Acepto vivir con…, Acepto vivir sin…

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Si combinamos el perfeccionismo con las cosas de la vida que no podemos cambiar tenemos ingredientes suficientes para prepararnos un coctel de insatisfacción, ansiedad, amargura, frustración, enojo o del sabor que más nos guste.

El perfeccionismo es algo así como un lobo feroz con disfraz de oveja.

A simple vista lo relacionamos con algo inofensivo. Tendemos a pensar que ser perfeccionista es una característica deseable pues la asociamos con la determinación de “hacer las cosas muy bien” y con el hábito de trabajar muy duro.

Pero no es así.

El perfeccionismo tiene un GPS cuyo punto de partida es siempre la pregunta… ¿Qué van a pensar los demás?, tiene la misma voz que nuestro crítico interior y recalcula constantemente la ruta para mantenerse en la aprobación externa.

No tiene nada que ver con acercarnos a nuestra mejor versión posible o con ser mejores cada día, sino con convertirnos en la versión socialmente aceptada, en la que nos hace ganadores de una estrella dorada pegada en la frente.

Con el perfeccionismo viajan siempre el miedo, la culpa y la vergüenza.

Llevado al extremo, el perfeccionismo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Conozco dos herramientas que pueden ser útiles para combatir este escudo de veinte toneladas -como dice Brené Brown-. Una está probada por la ciencia y la otra me gusta mucho.

La autocompasión tiene todas las credenciales en el mundo académico y está reconocida como un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista y modular al crítico interior. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres conocer más sobre este concepto.

La autocompasión cae en el campo de la medicina tradicional.

En el mundo de la medicina alternativa -la escritura terapéutica- me encontré con un ejercicio que, además de ser lindo, es útil.

Tiene como objetivo hacernos reflexionar sobre las cosas que no podemos cambiar en nuestras vidas y escribir un poema con las frases:

“Acepto vivir con…” y “Acepto vivir sin…”

Puede quedar algo así:

Acepto vivir sin superpoderes,

Acepto vivir sin estar al corriente de las noticias,

Acepto vivir sin el gusto por el yoga,

Acepto vivir dejando libros a medio leer.

 

Acepto vivir con canas,

Acepto vivir más despacio,

Acepto vivir con arrugas,

Acepto vivir con un par de kilos más.

 

Acepto vivir con pelos de perro en la ropa,

Acepto vivir sin mucho orden,

Acepto vivir con huellas de dedo en las paredes,

Acepto vivir con calcetines sin par.

 

Acepto vivir con lo que no sé,

Acepto vivir equivocándome,

Acepto vivir extranándote,

Acepto vivir improvisando de vez en cuando,

 

¿Qué diría el tuyo?

Dedicar un rato a elaborar este poema es gratificante. Hay algo liberador en aceptar nuestras limitaciones y declararnos perfectamente imperfectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conversaciones difíciles

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Pedir un aumento de sueldo, decirle a tu prima que tiene mal aliento, comunicar que no tienes ganas de ir al viaje anual de amigas, regresar a decir “siempre no” luego de haber soltado un “si” por compromiso, hablar para cobrar el dinero que te deben, ofrecer disculpas, opinar en contra de la mayoría, revelar tus preferencias sexuales, religiosas o políticas, atreverte a pedir lo que verdaderamente deseas… ¡Qué difícil es!

Uno de los retos más grandes para mí es iniciar conversaciones sobre temas incómodos, dolorosos o que me hacen sentir vulnerable. Muy seguido, le saco la vuelta a ponerle voz a lo que verdaderamente quisiera decir, dejo que se amontonen las palabras detrás de mis dientes, justo a un lado de las emociones espinosas que comienzan a marinarse en el pantano de lo no dicho.

Me topé con el libro “Conversaciones difíciles: cómo hablar de los asuntos importantes” de Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen y empecé a leerlo.

Estoy segura de que “tropezarme” con él no fue casualidad. Me está gustando mucho y, aunque todavía no lo he terminado, ya quiero compartir algunas ideas que me parecen valiosas.

Una conversación difícil es cualquier tema del que te cueste trabajo hablar.

“Cada vez que nos sentimos vulnerables o que nuestra autoestima está involucrada, cuando el tema sobre la mesa es importante y el resultado incierto, cuando nos interesa profundamente lo que está discutiéndose o la persona de quien está discutiéndose, existe el potencial de experimentar una conversación como difícil”.

Entonces nos enfrentamos al siguiente dilema: evadir o confrontar.

Cuando decidimos confrontar, con frecuencia caemos en la tentación de “suavizar” el mensaje pensando que protegeremos al receptor o reduciremos las consecuencias de la entrega.

Los autores del libro no se andan con rodeos y aclaran que no existe tal cosa como una granada o una bomba diplomática y ninguna cantidad de “azúcar” es suficiente para quitarle lo amargo al daño. Por otro lado, no entregar el mensaje puede ser como quedarte con la granada en la mano una vez que le quitaste el gatillo.

