Amigos

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El tema de esta semana se escogió solo y no admitió negociación. Cuando el día en que publicas coincide con el 14 de febrero, día del amor y la amistad, no hay más.

Ayer leí un artículo del New York Times que me atrapó con el nombre: “Si quieres un mejor matrimonio, compórtate como si fueras soltero”. ¿A poco no está sexy el título? Aquí te dejo el vínculo.

Aunque el encabezado logra levantar intrigas, en realidad el objetivo del artículo es resaltar lo importante y necesario que es tener una red sólida de amigos –aunque tengamos una pareja- para sentirnos felices y tener un bienestar emocional sano.

Y es que las parejas tienden, de manera natural, a reducir su mundo a las interacciones entre ellos y a su núcleo familiar. Esto es lo más cómodo, lo más sencillo y lo más practico; sin embargo, no es lo óptimo ni es suficiente.

Los amigos son un ingrediente clave en la felicidad, así que la publicación de hoy va con dedicatoria a la parte del día de San Valentín que se ocupa de la amistad.

Las personas venimos programadas de fábrica para conectar y pertenecer a un grupo. Estar aislados por periodos de tiempo largos es nocivo para nuestra salud.

Vivimos más tiempo y con más salud cuando tenemos lazos sociales estrechos; estudios muestran que la gente que tiene una red amplia de amigos y socializa de manera regular tiene un riesgo de mortalidad un 50 por ciento más bajo que aquellos que no.

Los amigos también contribuyen positivamente a nuestra salud mental. Contar con ellos nos hace menos propensos a experimentar tristeza, soledad, baja autoestima, trastornos alimenticios o de sueño.

Pasar tiempo con amigos tiene consecuencias positivas para la gente que vive con nosotros. Somos mejor idea para nuestra pareja e hijos después de pasar un rato agradable con amistades, pues regresamos recargados de energía, inspirados, más ligeros y, entonces, los recursos personales que ponemos a su disposición son de mejor calidad.

Los amigos agregan sabor a nuestras vidas y entre más diversas sean nuestras amistades, mejor. Vale la pena hacer el esfuerzo por ampliar nuestro grupo social y cultivar nuestra curiosidad para conocer a todo tipo de personas –roqueros, fotógrafos, chefs, deportistas, viajeros, artistas, académicos, apasionado de los vinos, de las mariposas, exploradores, decoradoras, músicos, escritores, estilistas, ejecutivos, etc. Cada persona es una ventana a un mundo diferente al nuestro y descubrimos cosas increíbles cuando tomamos la decisión de asomarnos a través de ellas.

Los amigos son una aventura, son diversión, cada uno de ellos nos complementa de manera diferente y van ganando importancia a medida que nos vamos haciendo viejos.

La frecuencia, la proximidad y el contacto personal son importantes. Compartir el espacio en tercera dimensión y de manera frecuente tiene un impacto mucho más grande en nuestra felicidad que tener contacto a través de una pantalla o sólo de vez en cuando.

Dicen por ahí que los amigos son la familia que escogemos. Y yo no podría estar más de acuerdo con esto. Los vínculos que podemos desarrollar con nuestros amigos pueden llegar a ser igual o más fuertes que con algunos familiares.

Me pongo a pensar en todos los amigos y amigas que han contribuido a mi vida y han dejado su huella. Soy quien soy y estoy donde estoy gracias a cada uno de ellos.

Están los de una clase, los de un viaje, los de temporadas cortas, los de proyectos específicos, los que ya no están. De algunos perdí la pista, pero de nadie su recuerdo. Cada nombre levanta una ola de memorias.

Y por supuesto, están mis amigos de toda la vida. Los que han estado en los momentos más lindos y también en los más duros; que comen dulces con sabor a “comida de perro enlatada” para hacer reír a mis hijas, que pintan obras de arte en cáscaras de pistache o que hicieron posible soportar clases con nombres como “econometría”.

Están mis amigas del alma que saben que no me gusta el melón, que la presión arterial me sube cuando tienen que tomármela, que conocen cada uno de mis achaques y descifran mi estado de ánimo escuchando mi tono de voz. Las que saben qué me da miedo, qué me da risa, qué me mueve; que me llaman justo antes de subirme al avión porque saben que me pongo nerviosa, que fueron rebautizadas por mi papá al mismo tiempo que yo con el nombre científico de una bacteria, que se convierten en puentes para conectarme con lo que quiero y me recuerdan quién soy. Las que me ayudan a detener mi mundo cuando éste amenaza con caerse o doblarme los brazos, las que guardan mis recuerdos como si fueran mi disco duro externo por si acaso un día… comienzo a olvidarlos.

