Saborearte la vida te hace más feliz

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La felicidad, sin duda, tiene que ver con las experiencias positivas de nuestra vida. Pero tiene todavía más que ver con nuestra capacidad para notarlas, disfrutarlas, prolongarlas y recordarlas.

A todos nos suceden cosas agradables, hay detalles lindos por todos lados y un sin fin de eventos o situaciones que podrían maravillarnos, robarnos el aliento por su belleza y grandeza. Pero no siempre estamos conscientes, no nos damos cuenta.

Vamos en piloto automático, rehenes de la prisa, glorificando el estar ocupados y, entonces, la vida con sus cosas lindas, nos pasa de largo.

Saborearnos la vida –en inglés la palabra es “savoring”– es una estrategia que nos ayuda a evitar que todo eso que le da sazón a la vida, nos pase desapercibido.

Está relacionado con hacer pausas y con la atención plena. Es la capacidad de atender, apreciar y estar conscientes de las experiencias positivas que tenemos.

“Saboreamos” cuando estamos con amigos y apreciamos cuánto los queremos y nos divertimos juntos; saboreamos cuando pasamos tiempo con nuestros hijos y escuchamos su risa o notamos el olor de su pelo recién lavado antes de irse a la cama; saboreamos cuando bailamos con nuestra persona favorita y le vemos la sonrisa. Es como si de pronto el mundo se pusiera en pausa y pudiéramos darnos cuenta de la situación bonita en la que estamos.

Saborear es diferente que lidiar, manejar o hacer frente a las experiencias negativas.

Podemos poner en práctica la técnica de saborear de muchas maneras…

Una es por medio de las sensaciones. El sol calentando nuestra espalda a través de una ventana en una mañana fría, el sabor de una crepa de Nutella recién hecha, flotar de muertito en el mar y sentir el movimiento del agua al tiempo que escuchamos la arena desplazándose en el fondo.

Podemos maravillarnos con la naturaleza o la habilidad de una persona. Un arcoíris doble, un amanecer incendiado, la fuerza de olas gigantes en un mar revuelto, un lago de agua cristalina que refleja las nubes del cielo, la destreza de un pianista, la voz de una soprano, una catedral construida hace un siglo sin tecnología.

Saboreamos también recordando logros pasados, batallas superadas o eventos especiales. El primer beso, los primeros pasos de tus hijos, lazarte de una roca a un río 10 metros más abajo, recordar el viaje a la playa que hiciste con todas tus amigas o el momento exacto en que conociste al amor de tu vida.

Podemos también saborearnos la vida anticipando algún evento o experiencia futura. Como cuando planeamos unas vacaciones, una ida a un concierto, una primera cita. Cuando organizamos una fiesta o imaginamos sueños cumplidos.

Involucrar todos nuestros sentidos es importante. Esto podemos hacerlo practicando la atención plena –“mindfulness”-. Traer todo tu ser al presente. Entonces, si estás sentado frente al mar darte cuenta de los sonidos, la sensación de la brisa en tu piel, el olor particular del agua salada, ver con atención como se forman las olas y rompen contra la orilla haciendo espuma, escuchar el sonido de la arena y las piedras cuando el agua se repliega.

La vida está llena de momentos especiales, detalles bellos y experiencias positivas para quien decide quitar el piloto automático, hacer una pausa, levantar la vista, mirar alrededor, habitar el momento presente y observar con atención.

La felicidad también está en darte cuenta de que quizá en este momento te sientes bien.

Mañana, luego, más tarde, al rato…

procrastinar

Y todo lo que se le parezca, son expresiones que utilizamos justo antes de sacarle la vuelta a lo que tenemos que hacer y postergarlo para algún momento futuro –muchas veces indefinido-.

A este hábito de dejar todo para “después” se le conoce oficialmente con el nombre de procrastinar.

Dejar de procrastinar está en mi lista de metas personales hace mucho tiempo… Y lo digo sin la menor intención de sonar irónica.

