Cómo regalar esta Navidad y no morir en el intento (otra vez)

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La locura del fin de semana me hizo recordar este artículo que escribí hace tiempo sobre la locura de la época navideña.

No hay cómo esconderse de las omnipresentes invitaciones a gastar y del sentido de urgencia, de “ahora o nunca”, que transmiten los incansables bombardeos publicitarios y que terminan por traducirse en ansiedad.

Vuelvo a leer y nada ha cambiado.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

¿Cómo explicar la incapacidad del ingreso adicional para generar más felicidad? Las comparaciones sociales, la trampa del estatus y la costumbre son sospechosos comunes.

Las comparaciones sociales son tóxicas. Cuando nuestros amigos manejan un carro promedio, podemos sentirnos a gusto con el nuestro… hasta que lo cambian por uno más lujoso. Nuestros deseos están altamente influenciados por los miembros de nuestro círculo social (familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos) y virtual (YouTubers, Influencers, etc.) Vivimos en contextos sociales determinados y constantemente nos comparamos. Y en esta comparación no es importante la cantidad absoluta de dinero, sino la cantidad relativa. Tendemos a ser más felices cuando sentimos que nuestra posición es relativamente mejor que la de los demás. Pero ojo aquí. No importa qué tan buena seas, qué tan bonita tengas tu casa, qué tan importante seas en el trabajo, que tan guapo estés o qué tan a la moda te vistas… siempre habrá alguien un puntito mejor. No hay como ganar esta. Haz un esfuerzo por no caer en el juego de las comparaciones sociales y practica la gratitud con respecto a lo que tienes. Recuerda esto sobretodo en enero que es cuando veremos todo lo que Santa le trajo a los demás.

Con frecuencia gastamos dinero en bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (botas UGG, carros de lujo, iPhone 11, etc.). Una bolsa Louis Vuitton guarda artículos personales tan bien como una bolsa común y corriente, pero la primera además confiere estatus a quien la usa. Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –que pagamos a 24 meses sin interés-. Cuando gastamos en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de la gente se empareja el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional. Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

La costumbre también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en objetos a los que nos habituamos rápidamente (zapatos, ropa de marca, joyas, casas, etc.). Éstos nos dan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. Nos acostumbramos. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses.

Entonces, ¿Cómo podemos gastar nuestro dinero esta navidad y siempre de manera que produzca una mayor y más duradera felicidad?

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un viaje, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Cuando la gente evalúa sus compras valora más las experiencias. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala un paseo, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un tiempo mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?

Existe una manera para comprar más felicidad y es gastando el dinero adicional en otros. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás, por ejemplo, donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en situaciones difíciles.

Finalmente, si tienes dinero extra paga deudas. La ciencia y, el sentido común, dicen que nos sentimos más tranquilos cuando no tenemos compromisos económicos pendientes.

Recuerda evitar las comparaciones sociales y caer en la trampa del estatus, deja de gastar dinero en cosas materiales a las que te acostumbras rápidamente y más bien gástalo en experiencias o inviértelo en los demás. Siguiendo estas recomendaciones podrás regalar a los demás y a ti mismo una felicidad de efecto más prologando esta navidad y no morir en el intento… Otra vez.

 

¿Dónde ha dejado tu corazón sus mejores latidos?

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Confieso que las palabras bonitas que están en el título no son resultado de mi inspiración. Yo sólo convertí en pregunta una frase linda que me encontré.

Estuve en arresto domiciliario por dictamen de una influenza “Tipo B”. Quizá resulta raro lo que voy a escribir, pero la pausa obligatoria que recibí como regalo de cumpleaños fue buena. La verdad es que el virus que pesqué fue extremadamente gentil. Únicamente bajó mi energía, me hizo “potencialmente contagiosa para la gente” y me robó la voz, así que tuve que estar quieta y en silencio conmigo misma.

El tiempo me alcanzó para mucho.

Leí un par de libros, armé una colección de frases trovadoras, pasé ratos viendo fotos, visité recuerdos y conecté pensamientos que andaban sueltos en mi cabeza para formar ideas.

El escrito de hoy es resultado de uno de esos ensambles… Una mezcla de acción poética con el tema de propósito de vida y un juego infantil.

