Una Navidad a la “Hygge”

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Con la Navidad a la vuelta de la esquina y algunos días libres para descansar de la rutina –o parte de ella- quiero tomarme vacaciones al pie de la letra y pasar una navidad muy Hygge. Te cuento de qué se trata.

Según el Reporte Mundial de la Felicidad publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Dinamarca es el país más feliz del mundo. Son muchas las condiciones objetivas que explican este resultado, pero hay un elemento muy subjetivo detrás de la felicidad en este país y tiene que ver con la capacidad de los Daneses para crear ratos agradables. Se llama “hygge”. Esta palabra –que no tengo idea de cómo pronunciar- no tiene traducción exacta. Más que una palabra, “hygge” es un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Es algo que se siente.

Crear momentos “hygge” es sencillo. Lo primero es generar tiempo para hacer cosas que nos hacen sentir bien a nosotros mismos y a los que nos rodean en un ambiente lindo. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate caliente en una tarde fría, planear el menú de la siguiente comida y cocinar en compañía, ver una película divertida con la familia debajo de una cobija, ver un atardecer, una carne asada con amigos aprovechando el buen clima, pintarle las uñas a tu hija y dejar que ella pinte las tuyas, ver fotos para recordar momentos, usar en la cena la vajilla que era de la abuela –recordar a los seres queridos que ya se fueron es muy “hygge”-, poner velas para darle calidez al espacio, tomar un té mientras lees un buen libro, usar ropa cómoda, decorar con flores. Tiene que ver con estar a gusto en un entorno acogedor.

Los momentos “hygge” funcionan mejor en grupos pequeños de personas y para que la comunicación y la conexión sea más fácil es recomendable que el lugar no sea muy grande. Fortalecer los lazos sociales y familiares están en el corazón de este concepto Danés. Invita a un par de amigos a tu casa a pasar el rato y recontar anécdotas.

El concepto “Hygge” tiene que ver también con relajarte, disfrutar de tu casa y olvidar las preocupaciones. Para esto es fundamental habitar el momento presente e involucrar todos tus sentidos. Quitar el piloto automático. Es importante incluir elementos que hagan agradable el espacio que te rodea de manera que quieras estar ahí –velas, luces cálidas, música relajante, eliminar el ruido, buena temperatura-.

Para estos días, mi intención es tomarme las vacaciones enserio y pasar una navidad muy “hygge”. ¿Qué significa esto? Significa que no voy a adelantar lecturas de trabajo, ni preparar clases, ni ordenar papeles o mi buzón de correo electrónico. No voy a planear cómo meterle ratos de trabajo a mis días de descanso para ganarle tiempo al tiempo. Voy a hacer una pausa. Voy a estar presente y participaré en las actividades características de estas fechas –incluyendo hornear galletas para que la casa huela rico-. Quiero ser parte de los recuerdos. Como dice el Dr. Seuss “A veces conocerás el verdadero valor de un momento hasta que se convierta en recuerdo”.

Si tienes la fortuna de contar con días de descanso en estas fechas y puedes desconcertarte, te invito a hacer lo mismo. Si por el contrario, la naturaleza de tu trabajo o tus compromisos te impiden despegarte, entonces incorpora elementos “hygge” a tu espacio o tiempo de oficina. Lleva algo de comer para compartir con tus compañeros, ten cerca de ti una foto de alguien querido, pon música agradable de fondo, dedica cinco minutos a hablar con alguien, decora con una planta.

Hoy aprovecho este espacio para darte las gracias por leer estos artículos, comentarlos y compartirlos. La siguiente semana no habrá publicación. Arrancamos en 2017 con ideas para lograr que esos propósitos de año nuevo tengan mayores probabilidades de cumplirse.

¡Te deseo una muy “hygge” Navidad!

Felicidad virtual

Si levantas tu vista del teléfono podrás ver que la mayoría de las personas tienen la cabeza agachada con la vista en el suyo. A medio pasillo en el súper, en el salón de clases, en el consultorio del doctor, en la fila, caminando en la calle, en el cine –la siguiente vez que vayas a ver una película observa las luciérnagas que aparecen durante la función-, en la cama, en la mesa, en el baño, en todos lados, todo el tiempo. Estamos pegados al celular.

