud. El objetivo de algunas profesiones es detectar problemas, arreglar lo que está roto, curar enfermedades, identificar defectos, anticipar escenarios negativos. Las personas en estas disciplinas son más propensas a sentir insatisfacción o a caer víctimas del desgaste o “burn-out”. En estos casos es especialmente importante practicar la gratitud. Dedicar tiempo a destacar lo bueno, lo que sí salió, lo que sí se pudo.

Deshazte del mito de que prepararte para el peor escenario posible es una buena estrategia para vivir. Con esto no quiero decir que debemos ser irresponsables y dejar todo a la suerte. Hay quienes argumentan que es útil prepararnos para el peor escenario posible pues así lograremos minimizar su impacto si sucede. En realidad este método es poco efectivo… ¿Quién en verdad puede preparase para recibir la noticia de la muerte de un familiar o un diagnóstico poco esperanzador? El impacto de la noticia es prácticamente el mismo, pero dejamos de disfrutar el momento presente.

Entrenar para cambiar nuestros estilos de explicación, combatir los pensamientos automáticos e incorporar algunas de las estrategias en este artículo mejoran la calidad del lente a través del cuál vemos nuestra vida. Y si nuestro lente mejora, aumentan la felicidad y la tranquilidad.

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Técnicas de combate contra el pesimismo

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El artículo de la semana pasada fue sobre los diferentes tipos de explicaciones que las personas damos a los eventos en nuestras vidas.

Decíamos que los optimistas se caracterizan por delimitar en tiempo y en alcance las adversidades; reconocen que las dificultades son pasajeras, afectan áreas específicas y son causadas por razones externas. En cambio, los pesimistas argumentan que los problemas son permanentes, universales y producto de defectos o fallas personales.

¿Lograste identificar tu estilo de explicación? Te dejo el vínculo a una prueba rápida en este sitio por si te interesa descubrirlo.

El optimismo tiene que ver con una manera de pensar, es un hábito de la mente que nos permite proyectar una visión positiva del futuro.

Entonces, para desarrollar la habilidad del optimismo tenemos que aprender a retar nuestros pensamientos automáticos y a construir explicaciones realistas que aporten a nuestro bienestar.

Una de las herramientas más utilizadas para lidiar con pensamientos pesimistas es el método ABC –Adversity, Beliefs, Consequences– de Albert Ellis, Psicólogo de la Universidad de Columbia.

Las explicaciones que damos a lo que nos pasa están altamente influenciadas por nuestras creencias y éstas, a su vez, disparan ciertas emociones y conductas.

Revisemos el ABC desde el lente de un pesimista…

Adversidad se refiere a cualquier evento negativo –vacaciones fallidas, discusiones familiares, una llanta ponchada, la muerte de un ser querido, tráfico cuando tenemos prisa, reprobar un examen-.

Creencias (Beliefs) son la base y dan forma a la interpretación que damos a los eventos negativos –nada me sale bien, nadie me quiere, tengo mala suerte, nunca voy a superar esto, todo me pasa, soy un imbécil-.

Consecuencias son las respuestas emocionales y conductuales de nuestras explicaciones ante las adversidades –enojo, tristeza, decido no volver a planear vacaciones, evito el contacto social, abandono la clase o la escuela-.

Algunos pensamientos son automáticos y aparecen como rayos. A veces son racionales, como cuando sentimos tristeza por la pérdida de un ser querido; pero en otras ocasiones, son irracionales pues no están basados en evidencia y son de corte más bien exagerado y radical.

Los optimistas y los pesimistas explican de manera diferente la misma adversidad. Supongamos que a ambos los deja plantados un “date”.

El pesimista podría concluir que era de esperarse, que no vale nada como persona, que nunca encontrará el amor. La consecuencia emocional de una explicación como esa seguramente vendrá acompañada de tristeza, depresión y enojo que le provocarán ganas de evitar el contacto social, encerrarse en casa a pensar en las cincuenta razones por las que el amor debería estar prohibido.

El optimista, sin duda se sentirá triste, pero buscará una explicación que no ataque su persona. Podría pensar que al “date” le surgió un imprevisto, que se perdió en el camino o que por algo pasan las cosas. La consecuencia emocional quizá es desilusión o curiosidad por saber qué paso y la acción podría ser llamar por teléfono o pasar la página y planear una cita con alguien más.

Para utilizar el método ABC es necesario hacer una pausa, describir la adversidad claramente e identificar las historias que nos contamos para editarlas antes de brincar a la acción.

Voy utilizar mi ejemplo del miedo al avión para mostrar algunas técnicas de combate.

Aunque he tenido avances importantísimos en este departamento, la verdad es que los aviones no son lo mío, el modo vuelo me pone ansiosa.

Identificar pensamientos automáticos y sus consecuencias. Un aviso de turbulencia del capitán o cualquier sacudida en el camino provocan la llegada de pensamientos involuntarios –“esto no pinta bien”, “nos vamos a caer” o “se me va a parar el corazón”-. Estos pensamientos desatan reacciones como miedo, ritmo cardiaco acelerado, manos frías, piernas temblorosas. Conocer mi “modus operandi” cuando ando en las nubes me permite pasar al siguiente paso más rápidamente…

Retar los pensamientos automáticos. No todo lo que pensamos es real y la evidencia me dice que “la sobrecargo está tranquila”, “el cielo está perfectamente azul” y “la mayoría de los pilotos mueren de viejos”.

Generar explicaciones más precisas y contenidas. Pensar en alternativas… “pronto va a pasar”, “miles de aviones atraviesan por zonas de turbulencia sin problemas” y “el hueco que siento en el estómago no es porque el avión se va a caer, sino porque estoy pensando que el avión se va a caer”.

No brincar a una catástrofe. No rumiar sobre el peor escenario posible o decidir que lo atenderemos sólo en caso de que se presente… “voy a preocuparme enserio sólo si empezamos a dar vueltas sin control”.

Así como editamos fotografías pasándolas por filtros, mejorando la luz y eliminando lo que sobra antes de publicarlas, podemos editar nuestros pensamientos antes brincar a las consecuencias.

Podemos desarrollar un pensamiento más optimista si ponemos atención en las explicaciones que damos a los eventos que nos suceden. Nuestra manera de pensar también es un hábito que podemos cambiar.

¿Qué opinas?

P.D. El artículo de la próxima semana estará dedicado a ideas y estrategias para ser más optimistas.

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