Locura Navideña

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Tengo una pregunta…

¿Ha existido siempre esta locura característica de la época navideña o las cosas han cambiado considerablemente?

Mis recuerdos de Navidad siendo una niña no incluyen poner el pino de navidad en octubre, la competencia de “la casa mejor decorada de la cuadra” entre vecinos, intercambios masivos de regalos con envolturas sofisticadas o agendas llenas de compromisos sociales. Estoy casi segura de que las cosas eran diferentes.

¿O será que de la locura se encargaban mis padres y por eso no la recuerdo? No sé. A ver mamá… ¡Ayúdame con esta!.

Me parece a mí que hemos corrompido el sentido de la Navidad. Hemos convertido una tradición que invita a la reflexión y a la renovación personal en un circo de consumo y materialismo que lejos de traernos paz y felicidad, nos genera estrés, ansiedad y un montón de deudas.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Modo locura: ENCENDIDO

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

Entonces….

¿Qué tal si le bajamos a la locura de las compras navideñas materiales y encontramos alternativas que produzcan una mayor y más duradera felicidad?

Te comparto algunas ideas.

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un paseo, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala una caminata, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un par de años mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?.

Regala actos de bondad. Podemos ser generosos con nuestra presencia, atención, cariño, palabras, conocimientos. Regala tu compañía, quítale de encima un pendiente a alguien, genera una oportunidad de trabajo, conecta a dos personas, haz esa llamada, escribe ese correo, ponte disponible.

Comparte gratitud. La gratitud es una de las herramientas más poderosas que hay para elevar nuestra sensación de bienestar y fortalecer nuestros lazos sociales. Muchas veces nos quebramos la cabeza pensando qué regalarle a nuestros seres queridos. Hoy caigo en la cuenta de lo difícil que es encontrar un regalo material para quienes tienen todo. ¿Qué tal mejor escribirles una carta de agradecimiento? ¿Qué tal sería dedicar tiempo para hacerles saber cuánto los queremos, enumerar las muchas cualidades que admiramos en ellos? ¿Qué tal sería reconocerles la contribución que hacen en nuestras vidas?. Que lindo encontrar una carta así bajo el pino.

Una última reflexión…

La semana pasada pusimos el árbol de navidad mis hijas y yo. Ya sé que todavía no es diciembre, pero ellas estaban de vacaciones y quisimos aprovechar. Nuestro pino ya está muy correteado. Ha sobrevivido a tres bebés, a un par de cachorros y a un par de mudanzas. Tiene la punta torcida, le faltan algunas ramas y no ha estrenado adornos en un buen rato.

Mientras colgábamos unas esferas dije en voz alta: “se me hace que ya tenemos que cambiar de pino”¡NO! dijo una de mis hijas, “este pino tiene todos nuestros recuerdos”.

De ahí me quedé pensando en mis recuerdos de navidad. Puedo asegurarles con certeza, que con excepción de una navidad en que Santa me trajo puras muñecas Barbie en lugar de una avalancha, una pelota y un aro de basquetbol, no recuerdo qué me regalaron.

Por si se quedaron pensando… Santa creyó que la carta que mi vecina dejó en nuestro árbol era la mía.

En cambio, recuerdo con claridad a mi mamá horneando galletas y yo metiendo las manos en la masa, a mi papá asomado por la ventana listo para avisarnos si pasaban los renos, la corona de adviento que llegaba a la Navidad con su 4 velas disparejas. Recuerdo también cuánto nos divertíamos mis hermanos y yo inyectándole vino al pavo la noche del 23, el olor a comida que inundaba toda la casa desde la mañana del 24, la música, la mesa puesta, el recalentado.

Por más que busco no encuentro nada material rescatable en mis memorias. Lo que se queda en el corazón es lo que vivimos, cómo lo vivimos y con quién lo vivimos.

No se tú… pero esta Navidad yo regreso a lo básico.

Modo locura: APAGADO

 

¿Escuchas tu compás interior o hace tiempo que se te perdió?

