Es un tema de confianza

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Estoy con un pie adentro de ese territorio pantanoso y movedizo de niñas adolescentes que empiezan a salir de noche, que regularmente organizan planes mixtos, tienen permiso provisional para manejar, acceso ilimitado al mundo a través de su celular y que cada día tienen un poco más independencia y libertad.

Y me toca dar un paso hacia atrás, para que ellas den varios hacia adelante.

Y me asusta.

La conversación en casa siempre ha marchado en esta dirección: “Irás ganando permisos, movilidad y libertad en la medida en que demuestres que eres una persona responsable y confiable”.

¿Cómo puedo hacer eso? Preguntó una… “Estando donde dices que vas a estar, con quien dices que vas a estar, avisando si cambias de lugar, regresando a la hora convenida y tomando decisiones responsables”.

Pero me quedo pensando que el tema queda muy abierto todavía… ¿Qué significa ser una persona confiable?, ¿Qué es la confianza?, ¿Soy una persona confiable?

Me parece que todos deseamos ser confiables y además pensamos que lo somos, aunque al mismo tiempo e irónicamente, creemos que los demás no son de fiar.

Y pensando en eso encontré el tema para la publicación de esta semana.

Busqué la radiografía de la confianza de Brené Brown, mi investigadora y autora favorita, en su libro “Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts”.

Siempre encuentro cosas valiosas en sus letras.

La confianza es la suma de pequeños momentos en el tiempo, no es algo que puede convocarse con el comando “confía en mi”, programarse o exigirse; no nos ganamos la confianza de alguien pidiéndola, sino cuidando de los detalles cotidianos.

Es un proceso que se da entre dos individuos o un equipo de trabajo y se construye en el tiempo. Es un pegamento que mantiene unidas a las personas; sin ella, no hay conexión.

Cuando la confianza se quiebra nos quedamos sin palabras, con mucho dolor y en modo silencio defensivo.

También podemos perder la confianza en nosotros mismos después de un fracaso o caída… “No puedo confiar en mi propio juicio”, “No estoy segura de poder controlarme”.

Brené arranca con la definición de confianza del autor Charles Feltman que dice: “confianza es elegir arriesgarme a someter algo que valoro a las acciones de alguien más”. Por otro lado, “desconfiar es creer que lo que es importante para mí, no está seguro contigo o en esta situación”.

Hablar de confianza en estos términos tan generales es muy difícil, y las personas recibimos cualquier comentario que cuestione nuestro nivel de confiabilidad con el mismo gusto que una invitación a beber ácido muriático.

Una mejor idea para abordar el tema de la confianza consiste en conocer sus partes para identificar cuál está tambaleándose o rota. En este sentido, es mucho más efectivo resaltar comportamientos específicos en cada uno de estos componentes para lograr un cambio.

De acuerdo con Brené Brown, la radiografía de la confianza muestra siete elementos -y la voy a traducir tal cual-.

Límites. Respetas mis límites y cuando no estás seguro de qué está bien y qué está mal, preguntas. Estás dispuesto a decir “NO”.

Fiabilidad. Haces lo que dices que vas a hacer. En el trabajo, esto significa estar consciente de tus capacidades y limitaciones para evitar hacer promesas que no puedes cumplir y seas capaz de sacar adelante tus compromisos. Somos fiables cuando nuestras palabras son congruentes con nuestras acciones.

Responsabilidad. Te adueñas de tus errores, ofreces disculpas, reparas los daños.

Bóveda. No compartes información o experiencias que no te corresponde a ti compartir. Necesito saber que guardas mis confidencias, y también, que no compartes conmigo información de otras personas que es confidencial.

Integridad. Eliges la valentía y el coraje por encima de la comodidad. Eliges lo que es correcto por encima de lo que es divertido o fácil. Eliges practicar tus valores en lugar de sólo profesarlos.

No emitir juicios. Puedo pedir lo que necesito y puedes pedir lo que necesitas. Podemos hablar de nuestros sentimientos sin percibir que somos juzgados. Podemos pedirnos mutuamente ayuda sin juicios.

Generosidad. Ofreces la interpretación más generosa posible acerca de mis intenciones, palabras y acciones. Asumes intenciones positivas.

Cuando la confianza se resquebraja necesitamos identificar exactamente donde está la fractura. Entre más específicos seamos, más eficientemente podremos trabajar en reconstruirla.

Con esta guía podemos abordar conversaciones alrededor del tema de la confianza con nuestros equipos de trabajo, amigos, pareja, hijos señalado exactamente el comportamiento que está contribuyendo negativamente a deteriorarla.

Cuando entramos a profundidad a analizar la radiografía de la confianza es más fácil caer en la cuenta de que no necesariamente somos tan confiables como pensamos.

Me quedo reflexionando sobre el concepto de confianza y sobre cómo aterrizarlo en mi propia pista y en la de mis hijas.