Las alternativas no son atractivas, pero las conversaciones difíciles son parte de la vida y entre más pronto aprendamos a tenerlas, mejor andaremos por la vida.

Los autores explican que todas las conversaciones difíciles tienen una estructura similar. En realidad, cada conversación incluye tres conversaciones diferentes y aprender a identificarlas es el primer paso para saber conducirlas.

¿Qué pasó? es la primera conversación. Las discusiones complejas incluyen un desacuerdo con respecto a lo que sucedió, debió haber sucedido o debería suceder, ¿Quién está bien?, ¿Quién está mal?, ¿Quién dijo qué?, ¿Quién es culpable?, ¿Por qué pasó?, ¿Cuál es la historia aquí?

Y en la historia que nos contamos, con frecuencia hacemos supuestos sobre tres cosas: cuál es la verdad, cuáles son las intenciones del otro y quién tiene la culpa.

Defendemos a muerte nuestro punto de vista convencidos de que la verdad está de nuestro lado -yo estoy bien, tu estás mal-, que sabemos cuáles son las intenciones del otro -macabras obviamente- y que la culpa del lío en el que estamos metidos no es nuestra.

La segunda conversación es la de los sentimientos. Cada conversación difícil involucra sentimientos y emociones. ¿Es válido lo que siento?, ¿Es apropiado?, ¿Muestro mis sentimientos o los oculto?, ¿Qué hago con las emociones de la otra persona?, ¿Y si se enoja o se pone triste?

En diversos contextos surgen emociones intensas que tenemos que administrar… ¿Le digo a mi hermano que me lastima que siga en contacto con mi ex o hago como si nada pasara?, ¿Le digo a mi jefe que me molestan sus burlas o me limito a hablar del proyecto?, ¿le digo a mi hijo que no puedo ayudarlo con su tarea porque no le entiendo o invento alguna excusa?

La respuesta de Stone, Patton y Heen es linda: “Involucrarse en una conversación difícil sin hablar de sentimientos es como llevar a escena una opera sin la música”.

La tercera conversación es la de la identidad. Implica mirar hacia adentro, se trata de quién somos, cómo nos vemos y cuál es nuestro lugar en el mundo. Tiene que ver con lo que “me digo sobre mi”. ¿Soy una buena persona o una mala persona?, ¿Soy capaz o incompetente?, ¿Merezco amor o no? Esta es la conversación que tenemos con nosotros mismos sobre lo que cada situación dice de nosotros y significa para nosotros.

Interesante, ¿verdad?

Cuando estamos metidos en una conversación difícil recibimos un combo “tres en uno”. El paquete incluye los hechos, los sentimientos y el sentido de identidad de cada parte involucrada.

Uff… ¡Con razón!

Conocer la estructura de las conversaciones difíciles eleva nuestro nivel de conciencia sobre todo lo que está en juego de ambos lados.

Y entonces, quizá, en lugar de entregar un mensaje cargado de juicios, decretos y sentencias comencemos a preguntar más y a mostrar curiosidad sobre la perspectiva, sentimientos y valores de la contraparte.

Quizá estemos dispuestos a admitir la posibilidad de que otra realidad es posible, que existe información que no conocemos o que no somos tan buenos como pensamos leyendo la mente.

Quizá, si conseguimos hacer a un lado los supuestos sobre quién tiene razón o quién es el culpable y estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables, lograremos fortalecer nuestros lazos sociales y bajarle dos rayitas al grado de dificultad en nuestras conversaciones.

¿Sabes cuáles son tus inteligencias dominantes?

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¿Has oído hablar del concepto de inteligencias múltiples? Probablemente no. Pero estoy segura de que sí has escuchado hablar del término coeficiente intelectual o IQ.

Es más, puedo apostar que en algún momento de tu vida te pusieron una prueba para medir tu nivel de inteligencia – antes de entrar al colegio, a la universidad, a un trabajo nuevo- y pronosticar tus probabilidades de éxito.

La prueba del IQ por años fue considerada como LA medida para determinar el nivel de inteligencia de una persona. Y de ahí venía la creencia o la conclusión simplista de que uno es “burro o listo al parejo”, de que uno es “bueno para todo”, “regular para todo” o “malo para todo”.

El concepto de inteligencia basado en el coeficiente intelectual ha tenido importantes implicaciones en el mundo de la educación, también en el laboral.

El sistema educativo tradicional ha enfocado sus programas en el desarrollo de las habilidades lógicas, matemáticas y lingüísticas. Quienes sobresalen en estos reinos son elogiados y privilegiados. No tanto así, los que dominan el territorio de la creatividad, las artes o la música, por ejemplo.

