Cómo regalar felicidad esta navidad y no morir en el intento (otra vez)

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La locura del fin de semana me hizo recordar este artículo que escribí hace tiempo sobre la locura de la época navideña.

No hay cómo esconderse de las omnipresentes invitaciones a gastar y del sentido de urgencia, de “ahora o nunca”, que transmiten los incansables bombardeos publicitarios y que terminan por traducirse en ansiedad.

Vuelvo a leer y nada ha cambiado.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

¿Cómo explicar la incapacidad del ingreso adicional para generar más felicidad? Las comparaciones sociales, la trampa del estatus y la costumbre son sospechosos comunes.

Las comparaciones sociales son tóxicas. Cuando nuestros amigos manejan un carro promedio, podemos sentirnos a gusto con el nuestro… hasta que lo cambian por uno más lujoso. Nuestros deseos están altamente influenciados por los miembros de nuestro círculo social (familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos) y virtual (YouTubers, Influencers, etc.) Vivimos en contextos sociales determinados y constantemente nos comparamos. Y en esta comparación no es importante la cantidad absoluta de dinero, sino la cantidad relativa. Tendemos a ser más felices cuando sentimos que nuestra posición es relativamente mejor que la de los demás. Pero ojo aquí. No importa qué tan buena seas, qué tan bonita tengas tu casa, qué tan importante seas en el trabajo, que tan guapo estés o qué tan a la moda te vistas… siempre habrá alguien un puntito mejor. No hay como ganar esta. Haz un esfuerzo por no caer en el juego de las comparaciones sociales y practica la gratitud con respecto a lo que tienes. Recuerda esto sobretodo en enero que es cuando veremos todo lo que Santa le trajo a los demás.

Con frecuencia gastamos dinero en bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (botas UGG, carros de lujo, iPhone 11, etc.). Una bolsa Louis Vuitton guarda artículos personales tan bien como una bolsa común y corriente, pero la primera además confiere estatus a quien la usa. Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –que pagamos a 24 meses sin interés-. Cuando gastamos en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de la gente se empareja el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional. Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

La costumbre también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en objetos a los que nos habituamos rápidamente (zapatos, ropa de marca, joyas, casas, etc.). Éstos nos dan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. Nos acostumbramos. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses.

Entonces, ¿Cómo podemos gastar nuestro dinero esta navidad y siempre de manera que produzca una mayor y más duradera felicidad?

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un viaje, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Cuando la gente evalúa sus compras valora más las experiencias. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala un paseo, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un tiempo mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?

Existe una manera para comprar más felicidad y es gastando el dinero adicional en otros. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás, por ejemplo, donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en situaciones difíciles.

Finalmente, si tienes dinero extra paga deudas. La ciencia y, el sentido común, dicen que nos sentimos más tranquilos cuando no tenemos compromisos económicos pendientes.

Recuerda evitar las comparaciones sociales y caer en la trampa del estatus, deja de gastar dinero en cosas materiales a las que te acostumbras rápidamente y más bien gástalo en experiencias o inviértelo en los demás. Siguiendo estas recomendaciones podrás regalar a los demás y a ti mismo una felicidad de efecto más prologando esta navidad y no morir en el intento… Otra vez.

 

Lazos sociales: La mejor inversión para una vida sana y feliz

Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestros lazos sociales. Si tuvieras que elegir solamente un elemento sobre el cual apalancar tu felicidad tendría que tener forma de persona. Las relaciones interpersonales son el pilar de nuestro bienestar.

La fortaleza de tus conexiones sociales –con amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo, etc.- está estrechamente ligada a tu felicidad de largo plazo. La gente que tiene lazos personales sólidos es menos propensa a experimentar tristeza, soledad, depresión, baja autoestima, duerme mejor, tiene mejor salud y vive más tiempo.

Hace unos 75 años arrancó en la Universidad de Harvard el estudio más largo que se ha hecho para entender qué nos mantiene sanos y felices a lo largo del tiempo. Desde 1938 han seguido y explorado con detalle la vida de alrededor de 700 hombres. Éstos fueron divididos en dos grupos. En el primero estaban jóvenes estudiantes de Harvard provenientes de familias privilegiadas y con futuros prometedores. Mientras que el segundo grupo estaba formado por chavos de los barrios más pobres y marginados de Boston con situaciones de vida complicadas y expectativas inciertas. Todos ellos fueron y siguen siendo sometidos a entrevistas, encuestas de bienestar y todo tipo de exámenes médicos. Además se han registrado los eventos más destacados o trascendentes en sus vidas.

Como se imaginarán, a lo largo de 75 años pasaron muchas historias. Algunos jóvenes se convirtieron en abogados, otros en médicos, algunos se hicieron muy ricos o muy pobres. Uno de ellos, John F. Kennedy, se convirtió en Presidente de Estados Unidos. Algunos tuvieron problemas con el alcohol o sufrieron a causa de enfermedades mentales. Algunos se casaron, tuvieron hijos, otros se divorciaron, unos murieron. Los que aún viven andan ya por los 90 años.