 

 

Habla menos y pregunta más

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Hace unos días me tocó hacer una escala en el aeropuerto de Dallas después de un vuelo nocturno de casi once horas. Me había pasado casi toda la noche en vela -no domino el arte de dormir sentada y mucho menos en un avión-. Lo único que me hacía ilusión a las 5:30 am era tomarme un café y comprar un buen libro para las tres horas de espera y el siguiente tramo por las nubes.

Según mis recuerdos había una tienda de libros en la terminal D, pero la recorrí toda y no la encontré por ningún lado. Una de tres… Mis recuerdos estaban perdidos, la librería estaba en otra terminal o algún día estuvo y ya no estaba. De mala gana decidí entrar en la tienda The Wall Street Journal para comprar agua, matar el tiempo hojeando revistas y ver si tenía suerte encontrando la típica novela de aeropuerto.

En eso andaba cuando en el último anaquel del único librero que tenían, alcancé a ver un libro casi del azul turquesa que me gusta. Solamente se le veía una esquina, pero como casi tenía el tono indicado me agaché para sacarlo. El libro se llama “The Coaching Habit: Say Less, Ask More and Change the Way You Lead Forever” de Michael Bungay. Justo venía de facilitar un taller de liderazgo, así que lo compré.

Y me lo devoré prácticamente en una sentada. Yo siempre he dicho que, a veces, los libros nos escogen a nosotros. Me gustó mucho, pero sobretodo, me pareció muy útil, sin desperdicio. Te cuento un poco de qué se trata con la idea de que te animes a leerlo.

La idea principal del libro es facilitar el crecimiento de las personas, apoyándolas a alcanzar su máximo potencial haciéndoles más preguntas y diciéndoles menos qué hacer.

Aunque el libro está orientado al mundo del trabajo, también podemos utilizar las herramientas en casa.

Michael Bungay explica que a través de siete preguntas esenciales es posible crear un nuevo hábito de “coaching” y romper con tres vicios comunes: codependencia, abrumación y desconexión.

Van las siete preguntas…

¿Qué estás pensando? o ¿Qué tienes en mente? Es la pregunta para abrir una charla que rápidamente nos lleva a la conversación real. Es abierta, va directo al grano e invita a las personas a compartir lo que es más importante para ellas. “Mamá, ¿Qué me conviene más… hacer plan con mis amigas o quedarme en la casa con mis primos que están de visita?” , “No sé que carrera elegir si Economía o Psicología” Entonces, en lugar de dar nuestra opinión inmediatamente podemos intentar… “¿Qué estás pensando?”

¿Y qué más? Es la pregunta subsecuente. Tiene propiedades mágicas dado que, aparentemente sin esfuerzo, crea más sabiduría, más reflexión, más autoconocimiento. Cuando preguntamos ¿Y qué más? obtenemos mejores opciones. Mejores opciones llevan a mejores decisiones. Mejores decisiones llevan a más éxito.

¿Cuál es el verdadero reto para ti en esto? Esta pregunta nos ayuda a detener el impulso de movernos rápido a la acción y pasar más tiempo resolviendo el verdadero problema, en vez del primer problema. Con el “para ti” la pregunta aterriza en la persona con quien hablamos, la motiva a identificar su batalla y aquello que necesita resolver. “Mamá ya no soporto al maestro de literatura porque no explica bien, nos quita el teléfono, habla muy bajito, le huele fatal la boca, nos deja salir tarde del salón, tengo que correr al siguiente y además deja tarea como si su materia fuera la única que tenemos, etc., etc., etc.,” ¡WOW! Y nosotros respondemos… “De todo esto que me cuentas… ¿Cuál es el verdadero reto para ti?” Y así ya no tenemos que adivinar, ni salir corriendo a comprar un cepillo y una pasta de dientes.

¿Qué quieres tú? No siempre sabemos con claridad qué queremos y, si lo sabemos, no siempre nos atrevemos a pedirlo. Esta pregunta crea la oportunidad para que las personas definan y manifiesten qué quieren o qué necesitan. Tu hermana llega a contarte con cara de angustia… “Mi esposo está planeando un viaje para nuestro aniversario que incluye tirarnos del paracaídas, está súper emocionado”. No la ves muy convencida, así que preguntas: “¿Qué quieres tú?”

¿Cómo puedo ayudarte? Tiene dos ventajas. La primera es que forzamos a la persona a hacer una petición directa y precisa de utilidad para ella; la segunda, que evita que pensemos que sabemos qué necesita y brinquemos a la acción. ¿Te ha pasado que te enfureces cuando empiezas a contarle algo a tu pareja y te llena de soluciones?… ¡No quiero que me soluciones el problema, sólo quiero que me escuches!  Preguntar ¿Cómo puedo ayudarte? puede ser mejor opción.

¿Si estás diciendo que sí a esto, a qué estás diciendo que no? Un “sí” no sirve de nada sin un “no” que ponga límites y dé forma. Tendemos a llenarnos de compromisos y aceptar responsabilidades que no necesariamente queremos. Decimos que “sí” pensando que podemos con todo o por complacer a los demás y terminamos abrumados o haciendo las cosas a medias. Si tu hija adolescente llega a contarte que quiere tomar una clase más y tu ves que solamente tiene libre de 2:00 a 3:00 de la mañana, podrías preguntarle: “¿Si dices que sí a esta clase, cuál vas a dejar?”

