Los nadas que son nuestros todos

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Estaba sentada frente al mar haciendo nada cuando el disimulado oleaje me trajo el recuerdo de una conversación filosófica de un viernes de pedales y letras.

Los temas de la rodada nunca se definen con anticipación, van saliendo libremente al ritmo del terreno y no necesariamente terminan con el recorrido.

A veces nos quedamos colgados de alguna idea, nos llega una nueva pregunta y le seguimos a la distancia por chat.

Una tarde, la poeta intrépida del grupo que toma videos con una mano y equilibra la bici con la otra, dejó caer un tema al WhatsApp que dio cuerda para rato.

Resulta que recordó una conferencia sobre la invisibilidad de ciertas actividades como ser mamá, quedarse en casa, cuidar niños, leer, escribir, pensar… Todas esas que con frecuencia son resumidas bajo el encabezado “no hacer nada”.

De ahí, por ejemplo, que un papá regrese después del trabajo y no logre comprender por qué la mamá está agotada si lo único que hizo todo el día fue estar en casa con los niños o estuvo sentada junto a la alberca en una fiesta de cumpleaños.

¿Por qué esto es igual a no hacer nada?

Y de ahí arrancamos.

Yo salí en defensa de las actividades invisibles. A mi me fascina no hacer nada, lo que más me gusta hacer es eso que los demás definen como no hacer nada. Nada es leer por horas, nada es escribir, nada es sentarse a ver el cielo, las estrellas o un atardecer, nada es estar en silencio, nada es garabatear con una pluma en una hoja de papel escuchando una sinfonía, nada es caminar ordenando ideas en la mente, nada es reflexionar sobre un concepto, nada es combinar colores en la imaginación para el siguiente cuadro. Me encanta no hacer nada y saber que, al igual que a mí, hay otras personas que disfrutan haciendo nada. Son mis favoritas.

“Ya me dejaron pensando”, dijo el psicólogo que también hace bosquejos en su cuaderno de dibujo y arrancó con su explicación en mensaje de voz. Cuando las personas nos dicen que no estamos haciendo nada es porque no saben que sí estamos haciendo. A veces llegan nuestros hijos, nuestra pareja, amigos o compañeros de trabajo a preguntarnos qué hacemos y respondemos: “nada”. En lugar de decir… “estoy admirando el color rojo intenso de esa rosa “, “noté que el aire corre delicioso en este pasillo y me senté un rato a sentirlo”, “estaba recordando el día en que nos encontramos”, “estaba pensando en mamá”, “Estoy viendo a dónde van esas hormigas”. ¡Hacer nada es hacer tantas cosas, pero no lo comunicamos!… Mejor decimos “nada”.

¡Buena!

Quizá es que queremos mantener eso que estamos haciendo sólo para nosotros, para que nadie lo critique, para no entrar en debate, para no compartirlo o justificarlo replicó la poeta. Entonces… ¿Qué pasó? Nada, ¿Qué lees?, Nada, ¿Qué haces? Nada, ¿Qué estás viendo? Nada, ¿Qué piensas? Nada, ¿Qué hiciste en la tarde?, Nada.

Reducimos a nada nuestros todos y nos volvemos cómplices de nuestra propia invalidación.

Así que la siguiente vez que alguien nos pregunte “¿Qué haces?” será mejor que encontremos la manera de poner eso que estamos haciendo en palabras, si es que nos molesta que el resto del mundo crea que no estamos haciendo nada.

Por lo pronto yo regreso frente al mar para seguir haciendo lo que estaba haciendo…

 

La pregunta que no tiene respuesta

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Las últimas semanas han estado tupidas de noticias tristes. Nos ha tocado sentir de cerca el dolor que ha envuelto a personas a quienes queremos mucho por la desgarradora partida de sus seres queridos.

La sensación ha sido parecida a la de recibir un pelotazo que te saca el aire y recibir uno más justo cuando recién comienzas a recuperarte.

Podemos asimilar el fin de una vida que recorrió todo el camino, que acumuló muchos años, experiencias y completó su ciclo de manera natural. Pero cuando termina una vida inesperadamente, por un accidente, una enfermedad tempranera, como resultado de un acto violento, cuando es un bebé, un niño, una mamá joven, cuando alguien es tocado por la aleatoriedad del universo… la cosa cambia.

Ciertos eventos nos dejan congelados, volteando para arriba buscando una explicación más allá de las nubes, con los brazos rendidos o muy apretados cruzados por encima de las costillas y con una pregunta sin respuesta circulando por la cabeza…

¿Por qué?

La pregunta que se suspende de la nada.

