2020: Una película surrealista sin guión

Y de pronto llegué al final del 2020, el año más bizarro que me ha tocado vivir. Separé un rato para tratar de entender de qué se trató esta película surrealista sin guión a la que me aventaron sin preguntar.

Todavía no decido si despedir al 2020 con una mentada de madre o nada más dejarlo pasar. De lo que sí estoy segura es que su partida me hace muy feliz. Soy del bando de las que se emocionan con el cambio de año. Al viejo le dejo las tristezas, los dolores, los malos ratos; al nuevo, lo visualizo lleno de cosas buenas, posibilidades y sueños por cumplir. Siempre me han gustado las páginas en blanco.

Estas son mis reflexiones.

El amor es poderoso. Aprendió a filtrarse a través de pantallas, tapabocas, caretas, lentes, guantes, trajes amarillos. Encontró la manera de hacerse sentir por chat con palabras escritas, símbolos, mensajes de voz, manos emparejadas con vidrios de por medio, aplausos y música desde los balcones. En este año de medias caras, los ojos fueron protagonistas. Hicieron todo: sonreír, gritar, acompañar, consolar, envolver, abrazar, llorar.

Viviendo entre duelos. El sueldo emocional fue brutal en 2020. Sufrimos diferentes tipos de perdidas. Pérdidas humanas, pérdida del contacto social, del trabajo, proyectos detenidos, viajes cancelados. Perdimos la paz interior, la libertad de movimiento, el sentido de normalidad, la rutina, la posibilidad de planear más allá de una semana.

El tiempo y el espacio se volvieron locos. No tienen idea de nada. Se borraron las líneas que dividen al viernes del sábado, al domingo del lunes. Todos los días saben igual. Da lo mismo sin son las 9:30 de la mañana o las 7:45 de la tarde. Se unificaron los espacios: el comedor es el salón de clases; la recámara, es la oficina; el cuarto de tele, la cancha de basquetbol. Hay días en que las horas tienen 180 minutos y meses que duran una semana. El tiempo pasa lento y rápido al mismo tiempo.

Por otro lado, que contradicción esta la de finalmente entender que el tiempo vuela, sentir prisa para salir a vivir y no poder hacerlo porque el aire se ha vuelto peligroso, porque el freno de mano está puesto. ¡Qué ansia esto de esperar a que el mundo se abra otra vez!

Aprender a soltar el futuro. Hace unas semanas me atrapó el título de un artículo en la revista The Economist: “El año en que el futuro se canceló”. ¡PUM! De esos encabezados que lo dicen todo.

Me acuerdo de abril. En una semana se borró mi agenda de todo el año. Un mensaje tras otro para comunicar lo mismo: “debido a la contingencia sanitaria hemos decidido cancelar/postergar la conferencia/taller/vuelo/viaje”. En una semana me quedé sin trabajo, en una semana se esfumaron mis planes y los de mi familia. En 2020 coleccionamos eventos que no sucedieron por el Coronavirus, aviones no tomados, lugares no visitados, aventuras no vividas, fiestas de cumpleaños no celebradas, besos y abrazos no dados.

En ese artículo algo resonó en mí. Hay un tipo de felicidad que viene de anticipar y saborear el futuro, de imaginar cómo serán las cosas. Nos entusiasma la cena del próximo viernes con amigos, del paseo, la ida al cine, el desayuno con amigas, el café para escribir. Nos motiva el compromiso de la siguiente conferencia en vivo, la vuelta a la universidad para dar clase. Aguantamos el martes porque pronto viene el sábado. Este año tocó vivir en el presente, un día a la vez.

¿Cómo sí? Esta crisis nos obligó a transformarnos en pleno vuelo. ¿Te has puesto a pensar en todo lo que ha cambiado en respuesta a la pandemia? Hemos tenido que encontrar la manera de seguir haciendo nuestra vida, de aprender a usar nuevas tecnologías, de cambiar el hábito de tallarnos los ojos con las manos. Hemos tenido que hacernos flexibles, moldeables, ágiles. En mi caso, la pregunta clave para navegar en este océano alebrestado ha sido: ¿cómo puedo seguir haciendo lo que me hace vibrar? Y entonces se me ocurren ideas. Y entonces vuelve la esperanza.