Hoy celebro a todos mis amigos.

¡Gracias por darle sentido a mi vida y abonar de manera tan contundente a mi felicidad!

 

¡Cuidado con las trampas del pensamiento!

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Ayer mientras corría en el gimnasio escuché una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Brian Grazer, famoso productor de cine y televisión; Splash, Apolo 13 y Una mente brillante son algunas de sus películas más conocidas.

Grazer ha dedicado su vida a estudiar la curiosidad. Durante el diálogo con Winfrey explicó que la curiosidad es su fortaleza personal más sobresaliente y relató cómo la ha utilizado para construir su prolífica carrera profesional.

Yo no voy a hablar de curiosidad tal cual en este artículo, sino de las trampas del pensamiento y de cómo podemos salir de ellas siendo un poco más curiosos.

Te cuento como llegué de un tema al otro.

Desde hace varias semanas estoy reflexionado sobre el impacto que tienen las historias que nos contamos en nuestro bienestar emocional. Si quieres leer más sobre esto sigue este vínculo.

Hacia el final de la entrevista, Grazer apuntó que la curiosidad es disruptiva pues altera nuestros puntos de vista.

Esto es importante pues todas las personas estamos atrapadas por nuestra manera de pensar y por nuestra manera de relacionarnos con los demás. Nos acostumbramos a ver el mundo desde nuestra perspectiva y terminamos convencidos de que el mundo es exactamente como lo vemos. Convertimos nuestro punto de vista, en EL punto de vista.

Entonces me acordé de las trampas del pensamiento en las que seguido caemos presos y nos hacen pasar malos ratos.

Cuando nos atrapa una distorsión cognitiva –este es el nombre oficial- corremos el riesgo de entrar en estados emocionales escabrosos que luego influyen negativamente en nuestra conducta.

Algunas de las trampas del pensamiento son:

Todo o nada. Pensamos en los extremos, es blanco o negro, no hay matices de gris. “Si no lo hago perfecto, entonces mejor no hago nada”, “Llevo dos semanas cuidando mi dieta, pero como me comí una galleta ya se arruinó todo completamente”, “Si no puedo llegar a la fiesta justo cuando empiece, entonces mejor no voy”. Nos olvidamos que la mayoría de las cosas ocurren en algún lugar intermedio.

Catastrofismo o sobrestimar el peligro. Exagerar, hacer las cosas más grandes de lo que son, imaginarte que el peor escenario posible, sin importar lo poco probable que sea, está por suceder. Pensar que el avión en el que viajas se va a caer, aunque sabes que es el medio de transporte más seguro. Esto genera mucha ansiedad… ¿Has estado en un avión a 10,000 metros de altura convencido de que en cualquier momento algo saldrá mal? Yo si y tengo que cerrar la boca para que no salga mi corazón corriendo. En esta trampa también es común pensar que no seremos capaces de superar una adversidad o de sobrevivir, “Si repruebo un examen, entonces no voy a graduarme y terminaré viviendo debajo de un puente”.

Sobre generalizar. Hacer afirmaciones contundentes con base en un único dato o experiencia. Usamos las palabras nunca, siempre, todos, nadie. Convertimos un “hoy no puedo acompañarte” en un “nunca me acompañas”; si una amiga se molesta con nosotros brincamos a “todas me odian”; un error se transforma en “siempre me equivoco”.

Adivinar el futuro. Esta es mi favorita, a cada rato caigo en esta. Pensar que sabemos lo que pasará aunque no tengamos una bola de cristal. Sacamos conclusiones con ciertos pedazos de información, conectamos datos para construir una historia y nos casamos con ella. Estamos seguros del significado de cierta situación aunque no tengamos evidencia para probarlo; “El examen va a estar dificilísimo y voy a reprobar”, “nadie va a hablar conmigo en la fiesta”, “Si no revisa su teléfono es porque algo le pasó”.

Leer la mente. Esta también me encanta. Saber exactamente lo que otros piensan de ti… “está pensando que me veo gorda”, “todos están pensando que no debería estar aquí”. En esta trampa también esperamos que los demás sepan lo que queremos o necesitamos, especialmente si se trata de nuestra pareja… “después de tantos años, ya debería saber qué quiero y no debería tener que explicarle”.

Filtro negativo. Nos fijamos exclusivamente en cierto tipo de información, en datos que validan lo que pensamos o sentimos y descartamos todo lo demás. Casi siempre dejamos fuera lo positivo. Resaltamos nuestros fracasos, pero no los logros; nos ponemos tristes porque una persona olvida felicitarnos en nuestro cumpleaños, en lugar de alegrarnos por todas las muestras de cariño que sí recibimos; pensamos que la conferencia que dimos no fue buena porque una persona estaba quedándose dormida, a pesar de que muchas personas se acercaron al final para felicitarnos.