¿Por qué ahorita?, ¿Por qué tan joven?, ¿Por qué pasó?, ¿Por qué a ellos?, ¿Por qué a nosotros?, ¿Por qué así?, ¿Por qué a mí?…

¿Por qué?

Un callejón sin salida.

Cualquier intento de respuesta se parece a “No sé”, a hombros que suben para luego dejarse caer, a palmas abiertas y hacia arriba en señal de “No tengo idea”.

Y cuando no hay respuesta, entonces tenemos que cambiar la pregunta.

Por una que nos sirva más, que nos dibuje una posibilidad, una ventana, una salida, una esperanza, que nos permita articular algo que sirva de soporte, que brinde algo de alivio, una idea de qué hacer.

La aprendí de Maria Sirois, una de las mejores maestras que he tenido y que habla de la felicidad en los tiempos difíciles.

¿Quién soy yo ante la presencia de esto? o ¿Cuál es hoy mi mejor versión ante la presencia de esto?

Mi mejor versión como mamá, esposa, hija, hermano, amigo, papá, maestro, abuelo, como jefe.

La palabra “hoy” es importante.

Es necesario entender que nuestra mejor versión hoy no necesariamente tiene que ser la misma mañana o la misma de ayer.

Hoy nuestra mejor versión quizá necesita dormir toda la tarde o recurrir al sentido del humor. Hoy nuestra mejor versión es un roble que sostiene a los demás y, al día siguiente, la que llora abrazada de un recuerdo. Hoy nuestra mejor versión puede necesitar aire fresco y caminar por la naturaleza; mañana la que acompaña con su presencia, prepara una comida u organiza una actividad para los demás.

Nuestra mejor versión ante la presencia de eventos difíciles, no deseados o sin regreso tiene permiso de cambiar, de fluir.

A los grandes, que en esta ocasión apoyamos desde afuera, nos toca ayudarle a nuestros hijos a hacer sentido de la muerte, a mostrar empatía y enseñarles a acompañar a quienes atraviesan por el dolor.

“Mamá, pero… ¿Qué digo?”, “¿Qué tengo que hacer?”, “No sé qué hacer… ¿Doy un abrazo, un beso?”, “¿Cuándo?”, “Nunca lo he hecho”, “No sé cómo…”

Me parece que la guía a seguir es desconectar la cabeza y conectar el corazón. El corazón sabe qué hacer y cómo comunicar lo que a veces no sabemos cómo decir o se queda atorado en la garganta. No necesitamos palabras perfectas, ni protocolos formales.

“Siéntate a un lado, acompaña, abraza, estate presente, pregunta qué necesita”.

“Y… ¿si lloro?”

“Pues llora, es lo que toca”.

 “Tengo miedo”.

 “Sí, lo sé, aquí estoy”.

Los días siguientes pasan como nubarrón, tenemos que encontrar la manera de reacomodarnos para seguir.

¿Qué sigue?

Recoger los últimos momentos, visitar recuerdos, ver fotografías, videos, acordarnos de la risa, el olor del pelo, la última broma o la broma de siempre.

Me gusta mucho la idea de Jennifer Pastiloff de salir en búsqueda de la belleza.

Encontrar un atardecer, un pájaro azul, una canción, el sonido del mar, una luna llena, una tormenta, un arcoíris, el olor del café, algo que nos devuelva lo conocido, lo cercano, algo que nos permita continuar sintiendo la presencia del amor de quien se fue.

 

 

“Soy un fraude”

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¿Te ha cruzado ese pensamiento por la cabeza?, ¿Alguna vez has sentido que no perteneces? ¿Has tenido la sensación de que no mereces tus logros, ni tu trabajo y que estás a punto de ser descubierto?

Se llama Síndrome del Impostor.

Este es el término que la Psicología le ha dado al patrón de comportamientos que llevan a una persona a dudar de sus talentos, capacidades o logros y a sentir miedo de ser expuesta como un fraude.

Hace mucho tiempo, cuando recién había empezado a dar conferencias sobre el tema de la felicidad, me angustiaba llegar al final de la presentación. Seguían las preguntas y respuestas. Invariablemente alguien pedía el micrófono para preguntarme en tono de confirmación algo parecido a: Y tú… siempre estás feliz o eres muy feliz, ¿verdad?

Para mí ser feliz era una obligación.

¿Cómo admitir que no era cien por ciento feliz, el cien por ciento del tiempo?

¿No sería algo así como entrar a la oficina de una nutrióloga y ver que tiene 20 kilos de sobrepeso, darte cuenta de que tu dentista tiene los dientes verdes por falta de limpieza o encontrarte a tu psicóloga gritándole a sus hijos en el súper?

Pero también era terriblemente sospechoso asegurar que yo era siempre completamente feliz, además no era cierto.

Todo un enredo.