¿Qué fue lo más útil o valioso para ti? Nuestra labor principal como líderes o guías es ayudar a crear para los demás momentos de aprendizaje. Esta pregunta puede ser utilizada para finalizar una conversación o reunión. Asume que la charla fue útil y genera la oportunidad para descubrir qué fue lo más importante.

Debo confesar que después de leer este libro estoy mucho más consciente del hábito que tengo de brincar a responder preguntas y solucionar problemas, especialmente con mis hijas.

Pienso en todas las veces que les digo qué hacer o respondo a sus dudas sin darles la oportunidad de hacerlo por sí mismas. Creo que muchas veces lo hago por flojera o porque ando de prisa. Sin embargo, ahora que lo pienso, brincar a solucionar su corto plazo, podría comprometer el desarrollo de sus habilidades para el largo plazo.

Me quedo convencida de que vale la pena preguntar más y hablar menos.

PD. Luego de comprar el libro revisé por número 17 mi puerta de embarque y caí en la cuenta de que estaba en la terminal equivocada. Me gusta pensar que me equivoqué de terminal sólo para encontrar este libro antes de salir.

Herramientas para desarrollar la autorregulación

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“Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En este espacio está nuestro poder para elegir una respuesta y de esta respuesta depende nuestro crecimiento y libertar” -Viktor Frankl

Desde mi punto de vista, en esa frase Viktor Frankl, autor del libro “El hombre en busca de sentido”, ilustra perfectamente bien el concepto de autorregulación, uno de los componentes clave de la inteligencia emocional.

Logramos hacer esa pausa mágica entre estímulo y reacción cuando tenemos bien entrenada la habilidad de auto administrarnos. Y es que durante esa pausa podemos cambiar el rumbo de nuestra mañana, nuestro día o nuestra vida entera.

La autorregulación es la habilidad para modular exitosamente nuestras propias emociones, pensamientos y comportamientos en diferentes situaciones. Va más allá de respirar profundo y mantener el control cuando nos invaden emociones intensas, va más allá de poner un tapón cuando estamos a punto de explotar.

Se construye a partir del autoconocimiento, pues para regular y utilizar nuestras emociones, primero tenemos que estar conscientes de ellas y conocerlas. Sólo cuando estamos conscientes de su vaivén podemos canalizarlas en la dirección correcta.

Incluye manejar el estrés efectivamente, controlar impulsos, la capacidad para motivarnos y calmarnos a nosotros mismos, establecer metas personales, académicas, laborales y trabajar para alcanzarlas.

En la publicación anterior hablamos con detalle del concepto de autorregulación y quedó pendiente compartir algunas estrategias para desarrollar esta competencia emocional.

Aquí van.

Cuida tu rutina de sueño. La paciencia, la tolerancia y la autorregulación son lo primero que sale volando por la ventana cuando estamos crónicamente cansados. Cuando no hemos dormido suficiente aparecen los “qué más da”, los “me vale” y los “ya para qué”. El descanso es amigo de la autorregulación. Hay que hacer todo lo posible por dormir suficiente y tener un sueño de buena calidad. Desconéctate de los electrónicos una hora antes de dormir, pide a tus hijos que dejen sus teléfonos celulares fuera de sus recámaras, utiliza tu cama sólo para dormir, regula la temperatura del ambiente. Recurre a todos los trucos que conozcas para tener un sueño reparador.

Respira. Sí, tengo que decirte que respires. “Respira” es la clásica recomendación que todo mundo nos da para calmarnos cuando nos está llevando el tren. A mi, en especial y hasta hace poco, me ponía de pésimo humor que me salieran con “jala aire” justo cuando lo que quería era lanzar lumbre por la boca. Pero debo aceptar que funciona. Respirar es uno de los tips más sencillos y poderosos que existen para salir de un estado emocional difícil. Cuando concentramos nuestra atención en la acción de respirar, juntamos en el momento presente a nuestra mente y a nuestro cuerpo -que, aunque comparten el mismo contenedor, no siempre están en el mismo lugar pues a la mente le da por divagar en el tiempo-.

Venir con la respiración al momento presente silencia las historias que alimentan nuestra ansiedad, enojo o sufrimiento. Cuando estés en una situación emocional estresante -una decisión difícil, recibiendo a un familiar incómodo, a punto de iniciar una presentación, tejiendo conspiraciones en la cabeza o sosteniendo conversaciones con pensamientos intrusivos- respira profunda y lentamente hasta crear esa pausa de alineación y balanceo que necesitas para corregir el rumbo.

Cuenta hasta 10. Tu maestra de kínder tenía razón. Esta es otra herramienta muy simple, pero efectiva para bajar la temperatura cuando las emociones están en modo ardiendo. Contar hasta diez es equivalente a sacarle el aire a un globo de poquito en poquito para restarle presión. Otra vez, concentrarnos en la numeración nos saca del lugar oscuro en donde estamos y nos permite generar un espacio entre estímulo y acción. Una oportunidad para hacer un cambio de dirección.