Razonamiento emocional. Sacamos conclusiones del resto del mundo o de otras personas con base en lo que sentimos, en nuestras emociones del momento. Si me siento así es porque tiene que ser verdad; “Si tengo miedo es porque el avión se va a caer”, “Si me siento apenada es porque no sirvo para nada”, “Si me siento triste significa que no me quiere”.

Estas son algunas de las trampas de pensamiento más comunes. Cuando caemos en ellas, nuestros pensamientos negativos influyen en nuestras emociones y en nuestra conducta.

¿Qué hacemos entonces?

Aquí es donde podemos recurrir al poder disruptivo de la curiosidad para encontrarle un ángulo diferente a la historia que nos estamos contando y encontrar alternativas útiles para salir del atascadero mental.

Curiosidad para preguntarnos: ¿Qué información estoy dejando fuera?, ¿Qué más podría estar pasando?, ¿Qué tal si en lugar de adivinar, mejor pregunto?, ¿Qué ha pasado otras veces que me he sentido así?

La curiosidad puede ayudarnos a acercarnos a otras personas para complementar nuestra información, conocer su punto de vista en lugar de asumir que lo conocemos, hacer preguntas, retar nuestros pensamientos, ser un poco más humildes y reconocer que existen diferentes maneras de ver el mundo.

Podemos elegir practicar la flexibilidad de pensamiento. Yoga mental para estirarnos cada día un poco más y mantener el equilibrio.

Carta de despedida al yo que no fui

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La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Margarita Tarragona, experta en Psicología Positiva, hablar sobre el papel tan importante que juegan las historias que nos contamos a nosotros mismos en nuestro bienestar emocional.

Margarita compartió con nosotros muchas ideas muy interesantes, pero a mi me dejó pensando una en especial: “el yo posible perdido”, “las identidades posibles perdidas” o “las versiones posibles de mi que no fueron”.

Lo que nunca fue, lo que casi fue, lo que dejó de ser… Todo eso que tiene un lugar en el cajón de los “hubieras”.

El “yo posible” se define como una representación personalizada de una meta de vida importante.

Nuestras identidades posibles perdidas son, entonces, una representación personalizada de una meta de vida importante que no se cumplió y pueden tener muchas formas y colores.

Quizá soñabas con casarte para formar una familia, pero no encontraste o no has encontrado a la persona indicada; aspirabas a ser bailarina profesional, pero tuviste que retirarte antes de tiempo por una lesión; deseabas estudiar arte, pero te obligaron a estudiar ingeniería; terminaste una carrera, pero no la ejerciste porque te dedicaste al hogar; soñabas con ser abuela, pero tus hijos no quisieron ser padres; pensabas que tu matrimonio era para toda la vida, pero terminó; querías ese puesto en la empresa, pero se lo dieron a alguien más; querías ser piloto de aviones, pero el examen de vista que te hicieron como parte del proceso de admisión te descartó como candidato.

Me puse a pensar en mis versiones posibles que nunca fueron y pude sentir su peso. Me di cuenta que cargo con ellas, las tengo guardadas en el fondo de algún rincón; pero de vez en cuando, salen para dibujarse en mi mente y despiertan emociones incómodas.

También pensé que sería bueno despedirme de todas ellas, dejarlas ir para andar más ligera, para disfrutar de mis versiones que sí son, hacerle lugar a nuevas versiones posibles o simplemente para ser mi mejor versión el día de hoy. Algo así como cuando sacamos del clóset la ropa que nunca usamos.

Laura King, académica de la Universidad de Missouri, explica que pensar en lo que pudo ser o en un yo posible perdido es receta para el arrepentimiento, la decepción, humillación, tristeza y el enojo. Cuando nos atrapa el “hubiera” nuestro bienestar se deteriora.

La desilusión, los contratiempos, cambios de dirección, los errores son parte de la vida y, sin duda, pueden ser muy duros. Al mismo tiempo, reconocerlos y asimilarlos puede convertirse en una oportunidad de transformación y en una señal de madurez.

Es importante despedirnos de lo que pudo ser o de quien pudimos ser. Para avanzar es necesario decirle adiós a los planes que no se hicieron, a las promesas no cumplidas, soltar los sueños que quedaron solo en eso y hacer las paces con situaciones que no queríamos, pero que igual llegaron.