La frase “El corazón nunca olvida donde dejó sus mejores latidos” -no sé de quién es- me pareció una excelente herramienta para identificar dónde está nuestra estrella polar o reencontrarla cuando la perdemos de vista.

No todas las personas sabemos con claridad cuál es nuestro propósito de vida o dejamos de reconocerlo por varias razones; pero éste, siempre está conectado con lo que nos mueve desde lo profundo, siempre está conectado con el corazón.

Convertí la frase en una pregunta… ¿Dónde ha dejado mi corazón sus mejores latidos? y resultó ser poderosa. Te invito a sentarte un rato con ella. Literalmente a sentarte, pues tiene la capacidad de sacudirte.

Pensando en eso me acordé de aquel juego infantil “Caliente-Frío”. Quizá lo recuerdas. Alguien escondía algo y para ayudarte a encontrarlo te daba pistas utilizando la temperatura… “Congelado” -si te alejabas mucho del lugar-, “Frío” -cuando corregías la dirección-, “Tibio” -conforme te acercabas-, “Caliente”“Calientísimo” “¡Hirviendo!” -ante el inminente hallazgo-.

Recuerdo vívidamente que era emocionante acercarte a la meta, el corazón marchaba más aprisa, ir en la dirección correcta se sentía muy bien. Por el contrario, alejarte y perder el rumbo tenía un efecto bajoneador. ¿Te acuerdas?

Me parece que nuestro corazón constantemente juega a “Caliente-Frío”. Si no me crees, échate un clavado a tu baúl de recuerdos, abre tu caja de tesoros, visita tus álbumes de fotos. Cada imagen, cada objeto, cada recuerdo le imprime una temperatura diferente a tu corazón. Hay memorias que lo envuelven en hielo, otras que lo incendian, hay muchas tibias.

Somos nosotros los que dejamos de jugar.

¿Por qué dejamos de escuchar a nuestro corazón? Peor tantito… ¿Por qué lo ignoramos?, ¿Por qué lo sometemos?, ¿Por qué caminamos voluntariamente en dirección al “iceberg” sabiendo que ahí no está lo que buscamos?, ¿Por qué nos resignamos a tener vidas “tibias”?, ¿No sería mejor vivir nuestra vida siguiendo esas pistas que dicen: “caliente”, “hirviendo”?

Dice otra frase que encontré: “El corazón siempre sabe a quién pertenece”. Estoy de acuerdo y agregaría… “también sabe a qué y en dónde pertenece”.

Somos de quién nos mueve, de lo que nos interesa y apasiona, de lo que da sentido a nuestras vidas, de los pasatiempos que nos nutren el alma… Somos de esos lugares donde nuestro corazón ha dejado sus mejores latidos.

“La vida es como una caja de chocolates…

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Nunca sabes lo que te va a tocar”, dijo Forrest Gump.

Me tocó influenza.

En el día de mi cumpleaños.

Andaba sintiéndome rara desde hace un par de semanas, pero decidí seguir de frente con el mismo ritmo acelerado que me gusta y volándome todas las luces amarillas intermitentes de los semáforos que me topé en el camino.

El plan original para celebrar esta vuelta al sol incluía despertar directo a leer mensajes bonitos de felicitación, desayunar Tamales Gourmet en casa con un grupo de amigas cuya especialidad es el sentido del humor -negro-, pasar la tarde con mis hijas y rematar la noche con cena entre amigos -y cerveza-.

El día empezó con un mensaje del doctor que decía: “La prueba de influenza salió positiva” -el estudio me lo hicieron desde anoche, pero me fui a dormir sin saber el resultado-. Entre las indicaciones médicas venía la nota… “Eres potencialmente contagiosa, ten distancia prudente con la gente”.

WHAT?

Así que aquí estoy… Con influenza tipo B -en caso de que tuvieran curiosidad-, con planes cancelados, envuelta en una cobija, aguantando el gélido día gris -lo mío es el sol colgado de un cielo azul y temperatura mínima de 25 grados-, preguntándome cómo es que el día salió exactamente al revés.

No tenía pensando escribir esta semana, pero ya que estoy en arresto domiciliario y manteniendo distancia prudente con el resto de la humanidad, decidí darles vuelta a unas cuantas ideas en la cabeza -que afortunadamente no me duele y tampoco me da vueltas-.