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Las personas venimos cableadas de fábrica con información que nos hace únicas y logramos vivir más plenos y felices en la medida en que nos mantenemos alineados con nuestra esencia.

Hace unos meses me topé con el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar-. Me atrapó desde la segunda página y desde entonces es uno de mis libros de cabecera. Lo he usado tanto que sus páginas han envejecido considerablemente.

Dos conceptos en ese texto capturaron mi atención: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que viene incluido en el paquete básico de ser humano y contiene los códigos relacionados con nuestro propósito superior, con aquello que le da sentido a nuestras vidas. Es un compás muy sofisticado.

Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a circular por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano, es una buena persona…

Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que a lo largo de la vida vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos.

Ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial” y aparece la ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza. Ignorar a nuestra voz interior tiene un precio.

¿Cómo podemos saber si nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” están fuera de sintonía?

Lo que voy a escribir a continuación es un resumen de un ejercicio de Beck que me parece muy poderoso. Mi intención es dejarte lo suficientemente interesada como para que consigas el libro, lo leas y hagas el ejercicio las veces que sea necesario para restablecer la comunicación entre tus dos “yo’s”, en caso de que hayan roto relaciones diplomáticas. Esta aventura de introspección puede convertirse en un salvavidas para quienes rondamos las zonas de las crisis existenciales.

El “yo esencial” no es dueño del lenguaje, esa tarea la tiene a su cargo el “yo social”. Sin embargo, esto no es un impedimento pues invariablemente encuentra la manera de hacerse escuchar. Primero lo hace sutilmente… te susurra al oído; si no atiendes el mensaje, entonces grita.

¿Cuáles son las vías de comunicación que utiliza el “yo esencial”?

Según Beck tenemos que estar al pendiente de ocho diferentes síntomas…

Crisis de energía. ¿Has pasado por temporadas en que te sentías agotado o existen situaciones, experiencias, compromisos que drenan tu combustible? ¿Puedes identificar momentos del día o de la semana que pesan como losas de concreto sobre la espalda? Quizá notas que cuando vas al trabajo se desploma tu ánimo, pero mejora a medida que se acerca la hora de salida; o empiezas a bostezar cuando llegas a la reunión semanal del club de bordado y costura. Reflexiona y trata de identificar eventos o situaciones que disminuyen considerablemente tu nivel de energía.

Problemas de salud. Cuando atravesamos por periodos estresantes, pérdidas o vivimos en conflicto interior, nuestro sistema inmune se debilita. Esto hace que nos enfermemos más seguido o tardemos más tiempo en recuperarnos. ¿Te ha pasado, por ejemplo, que te contagias de gripa con tan sólo ver un anuncio de Antiflu-Des en la televisión? Yo, por ejemplo, solía enfermarme cuando terminaba un semestre en la universidad. Recuerdo también pasar por un periodo de ataques de asma cuando mis tres hijas estaban pequeñas y demandaban la totalidad de mis días y mis noches. Dedica un rato a recordar temporadas en las que tu salud estaba mal y piensa… ¿Qué estaba pasando en tu vida durante cada uno de estos episodios y cuáles eran los síntomas físicos?

Olvidos. Por más ganas que ponga tu “yo social” para recordar información que considera importante, si a tu “yo esencial” no le interesa, lo más probable es que lo olvide. A mi se me borra todo lo que cae en el cajón de “pendientes de casa” –llamar al plomero, cambiar el foco fundido de la cocina-. Tengo muchas habilidades, pero “housekeeping” no es una de ellas. Frecuentemente “no veo” el Post-it que mi “yo social” pega en el volante de mi carro para recordarme que tengo que hacer cita con el dentista. Nunca me interesó la física ni logré comprenderla; todos esos temas de aceleración, masa y poleas siempre fueron para mi una gran nube gris. ¿Qué tipo de información te cuesta trabajo recordar y olvidas fácilmente? –nombre de las personas, los horarios de los juegos de soccer, dónde dejas cierto tipo de papeles-.