¿Qué nos mantiene sanos y felices a lo largo de la vida? No es la fama, ni el dinero, ni el poder. Según los hallazgos del estudio, la decisión más importante que podemos tomar en términos de nuestra salud y felicidad es invertir en nuestros lazos sociales. Hacer un esfuerzo deliberado por estrechar y nutrir nuestras conexiones personales es la inversión con el mayor retorno en felicidad. Robert Waldinger, actual director del estudio, hace un resumen de los resultados más impactantes en su conferencia de TED. Vale mucho la pena verla.

Tener tanta ciencia aportando evidencia contundente sobre la importancia de nuestros lazos sociales para ser felices está súper. Pero este es uno de esos temas que en realidad no necesita de pruebas científicas para convencernos de su importancia. La vida nos enseña cada día que nuestros momentos más plenos, felices, emocionantes, gratificantes, inspiradores, tristes, dolorosos, miserables o escalofriantes tienen que ver con otras personas.

Cuando alguien importante no está presente, cuando un ser querido se va para siempre o cuando ese alguien especial decide seguir su camino sin nosotros, sentimos que nos ahogamos en dolor, tristeza y ansiedad. Nuestra felicidad recibe un knockout. Casi nada puede rellenar el agujero que produce la ausencia de un ser querido. En cambio, cuando tenemos cerca a nuestras personas favoritas lo demás… es lo de menos. Todo tiene remedio cuando nos sentimos completos y acompañados. Disfrutamos más lo bueno que nos pasa cuando podemos compartirlo con alguien más. ¿O no?

Este tema da para mucho y seguiremos hablando de relaciones interpersonales en siguientes publicaciones. Pero entre ésta y la siguiente te invito a hacer un ejercicio muy sencillo para fortalecer tus conexiones sociales.

Revisa la lista de contactos en tu celular y elige una persona. Escríbele un mensaje breve -como un Tweet de no más de 140 caracteres- donde le expreses agradecimiento, admiración o simplemente cariño. Manda el mensaje y regresa a contarnos cómo te fue. En especial si, inmediatamente después de recibir tu mensaje, esa persona te llama para preguntarte: ¿Todo bien? ¿Te pasó algo? ¿Qué tienes? Aquí te dejo un video para que te inspires.

Si quieres hacer de este ejercicio un hábito, programa una alarma semanal en el calendario de tu teléfono que te recuerde escribir y mandar un mensaje lindo a alguien más. Se siente bien. Ya verás.

 

 

 

“La generosidad es el único egoísmo legítimo”

Una persona muy generosa y querida para mi, con frecuencia citaba la frase de Mario Benedetti que está en el título y luego agregaba “es imposible no sentirte bien y feliz luego de ayudar a alguien”. Siempre tuvo razón.

La generosidad y la felicidad van de la mano. Cuando practicamos la generosidad y contribuimos positivamente en la vida de alguien más nuestra sensación de bienestar aumenta.

Practicar la generosidad tiene un montón de beneficios y nos induce a un estado emocional positivo. Ser generoso literalmente se siente bien. Cuando ayudamos a otra persona se activa en nuestro cerebro la misma zona que cuando hacemos algo para nosotros mismos, por ejemplo comprar ese algo que hace tiempo queríamos, comer nuestro chocolate favorito o recibir un beso de alguien importante. Nuestro cerebro asocia los actos de generosidad con placer, conexión y confianza.

Practicar la generosidad mejora la percepción que tenemos de nosotros mismos. Ayudando a otros nos sentimos útiles y crece nuestra confianza con respecto a lo que sabemos y podemos hacer. Pero también nos distraemos de nuestros problemas; al ser generosos quitamos el énfasis en nosotros mismos y cambiamos “yo” por “nosotros”. En otras palabras contribuir positivamente en la vida de los demás da sentido a nuestras propias vidas.

La generosidad debería empezar en casa. Promoverla entre nuestros seres queridos se traduce en cosas buenas para nuestros hijos. Según estudios, niños y adolescentes que crecen en ambientes donde se practica la generosidad tienen menos embarazos no deseados, son menos propensos a abusar de sustancias como drogas o alcohol y tienen menos índices de suicidio.

¿Cómo podemos practicar la generosidad?

Da a las personas con quienes coincides un micro momento de amor, compasión o calidéz. Extraños, vecinos, el cartero, la niña que empaca las bolsas en el súper, el personal de limpieza en cualquier lugar, el guardia de la puerta, tus hijos, tus papás. Conecta con un saludo, con una sonrisa, con un gesto que trasmita que sabes que están ahí. Dice Maya Angelou que “Las personas olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir”.

Atiende las cosas simples. Detecta oportunidades para hacer una pequeña diferencia. Lava los platos el domingo en la mañana, acompaña a un amigo al doctor, cede el paso cuando manejas, acércate a preguntarle a alguien ¿cómo estas?, dale de comer a un animal callejero, recoge el papel de basura tirado en el parque, saluda. Cuando realizas una acto de generosidad inicias una cadena de cosas buenas ya que promueves que la persona que lo recibe a su vez ayude a alguien más. Hay un dicho anónimo que dice “Es difícil regalar la generosidad porque siempre regresa”. Aquí te dejo el vínculo a un video lindo e inspirador.

