Fuerza de voluntad: Ingrediente fundamental para lograr tus propósitos

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Tengo una pregunta para ti…

¿Cómo vas con tus propósito de año nuevo?

Estamos en la segunda semana de enero. Quizá aún estás motivado y cumpliendo con tus objetivos a cabalidad. Pero no te confíes…

Estamos acercándonos a la zona de peligro: el tercer lunes del año, que ha sido bautizado en Estados Unidos como “el día más deprimente del año”, pues es cuando una enorme cantidad de propósitos salen volando por la ventana. Alrededor de estás fechas nos alcanza la rutina, regresa la sobrecarga de trabajo y llegan los estados de cuenta con el resumen de todo lo que gastamos durante la época navideña.

Nuestra fuerza de voluntad, que pensábamos era de acero e infinita, empieza a quebrarse, las tentaciones son cada vez más difíciles de combatir y lentamente –o de trancazo- regresamos a nuestro modo “default” o automático, a ese que es conocido, fácil y dominamos con los ojos cerrados.

Cambiar nuestros hábitos y conductas requiere de autocontrol –fuerza de voluntad-, así que hablemos un poco sobre este concepto.

Nuestra fuerza de voluntad es como un músculo. Se cansa luego de un periodo de uso intenso, necesita descanso para recuperarse, mantenimiento para conservarse y, con ejercicios de repetición en el tiempo, crece y se fortalece.

¿Te ha pasado que se te hace tarde en la mañana para ir al gimnasio, te propones ir en la tarde saliendo de la oficina y cuando llega el momento estás tan cansado que dices “mejor voy mañana”?, o ¿Te ha pasado que le dices setenta veces “no” a una de tus hijas que insiste en tener un caballo en el jardín de la casa y luego llega la otra para preguntarte si puede cenar helado de chocolate y le dices que “si”?, o ¿Llegas a tu casa más temprano, tienes tiempo para leer o completar un pendiente, pero prendes la televisión y te avientas 4 capítulos de la serie en turno?

Nuestra fuerza de voluntad se debilita a medida que avanza el día porque nos cansamos. El esfuerzo que hacemos para mantener el control en diferentes frentes es desgastante. Nuestra capacidad de autocontrol se consume de la misma manera que el combustible de avión durante el vuelo.

¿Qué agota nuestra fuerza de voluntad? Tratar de complacer a todos a nuestro alrededor, controlarnos para no mandar a volar a un jefe que no respetamos, hacer muchas cosas al mismo tiempo, convencer a otras personas para que hagan lo que queremos, no opinar, esconder nuestras emociones, tratar de pertenecer y agradar, tomar decisiones de todo tipo durante el día, dormir pocas horas, pasar largos ratos sin comer o tomar agua.

Te comparto un dato que me parece interesante… Si te invitan a un bautizo a media mañana, por ejemplo, y logras mantenerte lejos de los tamales, el pastel y el chocolate caliente durante la celebración, tus probabilidades de sucumbir a tentaciones más adelante en tu día son mayores. ¿Por qué? Porque utilizaste una dosis grande y concentrada de tu fuerza de voluntad disponible y llegas a la tarde con el tanque casi vacío.

La calidad de las decisiones que tomamos baja considerablemente cuando estamos cansados y podemos caer en uno de dos escenarios: decidimos de manera irresponsable o precipitada –compras, consumo de alcohol, sexo, comida, Netflix, gritos- o sucumbimos al “status quo” y dejamos todo para después.

¿Como podemos cuidar nuestra fuerza de voluntad?

Atención plena. Es importante identificar los momentos en el día en que nos sentimos más cansados, así como las actividades que más nos desgastan. Si sabes que las primeras horas de la mañana no son lo tuyo, entonces no decidas levantarte a hacer ejercicio muy temprano.

Los básicos en orden. Para conservar nuestra fuerza de voluntad es fundamental comer sano, estar activos y dormir suficiente. Cuando estamos deshidratados nuestra capacidad de enfoque disminuye; cuando pasamos largos ratos sin comer, baja el nivel de glucosa y esto hace que nuestro cuerpo “pida” carbohidratos de rápida absorción –galletas, dulces, donas-.

Bienestar emocional. Es muy difícil comprometernos con algo y mantener la motivación cuando nos sentimos tristes, asustados, ansiosos. Nuestra fuerza de voluntad crece cuando nuestro bienestar emocional es positivo.

Simplificar. Tomar decisiones agota. Hace un tiempo leí que Barak Obama, Ex-Presidente de Estados Unidos, se vestía únicamente con trajes de color azul o gris y dejaba que otros se encargaran de los detalles mundanos de su vida, por ejemplo, cuáles calcetines ponerse y qué comer. Con esto liberaba espacio para tomar las decisiones importantes. Hay quienes deciden vestirse usando las mismas combinaciones…. jeans y camiseta blanca los martes; otras personas, empacan la misma ropa cuando hacen un viaje de trabajo.

Con lo anterior se me ocurre que si queremos trabajar en un cambio de conducta que requerirá de mucha energía, una manera de simplificarnos durante el proceso podría ser usando un “uniforme” – dos o tres combinaciones de ropa nada más- o decidiendo por adelantado qué vamos a comer toda la semana.