Por mi trayectoria yo debería de ser extremadamente feliz de lo contrario…. ¿cómo podría considerarme experta en el tema? Estaba convencida de que la gente esperaba que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo y de manera perfecta. Sobre mis hombros sentía la presión de cumplir con las expectativas -mías y de los demás-.

Ahora sé que conocer la teoría no me libera de la practica. No estoy exenta de situaciones difíciles, ni de incertidumbre, ni de problemas, ni de frustraciones. La vida me pone a prueba todos los días igual que todos los demás.

De cualquier manera, con frecuencia tengo que arremangarme la blusa y entrarle a la pelea con esa sensación de que, en materia de felicidad, yo debería tener todo resuelto; tengo que darme permiso de hablar de felicidad, aunque en ese momento no la sienta y; de cuando en cuando, recuperarme de balas hechas a la medida que me disparan para cuestionar mi legitimidad como consultora en el tema.

Hace algunos años me invitaron al colegio de mis hijas a dar una plática a los todos los entrenadores sobre las ventajas de la felicidad. La tarde anterior, una de mis tres se plantó delante mío y me preguntó: ¿Puedes llevarme a comprar churros con chocolate? Y yo que trabajaba frenéticamente en la presentación respondí: “No, mañana tengo la plática en tu colegio y todavía no termino”.

Para hacer el cuento corto -quienes tienen hijos saben que este ir y venir puede durar un rato-, la historia terminó cuando me preguntó furiosa, al mismo tiempo que se daba la vuelta para regresar por donde había llegado: ¿Cómo puedes ir a hablar de felicidad a mi colegio cuando tu única misión en la vida es hacerme infeliz?

¡Ouch!

Ahora no sólo tenía que preocuparme por hacer un buen trabajo, sino también por la posibilidad de que este personaje de 8 años fuera a ventanearme con sus entrenadores antes de la conferencia. Nota al pie: conseguir churros con chocolate y enviar al salón antes del recreo.

Tengo una buena colección de ejemplos parecidos a ese… “¿Por qué andas triste, no se supone que lo tuyo es la felicidad?”, “Seguramente tus hijas siempre están contentas”, “No deberías de tener miedo”, “¿Por qué te enojas, que no siempre estás contenta?”, etc.

No soy feliz todo el tiempo, no tengo una fórmula infalible y caigo presa en varias de las trampas que yo misma señalo a los demás. Esto ahora lo digo abiertamente en mis conferencias y en mis clases. Comparto lo que he aprendido desde la intención genuina de agregar valor y aportar al bienestar de los demás, nunca desde la perfección. Los ejemplos que utilizo casi siempre son los míos.

Lo que sí tengo es un montón de herramientas para romper con cadenas de momentos tristes, ideas para fabricar emociones positivas, capacidad para reponerme de adversidades, motivación para lograr lo que me propongo y la decisión de mejorar mi propia versión.

Si aprendemos a aplicar el “mágico Y” podemos hacer las paces con nuestras ambivalencias… “quiero a mis hijos con toda mi alma Y cuento los minutos para que se vayan a dormir”, “soy experta en felicidad Y a veces no la siento”, “puedo ayudar a alguien a superar un miedo Y estar atascada en uno propio”, “quiero a mi amiga Y no la soporto”.

La idea es evitar que esta sensación de no tener todo resuelto nos limite y nos deje al margen de nuevas oportunidades.

Así que cuando te invada la cabeza ese pensamiento de que “eres un fraude”, conecta con tu interior y revisa tus intenciones. Si vienen de un lugar auténtico, muy probablemente estás cayendo víctima del síndrome del impostor. Practica la gratitud, reconoce que una buena parte de tus logros son producto de tu trabajo y dedicación y date permiso de seguir.

Hoy me queda claro que una vida plena y feliz incluye problemas, dificultades, inconsistencias, dudas, desilusiones y todo lo que entra en ese cajón.

Equivocarnos, no tener todas las respuestas, no ser perfectos y mostrarnos vulnerables no nos hace impostores. Perder y regarla es parte del juego. Lo que sí nos hace impostores es comunicar algo en lo que no creemos o dejar de intentar.

 

Manada de lobos

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El fin de semana me leí el libro “Wolfpack” de Abby Wambach y lo primero que hice después de terminarlo fue anunciarles a mis hijas que tenían lectura de tarea. Una de ellas decidió sacudirse el pendiente rapidito y lo leyó de corrido en menos de una hora y media. Es un libro corto, lleno de información valiosa y muy fácil de leer.

Abby Wambach es una leyenda del futbol soccer femenil. Fue dos veces campeona olímpica y tiene el record mundial de número de goles internacionales de mujeres y hombres… ¿Qué tal? Además de su destreza como futbolista, Abby se distinguió por haber creado una cultura de honor, compromiso, resiliencia y hermandad dentro de su equipo.