Y otra cosa…

Dicho sistema también asume que todas las personas podemos aprender los mismos materiales de la misma manera y que una medida uniforme y universal basta para evaluar nuestro aprendizaje. Es un modelo rígido que no admite la diversidad de habilidades. Nos obliga a todos a entrar en el mismo cajón aunque no tenga nuestra forma y no sea de nuestro tamaño.

¿A poco no es genial y clarísima la caricatura de los animales?

Le pedimos al conejo, que es especialista en agilidad y saltos, que nade como pez en el agua. Si no lo logra, le buscamos un tutor por las tardes y clases de natación los sábados para que mejore su nado de pecho. En lugar de promover que pase las horas mejorando sus saltos, utilizando sus fortalezas y siendo un feliz conejo, lo hacemos sentir un incompetente pez.

A lo mejor en esto pensaba Howard Gardner, profesor de educación de Harvard, cuando desarrolló su teoría de las inteligencias múltiples. A él le pareció que el coeficiente intelectual o IQ era un indicador limitado para medir la inteligencia de una persona y se puso a investigar una buena cantidad de años.

En su teoría, Gardner argumenta que las personas tenemos ocho tipos de inteligencias. Aunque todos tenemos todas, cada quien tiene unas más dominantes que otras.

Te cuento de qué se tratan cada una de estas inteligencias. La idea es que identifiques cuáles resaltan más en tu caso y comprendas mejor por qué cierto tipo de temas, actividades o situaciones te gustan, te motivan y se te facilitan más –o al revés-.

Inteligencia Visual-Espacial. Este tipo de inteligencia supone un buen sentido de orientación y comprensión del espacio alrededor. A este tipo de personas generalmente les gusta dibujar, hacer rompecabezas, saben interpretar mapas, identifican patrones de colores y formas, son buenos para diseñar. Aprenden mejor cuando tienen apoyos visuales y pueden utilizar herramientas como: gráficas, fotografías, modelos en 3D, videos, textos ilustrados, diapositivas. Entre las profesiones que encajan bien con la inteligencia visual-espacial están los diseñadores gráficos, decoradores de interiores, marineros, pilotos, arquitectos, pintores, paisajistas, publicistas, fotógrafos, dentistas, cirujanos plásticos, cartógrafos, ilustradores, dibujantes.

Inteligencia Motriz-Kinestésica. Los individuos que tienen muy desarrollada este tipo de inteligencia usan su cuerpo efectivamente. Les gusta moverse, crear y hacer cosas con las manos, tienen buena coordinación, utilizan el lenguaje corporal para comunicarse. Aprenden mejor haciendo, con actividades “manos a la obra”, actuando, interpretando roles. Les gusta trabajar con objetos reales, máquinas, equipo. Piensa en bailarines, cirujanos, carpinteros, atletas de alto rendimiento, acróbatas, deportistas, constructores, manualidades, escultores, actores, entrenadores, rehabilitadores físicos, jinetes.

Inteligencia Musical. Las personas que tienen esta inteligencia de manera dominante se caracterizan por su sensibilidad al ritmo, a los sonidos en el medio ambiente y a las notas musicales. Aman la música, distinguen tonos, componen, memorizan letras de canciones con facilidad, tocan instrumentos, entienden las estructuras musicales, son buenos cantando. Tienen “buen oído” para traducir e interpretar lo que escuchan en el piano, guitarra, batería, etc. En este tipo de inteligencia destacan los músicos, cantantes, compositores, conductores, maestros de música, ingenieros de sonido.

Inteligencia Interpersonal. Se asocia con la extroversión. Quienes tienen marcada esta inteligencia tienen una alta capacidad para entender a los demás e interactuar socialmente. Son personas muy empáticas que identifican las emociones de los demás, sus deseos o intenciones. Tienen muchos amigos, disfrutan de las actividades grupales, evalúan situaciones sociales desde diferentes perspectivas, crean relaciones positivas, resuelven conflictos entre personas. Son buenos para ofrecer alivio, para escuchar, vender, convencer, encajan bien en cualquier contexto social y “hablan hasta con las piedras”. Cargan su energía estando con otras personas y disfrutan de las reuniones sociales. Los psicólogos, enfermeras, médicos, consejeros, filósofos, vendedores, políticos, negociadores, organizadores de eventos, maestros son buenos representantes de este tipo de inteligencia.

Inteligencia Intrapersonal. Se asocia con la introversión. Las personas con esta inteligencia dominante están en sintonía con su mundo interior, conocen sus estados emocionales, sus intereses y metas, saben qué les motiva. Tienen muy desarrollada la intuición y el autoconocimiento. Disfrutan de la introspección, la reflexión, el análisis, la discusión de teorías, la filosofía. Aprenden mejor en solitario, les gustan los libros, materiales creativos, los diarios. Valoran mucho su tiempo solos y su privacidad. Recargan su energía pasando tiempo consigo mismos. Se cansan rápido en lugares llenos de gente o en situaciones que implican interactuar con otras personas durante mucho tiempo –aunque esto no significa que no puedan hacerlo-. Destacan aquí los filósofos, emprendedores, escritores, poetas, científicos, investigadores, pensadores.