Los teléfonos celulares y las redes sociales están cambiando nuestras vidas y el tema es controversial. Una pregunta que recibo con frecuencia es: ¿Cómo afecta el uso de teléfonos inteligentes y redes sociales nuestra felicidad? Y las personas que preguntan casi siempre imprimen un tono que sugiere la sospecha de un efecto nocivo para el bienestar. En realidad la repuesta es depende y los resultados son mixtos. No es que el uso de redes sociales cause felicidad, depresión o ansiedad. El tema tiene que ver con cuánto, cómo y para qué las usamos.

Podemos fortalecer nuestros lazos sociales, aprender y experimentar emociones positivas gracias a las redes sociales y a las miles de aplicaciones que podemos instalar en nuestros aparatos. Los abuelos que viven lejos pueden ver, hablar y jugar con sus nietos usando Skype, por ejemplo. Amigos regados en el mundo están al día de sus vidas por medio de Facebook o WhatsApp. Recordar lugares y momentos lindos es fácil viendo fotos en Instagram. Construir algo es posible viendo un tutorial en YouTube. Aprender es fácil tomando un curso en línea o preguntándole a Google. ¿Para inspirarte? Conferencias de TED, ¿Películas? Netflix, ¿Orejas y nariz de conejo? Snapchat. Es increíble. Las redes sociales son una súper herramienta. Cuando las utilizamos para conectarnos con amigos y familiares a quienes no vemos todos los días, compartir cosas positivas, informarnos o aprender sobre temas de interés nuestro bienestar mejora.

Pero… ¿Qué pasa cuando caemos presos del celular y nos hacemos adictos al consumo de redes sociales?

El teléfono celular puede generar ansiedad de varias maneras. ¿Has sentido pánico pensando que perdiste el celular? Como tornado empiezas a levantar todo lo que está a tu alrededor mientras gritas todos los nombres que te vienen a la cabeza para que te ayuden a buscar. También estresa saber que no podrás usar el teléfono durante cierto tiempo… ¿Qué sentirías si supieras que debes esperar en un consultorio dos horas sin teléfono? Ansiedad cuando llega un mensaje y no puedes leerlo al instante, nervios cuando te llaman y no logras contestar. Y esa sensación rara que produce sacar el teléfono de la bolsa de mano o del pantalón porque juraste que sonó o vibró sólo para darte cuenta de que no, agobia también. Impaciencia cuando hay mala señal, enojo si no hay Wi-Fi, desesperación cuando la batería está en rojo y el cargador lejos. Que adicción. Que estrés.

El tiempo que invertimos consumiendo redes sociales es otro tema. ¿Qué pensarías si observaras a una persona levantarse del sillón, salir de su casa por la puerta principal y revisar el buzón de correo cada 10 minutos? ¿Qué está loca? Bueno… En Estados Unidos el usuario promedio de teléfonos inteligentes revisa su dispositivo cada seis minutos y medio. Esto suma alrededor de unas 150 veces al día, ¿Cuántas veces lo revisas tú? Según otro estudio, las personas pasan en promedio 3.3 horas al día en su teléfono; pero entre los jóvenes de 18 a 24 años, la cantidad es de 5.2 horas. Nuestro celular es lo primero que atendemos al despertar y lo último antes de dormir. Es una extensión de nuestro cuerpo.

¿Y qué hacemos tanto tiempo en el teléfono? Casi siempre naufragar. Recorremos las aplicaciones que tenemos instaladas de la misma manera que un hámster gira su rueda. La siguiente vez que estés haciendo fila fíjate a tu alrededor y verás cómo las personas dan vueltas constantemente al circuito WhatsApp, correo electrónico, Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat. Es un proceso automático. Naufragar nos quita un montón de tiempo y produce estrés cuando, al final del día, regresamos a ver la lista de cosas que hacer y notamos que sigue en el mismo estatus: pendiente.