En 2018 fue invitada a Barnard College para dar el discurso de graduación y estuvo tan matón que se hizo viral. Barnard es una universidad privada para mujeres ubicada en la ciudad de Nueva York y Abby es una reconocida activista en favor de la igualdad y la inclusión, así que sus palabras fueron escritas para un público femenino.

No importa.

Yo encuentro que sus 8 reglas para traer a la luz nuestras fortalezas individuales, trabajar unidos y cambiar el juego son universales.

Te comparto un poco de cada una de estas reglas esperando despertar tu curiosidad lo suficiente como para que consigas el libro y lo leas.

Regla #1: Siempre has sido el lobo

Con frecuencia los mensajes que recibimos son: “mantén la mirada abajo”, “no le muevas”, “dedícate a hacer tu trabajo”, “no preguntes”, “sigue las reglas”, “no seas curioso”, “quédate callada” o de lo contrario… algo malo pasará. Así como le decían a Caperucita Roja en el cuento: si te sales del camino te come el lobo feroz. La cosa es que crecemos y logramos grandes cosas justo cuando tenemos el valor de aventurarnos fuera del camino o lo creamos para alcanzar nuestros sueños. Y entonces, nos damos cuenta de que nunca fuimos Caperucita Roja, sino el lobo. Hay un lobo dentro de todos nosotros -talento, sueños, voz, curiosidad, valor, creatividad, poder- y tenemos que dejarlo salir.

Regla #2: Agradece lo que tienes y exige lo que mereces

Practicar la gratitud es una de las herramientas más poderosas para nuestro bienestar emocional. Notar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí hemos logrado nos ayuda a ver la vida a través de un lente abundancia que se traduce en emociones positivas. Pero hay que tener cuidado de no caer en un estado de gratitud que nos mantenga chiquitos o que limite nuestro potencial para crecer. A veces no nos atrevemos a pedir un aumento de sueldo o a levantar la voz, por ejemplo, bajo el argumento de “deberías de sentirte agradecida de tener un trabajo y no andar pensando en más” o “agradece que se casó contigo, no importa cómo te trate”.

 Regla #3: Lidera desde la banca

Lidera desde donde estés. No tenemos que estar en el campo de juego con la banda de capitán en el brazo para ser líderes; tampoco necesitamos permiso para inspirar, motivar y poner el ejemplo. Todos somos líderes de nuestra propia vida y no debemos renunciar a ese derecho. El liderazgo se ve de muchas maneras: sosteniendo la mano de alguien que está muriendo, diciendo que no a tus familiares, haciendo trabajo voluntario… “El liderazgo no es una posición que hay que ganar, es un poder inherente que reclamar”.

Regla #4: Convierte el fracaso en combustible

El perfeccionismo no es requisito para el liderazgo, ni el fracaso sinónimo de falta de dignidad. Los errores pueden servir para impulsarnos. En lugar de preocuparnos por la posibilidad de fallar, mejor prometámonos a nosotros mismos que si fallamos lo volveremos a intentar… “un campeón no permite que un fracaso en el corto plazo, lo saque del juego en el largo plazo”.  Y esta me gusta también… “fracasar no significa que estás fuera del juego, fracasar significa que finalmente estás EN el juego”.

Regla #5: Reconoce y celebra a los demás

En deportes como el futbol soccer tendemos a celebrar al jugador que anota el gol; sin embargo, el mérito es del equipo completo -los defensas, quien hizo el pase, los entrenadores, etc.-. Un gol es el resultado de toda una preparación en conjunto. En la vida es igual. Nuestros éxitos y logros generalmente incluyen las acciones y colaboración de muchas personas más. Asegurémonos de reconocer las aportaciones de los demás.

Regla #6: Pide la bola

Esta me encantó. Tiene que ver con darnos permiso de ser magníficos, para desplegar nuestras mejores habilidades, reconocer que queremos ganar y que creemos en nuestra capacidad para lograrlo. Tiene que ver con dejar de aparentar que no somos tan buenas o no sabemos tanto para no incomodar a alguien. Tiene que ver con pedir la pelota si sabemos que podemos anotar, en lugar de pasarla… “Dame el micrófono”, “Quiero el puesto”, “Yo sé cómo hacerlo”.

Regla #7: Muestra todo tu ser

Un líder también puede mostrarse vulnerable. Podemos asumir el poder con nuestra humanidad completa y permitir que los demás lo hagan también. No tenemos que tener todas las respuestas, es válido escuchar las aportaciones de los demás sin importar jerarquías. El mundo necesita que seamos exactamente como somos.