Más que en fin de año, a mi me gusta reflexionar y hacerme propósitos nuevos el día de mi cumpleaños. Quiero pensar que con el paso del tiempo me acerco un poco más a la persona que quiero ser y a mi mejor versión.

El trayecto de los 43 a los 44 ha sido parecido a una montaña rusa no apta para cardiacos. Ha estado lleno de momentos lindos, inolvidables, inspiradores, sueños alcanzados y logros importantes. También ha venido cargado de situaciones difíciles, tristes y demoledoras. Lo que quiero decir es que ha sido un año de contrastes. Está bien, este tipo de ciclos son los que nos obligan a salir de la zona de seguridad y hacen “NO NEGOCIABLES” el aprendizaje y la evolución personal. Ya tengo trazadas las metas de la ruta hacia los 45 y eso me emociona.

Me dijo una amiga hace un rato… “Pensemos que la vida te regala una pausa”. Sin duda. Cuando mis libros empiezan a apilarse y comienzo a coleccionar cadenas de días sin leer, es que la cosa anda mal. Quiere decir que no me he detenido a descansar, a crear tiempo para mí, que no he hecho pausas para reconectar y sentir. Justo ayer me escuché diciendo en voz alta… “sólo quiero leer”. ¡Concedido!

Dicen que el universo primero te susurra el mensaje al oído y, si no lo atiendes, entonces te grita… o te contagia de influenza. Ya entendí. La luz amarilla intermitente significa: parar.

Ahora me toca sacar la caja de herramientas para tratar de pasar el mejor cumpleaños posible ante la presencia de este imprevisto. Esta herramienta de Psicología Positiva la aprendí de mi querida maestra Maria Sirois. Ante la adversidad, en lugar de preguntarnos “¿Por qué a mí?; es mejor preguntarnos: ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?

Así que tomé café, me comí los Tamales Gourmet y los buñuelos en forma de calabaza -sí, bien llenos de azúcar-. Lo único que cambió en el menú del desayuno fue el Tamiflú que llegó de colado. Estoy escribiendo para publicar mi artículo de la semana -siempre me anima-, tengo un par de libros a la mano -justo lo que deseaba- y a Maggie junto a mí -la cuadrúpeda cariñosa, friolenta como yo y que puede acompañarme cerquita sin riesgo de contagio-.

Hoy en particular me alegran las redes sociales que me permiten estar conectada con el mundo a la “prudente distancia” que recetó el doctor. Me hacen grande el corazón todos los mensajes de felicitación y muestras de cariño que están llegando. En especial, me hizo reír este que decía: “No sé si sea apropiado poner la frase “muchos días como hoy””. No, esa no, please.

Me siento agradecida con todos los que hoy me acompañan desde la distancia lejana, desde la prudente, desde el más allá y desde el silencio.

La vida es como una caja de chocolates y hoy me tocó hacer pausa.

Mis Muertos

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Estoy frente a mis muertos. Los miro desde el suelo sentada cruzada de piernas y ellos me miran de regreso desde sus retratos, que hace algunos días ocupan el piano de la casa en el altar que hicimos para honrarlos.

Este año decidí celebrar el Día de los Muertos a la mexicana. Sí… confieso que estas ganas de retomar las tradiciones de mi país y esta inquietud por recordar a mi gente se las debo a la película “Coco”.

Busqué a mis familiares difuntos en los álbumes fotográficos que tengo en casa, esos de cuando todavía imprimíamos las fotos, las acomodábamos en hojas adhesivas y las atrapábamos debajo de una lámina transparente para la posteridad.

Ahí me los encontré. En el mismo lugar donde los dejé hace años, envueltos en ese marco amarillento que les dibuja el paso del tiempo. Me sentí apenada conmigo misma y con todos ellos por no tenerlos a la vista, por no hablar de ellos, por dejarlos deslizarse poco a poco en el olvido.

Para no destruir los ya muy frágiles álbumes le tomé fotos a las fotos, las imprimí y las puse en portarretratos. Conseguí papel picado de colores, veladoras, pan de muerto, calaveritas de azúcar y flor de Cempasúchil. Lo más básico pues aún tengo mucho que aprender sobre cómo hacer una ofrenda, así como los elementos y símbolos que tiene que tener.

