Memorias de hoy, momentos de ayer

 

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De unos meses para acá me ha dado por escuchar audiolibros mientras manejo, para que mi tiempo al volante –que en ciertos días es mucho- sea más divertido y provechoso.

Mi audiolibro en turno es “El poder de los momentos”, la publicación más reciente de Chip y Dan Heat. Hasta ahora, me ha parecido interesantísimo y me ha tenido pensando en ideas para escribir un artículo sobre el tema.

Los autores explican que nuestros momentos más memorables están cargados de alguno de estos cuatro elementos: elevación, revelación, orgullo y conexión. No voy a dedicar este espacio a explicar cada uno de estos elementos –quizá en otra ocasión-.

Hoy más bien voy a compartir contigo lo que resultó de la combinación de dos conceptos del libro, una pregunta y una linda experiencia que tuvimos en casa durante el fin de semana.

Así es este proceso de escribir… De pronto piezas sueltas se acomodan para darme algo que decir.

El primer concepto es que recordamos más y mejor los momentos que generan conexión entre personas, esos que estrechan nuestros vínculos con otros, especialmente con quienes más queremos.

El segundo concepto es que las personas tendemos a recordar el final de una experiencia, así como sus mejores o peores momentos y nos olvidamos del resto.

La pregunta que daba vueltas en mi cabeza desde que la escuché era… ¿Cómo podemos crear recuerdos valiosos para nuestros hijos?

Y ahora la experiencia del fin de semana…

Encontré una caja que llevaba tiempo sin abrir. Una caja de cartón café que usamos cuando nos mudamos de casa y arrumbé en algún lugar, mientras le encontraba su lugar. Estaba pandeada por el tiempo, maltratada por el olvido y todavía cerrada con cinta canela. En la parte superior tenía escrito con plumón rojo y letras apresuradas: “Libros niñas”.

Recuerdo que decidí guardar todos los libros de cuentos de mis hijas, a pesar de que ellas –sintiéndose ya grandes- aseguraron que debía regalarlos. Algo me dijo que los conservara.

Abrí la caja y llamé a mis tres. Les pedí que revisaran todos los libros para decidir si querían conservar algunos antes de buscarles nuevos dueños.

Se acercaron y sin mucho interés miraron estando de pie lo que había adentro de la caja. Más pronto que tarde, se sentaron en el suelo para explorar con detalle los ahora tesoros que iban saliendo. Empezaron a escucharse exclamaciones como: “¡este cuento me encantaba!”, “¡este libro era mi favorito!”, “¡wow!… ya se me había olvidado”.

Esos libros que yo pensaba estaban por salir de mi casa fueron recuperando uno a uno su lugar en el estante, luego de ser leídos una vez más.

Mamá… me acordé de cuando me leías “un beso en mi mano” antes de ir al colegio, porque no me gustaba separarme de ti. Me dabas un beso en la mano y me la cerrabas, así como la mamá mapache hacía con Chester, para que me lo llevara al colegio y me lo pusiera en el cachete si sentía miedo o te extrañaba mucho.

 Y yo también me acordé…

Mi cuento favorito era “Adivina cuánto te quiero” porque jugábamos a ver quién quería más a quién y repetíamos mil veces: pero yo te quiero un puntito más. Una vez me dijiste que me querías hasta la luna y de regreso, y como yo no sabía si eso era mucho o poquito te pregunté si la luna estaba cerca o lejos…. Muy muy muy muy muy lejos, dijiste.

Y yo me acordé de lo rico que era abrazarla oliendo a recién bañada cuando la tapaba con la cobija antes de dormir.

A mi me encantaba el cuento de la bruja que aceptaba la ayuda de todas las creaturas de Halloween para arrancar una calabaza gigante del suelo porque quería hacer un pay.

Y a mi me vino a la memoria su maravillosa capacidad para ponerle ritmo a los cuentos. Para ella, cada historia tenía su propia tonada, las letras se convertían en signos musicales y entonces en lugar de leer los cuentos, los cantábamos.

Esa tarde de sábado nos visitaron otra vez gansos que andaban en bicicleta y enloquecían a la granja entera, viejitas que se tragaban murciélagos, jirafas que no querían bailar porque pensaban que no podían, pingüinos, unicornios y hasta aquel niño al que un buen día se le empezaron a caer los ojos, la nariz, la boca y las orejas. Nos acordamos de la Casa Mágica del Árbol y de la Telaraña de Charlotte.

Regresaron a mi mente imágenes de aquellas noches cuando me sentaba en el cuarto de mis hijas a leerles antes de dormir. Cada niña en su cama, el cuarto oscuro para que fueran agarrando sueño, la única luz disponible salía de mi teléfono celular para iluminar la página. Volvieron a mi memoria mis hijas en sus versiones de 4 y 7 años, con sus pijamas de rayas de colores, su peluche favorito y sus pelos locos.

De esa caja aplastada no salieron solo libros. Salieron cataratas de recuerdos y ráfagas de experiencias que construimos alrededor de esos cuentos. Resurgieron momentos invaluables que volvieron a conectarnos en el presente.

Y es verdad… no me acuerdo de lo demás. Se me había olvidado lo difícil y casi imposible que era hacer dormir a mis tres hijas. No me acordaba que seguido me sentía desesperada, cansada y sin muchas ganas de volver a leer el mismo cuento. Ya se me había borrado de la cabeza que leía rápido para acabar más pronto y me quedaba callada esperando que ya estuvieran dormidas.

Ahora me acuerdo sólo de lo bueno y agradezco haber dedicado tantas noches a leer cuentos. No sólo leímos cuentos. Escribimos historias que podemos volver a contar y que nos hacen sentir felices. Creamos momentos poderosos.