Regla #8: Encuentra tu manada

Somos más fuertes cuando pertenecemos a un grupo, cuando estamos acompañados de personas que nos quieren, nos recuerdan nuestras fortalezas y nos hacen ver cuando estamos alejándonos de nuestros valores. No es necesario ni deseable ser un llanero solitario.

¿Qué te parecen?

Me gusta el mensaje de Abby…

“Cambiemos el mundo conociendo el poder de nuestro lobo interior y la fortaleza de nuestra manada”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acepto vivir con…, Acepto vivir sin…

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Si combinamos el perfeccionismo con las cosas de la vida que no podemos cambiar tenemos ingredientes suficientes para prepararnos un coctel de insatisfacción, ansiedad, amargura, frustración, enojo o del sabor que más nos guste.

El perfeccionismo es algo así como un lobo feroz con disfraz de oveja.

A simple vista lo relacionamos con algo inofensivo. Tendemos a pensar que ser perfeccionista es una característica deseable pues la asociamos con la determinación de “hacer las cosas muy bien” y con el hábito de trabajar muy duro.

Pero no es así.

El perfeccionismo tiene un GPS cuyo punto de partida es siempre la pregunta… ¿Qué van a pensar los demás?, tiene la misma voz que nuestro crítico interior y recalcula constantemente la ruta para mantenerse en la aprobación externa.

No tiene nada que ver con acercarnos a nuestra mejor versión posible o con ser mejores cada día, sino con convertirnos en la versión socialmente aceptada, en la que nos hace ganadores de una estrella dorada pegada en la frente.

Con el perfeccionismo viajan siempre el miedo, la culpa y la vergüenza.

Llevado al extremo, el perfeccionismo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Conozco dos herramientas que pueden ser útiles para combatir este escudo de veinte toneladas -como dice Brené Brown-. Una está probada por la ciencia y la otra me gusta mucho.

La autocompasión tiene todas las credenciales en el mundo académico y está reconocida como un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista y modular al crítico interior. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres conocer más sobre este concepto.

La autocompasión cae en el campo de la medicina tradicional.

En el mundo de la medicina alternativa -la escritura terapéutica- me encontré con un ejercicio que, además de ser lindo, es útil.

Tiene como objetivo hacernos reflexionar sobre las cosas que no podemos cambiar en nuestras vidas y escribir un poema con las frases:

“Acepto vivir con…” y “Acepto vivir sin…”

Puede quedar algo así:

Acepto vivir sin superpoderes,

Acepto vivir sin estar al corriente de las noticias,

Acepto vivir sin el gusto por el yoga,

Acepto vivir dejando libros a medio leer.

 

Acepto vivir con canas,

Acepto vivir más despacio,

Acepto vivir con arrugas,

Acepto vivir con un par de kilos más.

 

Acepto vivir con pelos de perro en la ropa,

Acepto vivir sin mucho orden,

Acepto vivir con huellas de dedo en las paredes,

Acepto vivir con calcetines sin par.

 

Acepto vivir con lo que no sé,

Acepto vivir equivocándome,

Acepto vivir extranándote,

Acepto vivir improvisando de vez en cuando,

 

¿Qué diría el tuyo?

Dedicar un rato a elaborar este poema es gratificante. Hay algo liberador en aceptar nuestras limitaciones y declararnos perfectamente imperfectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conversaciones difíciles

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Pedir un aumento de sueldo, decirle a tu prima que tiene mal aliento, comunicar que no tienes ganas de ir al viaje anual de amigas, regresar a decir “siempre no” luego de haber soltado un “si” por compromiso, hablar para cobrar el dinero que te deben, ofrecer disculpas, opinar en contra de la mayoría, revelar tus preferencias sexuales, religiosas o políticas, atreverte a pedir lo que verdaderamente deseas… ¡Qué difícil es!

Uno de los retos más grandes para mí es iniciar conversaciones sobre temas incómodos, dolorosos o que me hacen sentir vulnerable. Muy seguido, le saco la vuelta a ponerle voz a lo que verdaderamente quisiera decir, dejo que se amontonen las palabras detrás de mis dientes, justo a un lado de las emociones espinosas que comienzan a marinarse en el pantano de lo no dicho.

Me topé con el libro “Conversaciones difíciles: cómo hablar de los asuntos importantes” de Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen y empecé a leerlo.

Estoy segura de que “tropezarme” con él no fue casualidad. Me está gustando mucho y, aunque todavía no lo he terminado, ya quiero compartir algunas ideas que me parecen valiosas.

Una conversación difícil es cualquier tema del que te cueste trabajo hablar.