Han pasado cosas lindas desde el día que hicimos el altar.

La primera es que nos divertimos mucho haciéndolo y aprovechamos el rato para conocer y hablar de cada uno de los integrantes de la familia… “Ella es su tatarabuela, o sea, mi bisabuela, la abuela de tu abuela, la mamá de mi abuela”, “Ella es la hermana de mi abuelo, viajera empedernida, una de mis personas favoritas”, “Esta es su tía, mi hermana mayor, no la conocí porque se fue antes de que yo llegara”, “Él es su bisabuelo, todos dicen que era un santo”.

Y así nos fuimos. Aprendiendo nombres, acomodando en parejas -asumiendo que así querían seguir-, contando historias. Sugerí poner un par de cajetillas de cigarros para los fumadores en cadena del grupo, pero mis hijas dictaminaron que de ninguna manera… “fumar es malo, les hace daño”. También pusimos a nuestras queridas mascotas.

Cuando terminamos encendimos las velas y nos sentamos a mirar en silencio. Cada una de nosotras con sus pensamientos, cada una con sus preguntas, cada una capturando la escena con la cámara del celular -y para el Instagram, por supuesto-. El ambiente era ligero. Hace mucho que no los tenía tan presentes y verme entre ellos me llenó de paz.

La segunda es que han regresado un montón de recuerdos. Es increíble la cantidad de memorias que evocan las fotografías. Veo la foto de mi abuela materna sonriendo de perfil con el sol encima, sentada en una banca del único centro comercial que había y vuelvo a preguntarme… ¿Por qué sería que le gustaba manejar descalza?, me acuerdo de las tardes que pasamos jugando “Adivina Quién”, de las historias de espantos en su casa y de su siempre presente cigarro. De ella saqué el amor por los perros. Luego miro a mi abuela paterna y puedo saborearme sus frijoles refritos con queso. Ella era de antojos, entonces, cuando estaba de visita en su casa caminábamos algunas cuadras para llegar al carrito de los “jodos” -hot dogs-, luego al de los buñuelos y el chocolate caliente. ¿Cuál era su especialidad? Consentir nietos, son inolvidables las noches en que nos ponía una toalla en la espalda y nos planchaba… Sí, es literal, sacaba la plancha de la ropa, ajustaba la temperatura y nos quitaba las arrugas. A mi hermana mayor no la conocí, pero la veo sonriendo en su sillita de bebé y no puedo evitar imaginarme cómo hubiera sido crecer con ella. Su ausencia ha estado siempre presente.

Cada vez que paso frente al piano me detengo un instante. Los recuerdos llegan en forma de sabores, tonos de risa, olores, sonidos, lugares, cuentos, canciones, imágenes, chistes, anécdotas, sensaciones. Están presentes ahora y se siente bien.

La tercera es que regresó a mi mente la voz de mi querida amiga Lucy, escritora, cuando dijo en una de nuestras clases que tristemente no siempre conocemos a las mujeres de nuestra familia, ni a esos personajes que cuelgan de las ramas de nuestro mismo árbol genealógico.

Y es verdad…

Si traigo a mi mente a mis abuelas, por ejemplo, puedo recordar a qué sabía la comida que preparaban, escuchar su risa, el tono de su voz, casi puedo percibir el olor de su ropa. Me acuerdo de sus cosas, de lo que hacíamos juntas, de sus costumbres. Pero no sé qué les quitaba el sueño por las noches o que soñaban cuando era de día e imaginaban la vida que querían. Siempre vi a mis abuelas como abuelas y haciendo lo que hacen las abuelas; sin embargo, nunca conocí a las mujeres que estaban detrás.

Así que a ratos me siento, veo el retrato de alguna de las personas que hoy están en el altar y me lleno de preguntas… ¿Qué le daba miedo?, ¿Estaba realmente enamorado de su esposa?, ¿Qué sueños se le quedaron en el tintero?, ¿Qué le inspiraba?, ¿Guardaba algún secreto?, ¿Le gustaba su trabajo?, ¿Por qué no estudió y qué consecuencias tuvo eso en sus emociones?, ¿Por qué se quedó?, ¿Era feliz?, ¿Qué pensaba verdaderamente de la situación en el país?, ¿Dónde estaba su lugar favorito?, ¿lloraba a solas?, ¿Se casó con el amor de su vida?, ¿De qué se sentía muy orgullosa?…

¡Qué irónico esto de conocer tan poco las verdaderas vidas de nuestras personas más cercanas!