Parteaguas. Me parece que, de una u otra manera, dividiremos nuestras vidas en antes y después del Covid. Ni en mis sueños más locos me hubiera imaginado siendo parte de un evento que quedará registrado en la historia. Este fue el año en que estar juntos se volvió peligroso; abrazar y besar, prohibido. El año en que vivimos “online” y con GPS en permanente estado de “recalculando la ruta”.

Me inquietan las posibles secuelas. No sé, por ejemplo, cómo afectará esto a mis hijas que están en preparatoria, la época en la que todo lo que sucede no está sucediendo ahora. Algún día nos toparemos con las fotos que tomamos este año con tapabocas y la odiada susana distancia. ¿Qué pensaremos entonces?

Los pequeños detalles son los grandes. Extraño los tenis, chamarras, sweaters, termos y calcetas aventados en el asiento trasero de mi coche. Ese era un desorden congruente con partidos de voleibol y basquetbol, planes en casas de amigas y clases en el colegio. Extraño respirar sin miedo y las noches sin pesadillas.

Nueva normalidad. Tapabocas desechables, de tela, con filtro, con diseño, con logo de marca fina, como una prenda más que combinar, tirados en las banquetas. Caretas de plástico, guantes, gel antibacterial, tapetes con líquido para desinfectar zapatos. Círculos dibujados en el suelo a 1.5 metros de distancia entre sí. Termómetros que no sirven en la entrada de los comercios -un día registré 32 grados y me dejaron pasar porque creyeron que estaba viva-. Pasaportes, visas y maletas irrelevantes. La casa siempre llena, desapareció el silencio, la privacidad también. El internet fundamental, el ancho de banda crítico. Desfile de coches para festejar cumpleaños, saludar de lejos, ley seca, “lockdowns”, distanciamiento social, hospitales saturados, miles de muertos.

La gratitud es la herramienta más importante. Y a pesar de todo, me siento agradecida con el 2020. Hay tanto que sí tenemos y sí podemos hacer. Aprendí cosas nuevas como soltar el control, vivir en el caos, tolerar la incertidumbre. Este año fue una gran oportunidad para descubrir qué es lo importante, encontrar los detonadores que nos revelan dónde no somos libres. Conocí a personas maravillosas, regresaron las oportunidades de trabajo y formé parte de proyectos retadores e inspiradores, descubrí que somos más resilientes de lo que pensamos, crecí como persona, pasé horas en la montaña, mi familia está completa y ya viene la vacuna. Sí pudimos.

Ahora vamos por el 2021. No quiero ni imaginar las toneladas de responsabilidad que siente el año nuevo sabiendo que la mirada de la humanidad entera está enfocada en él.

Hoy es un buen día para trazar las metas del año que empieza.

Antes de arrancar con una lista de propósitos de nuevo ciclo es importante dedicar tiempo a pensar lo siguiente: ¿Cómo quiero sentirme?, ¿Qué emociones quiero sentir?, ¿Qué experiencias quiero tener?

Con frecuencia hacemos listas de lo que queremos… Viajar por el mundo, un trabajo estable, un auto nuevo, escribir una novela, encontrar una pareja, tener buena condición física. En realidad, lo que andamos buscando es cómo queremos sentirnos… Libres, independientes, creativos, amados, sanos. Andamos detrás de una manera de sentir. Es por aquí que tenemos que empezar antes de definir nuevas metas.

Yo quiero sentir paz, libertad, claridad, amor, creatividad, diversión, curiosidad, valentía.

Me quedo con la frase de Mark Twain como guía para lo que viene:

“Dentro de 20 años lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona puerto seguro. Atrapa el viento en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”.

¡Feliz año nuevo!

Una Navidad de pandemia

¿Alguna vez te imaginaste que el modo pandemia llegaría hasta Navidad?

Cada vez que me siento a escribir me estrello con el tiempo. En marzo, cuando nos mandaron a nuestras casas, en mi mente dibujé dos semanas. A partir de entonces, pongo la esperanza en el evento inmediato siguiente.

Pasó el verano, un semestre completo en la universidad, Halloween, el Día de Muertos, mi cumpleaños. Llevamos 9 meses, casi 7 cuarentenas. Navidad es la próxima semana. No quiero ni imaginar las toneladas de responsabilidad que siente el 2021 sabiendo que la mirada de la humanidad entera está enfocada en él.