Cuidado con el alcohol. En su libro “Getting Grit”, Caroline Adams Miller, explica que el alcohol es el principal aniquilador de la fuerza de voluntad. Consumir alcohol inhibe nuestra habilidad para decir “no” y desencadena otras conductas negativas, como tomar más alcohol, comer más, gastar más dinero, dificultad para controlar la ira y otros comportamientos autodestructivos.

Tiende tu cama en la mañana. Esta idea, sencilla y poderosa, es uno de los ejemplos clásicos en cualquier libro sobre cambio de hábitos. Al igual que el ejercicio y dormir suficiente, tender la cama es considerado un hábito “clave” pues tiene un efecto en cadena de resultados o conductas positivas en otras áreas. Tender la cama representa ganar una “pequeña batalla” que pone a nuestro cerebro en modo éxito y genera la motivación para seguir y lograr más.

Mantén ordenado tu espacio. El desorden exterior contamina nuestro interior. El orden es otro hábito “clave”. Te recomiendo que explores la serie de Netflix “Tidying up”, de la japonesa Marie Kondo que está causando revuelo en las redes sociales. Su método funciona.

Diseña tu entorno para el éxito. El medio que nos rodea influye de manera importante en nuestro comportamiento. Antes de iniciar cualquier cambio, vale la pena dedicar tiempo a diseñar nuestro entorno para el éxito. Si tu propósito es bajar de peso, entonces no tengas comida chatarra en tu casa y asegúrate de quitar el plato de galletas de tu vista; si tu objetivo es terminar de escribir tu libro, entonces elimina las notificaciones de tu móvil.

Para lograr nuestros propósitos de año nuevo necesitaremos fuerza de voluntad. Si trabajamos para conservarla elevaremos nuestras posibilidades de recorrer el camino exitosamente.

Una nota final… Decide continuar intentado a pesar de los tropiezos, la fuerza de voluntad crece con ejercicios de repetición.

 

2019: Una nueva oportunidad para convertirte en la persona que quieres

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Hace poco escuché decir a alguien que las personas se dividen en dos grupos: las que dividen a las personas en dos grupos y las que no.

En este sentido, cuando reinicia el calendario podríamos separar al mundo en los que hacen propósitos de año nuevo y los que no.

Yo me quedo en el grupo de los que sí.

Me inspira la página en blanco del día uno para escribir en ella mis intenciones, delinear sueños y renovar energías. Me ilusiona pensar que tengo una nueva oportunidad para acercarme a una versión más auténtica de mi misma y completar los ítems en la lista que aún están pendientes.

Antes de trazar la ruta de vuelo para el año que empieza, me gusta revisar el año que terminó. Resaltar logros es, sin duda, muy gratificante. Sin embargo, he notado que con el paso del tiempo… lo que NO hice pesa un poco más.

Las oportunidades que no tomé, las decisiones que diferí, las llamadas o visitas que no hice, los proyectos que no desarrollé, los “te quiero” que no dije, los miedos que no vencí y las responsabilidades que no asumí se convierten en punzadas incómodas.

¿Por qué diferimos o no logramos convertirnos en la persona que queremos?, ¿Por qué no hacemos esos cambios que intuimos se traducirán en una vida más plena y feliz?

El proceso de cambio es simple, pero no fácil. Modificar nuestros hábitos y conductas es sumamente difícil.

Hacer las cosas de diferente manera requiere de un esfuerzo sostenido monumental que incluye, entre otras cosas, vencer pensamientos, creencias y excusas que sabotean nuestros intentos de despegue o nos derriban luego de cortas horas de vuelo.

Marshall Goldsmith, un reconocido coach ejecutivo a nivel mundial, presenta en su libro “Triggers” un método para crear cambios de conducta sostenidos en el tiempo.

El proceso comienza por desenmascarar y conocer las creencias internas que comúnmente detonan el fracaso en el cumplimiento de nuestros objetivos.

Te las comparto para que estés alerta. Si aparecen y rondan por tu mente ahora que estás planteándote nuevas metas, considéralas una señal de alarma y reconfigura.

  • “Si lo entiendo, lo hago”. Hay una diferencia importante entre entender algo y hacer algo. Por ejemplo… sabemos que comer donas es malo para la salud, pero eso no necesariamente se traduce en que dejemos de comerlas. También se requiere motivación, habilidad y esfuerzo

 

  • “Tengo fuerza de voluntad y no sucumbiré a las tentaciones”. Sobrestimamos nuestra fuerza de voluntad y subestimamos el poder que tienen los distractores a nuestro alrededor para descarrilarnos. Es mejor asumir que las tentaciones serán numerosas y anticiparlas que caer víctimas del exceso de confianza.

 

  • “Hoy es un día especial”. Es la excusa perfecta para otorgarnos una licencia a medio proceso y elevar las probabilidades de rendirnos. Sucumbimos a la gratificación de corto plazo porque “hoy es mi cumpleaños”, “es viernes”, “es Navidad”. El cambio verdadero y auténtico tiene que ser consistente.