Una parte importante de las cosas buenas que me han pasado en lo profesional tienen su origen en la generosidad de una persona. Un pequeño detalle de su parte hizo toda la diferencia para mi, pues gracias a él pude estudiar la maestria. Su gesto de generosidad consistió en atenderme durante su hora de comida, aunque él no tuviera nada que ver con los procesos de asignaciones de becas. Se me hizo tarde por tráfico en la carretera y cuando llegué a las oficinas de Conacyt justo habían cerrado. Desde su escritorio en el fondo me hizo señas para que entrara –yo creo que se compadeció de mi cara de angustia-, escuchó mi historia mientras mordía su sandwich y me dijo: “yo no tengo nada que ver con esto, pero explica en este papel lo que me estás contando y yo se lo doy a la persona que venías a ver”. Me dió una hoja blanca y una pluma Bic azul. Ahí sin mucha esperanza escribí lo que necesitaba y me fui pensando que se me había escapado la oportunidad de estudiar fuera de México. Un par de semanas después recibí una llamada donde me avisaban que me daban la beca. Una cadena de pequeños actos de generosidad.

Para ser generoso no necesariamente tienes que regalar o donar dinero. Puedes ser generoso con tu tiempo, con tu presencia y atención, con tus palabras, con tus conocimientos, con tu mirada, con tu sonrisa. No tienes que ir hasta África para arreglar el tema del ébola. Recuerda que estás rodeada de oportunidades para contribuir en pequeño. Ayuda desde donde estás, en el momento que estás, con los recursos que tienes y con la gente a tu alrededor.

Recuerda… “es imposible no sentirte bien y feliz luego de ayudar a alguien”.

 

¿Qué hacer cuando sentir gratitud es difícil?

Me preguntó una lectora la semana pasada luego de publicar el artículo La gratitud es la actitud de la felicidad.

“Me gustaría saber cómo practicar la gratitud cuando tienes un evento negativo en primer plano –en mi caso dolor- , que predomina sobre todo lo demás y no te deja ver lo positivo”

Sentir gratitud y felicidad es fácil cuando todo va bien. Es algo así como ser mamá. Lindo y gratificante si tu creatura se despide de ti con un beso tronado, un abrazo apretado y un “te quiero mucho” cuando la dejas en el colegio, pero no tanto cuando se baja del carro aventando la puerta y gritando a todo pulmón que “eres la peor mamá del mundo” por decirle que no puede tener un caballo en su recámara, aunque técnicamente si quepa.

¿Cómo sentir gratitud si una de tus personas favoritas tiene una enfermedad crónica o terminal? ¿Cómo sentir gratitud después de un accidente, un secuestro o luego de perder el trabajo? ¿Cómo sentir felicidad si tu hijo adolescente tiene un problema de adicción? ¿O cuándo alguien querido muere? ¿Qué hacer con los conflictos y las rupturas familiares? ¿Qué si el dinero no alcanza? ¿Cómo ver el lado positivo si tienes depresión y ansiedad? ¿Y qué cuando es todo al mismo tiempo?

Hay un diferencia importante entre sentir y practicar gratitud. En los días pesados y en las épocas más espinosas es difícil sentir gratitud pero es justo cuando más útil es practicarla. En tiempos de desastre una actitud de gratitud no sólo ayuda, sino que es esencial. Robert Emmons explica que la gratitud es una decisión, una actitud que resiste el flujo de las altas y bajas en la vida. Es una perspectiva desde la cual podemos ver la vida en su totalidad y no sentirnos abrumados por circunstancias temporales -puedes leer su artículo aquí-.

La gratitud tiene muchos beneficios. Entre otras cosas, funciona como antídoto contra las emociones difíciles, mejora la salud y estrecha nuestros lazos sociales.

¿Qué hacer entonces para practicar la gratitud ante eventos o temporadas difíciles? Existen muchos ejercicios sencillos y efectivos. Aquí vamos describir brevemente algunas ideas. Pero si quieres leer con más detalle o explorar más opciones sigue este vínculo.

Acuérdate de lo malo. Piensa en los peores momentos de tu vida, eventos traumáticos, pérdidas, enfermedades, etc. Ahora date cuenta que ya NO estás ahí. Quiere decir que lo superaste. Lograste recuperarte de la muerte de tu madre o de tu hija, saliste adelante después de tu divorcio, abandonaste una relación abusiva, encontraste otro trabajo y pagaste tus deudas. Hoy estás aquí.

Piensa en muy pequeño. Si estás de mal humor, triste o tienes dolor físico crónico y te cuesta trabajo sentir gratitud tómate un momento para mirar a tu alrededor. Encuentra una o dos cosas que te hagan sentir bien con respecto a la vida que tienes. Un colibrí afuera de la ventana, un mensaje de texto, una comida rica, una foto de un viaje o las papas que están creciendo en tu jardinera. Notar los pequeños detalles fomenta la sensación de gratitud.

Recurre a la básica. Mis estudiantes y yo empezamos cada clase escribiendo tres cosas buenas que nos hayan pasado en los últimos días y compartimos una con el resto del grupo. A veces sucede que alguien se queda pensativo mirando el papel y lo deja en blanco. Cuando llega su turno dice algo parecido a “todo me ha salido mal, no puedo pensar en nada bueno”. Esto se vale. Hay días o cadenas de días que preferiríamos brincarnos. Cuando esto pasa recurrimos a la básica. Todos jalamos aire. Inhalamos y exhalamos profundamente una vez. ¿Qué significa esto? Quiere decir que estamos vimos y que estamos juntos.