Entre todo esto, me tocó estar en una conversación de dos bandos con relación a las celebraciones navideñas e intercambios de regalos. Por un lado, estaban los que decían: “aceptemos que este año ya valió, que todo está muy complicado, nada de intercambios, ni de regalos debajo del pino” -OK, si estoy exagerando un poco- y; por el otro, estaban los que decían “por esto mismo hay que echarle más ganas, más cariño, cuidar más los detalles”.

Desde que arrancó la temporada del año, en que ser feliz parece ser obligatorio, yo brinco de bandos. Un día tiro la toalla y al siguiente la recojo. Supongo que lo mío tiene que ver con el clima.

Estuve tentada a anunciar un brote de Coronavirus en el Polo Norte. Santa, pensando que por ser Santa estaba exento de enfermarse, fue descuidado con el uso del tapabocas. Santa tiene Covid, se le complicó por el sobrepeso y está en terapia intensiva. El pronóstico es reservado.

También pensé en sacudirme el pendiente entregando unos “Vale por___” canjeables la próxima navidad o cuando llegue la vacuna, lo que suceda primero.

Sólo que ninguna de esas opciones me convenció.

La mera verdad es que me siento más alineada con la idea de ponerle ganas. Y con esto no quiero decir que hay que salir a regalar cosas materiales o intentar compensar el encierro, los planes cancelados y la desaparición de la raya que separa al fin de semana del resto de los días con un exceso de regalos materiales. Lo que quiero decir es que, creo que una buena manera de hacerle frente a esta pandemia es justo con lo esencial.

Es muy difícil eliminar las ganas de mostrar nuestro amor con un regalo. Este año yo siento más ganas de regalar que otros y sospecho que justo es porque quiero “compensar”. Sin embargo, pienso que el mejor regalo que podemos darle, no sólo a las personas que queremos, sino al mundo entero, es cuidarnos.

Mis memorias navideñas más lindas no tienen nada que ver con lo que recibí de regalo. Lo que recuerdo con claridad es a mi mamá horneando galletas y yo metiendo las manos en la masa, a mi papá asomado por la ventana listo para avisarnos si pasaban los renos, la corona de adviento que llegaba a la Navidad con sus 4 velas disparejas. Recuerdo también cuánto nos divertíamos mis hermanos y yo inyectándole vino al pavo la noche del 23, el olor a comida que inundaba toda la casa desde la mañana del 24, la música, la mesa puesta, el recalentado. Ahora repetimos las tradiciones para la siguiente generación.

Por más que busco no encuentro nada material rescatable en mis memorias. Lo que se queda en el corazón es lo que vivimos, cómo lo vivimos y con quién lo vivimos.

¡Mis mejores deseos para ti en esta navidad!

Crónica de maestros, estudiantes y padres agotados

La pandemia ha enloquecido al tiempo. Desde mi punto de vista, se ha deschavetado, se le han borrado las fronteras. Hay días que duran 54 horas porque a los minutos se les olvida pasar y hay meses que duran una semana, por ejemplo, noviembre.

Esta falta de ritmo del tiempo tiene como efectos secundarios que mi rutina de escribir se haya vuelto aleatoria. Se me desprogramó la rutina de publicar una vez por semana o quizá toda yo perdí la configuración.

No es que me falten temas para escribir. Creo que el problema es el contrario. Tengo tantas cosas en la cabeza, ideas, y ganas de arrancar proyectos que de pronto no sé por donde empezar. Así que les pido a ellos que se pongan de acuerdo en el orden y me avisen. Pero sucede que se arremolinan en la puerta de salida, se pisan y terminan por aplastarse mutuamente. ¡Maldito tiempo distorsionado!

Pero bueno. A veces llega un tema que no se detiene a negociar con los demás y sale. Ojalá todos fueran tan decididos.

Hace unos días hablé con la directora de una secundaria para ponernos de acuerdo en los detalles y contenido de un programa de entrenamiento para sus maestros. Me platicó del panorama y contexto que están viviendo en esta nueva realidad de dar clases a través de una pantalla. Nos quedamos hablando buen rato. Fue una conversación agridulce.