Logramos ser personas más felices cuando reconocemos las pérdidas –identidades posibles que no fueron-, pero no nos dejamos consumir por ellas y nos mantenemos enfocados a las metas presentes -en nuestra mejor versión posible- y creemos que algo bueno está por venir.

Una estrategia que puede funcionar es escribirle una carta de despedida a cada una de esas versiones de nosotros mismos que no pudieron ser o a esa versión que más nos duele no haber sido.

Elaborar sobre ese posible yo que se perdió, reconocerlo, darle las gracias y luego dejarlo ir potencialmente pude liberarnos, mejorar nuestra sensación de felicidad y fomentar nuestro crecimiento personal.

Cuando era una niña tuve que despedirme de esa identidad mía que encontraría la manera de comunicarse con la mente de los animales pero que nunca se hizo realidad. Unos años después tuve que decirle adiós a mi versión posible de gimnasta que iría a las olimpiadas porque nunca superó el miedo a la viga de equilibrio. Más adelante dejé ir a mi yo posible de fotógrafa y escritora de la revista National Geographic para convertirme en economista de profesión dedicada a los datos duros y al mundo corporativo. A esa versión… la abandoné también. También quise ser tía consentidora de todos mis sobrinos, pero la vida me los puso lejos.

Parte de la magia está en nuestra capacidad de rediseñarnos. Nunca descifré el lenguaje de los animales, pero igual hablo con mis perros. No me convertí en gimnasta profesional, pero el ejercicio es un eje central de mi vida. No fui fotógrafa ni escritora de National Geographic, pero tomo fotos y escribo este blog. No me dediqué a la economía, pero encontré la manera de usar lo que aprendí ahí en otra área de las ciencias sociales.

En fin, hay muchas versiones de mi misma que se quedaron en el tintero, pero que dejaron la huella del “y si hubiera…”. Aún tengo pendiente despedirme de varias.

Me parece que un par de preguntas que pueden ayudarnos en estos procesos de remodelación personal son: ¿Qué parte de lo que quería ser me acompaña hoy, me ayuda a sentirme bien y a ser mi mejor versión posible?, ¿Qué recursos, habilidades y fortalezas tengo para construir nuevas posibilidades para mi en el futuro?

Pensemos en historias nuevas que contarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

El jinete, el elefante y los propósitos de año nuevo

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¿Cómo vas con tus propósitos de año nuevo?

Si notas que la determinación y la energía con las que arrancaste el año para cumplir con tus propósitos de año nuevo van en picada… no estás solo. Por ahí de la tercera y la cuarta semana es común ver montones de buenas intenciones salir volando por la ventana.

Este fenómeno es tan común, que al tercer lunes de enero le han bautizado “el día más deprimente del año”. Para estas alturas, ya tuvimos uno que otro contratiempo, tenemos que pagar las cuentas de lo que gastamos en la época navideña, el sol está atrapado detrás de nubes grises y los cientos de actividades que saturan nuestros días despegaron otra vez.

Antes de tirar la toalla –si es que lo estás pensando- vale la pena que consideres algunos aspectos relacionados con la construcción, eliminación o modificación de hábitos. Y sí, por alguna razón la toalla ya está en el piso, quizá te animes a recogerla.

Cambiar hábitos no es fácil y la manera en como funciona nuestro cerebro tiene mucho que ver.

Nuestras actividades caen en dos categorías: procesos automáticos –alrededor del 95%- y procesos intencionales. Las actividades automáticas -como nuestros hábitos- están controladas por sistemas increíbles que nos permiten, por ejemplo, manejar mientras hablamos con alguien más o responder instintivamente a una amenaza con el mecanismo de pelea o escape. Los procesos intencionales, en cambio, requieren de lenguaje y pensamiento cognitivo.

El autor Jonathan Haidt hace una analogía de estas actividades con un elefante y un conductor. El inmenso elefante representa nuestro procesador automático, nuestros hábitos; mientras que el pequeño jinete encima del animal, simboliza nuestros procesos controlados y fuerza de voluntad.

El conductor puede dirigir al elefante con las riendas, pero el animal prefiere ir por los caminos conocidos, va por donde encuentra gratificación y es más fácil. El conductor requiere de un esfuerzo monumental para cambiar el comportamiento del elefante. Cuando el jinete se cansa, afloja las riendas; entonces, el elefante recupera el control y lo usa para ir por donde está acostumbrado a hacerlo.

El conductor puede ser mucho más listo que el elefante, pero no es tan fuerte, ni tiene batería suficiente para tomar decisiones todo el día. Por eso, cuando estamos cansados regresamos a nuestro modo “automático” y hacemos las cosas sin darnos cuenta.