Medítalo con la Almohada. El tiempo y la paciencia son los guerreros más poderosos, decía el escritor Leo Tolstoy, pues tienen la habilidad de transformar situaciones, aliviar el dolor y brindar claridad. Con frecuencia saltamos a la acción inmediata para resolver cualquier situación que nos genere ansiedad, angustia o incertidumbre. Preferimos una solución de corto plazo que nos de la sensación de certeza y alivio momentáneo, aunque no sea la más conveniente.

Dejar correr el tiempo ayuda a la autorregulación porque brinda claridad y perspectiva cuando nos envuelven los miles de pensamientos que circulan por nuestra cabeza y el tornado de emociones ante situaciones importantes. También nos ayuda a tomar el control de emociones que sabemos nos llevarían en direcciones equivocadas si las dejáramos al mando.

Haz Públicas tus Metas. Esta estrategia es especialmente útil cuando se trata de un tema de autorregulación de la conducta -dejar de fumar, correr un maratón, bajar de peso, graduarte de medicina, escribir un libro-. Es mucho más fácil dejar de ir a correr cuando la única persona que sabe que piensas levantarte temprano a hacerlo eres tú. Quedarnos mal a nosotros mismos es cosa de todos los días. Sin embargo, dar a conocer nuestras metas, hacerlas públicas, compartirlas con alguien más es un gran incentivo para cumplirlas. Compromete públicamente e involucra a tu red de apoyo para logar tus objetivos.

Prepárate para el cambio. Dicen que la única constante es el cambio. Nada es permanente, ni lo bueno, ni lo malo. Todo pasa. Admitir la idea de que nada -ni siquiera los aspectos más estables de nuestras vidas- está totalmente bajo nuestro control es sano. Los planes cambian, las personas cambian, los caminos cambian, todo cambia. A veces con previo anuncio, a veces de porrazo. Resistirnos al cambio genera mucho sufrimiento.

Cualquier estrategia que nos permita crear un espacio entre el estímulo y la reacción nos ayuda a desarrollar la habilidad de la autorregulación. En esas micro pausas están las oportunidades para cuidar nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras decisiones, nuestras vidas.

¿Puedes comer sólo una?

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“Cualquier persona puede enojarse, eso es fácil. Pero enojarse con la persona correcta, en el grado correcto, en el momento correcto, por la razón correcta y de la manera correcta ¡eso no es fácil!” -Aristóteles

Seguro que no.

Y es que para lograr lo anterior tendríamos que ser campeones indiscutibles del autoconocimiento y la autorregulación, dos piezas claves de la inteligencia emocional.

Hace un par de semanas hablamos del concepto de autoconocimiento y exploramos algunas herramientas para desarrollarlo. Hoy el espacio es para la competencia emocional de la autorregulación.

La autorregulación es la habilidad para modular exitosamente nuestras propias emociones, pensamientos y comportamientos en diferentes situaciones.

Se construye a partir del autoconocimiento, pues para regular y utilizar nuestras emociones, primero tenemos que estar conscientes de ellas y conocerlas. Sólo cuando estamos conscientes de su vaivén podemos canalizarlas en la dirección correcta.

La autorregulación incluye manejar el estrés efectivamente, controlar impulsos, la capacidad para motivarnos y calmarnos a nosotros mismos, establecer metas personales, académicas, laborales y trabajar para alcanzarlas.

Podemos hablar de dos tipos de autorregulación: emocional y de la conducta.

La autorregulación emocional está relacionada con la habilidad para controlar nuestras emociones, no ahogarnos en ellas, no salir corriendo detrás de ellas o desbordarnos por ellas.

¿Conoces a alguien que pierda el control cuando se enoja? ¿Alguien que grite a todo pulmón, se ponga rojo, se le salten las venas, no escuche, aviente cosas, salga corriendo, tire patadas, limpie el escritorio en un sólo movimiento, etc.? O ¿Conoces a alguien que rompa en llanto incontrolable sin aparente razón y no logre parar?

A lo mejor una amiga de tu prima…

Todos hemos estado en situaciones críticas de estrés. El repertorio es amplio -discusiones, malas noticas, accidentes, sustos, agotamiento, crisis económica-. Explotar o perder el control ante una situación de estrés NO es autorregulación.

¿Te has topado con alguien que va como demonio poseído al volante por la calle?, ¿Te ha pasado que alguien en un embotellamiento de tráfico se cuelga del claxon y con gestos grita furioso que te muevas como si la vía estuviera libre, tuvieras opción y sólo estuvieras ahí porque te gusta? Estos son ejemplos claros de falta de autorregulación emocional.

Las rabietas que hacen los niños pequeños también pueden ser producto de una falta de autorregulación. ¿Alguna vez te tocó que una de tus creaturas se tirara el piso pataleando y gritando sin control dejándote con cara de interrogación porque no lograbas conectar con su mirada o hacerte escuchar?