Estoy absolutamente convencida de que yo viviría más feliz si lograra deshacerme de mi mala costumbre de posponer las cosas, las simples y las complicadas. Me ahorraría un montón de ansiedad, preocupación y mal genio.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces me he prometido a mí misma no llegar a la siguiente fecha de entrega con el agua al cuello.

Con frecuencia conozco con meses de anticipación el día exacto en que tengo que dar una conferencia, dirigir un taller, preparar una clase o entregar un artículo. Invariablemente hago un plan para tener todo listo una semana antes y trabajar tranquilamente un poco cada día. Esa es mi intención.

Lo que sucede en realidad es muy diferente. El tiempo se me escapa por todos los rincones. Y entre más cerca estoy de la fecha crítica, mayores son mis ganas de arreglar un cajón, hacer limpia de ropa, leer un libro -aunque sea de física cuántica-, tomar un café, pensar que será de la vida de Phoebe Buffay de la serie de “Friends”, salir a andar en bicicleta o sentarme a ver a la “nada”.

Al final… “pateo el bote” hasta que suena la señal de alarma, entro en pánico y no me queda más remedio que hacer lo que tengo que hacer.

¿Te suena conocido?

He aprendido cosas muy interesantes sobre el tema de procrastinar.

La primera es que la procrastinación es un mecanismo para hacerle frente al estrés y no una forma de flojera o descuido. De entrada esto me tranquiliza.

El investigador Timothy Pychyl, ha encontrado que la razón detrás de la procrastinación es evadir el estrés y no el trabajo, como generalmente pensamos. Es el deseo subconsciente de sentirnos bien “en este momento”, de tener un momento gratificante ahorita.

Postergamos porque nos sentimos estresados por las cosas grandes: el dinero, los conflictos familiares, las enfermedades o la vida en general, y no necesariamente por la tarea o el trabajo inmediato que tenemos que hacer.

Cuando evadimos algo que nos parece difícil, sentimos cierto alivio. Y si además hacemos algo que nos gusta, como revisar nuestros mensajes en el teléfono, nuestro cerebro nos inyecta dopamina. Esto se siente bien, así que lo repetimos y lo vamos convirtiendo en un hábito.

La cosa es que en el tiempo, lo que postergamos se acumula creando así más estrés en nuestra vida. Es un círculo vicioso.

Con lo anterior, entiendo que una manera para combatir la procrastinación consiste en manejar y atender el estrés en nuestra vida en general.

Otra cosa que aprendí es cómo funciona la mente de un procrastinador.

Parece que el mundo se divide en dos: los que procrastinamos y los que no.

Los que hacen sus tareas con suficiente tiempo y organizadamente no entienden qué pasa por la cabeza de los que dejamos todo para después.

Mi mamá hace la maleta para un viaje con días de anticipación; yo la hago dos horas antes de salir de mi casa, sin importar a dónde ni por cuánto tiempo salgo. Cuando mi mamá me ve estresada, repelando, buscando, pensando y adivinando qué necesito, lo primero que pregunta es… ¿y por qué no lo hiciste antes?. En lugar de atender alguna molestia física con un médico, dejo pasar los días imaginado miles de posibilidades catastróficas. Cuando finalmente decido a ir a consulta, la pregunta obligada del doctor es… ¿por qué no viniste antes?

En su conferencia “Adentro de la mente de un procrastinador profesional”, Tim Urban explica de manera genial cómo funciona este fenómeno. Si tienes 15 minutos disponibles, te recomiendo que los dediques a ver el video.

De acuerdo con Tim, el sistema de los procrastinadores está compuesto por tres personajes: el tomador racional de decisiones, el chango de la gratificación instantánea y el monstruo de pánico.

¿Cómo funcionan y se relacionan entre sí?

Supongamos que tenemos que entregar una propuesta para un proyecto muy importante en 2 meses.

El tomador racional de decisiones sabe que es una buena idea empezar a trabajar desde ya. Tiene que reunir la información necesaria, leer, analizar, pensar en la estructura, sentarse frente a la computadora, escribir, revisar, etc. Proyecta hacia el futuro y lo último que quiere es sentirse apresurado y agobiado por el tiempo.