“Cada vez que nos sentimos vulnerables o que nuestra autoestima está involucrada, cuando el tema sobre la mesa es importante y el resultado incierto, cuando nos interesa profundamente lo que está discutiéndose o la persona de quien está discutiéndose, existe el potencial de experimentar una conversación como difícil”.

Entonces nos enfrentamos al siguiente dilema: evadir o confrontar.

Cuando decidimos confrontar, con frecuencia caemos en la tentación de “suavizar” el mensaje pensando que protegeremos al receptor o reduciremos las consecuencias de la entrega.

Los autores del libro no se andan con rodeos y aclaran que no existe tal cosa como una granada o una bomba diplomática y ninguna cantidad de “azúcar” es suficiente para quitarle lo amargo al daño. Por otro lado, no entregar el mensaje puede ser como quedarte con la granada en la mano una vez que le quitaste el gatillo.

Las alternativas no son atractivas, pero las conversaciones difíciles son parte de la vida y entre más pronto aprendamos a tenerlas, mejor andaremos por la vida.

Los autores explican que todas las conversaciones difíciles tienen una estructura similar. En realidad, cada conversación incluye tres conversaciones diferentes y aprender a identificarlas es el primer paso para saber conducirlas.

¿Qué pasó? es la primera conversación. Las discusiones complejas incluyen un desacuerdo con respecto a lo que sucedió, debió haber sucedido o debería suceder, ¿Quién está bien?, ¿Quién está mal?, ¿Quién dijo qué?, ¿Quién es culpable?, ¿Por qué pasó?, ¿Cuál es la historia aquí?

Y en la historia que nos contamos, con frecuencia hacemos supuestos sobre tres cosas: cuál es la verdad, cuáles son las intenciones del otro y quién tiene la culpa.

Defendemos a muerte nuestro punto de vista convencidos de que la verdad está de nuestro lado -yo estoy bien, tu estás mal-, que sabemos cuáles son las intenciones del otro -macabras obviamente- y que la culpa del lío en el que estamos metidos no es nuestra.

La segunda conversación es la de los sentimientos. Cada conversación difícil involucra sentimientos y emociones. ¿Es válido lo que siento?, ¿Es apropiado?, ¿Muestro mis sentimientos o los oculto?, ¿Qué hago con las emociones de la otra persona?, ¿Y si se enoja o se pone triste?

En diversos contextos surgen emociones intensas que tenemos que administrar… ¿Le digo a mi hermano que me lastima que siga en contacto con mi ex o hago como si nada pasara?, ¿Le digo a mi jefe que me molestan sus burlas o me limito a hablar del proyecto?, ¿le digo a mi hijo que no puedo ayudarlo con su tarea porque no le entiendo o invento alguna excusa?

La respuesta de Stone, Patton y Heen es linda: “Involucrarse en una conversación difícil sin hablar de sentimientos es como llevar a escena una opera sin la música”.

La tercera conversación es la de la identidad. Implica mirar hacia adentro, se trata de quién somos, cómo nos vemos y cuál es nuestro lugar en el mundo. Tiene que ver con lo que “me digo sobre mi”. ¿Soy una buena persona o una mala persona?, ¿Soy capaz o incompetente?, ¿Merezco amor o no? Esta es la conversación que tenemos con nosotros mismos sobre lo que cada situación dice de nosotros y significa para nosotros.

Interesante, ¿verdad?

Cuando estamos metidos en una conversación difícil recibimos un combo “tres en uno”. El paquete incluye los hechos, los sentimientos y el sentido de identidad de cada parte involucrada.

Uff… ¡Con razón!

Conocer la estructura de las conversaciones difíciles eleva nuestro nivel de conciencia sobre todo lo que está en juego de ambos lados.

Y entonces, quizá, en lugar de entregar un mensaje cargado de juicios, decretos y sentencias comencemos a preguntar más y a mostrar curiosidad sobre la perspectiva, sentimientos y valores de la contraparte.

Quizá estemos dispuestos a admitir la posibilidad de que otra realidad es posible, que existe información que no conocemos o que no somos tan buenos como pensamos leyendo la mente.

Quizá, si conseguimos hacer a un lado los supuestos sobre quién tiene razón o quién es el culpable y estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables, lograremos fortalecer nuestros lazos sociales y bajarle dos rayitas al grado de dificultad en nuestras conversaciones.

¿Sabes cuáles son tus inteligencias dominantes?

Animals learning

¿Has oído hablar del concepto de inteligencias múltiples? Probablemente no. Pero estoy segura de que sí has escuchado hablar del término coeficiente intelectual o IQ.

Es más, puedo apostar que en algún momento de tu vida te pusieron una prueba para medir tu nivel de inteligencia – antes de entrar al colegio, a la universidad, a un trabajo nuevo- y pronosticar tus probabilidades de éxito.