Saber auto administrarnos nos permite continuar funcionando en favor de nuestro bienestar.

Si logras mantenerte calmado cuando te sientes enojado, si sabes cómo relajarte después de un susto, si conservas la cordura mientras tu suegra te dice cómo educar a tus hijos, si sabes ajustar tu estado de ánimo entre eventos o situaciones, entonces estás practicando la autorregulación emocional.

La autorregulación conductual, por otro lado, tiene que ver con la habilidad para actuar en favor de nuestros intereses de largo plazo de manera consistente con lo que es verdaderamente importante para nosotros.

Es eso que nos permite tomar la decisión sana, aunque sintamos el fuerte deseo de hacer lo contrario. No quieres ir a trabajar, pero vas pues recuerdas tus metas; no quieres estudiar para el examen, la fiesta es un plan mucho más divertido, pero recuerdas que quieres graduarte, pasas del plan y te quedas estudiando física; te mueres de ganas de fumar, pero resistes la tentación.

¿Puedes comer sólo una galleta?, ¿Puedes tomar sólo una copa de vino?, ¿Puedes mantenerte en una rutina de ejercicio?, ¿Puedes trabajar mucho tiempo para conseguir un sueño? Si la respuesta es sí, entonces estás usando la autorregulación de la conducta.

En cambio, aventarte un maratón de Netflix para ver toda la serie de golpe en lugar de terminar uno de tus proyectos, comerte la bolsa entera de papas o ponerte hasta el tronco de borracho… no es autorregulación.

La capacidad para postergar la gratificación y no responder a un impulso está en la raíz del autocontrol, desde mantenerte a dieta hasta recibirte de la carrera de medicina. Saber auto administrarnos evita que seamos nuestro propio obstáculo.

La autorregulación va más allá de respirar profundo y mantener el control cuando nos invaden emociones intensas, va más allá de poner un tapón cuando estamos a punto de explotar. Implica poder regular nuestras emociones y canalizarlas en la dirección correcta; lograr hacer una pausa y generar un espacio entre estímulo y reacción.

 Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En este espacio está nuestro poder para elegir una respuesta y de esta respuesta depende nuestro crecimiento y libertar” -Victor Frankl

Para mí, la frase anterior resume perfectamente bien el concepto de autorregulación.

Quizá habrás notado que manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo…

Cuando fortalecemos el músculo de la autorregulación mejoramos nuestra capacidad para hacer esa pausa de la que habla Frankl que nos permite dirigir nuestras emociones en favor de nuestro bienestar.

PD. Existen varias estrategias para desarrollar la habilidad de la autorregulación, pero esas las dejo para la próxima publicación.

 

 

Técnicas para desarrollar el autoconocimiento

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Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Con esta pregunta arrancamos el artículo de la semana pasada y de ahí hablamos del concepto de autoconocimiento.

Me parece que andamos por la vida muy seguros de saber quién somos, pero cuando tenemos que responder con detalle a la pregunta… ¿Quién soy?, la tarea se parece más a tratar de morder nuestros propios dientes.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir. Conocernos a nosotros mismos es clave para tener una vida plena, exitosa y feliz.

Hablamos de la Rueda del Autoconocimiento, que es una herramienta poderosa para mirar hacia adentro utilizando cinco preguntas: ¿Qué percibo con mis sentidos?, ¿Qué siento?, ¿Qué pienso?, ¿Qué quiero? y ¿Qué acciones voy a tomar?

La capacidad para responder a esas preguntas sin importar el entorno o situación en que estamos supone un buen nivel de autoconocimiento.

Para esta semana quedó pendiente compartir herramientas adicionales para desarrollar nuestro autoconocimiento y el de nuestros hijos -entre más jóvenes empiecen a conocerse, menos frentazos se darán contra la pared y más capaces serán para orientar sus vidas en dirección a su estrella polar-.

Van seis estrategias.

Aumenta tu vocabulario emocional. Todo empieza por reconocer y ponerle nombre a lo que sentimos, por conocer las emociones.

Te invito a hacer el siguiente ejercicio…

Durante dos minutos escribe en las notas de tu teléfono o en una hoja de papel todas las emociones que conozcas.

No comas ansias, no te adelantes en la lectura y verdaderamente date la oportunidad de hacerlo.

¿Listo?

¿Cuántas emociones lograste escribir?

Te comparto aquí la Rueda de las Emociones.

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¿Ya viste cuántas emociones diferentes existen? Más de cien.

Generalmente nos quedamos en las seis emociones básicas: felicidad, sorpresa, ira, miedo, tristeza y asco. Pero debajo de cada una de estas hay más capas de posibilidades. Hay diferentes sabores de tristeza, por ejemplo, sabor culpa, sabor solo, sabor vacío, etc.

Y es muy importante hacer esta distinción porque las medidas que tenemos que tomar para remediar cada emoción son diferentes.