El teléfono celular también puede afectar nuestro bienestar cuando caemos presas del “Síndrome de Atención Parcial Continuo”. Que no es otra cosa que tener nuestra atención repartida en mil partes y en nada a la vez. No habitamos el momento presente. Caminamos con la vista agachada sin notar lo que sucede a nuestro alrededor y es responsabilidad de los demás no estrellarse con nosotros. Observa las mesas en los restaurantes y podrás ver a cada uno de sus integrantes metidos en el celular. Estamos perdiendo las conversaciones a la “antigüita”. No estamos ahí. Conectados en el ciberespacio pero desconectados de quienes tenemos enfrente.

Y cuando no habitamos el presente nos perdemos de momentos que valen la pena. La canasta que metió nuestra hija en el partido de basquetbol o el pase que interceptó, por ejemplo. Confiesa sí, como yo, alguna vez has tenido que preguntarle a la mamá de junto ¿Qué hizo mi hija? Porque estabas chateando y te sorprendiste cuando las otras mamás –que no estaban viendo el celular- gritan su nombre y le dicen “muy bien”. Ouch.

Hay quienes utilizan las redes sociales para comparar lo aburrida que es su vida con respecto a la de los demás y esto puede causar depresión o acentuarla. ¿A dónde fueron de vacaciones? ¿Qué fiestas o reuniones tienen mientras te aburres en casa? ¿Con quién están? ¿Cómo se ven? ¿Qué delicia están comiendo? El problema de usar como referencia Facebook es que nos olvidamos de un aspecto crítico: casi todo mundo enseña sus mejores fotos, momentos y experiencias. Difícilmente alguien publicará una foto cuando tiene un grano en la punta de la nariz. Comparamos nuestro yo interno con el exterior editado de los demás. Mala idea.

¿Entonces?

¿Cómo evitamos que las redes sociales interfieran con los buenos momentos del día a día? Reduce tu consumo de redes sociales definiendo zonas o tiempos libres de tecnología -en mi casa los electrónicos están prohibidos en la mesa-. Elimina notificaciones de grupos de discusión sin importancia –no necesitas revisar todos los mensajes de la generación de cada uno de tus hijos o de la tuya-. Elige no saber si recibes un nuevo email o mensaje de Facebook, pon el celular en silencio cuando necesites concentrarte. Escoge habitar el momento presente guardando tu celular donde no lo veas, sientas o escuches cuando estés con alguien más. Aquí te dejo un artículo interesante sobre la tribu de los desconectados.

Decide pasar más tiempo en la vida real y, cuando pases tiempo en la virtual, asegúrate que sea para verdaderamente conectar, inspirarte o aprender. Navega en lugar de naufragar.

 

La felicidad y el insoportable síndrome del estrés navideño

Hace unos días pedí sugerencias de temas para la publicación de hoy y recibí muchas buenas ideas -que ya están anotadas en la lista y vendrán después-. Me sorprendió la más recurrente: el inevitable estrés que paradójicamente sufrimos durante la temporada navideña, la supuesta época más feliz del año. Y es que hemos crecido con la idea de que en diciembre ser feliz es obligatorio.

El concepto de navidad y lo que representa -luces en las casas, muchos tipos de galletas, múltiples reuniones sociales, encuentros familiares, esperanza, comida rica y abundante- nos entusiasma. Pero como nada es gratis, al final de cuentas termina gustándonos más la teoría que la práctica.

Parte de la navidad, tristemente, se ha convertido en algo comercial. Ahora, mucho gira entorno a lo que queremos y vamos a recibir en regalos materiales, así como a la obligación de cumplir con quienes esperan recibir de nosotros. Las listas para Santa son kilométricas –lo que no piden los niños lo agregamos los papás- y los intercambios de regalos son cada vez más exagerados –el de cada salón, el de los deportes, el de amigas, el familiar-. No ponemos límite y nos atemoriza que un detalle pequeño sea mal visto. Escribir sólo una nota de agradecimiento o afecto es impensable, entonces nos endeudamos para regalar.