 

  • “Al menos soy mejor que…”. Es muy fácil justificar nuestras fallas cuando recurrimos a comparaciones que nos dejan mejor parados que a alguien más. “Al menos no soy tan patán como mi cuñado”, o “pero ella es más impuntual que yo”, por ejemplo. No ser lo peor del mundo es una salida fácil y nos da un falso sentido de inmunidad.

 

  • “No necesito ayuda ni estructura”. En esta creencia juegan varios factores en contra: nuestra fe en que podemos salir adelante solos, la idea de que sólo lo complejo requiere de nuestra atención y nuestro desprecio por las instrucciones y la necesidad de seguimiento. La creencia de que somos excepcionales nos impide buscar ayuda y estructurar nuestro entorno para el éxito. Mejoramos nuestras probabilidades de lograr nuestros objetivos cuando reconocemos que necesitaremos asistencia en el trayecto.

 

  • “No voy a cansarme ni a perder el entusiasmo”. Cuando planeamos pensamos que nuestra energía es perpetua y que lograremos permanecer motivamos 24/7. La energía y la motivación son finitas. Vale más recordar que eventualmente nos sentiremos cansados y contemplar tiempo de recuperación.

 

  • “Tengo todo el tiempo del mundo”. Esta creencia es combustible para la postergación. Pensamos que el tiempo es un continuo abierto y que siempre tendremos oportunidad de hacer lo que queremos. Además, crónicamente subestimamos el tiempo que necesitamos par hacer las cosas. Es mejor empezar hoy y asumir que quizá nos tome un poco más de lo deseado.

 

  • “No voy a distraerme y no habrá imprevistos”. Nos hacemos expectativas poco realistas. No planeamos ni para las distracciones ni para los imprevistos. Por ejemplo… ¿Qué voy a hacer si amanece lloviendo y no puedo correr en la calle?, ¿Qué pasa si mi hija tose toda la noche y no puedo dormir?, ¿Qué pasa si me invitan a salir?

 

  • “Una epifanía cambiará mi vida”. Caemos presas del pensamiento mágico cuando creemos que lograremos cambiar repentinamente como resultado de una gran idea, un momento de iluminación o finalmente encontraremos la fuerza de voluntad. La realidad funciona más apegada al dicho: “un viaje de mil millas comienza con el primer paso”.

 

  • “Mi cambio será permanente y nunca más tendré que preocuparme”. Llegar al destino no es lo mismo que quedarse ahí. Alcanzar nuestro peso deseado no garantiza que nos quedaremos ahí sin compromiso y disciplina. Un falso sentido de permanencia puede debilitar y echar para atrás nuestros logros. Es necesario seguir haciendo el trabajo.

 

  • “No habrá nuevos problemas cuando elimine mis viejos problemas”. Nos olvidamos de los retos futuros cuando pensamos que al resolver un problema viejo no aparecerán nuevos. Finalmente te promueven a director y ahora tienes los problemas de director.

 

  • “Mis esfuerzos serán justamente compensados”. Es importante realizar cambios cuya motivación viene del corazón. Cambiar para cumplir con las expectativas de alguien más esperando una recompensa es receta para el resentimiento.

 

  • “No puedo cambiar porque eso me hace poco auténtico”. En ocasiones nos resistimos a adaptar nuestra conducta a situaciones nuevas argumentado que nosotros somos o no somos de cierta manera… “No puedo empezar a abrazar a mis hijos porque no soy cariñoso”. Cambiar nos obliga a salir de nuestra zona de seguridad.

 

  • “Tengo la sabiduría para evaluar mi propia conducta”. Cuando creemos que tenemos la capacidad para juzgar nuestro propio desempeño de manera imparcial nos engañamos. La gran mayoría de las personas creemos que mientras todos los demás sobreestiman su desempeño, nosotros nos autoevaluamos de manera correcta y objetiva. Para elevar nuestras probabilidades de éxito es importante recurrir al punto de vista de un tercero.

¿Te sonaron conocidas?

Elegir y diseñar propósitos de año nuevo o metas personales tiene ciencia detrás. Si te interesa profundizar en este tema sigue los vínculos a los siguientes artículos: “De propósitos, hábitos y mulas”, “El jinete, el elefante y los propósitos de año nuevo” y “El secreto detrás de los propósitos de año nuevo que sí se cumplen”.

Quizá la pregunta que debemos plantearnos antes de hacer una lista de nuevas intenciones es: ¿Cómo quiero sentirme? A partir de esta reflexión podemos confeccionar un propósito justo a la medida.

Con esta pregunta parto yo.

Aprovecho este espacio para desearte un ¡feliz 2019!

 

El sabor agridulce de la Navidad

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Las expectativas son altas en estas fechas.

Durante la época navideña ser feliz es obligatorio. Al menos, ese parece ser el mensaje.

Lo esperado es sentirnos amorosos, inspirados, generosos y transitar por los días al son de los villancicos y el olor a galletas recién horneadas.