Cuando comemos delante de la televisión decimos “una galleta más” y alejamos con mucho trabajo el plato, pero cuando nos distraemos, el elefante lo jala con la trompa.

Los hábitos o rutinas simplifican los esfuerzos que requerimos para realizar nuestras actividades diarias. Liberan espacio y energía en nuestro cerebro, que podemos utilizar para realizar procesos de pensamiento más complejos -encontrar soluciones a problemas, hacer análisis, diseñar estrategias-.

De todo lo anterior, podemos concluir que una buena parte del éxito en esto de cumplir con nuestros propósitos consiste en convertirlos en hábitos. Y dado que esto no es sencillo, debemos concentrarnos en un sólo cambio a la vez, pues el esfuerzo necesario para lograrlo es tan grande como un elefante terco.

Aquí te dejo el vínculo al artículo “De propósitos, hábitos y mulas” donde puedes leer un poco más al respecto.

Haidt explica que para cambiar un hábito es necesario que nuestro jinete tenga la habilidad de distraer y convencer al elefante de aventurarse por un camino diferente, la cantidad de veces suficientes para que éste se lo grabe y luego lo recorra automáticamente. La repetición es clave, como dice el dicho… “se hace camino al andar”.

¿Cómo reentrenamos al elefante?

Los hábitos tienen tres componentes principales: detonador o señal, rutina y gratificación. Christine Carter los explica de manera muy sencilla en su libro “The Sweet Spot”.

Detonador. El detonador o señal le dice a nuestro cerebro que se ponga en modo automático y además le indica cuál hábito usar. Equivale al tirón de riendas que echa a andar al elefante en cierta dirección. Algunos ejemplos de detonadores son: emociones, cosas en el entorno, ciertas horas del día, sonidos, olores, personas, fechas.

Rutina. La rutina o comportamiento es el camino que toma el elefante. Las primeras veces, el jinete guía al elefante. Después de muchas repeticiones, el animal camina solo. Algunas rutinas pueden ser comportamientos físicos, por ejemplo, ponernos el cinturón de seguridad cuando entramos al carro. Otras pueden ser hábitos mentales o emocionales, por ejemplo, llegar a la casa sola puede disparar el pensamiento “siempre estoy sola y no me gusta” que genera una rutina emocional “me siento triste”. Ir al doctor puede detonar un sentimiento de estrés o miedo por las noticias que pudiéramos recibir.

Gratificación. Creamos hábitos cuando entrenamos al elefante con mensajes químicos del sistema que registra el placer en nuestro cerebro. Cuando realizamos actividades agradables como comer rico o lograr algo, neurotransmisores mandan un mensaje que dice “esto se siente bien” que produce sensación de placer y nos motiva a volver a hacer esa actividad. Todos los animales y seres humanos aprendemos a repetir comportamientos por los cuales recibimos premios.

¿Qué hacemos con esta información?

Es muy importante identificar los detonadores, rutinas y premios de nuestros hábitos para poder construir nuevos o modificar los existentes. Va un ejemplo.

Digamos que quieres cambiar el hábito de fumar a media mañana. Tu detonador es la hora del descanso o completar alguna tarea, la rutina es salir a fumar y la gratificación es sentir menos ansiedad, una dosis de nicotina o el contacto social con tus compañeros.

Para hacer más fácil el cambio de hábito, conserva el detonador, pero reemplaza la rutina. En lugar de fumar podrías tomar un té caliente o comer algo saludable. Haces un pequeño cambio que le haga pensar al elefante que va por el mismo camino.

Si no sabes cuáles son los detonadores de un mal hábito toma nota durante algunos días de todo lo que sucede antes del comportamiento hasta que lo identifiques.

Los mismo aplica cuando quieres construir un hábito nuevo. Supongamos que es tomar vitaminas. Si todos los días vas a la cocina a preparar una taza de café, construye sobre este hábito y deja el frasco con las vitaminas junto a tu taza. Así será más fácil acostumbrarte a tomarlas.

Elegir propósitos de año nuevo tiene su ciencia. Decíamos hace un par de publicaciones que tenemos que definir metas que nos inspiren y sean muy importantes para nosotros, de lo contrario no tendremos la motivación suficiente para mantenernos firmes. Aquí te dejo el vínculo.

Para aumentar las probabilidades de lograr tus metas este año recuerda identificar aquello que es verdaderamente importante e inspirador para ti, trabajar en un propósito a la vez, repetir y dar pasos pequeños, pero firmes.

