Doce prisiones mentales que impiden curar heridas y vivir en libertad

Hace unas semanas terminé de leer el segundo libro de Edith Eger, eminente psicóloga y sobreviviente del Holocausto. Me enteré de la existencia de su nuevo libro “The Gift” por la entrevista que le hizo Brené Brown en su Podcast “Unlocking Us”, que por cierto, te recomiendo mucho.

Escuché el capítulo mientras corría en la banda. Me bajé de la máquina conmovida e inspirada. Lo siguiente que hice fue pedir el libro.

Me fascina la idea de saberla publicando su segundo libro a los 92 años.

En su primer libro, “La Bailarina de Auschwitz”, la autora hace un recuento de su experiencia en los campos de concentración y su viaje de transformación personal para romper con las cadenas del pasado, moverse hacia la libertad y la esperanza. Me pareció un librazo.

Fue tan bien recibido y valorado que comenzó a recibir peticiones para traducir su sabiduría personal en reglas que el resto de las personas pudiéramos utilizar para superar situaciones traumáticas y demoler las prisiones mentales que nos construimos.

Me encanta la frase de Eger “la prisión más peligrosa es nuestra mente y la llave para salir la tenemos en el bolsillo”. Levantamos barrotes y quedamos atrapados dentro de nuestras cabezas. Nuestros pensamientos y creencias terminan convirtiéndose en los carceleros que determinan cómo nos sentimos, qué hacemos o no hacemos y qué consideramos es posible.

Cuando logramos escapar de nuestras prisiones mentales, no sólo nos liberamos de aquello que nos detenía, sino que nos hacemos libres para ejercer nuestra voluntad. Cuando cambiamos nuestras vidas “no es para convertirnos en alguien nuevo, sino es nuestro verdadero yo”.

Edith Eger habla de 12 prisiones mentales que nos impiden superar traumas y tener vidas plenas y felices. Quiero compartirte un poco de cada una con la intención de empujarte a que leas el libro o lo escuches, si es que lo tuyo son los audiolibros.

La prisión de la victimización. El sufrimiento es universal, pero ser víctima es opcional. Es muy común que ante una situación no deseable, ruda e inesperada nos hagamos la pregunta: ¿Por qué a mi?, que no tiene respuesta y nos pone en posición de víctimas. Nos mantiene atrapados en el pasado, en el dolor, en las pérdidas, en lo que no podemos hacer o no tenemos. Existe una mejor pregunta: ¿Ahora qué? Con esta pregunta nuestra atención se mueve a explorar qué podemos hacer con la experiencia. Para salir de la prisión tenemos que hacernos responsables de nuestro propio comportamiento, incluso ante situaciones que no causamos o elegimos. “Cuando salimos de la posición de víctimas entramos al resto de nuestras vidas”.

La prisión de la evasión. “Lo opuesto a la depresión es la expresión”. Las emociones que no expresamos y embotellamos afectan la química de nuestros cuerpos y encuentran cómo expresarse a nivel celular. Lo que hablas, escribes, compartes, gritas y echas fuera no hace daño; es lo que se queda adentro lo que enferma.

Es importante ser valientes para sentarnos con las emociones que nos atraviesan y mostrar curiosidad para descifrar el mensaje que vienen a entregarnos. El primer paso para cambiar nuestra realidad es enfrentarla, verla a la cara, platicar con ella. “Un sentimiento es sólo un sentimiento, no tu identidad”. Las emociones son energía y la única manera de salir de ellas es atravesándolas. Para salir de la prisión de la evasión, es necesario darles la bienvenida a los sentimientos, dejarlos pasar y luego dejarlos ir.

La prisión de la auto negligencia. El miedo al abandono es uno de los primeros que experimentamos. Así que desciframos pronto qué tenemos que hacer y en quién tenemos que convertirnos para recibir atención, afecto y aprobación. Nos dejamos encajonar por las expectativas, por la sensación de que tenemos que cumplir con un rol o función para ser amados. En este proceso nos abandonamos a nosotros mismos. Es importante ser egoísta, practicar el amor propio y el autocuidado. Para crear el hábito de cuidarnos a nosotros mismos, tenemos que estructurar nuestro tiempo para atender las necesidades de otros sin descuidar las propias.