El pino tiene que estar decorado como para portada de revista, la casa también. Regalos para todos cuidadosamente escogidos, perfectamente envueltos y rematados con tarjeta personalizada mandada a hacer.

Comida deliciosa para compartir con todos los integrantes de la familia, que por la ocasión, desplegarán su versión personal más educada, cariñosa y divertida.

Relacionamos la Navidad con familias perfectamente unidas, melódicas y alegres, con celebraciones especiales e inolvidables.

Y sin embargo…

La temporada navideña no es fácil para la mayoría.

Estas fechas resaltan las dificultades económicas, la pérdida de seres queridos y los alejamientos físicos o emocionales consecuencia de conflictos de todos los colores.

Se intensifican las emociones difíciles –depresión, estrés, soledad, tristeza- y las ausencias se hacen más presentes.

La época navideña acentúa lo que falta y hace que el corazón se sienta pesado.

¿Cómo es esto?

Varios factores influyen negativamente en el espíritu navideño…

Económico. Me parece que hemos corrompido el sentido de la Navidad. Hemos convertido una tradición que invita a la reflexión y a la renovación personal en un circo de consumo y materialismo.

Es una época cara pues hay que vestirse bien, peinarse y maquillarse para los innumerables eventos sociales. Nos sentimos obligados a mostrar afecto con regalos lujosos para todos, participamos en múltiples intercambios o planeamos viajes exóticos.

La presión económica es enorme si nuestro presupuesto es limitado y puede detonar sentimientos de culpa, vergüenza, inseguridad. Nos angustia la posibilidad de ser juzgados si no “damos el ancho” cumpliendo con el estándar.

Estrés. Nuestras agendas dejan ver trazos de saturación en cualquier día del año, pero a partir de noviembre le subimos tres rayitas más a la locura y nuestro nivel de estrés aumenta considerablemente.

Desbordamos las calles, aumenta el tráfico, reventamos los centros comerciales y nos llenamos de compromisos sociales como si tuviéramos cuatro manos y un clon.

Detrás de cada compromiso social, por si fuera poco, hay una serie de tareas que completar… Cita en el salón de belleza, elegir el “outfit”, comprar regalo para los anfitriones y envolverlo con papel especial, moño y tarjeta. No olvides llevar tu mejor actitud.

Y a la agenda de los adultos aún tenemos que sumarle la de los hijos. Ellos también son requeridos por todos lados.

Soledad. Para las personas que están solas esta época puede resultar especialmente complicada, pues una de las características que distinguen a la Navidad es la convivencia con los seres queridos.

Las ausencias se recalcan.

Quizá es la primera navidad que pasas sin tu mamá, sin tu papá, sin tu hijo. Quizá recuerdas a alguien muy querido que se fue en estas fechas y te envuelve una vez más la sensación de duelo. Quizá es tu primera Navidad después de un diagnóstico adverso o un divorcio. Quizá te toca trabajar y pasarla solo.

Se agrandan las distancias entre familiares o amigos separados por enojos. La nostalgia y melancolía ganan terreno. Crecen la culpa, el resentimiento, la impotencia, la tristeza. No terminas de entender.

¿Qué podemos hacer para mitigar los sabores agridulces de la Navidad?

Se me ocurren algunas cosas…

Volver a lo esencial. En realidad, la Navidad nunca ha tenido que ver con lo material. Este último ingrediente es sólo una manera más en que las personas hemos decidido complicarnos la existencia -a nosotros mismos y a los demás-.

Simplificar al extremo. Podemos regalar solamente a las personas más cercanas o a alguien que verdaderamente lo necesite. Si tenemos que quebramos la cabeza pensando qué regalarle a nuestros seres queridos muy probablemente signifique que ya tienen todo.

No envuelvas regalos. Además de ahorrar tiempo y dinero, generamos menos basura y cuidamos la tierra. No mandes a hacer etiquetas exclusivísimas, tu letra fea en una nota personalizada le da más sentido al regalo. Limita tu presencia en eventos sociales y asiste únicamente a los que verdaderamente te inspiran.

Practicar la gratitud. En esta temporada en que resaltan las ausencias y las carencias es primordial hacer un intento por ver el mundo a través de un lente de abundancia. Es fundamental hacer el recuento de lo que sí tenemos, de lo que sí logramos, de los sueños que sí cumplimos, de las canciones que sí bailamos.

Hacer trabajo voluntario. Salir de nosotros mismos para contribuir positivamente a nuestro alrededor abona a nuestro sentido de vida. Si las finanzas están apretadas –y aunque no- seamos generosos con nuestra presencia y atención. Regala tu compañía, anótate en la cocina para ayudar a preparar la cena, sirve comida en algún albergue.

Ajustar expectativas. Ser familia no es sinónimo de llevarse bien. Aceptemos que el abuelo gruñón será el abuelo gruñón también en navidad; la tía loca seguirá tan loca como cualquier día entre semana. No tomemos las cosas personalmente.

No aislarse. Pasa tiempo con la gente que quieres, busca a tus amigos, únete a celebraciones de la comunidad, ve a tomar un café, a la librería, haz un tour por la ciudad. Resiste la tentación de envolverte en una cobija y hacerte bola en la esquina de tu sillón –a menos que ese sea el plan que te haga feliz-.