La mayoría de las personas somos analfabetas emocionales. Si no conocemos las emociones, si no sabemos qué nombre ponerle a lo que sentimos, entonces tampoco podemos diseñar una solución a la medida.

Es fundamental incrementar nuestro vocabulario emocional y utilizarlo activamente con nuestros hijos. Te recomiendo que pongas la rueda de las emociones en un lugar visible como el refrigerador. Enséñala a tus hijos cuando estén tratando de explicarte cómo se sienten o cuando seas tú quien tenga que decirles cómo te sientes. Sí, esta calle es de ida y vuelta.

Reconecta con tu cuerpo. Cuando experimentamos una emoción, una señal eléctrica pasa por nuestro cerebro y se traduce en una sensación física. Las respuestas físicas pueden ser variadas: músculos del estómago contraídos, ritmo cardiaco acelerado, boca seca, manos sudorosas, frio, piernas temblorosas, nudo en la garganta, ganas de saltar.

Nuestra mente y cuerpo están tan conectados que podemos aprender a relacionar sensaciones físicas con emociones. Pregúntate… ¿Dónde siento el miedo?, ¿En qué parte del cuerpo siento la vergüenza?, ¿Dónde siento la felicidad? Cuando yo me guardo lo que verdaderamente quiero decir, por ejemplo, literalmente siento un limón atorado en la garganta y me cuesta trabajo tragar; cuando tengo miedo, me da mucho frío; cuando siento angustia, parece que tengo un elefante sentado en el pecho.

Muchas emociones son inconscientes. Primero las sentimos físicamente y luego atraviesan a la conciencia. Estar en sincronía con nuestro cuerpo para identificar nuestras emociones es casi como magia. Haz pausas para identificar qué sientes y dónde lo sientes, practica la atención plena o mindfulness.

Encuentra el vínculo entre emociones y acciones. Las emociones son impulsos a la acción. Si ponemos atención vamos logrando conectar lo que pensamos, con lo que sentimos y lo que hacemos. ¿Qué haces cuando te sientes enojado? Algunas personas gritan, otras enmudecen. Tratemos de hacer conexiones del tipo: enojo-grito, aburrimiento-morder las uñas, ansioso-tomar dos copas de vino, deprimido-darle cucharadas a la Nutella, vulnerable-evadir al mundo.   Es importante vincular la emoción que sentimos con la acción que habitualmente tomamos para que la siguiente vez que se presente el estímulo, logremos cambiar nuestra respuesta.

Identifica tus detonadores. ¿Qué te saca de tus casillas? ¿Hay ciertas cosas que te ponen de mal humor? ¿Qué acciones activan lo peor de ti? Probablemente es un compañero de trabajo, un familiar, una conducta que automáticamente te vuelve loca. Puede ser iniciar una conversación que no te gusta y te pone a la defensiva. Tienes que identificar perfectamente bien qué personas, situaciones, conversaciones, lugares o fechas te disparan. Si estamos conscientes de esto, podemos trazar un plan de acción para mantener la calma la siguiente vez que jalen el gatillo.

Lleva un diario de emociones. El obstáculo más grande para desarrollar el autoconocimiento es la objetividad. En un diario puedes registrar eventos que detonan emociones fuertes y describir tus reacciones. Con esta práctica puedes identificar patrones y distinguir cómo te sientes físicamente ante cada emoción.

Identifica el efecto de tus emociones en los demás. Cuando soltamos una piedra en el agua, comienzan a formarse anillos hacia afuera. Nuestros despliegues de emociones, para bien o para mal, tienen consecuencias en las personas a nuestro alrededor. Las emociones son contagiosas. Piensa qué pasa con la conducta de tus hijos cuando tú estás de pésimo humor… Como mandado a hacer se portan peor, ¿o no? Pon atención a lo que contagias tú.

Identificar y manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo y puede ser verdaderamente agotador. Desarrollar el autoconocimiento nos hace más eficientes en esta labor, es como un atajo que hace el camino más corto, nos permite aprender de nuestros errores más rápido, libera tiempo y energía que podemos dedicar a aventuras más interesantes.

¿Qué tan bien te conoces?

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Si tuvieras que explicarle a un marciano quién eres más allá de tu nombre, edad, profesión, estado civil, lugar de nacimiento y plato de comida favorito, ¿Qué tan bien podrías hacerlo?

Déjame preguntártelo de otra manera…

Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Antes de que respondas, considera las siguientes preguntas…

¿Cuáles son las emociones que más experimentas?, ¿Dónde sientes la alegría, dónde la desilusión y dónde la culpa?, ¿Qué te gusta hacer?, ¿Qué te da miedo y qué te inspira?, ¿Qué tipo de personas o situaciones te sacan de tus casillas?, ¿Cómo reaccionas cuando te sientes amenazado y cómo cuando te sientes feliz?, ¿Cuáles son tus fortalezas de carácter, tus talentos e inteligencias dominantes?, ¿Qué te cuesta mucho trabajo hacer?, ¿Cómo respondes a las agresiones?, ¿Qué haces después de recibir una mala noticia?, ¿Cómo pasas el tiempo libre y cómo te gustaría pasarlo?, ¿Cuáles son tus valores personales?, ¿Qué quieres lograr en la vida?, ¿Qué te quita el sueño y por qué?, ¿Te gusta estar rodeado de gente o más bien sólo?, ¿Eres optimista o pesimista?, ¿Qué es lo más importante para ti?, ¿Cómo manejas la incertidumbre?, ¿Qué te apasiona?