La prisión de los secretos. La honestidad comienza por aprender a decirnos la verdad a nosotros mismos. Vivir sin máscaras nos permite ser auténticos y en congruencia. Sanar sólo es posible cuando reconocemos cada parte de nosotros. “Las cosas que callamos o encubrimos equivalen a tener rehenes en el sótano que gritan cada vez más fuerte para ganar nuestra atención”.

La prisión de la culpa y la vergüenza. Nacemos sin vergüenza, pero aprendemos a sentirla en el camino. Para vivir libres de esta emoción tenemos que evitar que las opiniones de los demás nos definan, aceptar la totalidad de nuestro ser -nuestro imperfecto ser- y renunciar a la necesidad de la perfección. La invitación es a escuchar nuestro diálogo interior, poner atención a lo que ponemos atención. Lo que pensamos influye en lo que sentimos y lo que sentimos en lo que hacemos. No tenemos que vivir bajo estos estándares o mensajes. Podemos reescribir nuestro script interior para reclamar y recuperar el amor con el que nacimos.

La prisión de los duelos sin resolver. Los duelos representan pérdidas y éstas no siempre están relacionadas con la partida de un ser querido. Es posible perder un estilo de vida, el trabajo, la salud, un proyecto, la normalidad. El duelo no sólo se trata de lo que pasó y no queríamos; se trata también, de lo que anhelábamos y no pasó.

Resolver el duelo significa liberarnos a nosotros mismos de la responsabilidad de todo aquello que no nos tocaba, de aceptar las decisiones que tomamos y no podemos cambiar. La frase que seguido escuchamos es “el tiempo lo cura todo”. Sin embargo, “el tiempo no cura todo, es lo que hacemos con el tiempo”.

El duelo puede ser una invitación a revisar nuestras prioridades, a decidir otra vez para reconectar con nuestra alegría, propósito y “comprometernos con el resto de lo que podemos ser hoy”. Podemos concentrarnos en lo que queda y abrirle los brazos a la vida que nos apunta en una nueva dirección “tomando la decisión de vivir cada momento como un regalo”.

La prisión de la rigidez. La rigidez de pensamiento equivale a los barrotes de una celda. Somos libres cuando nos adueñamos del poder que tenemos de elegir nuestra propia respuesta, renunciamos a la necesidad de tener la razón y podemos aceptar e integrar múltiples puntos de vista. Nos liberamos cuando abandonamos la lucha para dominar a los demás, tenemos la fortaleza de responder en lugar de reaccionar, de hacernos responsables de nuestras vidas y adueñarnos por completo de nuestras elecciones. Además, no tenemos que probar nuestro valor. Podemos aceptarnos y celebrar la totalidad de nuestro ser imperfecto, sin buscar la aprobación de los demás… “Si tienes algo que probar, todavía eres prisionero”.

La prisión del resentimiento. La irritación y el enojo crónico de bajo nivel destruyen la intimidad. Enamorarse es una cuestión química. Se siente fuera de este mundo y es temporal. Cuando ese sentimiento se desvanece, nos quedamos con un sueño perdido, con una sensación de pérdida de una pareja o de una relación que nunca tuvimos en primer lugar. Muchas relaciones salvables se abandonan en la desesperanza. Edith Eger argumenta que el amor no sólo es lo que se siente, sino lo que se hace. ¿Qué nos mantiene en situaciones no deseadas? Cada comportamiento satisface una necesidad. Incluso una situación aprisionante y atemorizante puede servirnos de alguna manera. Para salir del resentimiento es necesario salir de la situación que lo provoca.