Me parece que la respuesta a esa pregunta que traía en la cabeza es sencilla: fabricamos recuerdos para nuestros hijos cuando estando presentes.

Al final… Somos una colección de momentos.

Amigos

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El tema de esta semana se escogió solo y no admitió negociación. Cuando el día en que publicas coincide con el 14 de febrero, día del amor y la amistad, no hay más.

Ayer leí un artículo del New York Times que me atrapó con el nombre: “Si quieres un mejor matrimonio, compórtate como si fueras soltero”. ¿A poco no está sexy el título? Aquí te dejo el vínculo.

Aunque el encabezado logra levantar intrigas, en realidad el objetivo del artículo es resaltar lo importante y necesario que es tener una red sólida de amigos –aunque tengamos una pareja- para sentirnos felices y tener un bienestar emocional sano.

Y es que las parejas tienden, de manera natural, a reducir su mundo a las interacciones entre ellos y a su núcleo familiar. Esto es lo más cómodo, lo más sencillo y lo más practico; sin embargo, no es lo óptimo ni es suficiente.

Los amigos son un ingrediente clave en la felicidad, así que la publicación de hoy va con dedicatoria a la parte del día de San Valentín que se ocupa de la amistad.

Las personas venimos programadas de fábrica para conectar y pertenecer a un grupo. Estar aislados por periodos de tiempo largos es nocivo para nuestra salud.

Vivimos más tiempo y con más salud cuando tenemos lazos sociales estrechos; estudios muestran que la gente que tiene una red amplia de amigos y socializa de manera regular tiene un riesgo de mortalidad un 50 por ciento más bajo que aquellos que no.

Los amigos también contribuyen positivamente a nuestra salud mental. Contar con ellos nos hace menos propensos a experimentar tristeza, soledad, baja autoestima, trastornos alimenticios o de sueño.

Pasar tiempo con amigos tiene consecuencias positivas para la gente que vive con nosotros. Somos mejor idea para nuestra pareja e hijos después de pasar un rato agradable con amistades, pues regresamos recargados de energía, inspirados, más ligeros y, entonces, los recursos personales que ponemos a su disposición son de mejor calidad.

Los amigos agregan sabor a nuestras vidas y entre más diversas sean nuestras amistades, mejor. Vale la pena hacer el esfuerzo por ampliar nuestro grupo social y cultivar nuestra curiosidad para conocer a todo tipo de personas –roqueros, fotógrafos, chefs, deportistas, viajeros, artistas, académicos, apasionado de los vinos, de las mariposas, exploradores, decoradoras, músicos, escritores, estilistas, ejecutivos, etc. Cada persona es una ventana a un mundo diferente al nuestro y descubrimos cosas increíbles cuando tomamos la decisión de asomarnos a través de ellas.

Los amigos son una aventura, son diversión, cada uno de ellos nos complementa de manera diferente y van ganando importancia a medida que nos vamos haciendo viejos.

La frecuencia, la proximidad y el contacto personal son importantes. Compartir el espacio en tercera dimensión y de manera frecuente tiene un impacto mucho más grande en nuestra felicidad que tener contacto a través de una pantalla o sólo de vez en cuando.

Dicen por ahí que los amigos son la familia que escogemos. Y yo no podría estar más de acuerdo con esto. Los vínculos que podemos desarrollar con nuestros amigos pueden llegar a ser igual o más fuertes que con algunos familiares.

Me pongo a pensar en todos los amigos y amigas que han contribuido a mi vida y han dejado su huella. Soy quien soy y estoy donde estoy gracias a cada uno de ellos.

Están los de una clase, los de un viaje, los de temporadas cortas, los de proyectos específicos, los que ya no están. De algunos perdí la pista, pero de nadie su recuerdo. Cada nombre levanta una ola de memorias.

Y por supuesto, están mis amigos de toda la vida. Los que han estado en los momentos más lindos y también en los más duros; que comen dulces con sabor a “comida de perro enlatada” para hacer reír a mis hijas, que pintan obras de arte en cáscaras de pistache o que hicieron posible soportar clases con nombres como “econometría”.

Están mis amigas del alma que saben que no me gusta el melón, que la presión arterial me sube cuando tienen que tomármela, que conocen cada uno de mis achaques y descifran mi estado de ánimo escuchando mi tono de voz. Las que saben qué me da miedo, qué me da risa, qué me mueve; que me llaman justo antes de subirme al avión porque saben que me pongo nerviosa, que fueron rebautizadas por mi papá al mismo tiempo que yo con el nombre científico de una bacteria, que se convierten en puentes para conectarme con lo que quiero y me recuerdan quién soy. Las que me ayudan a detener mi mundo cuando éste amenaza con caerse o doblarme los brazos, las que guardan mis recuerdos como si fueran mi disco duro externo por si acaso un día… comienzo a olvidarlos.

Hoy celebro a todos mis amigos.

¡Gracias por darle sentido a mi vida y abonar de manera tan contundente a mi felicidad!

 

¡Cuidado con las trampas del pensamiento!

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Ayer mientras corría en el gimnasio escuché una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Brian Grazer, famoso productor de cine y televisión; Splash, Apolo 13 y Una mente brillante son algunas de sus películas más conocidas.

Grazer ha dedicado su vida a estudiar la curiosidad. Durante el diálogo con Winfrey explicó que la curiosidad es su fortaleza personal más sobresaliente y relató cómo la ha utilizado para construir su prolífica carrera profesional.

Yo no voy a hablar de curiosidad tal cual en este artículo, sino de las trampas del pensamiento y de cómo podemos salir de ellas siendo un poco más curiosos.

Te cuento como llegué de un tema al otro.