Honrar las ausencias. Está bien sentirte triste cuando falta alguien, pero tratar de ignorar las ausencias no es la forma más efectiva de lidiar con ellas. Haz una ceremonia, di algunas palabras, integra una fotografía a la celebración, recuerda una anécdota, llama por teléfono, envía un mensaje.

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Feliz (agridulce) Navidad!

Adiós Petra (Petro)

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El domingo en la noche se fue al cielo Petra, el hámster de la menor de mis hijas, luego de casi tres años de ser uno de sus “roomies”.

Con su partida, entramos de lleno a la parte difícil de tener mascotas. Cuando nuestros animales se van dejan un hueco que produce dolor y tristeza. Este sentimiento puede ser tan intenso, que algunas personas deciden no tener nunca más una mascota para no exponerse a otra pérdida.

Petra llegó en la navidad del 2016. Mi hija había escrito una carta para Santa Claus puntualizando las razones por las que debía traerle un hámster, la más importante… que sus papás ya le habían dado permiso.

Petra fue siempre una mascota amable. Una de las principales protagonistas en las historias de su dueña posando para las fotografías con un toque de simpatía y actuando sin pena en videos musicales. Viajó por toda la casa en el bolsillo de una pijama o entre las manos de su persona favorita. Exploró con admirable disposición y sentido de aventura todas las casas de cartón que su arquitecta le construyó con cajas de zapatos, los tubos fueron siempre sus espacios preferidos. En varias ocasiones rodó por el mundo metida en su bola de plástico transparente, que además de darle la oportunidad de explorar nuevos territorios, la protegía de las fauces y garras de la gata cazadora. Era una hámster tan carismática que logró ganarse el cariño del labrador de 40 kilos, que la dejaba caminar frente a su hocico y pasear entre sus patas antes de dormir.

Petra fue un hámster con gustos peculiares y poseedor de un secreto oscuro.

Jamás le dio vuelta a su rueda, nunca cayó presa de esa carrera sin fin. Todos podríamos aprender un poco de lo inútil que resulta vivir para cumplir expectativas crecientes pensando que con eso alcanzaremos la felicidad.

Y con respecto a su secreto… Petra en realidad era Petro. Omitiré los detalles de aquel descubrimiento que generó conmoción. Creo que lo mejor será recordarlo como Petr@.

Las mascotas, además de alegrar nuestras vidas, nos enseñan muchas cosas -especialmente a los niños- y contribuyen de manera importante a nuestro bienestar.

Desarrollan el sentido de la responsabilidad. Las mascotas requieren de alimentación, ejercicio, afecto, aseo y limpieza de su espacio. Petr@ fue siempre atendida por su dueña de 9 años.

Promueven la confianza. ¿Alguna vez has llorado abrazado de tu perro? Es muy fácil desahogarte con tu mascota pues sabes que guardará tu historia y te mostrará apoyo incondicional. Tener una relación de confianza con una mascota puede ser el primer paso de un niño para construir relaciones interpersonales en el futuro.

Fomentan la compasión. Cuidar un animal requiere de comprensión, empatía y compasión. Nuestros hijos aprenden a ser bondadosos y a cuidar de las necesidades básicas de los demás. Pocas cosas me han enternecido tanto como ver a mi hija sosteniendo a Petr@ entre sus manos y contra su pecho durante sus últimas horas de vida para darle calor y compañía hasta el final.

Ayudan a entender el concepto de la muerte y el duelo. Cuando una mascota se va inevitablemente sentimos el dolor de la pérdida. Los niños más pequeños comienzan a comprender el significado de morir y el periodo de duelo que viene después.

Enseñan la importancia del respeto. A los animales tenemos que tocarlos con cuidado y gentiliza, tenemos que atender sus necesidades y aprender que no debemos molestarlos cuando comen o duermen. Estas conductas son trasferibles a otras esferas de la vida.

Fortalecen la autoestima. Cuidar de una mascota trae como consecuencia la satisfacción de tener una responsabilidad y sentirnos útiles. Además muestran amor incondicional, nos hacen sentir queridos.

Desarrollan la imaginación y promueven la diversión. Todos los animales en mi casa –tres perros, un gato, un hámster y varios peces- han sido personajes en aventuras de imaginación, compañeros de juego y cómplices de travesuras.

A mi me parece que las mascotas nos hacen grande el corazón y son compañeros de vida increíbles.

Hoy nos toca darle las gracias a Petr@ por acompañarnos en un tramo del trayecto y estar tristes por su partida. Nos quedamos con el recuerdo de sus historias y su cachetes repletos de comida.

Locura Navideña

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Tengo una pregunta…

¿Ha existido siempre esta locura característica de la época navideña o las cosas han cambiado considerablemente?

Mis recuerdos de Navidad siendo una niña no incluyen poner el pino de navidad en octubre, la competencia de “la casa mejor decorada de la cuadra” entre vecinos, intercambios masivos de regalos con envolturas sofisticadas o agendas llenas de compromisos sociales. Estoy casi segura de que las cosas eran diferentes.