La prisión del miedo paralizante. Podemos elegir cuánto de nuestras vidas le cedemos al miedo. Una de las maneras en que podemos empezar a gestionarlo es cuidando la manera en como nos comunicamos. El lenguaje del miedo es de resistencia. Cuando decimos “no puedo”, en verdad estamos diciendo “no lo haré” o “no lo aceptaré”. “Lo estoy intentando” es una mentira, pues o lo estamos haciendo o no. Y las frases “porque lo necesito” o “porque tengo que” son excusas para permanecer en el mismo lugar. Las necesidades son cosas sin las cuales no podemos sobrevivir -respirar, dormir, comer-. Podemos dejar de ver a nuestras decisiones como obligaciones. Es importante escuchar y estar atentos a los “no puedo”, “estoy tratando”, “necesito” para reemplazar estas frases aprisionadoras con algo más: “si puedo”, “si quiero”, “estoy dispuesta”, “decido”.

“Vas a tener cincuenta años de cualquier manera -o treinta o sesenta o noventa- así que más vale que tomes el riesgo. Haz algo que no hayas hecho antes”.

La prisión de los juicios. Dejemos ir los juicios y comencemos a elegir la compasión. La libertad significa escoger y decidir, en cada momento, ya sea cuando nos conectamos con el amor que nacimos o con el odio que aprendimos. Cuando vivimos en la prisión de los juicios, no sólo victimizados a los demás, sino que nos victimizamos a nosotros mismos. Nacemos para amar, pero aprendemos a odiar. Está en nosotros qué elegir.

La prisión de la desesperanza. La esperanza no es la pintura blanca que usamos para cubrir nuestro sufrimiento, es una cuestión de vida o muerte. Un reconocimiento al hecho de que, si renunciamos, no tendremos la oportunidad de saber qué pasa después. Es una inversión en nuestra curiosidad, afecta lo que atrae nuestra atención todos los días, es elegir la vida. “La esperanza es el acto de imaginación más descarado”. Ahora, esto supone hacer todo lo que en nuestras manos sea posible. Es una esperanza que incluye saber qué queremos, tener rutas alternas, disposición para sortear imprevistos, confiar en nuestros recursos personales y en trabajar duro.

La prisión de no perdonar. Perdonar es algo que hacemos por nosotros mismos, no para la persona que nos ha lastimado. Lo hacemos para dejar de ser sus prisioneros o rehenes del pasado, para soltar la pesada carga del dolor almacenado. Cuando no logramos perdonar a alguien, usamos la energía para estar en contra de esa persona o situación, en lugar de usarla para nosotros y la vida que merecemos. “Perdonar a alguien no significa que le damos permiso para que siga lastimándote. No está bien que te haya hecho daño. Pero ya está hecho. Nadie más que tú puedes sanar la herida”.  

Cuando una persona que ha visto y experimentado de primera mano lo peor de la humanidad, como Edith Eger, dice que podemos recuperarnos de cualquier situación y que la vida vale la pena, el mensaje se recibe diferente. Su libro está lleno de sabiduría y sospecho que es uno de esos que tendré muy a la mano para consultar una y otra vez.

Te lo recomiendo.

Y llegamos al año…

Esta semana he estado sintiendo mucho. El primer aniversario del modo pandemia me está pegando. De unos días para acá me visitan, hasta en sueños, los recuerdos de todo lo que hice en los días anteriores al confinamiento.

No sabía en ese entonces que estaba viviendo los últimos días de mi estilo de vida pre-covid. Comiendo en restaurantes, viajando, abrazando gente, dando clases y conferencias en tercera dimensión, viendo caras completas, usando lápiz labial, yendo al cine, acompañando a mis hijas a sus partidos.  

En mi mente esto era una noticia escandalosa y un evento que duraría, cuando mucho, dos semanas.

Ya sonaba el rumor de un nuevo virus cuando me fui a la India el 4 de marzo de 2020. En contra de la voluntad de varias personas a mi alrededor, me lancé.

En los aeropuertos de México y Estados Unidos aún no había nada que indicara que el mundo estaba por ponerse de cabeza. Viaje usando el cubre bocas de manera intermitente. Yo estaba en modo escéptico.