Y me imagino todas las conversaciones que hoy me gustaría tener si tuviera la oportunidad de hacerlo. No se puede. Imposible volver en el tiempo.

Lo que sí podemos hacer los que estamos vivos es dejarnos ver por nuestros hijos, por nuestros nietos. Que conozcan a la mujer o al hombre que hay detrás de esa figura a la que llaman “mamá”, “papá”, “abuelo” o “abuela”. Para que cuando estemos adentro de un retrato encima de un piano puedan decir que nos conocieron, que verdaderamente nos conocieron.

Dicen que recordar es volver a vivir y recordar a mis muertos en esta época del año es volver a vivir con un pedacito de ellos.

¡Feliz Día de los Muertos!

 

Escribamos Juntas (contra el cáncer de mama)

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El artículo de esta semana viene en tono rosa y está dedicado a la Fundación El Mundo Escribe A.C., a mis compañeras consejeras, a las talleristas, a los voluntarios y, sobre todo, a las mujeres que forman parte del programa Escribamos Juntas.

Hace unos dos años recibí una invitación para formar parte del inspirador equipo de la Fundación el Mundo Escribe A.C., una asociación que promueve la escritura como herramienta de vida, para que las personas desarrollen su potencial creativo en beneficio propio y de los demás.

Uno de sus más valiosos y hermosos programas se llama Escribamos Juntas. Esta iniciativa está dirigida a mujeres con padecimiento de cáncer de mama en cualquier etapa de la enfermedad y tiene como objetivo facilitar que las participantes encuentren en la escritura una estrategia de autoconocimiento, manejo de emociones y crecimiento personal.

Escribamos Juntas es un taller organizado en 4 módulos que constan de 4 sesiones de 2 horas con una frecuencia semanal. Existen ocho diferentes sedes en la Zona Metropolitana de Monterrey, donde grupos de mujeres que han sido directamente tocadas por el cáncer de mama se reúnen a escribir.

Pero resulta que no sólo escriben.

La labor que hacen las talleristas y las participantes es imposible de calcular con cifras. No hay número que alcance para medir la manera en que se conectan los corazones de quienes integran un grupo.

Escribamos Juntas provee un espacio donde todas las emociones son bienvenidas y atendidas con cariño y compasión. En la privacidad de la hoja en blanco, cada mujer tiene la oportunidad de expresar sus temores, anhelos, pruebas superadas, reclamos, preguntas, recuerdos, pensamientos. Se desarrolla entre ellas un sentido de camaradería y confianza pues ahí todas hablan la misma lengua. Juntas y acompañadas se dan permiso de poner en voz alta todo lo que se guardan en casa para proteger a su familia del dolor. Porque sí, al mismo tiempo que ellas libran su batalla en silencio, cuidan de los suyos mostrándose fuertes, cumplen con sus deberes y brindan consuelo.

Escribamos Juntas es un espacio que permite a cada mujer abandonar por un rato el mundo de la enfermedad, de los hospitales y los doctores para entrar en el paraíso de las letras, de sus letras. Acomodan prioridades, reconocen lo verdaderamente importante, comparten sus testimonios y sabiduría.

Les comparto dos bellísimos ejemplos…

“Un refugio de paz… un abrazo de complicidad… un espacio de verdadera empatía… una pausa al remolino de las emociones… un espejo sin juicio… un apapacho de hermandad…” -Paty G.

“Sanar las heridas del alma, compartiendo los escritos, reconocer que soy más fuerte, que dejé de llorar tan fácilmente, que la empatía con el grupo nace del corazón y te fortalece en el tiempo que falta por vivir en este camino de espinas. Compartir los avances y logros es maravilloso por hablar el mismo idioma. Definitivamente agradezco de corazón el llegar al grupo en el momento en que me tocó. Escribir ha sido la terapia más sanadora en esta batalla contra el cáncer” -Milagros V.