Ahora si… ¿Te salvarías?

Preguntarnos quién somos -en todas nuestras tonalidades- es para mí, como adentrarse en un océano profundo al que resultaría imposible conocerle cada cueva. Y sin embargo, es muy importante bucear hacia el fondo, aunque nos incomode, para tratar familiarizarnos con él.

En el estricto sentido de la palabra no necesitamos del autoconocimiento para vivir, pero sí para tener una vida plena, exitosa y feliz.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir.

Las personas altas en autoconocimiento tienen una compresión sobresaliente sobre qué hacen bien, con qué recursos personales cuentan, qué los motiva y satisface. Saben qué personas o situaciones los alteran y cómo tienden a reaccionar ante diferentes estímulos y eventos.

La falta de autoconocimiento es muy común y puede manifestarse de varias maneras.

Como una discrepancia entre lo que pensamos de nosotros mismos y lo que las personas a nuestro alrededor ven. Un líder convencido de que es amigable y está disponible para su equipo, cuando la evidencia muestra que no responde los correos electrónicos y mantiene su puerta cerrada; una mujer agobiada porque le cargan la mano en la familia, sin darse cuenta que a todo se apunta y a todo dice que sí; un niño indignado al ser enviado a la oficina del director por no haber hecho “nada”, cuando participó en el pleito tanto como su contraparte; un alcohólico que asegura no tener un problema con el trago.

Un pobre autoconocimiento puede estar detrás de oportunidades que dejamos escapar por no reconocer los recursos que tenemos para aprovecharlas, o de equivocaciones recurrentes porque no visualizamos cómo nuestro comportamiento contribuye al mismo resultado adverso de siempre.

Cuando no logramos traer a la conciencia e identificar el vínculo entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, vivimos reaccionando a los estímulos y sin meter las manos para cambiar el rumbo de nuestros destinos.

Va un ejemplo.

Imagínate que tuviste una pésima tarde. Tu jefe estuvo furioso todo el día, te chocaron, no salió la venta, se mojó tu teléfono, lo que quieras. Llegas a casa y encuentras que tus hijos están jugando a ser caballos, convirtieron la sala en una pista de salto, relinchan y corren desbocados por las escaleras. Además, es el final del verano y justo anunciaron que el comienzo a clases se retrasa una semana.

¿Qué haces?

Opción 1. Se te suben los colores, gritas que dejen de correr, los castigas por haber usado los cojines del sofá para fabricar obstáculos, les quitas el iPad y los mandas a su cuarto… sin cenar.

Opción 2. Los evades, vas directo a servirte un whiskey doble para limar los bordes, te encierras en tu recámara y te olvidas… ¿cuáles niños?

Opción 3. Jalas aire, saludas y dices que necesitas un tiempo fuera. Buscas un espacio para relajarte unos minutos, sólo tú sabes el tiempo que necesitas.

La opción 1 refleja una ausencia de autoconocimiento. No lograste reconocer que tu molestia no era provocada por el juego de tus hijos, sino por el evento negativo previo a llegar a casa. Actuaste por impulso y no manejaste correctamente tus emociones.

La opción 2 es una anestesia emocional. Una copa de vino, un cigarro, naufragar en internet, darle vueltas a la página de Amazon, dormir en exceso, apostar son ejemplos de anestesias que usamos para no sentir o evadir nuestras emociones. Tapamos lo que sentimos, en lugar de reflexionar sobre el por qué de la emoción y no resolvemos la causa raíz.

La opción 3 muestra inteligencia emocional y uso de autoconocimiento. Sientes el deseo de gritar a tus hijos, porque eso es lo que dictan tus emociones. Sin embargo, notas que ellos no tienen nada que ver. Entiendes que tu enojo es el resultado de una mala tarde y no de su juego. Quizá, incluso, les explicas qué sucedió y les pides que bajen el volumen mientras te relajas un rato.

En el mundo ideal lograríamos responder a las situaciones de nuestro día a día de manera congruente con la opción 3.

¿Cómo podemos desarrollar la habilidad del autoconocimiento?

Existen muchas estrategias que podemos poner en práctica para conocernos mejor. Hoy te comparto una que me parece especialmente útil y dejo para la siguiente publicación algunas herramientas más.

Se llama la Rueda del Autoconocimiento y aplica para cualquier situación… haciendo fila para comprar hamburguesas en el estadio durante el medio tiempo, sentado en el consultorio médico mientras esperas resultados, antes de una reunión de trabajo o mientras tu suegra te explica cómo deberías educar a tus hijos.