Llegado a la India tuvimos que llenar un formulario, nos tomaron la temperatura y nos echaron un chisguete de gel antibacterial. El único inconveniente de este proceso fue hacer fila detrás de unos 400 pasajeros a la 1:00 am de la madrugada luego de haber estado 15 horas apretujada en mi asiento sin dormir.

En Nueva Delhi, en la entrada del hotel nos recibió una persona con un termómetro en forma de pistola. Daba nervios que te apuntaran con un rayo rojo en el centro de la frente. ¿Qué tal si salía una bala? o ¿Qué tal un resultado que sugiriera un estado febril? Después de un año de ser apuntada en la cabeza en todas partes, temo que un revólver real ya no me impresione.

Arrancamos el tour en una burbuja. Durante los siguientes días, nada de lo que se escuchaba en otras partes del mundo parecía tener eco en ese alejado país. Nosotros caminábamos entre multitudes atrapando imágenes con nuestras cámaras.

Con el pasar de los días fueron alcanzándonos las noticias. Llamadas de familiares pasando nombres de los primeros conocidos contagiados en México, preguntando-sugiriendo si pensábamos acortar el viaje y volver. A sus preocupaciones, yo respondía enviando una foto mía con un paisaje maravilloso detrás y la leyenda “aquí no pasa nada”.   

El entorno fue cambiando. Más medidas sanitarias. Más registros. Mas termómetros en templos y monumentos. Una revisión médica antes de ser admitidos en un hotel.

Algunos países empezaron a cerrar sus fronteras. Las conversaciones de nuestro grupo en el autobús comenzaron a girar alrededor de la pregunta: ¿Adelantamos nuestro regreso o nos la jugamos? Empezamos a estar más alertas, a monitorear vuelos, a sentirnos inquietos. Una especie de ansiedad subyacente se unió a nuestro tour.

Unos cinco días antes de que terminara nuestro viaje las cosas empezaron a complicarse. Íbamos camino al pueblo del opio cuando nuestro maravilloso guía Sandip recibió una llamada a su celular. Se puso muy serio. Colgó y tomó el micrófono. “No podemos entrar al pueblo, las autoridades no quieren recibir extranjeros. Ellos están sanos, no tienen medicamentos para hacerle frente al virus y no quieren exponerse”. De ahí en adelante las fichas cayeron rápido. Anunciaron el cierre del Taj-Mahal. Esta maravilla del mundo era la última parada para cerrar con broche de oro nuestra visita. Tendré que volver.

Con esa noticia empecé a pensar en adelantar mi regreso.

Anunciaron el cierre de los templos, los monumentos, los fuertes. Más vuelos cancelados. Más países cerrando fronteras. Más angustia.

Me despedí del grupo en Jaipur tres días antes del regreso oficial y, ahora sí, sentí la pandemia con todo. El aeropuerto estaba vacío… ¿Te imaginas un lugar en la India sin gente? Era como estar dentro de una película surrealista. Si no salía el avión de Jaipur a Delhi, tampoco podría tomar el vuelo transatlántico. En ese momento estar en mi continente ya era ganancia. Despegamos. A bordo estábamos la tripulación y unas diez personas más, la mayoría extranjeros.

Aterrizamos en Delhi. El aeropuerto estaba desierto. Una imagen contrastante a la que había registrado en mi memoria cuando llegué. La espera fue larga, unas 7 horas. Encontré una mesa frente a una pantalla. Se volvió compulsivo monitorearla. Me daba miedo que el letrero cambiara de “a tiempo” a “cancelado”.

Las horas se sintieron largas.

Pocas veces he sentido tanta tranquilidad como cuando el avión de Delhi a Newark pegó carrera y levantó las llantas de la pista. Aterrizamos unas 16 horas después a eso de las 5:00 de la mañana. Quedarme atrapada en Nueva York ya era mucho mejor opción.

Mi siguiente vuelo a la Ciudad de México lo cancelaron 50 minutos antes del horario programado de salida. Corrí al mostrador de United y la joven que estaba ahí me dijo: “No preguntes nada, corre conmigo, hay un vuelo a Houston, yo me encargo de tu conexión”. Confié y corrí. Entré en “safe” al avión.