Curiosamente, la “mejor” época del año es la que nos genera más locura y estrés. ¿Por qué? Por gusto o miedo a no pertenecer. Pasarla “como chicharito de silbato” –diría mi papá- es enteramente opcional, pero casi siempre decidimos complicarnos la existencia. De paso le hacemos la vida más difícil a otros ya que nuestra generosidad material genera en quienes la reciben obligaciones para la siguiente navidad.

Funciona más o menos así. Hacemos una lista de personas con las que “tenemos” que quedar bien. Luego pensamos qué regalarle a quién y ubicar dónde conseguirlo. Siguen los interminables viajes a las tiendas. Ya que compramos las cosas tenemos envolverlas. Toda una logística que involucra papel súper especial –que venden sólo en cierto lugar y cuesta una fortuna-, listón o moño que debe combinar rigurosamente. Todavía no hemos terminado. Faltan las vueltas para mandar a hacer y recoger las tarjetas con el nombre familiar y diseño navideño que van en el regalo. ¿Ya hiciste la cuenta de cuánto tiempo, tráfico, dinero, gasolina y estrés llevamos hasta este momento? Y todavía no hemos hablado del pino, de los festivales, de las posadas –que requieren ida al salón para peinarte y visita al súper por los ingredientes de la ensalada que ofreciste llevar -, Santa, las galletas, la cena o comida de navidad, las postales con la foto de navidad –previa cita con fotógrafo profesional- que van por correo. ¡Ah! por cierto, todo esto además de tus obligaciones diarias. ¿Logré estresarte más de lo que ya estabas con sólo ponerte a pensar en todo lo que se te viene encima?

Pero no te desanimes… Podemos evitar mucho estrés aquí.

Empieza por adelantarte al día de navidad y visualiza el momento en que entregas el regalo. Todo el esfuerzo de la envoltura queda destruido en los pocos segundos que la persona tarda en abrir el regalo. Si tuviste suerte notó el esmero y te hizo algún comentario antes de lanzar todo a la bolsa de basura, que sin duda, tiene ya esa tía que siempre dice “échame los papeles de una vez para que no se haga mugrero”. Una buena parte de tu tiempo, energía y dinero literalmente termina en el basurero. A menos que la tía también sea de las que rescatan el papel y los listones para el próximo año.

Una de las cosas mas increíbles que tenemos es la capacidad y la libertad –aunque no lo creas- de elegir. Puedes deliberadamente tomar la decisión de simplificar y devolverle a la navidad su verdadero significado. De entrada ahórrate todo lo que tiene que ver con envolturas. Usa periódico o papel de estraza para los regalos y pídele a tus hijos que los decoren con crayones. En esos dibujos te aseguro que sí se fijarán los demás. Si te da pena o la idea te incomoda anuncia que estás siendo generosa con el planeta. Ser verde, además de ser lo correcto, está de moda.

Sé más selectivo con las invitaciones que aceptas a eventos sociales en esta fechas. Reduce la cantidad de regalos de compromiso que “tienes” que dar. Puedes tener un detalle con gente que verdaderamente lo necesita. En tu familia seguramente a nadie le hace falta un regalo más –recibirán demasiado-. Mejor concéntrate en una o dos personas que no tendrán la misma fortuna que tus amigos o familiares.

Difiere algunos regalos y detalles para febrero o marzo. Puedes mostrar cariño y afecto en otros meses del año pues esto no debería ser exclusivo de la época de navidad. Tendrás más tiempo, las tiendas y las calles estarán menos apretadas y el efecto en la felicidad será mayor por ser sorpresa. En lugar de decir “feliz no cumpleaños” puedes decir “feliz no navidad”.

Habla con tu familia, hagan acuerdos para ser más sencillos, pongan sobre la mesa el hecho de que a muchos les causa el mismo estrés que a ti buscar ese regalo que sientes debes regalar. En mi familia ya lo hicimos. Nos queremos más que nunca.

Christine Carter tiene un excelente plan de tres pasos para disfrutar esta época: prioriza tus conexiones sociales, agenda y bloquea tiempo anticipadamente para hacer lo que verdaderamente quieres hacer estos días y practica la gratitud. Aquí te dejo el vínculo a su artículo.