Desde hace varias semanas estoy reflexionado sobre el impacto que tienen las historias que nos contamos en nuestro bienestar emocional. Si quieres leer más sobre esto sigue este vínculo.

Hacia el final de la entrevista, Grazer apuntó que la curiosidad es disruptiva pues altera nuestros puntos de vista.

Esto es importante pues todas las personas estamos atrapadas por nuestra manera de pensar y por nuestra manera de relacionarnos con los demás. Nos acostumbramos a ver el mundo desde nuestra perspectiva y terminamos convencidos de que el mundo es exactamente como lo vemos. Convertimos nuestro punto de vista, en EL punto de vista.

Entonces me acordé de las trampas del pensamiento en las que seguido caemos presos y nos hacen pasar malos ratos.

Cuando nos atrapa una distorsión cognitiva –este es el nombre oficial- corremos el riesgo de entrar en estados emocionales escabrosos que luego influyen negativamente en nuestra conducta.

Algunas de las trampas del pensamiento son:

Todo o nada. Pensamos en los extremos, es blanco o negro, no hay matices de gris. “Si no lo hago perfecto, entonces mejor no hago nada”, “Llevo dos semanas cuidando mi dieta, pero como me comí una galleta ya se arruinó todo completamente”, “Si no puedo llegar a la fiesta justo cuando empiece, entonces mejor no voy”. Nos olvidamos que la mayoría de las cosas ocurren en algún lugar intermedio.

Catastrofismo o sobrestimar el peligro. Exagerar, hacer las cosas más grandes de lo que son, imaginarte que el peor escenario posible, sin importar lo poco probable que sea, está por suceder. Pensar que el avión en el que viajas se va a caer, aunque sabes que es el medio de transporte más seguro. Esto genera mucha ansiedad… ¿Has estado en un avión a 10,000 metros de altura convencido de que en cualquier momento algo saldrá mal? Yo si y tengo que cerrar la boca para que no salga mi corazón corriendo. En esta trampa también es común pensar que no seremos capaces de superar una adversidad o de sobrevivir, “Si repruebo un examen, entonces no voy a graduarme y terminaré viviendo debajo de un puente”.

Sobre generalizar. Hacer afirmaciones contundentes con base en un único dato o experiencia. Usamos las palabras nunca, siempre, todos, nadie. Convertimos un “hoy no puedo acompañarte” en un “nunca me acompañas”; si una amiga se molesta con nosotros brincamos a “todas me odian”; un error se transforma en “siempre me equivoco”.

Adivinar el futuro. Esta es mi favorita, a cada rato caigo en esta. Pensar que sabemos lo que pasará aunque no tengamos una bola de cristal. Sacamos conclusiones con ciertos pedazos de información, conectamos datos para construir una historia y nos casamos con ella. Estamos seguros del significado de cierta situación aunque no tengamos evidencia para probarlo; “El examen va a estar dificilísimo y voy a reprobar”, “nadie va a hablar conmigo en la fiesta”, “Si no revisa su teléfono es porque algo le pasó”.

Leer la mente. Esta también me encanta. Saber exactamente lo que otros piensan de ti… “está pensando que me veo gorda”, “todos están pensando que no debería estar aquí”. En esta trampa también esperamos que los demás sepan lo que queremos o necesitamos, especialmente si se trata de nuestra pareja… “después de tantos años, ya debería saber qué quiero y no debería tener que explicarle”.

Filtro negativo. Nos fijamos exclusivamente en cierto tipo de información, en datos que validan lo que pensamos o sentimos y descartamos todo lo demás. Casi siempre dejamos fuera lo positivo. Resaltamos nuestros fracasos, pero no los logros; nos ponemos tristes porque una persona olvida felicitarnos en nuestro cumpleaños, en lugar de alegrarnos por todas las muestras de cariño que sí recibimos; pensamos que la conferencia que dimos no fue buena porque una persona estaba quedándose dormida, a pesar de que muchas personas se acercaron al final para felicitarnos.

Razonamiento emocional. Sacamos conclusiones del resto del mundo o de otras personas con base en lo que sentimos, en nuestras emociones del momento. Si me siento así es porque tiene que ser verdad; “Si tengo miedo es porque el avión se va a caer”, “Si me siento apenada es porque no sirvo para nada”, “Si me siento triste significa que no me quiere”.

Estas son algunas de las trampas de pensamiento más comunes. Cuando caemos en ellas, nuestros pensamientos negativos influyen en nuestras emociones y en nuestra conducta.

¿Qué hacemos entonces?

Aquí es donde podemos recurrir al poder disruptivo de la curiosidad para encontrarle un ángulo diferente a la historia que nos estamos contando y encontrar alternativas útiles para salir del atascadero mental.

Curiosidad para preguntarnos: ¿Qué información estoy dejando fuera?, ¿Qué más podría estar pasando?, ¿Qué tal si en lugar de adivinar, mejor pregunto?, ¿Qué ha pasado otras veces que me he sentido así?

La curiosidad puede ayudarnos a acercarnos a otras personas para complementar nuestra información, conocer su punto de vista en lugar de asumir que lo conocemos, hacer preguntas, retar nuestros pensamientos, ser un poco más humildes y reconocer que existen diferentes maneras de ver el mundo.

Podemos elegir practicar la flexibilidad de pensamiento. Yoga mental para estirarnos cada día un poco más y mantener el equilibrio.

Carta de despedida al yo que no fui

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La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Margarita Tarragona, experta en Psicología Positiva, hablar sobre el papel tan importante que juegan las historias que nos contamos a nosotros mismos en nuestro bienestar emocional.