El piloto anunció el descenso. Por ahí de los 10,000 pies nos tuvo dando vueltas alrededor de la ciudad en lugar de bajar. Entonces abrió el micrófono: “mmm… tenemos una situación”. Esa es una combinación de palabras que no quieres escuchar estando en un avión. “No podemos aterrizar en Houston porque hay tormenta eléctrica, tampoco podemos seguir sobrevolado la ciudad por falta de combustible. Vamos a Nuevo Orleans para cargar el tanque y esperar a que mejore el clima”.  Estaba tan cansada que, en lugar de entrar en pánico, pensé “OK, vamos a New Orleans” y seguí leyendo mi libro, que muy a tono con el contexto actual era “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago.

Cinco vuelos y cincuenta horas después aterricé en Monterrey a eso de las 11:00 de la noche. Como yo era potencialmente contagiosa, me dejaron un coche en el aeropuerto para no contaminar a nadie. En casa, la instrucción era que dejaran todas las puertas abiertas desde la entrada hasta la regadera para no tocar nada.

Y así empezó la cuarentena que en mi mente duraría sólo dos semanas.

Y así empezó a cambiar nuestro mundo.

A la vuelta de un año, ahora veo películas donde sale mucha gente y me parece raro que no tengan tapabocas. Las imágenes de estadios, de auditorios, de fiestas de celebración me inyectan nostalgia directo a la vena. Con frecuencia sueño que camino entre personas, de pronto, me doy cuenta de que nadie tiene máscara y el sueño se convierte en pesadilla.

Esto empezó para mí como un tema lejano en forma de circulo con un diámetro tan grande que parecía imposible que me tocara. El círculo fue cerrándose con el paso de los meses. Los contagiados ahora eran mis conocidos, los enfermos graves estaban en mi perímetro. En febrero estuve dando pésames todos los días de una semana, a veces, hasta dos por día.

Los espacios han cambiado. Las casas son oficinas, salones de clases, estudios de música, campos de batalla. Lo que más me asusta de todo esto es que pensemos que así está bien. Las personas necesitamos cambiar de espacios, salir a conectar con los demás, a tomar aire. Y si, también hace falta descansar de las personas con las que vivimos.

Las empresas están reacomodándose y están tomando decisiones que quizá no habían contemplado antes. Están desocupando pisos enteros de oficinas porque han visto que las personas pueden trabajar desde su casa y pueden ahorrarse un montón de dinero. Y yo no puedo evitar pensar: “que se pueda, no significa que debamos”.

Y es que tengo la sensación de que no están considerando el costo que traerá la desconexión social, ni las consecuencias que esto tendrá en la salud mental. La innovación se complica estando en posición remota, mantener la cultura organizacional también. Me parece que están olvidando todo lo bueno que se genera cuando la gente se saluda en los pasillos, cuando los equipos hacen sesiones de ideación juntos en una sala. ¿Quién le está poniendo número a las sonrisas, a las interacciones junto a la cafetera, a los “high fives” que provocan los logros?

Me preocupa que el cuerpo de mis hijas vaya adoptando la forma del sillón en que se sientan a tomar sus clases, que se les olvide como entablar una conversación en persona, que se acostumbren a su mundo en línea. Extraño verlas metidas en sus partidos. Perdimos la racha de años de entrenamiento en los equipos de volibol y de basquetbol. Me da tristeza que hayan perdido esas canchas donde desarrollaban la resiliencia, donde aprendían a perder y a ganar, donde trabajaban en equipo. Nuestros niños y jóvenes están empatallados, sedentarios y solos.

El aire se siente espeso. La suma de las pérdidas y el sufrimiento colectivo sellan los pulmones al vacío. Tenemos cansancio emocional, dolor, estrés económico, físico, fastidio de pantallas, trastorno de rutinas y un tedio monumental. Estoy cansada hasta los huesos de sentirme nerviosa, de tener pesadillas, de ver cómo la preocupación adelgaza a mis seres queridos, de tener que contener abrazos, de no ver a mis papás.