Errores “tontos”. Nuestro “yo esencial” sabe distinguir lo que está bien de lo que está mal, conoce nuestros valores personales y hace todo lo posible para hacernos tropezar cuando nos alejamos de lo que no le hace sentido. Quizá te pasó cuando eras estudiante que le copiaste las respuestas del examen a tu compañero de clase junto con su nombre y apellido… O te equivocaste de hora y perdiste el avión que te llevaría a donde NO querías ir… O se te salió un comentario en voz alta frente a tu cuñada sobre el tedio que te producen las reuniones con la familia política. Ponte a pensar en tres errores “tontos” que hayas cometido alguna vez.

Suicidio social. Algunas personas sacan nuestra peor versión posible y nos hacen sentir incómodas, poco inteligentes, inadecuadas, furiosas, inadaptadas. Puede ser que cada vez que aparece “x” huyen tus palabras y tartamudeas; o cuando aparece “y” sientes que te hierve la sangre, te pones ácido y sarcástico; o cuando aparece “z” dudas de absolutamente todo lo que tienes que hacer. ¿Quiénes son esas personas que traen a flote tu peor versión posible? Quizá comentes errores “tontos” cuando estás cerca de ellas.

Alteraciones de sueño. Uno de los síntomas que distinguen rupturas entre el “yo esencial” y el “yo social” son las alteraciones de sueño. Podemos dormir mucho para evadir o escapar de una realidad que no nos gusta o bien, tenemos problemas para dormir. Pasamos horas dando vueltas en la cama antes de conciliar el sueño o despertamos de madrugada. El insomnio puede ser un sello que distingue periodos rudos, tristes, de conflicto o indecisión. ¿Ubicas algunas temporadas en las que no podías dormir, dormías mal, o dormías tanto que te sentías amodorrado o adormilado? ¿Cuál era el problema en tu vida que ocasionaba distorsiones en tu sueño?

Adicciones y malos hábitos. Existen ciertos detonadores –lugares, personas, fechas, pensamientos- que ponen en marcha ciertos hábitos… algunos buenos y otros no tanto. Una discusión con alguien que nos produce ansiedad puede provocar que nos mordamos la uñas; los problemas económicos o las presiones del trabajo pueden orillarnos a consumir más alcohol para limar los bordes. Haz un recuento de tus malos hábitos y de tus pensamientos obsesivos y trata de vincularlos con su detonador.

Cambios de humor. Algunas veces nuestro estado de ánimo parece inexplicable, injustificable o extremo. Explotamos como olla exprés ante el más mínimo detalle, estamos de muy mal humor o de pronto nos escurren lágrimas sin previo aviso. ¿Has pasado por temporadas donde tu estado de animo es parecido a un paseo en montaña rusa? Trata de identificarlas y piensa qué estaba pasando en tu vida durante esos periodos.

¿Cuántos de los síntomas tienes o has tenido? ¿Te imaginas cómo sería tu vida si construyéramos tu peor escenario posible combinando todos los puntos anteriores? Si ya estás en ese escenario es momento de hacer algo al respecto.

La siguiente parte del ejercicio consiste en identificar la contraparte de cada uno de los puntos anteriores. ¿Qué te llena de energía?, ¿Qué personas sacan lo mejor de ti?, ¿Qué tipo de información recuerdas sin problema? ¿Qué tipo de actividades te atraen como si fueran imanes? Identifica tu mejor escenario posible.

Ahora… ¿Qué pequeño cambio o que acción puedes tomar para acercarte a tu “yo esencial” y vivir tu mejor versión posible?

 

¿Qué preferirías… Talento o GRIT?

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Imagina que tienes que completar una misión muy importante en la vida o superar un reto grande. Para ayudarte, el genio de la lámpara maravillosa te ofrece uno de dos súper poderes: Talento o GRIT.

