¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte I

 

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¿Tu qué piensas?

Cuando hablo de la relación entre el dinero y la felicidad me gusta arrancar con esta pregunta. Ahora le tocó responderla a mis alumnos.

Sin importar el tipo de audiencia, las respuestas comúnmente se acomodan en cuatro grupos. En el primero están los pocos casos que rápidamente opinan “no”; en el segundo, caen unos cuantos envalentonados que responden “si”. En el tercer grupo entran los que responden “a veces” o “depende” y; en el último, que invariablemente es el más grande, quedan los que permanecen callados con cara de conflicto interior.

Hay varios dichos populares que tienen cierto grado de sabiduría detrás, por ejemplo: “el dinero no trae la felicidad, pero yo prefiero llorar en un Ferrari”, “los que piensen que el dinero no trae la felicidad que lo transfieran a mi cuenta” o “el dinero no compra la felicidad, pero da el enganche”. Todos estos sugieren que, aunque el dinero no es todo para ser feliz, en algo ayuda.

¿Qué nos dice la ciencia con respecto a la relación entre dinero y felicidad a nivel individual?

Estudios de cientos de investigaciones muestran que existe una relación positiva entre dinero y felicidad. En otras palabras, las personas que tienen un nivel de ingreso mayor efectivamente tienden a tener niveles de felicidad más altos, pero esta relación es muy débil. Entonces sucede, por ejemplo, que una persona gana cincuenta veces más dinero en un mes que otra y, sin embargo, la diferencia en su nivel de felicidad es de sólo un punto más alta en una escala del 1 al 10.

Sabemos también que el dinero es muy importante para el bienestar individual cuando es tan escaso que no alcanza para satisfacer las necesidades básicas –alimentación, vivienda, salud-. Pero una vez que lo elemental está resuelto, el impacto del dinero adicional en la felicidad disminuye.

Esto último da pie a una pregunta diferente…

¿Por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad?

Varios factores son sospechosos y podemos caer víctimas de alguno de ellos o de todos. En el artículo de hoy hablaremos de tres… A ver con cuál te identificas tú.

Comparaciones sociales. Vivimos en contextos sociales y constantemente nos comparamos con los demás. Nuestros deseos, aspiraciones y necesidades están altamente influenciados por lo que tienen los integrantes de nuestro círculo social cercano -familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos-.

Cuando la mayoría de nuestros conocidos maneja un auto pequeño estamos satisfechos con el nuestro, pero si alguien cambia el suyo por una camioneta, comenzamos a sentir que debemos hacer lo mismo. Si los papás de los compañeros del colegio ofrecen fiestas de primera comunión cada vez más sofisticadas para sus hijos, sentimos la necesidad de organizar fiestas iguales o mejores para los nuestros –aunque tengamos que endeudarnos-.

Los secciones de sociales de los periódicos nos marcan la referencia de cómo debemos vestirnos, peinarnos y en qué restaurantes comer.

En el trabajo comparamos nuestro ingreso con el de nuestros colegas y, más que la cantidad absoluta de dinero, lo que importa es ganar un poco más en términos relativos. Como dice Mencken: “Un hombre rico es aquel que gana $100 dólares más que su cuñado”.

Esto aplica en todos los contextos. Realizaron un experimento en la Universidad de Harvard y preguntaron a los participantes en donde preferirían vivir, un mundo donde ganaran $50,000 dólares al año y todos los demás habitantes $25,000 dólares, o un mundo donde ganaran $100,000 dólares al año y el resto $200,000 dólares. La mayoría eligió el primer mundo, donde ganarían menos en términos absolutos pero más que los demás.

El problema con las comparaciones sociales es que son tóxicas, son malas para nuestro bienestar emocional por una razón sencilla: es imposible ganar en este juego. La realidad es que no importa qué tan exitosos o ricos seamos invariablemente nos toparemos con alguien que lo sea aún más.

La trampa del estatus. Con frecuencia gastamos dinero en bienes de posicionamiento; es decir, bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (ropa de marca, automóviles de lujo, relojes, etc.).

Una bolsa de lujo cumple la función de guardar artículos personales tan bien como una bolsa económica, pero la de lujo además confiere estatus a quien la usa.

Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –y seguimos pagando durante 24 meses-.

Cuando gastamos más en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de las personas también gasta más en bienes de posicionamiento, el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional.

Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

Y es que efectivamente, estas acciones producen felicidad en el corto plazo. El problema es que el efecto de los bienes materiales en la felicidad es de corta duración y se evapora rápidamente; sin embargo, el esfuerzo requerido para obtener estos bienes es muy alto (más horas en la oficina, menos tiempo con la familia, más deudas y más estrés)

Habituación. El fenómeno de habituación también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en artículos a los que nos acostumbramos rápidamente (autos, ropa de marca, zapatos, casas, etc.).

Estos artículos nos brindan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses. La felicidad que nos otorgan estos bienes es pasajera pues dejan de ser novedad rápidamente.

 La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales, la trampa del estatus y gastar el dinero adicional en cosas materiales a las que nos acostumbramos en unos cuantos días.

Practicar la gratitud es una estrategia que nos protege contra las comparaciones sociales. Cuando logramos apreciar lo que tenemos, lo que tienen los demás pierde relevancia. Y para evitar caer en la trampa del estatus, a veces, lo único que se requiere es un poquito de valentía para decidir no jugar.

En el artículo de la próxima semana revisaremos un par de factores más que nos ayudan a entender por qué más dinero no necesariamente se traduce en más felicidad.

Además compartiré contigo cómo sí podemos usar el dinero para comprar felicidad.

 

 

 

 

5 thoughts on “¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte I

  1. Excelente artículo Nicole! Hay que educar a los hijos a evitar las comparaciones sociales y no caer en la trampa del status. Ahí radica la tarea como padres de educarlos con valores y con autoestima para que fácilmente decidan no entrarle al tonto juego del status, que como bien dices, es siempre relativo y temporal y nunca lo vas a ganar. Todos tenemos conocidos que caen en depresión por querer ganar en este juego o cuantos matrimonios terminan en divorcio por endeudarse por mantener el status. Los ganones en este juego son las grandes marcas y tiendas que basan su modelo de negocio en el mercado aspiracional y acceso a crédito de sus clientes. Toda una rat race!

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  2. Buenísimo como siempre Nicole; me encanta la idea de la práctica de la gratitud porque se disfruta cualquier etapa en la que uno se encuentre económicamente hablando!!! Mi Fer tienes tooooda la razón, criar a nuestros hijos en esos valores sería increíble! Espero con ansia la próxima!!!

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