Margarita compartió con nosotros muchas ideas muy interesantes, pero a mi me dejó pensando una en especial: “el yo posible perdido”, “las identidades posibles perdidas” o “las versiones posibles de mi que no fueron”.

Lo que nunca fue, lo que casi fue, lo que dejó de ser… Todo eso que tiene un lugar en el cajón de los “hubieras”.

El “yo posible” se define como una representación personalizada de una meta de vida importante.

Nuestras identidades posibles perdidas son, entonces, una representación personalizada de una meta de vida importante que no se cumplió y pueden tener muchas formas y colores.

Quizá soñabas con casarte para formar una familia, pero no encontraste o no has encontrado a la persona indicada; aspirabas a ser bailarina profesional, pero tuviste que retirarte antes de tiempo por una lesión; deseabas estudiar arte, pero te obligaron a estudiar ingeniería; terminaste una carrera, pero no la ejerciste porque te dedicaste al hogar; soñabas con ser abuela, pero tus hijos no quisieron ser padres; pensabas que tu matrimonio era para toda la vida, pero terminó; querías ese puesto en la empresa, pero se lo dieron a alguien más; querías ser piloto de aviones, pero el examen de vista que te hicieron como parte del proceso de admisión te descartó como candidato.

Me puse a pensar en mis versiones posibles que nunca fueron y pude sentir su peso. Me di cuenta que cargo con ellas, las tengo guardadas en el fondo de algún rincón; pero de vez en cuando, salen para dibujarse en mi mente y despiertan emociones incómodas.

También pensé que sería bueno despedirme de todas ellas, dejarlas ir para andar más ligera, para disfrutar de mis versiones que sí son, hacerle lugar a nuevas versiones posibles o simplemente para ser mi mejor versión el día de hoy. Algo así como cuando sacamos del clóset la ropa que nunca usamos.

Laura King, académica de la Universidad de Missouri, explica que pensar en lo que pudo ser o en un yo posible perdido es receta para el arrepentimiento, la decepción, humillación, tristeza y el enojo. Cuando nos atrapa el “hubiera” nuestro bienestar se deteriora.

La desilusión, los contratiempos, cambios de dirección, los errores son parte de la vida y, sin duda, pueden ser muy duros. Al mismo tiempo, reconocerlos y asimilarlos puede convertirse en una oportunidad de transformación y en una señal de madurez.

Es importante despedirnos de lo que pudo ser o de quien pudimos ser. Para avanzar es necesario decirle adiós a los planes que no se hicieron, a las promesas no cumplidas, soltar los sueños que quedaron solo en eso y hacer las paces con situaciones que no queríamos, pero que igual llegaron.

Logramos ser personas más felices cuando reconocemos las pérdidas –identidades posibles que no fueron-, pero no nos dejamos consumir por ellas y nos mantenemos enfocados a las metas presentes -en nuestra mejor versión posible- y creemos que algo bueno está por venir.

Una estrategia que puede funcionar es escribirle una carta de despedida a cada una de esas versiones de nosotros mismos que no pudieron ser o a esa versión que más nos duele no haber sido.

Elaborar sobre ese posible yo que se perdió, reconocerlo, darle las gracias y luego dejarlo ir potencialmente pude liberarnos, mejorar nuestra sensación de felicidad y fomentar nuestro crecimiento personal.

Cuando era una niña tuve que despedirme de esa identidad mía que encontraría la manera de comunicarse con la mente de los animales pero que nunca se hizo realidad. Unos años después tuve que decirle adiós a mi versión posible de gimnasta que iría a las olimpiadas porque nunca superó el miedo a la viga de equilibrio. Más adelante dejé ir a mi yo posible de fotógrafa y escritora de la revista National Geographic para convertirme en economista de profesión dedicada a los datos duros y al mundo corporativo. A esa versión… la abandoné también. También quise ser tía consentidora de todos mis sobrinos, pero la vida me los puso lejos.

Parte de la magia está en nuestra capacidad de rediseñarnos. Nunca descifré el lenguaje de los animales, pero igual hablo con mis perros. No me convertí en gimnasta profesional, pero el ejercicio es un eje central de mi vida. No fui fotógrafa ni escritora de National Geographic, pero tomo fotos y escribo este blog. No me dediqué a la economía, pero encontré la manera de usar lo que aprendí ahí en otra área de las ciencias sociales.

En fin, hay muchas versiones de mi misma que se quedaron en el tintero, pero que dejaron la huella del “y si hubiera…”. Aún tengo pendiente despedirme de varias.

Me parece que un par de preguntas que pueden ayudarnos en estos procesos de remodelación personal son: ¿Qué parte de lo que quería ser me acompaña hoy, me ayuda a sentirme bien y a ser mi mejor versión posible?, ¿Qué recursos, habilidades y fortalezas tengo para construir nuevas posibilidades para mi en el futuro?

Pensemos en historias nuevas que contarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Y tú… ¿Cómo quieres ser recordado?

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En memoria de Rodrigo Sánchez Celis

Tenía planeado dedicar el artículo de esta semana al tema de hábitos para seguir trabajando en la construcción de nuestros propósitos de año nuevo –propósitos que sí se cumplan-.

Pero hoy, la vida me sorprendió con una noticia muy triste. Rodrigo, compañero de carrera y amigo desde entonces, adelantó su viaje al cielo sin avisar.

En las últimas semanas se han ido personas cercanas. Han sido días tristes, de duelos, ceremonias de despedida y palabras para celebrar sus vidas.

Me dejan pensando.

Cada vez que alguien querido se va, nos vemos obligados a reacomodarnos en su ausencia. Recogemos los recuerdos que nos dejaron por todos lados en un intento por llenar el hueco y los buscamos en sus recetas, su sazón, en sus cuadros, fotos, poemas, frases, anécdotas, mensajes, enseñanzas.