La básica –respirar- te ayuda a recordar que estas aquí, que tienes este momento. Y ya esto es un motivo para sentirte agradecido.

Incluso si hoy te despertaste con la noticia de un nuevo vecino indeseable en el barrio.

La gratitud es la actitud de la felicidad

La gratitud es una de las herramientas más poderosas y efectivas para aumentar nuestra sensación de bienestar. Según estudios científicos cultivar consistentemente la gratitud hace posible elevar nuestras emociones positivas hasta en un 25 por ciento.

Practicar la gratitud va más allá de decir gracias y consiste más bien en desarrollar un sentimiento profundo de agradecimiento con la vida. Tiene que ver con notar lo bueno que te pasa, lo que sí tienes, lo que sí puedes hacer y las personas que sí están contigo queriéndote, apoyándote y contribuyendo positivamente en tu vida. La gratitud permite ver la vida a través de un lente de abundancia, en lugar de un lente de escases.

En ocasiones, la gratitud también está en darte cuenta de lo que no sucedió, de lo que te salvaste, de lo que casi pasó pero no pasó.

Robert Emmons, Profesor de Psicología de UC Davis en California, explica que la definición de gratitud tiene dos elementos. El primer elemento es una afirmación de lo bueno y el segundo es una atribución.

Hacemos una afirmación de lo bueno cuando reflexionamos sobre nuestra vida en general o los momentos cotidianos y reconocemos las cosas lindas que tenemos y que nos pasan. Esto no quiere decir que la vida es perfecta o que no hay problemas y dificultades. Quiere decir que somos capaces de resaltar lo bueno. El secreto está en hacer pausas, observar y agradecer antes de seguir, como dice David Steindl-Rast en su conferencia de TED “Si quieres ser feliz, sé agradecido”. No te la pierdas.

Viajamos en este tren de vida en que todo tiene que ser grande, glamoroso, brilloso, monumental y espectacular si no, no importa. Nos han entrenado para pensar que una vida ordinaria no tiene chiste. Sin embargo, son los pequeños detalles ordinarios, como señala Brené Brown los que hacen una vida extraordinaria.

¿Pequeños detalles? Reírte hasta que te duela, enamorarte, agua caliente para bañarte, un café al despertar, un mensaje, un sueño bonito, las risas de tus hijos, nadie delante de ti en la fila del súper, una sorpresa, el olor de la tierra mojada. Pequeños detalles son también esos que más hacen falta cuando ya no los tienes. La imagen de tu papá leyendo el periódico, las llamadas de teléfono de tu mamá, los abrazos apretados y los besos pegajosos de tus hijos cuando eran chiquitos.

El segundo elemento en la definición de gratitud es una atribución y consiste en descubrir el origen de las cosas buenas que tienes y te pasan. Si te preguntas ¿De dónde vienen? en la gran mayoría de los casos encontrarás que detrás de cada una de tus bendiciones están las acciones de otras personas. Practicar la gratitud consiste también en agradecer lo que otros hacen o han hecho por ti. Lo chiquito y lo grande.

¿Cómo hacemos para incorporar la gratitud a nuestra vida? o ¿Cómo activamos la felicidad del día a través de la gratitud? Existen dos ejercicios simples y efectivos para elevar nuestra sensación de bienestar utilizando la gratitud.

Para entrenar a tu cerebro a notar lo positivo de tus días o de tu vida en general haz el ejercicio “Tres Cosas Buenas”. Cada noche antes de dormir piensa en tres cosas que te hayan hecho sentir bien, que hayas disfrutado, que te hayan hecho reír. Por ejemplo, mi hijo adolescente llegó de buen humor, recibí la llamada de una amiga, mi familia está completa, terminé mi trabajo.

Si te gusta escribir puedes comenzar un diario de gratitud. Una vez por semana escribe todo aquello de lo que te sientas agradecido, momentos agradables, experiencias positivas. Cuando escribimos recordamos y volvemos a vivir. Este diario también sirve para esos días en que piensas que nada te sale bien o que el mundo te persigue. Regresas a tu diario y encuentras la evidencia: tu vida no apesta, sólo estás teniendo un mal día.

Decíamos que el otro componente en la definición de gratitud tiene que ver con reconocer que mucho de lo bueno en tu vida es producto de las acciones de alguien más -un consejo, una enseñanza, una conexión con alguien más, un gesto con tu familia, apoyo en un momento difícil-.

Agradecer personalmente tiene un efecto positivo en ti y en la persona que recibe tu gesto de gratitud. Walter Green describe en su libro “This is the Moment” el poderoso efecto de agradecer personalmente. Además nos invita a hacerlo ahora, mientras las personas estén todavía aquí.

Haz una lista de personas que han hecho o hacen una diferencia positiva en tu vida. Escribe un mensaje o carta de agradecimiento describiendo su contribución y entrégalo –personalmente, por teléfono, mensaje de texto o simbólicamente si es que la persona ya no está-. Te sentirás mucho más feliz y en paz. Aquí te dejo el vínculo al video de Soul Pancake para que veas lo increíble que es este ejercicio. Anímate a hacerlo y regresa a contarnos cómo te fue.