Al mismo tiempo han pasado cosas buenas. El mundo entero trabajando junto para fabricar una vacuna, héroes en los hospitales, voluntarios, solidaridad, innovaciones, aprendizaje, creatividad. Estamos aprendiendo a vivir entre opuestos, a manejar la incertidumbre, a ser más tolerantes, a soltar el control, a vivir en el caos.  Estamos conociendo mejor a nuestros hijos, vemos cómo interactúan con sus compañeros de clase, jugamos más, comemos en familia. Me parece que esto lo extrañaremos más adelante.

Podría seguirle a esta lista. Pero la meritita verdad es hoy no me dan ganas. Hoy necesito permiso para renegar.

Ya se me hizo largo el escrito. Acá lo voy a dejar. Sin preocuparme mucho por rematarlo con un final porque esta historia aún sigue.

Neblina mental

brain fog

Ayer desperté con los cables cruzados. Fue una de esas mañanas en que abres una ranura con el ojo derecho y, desde ya, sabes que el camino es cuesta arriba. Neblinas mentales y coctel emocional.

Está por terminar agosto pensé. De ahí hice cuentas. Se fue la primavera, al verano le falta poco. Sospeché que el otoño y el invierno se irán por el mismo pandémico lugar. Y entonces las paredes se me cayeron encima.

Para este “mood”, el remedio para mi es salir a correr o andar en bici. La cadencia de las pisadas o de los pedales, me ayuda a despejar los remolinos emocionales y las nubes mentales. Nota: las herramientas funcionan.

Decidí correr escuchando un podcast. Encontré en “The TED Interview”, un episodio con el nombre: “Elizabeth Gilbert dice que está bien sentirse abrumado. Aquí está lo que hay que hacer ahora”.

Desde mi punto de vista, Liz Gilbert -autora del libro Comer, Amar, Rezar- tiene una habilidad fuera de este mundo para desenredar y poner en palabras lo que sentimos.

Play y a correr.

¿Verdad que es increíble cuando el universo te manda justo lo que necesitas?

Le atiné a un podcast que me ponía por delante una conversación sobre el buffet de emociones por el que estamos pasado desde hace meses. Me sirvió mucho escucharlo. Te comparto lo que me pareció valioso. Confieso que fue difícil elegir, pues los 60 minutos valen la pena.

Ansiedad. Hay muchos sabores de ansiedad y el que sea que sientas es válido. El único sabor de ansiedad que sobra es el de “emociones sobres mis emociones”, pues éste es un problema adicional. Si sientes miedo y después sientes miedo por sentir miedo; si estás estresado y después te estresa estar estresado… es como subirle dos rayas al nivel de ansiedad. Sentirnos culpables o recriminarnos por pensar que deberíamos estar llevando mejor la pandemia -ser más relajados, más creativos, más productivos- sólo sirve para multiplicar el sufrimiento. ¡Es nuestra primera pandemia! Lo que aplica es darnos una dosis de bondad y compasión a nosotros mismos por la ansiedad que sentimos.

También me gustó esta idea sobre una de las paradojas de la humanidad.

No existe una especie más ansiosa que los humanos. Tenemos la habilidad para imaginar el futuro. Allá todo lo terrible puede pasar en cualquier momento, en cualquier parte y a cualquier persona. Creamos películas de terror en nuestra cabeza. Con nuestra imaginación viajamos a lugares que nos provocan miedo, ansiedad, inseguridad y nos convencemos de que no tendremos la capacidad para lidiar con eso.

La paradoja es que, también somos la especie más resiliente. Nuestra capacidad de adaptación es increíble. Cuando la vida nos sirve una tragedia, somos capaces de lidiar con ella. Sobrevivimos en lo personal a las adversidades y como humanidad también.

Podemos encontrar paz si reemplazamos el miedo y la ansiedad con la confianza de que, llegado el momento, la intuición nos dirá qué hacer.