Pasa una navidad realmente feliz y con menos estrés, simplifica, anímate a decir que NO a las obligaciones auto-impuestas y pon tu atención en lo que es verdaderamente importante. Hazlo en favor de tu paz mental y la de los tuyos.

Feliz navidad sin estrés.

 

Cómo regalar felicidad esta navidad y no morir en el intento (otra vez)

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La locura del fin de semana me hizo recordar este artículo que escribí hace tiempo sobre la locura de la época navideña.

No hay cómo esconderse de las omnipresentes invitaciones a gastar y del sentido de urgencia, de “ahora o nunca”, que transmiten los incansables bombardeos publicitarios y que terminan por traducirse en ansiedad.

Vuelvo a leer y nada ha cambiado.

Con el “Buen Fin” en México y el Black Friday en Estados Unidos arranca oficialmente la época del año en que literalmente salimos a comprar la felicidad, o en otras palabras, los regalos de navidad. Y aunque la mayoría de nosotros creemos o afirmamos que la felicidad no puede comprarse, la realidad es que nos comportamos como si efectivamente pudiéramos conseguirla en las tiendas. Para nosotros y para los demás. ¡Ah! Se me olvidaba el Cyber Monday.

Antes de atender las compras navideñas revisemos un poco lo que la ciencia ha descubierto acerca del dinero, el consumo y la felicidad. ¿Puede el dinero comprar la felicidad? En muy resumidas cuentas la respuesta es depende. Cuando el dinero no alcanza para hacer frente a las necesidades básicas –alimentos, casa, educación, vestido, salud- entonces éste es un elemento importante para vivir feliz. Pero una vez que los básicos están cubiertos, el dinero extra no necesariamente genera más felicidad.

¿Cómo explicar la incapacidad del ingreso adicional para generar más felicidad? Las comparaciones sociales, la trampa del estatus y la costumbre son sospechosos comunes.

Las comparaciones sociales son tóxicas. Cuando nuestros amigos manejan un carro promedio, podemos sentirnos a gusto con el nuestro… hasta que lo cambian por uno más lujoso. Nuestros deseos están altamente influenciados por los miembros de nuestro círculo social (familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos) y virtual (YouTubers, Influencers, etc.) Vivimos en contextos sociales determinados y constantemente nos comparamos. Y en esta comparación no es importante la cantidad absoluta de dinero, sino la cantidad relativa. Tendemos a ser más felices cuando sentimos que nuestra posición es relativamente mejor que la de los demás. Pero ojo aquí. No importa qué tan buena seas, qué tan bonita tengas tu casa, qué tan importante seas en el trabajo, que tan guapo estés o qué tan a la moda te vistas… siempre habrá alguien un puntito mejor. No hay como ganar esta. Haz un esfuerzo por no caer en el juego de las comparaciones sociales y practica la gratitud con respecto a lo que tienes. Recuerda esto sobretodo en enero que es cuando veremos todo lo que Santa le trajo a los demás.

Con frecuencia gastamos dinero en bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (botas UGG, carros de lujo, iPhone 11, etc.). Una bolsa Louis Vuitton guarda artículos personales tan bien como una bolsa común y corriente, pero la primera además confiere estatus a quien la usa. Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –que pagamos a 24 meses sin interés-. Cuando gastamos en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de la gente se empareja el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional. Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

La costumbre también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en objetos a los que nos habituamos rápidamente (zapatos, ropa de marca, joyas, casas, etc.). Éstos nos dan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. Nos acostumbramos. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses.

Entonces, ¿Cómo podemos gastar nuestro dinero esta navidad y siempre de manera que produzca una mayor y más duradera felicidad?

Gasta tu dinero en experiencias. El dinero tiene un efecto más permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, un viaje, salir a cenar, aprender algo nuevo, ir al estadio, un concierto, libros que leer. Regala o gasta en una experiencia que involucre hacer más que tener. Cuando la gente evalúa sus compras valora más las experiencias. Las risas, anécdotas y emociones se vuelven a vivir cuando las recordamos, platicamos o vemos las fotos.