El chango de la gratificación instantánea dice “NO”. Mejor vamos a ver qué está pasando en Facebook, vamos a pasear al perro o por algo de comer, vamos a investigar si han descubierto vida en Marte. El chango insiste hasta que logra secuestrar las buenas intenciones del tomador racional de decisiones y lo desvía del camino. Al chango sólo le interesa lo fácil, lo divertido y el momento presente.

Cuando la fecha límite de entrega se acerca lo suficiente aparece el monstruo del pánico. El chango de la gratificación instantánea le tiene terror a esta creatura, en cuanto lo ve corre a toda velocidad y desaparece.

Sin la presencia del chango, el tomador racional de decisiones logra sentarse a trabajar a toda velocidad para cumplir con los objetivos.

El monstruo del pánico parece ser clave en el proceso de completar tareas ya que ahuyenta al chango. Pero ojo acá… para que aparezca el monstruo tiene que haber una fecha límite.

De esto sale una reflexión importante…

Explica Tim, que cuando las metas o tareas que tenemos que hacer tienen fecha de terminación o entrega, entonces la procrastinación está contenida en un rango delimitado de tiempo.

Pero… ¿Qué pasa para todo eso que queremos hacer que no tiene fecha específica de entrega?

Iniciar un negocio, escribir un libro, conocer Australia, hacerte de valor para perseguir tus sueños. Ver a tu familia, encontrarte con tus amigos, enviar un mensaje de agradecimiento, comer saludable, hacer ejercicio.

Después le llamo, después lo busco, después lo hago, después empiezo, después nos vemos, después…

En estas intenciones o deseos sin fecha de caducidad no hay monstruo de pánico, por lo tanto, los efectos de procrastinar no están contenidos y viajan en el tiempo. Dejamos la vida para después.

Postergar planes, sueños, proyectos personales es caldo de cultivo para emociones que nos restan felicidad: aburrimiento, tedio, culpa, apatía, enojo, resentimiento, arrepentimiento.

¿Cómo ponerle remedio a este tipo de procrastinación?

Algunas preguntas que podrían ser útiles para reflexionar sobre este tema o encontrar la motivación para empezar es: ¿Qué harías si supieras que te quedan 6 meses de vida? ¿Qué es eso que absolutamente quisieras hacer? ¿A quién tendrías que contactar? ¿Qué te gustaría decir? ¿A dónde quieres ir? ¿Qué proyecto quisieras completar? ¿Qué sueño tendrías que lograr?

No queremos irnos de este mundo con la mochila cargada de “hubieras”.

Tenemos que empezar.

HOY.

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La regla de los 5 segundos

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Si tuvieras que calcular aproximadamente cuántas veces al día te dices a ti mismo y a lo demás, “al rato lo hago”, “mañana”, “el lunes”, “mejor no”, ¿Qué dirías?

Yo prefiero sacar mi cuenta… “después”.

Terminé de leer el libro “La Regla de los 5 Segundos” de Mel Robbins y creo que encontré un antídoto poderoso contra este vicio que varios tenemos de procrastinar.

La mayoría de nosotros tenemos metas personales y sueños que deseamos cumplir, retos que superar y situaciones de vida que queremos o necesitamos cambiar. Pero no lo hacemos.

Entre nuestra intención de hacer algo y en verdad hacerlo existe un limbo retacado de excusas que nos detiene.

Según Mel Robbins, 5 segundos es lo que le toma a nuestro cerebro convencernos de no hacer las cosas, según esto, para “protegernos”.

¿Has notado lo rápido que el miedo y las dudas secuestran tu mente y comienzas a fabricar argumentos para no decir o no hacer algo?