Consiste en hacerte cinco preguntas:

  1. ¿Qué percibo con mis sentidos? Identifica olores, sabores, sonidos, imágenes y sensaciones físicas que estás experimentando.
  2. ¿Qué pienso? Suposiciones, expectativas, creencias, interpretaciones, evaluaciones, opiniones sobre lo que estás viendo o escuchando.
  3. ¿Qué siento? Ponle nombre a las emociones que estás sintiendo… Felicidad, enojo, impaciencia, frustración, miedo, entusiasmo, sorpresa, culpa, etc.
  4. ¿Qué quiero? Define aspiraciones, sueños, objetivos, intenciones.
  5. ¿Qué acciones voy a tomar? Planes, promesas, estrategias, conductas.

Tener la capacidad para responder a estas preguntas, sin importar cuál sea el evento o situación en que estamos, significa que tenemos autoconocimiento.

Sin autoconocimiento no tenemos respuestas y entonces alguien más decide por nosotros, desde qué comemos, a qué nos dedicamos, a dónde vamos de vacaciones, qué tipo de actividades hacemos, qué tipo de amistades tenemos, con quién nos casamos y qué carrera tenemos que elegir.

Sin autoconocimiento andamos por la vida sin saber qué nos mueve, a dónde vamos o dejando que decidan por nosotros, lo cual tarde o temprano, se traduce en depresión, apatía, frustración, aburrimiento y todo lo que van en este cajón.

Conocernos bien nos permite dirigir nuestra vida hacia un destino auténtico y congruente con la persona que somos, pero sobretodo, con la que queremos ser.

 

Los nadas que son nuestros todos

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Estaba sentada frente al mar haciendo nada cuando el disimulado oleaje me trajo el recuerdo de una conversación filosófica de un viernes de pedales y letras.

Los temas de la rodada nunca se definen con anticipación, van saliendo libremente al ritmo del terreno y no necesariamente terminan con el recorrido.

A veces nos quedamos colgados de alguna idea, nos llega una nueva pregunta y le seguimos a la distancia por chat.

Una tarde, la poeta intrépida del grupo que toma videos con una mano y equilibra la bici con la otra, dejó caer un tema al WhatsApp que dio cuerda para rato.

Resulta que recordó una conferencia sobre la invisibilidad de ciertas actividades como ser mamá, quedarse en casa, cuidar niños, leer, escribir, pensar… Todas esas que con frecuencia son resumidas bajo el encabezado “no hacer nada”.

De ahí, por ejemplo, que un papá regrese después del trabajo y no logre comprender por qué la mamá está agotada si lo único que hizo todo el día fue estar en casa con los niños o estuvo sentada junto a la alberca en una fiesta de cumpleaños.

¿Por qué esto es igual a no hacer nada?

Y de ahí arrancamos.

Yo salí en defensa de las actividades invisibles. A mi me fascina no hacer nada, lo que más me gusta hacer es eso que los demás definen como no hacer nada. Nada es leer por horas, nada es escribir, nada es sentarse a ver el cielo, las estrellas o un atardecer, nada es estar en silencio, nada es garabatear con una pluma en una hoja de papel escuchando una sinfonía, nada es caminar ordenando ideas en la mente, nada es reflexionar sobre un concepto, nada es combinar colores en la imaginación para el siguiente cuadro. Me encanta no hacer nada y saber que, al igual que a mí, hay otras personas que disfrutan haciendo nada. Son mis favoritas.

“Ya me dejaron pensando”, dijo el psicólogo que también hace bosquejos en su cuaderno de dibujo y arrancó con su explicación en mensaje de voz. Cuando las personas nos dicen que no estamos haciendo nada es porque no saben que sí estamos haciendo. A veces llegan nuestros hijos, nuestra pareja, amigos o compañeros de trabajo a preguntarnos qué hacemos y respondemos: “nada”. En lugar de decir… “estoy admirando el color rojo intenso de esa rosa “, “noté que el aire corre delicioso en este pasillo y me senté un rato a sentirlo”, “estaba recordando el día en que nos encontramos”, “estaba pensando en mamá”, “Estoy viendo a dónde van esas hormigas”. ¡Hacer nada es hacer tantas cosas, pero no lo comunicamos!… Mejor decimos “nada”.

¡Buena!

Quizá es que queremos mantener eso que estamos haciendo sólo para nosotros, para que nadie lo critique, para no entrar en debate, para no compartirlo o justificarlo replicó la poeta. Entonces… ¿Qué pasó? Nada, ¿Qué lees?, Nada, ¿Qué haces? Nada, ¿Qué estás viendo? Nada, ¿Qué piensas? Nada, ¿Qué hiciste en la tarde?, Nada.

Reducimos a nada nuestros todos y nos volvemos cómplices de nuestra propia invalidación.

Así que la siguiente vez que alguien nos pregunte “¿Qué haces?” será mejor que encontremos la manera de poner eso que estamos haciendo en palabras, si es que nos molesta que el resto del mundo crea que no estamos haciendo nada.

Por lo pronto yo regreso frente al mar para seguir haciendo lo que estaba haciendo…