¿O será que de la locura se encargaban mis padres y por eso no la recuerdo? No sé. A ver mamá… ¡Ayúdame con esta!.

Me parece a mí que hemos corrompido el sentido de la Navidad. Hemos convertido una tradición que invita a la reflexión y a la renovación personal en un circo de consumo y materialismo que lejos de traernos paz y felicidad, nos genera estrés, ansiedad y un montón de deudas.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Modo locura: ENCENDIDO

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

Entonces….

¿Qué tal si le bajamos a la locura de las compras navideñas materiales y encontramos alternativas que produzcan una mayor y más duradera felicidad?

Te comparto algunas ideas.

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un paseo, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala una caminata, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un par de años mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?.

Regala actos de bondad. Podemos ser generosos con nuestra presencia, atención, cariño, palabras, conocimientos. Regala tu compañía, quítale de encima un pendiente a alguien, genera una oportunidad de trabajo, conecta a dos personas, haz esa llamada, escribe ese correo, ponte disponible.

Comparte gratitud. La gratitud es una de las herramientas más poderosas que hay para elevar nuestra sensación de bienestar y fortalecer nuestros lazos sociales. Muchas veces nos quebramos la cabeza pensando qué regalarle a nuestros seres queridos. Hoy caigo en la cuenta de lo difícil que es encontrar un regalo material para quienes tienen todo. ¿Qué tal mejor escribirles una carta de agradecimiento? ¿Qué tal sería dedicar tiempo para hacerles saber cuánto los queremos, enumerar las muchas cualidades que admiramos en ellos? ¿Qué tal sería reconocerles la contribución que hacen en nuestras vidas?. Que lindo encontrar una carta así bajo el pino.

Una última reflexión…

La semana pasada pusimos el árbol de navidad mis hijas y yo. Ya sé que todavía no es diciembre, pero ellas estaban de vacaciones y quisimos aprovechar. Nuestro pino ya está muy correteado. Ha sobrevivido a tres bebés, a un par de cachorros y a un par de mudanzas. Tiene la punta torcida, le faltan algunas ramas y no ha estrenado adornos en un buen rato.

Mientras colgábamos unas esferas dije en voz alta: “se me hace que ya tenemos que cambiar de pino”¡NO! dijo una de mis hijas, “este pino tiene todos nuestros recuerdos”.

De ahí me quedé pensando en mis recuerdos de navidad. Puedo asegurarles con certeza, que con excepción de una navidad en que Santa me trajo puras muñecas Barbie en lugar de una avalancha, una pelota y un aro de basquetbol, no recuerdo qué me regalaron.

Por si se quedaron pensando… Santa creyó que la carta que mi vecina dejó en nuestro árbol era la mía.

En cambio, recuerdo con claridad a mi mamá horneando galletas y yo metiendo las manos en la masa, a mi papá asomado por la ventana listo para avisarnos si pasaban los renos, la corona de adviento que llegaba a la Navidad con su 4 velas disparejas. Recuerdo también cuánto nos divertíamos mis hermanos y yo inyectándole vino al pavo la noche del 23, el olor a comida que inundaba toda la casa desde la mañana del 24, la música, la mesa puesta, el recalentado.

Por más que busco no encuentro nada material rescatable en mis memorias. Lo que se queda en el corazón es lo que vivimos, cómo lo vivimos y con quién lo vivimos.

No se tú… pero esta Navidad yo regreso a lo básico.

Modo locura: APAGADO

 

¿Escuchas tu compás interior o hace tiempo que se te perdió?

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Las personas venimos cableadas de fábrica con información que nos hace únicas y logramos vivir más plenos y felices en la medida en que nos mantenemos alineados con nuestra esencia.

Hace unos meses me topé con el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar-. Me atrapó desde la segunda página y desde entonces es uno de mis libros de cabecera. Lo he usado tanto que sus páginas han envejecido considerablemente.

Dos conceptos en ese texto capturaron mi atención: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que viene incluido en el paquete básico de ser humano y contiene los códigos relacionados con nuestro propósito superior, con aquello que le da sentido a nuestras vidas. Es un compás muy sofisticado.

Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a circular por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano, es una buena persona…

Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que a lo largo de la vida vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos.

Ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial” y aparece la ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza. Ignorar a nuestra voz interior tiene un precio.

¿Cómo podemos saber si nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” están fuera de sintonía?

Lo que voy a escribir a continuación es un resumen de un ejercicio de Beck que me parece muy poderoso. Mi intención es dejarte lo suficientemente interesada como para que consigas el libro, lo leas y hagas el ejercicio las veces que sea necesario para restablecer la comunicación entre tus dos “yo’s”, en caso de que hayan roto relaciones diplomáticas. Esta aventura de introspección puede convertirse en un salvavidas para quienes rondamos las zonas de las crisis existenciales.

El “yo esencial” no es dueño del lenguaje, esa tarea la tiene a su cargo el “yo social”. Sin embargo, esto no es un impedimento pues invariablemente encuentra la manera de hacerse escuchar. Primero lo hace sutilmente… te susurra al oído; si no atiendes el mensaje, entonces grita.