Inteligencia Lingüística-Verbal. Se caracteriza por el uso efectivo de las palabras. Las personas que tienen esta inteligencia de manera dominante son buenas para aprender idiomas, les gusta leer, los  juegos de palabras, hacer crucigramas, escribir, contar cuentos o chistes. Tienen una gran capacidad para comunicarse de manera verbal o escrita. Recuerdan fácilmente lo que leen o escuchan. Son extraordinarios para convencer o motivar a los demás, para debatir, argumentar y explicar. Aprender mejor leyendo. Entre las profesiones que utilizan esta inteligencia están: escritores, periodistas, locutores de radio, abogados, maestros, sacerdotes, conferencistas, editores, traductores, guionistas, relaciones públicas, bibliotecarios.

Inteligencia Lógica-Matemática. El fuerte de las personas con este tipo de inteligencia es analizar problemas, operaciones matemáticas y temas que tienen que ver con estrategia –piensa en juegos como ajedrez y Risk-. Entienden el mundo en números, fracciones y proporciones. Tienen capacidad para pensar conceptual y abstractamente, disfrutan explorando patrones, experimentando y resolviendo misterios. Son espectaculares para resolver problemas complejos, resumir información, analizar datos. Pueden hacer cálculos complicados o desarrollar programas de computo. Las profesiones que se apoyan en este tipo de inteligencia son: científicos, financieros, programadores, desarrolladores de software, ingenieros, matemáticos, físicos, químicos, farmacéuticos, astrónomos, contadores.

Inteligencia de Naturaleza. Se asocia con una conexión y sintonía con el medio ambiente. Las personas que destacan en este tipo de inteligencia muestran un gran interés por fenómenos de la tierra -tornados, terremotos, geografía, climas-. Les gusta aprender sobre otras especies, aman a los animales, comprenden el mundo de las plantas, disfrutan pasando tiempo al aire libre, en comunicación con la naturaleza, cargan su energía haciendo caminatas, buscan oportunidades para acampar. Entre las profesiones congruentes con este tipo de inteligencia están: botánica, biología, zoología, veterinaria, geología, meteorología, guardabosques, jardinería, granjeros, rancheros, chefs, ambientalistas.

¿Lograste identificar tus inteligencias dominantes?

El mundo es muy diverso y las personas también.

Me parece que si sabemos cuáles son nuestras inteligencias dominantes podemos comenzar a resolver nuestros días a partir de ellas, en lugar de pasar tiempo corrigiendo debilidades o tratando de encajar en moldes que no nos quedan.

Considero esto especialmente útil e importante para los jóvenes que están en proceso de elegir una carrera profesional. Conocer sus inteligencias dominantes les permite encontrar las carreras que hacen mejor “fit” con sus habilidades.

Imagínate que terrible sería para un joven con un alto nivel de inteligencia interpersonal, de naturaleza y kinestésico tener que trabajar todo el día sentado, detrás de una pantalla haciendo números, en una oficina sin ventanas y sin contacto con otros compañeros…

Y sin embargo, esta es la realidad de muchos adultos. Atados a trabajos que no empatan con su personalidad o en donde no tienen oportunidad para utilizar sus fortalezas. Se drena la energía, se apaga el espíritu, se pierde felicidad.

Como padres podemos ayudar a nuestros hijos a identificar sus fortalezas y a promover que las utilicen para que alcanzar su mejor versión.

La vida fluye mejor cuando podemos dedicarnos a lo que nos gusta utilizando nuestros mejores recursos personales.

 

 

 

Casi feliz

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Me quedé colgada con el tema de la creatividad y por lo visto mi cabeza también, porque me hizo volver al libro de Elizabeth Gilbert “libera tu magia”, para recoger una idea absolutamente poderosa y liberadora.

La idea se llama “Casi”.

Estaba segura de que ya me había topado con ella antes. Y sí… resulta que nos conocíamos de dos lugares diferentes.

El primero encuentro estuvo de cuento.

El escritor Peter H. Reynolds tiene un libro espectacular para niños que se llama “Casi” en el que, por medio de una historia lindísima, nos enseña lo letal que puede ser el perfeccionismo para la creatividad.

Te voy a contar el cuento con la esperanza de que te guste tanto que lo compres. Creo que debería de ser lectura obligada para niños, jóvenes y adultos.

A Ramón le encantaba dibujar a cualquier hora, cualquier cosa y en cualquier sitio.

Un día Ramón estaba dibujando un jarrón con flores. Su hermano mayor se asomó por encima de su hombro para ver lo que hacía y soltó una carcajada… ¿Qué es eso?, le preguntó. Ramón no pudo responder, agarró el dibujo, lo hizo bolas y lo lanzó al otro lado del cuarto.

