Sin piso

Hoy desperté y no encontré el suelo. Bajé los pies de la cama y como no había dónde pisar, me quedé flotando. Hay días en que el piso desaparece y no queda más alternativa que dar vueltas en el aire esperando a que se dibuje una equis para saber dónde aterrizar.

Anduve indefinida algunas horas. Esperando a ver en qué me convertía o en qué se cristalizaba lo que sentía. Hay días en que amanecemos sin contorno.

Esa nube que me atravesaba sabía a nostalgia, a melancolía, a miedo, a todo lo que extraño.

Bajo nivel de energía, mucho movimiento emocional, atrapada en mi cabeza.

Sé que algo falta porque siento un agujero. Extraño a mi gente y a la gente. Quiero abrazar a mis papás, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis amigos. Quiero conocer a mis alumnos en tercera dimensión. Quiero sentarme en un café a escribir. Quiero que regresen mis conferencias en vivo. Quiero andar por ahí sin tapabocas y sin temor a respirar enfermedad. Quiero ver caras completas.

Me gustaría caminar por una calle angosta y empedrada en algún otro país buscando bicicletas con su canasta recargadas esperando a sus dueños, puertas azules, candados interesantes, grafitis o pedazos de pared descarapelados. Se me antoja tomar una cerveza con música en vivo de fondo y una buena conversación.

La distancia a cualquier lado parece haberse triplicado y el tiempo se arrastra como cansado, como desganado, como si hubiera perdido el ritmo. Está enloquecido. Ayer era marzo, mañana es Navidad.

Parecía que hoy sería un día de esquina de sillón, de pedirle a un libro que se encargara de mi y me prestara un mundo alternativo. Lo intenté. Pero entre renglones, eso que sentía empezaba a dibujar siluetas que no me gustaban. Les soplaba para disolverlas con la esperanza de que agarraran una forma diferente, más agradable, más digerible. Hasta que entre líneas pude darme cuenta de que hoy no era día de lectura, sino de moverme en la naturaleza.

Para salir de mi cabeza y quitarle lo abstracto a pensamientos y emociones, para mi no hay mejor receta que bicicleta en la montaña. El ritmo de los pedales me alinea y balancea.

Como yo no sabía describir con precisión cómo me sentía, la montaña me prestó una imagen.

Levanté la vista y me topé con el árbol en la foto de esta publicación.

Al árbol también le falta piso.

Una parte de sus raíces flotan en el aire, está pandeando, como a punto de caerse. A primera vista parece frágil.

Me bajé de la bicicleta para verlo con detalle.

Sí, una buena cantidad de raíces no tienen de dónde pescarse. Pero este árbol ha sabido compensar la falta de suelo y adaptarse a su nueva realidad haciendo crecer sus brazos hacia los lados. Las raíces que aún tienen tierra debajo son sólidas y fuertes; las nuevas, han descifrado que sí no hay de dónde agarrarse abajo, pueden estirarse horizontales hasta alcanzar una orilla donde fijarse.

Este árbol, que a lo lejos parece estar a punto de quebrarse, está lleno de hojas verdes y sus ramas apuntan al sol. Sospecho que su secreto está en que se sostiene del cielo, no del suelo.

Resiliencia. Adaptación. Nuevas posibilidades. Esperanza.

Entonces me fijé en el cielo azul, en las mariposas, en lo majestuoso de mi alrededor. Me puse en sintonía con los sonidos de la montaña y me metí en ella. Rodé a hasta mi lugar favorito para escribir. Allá en ese rincón corre un hilo de agua que hace música y contagia paz.

Sí vamos a poder.

Bailando con demonios

Vengo caminando de regreso -y de puntitas- a esto de escribir. Rompí mi récord personal de semanas sin publicar y ando con la confianza disminuida.

Estamos en octubre, llevamos unos 8 meses conviviendo con el Covid. Los días pasan al mismo tiempo rápido y lento.

La semana pasada di un par de conferencias sobre estrategias para cuidar nuestra felicidad en tiempos de pandemia – más bien, a estas alturas de la pandemia-. Cuando recién empezó esta contingencia me invitaron a hablar varias veces sobre el mismo tema, así que abrí el archivo para trabajar en la presentación y actualizarla. Me di cuenta de que muchas de las herramientas que compartí a principios del año para hacerle frente a este fenómeno ya no aplican.  

Los primeros meses de pandemia fueron diferentes a estos últimos meses.

Me atrevo a decir que al inicio la tratamos como a una novedad, con sorpresa y una buena dosis de escepticismo. Una exageración pasajera que teníamos que administrar por un tiempo corto. Al menos, así fue para mi.