¿Cuáles son las vías de comunicación que utiliza el “yo esencial”?

Según Beck tenemos que estar al pendiente de ocho diferentes síntomas…

Crisis de energía. ¿Has pasado por temporadas en que te sentías agotado o existen situaciones, experiencias, compromisos que drenan tu combustible? ¿Puedes identificar momentos del día o de la semana que pesan como losas de concreto sobre la espalda? Quizá notas que cuando vas al trabajo se desploma tu ánimo, pero mejora a medida que se acerca la hora de salida; o empiezas a bostezar cuando llegas a la reunión semanal del club de bordado y costura. Reflexiona y trata de identificar eventos o situaciones que disminuyen considerablemente tu nivel de energía.

Problemas de salud. Cuando atravesamos por periodos estresantes, pérdidas o vivimos en conflicto interior, nuestro sistema inmune se debilita. Esto hace que nos enfermemos más seguido o tardemos más tiempo en recuperarnos. ¿Te ha pasado, por ejemplo, que te contagias de gripa con tan sólo ver un anuncio de Antiflu-Des en la televisión? Yo, por ejemplo, solía enfermarme cuando terminaba un semestre en la universidad. Recuerdo también pasar por un periodo de ataques de asma cuando mis tres hijas estaban pequeñas y demandaban la totalidad de mis días y mis noches. Dedica un rato a recordar temporadas en las que tu salud estaba mal y piensa… ¿Qué estaba pasando en tu vida durante cada uno de estos episodios y cuáles eran los síntomas físicos?

Olvidos. Por más ganas que ponga tu “yo social” para recordar información que considera importante, si a tu “yo esencial” no le interesa, lo más probable es que lo olvide. A mi se me borra todo lo que cae en el cajón de “pendientes de casa” –llamar al plomero, cambiar el foco fundido de la cocina-. Tengo muchas habilidades, pero “housekeeping” no es una de ellas. Frecuentemente “no veo” el Post-it que mi “yo social” pega en el volante de mi carro para recordarme que tengo que hacer cita con el dentista. Nunca me interesó la física ni logré comprenderla; todos esos temas de aceleración, masa y poleas siempre fueron para mi una gran nube gris. ¿Qué tipo de información te cuesta trabajo recordar y olvidas fácilmente? –nombre de las personas, los horarios de los juegos de soccer, dónde dejas cierto tipo de papeles-.

Errores “tontos”. Nuestro “yo esencial” sabe distinguir lo que está bien de lo que está mal, conoce nuestros valores personales y hace todo lo posible para hacernos tropezar cuando nos alejamos de lo que no le hace sentido. Quizá te pasó cuando eras estudiante que le copiaste las respuestas del examen a tu compañero de clase junto con su nombre y apellido… O te equivocaste de hora y perdiste el avión que te llevaría a donde NO querías ir… O se te salió un comentario en voz alta frente a tu cuñada sobre el tedio que te producen las reuniones con la familia política. Ponte a pensar en tres errores “tontos” que hayas cometido alguna vez.

Suicidio social. Algunas personas sacan nuestra peor versión posible y nos hacen sentir incómodas, poco inteligentes, inadecuadas, furiosas, inadaptadas. Puede ser que cada vez que aparece “x” huyen tus palabras y tartamudeas; o cuando aparece “y” sientes que te hierve la sangre, te pones ácido y sarcástico; o cuando aparece “z” dudas de absolutamente todo lo que tienes que hacer. ¿Quiénes son esas personas que traen a flote tu peor versión posible? Quizá comentes errores “tontos” cuando estás cerca de ellas.

Alteraciones de sueño. Uno de los síntomas que distinguen rupturas entre el “yo esencial” y el “yo social” son las alteraciones de sueño. Podemos dormir mucho para evadir o escapar de una realidad que no nos gusta o bien, tenemos problemas para dormir. Pasamos horas dando vueltas en la cama antes de conciliar el sueño o despertamos de madrugada. El insomnio puede ser un sello que distingue periodos rudos, tristes, de conflicto o indecisión. ¿Ubicas algunas temporadas en las que no podías dormir, dormías mal, o dormías tanto que te sentías amodorrado o adormilado? ¿Cuál era el problema en tu vida que ocasionaba distorsiones en tu sueño?

Adicciones y malos hábitos. Existen ciertos detonadores –lugares, personas, fechas, pensamientos- que ponen en marcha ciertos hábitos… algunos buenos y otros no tanto. Una discusión con alguien que nos produce ansiedad puede provocar que nos mordamos la uñas; los problemas económicos o las presiones del trabajo pueden orillarnos a consumir más alcohol para limar los bordes. Haz un recuento de tus malos hábitos y de tus pensamientos obsesivos y trata de vincularlos con su detonador.

Cambios de humor. Algunas veces nuestro estado de ánimo parece inexplicable, injustificable o extremo. Explotamos como olla exprés ante el más mínimo detalle, estamos de muy mal humor o de pronto nos escurren lágrimas sin previo aviso. ¿Has pasado por temporadas donde tu estado de animo es parecido a un paseo en montaña rusa? Trata de identificarlas y piensa qué estaba pasando en tu vida durante esos periodos.