Yo de paso aprovecho para agradecerte a ti por leer y compartir esta publicación.

 

La felicidad es el placer de los sabios

“El placer es la felicidad de los locos, la felicidad es el placer de los sabios” dijo el escritor novelista francés Jules D’Aurevilly. Y es que placer y felicidad no son la misma cosa. No toda la felicidad es igual y es importante conocer la diferencia. Existen la felicidad momentánea o placer y la que perdura en el tiempo.

La felicidad momentánea está asociada al placer, a sentirse bien en el instante y tiene un efecto efervescente, fugaz o de corta duración. Casi siempre es generada por un estímulo externo y más bien tiene como fin evitar el dolor o el sufrimiento.

La felicidad en el tiempo viene del interior, tiene un efecto de larga duración e incluye los momentos difíciles que nos reparte la vida. La construimos cada día y es el resultado de cultivar nuestros lazos sociales, tener un sentido de vida y propósito definido, cuidar nuestra salud, practicar la gratitud y alcanzar nuestras metas personales, entre otras cosas.

Ciertas acciones que generan placer también contribuyen a la felicidad en el tiempo. Hacer ejercicio, ayudar a otros, pasar tiempo con la gente que queremos, por ejemplo, generan una sensación placentera instantánea y además abonan a nuestro bienestar de largo plazo (mejor salud, sentido de vida, lazos sociales estrechos)

Por otro lado, algunas actividades o conductas tienen el potencial de poner en riesgo nuestra bienestar futuro. Para evadir el dolor o el sufrimiento, por ejemplo, podríamos generar placer abusando del alcohol, apostando o comprando compulsivamente. Estas acciones se sienten bien en el momento pero pueden tener un impacto negativo más adelante.

Es importante alinear lo que nos genera placer temporal con nuestra felicidad en el tiempo. Construimos nuestro bienestar futuro con momentos y experiencias cotidianas.

Vamos a concentrarnos en la felicidad del momento presente. Aunque te parezca extraño, casi siempre dejamos la felicidad para después. Para el lunes, el siguiente mes, el próximo año o cuando cierta condición se cumpla. Si te suenan conocidas frases como “Voy a ser feliz cuando me promuevan en el trabajo”, “Voy a ser feliz cuando me case”, “Voy a ser feliz cuando baje de peso”, “Voy a ser feliz cuando esté de vacaciones” es que has caído victima de la Trampa del Cuando y la felicidad siempre te queda a la vuelta de la esquina.

¿Cómo hacemos para generar o reconocer momento agradables ahorita? Lo primero es identificar las actividades que nos ayudan rápida y efectivamente a mejorar nuestra sensación de felicidad.

Piensa en lugares, personas, actividades, experiencias que te producen emociones positivas. ¿Qué te gusta hacer? ¿Qué disfrutas? Correr, pasar tiempo con tus hijos, tocar el piano, pintar, cantar, ver un atardecer, tejer, andar en bicicleta, jugar futbol, pasear al aire libre, surfear, tomar café con tus amigas, cocinar, leer, aprender algo nuevo, escuchar música, investigar, meditar. ¿Cómo te gusta pasar el tiempo libre? ¿Cómo te gustaría pasar el tiempo? ¿Qué te gustaba hacer antes de que tuvieras hijos o trabajo que saturaran tu tiempo? Escríbelas en una lista.

Ahora piensa ¿Qué tan seguido las haces? Los días se nos resbalan como arena entre los dedos mientras recorremos la lista repetitiva e infinita de lo que tenemos que hacer –trabajo de oficina, súper, tintorería, vueltas al colegio, partidos de soccer, clases de baile, citas con el dentista, revisar tareas, preparar la comida-. Los meses vuelan en automático. ¿No me crees? ¿Ya viste cuánto falta para Navidad?

Revisa la lista que escribiste de las cosas que te hacen sentir bien, saca tu agenda y genera un espacio en tu calendario para hacer una de ellas. Decide deliberadamente meter lo que disfrutas en tu agenda y empieza hoy. Aunque sea miércoles.

 

 

 

 

 

 

 

Una buena parte de nuestra felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días

La felicidad parece estar de moda. Por todos lados aparecen las palabras “felicidad” y “bienestar”. El tema es citado por comunicadores o presentado por expertos en programas de televisión, radio, conferencias, artículos de revistas y redes sociales.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) publica desde el 2012 el Reporte Mundial de la Felicidad, un resumen donde podemos conocer la felicidad promedio de 157 países, entre otras cosas.

Sin embargo, el estudio científico de la felicidad no es nuevo. Comenzó hace unos 75 años cuando grupos de investigadores en diferentes partes del mundo se dieron a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas y cuáles son los rasgos o características que distinguen a las personas más felices.

Sonja Lyubomirsky, académica de la Universidad de California, explica en su libro “La Ciencia de la Felicidad” la receta del Pay de la Felicidad: 50% genes, 10% condiciones de vida y 40% comportamiento.