Seguramente tendrás que hacer varios intentos antes de lograrlo. No te desanimes, cada vez que el elefante recorre el camino va dejando huellas que le permiten reconocerlo más fácilmente la siguiente vez.

 

 

 

Y tú… ¿Cómo quieres ser recordado?

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En memoria de Rodrigo Sánchez Celis

Tenía planeado dedicar el artículo de esta semana al tema de hábitos para seguir trabajando en la construcción de nuestros propósitos de año nuevo –propósitos que sí se cumplan-.

Pero hoy, la vida me sorprendió con una noticia muy triste. Rodrigo, compañero de carrera y amigo desde entonces, adelantó su viaje al cielo sin avisar.

En las últimas semanas se han ido personas cercanas. Han sido días tristes, de duelos, ceremonias de despedida y palabras para celebrar sus vidas.

Me dejan pensando.

Cada vez que alguien querido se va, nos vemos obligados a reacomodarnos en su ausencia. Recogemos los recuerdos que nos dejaron por todos lados en un intento por llenar el hueco y los buscamos en sus recetas, su sazón, en sus cuadros, fotos, poemas, frases, anécdotas, mensajes, enseñanzas.

Cerramos los ojos, delineamos sus caras y casi podemos escuchar su voz, casi podemos olerlos, casi podemos sentirlos. Siguen días que no sabemos exactamente cómo vivir, pues lo que era ya no es. Asimilar el espacio vacío no es cosa fácil.

Cada vez que alguien se va, nos recuerda que la vida es ahorita. Que debemos quitar el piloto automático para reconocer que hoy estamos aquí, pero que no sabemos por cuánto tiempo más. Que no dejemos ir los días sin exprimirlos, sin vivirlos. Que no dejemos ir los días sin ser nuestra mejor y autentica versión.

Hagamos un esfuerzo por andar sin disfraz, por dejarnos ver, hacer lo que nos gusta, nos inspira y decirle a la gente que queremos cuánto la queremos.

Un ejercicio poderoso para tratar de descubrir nuestro propósito de vida consiste en pensar cómo queremos ser recordados cuando ya no estemos… ¿Qué te gustaría que dijeran de ti tus seres queridos cuando te vayas?

Construyamos recuerdos útiles para los que se queden cuando a nosotros nos llegue la hora. Que nos rememoren activos, involucrados, apasionados, entregados, auténticos, libres, generosos.

Hay que irnos de aquí sabiendo que dejamos todo en la cancha.

Hace años que no te veía Rodrigo, pero siempre te sentí cerca. A lo mejor porque nacimos el mismo día, del mismo año. Fue siempre divertido compartir el cumpleaños contigo. El reto era ver quién de los dos enviaba la felicitación primero y reconozco que ganaste todas las veces… imposible ganarle a tus puntuales felicitaciones a las 12:00 am. Recordaré siempre con cariño ese semestre en que nos dio por compartir una bolsa de Rufles verdes todos los días entre clases, ahí sentados en las escaleras frente a la cafetería de la universidad. Por cierto, siempre supe que apretabas la bolsa por abajo esperando que yo no comiera más papas que tú, pero… ¿adivina qué? yo hacía lo mismo cuando me tocaba detenerla. Recordaré siempre todas las risas que me patrocinaste, las carcajadas indiscretas y descaradas, los chistes ocurrentes y atinados. Recordaré tu amor por el medio ambiente. Recordaré siempre esa sonrisa tuya tan completa, que no escatimaba en nada. Que lindo coincidir contigo aunque fuera por un rato, Rodrigo.

Abrazos hasta el cielo. Descansa en paz.

El secreto detrás de los propósitos de año nuevo que sí se cumplen

 

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¿Ya hiciste tu lista de propósitos de año nuevo?

Hace unos días me topé con una foto que decía: “Mi propósito para el 2018 es cumplir con las metas que me puse en 2017, que debí haber completado en 2016, porque hice una promesa en 2015 que planeé desde el 2012”. ¿Te suena?

Algo pasa con el cambio de año… En nuestra mente hacemos algo así como un “borrón y cuenta nueva” y visualizamos una oportunidad para dejar atrás los malos hábitos y comenzar con los buenos.

Entonces, con la renovada motivación característica de cada primero de enero decidimos hacer ejercicio, bajar de peso, ahorrar dinero, dejar de fumar. Quizá empezaste muy bien el primer día del año, pero hoy tu determinación ya va en picada.

¿Por qué abandonamos los propósitos de año nuevo más rápido de lo que canta un gallo?

Porque no los escogemos ni los diseñamos correctamente.