Soledad. Quedarnos en casa y poner distancia física entre nosotros, está provocando sentimientos de soledad. Anhelamos la compañía en tercera dimensión, extrañamos los abrazos. Es frustrante y triste no poder pasar tiempo con la gente que queremos.

Al mismo tiempo, esta es una gran oportunidad para pasar tiempo con nosotros mismos. Y no se tú, pero yo recuerdo todas las veces que dije “me encantaría pasar un mes sola”, “quisiera irme a un retiro espiritual o a un centro de meditación en una montaña”, “quisiera que el mundo se pusiera en pausa”. También recuerdo todas las veces que escuché a alguien más decir lo mismo.

¿Qué pasaría si en lugar de llamarle a este tiempo “confinamiento”, le llamáramos “retiro espiritual?, ¿Qué pasaría si utilizáramos la curiosidad para caminar hacia adentro?, ¿Qué pasaría si tuviéramos la valentía de aguantar nuestra propia compañía? ¿Qué pasaría si avanzáramos con mente abierta y sin resistencia a la emoción que nos incomoda? ¿Qué pasaría si no tenemos tanta prisa por salir de esta situación que potencialmente puede transformarnos para bien?

Duelos. ¿Qué le dices a una persona que ha perdido a más de un familiar a causa del coronavirus? ¿Cómo hablarle a una persona que ha perdido a alguien? No hay palabras. Punto. Todo se queda corto. El duelo es más grande que nosotros y más grande que nuestros esfuerzos para manejarlo. Con frecuencia pensamos que, si sabemos administrar el duelo, lograremos brincarnos el sufrimiento. No es así. Tenemos que darnos permiso de sentirlo, dejar que nos atraviesen sus olas. La respuesta física emocional dura en nuestro cuerpo alrededor de 90 segundos. Lo que sigue es respirar y reconstruir a partir de ahí. Esto no significa que el duelo termina. Significa que lo sentimos, lo dejamos atravesarnos y seguimos otra vez. Todas las veces que sea necesario. Confiar en que la intuición nos murmurará el siguiente paso y recordar que nuestro espíritu es resiliente.

Control. Uno de los retos mas grandes que ha venido con esta pandemia es la sensación de pérdida de control. La incertidumbre y la frustración que vienen con no poder planear más allá de una semana está generando un incremento acentuado en los niveles de ansiedad. De acuerdo con Liz Gilbert, esto de tener el control es un mito… “no teníamos control, sólo ansiedad”, “no estamos perdiendo el control, más bien, estamos dándonos cuenta de que nunca lo tuvimos”. El cambio constante es lo normal. Aceptar que no tenemos control sobre la gran mayoría de las cosas, ni de las personas, ni de las situaciones, es la vía más rápida a la libertad. Hacer nuestro mejor esfuerzo, trabajar duro y después rendir el resultado al universo da paz.

En la entrevista, Gilbert habla también sobre el enojo, la curiosidad, la creatividad y la empatía. Aquí te dejo el vínculo. Te recomiendo que dediques una hora a escuchar esta conversación.

Después de correr acompañada de estas palabras se me descruzaron los cables y se me despejó el cielo. Decidí dejar de pensar en el otoño que aún no llega y disfrutar del día de verano que tenía disponible.

Persiguiendo la luz del día

chasing daylight 1

El fin de semana leí “Persiguiendo la luz del día”. Eugene O’Kelly, antiguo CEO global de KPMG, escribió sus memorias en los tres meses y medio que pasaron entre su diagnóstico terminal de cáncer en el cerebro y su muerte en septiembre de 2005.

En su libro, O´Kelly narra los detalles de su enfermedad, así como sus reflexiones sobre la vida, la muerte y el éxito. Me pareció un texto sin desperdicio, emotivo y lleno de esa sabiduría que viene con estar al tanto de cuántos días quedan en la cuenta regresiva.

Tenía este libro formado en mi lista desde hace varios meses. No sabría decir por qué decidí leerlo justo ahora, pero calzó perfecto con la hipersensibilidad que tengo relacionada con tantas malas noticias. La muerte está trabajando turnos dobles y se asoma por todos los rincones.