La prueba del IQ por años fue considerada como LA medida para determinar el nivel de inteligencia de una persona. Y de ahí venía la creencia o la conclusión simplista de que uno es “burro o listo al parejo”, de que uno es “bueno para todo”, “regular para todo” o “malo para todo”.

El concepto de inteligencia basado en el coeficiente intelectual ha tenido importantes implicaciones en el mundo de la educación, también en el laboral.

El sistema educativo tradicional ha enfocado sus programas en el desarrollo de las habilidades lógicas, matemáticas y lingüísticas. Quienes sobresalen en estos reinos son elogiados y privilegiados. No tanto así, los que dominan el territorio de la creatividad, las artes o la música, por ejemplo.

Y otra cosa…

Dicho sistema también asume que todas las personas podemos aprender los mismos materiales de la misma manera y que una medida uniforme y universal basta para evaluar nuestro aprendizaje. Es un modelo rígido que no admite la diversidad de habilidades. Nos obliga a todos a entrar en el mismo cajón aunque no tenga nuestra forma y no sea de nuestro tamaño.

¿A poco no es genial y clarísima la caricatura de los animales?

Le pedimos al conejo, que es especialista en agilidad y saltos, que nade como pez en el agua. Si no lo logra, le buscamos un tutor por las tardes y clases de natación los sábados para que mejore su nado de pecho. En lugar de promover que pase las horas mejorando sus saltos, utilizando sus fortalezas y siendo un feliz conejo, lo hacemos sentir un incompetente pez.

A lo mejor en esto pensaba Howard Gardner, profesor de educación de Harvard, cuando desarrolló su teoría de las inteligencias múltiples. A él le pareció que el coeficiente intelectual o IQ era un indicador limitado para medir la inteligencia de una persona y se puso a investigar una buena cantidad de años.

En su teoría, Gardner argumenta que las personas tenemos ocho tipos de inteligencias. Aunque todos tenemos todas, cada quien tiene unas más dominantes que otras.

Te cuento de qué se tratan cada una de estas inteligencias. La idea es que identifiques cuáles resaltan más en tu caso y comprendas mejor por qué cierto tipo de temas, actividades o situaciones te gustan, te motivan y se te facilitan más –o al revés-.

Inteligencia Visual-Espacial. Este tipo de inteligencia supone un buen sentido de orientación y comprensión del espacio alrededor. A este tipo de personas generalmente les gusta dibujar, hacer rompecabezas, saben interpretar mapas, identifican patrones de colores y formas, son buenos para diseñar. Aprenden mejor cuando tienen apoyos visuales y pueden utilizar herramientas como: gráficas, fotografías, modelos en 3D, videos, textos ilustrados, diapositivas. Entre las profesiones que encajan bien con la inteligencia visual-espacial están los diseñadores gráficos, decoradores de interiores, marineros, pilotos, arquitectos, pintores, paisajistas, publicistas, fotógrafos, dentistas, cirujanos plásticos, cartógrafos, ilustradores, dibujantes.

Inteligencia Motriz-Kinestésica. Los individuos que tienen muy desarrollada este tipo de inteligencia usan su cuerpo efectivamente. Les gusta moverse, crear y hacer cosas con las manos, tienen buena coordinación, utilizan el lenguaje corporal para comunicarse. Aprenden mejor haciendo, con actividades “manos a la obra”, actuando, interpretando roles. Les gusta trabajar con objetos reales, máquinas, equipo. Piensa en bailarines, cirujanos, carpinteros, atletas de alto rendimiento, acróbatas, deportistas, constructores, manualidades, escultores, actores, entrenadores, rehabilitadores físicos, jinetes.

Inteligencia Musical. Las personas que tienen esta inteligencia de manera dominante se caracterizan por su sensibilidad al ritmo, a los sonidos en el medio ambiente y a las notas musicales. Aman la música, distinguen tonos, componen, memorizan letras de canciones con facilidad, tocan instrumentos, entienden las estructuras musicales, son buenos cantando. Tienen “buen oído” para traducir e interpretar lo que escuchan en el piano, guitarra, batería, etc. En este tipo de inteligencia destacan los músicos, cantantes, compositores, conductores, maestros de música, ingenieros de sonido.

Inteligencia Interpersonal. Se asocia con la extroversión. Quienes tienen marcada esta inteligencia tienen una alta capacidad para entender a los demás e interactuar socialmente. Son personas muy empáticas que identifican las emociones de los demás, sus deseos o intenciones. Tienen muchos amigos, disfrutan de las actividades grupales, evalúan situaciones sociales desde diferentes perspectivas, crean relaciones positivas, resuelven conflictos entre personas. Son buenos para ofrecer alivio, para escuchar, vender, convencer, encajan bien en cualquier contexto social y “hablan hasta con las piedras”. Cargan su energía estando con otras personas y disfrutan de las reuniones sociales. Los psicólogos, enfermeras, médicos, consejeros, filósofos, vendedores, políticos, negociadores, organizadores de eventos, maestros son buenos representantes de este tipo de inteligencia.