Gasta tu dinero en experiencias que además puedas compartir con alguien más. Recuerda que los lazos sociales son el ingrediente fundamental de nuestra felicidad. Aquí tienes la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Tomar una una clase sola es menos gratificante que tomarla con una amiga, por ejemplo. Ir a un concierto es más divertido si vas acompañada. Regala un paseo, una comida, una clase.

Regala tiempo. Hace un tiempo mi hermano, que en ese entonces tenía un bebé de pocos meses, nos dijo cuando estábamos organizando el intercambio familiar: “a mi regálenme una noche de 8 horas de dormir sin interrupciones, una comida donde pueda estar sentado de principio a fin o una ida al cine con mi esposa”. ¿A quién puedes regalarle tiempo para que haga algo divertido con él?

Existe una manera para comprar más felicidad y es gastando el dinero adicional en otros. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás, por ejemplo, donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en situaciones difíciles.

Finalmente, si tienes dinero extra paga deudas. La ciencia y, el sentido común, dicen que nos sentimos más tranquilos cuando no tenemos compromisos económicos pendientes.

Recuerda evitar las comparaciones sociales y caer en la trampa del estatus, deja de gastar dinero en cosas materiales a las que te acostumbras rápidamente y más bien gástalo en experiencias o inviértelo en los demás. Siguiendo estas recomendaciones podrás regalar a los demás y a ti mismo una felicidad de efecto más prologando esta navidad y no morir en el intento… Otra vez.

 

Lazos sociales: La mejor inversión para una vida sana y feliz

Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestros lazos sociales. Si tuvieras que elegir solamente un elemento sobre el cual apalancar tu felicidad tendría que tener forma de persona. Las relaciones interpersonales son el pilar de nuestro bienestar.

La fortaleza de tus conexiones sociales –con amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo, etc.- está estrechamente ligada a tu felicidad de largo plazo. La gente que tiene lazos personales sólidos es menos propensa a experimentar tristeza, soledad, depresión, baja autoestima, duerme mejor, tiene mejor salud y vive más tiempo.

Hace unos 75 años arrancó en la Universidad de Harvard el estudio más largo que se ha hecho para entender qué nos mantiene sanos y felices a lo largo del tiempo. Desde 1938 han seguido y explorado con detalle la vida de alrededor de 700 hombres. Éstos fueron divididos en dos grupos. En el primero estaban jóvenes estudiantes de Harvard provenientes de familias privilegiadas y con futuros prometedores. Mientras que el segundo grupo estaba formado por chavos de los barrios más pobres y marginados de Boston con situaciones de vida complicadas y expectativas inciertas. Todos ellos fueron y siguen siendo sometidos a entrevistas, encuestas de bienestar y todo tipo de exámenes médicos. Además se han registrado los eventos más destacados o trascendentes en sus vidas.

Como se imaginarán, a lo largo de 75 años pasaron muchas historias. Algunos jóvenes se convirtieron en abogados, otros en médicos, algunos se hicieron muy ricos o muy pobres. Uno de ellos, John F. Kennedy, se convirtió en Presidente de Estados Unidos. Algunos tuvieron problemas con el alcohol o sufrieron a causa de enfermedades mentales. Algunos se casaron, tuvieron hijos, otros se divorciaron, unos murieron. Los que aún viven andan ya por los 90 años.

¿Qué nos mantiene sanos y felices a lo largo de la vida? No es la fama, ni el dinero, ni el poder. Según los hallazgos del estudio, la decisión más importante que podemos tomar en términos de nuestra salud y felicidad es invertir en nuestros lazos sociales. Hacer un esfuerzo deliberado por estrechar y nutrir nuestras conexiones personales es la inversión con el mayor retorno en felicidad. Robert Waldinger, actual director del estudio, hace un resumen de los resultados más impactantes en su conferencia de TED. Vale mucho la pena verla.