No nos gusta pensar en nuestra muerte, nos da miedo, hacemos como que a nosotros no nos tocará, o al menos no en el futuro cercano. Quizá la ignoramos para no invocarla, volamos fuera de su radar para que se olvide de nuestra existencia. El peligro de andar por aquí olvidando que somos mortales es que tiramos el tiempo a la nada.

Cuando O’Kelly recibió el dictamen de su enfermedad y supo que le quedaban alrededor de 100 días, decidió administrar su muerte para que fuera lo más bella posible. Tuvo que hacer ajustes rápidos para vivir de la mejor manera posible.

Te comparto las lecciones que aprendí.

Lazos sociales. O’Kelly hizo una lista de todas las personas importantes en su vida y provocó un intercambio para despedirse. Expresó su cariño, compartió su admiración, mostró gratitud, resaltó momentos especiales del pasado. Para sus seres más cercanos organizó una última ocasión especial. Cerró sus relaciones honrándolas.

No hay nada más importante y valioso que nuestra gente. No tenemos que esperar una sentencia de muerte para hacer este ejercicio. La invitación es: hacer una pausa para pensar en las personas que queremos, en por qué las queremos y en decirlo. Hoy estamos aquí y podemos. ¿Quién está en tu lista?, ¿Qué te gustaría compartirles?, ¿Y si ya no esperas más? El amor escondido no le sirve a nadie.

Aceptación. Esto no quiere decir que la realidad que tenemos por delante nos gusta y entusiasma. Creo que ninguno de los que estamos aquí nos formamos para ser protagonistas en una historia de pandemia, por ejemplo. Aceptación significa que le hacemos frente a lo que llega, lo vemos, le ponemos nombre y trabajamos a partir de lo que hay. Resistirnos a situaciones que no podemos cambiar ni controlar sólo aumenta el sufrimiento.

Simplificar. Hacer un análisis del corto, mediano y largo plazo y dejar ir todo aquello que ya no sirve o aporta a nuestra vida. Concentrarnos en lo importante. Nuestra cultura ha girado en torno al “multitasking”, a tener más y mejores cosas. Acumulamos sin detenernos a preguntar: ¿Cuánto es suficiente? Vivimos más plenos y felices cuando identificamos nuestras prioridades y concentramos nuestra energía y recursos en conseguirlas. Todo lo demás sobra. ¿Te has dado cuenta de todo lo que se ha vuelto irrelevante en estos meses de pandemia?

Vivir en el presente. Disfrutar cada momento exactamente por lo que es. Si quitamos el piloto automático y vivimos con atención plena, entonces es fácil concluir que el momento presente es un regalo. ¿Te ha pasado que sabes que una experiencia está por terminar y entonces decides disfrutarla al máximo? Las últimas horas de unas vacaciones, los últimos minutos antes de separarte de alguien que quieres, la última canción del concierto que te gusta. Los sentidos se encienden cuando sabemos cuánto tiempo queda en el reloj. Y entonces ponemos atención al color del cielo, al sonido de los pájaros, al olor de su pelo, al sabor de la comida. Todos estamos en cuenta regresiva… ¿Por qué no empezar a disfrutar cada momento disponible desde hoy?

Momentos perfectos. Si vivimos en el momento presente podemos reconocer, crear y desenvolver momentos perfectos en lo cotidiano. En cada martes, en cada tarde, con cada persona. Llamadas, caminatas por la montaña, el calor del sol en la piel, la risa de tus hijos, un cumplido, una combinación de letras que hacen vibrar el corazón, conversaciones que divierten, que transforman, un intercambio de miradas. Podemos provocar momentos perfectos. Saca la vajilla fina, ponte el vestido que está esperando una ocasión especial desde que lo compraste, canta en voz alta.

Estamos recibiendo recordatorios constantes de que la vida tiene fecha de caducidad. Y más que asustarnos, creo que esto debería motivarnos a vivir con todo, a vivir enserio, a vivir con intención.

La vida es ahorita.