Inteligencia Intrapersonal. Se asocia con la introversión. Las personas con esta inteligencia dominante están en sintonía con su mundo interior, conocen sus estados emocionales, sus intereses y metas, saben qué les motiva. Tienen muy desarrollada la intuición y el autoconocimiento. Disfrutan de la introspección, la reflexión, el análisis, la discusión de teorías, la filosofía. Aprenden mejor en solitario, les gustan los libros, materiales creativos, los diarios. Valoran mucho su tiempo solos y su privacidad. Recargan su energía pasando tiempo consigo mismos. Se cansan rápido en lugares llenos de gente o en situaciones que implican interactuar con otras personas durante mucho tiempo –aunque esto no significa que no puedan hacerlo-. Destacan aquí los filósofos, emprendedores, escritores, poetas, científicos, investigadores, pensadores.

Inteligencia Lingüística-Verbal. Se caracteriza por el uso efectivo de las palabras. Las personas que tienen esta inteligencia de manera dominante son buenas para aprender idiomas, les gusta leer, los  juegos de palabras, hacer crucigramas, escribir, contar cuentos o chistes. Tienen una gran capacidad para comunicarse de manera verbal o escrita. Recuerdan fácilmente lo que leen o escuchan. Son extraordinarios para convencer o motivar a los demás, para debatir, argumentar y explicar. Aprender mejor leyendo. Entre las profesiones que utilizan esta inteligencia están: escritores, periodistas, locutores de radio, abogados, maestros, sacerdotes, conferencistas, editores, traductores, guionistas, relaciones públicas, bibliotecarios.

Inteligencia Lógica-Matemática. El fuerte de las personas con este tipo de inteligencia es analizar problemas, operaciones matemáticas y temas que tienen que ver con estrategia –piensa en juegos como ajedrez y Risk-. Entienden el mundo en números, fracciones y proporciones. Tienen capacidad para pensar conceptual y abstractamente, disfrutan explorando patrones, experimentando y resolviendo misterios. Son espectaculares para resolver problemas complejos, resumir información, analizar datos. Pueden hacer cálculos complicados o desarrollar programas de computo. Las profesiones que se apoyan en este tipo de inteligencia son: científicos, financieros, programadores, desarrolladores de software, ingenieros, matemáticos, físicos, químicos, farmacéuticos, astrónomos, contadores.

Inteligencia de Naturaleza. Se asocia con una conexión y sintonía con el medio ambiente. Las personas que destacan en este tipo de inteligencia muestran un gran interés por fenómenos de la tierra -tornados, terremotos, geografía, climas-. Les gusta aprender sobre otras especies, aman a los animales, comprenden el mundo de las plantas, disfrutan pasando tiempo al aire libre, en comunicación con la naturaleza, cargan su energía haciendo caminatas, buscan oportunidades para acampar. Entre las profesiones congruentes con este tipo de inteligencia están: botánica, biología, zoología, veterinaria, geología, meteorología, guardabosques, jardinería, granjeros, rancheros, chefs, ambientalistas.

¿Lograste identificar tus inteligencias dominantes?

El mundo es muy diverso y las personas también.

Me parece que si sabemos cuáles son nuestras inteligencias dominantes podemos comenzar a resolver nuestros días a partir de ellas, en lugar de pasar tiempo corrigiendo debilidades o tratando de encajar en moldes que no nos quedan.

Considero esto especialmente útil e importante para los jóvenes que están en proceso de elegir una carrera profesional. Conocer sus inteligencias dominantes les permite encontrar las carreras que hacen mejor “fit” con sus habilidades.

Imagínate que terrible sería para un joven con un alto nivel de inteligencia interpersonal, de naturaleza y kinestésico tener que trabajar todo el día sentado, detrás de una pantalla haciendo números, en una oficina sin ventanas y sin contacto con otros compañeros…

Y sin embargo, esta es la realidad de muchos adultos. Atados a trabajos que no empatan con su personalidad o en donde no tienen oportunidad para utilizar sus fortalezas. Se drena la energía, se apaga el espíritu, se pierde felicidad.

Como padres podemos ayudar a nuestros hijos a identificar sus fortalezas y a promover que las utilicen para que alcanzar su mejor versión.

La vida fluye mejor cuando podemos dedicarnos a lo que nos gusta utilizando nuestros mejores recursos personales.