Cerramos los ojos, delineamos sus caras y casi podemos escuchar su voz, casi podemos olerlos, casi podemos sentirlos. Siguen días que no sabemos exactamente cómo vivir, pues lo que era ya no es. Asimilar el espacio vacío no es cosa fácil.

Cada vez que alguien se va, nos recuerda que la vida es ahorita. Que debemos quitar el piloto automático para reconocer que hoy estamos aquí, pero que no sabemos por cuánto tiempo más. Que no dejemos ir los días sin exprimirlos, sin vivirlos. Que no dejemos ir los días sin ser nuestra mejor y autentica versión.

Hagamos un esfuerzo por andar sin disfraz, por dejarnos ver, hacer lo que nos gusta, nos inspira y decirle a la gente que queremos cuánto la queremos.

Un ejercicio poderoso para tratar de descubrir nuestro propósito de vida consiste en pensar cómo queremos ser recordados cuando ya no estemos… ¿Qué te gustaría que dijeran de ti tus seres queridos cuando te vayas?

Construyamos recuerdos útiles para los que se queden cuando a nosotros nos llegue la hora. Que nos rememoren activos, involucrados, apasionados, entregados, auténticos, libres, generosos.

Hay que irnos de aquí sabiendo que dejamos todo en la cancha.

Hace años que no te veía Rodrigo, pero siempre te sentí cerca. A lo mejor porque nacimos el mismo día, del mismo año. Fue siempre divertido compartir el cumpleaños contigo. El reto era ver quién de los dos enviaba la felicitación primero y reconozco que ganaste todas las veces… imposible ganarle a tus puntuales felicitaciones a las 12:00 am. Recordaré siempre con cariño ese semestre en que nos dio por compartir una bolsa de Rufles verdes todos los días entre clases, ahí sentados en las escaleras frente a la cafetería de la universidad. Por cierto, siempre supe que apretabas la bolsa por abajo esperando que yo no comiera más papas que tú, pero… ¿adivina qué? yo hacía lo mismo cuando me tocaba detenerla. Recordaré siempre todas las risas que me patrocinaste, las carcajadas indiscretas y descaradas, los chistes ocurrentes y atinados. Recordaré tu amor por el medio ambiente. Recordaré siempre esa sonrisa tuya tan completa, que no escatimaba en nada. Que lindo coincidir contigo aunque fuera por un rato, Rodrigo.

Abrazos hasta el cielo. Descansa en paz.

Entre la Navidad y el Año Nuevo

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Me gustan los días callados entre la Navidad y el Año Nuevo.

Me gustan las calles vacías, las tiendas cerradas, las horas lentas, el olor del recalentado, las comidas largas, las películas en familia y los espacios de reflexión que invariablemente aparecen entre un ciclo que termina y otro que comienza.

Bajamos la velocidad y nos detenemos a mirar en cámara lenta todo lo que pasó y nos pasó durante esos doce meses que volaron como en oferta de “al dos por uno”.

Hacemos el recuento del año que está por terminar para concluir si el balance fue positivo o no tanto. Repasamos lo que funcionó y lo que no; lo que hicimos y no debimos haber hecho o lo que debimos haber hecho, pero no hicimos.

Marshall Goldsmith propone que deberíamos hacernos seis preguntas todos los días. Cada una de ellas empieza con la frase: ¿Hice mi mejor esfuerzo para…? Esta manera de preguntar es poderosa pues obliga a responsabilizarnos de la respuesta y nos da una buena idea sobre qué es lo que debemos hacer o falta por hacer.

Te comparto el vinculo a su video, en caso de que quieras conocer sus seis preguntas.

Yo me quedo solamente con su frase de inicio y te invito a que pongamos el año que está por irse bajo la lupa de siete aspectos muy asociados con la felicidad.

La idea es reflexionar qué tan hábiles fuimos para cuidar, construir y mejorar nuestro bienestar emocional y, con base en esto, establecer nuestras intenciones para tener una vida más plena y feliz durante el año que está por comenzar.

  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para fortalecer mis lazos sociales? Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestras conexiones sociales. De fábrica venimos cableados para conectar y pertenecer a una comunidad. Entonces… ¿Hice mi mejor esfuerzo para dejarle saber a la gente que quiero cuánto la quiero, mostré afecto, di cariño y comuniqué admiración?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para ayudar a crecer a alguien, reconectar con viejas amistades o hacer nuevos amigos?, ¿Interactúe con diferentes tipos de personas, acepté oportunidades para socializar, estreché mis vínculos en el trabajo? Y también importante… ¿Hice mi mejor esfuerzo para alejarme de personas tóxicas y deshacer relaciones conflictivas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cultivar la Gratitud? Tiene que ver con notar los pequeños detalles, lo bueno que nos pasa, lo que sí tenemos, sí podemos hacer y las personas que sí están con nosotros queriéndonos, apoyándonos y contribuyendo positivamente en nuestras vidas. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ver mis días bajo un lente de abundancia, logré detectar los momentos lindos y buenos?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para mostrarle agradecimiento a todas las personas que hicieron y hacen algo por mi?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para practicar la generosidad? Cuando contribuimos positivamente en la vida de alguien más nuestra sensación de bienestar aumenta. ¿Hice mi mejor esfuerzo para ser generosa con mi tiempo, atención, mis palabras y mi conocimiento?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para detectar micro oportunidades para ayudar y hacer una diferencia positiva en la vida de alguien más?, ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar el medio ambiente y proteger a los animales?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi salud?. Nuestro cuerpo es el único lugar que tenemos para vivir. Hacer ejercicio –movernos de manera natural-, comer sano y dormir suficiente es clave para cuidar nuestro bienestar. Tomando en cuenta lo anterior… ¿Hice mi mejor esfuerzo para cuidar mi alimentación, estar activa físicamente, dormir suficiente y monitorear temas de salud?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para habitar y disfrutar el presente? Las personas más felices viven y disfrutan el momento actual. Pasar mucho tiempo recordando el pasado genera sentimientos de nostalgia y depresión; mientras que pensar constantemente en el futuro produce ansiedad. ¿Hice mi mejor esfuerzo para mantenerme en el momento presente, hacer pausas e involucrar todos mis sentidos para notar lo bonito alrededor, para darle toda mi atención a las personas que tuve frente a mi y concentrar mi energía en una tarea a la vez?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para acércame a mi propósito de vida? Las personas más felices pueden articular en una frase corta la razón por la que se levantan cada mañana –sin contar la alarma del despertador-. Nuestro propósito de vida está en la intersección de lo que nos apasiona, lo que sabemos hacer, nuestros valores, fortalezas personales y sentido de trascendencia. ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me gusta, me inspira, usar mis fortalezas, seguir mi curiosidad, dar pasos en dirección a mis sueños y acércame a mis metas?
  • ¿Hice mi mejor esfuerzo para hacer lo que me hace feliz? Una vida feliz es una colección de momentos agradables que podemos identificar o crear. ¿Hice mi mejor esfuerzo para dedicar tiempo a hacer lo que me gusta, me divierte y me llena?, ¿Generé espacios en mi semana para andar en bicicleta, leer, pintar, aprender algo nuevo, escribir, correr, hablar con mis amigas?