Aproximadamente el 50% de las diferencias en la felicidad de las personas está determinado por la genética, en otras palabras, la programación que viene de fábrica. Esto quiere decir que si tuviéramos un grupo de individuos geneticamente idénticos –por ejemplo los gemelos- aún así tendrían diferentes niveles de felicidad y el 50% de estas diferencias quedaría sin explicación.

El 10% de las variaciones en la felicidad es explicado por las condiciones o circunstancias de vida –si somos ricos o pobres, si estamos casados, divorciados o solteros, si tenemos muchos estudios o no tantos, si vivimos en una ciudad grande o en una pequeña, en un mansión o en una casita, si nuestra salud es buena o regular, etc.- ¿Qué quiere decir esto? Pregunta Lyubomirsky, quiere decir que si sacáramos una varita mágica e igualáramos las condiciones de vida de las personas -misma casa, misma pareja, mismo lugar de nacimiento y mismos dolores- podríamos explicar únicamente un 10% de la diferencia en sus niveles de felicidad y un 90% quedaría en la dimensión desconocida.

Aquí empieza a ponerse interesante. Si la genética y las condiciones de vida explican sólo el 60% de las diferencias en la felicidad de las personas, ¿Qué pasa con el 40% restante? ¿Qué más determina la felicidad?

Nuestro comportamiento. Una buena parte de nuestra felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días.

Lo anterior ha llevado a la ciencia a concluir que la clave de la felicidad no está en cambiar nuestra información genética –aunque quizá en un futuro podamos hacerlo- ni en cambiar nuestras circunstancias de vida, sino en modificar nuestros hábitos y conductas diarias.

Detente un momento a pensar cómo vivimos nuestros días. Dedicamos gran parte de nuestro tiempo, energía y recursos a mejorar nuestras condiciones de vida, al 10%. Trabajamos más horas para ganar más dinero, comprar más cosas, estudiar en colegios de lujo, mejorar nuestra apariencia física y vivir en casas más grandes. En el proceso, los papás pasan mucho tiempo en la oficina y poco tiempo en casa, las mamás trabajan –en la oficina, en la casa o en los dos lugares- y manejan horas en las tardes para llevar niños a clases que no les gustan. Y a todo esto hay que sumarle el millón de eventos sociales a lo que asistimos más por cumplir que por gusto.

Somos extremadamente ineficientes en la manera en que buscamos ser felices. La fórmula de la felicidad no es universal ni unitalla. Sin embargo, la ciencia ha mostrado que las personas más felices practican la gratitud, son generosas, tienen lazos sociales sólidos, aprecian lo que tienen en lugar de fijarse en lo que les falta, son activas, optimistas y viven en el presente. En otras palabras, atienden más ese pedazo que explica el 40% de las diferencias en la felicidad y dedican menos tiempo y energía a preocuparse por ese 10%.

Aquí es necesario hacer una nota. Cuando una persona no tiene los recursos necesarios para cubrir sus necesidades básicas y su entorno es complicado, el peso asociado a las condiciones de vida podría ser mayor que 10%. Para generar mayor felicidad es necesario dedicar tiempo y energía a generar más ingreso, por ejemplo, para cubrir estas necesidades y aliviar la carga.

Pero si este NO es tu caso, tus necesidades básicas están cubiertas y tus condiciones de vida son cómodas, la sugerencia que te hace la ciencia para vivir más feliz es distinta. Dedica tu tiempo, energía y recursos a practicar la gratidud y la generosidad o a aprender algo nuevo, en lugar de comprarte otra bolsa, otros zapatos o algo más de ropa. El iphone 7 también puede esperar.

 

¿Conoces tu nivel promedio de felicidad?

Probablemente no.

¿Conoces tu nivel de colesterol, glucosa en la sangre o tu presión arterial? Probablemente sí. Estamos acostumbrados a medir y monitorear distintos aspectos para cuidar nuestra salud física, pero no hacemos lo mismo con la salud emocional. No dedicamos tiempo a reflexionar sobre nuestra felicidad y mucho menos a medirla. Esto no hace ningún sentido, pues si la felicidad es el “por qué” detrás de todo lo que hacemos deberíamos saber qué tan felices somos, de dónde obtenemos nuestra felicidad o por dónde se nos escapa.

Una de las recomendaciones que más escuchamos para cuidar nuestra salud física es realizarnos un chequeo médico una vez el año, que entre otras cosas, incluye análisis clínicos. Vamos en ayunas a poner el brazo y luego de unas horas el laboratorio entrega un reporte con nuestros resultados.

En este reporte identificamos nuestros niveles específicos en diferentes parámetros y vemos si se encuentran dentro del rango que delimita lo “normal”. El doctor revisa nuestros resultados y si algún indicador anda fuera del área permitida nos dice que hacer para regresarlo, sentirnos bien y funcionar como debemos.

Para cuidar nuestra salud emocional también tenemos que checar cómo andan nuestro nivel de felicidad y el grado de satisfacción que sentimos en diferentes aspectos de nuestra vida. Queremos estar en la zona donde nuestro estado emocional es positivo, sentimos alegría, tranquilidad, motivación, buen nivel de energía e interés en lo que hacemos.