La burla de su hermano hizo que Ramón se obsesionara tratando de hacer dibujos perfectos. Pero no lo conseguía.

Después de muchos meses y muchas bolas de papel arrugado, Ramón dejó su lápiz sobre la mesa y dijo: “No más, me rindo”.

Marisol, su hermana, lo miraba… ¿Y tú qué quieres? le preguntó bruscamente Ramón. “Sólo quiero ver cómo dibujas” dijo ella. “Yo ya no dibujo, lárgate de aquí”.

Marisol salió corriendo, pero con una bola de papel arrugado en la mano. “¡Hey devuélveme eso!” gritó Ramón persiguiéndola por el pasillo y hasta su recámara.

Al entrar enmudeció cuando vio la galería que había montado su hermana en las paredes de su cuarto con sus dibujos. “Este es uno de mis favoritos”, dijo Marisol apuntando a uno. “Se supone que era un jarrón de flores”, dijo Ramón, “aunque no lo parezca”. “Bueno… parece un casi jarrón” dijo ella.

Ramón ser acercó un poco más, miró con atención todos los dibujos que estaban en la pared y comenzó a verlos de otra manera… “Casi, casi son”, dijo.

Ramón comenzó a sentirse inspirado otra vez. Al permitirse el “casi”, las ideas empezaron a fluir libremente. Comenzó a dibujar nuevamente todo su mundo alrededor. Haciendo “casi” dibujos se sentía fantásticamente bien. Dibujó cuadernos enteros. Un “casi” árbol, una “casi” casa, un “casi” pez.

Ramón también se dio cuenta que podía dibujar “casi “sentimientos… “casi” paz, “casi” tonterías, “casi” alegría. Una mañana de primavera, Ramón tuvo una sensación maravillosa. Se dio cuenta de que había situaciones que sus “casi” dibujos no podrían captar y decidió no captar, sino sólo disfrutar.

Ramón fue “casi” feliz desde entonces.

Bello, ¿no?

¿Cuántas veces dejamos escapar “casi” sueños, “casi” proyectos o “casi” ideas por andar persiguiendo lo perfecto?, ¿Cuántas veces dejamos de ser nuestra versión auténtica vistiéndonos con el disfraz de la perfección?

El perfeccionismo es tóxico y NO es sinónimo de hacer las cosas muy bien.

Brené Brown explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la vergüenza o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la vergüenza va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

La segunda vez que me topé con la “casi” idea fue tomando una clase de escritura terapéutica.

Esa mañana de viernes, mi querida maestra Isabel, nos puso a escribir un poema cuyos objetivos eran combatir nuestras tendencias perfeccionistas y bajarle dos rayitas al nivel de auto exigencia.

Las instrucciones eran dos:

El título del poema tenía que ser “Porque no hay nada perfecto…” 

Y hacia el final de cada verso, tenía que aparecer la palabra “casi”.

Mi escritorio estará casi ordenado,

Lograré salir de mi casa casi bien peinada,

Comeré sin gluten casi todos los días,

Dormiré casi ocho horas.

 

Terminaré casi todos mis pendientes,

Dejaré mis llaves en el mismo lugar casi siempre,

Recodaré decirte cuánto te quiero casi todas las mañanas,

Seré casi valiente.

Seré una mamá casi divertida,

Viviré casi feliz.

El ideal de perfección es peligroso pues es prácticamente inalcanzable y tiene un efecto paralizante. Es mucho mejor hacerle espacio al “casi” en nuestras vidas.

¿Qué tendría que decir tu poema para que lograras ser más libre, creativo y “casi” feliz?

Magia Grande

Big magic

Hace unos días me paré frente a mi librero para ver si me saltaba encima algún texto que anduviera inquieto por salir. Sí, yo soy de la idea de que, en ocasiones, los libros nos escogen a nosotros.

Saltó de la repisa “Libera tu magia: una vida creativa más allá del miedo” de la escritora Elizabeth Gilbert –quizá la conoces por su éxito internacional “Comer, Rezar, Amar”- con su portada llena de colores vivos que, aunque parece fueron aventados sin cuidado sobre un lienzo, encontraron la manera de mezclarse artísticamente.

Leí este libro por primera vez hace cuatro años, lo disfruté de principio a fin, lo invadí de anotaciones y lo matriculé en mi lista de libros para repetir.

Resultó ser un tesoro para mí cuando había decretado que yo quería escribir un libro, pero no tenía idea de cómo pasar de las ganas y las buenas intenciones a la acción. Y es que las personas nos hacemos todo tipo de enredos mentales cuando queremos tener algo que ver con la creatividad.

Sospecho que brincó al frente para ayudarme otra vez a bajar de la nube un nuevo proyecto de escritura.