Haciendo el recuento de mi año puedo concluir que, si bien hice mi mejor esfuerzo en varios aspectos, también me quedé muy corta en otros. Después de repasar mi año a la luz de estos conceptos tengo mucha más claridad sobre dónde debo esforzarme más para mejorar mi experiencia de bienestar y felicidad.

Si queremos tener una vida más plena y feliz empecemos por definir una intención en cada uno de estos siete aspectos para el 2018 y seamos consistentes en preguntarnos, al final de cada día, si hicimos nuestro mejor esfuerzo para cumlir.

Dejemos en el 2017 todo lo que no funcionó, los problemas, los resentimientos, las desilusiones, las ataduras, los miedos, las amistades que no dan para más, las relaciones fallidas. Llevemos al 2018 lo que hicimos bien y nuestros sueños.

Aprovechemos la hoja en blanco para escribir una nueva historia.

¡Mis mejores deseos para ti en 2018!

http://www.bienestarconciencia.com/

https://www.linkedin.com/in/nicole-fuentes-356646b4/

Una Navidad para conectar

christmas tree

La Navidad está a la vuelta de la esquina y estoy decidida a bajarme desde ya del tren Expreso Polar con destino a la locura.

Para esta Navidad tengo tres intenciones.

Mi primera intención, al igual que el año pasado, es pasar los siguientes días muy a la “Hygge”.

Este es un concepto de Dinamarca que representa un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Aquí te dejo el vínculo a un artículo con ideas para crear momentos y disfrutar una Navidad a la “hygge”.

Mi segunda intención es conectarme de lleno con mi gente. Los lazos sociales son el ingrediente clave para una vida sana, plena y feliz.

“Desconectar para conectar” dice una frase que se ha vuelto útil y muy usada para recordarnos sobre la importancia de guardar nuestros aparatos electrónicos e interactuar con las personas que tenemos al frente.

¿Qué tal si en esta Navidad nos despegamos del ruido de las redes sociales, habitamos el momento presente y compartimos el espacio con nuestras personas favoritas?

Aprovechemos la oportunidad de estar juntos para fortalecer nuestros vínculos, iniciar conversaciones, perpetuar anécdotas e historias familiares, crear momentos que luego serán recuerdos para intercambiar en el futuro, compartir experiencias, reír hasta que duela, filosofar.

Bajémonos del tren de las compras frenéticas características de estas épocas. No hay cosa material, ni regalo que vendan en una tienda que llene más el corazón de una persona que momentos de compañía, calidez, conexión, amabilidad y amor.

Dejemos de buscar triques en los estantes de las tiendas y de intercambiar cosas. Mejor regalemos atención plena, presencia, ojos para ver el alma, oídos para escuchar lo importante y abrazos para sentir.

Mi tercera intención es contagiarte las ganas de intentar lo mismo que yo.

¿Te suena?

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Te deseo una Navidad llena de conexión!

 

Decir “NO” para ser feliz

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En los últimos años he desarrollado una relación importante con la palabra “NO”.

Me parece que el universo andaba tratando de enviarme un mensaje pues empecé a tropezarme por todos lados con artículos, frases y capítulos en libros que hablaban sobre la importancia de pronunciar esta corta pero fundamental palabra… Esencial para ser libre, auténtico y feliz.

Decidí atender el llamado y armarme de valor para permitir que uno que otro “NO” atravesara la barrera de los dientes.

Hoy te cuento lo que he encontrado y aprendido sobre el tema.

Si no es un contundente “SI”, entonces es un “NO”. Para detectar esta diferencia es necesario crear una pausa antes de tomar una decisión y escuchar lo que dicen nuestro cuerpo y nuestra voz interior. Si algo brinca debajo de la piel es imperativo poner atención.

Cuando algo se siente fuera de lugar, no te mueve y se siente pesado es un “NO”. El cuerpo te habla de mil maneras –quitándote el sueño, revolviéndote el estómago, arrugándote la frente, torciéndote el cuello, contrayéndote la garganta-.