Existen pruebas rápidas para medir la felicidad. Una manera muy sencilla de medir la tuya consiste en responder la siguiente pregunta:

Tomando en cuenta todos los aspectos de tu vida en general (Familia, amigos, trabajo, hobbies, salud, etc.) en una escala del 1 al 10, donde 1 es nada feliz y 10 es muy feliz, ¿Qué tan feliz te consideras?

¿Ya tienes un número en la cabeza? Estoy segura que sí. Ahora que ya tienes un indicador de tu felicidad, ¿Qué hacemos con él?. Ubicar tu nivel de felicidad te da un punto de referencia que te permite hacer dos tipos de reflexiones.

Supongamos que tu número es un 6. Ahora piensa ¿Qué tendría que pasar para que tu felicidad fuera un 7 o un 8? ¿Qué estarías haciendo? ¿Qué problema estaría resuelto? ¿Qué recursos tendrías? ¿Qué aspecto de tu vida estaría mejor? ¿Cómo pasarías tu tiempo? Hacer este ejercicio te ayuda a visualizar algunas avenidas de acción para mejorar tu felicidad.

Por otro lado, ¿Qué hacemos si tu número está en la zona baja de la escala de felicidad en un 4, por ejemplo?. La reflexión que debes hacer es la siguiente: ¿Qué estás haciendo bien y evita que seas un 2 o un 3? ¿Qué funciona? ¿Cómo puedes construir sobre lo que sí sale bien? ¿Cuál aspecto de mi vida no está funcionado óptimamente?

Además de conocer tu nivel promedio de felicidad es importante reflexionar sobre el grado de satisfacción que sientes en diferentes aspectos de tu vida o el tipo de emociones que experimentas con más frecuencia pues esto agrega información importante para tu bienestar. Después de todo, tu felicidad promedio aumenta cuando atiendes de manera individual cada uno de los aspectos específicos de tu vida, por ejemplo, tu trabajo, tus relaciones familiares, el uso de tu tiempo.

Te dejo el vínculo a la página del Centro de Psicología Positiva de la Universidad de Pensilvania, uno de los más prestigiados en el mundo, donde podrás encontrar diferentes cuestionarios para medir tu bienestar emocional. Date la vuelta por la página, responde algunas de las escalas relacionadas con la felicidad y regresa a compartirnos algo que hayas aprendido con respecto a tu felicidad.

https://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/es/home

 

 

¿Qué es la felicidad?

¿Te lo has preguntado alguna vez?

Y con esto lo que quiero lograr, en realidad, es hacerte pensar si alguna vez te has detenido a definir formalmente el concepto felicidad, así como si tuvieras que redactar una descripción precisa para un diccionario.

¿Lo has hecho?

Lo más probable es que no y no pasa nada, porque para sentir felicidad no hacen falta definiciones exactas ni escrupulosas. Todos de alguna u otra manera sabemos cómo se siente estar feliz.

Usamos la palabra felicidad para describir emociones positivas –alegría, armonía, tranquilidad, calma, paz, euforia, satisfacción- y usamos las expresiones “me siento feliz” o “soy feliz” en diferentes maneras y situaciones. Por ejemplo, si hacemos una evaluación de nuestra vida en general y concluimos que ésta va bien expresamos “soy feliz”. Algunas veces decimos “soy feliz” porque así soy yo, la felicidad es un rasgo de mi personalidad, así vengo de fábrica. También usamos la palabra felicidad para representar la emoción momentánea que detona un evento particular como “celebré mi cumpleaños con todos mis amigos, ¡qué felicidad!”. O también podemos usar este término para describir a una experiencia sensorial, “el calor del sol en mis brazos me hace sentir feliz”.

Ante la tarea de explicar el significado de felicidad con frecuencia recurrimos a cosas que nos hacen sentir felices, por ejemplo, “unos cuantos libros, unos cuantos viajes y unas cuantas chelas” o describimos estados emocionales que generan esa sensación de felicidad “estar en paz conmigo misma, hacer lo que me gusta, estar en armonía con la gente que quiero, tener salud, disfrutar el momento presente, aceptar la realidad, ponerle buena cara al mal paso”. Todo esto produce felicidad, pero no es una definición del concepto de felicidad.

Las personas no necesitamos una definición de felicidad para sentirla o saber qué nos hace felices. Pero para medirla, estudiarla y descifrarla, los investigadores y académicos sí necesitan una formalísima definición, de lo contrario andarían por el mundo explorando cada quien una cosa distinta.

Es así que la ciencia decidió ponerse de acuerdo bajo la siguiente definición: “La felicidad es el grado en que una persona evalúa la calidad de su vida en general como favorable” o es “el grado de satisfacción que una persona obtiene de sus circunstancias personales”. En la primera definición la palabra clave es “evalúa”. La felicidad desde un punto de vista académico es una percepción y es subjetiva. Incluso, el nombre científico de la felicidad es Bienestar subjetivo.

Dado que la felicidad depende del grado de satisfacción que una persona obtiene de sus circunstancias personales o de la evaluación que hace de su vida en general, la felicidad es entonces algo muy flexible y relativo. Algunas personas pueden ser felices con muy poquito y bajo condiciones de vida objetivas muy complicadas; mientras que otras, son poco felices teniendo en apariencia de bienes y privilegios casi todo lo que se puede desear. En este sentido, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la felicidad depende de la calidad del lente con que observa cada espectador.