El argumento central de “libera tu magia” gira alrededor de la afirmación de que todos los seres humanos somos creativos, toditas las personas tenemos la capacidad de crear. Y no sólo eso, somos más felices cuando le damos rienda suelta a nuestra creatividad y la expresamos activamente.

La semana pasada le entramos en clase al tema de propósito de vida. En una de las diapositivas mostré la frase de Oliver Wendell Holmes que dice: “Muchas personas mueren con su música adentro”. Uno de mis estudiantes dijo: “eso está muy deprimente maestra”“Sí, asegúrate de que no te pase”, le respondí.

¿Por qué contenemos en camisa de fuerza nuestras ganas de componer canciones, crear recetas nuevas, escribir un cuento para niños, tomar clases de batería, dibujar, diseñar una silla, construir un huerto, tocar el ukulele, bailar merengue, cantar, actuar en una obra de teatro, hacer flores de papel?

¿Qué nos detiene?

El miedo.

¿Miedo a qué?

A no tener suficiente talento, al rechazo, a la crítica, a ser ignorados, a ser juzgados, a que nuestros sueños sean ridículos, a no estar lo suficientemente bien preparados, a no tener un título que nos acredite como artistas, a estar muy viejos o muy jóvenes, a no ser originales y a todo lo demás que se te ocurra.

Y como dicen por ahí … “argumenta a favor de tus limitaciones y te quedas con ellas”.

Dice Gilbert que el camino de la creatividad es para los valientes, no para quienes no sienten miedo. La creatividad siempre detona el miedo, pues nos obliga a entrar en terrenos desconocidos y el miedo detesta la incertidumbre.

Me encanta la analogía que hace la autora para explicar la relación entre el miedo y la creatividad. Dice que son como gemelos siameses que compartieron el mismo útero, nacieron al mismo tiempo y comparten órganos vitales…

“Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera en como manejamos nuestros miedos, pues he notado que cuando las personas tratan de matarlos, inadvertidamente asesinan en el proceso a su creatividad”.

La única manera de no sentir miedo es dejando de crear. Pero entonces nos morimos con nuestra música adentro… ¿Y por qué querríamos hacer eso?

Me gustan otras ideas en el libro…

El miedo es aburrido. Su respuesta es siempre “No”, si anda más generoso de letras dice “alto”, si lo retas un poco más te pregunta “¿quién te crees que eres”. Pero de ahí no pasa. Siempre lo mismo, siempre igual.

Es verdad que el miedo es útil para muchas cosas. Por ejemplo, para evitar que cruces caminando por una vía de alta velocidad en hora pico, meterte a un mar con olas de 5 metros si no sabes nadar o darle un trago a la botella de cloro. Pero no necesitamos del miedo para entrar en el mundo de la creatividad.

Con frecuencia nos libramos del pendiente de crear argumentando que estamos esperando a que nos visite la inspiración. La verdad es que la inspiración llega sin anunciarse, se va cuando le da la gana y lo único que queda mientras tanto es el trabajo. Para avanzar en nuestro proyecto creativo no hay más que presentarnos diligentemente a hacer la tarea día con día. Esto me hace recordar la célebre frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

Otro obstáculo mental que nos fabricamos para no crear tiene que ver con que nuestra idea no es original y, seguramente, tienes razón. La gran mayoría de las cosas ya se han hecho, PERO… no se han hecho por ti. Para vencer al miedo a no ser original, Gilbert nos recuerda que una vez que ponemos nuestra propia expresión, punto de vista y pasión detrás de una idea, ésta se convierte en nuestra.

Además no tenemos que salvar al mundo con nuestra creatividad o con nuestro arte. Nuestro arte es al mismo tiempo lo más importante y lo menos importante. Nuestras propias razones para crear son suficientes y podemos crear sólo porque sí.

Otra manera en que nos metemos el pie es mortificándonos pensando que todo el mundo estará al pendiente de lo que hacemos. La realidad es que todo mundo está metido es sus propias historias y no tienen mucho tiempo disponible para los demás. Quizá nos dedican su atención dos días y luego vuelven a lo suyo.

Y otra cosa… ¿No será que cuando decimos “todo mundo”, en realidad estamos pensando solamente en un par de personas? Y que… ¿Los “críticos” se resumen a alguien en especial?

La que sigue es mi favorita porque era mi mantra y además por ser la razón que más me comparten las personas cuando me cuentan sobre algún sueño aún sin lograr -que esto de compartirlo y ponerlo en voz alta ya es todo un atrevimiento-.

Muchas ideas, proyectos y sueños llevan años sentados en la sala de espera, pues sus dueños consideran que no están acreditados o certificados para convertirlos en realidad… “no puedo escribir un cuento porque no estudié literatura, no puedo dar una conferencia porque tengo que leer un libro más y tomar una clase más, no puedo vender mis collares porque nunca tomé un curso de joyería”, “no puedo dar una idea de marketing porque estoy en el área de contabilidad”.