Iniciamos el confinamiento casi emocionados. Organizamos actividades en familia, manualidades, juegos de mesa, películas, cientos de reuniones por plataformas virtuales con amigos y familiares. Agradecimos el descanso, la oportunidad de estar en casa, de evitar horas de tráfico y desentendernos de eventos sociales, nos parecía buena onda arreglarnos de la cintura para arriba nada más. Le pusimos buena cara y mucho entusiasmo. Creíamos que esto duraría poco, un par de meses a lo mucho.

Pero sucedió que terminó el año escolar, pasó el verano, empezó otro año escolar, ya estamos en otoño, Halloween está a la vuelta de la esquina y aún no se ve la línea de meta. Espero con todo que esté pasando la hoja del 31 de diciembre -sigo poniendo nuevas metas de llegada-.

En la primera ola del Covid y en las primeras semanas de cuarentena, algunas de las recomendaciones estuvieron muy dirigidas a tolerar estar contenidos en nuestras casas: utiliza las escaleras para hacer cardio, cuida tu rutina de sueño, levántate a la misma hora, arréglate, arma rompecabezas, intenta recetas nuevas, mantente en contacto con tus seres queridos, medita, date permiso de ir más despacio.

Hoy ya no estamos tan guardados ni tan restringidos. Es posible salir a caminar, hacer ejercicio, algunas actividades comienzan a reactivarse.

Hemos recuperado algo de terreno y movilidad, pero seguimos siendo acechados por el Covid. Y después de meses de su andar entre nosotros, sus efectos colaterales están empezando a manifestarse.

Estamos cansados, dolidos, asustados, preocupados, ansiosos, estresados, llenos de tedio, incertidumbre y hartazgo. Cualquier mala noticia, por pequeña o grande que sea, ya se monta sobre el desgaste acumulado.

No sé cuántas olas de este virus tendremos, pero ya están llegando las marejadas de sus consecuencias en cuestiones económicas, sociales y de salud mental. Las crisis de la crisis.

Las empresas que aguantaron y retuvieron a sus colaboradores en solidaridad, ahora se ven obligadas a recortar talento humano para bajar sus costos. Están desocupando pisos enteros de oficinas y cambiando de manera considerable la manera en que operan.

Las mamás se han convertido en maestras. El reto ya no es sólo entretener niños con actividades dentro de casa, ahora tienen que dar seguimiento al colegio en línea. Hay que cumplir con planes de estudio, mandar tareas, amenazar y sobornar hijos para que se conecten a sus clases y no a Tik Tok. Entre que todo esto sucede hay que sacar adelante las obligaciones de casa y trabajo. Los únicos cinco minutos libres se logran estando encerrada en un clóset. El café americano de las mañanas está a dos días de ser reemplazado por café irlandés. Matrimonios están volando por la ventana.

A estas alturas, me parece que la gran mayoría de nosotros hemos sido tocados de cerca por este virus. Conocidos, amigos o familiares que se han enfermado o incluso que se han ido. Estamos en duelo permanente. Por una cosa o por la otra.

Todo lo anterior se traduce en estrés, en ansiedad, en miedo. El sueldo emocional que hemos pagado en estos meses empieza a pasar la factura.

Hace un par de semanas caí en la cuenta de que estoy bailando con demonios a los que creía haber vencido. Angustias y miedos del pasado han estado apareciendo otra vez. Danzan a mi alrededor, me susurran al oído, interfieren en mis sueños, me aprietan la garganta, me desordenan los pensamientos, me hacen dudar.  

Y no sólo estoy bailando con los míos, sino también con los de mi gente.

Están asomando la cabeza aquellas preocupaciones que provocaban pesadillas, la necesidad de controlar, la ansiedad de separación, el miedo a estar enfermo. Esos demonios que estaban apaciguados están agarrando ritmo otra vez. Están haciéndose presentes en la pista emocional y mental.

No compré boleto ni hice reservación para participar en esto. Pero aquí estoy, abriendo la caja de herramientas y preguntándome todos los días… ¿Cuál es mi mejor versión hoy?, ¿Qué necesito para mantenerme bien?

Algunas estrategias que eran relevantes al inicio de la pandemia ya no aplican.

¿Cuáles si pueden funcionar?

Las más básicas siguen estando vigentes: comer bien, dormir suficiente, cuidar nuestra salud, hacer ejercicio, mantenernos muy conectados con las personas que queremos, meditar para manejar el estrés, encontrar momentos para hacer lo que nos gusta, apreciar los pequeños detalles, practicar la gratitud y la compasión.

Y si no son suficientes…

Lo que sigue es buscar ayuda profesional. Hacer contacto con terapeutas, psicólogos, grupos de apoyo, coaches. La depresión, la ansiedad y el miedo crecen en el silencio, en la oscuridad y la soledad. No dudemos en pedir apoyo. No hay lugar para tabúes, ni culpa, ni pena.

Cuidar nuestro bienestar emocional y salud mental es prioridad.