El talento es una capacidad intelectual sobresaliente, una habilidad que te permite aprender cosas con facilidad o una destreza fuera de serie para desempeñar cierta actividad.

GRIT es una combinación de perseverancia con pasión, un tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, un esfuerzo sostenido.

¿Cuál escoges?

El talento sin lugar a dudas es muy atractivo.

Cuando vemos a un virtuoso del piano, a un deportista de alto rendimiento, a un acróbata parado de manos sobre delgadísimos cilíndros a 5 metros del piso o cuando alguien hace algo que parece imposible de explicarse, tendemos a pensar que viene de otro mundo, que es un ser especial.

Decía el filósofo Nietzsche que cuando las personas nos enfrentamos a lo perfecto preferimos atribuirle cualidades mágicas. Escogemos el misterio y lo divino sobre lo mundano. No cuestionamos qué hay detrás de eso que nos roba el aliento. No nos preguntamos, por ejemplo, cómo una bailarina logra sostenerse en la punta de un dedo al mismo tiempo que gira a toda velocidad o qué hay detrás de la interpretación majestuosa de un saxofonista.

Cuando nos enfocamos en el talento perdemos de vista otros factores importantes, entre ellos, el GRIT o esfuerzo sostenido. Olvidamos que las horas de práctica, el entrenamiento deliberado y la experiencia llevan a la excelencia.

¿Conoces a Stephen Curry, jugador del equipo de basquetbol Golden State? Es uno de los tiradores de tres puntos más destacados en la historia del deporte. Mete canastas desde ángulos imposibles, en situaciones comprometidas y, además, lo hace parecer fácil, como si todos pudiéramos hacerlo.

Tiene un enorme talento, pero no es lo único.

Detrás de la magia que despliega en la cancha Stephen Curry hay toda una rutina de entrenamiento. Este jugador lanza alrededor de 2,000 tiros por semana: mínimo 250 tiros al día y 100 antes de cada juego.

Dice Angela Duckworth -investigadora líder en el tema- que el talento es importante, pero el esfuerzo sostenido o GRIT cuenta doble.

Según esta autora, el talento determina qué tan rápido mejoran nuestras habilidades cuando invertimos esfuerzo. En este sentido, alguien con mucho talento para dibujar avanzará más con la práctica que alguien con menos talento. Por otro lado, el esfuerzo construye habilidades y, al mismo tiempo, las hace productivas. Logramos cosas cuando desarrollamos nuestros talentos con esfuerzo.

Sin esfuerzo, nuestras habilidades, dones o talentos son únicamente potencial no utilizado; no son más que lo que pudimos hacer, pero no hicimos.

El esfuerzo sostenido en el tiempo –la consistencia- hace la diferencia.

¿Cuántas veces iniciamos algo para luego abandonarlo? Compramos un tapete de yoga, lo usamos una semana y luego es una cosa más que acumula polvo en el closet. ¿Cuántos instrumentos musicales, bicicletas estacionarias y pinceles están abandonados en algún lugar de nuestras casas?, ¿Cuántas veces has sentido tristeza al ver que una persona decide no explotar sus talentos?

Podemos pensar en varias combinaciones interesantes…

La primera es talento sin esfuerzo… un desperdicio. La segunda es esfuerzo sin talento… el trabajo te pone en juego, te permite mejorar y avanzar. La tercera es talento más trabajo… aquí es donde sucede la magia.

Con modestas habilidades cada uno de nosotros tenemos una oportunidad. No necesitamos tener genes especiales ni ser genios para lograr cosas o destacar en ciertas áreas. Podemos, incluso, vencer a los más talentosos si es que nosotros hacemos el trabajo y ellos no.

¿Qué erigirías entonces, talento o GRIT?

No sé tú, pero si yo tuviera que completar una misión muy importante en la vida me quedaría con GRIT. Aunque pensándolo bien… los genios usualmente ofrecen tres deseos, entonces… escogería talento, GRIT y todavía me quedaría un deseo más.