Sobre este tema escuché a Liz Gilbert explicar en su podcast “Big Magic” -altamente recomendable- que llega un punto en que o despegamos o nos estrellamos, igual que los aviones. Te formas en la fila, te perfilas, aceleras y luego de suficiente pista lo que sigue es ¡despegar!. El riesgo de no hacerlo es un estrellamiento emocional. Usualmente sabemos más de lo que pensamos y estamos más listos de lo que creemos.

“Así que agarra a tus miedos e inseguridades de los tobillos, voltéalos de cabeza y sacúdete de encima esas nociones de que tienes que estar acreditado para ser legítimamente creativo”.

Me gustaría terminar con una idea del poeta Jack Gilbert…

“Todos tenemos algo creativo y valioso guardado adentro. ¿Tienes el valor para compartirlo? Los tesoros escondidos dentro de ti están deseando que digas que sí”.

 No mueras con tu música adentro.

Niños y adolescentes pierden felicidad en el mundo digital

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Cuando preguntamos a papás y a mamás qué es lo que más desean para sus hijos, una de las respuestas más comunes que recibimos es “que sean felices”. Al mismo tiempo –y paradójicamente- pareciera que estamos dándoles un aparato con poderes especiales para lograr justo lo contrario.

Nuestros niños y adolescentes están dejando una buena dosis de su felicidad en el mundo digital, lugar al que viajan con sus teléfonos celulares y aparatos electrónicos sin escalas.

Cada año, el Reporte Mundial de la Felicidad de la Organización de Naciones Unidas dedica un espacio importante a explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio para entender el papel que ha jugado el uso creciente de la tecnología en la felicidad de niños y adolescentes en Estados Unidos.

Los resultados están de miedo:

  • La felicidad y el nivel de satisfacción con la vida entre adultos y adolescentes en ese país han caído con respecto a los niveles del 2000.
  • El nivel de felicidad promedio entre estudiantes de octavo, décimo y doceavo grado (adolescentes entre 13 y 18 años) registró una franca caída entre 2011 y 2017. Entre estos grupos, el nivel de felicidad más bajo corresponde al grupo de estudiantes de décimo grado (Ver Figura 5.2).

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  • Indicadores relacionados con depresión, intención de suicidio y daño auto- provocado han aumentado considerablemente entre adolescentes desde 2010, especialmente en niñas y mujeres jóvenes.
  • La generación “igen” (nacidos después de 1995) tienen un bienestar psicológico menor al que tenían los “milenials” (nacidos entre 1980-1994) cuando tenían la misma edad.

Estos datos retan la lógica económica que ha venido dictando el diseño de políticas públicas que tienen como fin último –o deberían- incrementar el bienestar de los ciudadanos. De acuerdo con los indicadores objetivos, la felicidad debería estar más alta que nunca: el ingreso per-cápita ha aumentado, la tasa de desempleo ha bajado y la de criminalidad también.

Pero no. Algo más está pasando.

Para entender este fenómeno se han explorado diferentes causas: la caída en el capital social, el deterioro en las redes de apoyo, el aumento en la obesidad y en el uso de sustancias.

En este reporte se explora una alternativa más: “los adolescentes en Estados Unidos son menos felices debido a cambios fundamentales en el uso del tiempo libre”.

Van otros datos:

  • El tiempo que los adolescentes pasan detrás de una pantalla –medios digitales como juegos, redes sociales y tiempo en línea- ha crecido aceleradamente desde 2012, en parte porque más jóvenes tienen un teléfono celular.
  • En 2017, el estudiante promedio de doceavo grado (entre 17 y 18 años) pasaba más de 6 horas al día en tres actividades: internet, redes sociales y “texteando”.
  • Según datos de 2018, el 95% de los adolecentes en EUA tiene acceso a un teléfono celular y el 45% dice estar en línea “casi constantemente”.

El día solamente tiene 24 horas. Entonces, pasar tanto tiempo en línea forzosamente implica renunciar a pasar ese tiempo de otra manera.

Los jóvenes están dejando de interactuar cara a cara con los amigos y con sus personas favoritas, pasan menos tiempo leyendo, jugando, haciendo deporte y, sobretodo, durmiendo (Ver Figura 5.4).

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La falta crónica de sueño es una terrible idea para el bienestar emocional y la felicidad. Cuando estamos cansados el cerebro activa la alarma del sistema nervioso central y el mundo pesa. Sigue este link si te interesa saber más sobre el tema.

La falta de sueño en mis estudiantes es cada vez más evidente en el salón de clases. Hay días en que parecen zombis y los veo haciendo tanto esfuerzo por mantener los ojos abiertos que me dan ganas de ayudarles poniéndoles palillos entre los párpados para detenérselos. Cuando les pregunto cuántas horas duermen por noche me contestan 4 ó 5 horas… ¡casi la mitad de lo que necesitan!… ¿Y qué hacen en lugar de dormir?… “me quedo en el teléfono”, dicen.