¿Y a ti qué te dice tu lente sobre el grado de felicidad en tu vida?

Te dejo pensando en la pregunta anterior y con un ejercicio que te ayudará a explorar qué tan feliz eres:

Tomando en cuenta todos los aspectos de tu vida en general (Familia, amigos, trabajo, hobbies, salud, etc.) en una escala del 1 al 10, donde 1 es nada feliz y 10 es muy feliz, ¿Qué tan feliz te consideras y por qué?

 

 

 

Ser feliz es como tener puesto el traje de Batman

Las personas compartimos el deseo de ser felices y detrás de este deseo está el por qué de todo lo que hacemos. Esta es una razón suficiente para afirmar que la felicidad es importante, pero no es la única. La felicidad es más que una sensación placentera. Es un mecanismo que induce un estado emocional que nos da ventajas para jugar en la vida colocándonos en mejor posición de cancha y con recursos de mayor calidad.

Las hormonas que libera nuestro cerebro cuando estamos en un estado emocional positivo –dopamina, serotonina, oxitocina- abren el acceso a la zona VIP de nuestros recursos y capacidades personales. Éstos forman parte de nuestro repertorio, pero están almacenados y podemos activarlos sólo cuando nos sentimos felices, alegres, motivados o con energía. Estas sustancias químicas funcionan como un combustible de alto desempeño o como el traje de Batman que potencia la inteligencia, agilidad y funcionamiento de Bruce Wayne. Es más, podríamos pensar en Batman como la versión feliz de Bruce Wayne.

Cuando estamos bajo los efectos de estas hormonas aumenta nuestra inteligencia cognitiva. Nuestros centros de aprendizaje retienen, organizan y recuperan mejor la información. Pensamos más rápido, somos más creativos, analizamos y resolvemos problemas más complejos. Incluso, experimentos de seguimiento ocular (eye-tracking) muestran que nuestra visión periférica se expande, entonces detectamos más oportunidades y reducimos el riesgo de accidentarnos.

Nuestra inteligencia emocional también es superior cuando nuestro cuerpo está inundado de hormonas positivas. Nos comunicamos mejor, colaboramos más, sentimos empatía y confianza hacia los demás. La habilidad para conectarnos crece y la calidad de nuestras interacciones sociales también.

¿Cómo se traduce todo lo anterior en beneficios tangibles en nuestra vida diaria? La felicidad es como tener puesto el traje de Batman. Cuando nos vestimos con ella tenemos acceso a nuestros recursos de mayor calidad y funcionamos mejor en todos los ámbitos. La ciencia tiene evidencia sólida al respecto.

Las personas más felices viven en promedio más tiempo y con mejor salud pues sus sistemas inmunológicos son más resistentes. Tienen mejores interacciones sociales y redes de apoyo más sólidas. Sus probabilidades de conseguir pareja son mayores –sonríen más y esto las hace más atractivas- y una vez que la consiguen tienen mejores posibilidades de quedarse con ella. Aquí tienes una idea para tu siguiente cita: sonreír te hace más atractiva.

Los papás y mamás que además son individuos felices son mejores padres. Cuando estamos contentos, motivados y con energía nos involucramos con nuestros hijos, mostramos afecto, tenemos más paciencia, nos interesamos por sus actividades y modelamos comportamientos positivos. Generamos un ambiente de armonía y estabilidad que le viene bien a todos.

En la escuela, los niños y adolescentes más felices tienden a ser mejores estudiantes. Sus calificaciones son buenas, participan en actividades extracurriculares, tienen una buena red de amigos, sus interacciones sociales son positivas, los maestros los quieren –y les toleran más- , son mejores deportistas y se rinden menos fácilmente. Todo esto los pone en una posición de ventaja cuando llega la hora de salir a buscar trabajo pues sus credenciales son atractivas para las empresas.

Las personas felices también son mejores empleados. Llegan más temprano, faltan menos –tienen mejor salud-, trabajan mejor en equipo, atienden bien a los clientes, son más leales a la empresa, se accidentan menos, son más creativos e innovadores y venden más. Estas características son buenas noticias para las empresas pues afectan positivamente las utilidades. Por otro lado, los empleados relativamente más felices reciben mejores evaluaciones en sus reportes de desempeño, tienen mayores sueldos y son promovidos más rápido. Desarrollar la habilidad de ser feliz es una excelente idea si quieres crecer dentro de tu organización pues resalta tus competencias. Te conviene.

La ciencia prueba contundentemente que la felicidad tiene consecuencias positivas en todos los aspectos de nuestra vida. Pero si esta evidencia no es suficiente para convencerte de que ser feliz es importante, entonces recuerda los días en que te levantas cansada, enojada, deprimida y estresada. Piensa cómo funcionas y cómo te relacionas con los demás. ¿Ya? Ahora compáralos con un día en que te sientes motivada, con energía y feliz. Muy diferente. ¿Verdad?

Ser feliz es el por qué detrás de todo lo que hacemos y tiene consecuencias positivas por todos lados. Todos queremos ser felices. Pero hasta ahora no hemos dicho qué es la felicidad. ¿Te has puesto a pensar qué es la felicidad?

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