Si pudieras asomarte al limbo donde yo fabrico mis excusas y argumentos para no hacer las cosas verías algo así…

“Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía, llamo a las 8:00 am, que es la hora a la que llega la asistente”. Esa es mi intención. ¿Qué sucede cuando llega la hora? “Hablo después de revisar mis correos”, “Bueno, mejor después de comer hago todas las llamadas del día, así avanzo con el trabajo”, “Aunque pensándolo bien, ya pronto me voy de vacaciones y si me van a dar una mala noticia, prefiero que sea al regresar”, “Listo, hago la cita sin falta cuando regrese”. Todo eso en segundos.

“Mañana salgo a correr inmediatamente después de que se vayan las niñas al colegio, voy a dejar la ropa lista desde hoy”. Esa es mi intención. Lo primero que pasa es que no saco la ropa porque pienso que es mejor elegirla cuando vea cómo amanece el clima. ¿Qué pasa el día siguiente?… “Me cambio cuando termine de tomar el café”, “Mientras… voy a leer un ratito, al cabo, no tengo prisa”, “Mejor termino de una vez el libro, ya me falta poco”, “Pero entonces ya va estar haciendo mucho calor”, “Bueno, no pasa nada, mañana voy”. Así pueden pasar dos semanas.

Así es como en segundos vamos dejando todo para después. Esto incluye alzar la voz y opinar en una reunión de trabajo –“mejor no, ¿qué tal si piensan que mi idea no sirve?”; decidir fumar otro cigarro –“uno más no hace la diferencia”-; aguantar otro comentario ácido de esa persona tóxica –“no quiero problemas”; trabajar en la empresa familiar –“es lo que esperan mis padres”.

Nos detienen el miedo, la incertidumbre, la flojera, la comodidad, lo conocido.

Estamos a una decisión de una vida completamente diferente.

Cuando se trata de cumplir metas, resolver situaciones o alcanzar sueños es fundamental escuchar nuestro instinto de cambio y honrarlo con una acción.

La regla de los 5 segundos es una buena herramienta para lograrlo.

¿Qué es la regla de los 5 segundos?

Es una estrategia que nos permite lograr nuestros objetivos venciendo a nuestro cerebro antes de que empiece a parlotear.

¿Cómo se usa?

Es como el lanzamiento de un cohete al espacio: “5, 4, 3, 2, 1… ¡despegar!”.

Cada vez que tengamos que hacer algo y comencemos a sentir incertidumbre, miedo, inseguridad, flojera, podemos tomar el control contando del 5 al 1.

Contar hacia atrás sirve dos propósitos simultáneamente. En primer lugar, enfoca nuestra atención en lo que tenemos que hacer y nos impulsa a actuar; en segundo, interrumpe el hábito que tenemos bien cimentado de dudar, sobre-pensar, auto sabotearnos y detenernos.

Para que la regla funcione es muy importante movernos físicamente al llegar a 1, pues cuando nos movemos, nuestra fisiología cambia y el cerebro le sigue.

Contar hacia atrás del 5 al 1 también tiene su lógica. Cuando contamos al revés, mentalmente cambiamos la programación del cerebro. Llegar al 1 nos motiva a la acción. Es equivalente a arrancar en una carrera luego del “en sus marcas, listos… ¡fuera!”. Si contáramos del 1 para arriba podríamos contar indefinidamente.

Entonces, “Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía” se convierte en 5, 4, 3, 2 ,1… marcar por teléfono; “Voy a salir a correr”… 5, 4, 3, 2, 1… ponerme los tenis y salir; “Tengo que escribir mi artículo”…. 5, 4, 3, 2, 1… sentarme en el escritorio y abrir la computadora.

Dice Robbins, que no son las grandes jugadas o movimientos los que definen nuestras vidas, sino las más pequeñas. Dentro de un rango de 5 segundos podemos detenernos a pensar y decidir no tomar acción sobre esas cosas pequeñas. El detalle es que las decisiones no tomadas se acumulan en el tiempo y nos dejan atascados.

La regla de los 5 segundos hace que las cosas pasen. Nos ayuda a atravesar la barrera de las excusas y a encontrarnos con nuestra mejor versión del otro lado.

Cambiamos nuestra vida una decisión a la vez.

Y podemos decidir hacerlo en 5, 4, 3, 2 ,1…

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