En este tema tengo una perspectiva desde varios los ángulos. Soy maestra en línea de estudiantes de carrera; mamá de niñas que toman clases desde su sillón favorito en la casa; y soy alumna en un programa de coaching. Al salón de clases en Zoom llegamos todos en un clic.

¿Qué te puedo decir?

Como mamá puedo espiar a los maestros de mis hijas y darme cuenta de lo que ellas hacen detrás de la pantalla; como maestra, el reto es mantener la atención de mis estudiantes e intentar crear una atmosfera lo más parecida a la presencial; como estudiante, caigo en las mismas las tentaciones que mis alumnos e hijas.

Punto de vista de maestros.

Lo primerito que voy a decir es que admiro a los maestros más que nunca. A mi me toca fácil. Mis estudiantes son de carrera y son independientes. ¿En qué sentido? En todos. Conocen sus horarios, entran solos a sus clases, tienen experiencia aprendiendo en línea, son capaces de quedarse sentados y, lo más importante de todo, me dicen qué hacer cuando se me atora la tecnología.

El reto es MUY diferente para maestros de niños pequeños. Hace un par de meses me tocó darle clase a un grupo de maestros, muchos de ellos de kínder y primaria baja. Su labor es titánica. ¿Cómo le hacen para mantener sentado a un chiquito frente a una pantalla para explicarle matemáticas, cuando tienen a sus juguetes, a sus hermanos, a sus mascotas y a Netflix a la mano?

Me tocó escucharlos angustiados porque en su corazón vive el deseo de apoyar a los niños, pero la logística no ayuda. Se desvelan adaptando materiales, inventado actividades y trabajan más que nunca. Usan títeres, cantan, bailan, juegan. Están agotados. Están preocupados porque ahora que hay ventanas a la vida de los niños en casa, lo que ven o escuchan no siempre es agradable. Y el recurso del cariño y el acompañamiento en tercera dimensión no está disponible en línea. Todavía no inventan el botón que les permita agacharse para ponerse a la altura de un par de ojos asustados y comunicar que no están solos.

Los maestros antes teníamos privacidad. Esta pandemia ha convertido los muros de nuestros salones en paredes de cristal. Ahora nos toca dar clases metidos en una pecera o en un aparador. Somos escuchados, observados y evaluados por nuestros alumnos y sus padres que se sienten parte del grupo.

Por el lado bueno, esto nos obliga a prepararnos mejor. Por el lado malo, sabernos vigilados o grabados, no hace más tibios y menos espontáneos.

Ahora, de pronto y de la nada, aparece una mamá en pantalla, colgada de alguna de las esquinas e interrumpe la sesión: “Miss, ¿te podrías quedar cinco minutos después de la clase?, tengo un comentario y una duda de la tarea”. Mamás y papás… ¡Por favor, no hagan esto! La cortesía pre-pandemia de pedir citas con los maestros para atender temas aún aplica. Si antes no te aparecías en el salón, no entres por la pantalla ahora. Tus hijos también te lo agradecerán.

Todos somos vulnerables. Mostramos nuestras casas y espacios más íntimos, aparecen nuestros familiares, suena el timbre, ladran los perros, discuten los hermanos. Es posible tomar fotos o videos y convertir a personas en “stickers” que luego circulan en redes sociales. La lista es larga.

Este semestre me tocó, por primera vez en veinte años, arrancar en Zoom. Tengo un grupo maravilloso de chavos involucrados y comprometidos que hacen todo sencillo. Darles clase ha sido un gozo. Sin embargo, me destantea no verlos a todos al mismo tiempo. Me falta el recurso de la visión periférica. Puedo ver a la persona que habla, pero no la reacción de los demás. Y si comparto mi presentación entonces ya no veo a nadie. Estando en el salón físico tengo visibilidad de lo que sucede con mis estudiantes. Puedo ver sus caras, sus gestos, sus posturas. Tengo una muy buena idea de si el material les gusta y queda claro. Esto me permite alinear y balancear en el instante. Puedo darme cuenta de quién tiene sueño, quién está aburrido, quién tiene ganas de ir al baño. Puedo sentir la energía. La interacción es diferente. Deseo con ansias regresar a la modalidad presencial.