Se convierten en amigas, escritoras y autoras de su propia vida. En mayo de 2019 la Fundación El Mundo Escribe A.C. recopiló, editó y publicó el libro “Escribamos Juntas” con los textos de 60 mujeres, que luego asistieron a la presentación, autografiaron y dedicaron el libro a sus familiares y amigos. Fue una noche especial y transformadora para todos los que estuvimos ahí.

Hoy aprovecho para agradecer a la Fundación El Mundo Escribe la oportunidad que me da de formar parte de este proyecto. Ha sido muy enriquecedor e inspirador para mí.

Aprovecho también para invitarte, a ti lector, a conocer más de este proyecto. Mi deseo es que no lo necesites, pero quiero decirte que Escribamos Juntas es un recurso valioso para hacerle frente al cáncer de mama. Si conoces a alguien que haya pasado por esta enfermedad o actualmente esté librando esta batalla acércala a la Fundación El Mundo Escribe.

Te dejo su contacto…

contacto@elmundoescribe.org

P.D. Agenda tu revisión anual o invita a las mujeres en tu vida a que lo hagan. La prevención y la detección temprana hacen la diferencia.

Es un tema de confianza

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Estoy con un pie adentro de ese territorio pantanoso y movedizo de niñas adolescentes que empiezan a salir de noche, que regularmente organizan planes mixtos, tienen permiso provisional para manejar, acceso ilimitado al mundo a través de su celular y que cada día tienen un poco más independencia y libertad.

Y me toca dar un paso hacia atrás, para que ellas den varios hacia adelante.

Y me asusta.

La conversación en casa siempre ha marchado en esta dirección: “Irás ganando permisos, movilidad y libertad en la medida en que demuestres que eres una persona responsable y confiable”.

¿Cómo puedo hacer eso? Preguntó una… “Estando donde dices que vas a estar, con quien dices que vas a estar, avisando si cambias de lugar, regresando a la hora convenida y tomando decisiones responsables”.

Pero me quedo pensando que el tema queda muy abierto todavía… ¿Qué significa ser una persona confiable?, ¿Qué es la confianza?, ¿Soy una persona confiable?

Me parece que todos deseamos ser confiables y además pensamos que lo somos, aunque al mismo tiempo e irónicamente, creemos que los demás no son de fiar.

Y pensando en eso encontré el tema para la publicación de esta semana.

Busqué la radiografía de la confianza de Brené Brown, mi investigadora y autora favorita, en su libro “Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts”.

Siempre encuentro cosas valiosas en sus letras.

La confianza es la suma de pequeños momentos en el tiempo, no es algo que puede convocarse con el comando “confía en mi”, programarse o exigirse; no nos ganamos la confianza de alguien pidiéndola, sino cuidando de los detalles cotidianos.

Es un proceso que se da entre dos individuos o un equipo de trabajo y se construye en el tiempo. Es un pegamento que mantiene unidas a las personas; sin ella, no hay conexión.

Cuando la confianza se quiebra nos quedamos sin palabras, con mucho dolor y en modo silencio defensivo.

También podemos perder la confianza en nosotros mismos después de un fracaso o caída… “No puedo confiar en mi propio juicio”, “No estoy segura de poder controlarme”.

Brené arranca con la definición de confianza del autor Charles Feltman que dice: “confianza es elegir arriesgarme a someter algo que valoro a las acciones de alguien más”. Por otro lado, “desconfiar es creer que lo que es importante para mí, no está seguro contigo o en esta situación”.

Hablar de confianza en estos términos tan generales es muy difícil, y las personas recibimos cualquier comentario que cuestione nuestro nivel de confiabilidad con el mismo gusto que una invitación a beber ácido muriático.

Una mejor idea para abordar el tema de la confianza consiste en conocer sus partes para identificar cuál está tambaleándose o rota. En este sentido, es mucho más efectivo resaltar comportamientos específicos en cada uno de estos componentes para lograr un cambio.

De acuerdo con Brené Brown, la radiografía de la confianza muestra siete elementos -y la voy a traducir tal cual-.

Límites. Respetas mis límites y cuando no estás seguro de qué está bien y qué está mal, preguntas. Estás dispuesto a decir “NO”.