Si algo te inspira, te llama, te ilumina y sientes chispa es un contundente “SI” –un proyecto aunque no sea pagado, una invitación, un trabajo voluntario, una idea, cuidar a tus sobrinos, una oportunidad de viaje-. Un verdadero “SI” se siente en todos lados.

La razón detrás. ¿Cuántas veces has dicho “SI”, cuando en realidad querías decir “NO”? Quizá perdiste la cuenta igual que yo. Aceptamos peticiones de último momento, invitaciones y nos hacemos de compromisos para luego agonizar cuando llega el momento de cumplir. Empezamos a fabricar pretextos, discursos mentales y excusas para salir del aprieto. Es una tortura.

¿Por qué hacemos esto? La mayoría de las veces para agradar y quedar bien con los demás. Decimos que sí porque hemos aprendido que así obtenemos el cariño de la gente, así logramos pertenecer y construir una linda imagen de nosotros mismos.

Sentimos temor a decir que no porque pensamos que seremos rechazados, descartados, perderemos valor o caeremos de la buena estima de alguien.

Tenemos que construir nuestra habilidad para decir que no y aprender a perder el miedo a decepcionar a los demás, de lo contrario corremos el riesgo de ahogarnos en el caudaloso río de peticiones.

Cuando estés frente a una invitación, una oportunidad o te pidan un favor hazte una pregunta: ¿Por qué voy a decir que “SI”?… Si la respuesta es sólo “para que me quieran o para quedar bien” esa es una excelente razón para decir que NO.

Dos tipos de “NO’s”. Están los “NO’s” grandes que tienen que ver con poner límites o ponerle un alto a situaciones complejas. Abandonar relaciones abusivas, deshacer amistades con personas que te hacen menos, renunciar al contacto con un padre destructivo, dejar de ser el banco familiar, abandonar el puesto de rescatista, cerrarle los fondos a un hijo que no se toma enserio los estudios, aceptar que algo no te gusta y no quieres hacerlo más, reconocer que ya no eres la misma persona de antes y tienes intereses nuevos. En otras palabras, renunciar a la toxicidad en la vida que nos limita a ser nosotros mismos.

Están los “NO’s” chiquitos que aparecen por todos lados, todos los días: favores, vueltas, galletas, aventones, visitas, cenas, compromisos, etc. Estos pueden ser más complicados porque parecen inofensivos, pero cuando menos te das cuenta saturan tus días.

Seguimos diciendo que sí, aunque todo dentro de nosotros grita que no. Esto es desgastante y resta felicidad. Tenemos que fortalecer los músculos del “NO” y estar dispuestos a pasar por el rato amargo y aguantar los efectos secundarios de pronunciar y sostener un “NO”… Sin duda, las personas que están acostumbradas a contar con nosotros incondicionalmente reaccionarán con resistencia y reclamos al cambio.

Tu intención. ¿Qué quiero Yo? Cuando decimos a todo y a todos que “SI” corremos el riesgo de repartirnos y quedar tan delgados que ya no queda margen para nosotros ni para lo que verdaderamente quisiéramos hacer. Primero tenemos que pertenecernos a nosotros mismos y dejar lugar disponible para ese poderoso “SI” cuando aparezca.

“No” es una frase completa. Dice Anne Lammot que no tenemos que dar más explicaciones… “No, gracias”, “Esta vez no” es más que suficiente.

Aprendamos a decir que no a personas, ideas, invitaciones, compromisos, proyectos. Practiquemos decirle que no al miedo, a las creencias e ideas preconcebidas que sólo sirven como ataduras.

Decir “NO” muchas veces no es el problema, sino la solución.

Medidas de emergencia para los días oscuros

StaySafe

Sin lugar a dudas, todos tenemos días en que amanecemos arrastrando el ánimo por el suelo.

De esos que desde que abrimos los ojos lo único que queremos hacer es volver a cerrarlos o que alguien nos haga el favor de pasarle la página al calendario y nos brinque un día para no atravesar por las horas.

Días tristes, cansados, frustrados, faltos de energía o días que empiezan bien pero se descomponen a medio camino.

A veces tenemos la opción de quedarnos más tiempo en la cama, salir a caminar tres horas, de leer un buen rato, de tomarnos un día libre, de cancelar o posponer obligaciones.

Estos oasis de tiempo fuera son un respiro y nos dan la oportunidad de reponernos. Pero con frecuencia no son opción porque tenemos que funcionar y cumplir.

Los niños tienen que ir al colegio, hay que ir a trabajar, el bebé tiene hambre y necesita cambio de pañal, toca la presentación de la reunión semanal de tu equipo, es necesario llevar a la mamá al doctor, es el examen final, hay posada en casa de tu jefe, etc.

Caroline Adams Miller y Michael B. Frisch explican que es muy importante tener bien identificadas actividades que nos ayuden de manera rápida y efectiva a mejorar nuestra sensación de felicidad.

En otras palabras, “shots de felicidad” –puedes pensar en este término como si se tratara de los caballitos para bebidas característicos de los bares que tienen poca cantidad y se toman de tirón- medidas de emergencia o micro acciones para mejorar el ánimo y seguir con más calidad nuestro día.

Es importante que cada uno de nosotros tengamos a la mano una lista con medidas de emergencia sanas y de efecto inmediato. La clave está en pensar en muy pequeño; en acciones que puedas hacer en 5 minutos, 3 minutos, 1 minuto o hasta en 30 segundos.

Por ejemplo, ver un video que te haga reír, tomar un café o un vaso de agua, respirar profundo tres veces, llamar a una amiga por teléfono, escuchar tu canción favorita, estirarte, ver tus fotos preferidas, recordar un momento feliz, leer un par de frases inspiradoras, aventarle la pelota al perro, voltear a ver el cielo o a las montañas. Acciones que te gusten, funcionen y requieran de poco tiempo.