Punto de vista de estudiantes.

Es un reto gigante mantener la atención en la pantalla, aún y cuando la clase es divertida. Pero es casi imposible lograrlo cuando el maestro o maestra es de corte calmado, voz bajita y se esconde detrás de diapositivas retacadas de información. La tentación de apagar la cámara y dejar al maestro hablándole a nuestro retrato es enorme. El botón de mute es una chulada, permite escuchar música y tener la televisión prendida. Y ya si combinas cámara apagada con micrófono cerrado, puedes hablar con las personas a tu alrededor, tomar llamadas de teléfono, acomodar un cajón y hasta servirte de cenar.

De lo más lindo de estudiar es interactuar con los demás. Intercambios de miradas cuando el maestro no ve, saludos en los pasillos, pláticas entre clases, planes con amigos. La vida social alrededor de los estudiantes es quizá la educación más importante.

Los estudiantes están al aborde de un ataque de nervios. Pareciera que los maestros están compensando la ausencia en el salón de clases con toneladas de trabajo adicional. Tareas kilométricas y acartonadas tienen a los chavos rehenes de la computadora horas y horas. No está divertido ser un adolescente en cuarentena.

Punto de vista de mamás.

Me toca escuchar las clases de mis tres porque las computadoras están por todos lados. Hay maestros que me caen bien y otros que me parecen insufribles. Juzgo lo que dicen y cómo lo dicen. Tengo algo que decir de su tono de voz, de la energía que le imprimen a la clase, de la manera en que interactúan con el grupo. También tengo opiniones sobre el contenido, la entrega y la resolución de dudas.

Percibo a los maestros que están felices dando clase y a los que están odiando cada minuto. Y voy a confesar que se me han salido comentarios en voz alta del tipo: “Claro que no, eso no es cierto” o “tu maestra anda de pésimo humor hoy”. Lo único que logro es confundir a mis hijas. O sea, hago justo lo que no quiero que me hagan a mi cuando doy clase.

Hay maestros que se invierten a fondo para hacer la clase divertida, que le meten un montón de creatividad, buena vibra y compasión. Me fascina en especial una maestra de voz dulce y cariñosa que pide a sus alumnos prender la cámara y dejarle saber que están presentes, aunque sea con un brazo, un hombro o un pedazo de frente.

Al igual que mis estudiantes, mis hijas son independientes. No quiero imaginar lo es tener que vivir este proceso con niños chiquitos. Las historias que me cuentan las mamás y papás en esta situación me dan terror. Tienen que sobornar, amenazar, negociar con sus hijos para que se conecten. Incluso tienen que hacer la clase de educación física, dar saltos en la sala y hacer ejercicios de estiramiento junto con sus creaturas para lograr que lo hagan. Todo esto estresa la relación entre padres e hijos.

Como mamá tienes que estar muy atenta a por dónde caminar o gatear, según sea al caso. Si se te ocurre bajar en pijama por una taza de café y tus hijos olvidan avisarte que la cámara está encendida apareces con tu look mañanero en el salón virtual. ¿Algún día imaginaste que entrarías al salón de tus hijos en bata? Yo tampoco.

Y lo que es para todos.

El coctel está potente. Nos toca enseñar y aprender en medio de una situación hostil. Nos toca manejar la depresión, la apatía, el aburrimiento, el cansancio, el tedio propio y el ajeno. Las nuevas demandas son muchas y la carga emocional brutal. La temporada de malas noticias más que lluvia, parece monzón. El duelo es constante. La paciencia se agota y la pantalla nos tiene aplanados. Tenemos fatiga de Zoom.

Pero somos fuertes.

Estamos en fase de remodelación y readaptación en todos sentidos. ¿Cómo lograr apoyar a nuestros estudiantes en esta nueva realidad?, ¿Cómo lograr el involucramiento de nuestros hijos?, ¿Cómo transformarnos para facilitar el aprendizaje, al mismo tiempo que mantenemos la cordura?, ¿Cómo cuidar nuestro bienestar?, ¿Cómo mantenernos resilientes? En esto estamos.

Los maestros que tienen una verdadera vocación de enseñar están haciendo lo posible por apoyar a nuestros hijos. Ya están haciendo algo extraordinario. ¡Gracias!