Fiabilidad. Haces lo que dices que vas a hacer. En el trabajo, esto significa estar consciente de tus capacidades y limitaciones para evitar hacer promesas que no puedes cumplir y seas capaz de sacar adelante tus compromisos. Somos fiables cuando nuestras palabras son congruentes con nuestras acciones.

Responsabilidad. Te adueñas de tus errores, ofreces disculpas, reparas los daños.

Bóveda. No compartes información o experiencias que no te corresponde a ti compartir. Necesito saber que guardas mis confidencias, y también, que no compartes conmigo información de otras personas que es confidencial.

Integridad. Eliges la valentía y el coraje por encima de la comodidad. Eliges lo que es correcto por encima de lo que es divertido o fácil. Eliges practicar tus valores en lugar de sólo profesarlos.

No emitir juicios. Puedo pedir lo que necesito y puedes pedir lo que necesitas. Podemos hablar de nuestros sentimientos sin percibir que somos juzgados. Podemos pedirnos mutuamente ayuda sin juicios.

Generosidad. Ofreces la interpretación más generosa posible acerca de mis intenciones, palabras y acciones. Asumes intenciones positivas.

Cuando la confianza se resquebraja necesitamos identificar exactamente donde está la fractura. Entre más específicos seamos, más eficientemente podremos trabajar en reconstruirla.

Con esta guía podemos abordar conversaciones alrededor del tema de la confianza con nuestros equipos de trabajo, amigos, pareja, hijos señalado exactamente el comportamiento que está contribuyendo negativamente a deteriorarla.

Cuando entramos a profundidad a analizar la radiografía de la confianza es más fácil caer en la cuenta de que no necesariamente somos tan confiables como pensamos.

Me quedo reflexionando sobre el concepto de confianza y sobre cómo aterrizarlo en mi propia pista y en la de mis hijas.

 

 

Habla menos y pregunta más

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Hace unos días me tocó hacer una escala en el aeropuerto de Dallas después de un vuelo nocturno de casi once horas. Me había pasado casi toda la noche en vela -no domino el arte de dormir sentada y mucho menos en un avión-. Lo único que me hacía ilusión a las 5:30 am era tomarme un café y comprar un buen libro para las tres horas de espera y el siguiente tramo por las nubes.

Según mis recuerdos había una tienda de libros en la terminal D, pero la recorrí toda y no la encontré por ningún lado. Una de tres… Mis recuerdos estaban perdidos, la librería estaba en otra terminal o algún día estuvo y ya no estaba. De mala gana decidí entrar en la tienda The Wall Street Journal para comprar agua, matar el tiempo hojeando revistas y ver si tenía suerte encontrando la típica novela de aeropuerto.

En eso andaba cuando en el último anaquel del único librero que tenían, alcancé a ver un libro casi del azul turquesa que me gusta. Solamente se le veía una esquina, pero como casi tenía el tono indicado me agaché para sacarlo. El libro se llama “The Coaching Habit: Say Less, Ask More and Change the Way You Lead Forever” de Michael Bungay. Justo venía de facilitar un taller de liderazgo, así que lo compré.

Y me lo devoré prácticamente en una sentada. Yo siempre he dicho que, a veces, los libros nos escogen a nosotros. Me gustó mucho, pero sobretodo, me pareció muy útil, sin desperdicio. Te cuento un poco de qué se trata con la idea de que te animes a leerlo.

La idea principal del libro es facilitar el crecimiento de las personas, apoyándolas a alcanzar su máximo potencial haciéndoles más preguntas y diciéndoles menos qué hacer.

Aunque el libro está orientado al mundo del trabajo, también podemos utilizar las herramientas en casa.

Michael Bungay explica que a través de siete preguntas esenciales es posible crear un nuevo hábito de “coaching” y romper con tres vicios comunes: codependencia, abrumación y desconexión.

Van las siete preguntas…

¿Qué estás pensando? o ¿Qué tienes en mente? Es la pregunta para abrir una charla que rápidamente nos lleva a la conversación real. Es abierta, va directo al grano e invita a las personas a compartir lo que es más importante para ellas. “Mamá, ¿Qué me conviene más… hacer plan con mis amigas o quedarme en la casa con mis primos que están de visita?” , “No sé que carrera elegir si Economía o Psicología” Entonces, en lugar de dar nuestra opinión inmediatamente podemos intentar… “¿Qué estás pensando?”