¿Cuántos de los síntomas tienes o has tenido? ¿Te imaginas cómo sería tu vida si construyéramos tu peor escenario posible combinando todos los puntos anteriores? Si ya estás en ese escenario es momento de hacer algo al respecto.

La siguiente parte del ejercicio consiste en identificar la contraparte de cada uno de los puntos anteriores. ¿Qué te llena de energía?, ¿Qué personas sacan lo mejor de ti?, ¿Qué tipo de información recuerdas sin problema? ¿Qué tipo de actividades te atraen como si fueran imanes? Identifica tu mejor escenario posible.

Ahora… ¿Qué pequeño cambio o que acción puedes tomar para acercarte a tu “yo esencial” y vivir tu mejor versión posible?

 

¿Qué preferirías… Talento o GRIT?

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Imagina que tienes que completar una misión muy importante en la vida o superar un reto grande. Para ayudarte, el genio de la lámpara maravillosa te ofrece uno de dos súper poderes: Talento o GRIT.

El talento es una capacidad intelectual sobresaliente, una habilidad que te permite aprender cosas con facilidad o una destreza fuera de serie para desempeñar cierta actividad.

GRIT es una combinación de perseverancia con pasión, un tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, un esfuerzo sostenido.

¿Cuál escoges?

El talento sin lugar a dudas es muy atractivo.

Cuando vemos a un virtuoso del piano, a un deportista de alto rendimiento, a un acróbata parado de manos sobre delgadísimos cilíndros a 5 metros del piso o cuando alguien hace algo que parece imposible de explicarse, tendemos a pensar que viene de otro mundo, que es un ser especial.

Decía el filósofo Nietzsche que cuando las personas nos enfrentamos a lo perfecto preferimos atribuirle cualidades mágicas. Escogemos el misterio y lo divino sobre lo mundano. No cuestionamos qué hay detrás de eso que nos roba el aliento. No nos preguntamos, por ejemplo, cómo una bailarina logra sostenerse en la punta de un dedo al mismo tiempo que gira a toda velocidad o qué hay detrás de la interpretación majestuosa de un saxofonista.

Cuando nos enfocamos en el talento perdemos de vista otros factores importantes, entre ellos, el GRIT o esfuerzo sostenido. Olvidamos que las horas de práctica, el entrenamiento deliberado y la experiencia llevan a la excelencia.

¿Conoces a Stephen Curry, jugador del equipo de basquetbol Golden State? Es uno de los tiradores de tres puntos más destacados en la historia del deporte. Mete canastas desde ángulos imposibles, en situaciones comprometidas y, además, lo hace parecer fácil, como si todos pudiéramos hacerlo.

Tiene un enorme talento, pero no es lo único.

Detrás de la magia que despliega en la cancha Stephen Curry hay toda una rutina de entrenamiento. Este jugador lanza alrededor de 2,000 tiros por semana: mínimo 250 tiros al día y 100 antes de cada juego.

Dice Angela Duckworth -investigadora líder en el tema- que el talento es importante, pero el esfuerzo sostenido o GRIT cuenta doble.

Según esta autora, el talento determina qué tan rápido mejoran nuestras habilidades cuando invertimos esfuerzo. En este sentido, alguien con mucho talento para dibujar avanzará más con la práctica que alguien con menos talento. Por otro lado, el esfuerzo construye habilidades y, al mismo tiempo, las hace productivas. Logramos cosas cuando desarrollamos nuestros talentos con esfuerzo.

Sin esfuerzo, nuestras habilidades, dones o talentos son únicamente potencial no utilizado; no son más que lo que pudimos hacer, pero no hicimos.

El esfuerzo sostenido en el tiempo –la consistencia- hace la diferencia.

¿Cuántas veces iniciamos algo para luego abandonarlo? Compramos un tapete de yoga, lo usamos una semana y luego es una cosa más que acumula polvo en el closet. ¿Cuántos instrumentos musicales, bicicletas estacionarias y pinceles están abandonados en algún lugar de nuestras casas?, ¿Cuántas veces has sentido tristeza al ver que una persona decide no explotar sus talentos?

Podemos pensar en varias combinaciones interesantes…

La primera es talento sin esfuerzo… un desperdicio. La segunda es esfuerzo sin talento… el trabajo te pone en juego, te permite mejorar y avanzar. La tercera es talento más trabajo… aquí es donde sucede la magia.

Con modestas habilidades cada uno de nosotros tenemos una oportunidad. No necesitamos tener genes especiales ni ser genios para lograr cosas o destacar en ciertas áreas. Podemos, incluso, vencer a los más talentosos si es que nosotros hacemos el trabajo y ellos no.

¿Qué erigirías entonces, talento o GRIT?

No sé tú, pero si yo tuviera que completar una misión muy importante en la vida me quedaría con GRIT. Aunque pensándolo bien… los genios usualmente ofrecen tres deseos, entonces… escogería talento, GRIT y todavía me quedaría un deseo más.