Con frecuencia hacemos una lista larga de propósitos que sacamos del cajón de los “machotes” o “una talla para todos”. Y con esto, de entrada, arrancamos mal.

Te comparto lo que dice la ciencia con respecto a lo que debes considerar al elegir y diseñar metas personales para elevar tu probabilidad de éxito.

Todavía estás a tiempo de replantear tus objetivos para este año.

La primera pregunta que tienes que hacerte es: ¿Cómo quiero sentirme?, ¿Qué sensaciones o emociones quiero experimentar? Por ejemplo: quiero sentirme con más energía, más concentrada, más conectada con la gente que quiero. Es importante definir tu objetivo en positivo. Tus metas tienen que ser auténticas, estar alineadas con tus valores e intereses. Las metas que establecemos para cumplir con las expectativas de alguien más, casi siempre están destinadas al fracaso.

Lo siguiente consiste en echarte un clavado a tu interior para explorar qué te gusta, qué te funciona o ha funcionado en el pasado. Para sentirte más concentrada quizá sabes que mantener tu espacio exterior ordenado o mantener tu celular guardado mientras trabajas te ayuda; para sentirte con más energía, a lo mejor sabes que dormir suficiente es la clave. El punto aquí es recurrir a acciones o comportamientos que han probado su eficacia con anterioridad. No es necesario descubrir hilos negros.

Es clave conocerte. Supongamos que uno de tus propósitos de año nuevo es: hacer ejercicio y estás decidido a levantarte todos los días a primera hora para salir a correr tu solo al aire libre.

Pero… ¿Qué pasa si prefieres hacer ejercicio acompañado porque aumenta tu nivel de compromiso cuando quedas con alguien?, ¿Por qué decides correr en la mañana si tu nivel de energía es más alto en la tarde y tu horario se acomoda mejor a esa hora? y ¿Por qué decides correr si en realidad lo que te gusta es usar la elíptica en el gimnasio mientras ves una serie?. En la medida que tus propósitos estén alineados con tus preferencias, te resultará más fácil cumplirlos.

La motivación juega un papel fundamental. Piensa y pregúntate al menos tres veces por qué quieres lograr esa meta que estás proponiéndote. Por ejemplo: “quiero dejar de comer comida chatarra”…. ¿Por qué?, “porque quiero tener una dieta más sana”… ¿Por qué?, “porque quiero tener buena salud”… ¿Por qué?, “porque quiero vivir muchos años para acompañar a mis hijos y conocer a mis nietos” o “Porque quiero llegar a viejo en buen estado y tener calidad de vida”. Es mucho más fácil mantenernos en el camino cuando tenemos claro el objetivo mayor.

Los propósitos deben ser específicos y medibles. Generalmente escribimos en nuestra lista cosas muy vagas como: bajar de peso, hacer ejercicio, escribir más, beber menos. Para elevar nuestras probabilidades de éxito tenemos que definir claramente cómo se ve la meta completada. Entonces, en lugar de “escribir más” tendríamos que decir “publicar un artículo una vez por semana”; en lugar de “hacer ejercicio” deberíamos comprometernos a “salir a caminar 20 minutos regresando de la oficina los martes y los jueves”. De esta manera podemos saber qué tan bien o mal estamos logrando el objetivo.

¿Qué tal si además estableces un propósito divertido? Algo así como leer tres libros de algún escritor local en un año, conocer un restaurante diferente una vez al mes, tomar clases de batería una vez por semana, hablar con extraños. Pongámosle un poco de creatividad.

Finalmente… mucha de la magia detrás del logro de nuestras metas está en convertirlas en hábitos. Pero ese es otro tema y lo dejo para la siguiente semana.

Entre la Navidad y el Año Nuevo

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Me gustan los días callados entre la Navidad y el Año Nuevo.

Me gustan las calles vacías, las tiendas cerradas, las horas lentas, el olor del recalentado, las comidas largas, las películas en familia y los espacios de reflexión que invariablemente aparecen entre un ciclo que termina y otro que comienza.

Bajamos la velocidad y nos detenemos a mirar en cámara lenta todo lo que pasó y nos pasó durante esos doce meses que volaron como en oferta de “al dos por uno”.

Hacemos el recuento del año que está por terminar para concluir si el balance fue positivo o no tanto. Repasamos lo que funcionó y lo que no; lo que hicimos y no debimos haber hecho o lo que debimos haber hecho, pero no hicimos.

Marshall Goldsmith propone que deberíamos hacernos seis preguntas todos los días. Cada una de ellas empieza con la frase: ¿Hice mi mejor esfuerzo para…? Esta manera de preguntar es poderosa pues obliga a responsabilizarnos de la respuesta y nos da una buena idea sobre qué es lo que debemos hacer o falta por hacer.