¿Y qué más? Es la pregunta subsecuente. Tiene propiedades mágicas dado que, aparentemente sin esfuerzo, crea más sabiduría, más reflexión, más autoconocimiento. Cuando preguntamos ¿Y qué más? obtenemos mejores opciones. Mejores opciones llevan a mejores decisiones. Mejores decisiones llevan a más éxito.

¿Cuál es el verdadero reto para ti en esto? Esta pregunta nos ayuda a detener el impulso de movernos rápido a la acción y pasar más tiempo resolviendo el verdadero problema, en vez del primer problema. Con el “para ti” la pregunta aterriza en la persona con quien hablamos, la motiva a identificar su batalla y aquello que necesita resolver. “Mamá ya no soporto al maestro de literatura porque no explica bien, nos quita el teléfono, habla muy bajito, le huele fatal la boca, nos deja salir tarde del salón, tengo que correr al siguiente y además deja tarea como si su materia fuera la única que tenemos, etc., etc., etc.,” ¡WOW! Y nosotros respondemos… “De todo esto que me cuentas… ¿Cuál es el verdadero reto para ti?” Y así ya no tenemos que adivinar, ni salir corriendo a comprar un cepillo y una pasta de dientes.

¿Qué quieres tú? No siempre sabemos con claridad qué queremos y, si lo sabemos, no siempre nos atrevemos a pedirlo. Esta pregunta crea la oportunidad para que las personas definan y manifiesten qué quieren o qué necesitan. Tu hermana llega a contarte con cara de angustia… “Mi esposo está planeando un viaje para nuestro aniversario que incluye tirarnos del paracaídas, está súper emocionado”. No la ves muy convencida, así que preguntas: “¿Qué quieres tú?”

¿Cómo puedo ayudarte? Tiene dos ventajas. La primera es que forzamos a la persona a hacer una petición directa y precisa de utilidad para ella; la segunda, que evita que pensemos que sabemos qué necesita y brinquemos a la acción. ¿Te ha pasado que te enfureces cuando empiezas a contarle algo a tu pareja y te llena de soluciones?… ¡No quiero que me soluciones el problema, sólo quiero que me escuches!  Preguntar ¿Cómo puedo ayudarte? puede ser mejor opción.

¿Si estás diciendo que sí a esto, a qué estás diciendo que no? Un “sí” no sirve de nada sin un “no” que ponga límites y dé forma. Tendemos a llenarnos de compromisos y aceptar responsabilidades que no necesariamente queremos. Decimos que “sí” pensando que podemos con todo o por complacer a los demás y terminamos abrumados o haciendo las cosas a medias. Si tu hija adolescente llega a contarte que quiere tomar una clase más y tu ves que solamente tiene libre de 2:00 a 3:00 de la mañana, podrías preguntarle: “¿Si dices que sí a esta clase, cuál vas a dejar?”

¿Qué fue lo más útil o valioso para ti? Nuestra labor principal como líderes o guías es ayudar a crear para los demás momentos de aprendizaje. Esta pregunta puede ser utilizada para finalizar una conversación o reunión. Asume que la charla fue útil y genera la oportunidad para descubrir qué fue lo más importante.

Debo confesar que después de leer este libro estoy mucho más consciente del hábito que tengo de brincar a responder preguntas y solucionar problemas, especialmente con mis hijas.

Pienso en todas las veces que les digo qué hacer o respondo a sus dudas sin darles la oportunidad de hacerlo por sí mismas. Creo que muchas veces lo hago por flojera o porque ando de prisa. Sin embargo, ahora que lo pienso, brincar a solucionar su corto plazo, podría comprometer el desarrollo de sus habilidades para el largo plazo.

Me quedo convencida de que vale la pena preguntar más y hablar menos.

PD. Luego de comprar el libro revisé por número 17 mi puerta de embarque y caí en la cuenta de que estaba en la terminal equivocada. Me gusta pensar que me equivoqué de terminal sólo para encontrar este libro antes de salir.