Otros datos escabrosos:

  • Los adolecentes y adultos jóvenes que pasan más tiempo en el mundo digital tienen menor bienestar.
  • Las niñas que pasan 5 horas o más al día en redes sociales tienen tres veces más probabilidades de tener depresión.
  • Actividades como socializar en persona, dormir suficiente y atender servicios religiosos están vinculadas a la felicidad.
  • Las actividades relacionadas con teléfonos inteligentes y medios digitales generan menos felicidad que las que no involucran tecnología.

Y es que en el mundo digital viven otros demonios…

Las brutales comparaciones sociales que hacen que las personas contrasten sus vidas no editadas con las vidas editadas de los demás; tendemos a comparar nuestra cara lavada y sin filtro con la cara de los demás perfectamente pulida por filtros –que quitan años, arrugas, manchas, afilan la nariz, engrosan los labios, estiran las pestañas y resaltan los pómulos-. El golpe a la autoestima es duro.

En el mundo digital también existe el “cyber-bullying”. En mis tiempos, la tortura estaba contenida dentro de las horas de colegio –a la llegada, en recreo, a la salida- y podías defenderte si te armabas de valor. Al final del día era posible encontrar paz y tranquilidad en tu casa. Ahora los “bullies” viajan contigo en el bolsillo de tu pantalón o en la mochila y llegan a más gente a velocidad de la luz. El contagio es masivo y no hay cómo hacerle frente.

No sé si les ha pasado… Para los hijos adolescentes no hay peor castigo posible que quitarles el teléfono, les da terror y de manera instantánea te conviertes en la mamá más cruel y despiadada del planeta.

Pero después de varias horas –o días- sin acceso al celular pasan cosas increíbles… Empiezan a leer, juegan con los perros, sacan las patinetas, salen a la calle, buscan a la vecina, construyen, inventan, cocinan, mejora su estado de ánimo, platican, duermen suficiente y dan más muestras de cariño.

Muchos estudios encuentran que los adultos también nos beneficiamos cuando reducimos la cantidad de tiempo que dedicamos a alimentar el monstruo de las redes sociales. Grupos de personas que dejan de usar Facebook una semana, por ejemplo, reportan más felicidad y menos depresión que los que continúan usándolo como siempre. Mi siguiente experimento será desconectarme por un rato.

Nuestros niños y jóvenes están pasando cada vez más tiempo en el mundo digital y las consecuencias no son buenas. Los datos sugieren que la moneda de cambio es la felicidad y la salud mental.

Si estamos de acuerdo en que la felicidad es lo que más deseamos para nuestros hijos, entonces tenemos que adueñarnos de la responsabilidad de ayudarles a moderar la cantidad de tiempo que pasan en el mundo digital.

Y sí… los adultos tenemos que poner el ejemplo.

Reporte Mundial de la Felicidad 2019

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2019. Este es el séptimo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio especial sobre felicidad y comunidad con la idea de entender cómo ha cambiado la felicidad en los últimos años y cómo influyen en las comunidades la tecnología, el gobierno y las normas sociales.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2019.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Sudán del Sur, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 19 –se cayeron un lugar con respecto al año pasado-.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Holanda, Suiza, Suecia, Nueva Zelanda, Canadá y Austria. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés ecónomico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Yemen, India, Siria, Bostwana y Venezuela.

La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 12. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index. Me gusta ver a un país latinoamericano pisando la raya de los “Top Ten”.

México apareció este año en el lugar número 23. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-.

Además, el actual reporte incluye algunos datos puntuales sobre el nivel de satisfacción en 12 dominios de vida diferentes en México en 2013, 2017 y 2018. En cada uno de los años, el dominio de vida en donde los mexicanos reportan el nivel de satisfacción más alto es el de relaciones interpersonales. Por el contrario, los dominios con los menores niveles de satisfacción son: ciudad, país y seguridad. El 2017, año previo a la elección presidencial, los niveles en estos tres dominios registraron una caída con respecto al 2013 (Ver Fiu. Esto pudiera explicar la decisión de voto de los mexicanos para sacar al partido gobernante del poder y el repunte en 2018 -posterior a la elección- de estos indicadores. Vamos a ver qué pasa en 2020…

El reporte de este año incluye también un estudio sobre el uso de tecnología, la interacción creciente que tienen los adolescentes con aparatos electrónicos y su impacto en el bienestar. Los resultados sugieren que entre mayor es el uso de medio digitales, menor tiende a ser el bienestar. En otras palabras, nuestros jóvenes están dejando felicidad en el mundo cibernético. Pero de esto nos ocuparemos la próxima semana.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su séptima edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que dimisnuyen la felicidad.