Te comparto el vinculo a su video, en caso de que quieras conocer sus seis preguntas.

Yo me quedo solamente con su frase de inicio y te invito a que pongamos el año que está por irse bajo la lupa de siete aspectos muy asociados con la felicidad.

La idea es reflexionar qué tan hábiles fuimos para cuidar, construir y mejorar nuestro bienestar emocional y, con base en esto, establecer nuestras intenciones para tener una vida más plena y feliz durante el año que está por comenzar.

  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para fortalecer mis lazos sociales? Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestras conexiones sociales. De fábrica venimos cableados para conectar y pertenecer a una comunidad. Entonces… ¿Hice mi mejor esfuerzo para dejarle saber a la gente que quiero cuánto la quiero, mostré afecto, di cariño y comuniqué admiración?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para ayudar a crecer a alguien, reconectar con viejas amistades o hacer nuevos amigos?, ¿Interactúe con diferentes tipos de personas, acepté oportunidades para socializar, estreché mis vínculos en el trabajo? Y también importante… ¿Hice mi mejor esfuerzo para alejarme de personas tóxicas y deshacer relaciones conflictivas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cultivar la Gratitud? Tiene que ver con notar los pequeños detalles, lo bueno que nos pasa, lo que sí tenemos, sí podemos hacer y las personas que sí están con nosotros queriéndonos, apoyándonos y contribuyendo positivamente en nuestras vidas. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ver mis días bajo un lente de abundancia, logré detectar los momentos lindos y buenos?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para mostrarle agradecimiento a todas las personas que hicieron y hacen algo por mi?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para practicar la generosidad? Cuando contribuimos positivamente en la vida de alguien más nuestra sensación de bienestar aumenta. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ser generosa con mi tiempo, atención, mis palabras y mi conocimiento?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para detectar micro oportunidades para ayudar y hacer una diferencia positiva en la vida de alguien más?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar el medio ambiente y proteger a los animales?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi salud?. Nuestro cuerpo es el único lugar que tenemos para vivir. Hacer ejercicio –movernos de manera natural-, comer sano y dormir suficiente es clave para cuidar nuestro bienestar. Tomando en cuenta lo anterior… ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi alimentación, estar activa físicamente, dormir suficiente y monitorear temas de salud?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para habitar y disfrutar el presente? Las personas más felices viven y disfrutan el momento actual. Pasar mucho tiempo recordando el pasado genera sentimientos de nostalgia y depresión; mientras que pensar constantemente en el futuro produce ansiedad. ¿Hice mi mejor esfuerzo para mantenerme en el momento presente, hacer pausas e involucrar todos mis sentidos para notar lo bonito alrededor, para darle toda mi atención a las personas que tuve frente a mi y concentrar mi energía en una tarea a la vez?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para acércame a mi propósito de vida? Las personas más felices pueden articular en una frase corta la razón por la que se levantan cada mañana –sin contar la alarma del despertador-. Nuestro propósito de vida está en la intersección de lo que nos apasiona, lo que sabemos hacer, nuestros valores, fortalezas personales y sentido de trascendencia. ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me gusta, me inspira, usar mis fortalezas, seguir mi curiosidad, dar pasos en dirección a mis sueños y acércame a mis metas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me hace feliz? Una vida feliz es una colección de momentos agradables que podemos identificar o crear. ¿Hice mi mejor esfuerzo para dedicar tiempo a hacer lo que me gusta, me divierte y me llena?, ¿Generé espacios en mi semana para andar en bicicleta, leer, pintar, aprender algo nuevo, escribir, correr, hablar con mis amigas?

Haciendo el recuento de mi año puedo concluir que, si bien hice mi mejor esfuerzo en varios aspectos, también me quedé muy corta en otros. Después de repasar mi año a la luz de estos conceptos tengo mucha más claridad sobre dónde debo esforzarme más para mejorar mi experiencia de bienestar y felicidad.

Si queremos tener una vida más plena y feliz empecemos por definir una intención en cada uno de estos siete aspectos para el 2018 y seamos consistentes en preguntarnos, al final de cada día, si hicimos nuestro mejor esfuerzo para cumlir.

Dejemos en el 2017 todo lo que no funcionó, los problemas, los resentimientos, las desilusiones, las ataduras, los miedos, las amistades que no dan para más, las relaciones fallidas. Llevemos al 2018 lo que hicimos bien y nuestros sueños.

Aprovechemos la hoja en blanco para escribir una nueva historia.

¡Mis mejores deseos para ti en 2018!

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