Te sugiero que siempre hagas una pausa y realices un chequeo rápido para identificar cómo te sientes o qué sientes. Con frecuencia puede ser algo como hambre, sed o sueño. Cuando estamos absortos en la rutina o ejecutando una tarea tras otra, nos olvidamos de los más básico como comer, tomar agua o hacer una siesta para recuperar la energía.

La parte de tener a la mano la lista es importante –pegada en el espejo, en la puerta del refrigerador, junto a tu cama, en la computadora-. Cuando estamos en un estado emocional negativo nos cuesta trabajo recordar estas estrategias, literalmente pareciera que andamos a oscuras… tener esta lista en un lugar visible puede ser equivalente a prender la luz.

Y tu… ¿Qué vas a poner en tu lista? Comparte algunas ideas en este espacio. Podrían funcionarnos también.

El mejor momento de tu día

toddler

“Los puntos sólo se unen hacía atrás” decía Steve Jobs y justo así me llegó el tema para este artículo… conectando una serie de eventos pasados.

La idea fue agarrando forma mientras corría en una máquina del gimnasio. Invariablemente, así como pasa la banda bajo mis pies, pasan cientos de cosas por mi cabeza. Algunas veces, uno que otro pensamiento decide quedarse y transformarse al ritmo del trote en un tema para compartir en este espacio.

Recién había pasado la celebración de Acción de Gracias en Estados Unidos y pensé en escribir sobre la gratitud, pero decidí que no, pues ya le he dedicado un par de artículos. Entre pasos, me acordé de un ejercicio muy lindo para apreciar lo bueno en nuestras vidas que se llama “el mejor momento del día”, de ahí brinqué a identificar cuál había sido mi mejor momento del día anterior y en ese recuerdo encontré qué decir.

Mi mejor momento fue patrocinado por una de mis personas favoritas en el mundo. Tiene 18 meses de edad, es completamente encantador y tiene una fuente inagotable de energía.

Jugamos un rato en el parque bajo su dirección. Subimos y bajamos escaleras, dejamos caer piedritas por un resbaladero de cemento, fuimos al columpio, acción al máximo. Y de pronto y de la nada… este motor de año y medio se acostó boca arriba sobre el pasto para ver el cielo.

Relajado, quieto, en paz.

Me quedé parada viéndolo esperando que brincara de regreso a la vertical y saliera corriendo, pero él se quedó decididamente instalado en su posición horizontal. Sentí el impulso de acompañarlo. Hice lo mismo, me tiré en el pasto y nos quedamos varios minutos viendo al mundo desde abajo.

Ese pequeño momento fue grande por varias razones, sobre todo ahora que lo veo hacia atrás y reflexiono sobre todo lo que me hizo pensar y sentir.

Sin palabras todavía, pero con un dedo que comunicaba todo, este chiquito me señaló el pedazo de luna que empezaba a asomarse por detrás de las ramas de un árbol, las mariposas que volaban por encima de nosotros. Llevándose el dedo al oído me hacía saber que era momento de escuchar e identificar los sonidos alrededor y supongo que al quedarse inmóvil, me transmitía que el objetivo era sentir.

Minutos de silencio, de pausa, de simpleza, de tocar raíces, de habitar el presente, de apreciación y asombro.

No importa qué tan acelerados estemos, siempre podemos elegir hacer una pausa. Tenemos la opción de correr, subir, bajar y girar sobre nuestro propio eje a mil revoluciones por segundo. También tenemos la opción de parar. No importa qué tan agitados estemos en un momento, podemos decidir qué tan calmados queremos estar en el siguiente.

Verlo a él acostado en el piso mirando al cielo me conectó con mi propio deseo de hacer tierra. Me dio la oportunidad de recordar lo delicioso que es, de pensar desde hace cuánto tiempo no lo hacía y cuestionarme por qué no lo hago. El zacate, césped, pasto o como le llames siempre está disponible.

Me hizo pensar que todavía no se desprende de lo esencial. Quizá es porque recién empieza a vivir. Me asusta pensar que con los años, las obligaciones y las expectativas se aleje de ese lugar auténtico. ¿Cuándo es que nos despegamos de lo fundamental?, ¿Por qué dejamos de jugar?, ¿Por qué nos volvemos complicados?, ¿Por qué dejamos de andar descalzos y tirarnos boca arriba para ver las estrellas?

Me trajo al momento presente. Esta pausa inesperada se convirtió en una oportunidad para sentir curiosidad, asombro y apreciar el mundo a mi alrededor usando todos los sentidos. Vamos siempre en piloto automático sin percibir, sin sentir la vida.

La felicidad está en lo simple. En tirarte sobre el pasto para ver un pedazo de luna detrás de los arboles y las mariposas al pasar. Un momento pequeño puede ser grande si nos detenemos para crearlo y disfrutarlo.

Esos minutos fueron mi mejor momento del día. Primero porque estaba con él. Luego porque vi el mundo desde otro punto de vista, recordé cuánto me gusta la luna e hice una nota mental para voltear a verla, porque sentí paz habitando el presente.

Y también porque me hizo pensar en lo fácil y accesible que es crear momentos felices, de calma y tranquilidad si tan sólo decidimos parar.

Nota: El ejercicio “tu mejor momento del día” es una herramienta poderosa para practicar la gratitud y apreciar las cosas buenas en tu día. Cada noche, antes de irte a dormir, escribe cuál fue el mejor momento de tu día y describe brevemente por qué. A pocos días de comenzar con este ejercicio comenzarás a notar que andas por tus días buscando y notando momentos positivos que serán candidatos a ganarse el puesto en tu colección y te sentirás más feliz.

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