Tener tanta ciencia aportando evidencia contundente sobre la importancia de nuestros lazos sociales para ser felices está súper. Pero este es uno de esos temas que en realidad no necesita de pruebas científicas para convencernos de su importancia. La vida nos enseña cada día que nuestros momentos más plenos, felices, emocionantes, gratificantes, inspiradores, tristes, dolorosos, miserables o escalofriantes tienen que ver con otras personas.

Cuando alguien importante no está presente, cuando un ser querido se va para siempre o cuando ese alguien especial decide seguir su camino sin nosotros, sentimos que nos ahogamos en dolor, tristeza y ansiedad. Nuestra felicidad recibe un knockout. Casi nada puede rellenar el agujero que produce la ausencia de un ser querido. En cambio, cuando tenemos cerca a nuestras personas favoritas lo demás… es lo de menos. Todo tiene remedio cuando nos sentimos completos y acompañados. Disfrutamos más lo bueno que nos pasa cuando podemos compartirlo con alguien más. ¿O no?

Este tema da para mucho y seguiremos hablando de relaciones interpersonales en siguientes publicaciones. Pero entre ésta y la siguiente te invito a hacer un ejercicio muy sencillo para fortalecer tus conexiones sociales.

Revisa la lista de contactos en tu celular y elige una persona. Escríbele un mensaje breve -como un Tweet de no más de 140 caracteres- donde le expreses agradecimiento, admiración o simplemente cariño. Manda el mensaje y regresa a contarnos cómo te fue. En especial si, inmediatamente después de recibir tu mensaje, esa persona te llama para preguntarte: ¿Todo bien? ¿Te pasó algo? ¿Qué tienes? Aquí te dejo un video para que te inspires.

Si quieres hacer de este ejercicio un hábito, programa una alarma semanal en el calendario de tu teléfono que te recuerde escribir y mandar un mensaje lindo a alguien más. Se siente bien. Ya verás.

 

 

 

“La generosidad es el único egoísmo legítimo”

Una persona muy generosa y querida para mi, con frecuencia citaba la frase de Mario Benedetti que está en el título y luego agregaba “es imposible no sentirte bien y feliz luego de ayudar a alguien”. Siempre tuvo razón.

La generosidad y la felicidad van de la mano. Cuando practicamos la generosidad y contribuimos positivamente en la vida de alguien más nuestra sensación de bienestar aumenta.

Practicar la generosidad tiene un montón de beneficios y nos induce a un estado emocional positivo. Ser generoso literalmente se siente bien. Cuando ayudamos a otra persona se activa en nuestro cerebro la misma zona que cuando hacemos algo para nosotros mismos, por ejemplo comprar ese algo que hace tiempo queríamos, comer nuestro chocolate favorito o recibir un beso de alguien importante. Nuestro cerebro asocia los actos de generosidad con placer, conexión y confianza.

Practicar la generosidad mejora la percepción que tenemos de nosotros mismos. Ayudando a otros nos sentimos útiles y crece nuestra confianza con respecto a lo que sabemos y podemos hacer. Pero también nos distraemos de nuestros problemas; al ser generosos quitamos el énfasis en nosotros mismos y cambiamos “yo” por “nosotros”. En otras palabras contribuir positivamente en la vida de los demás da sentido a nuestras propias vidas.

La generosidad debería empezar en casa. Promoverla entre nuestros seres queridos se traduce en cosas buenas para nuestros hijos. Según estudios, niños y adolescentes que crecen en ambientes donde se practica la generosidad tienen menos embarazos no deseados, son menos propensos a abusar de sustancias como drogas o alcohol y tienen menos índices de suicidio.

¿Cómo podemos practicar la generosidad?

Da a las personas con quienes coincides un micro momento de amor, compasión o calidéz. Extraños, vecinos, el cartero, la niña que empaca las bolsas en el súper, el personal de limpieza en cualquier lugar, el guardia de la puerta, tus hijos, tus papás. Conecta con un saludo, con una sonrisa, con un gesto que trasmita que sabes que están ahí. Dice Maya Angelou que “Las personas olvidarán lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca olvidarán cómo las hiciste sentir”.

Atiende las cosas simples. Detecta oportunidades para hacer una pequeña diferencia. Lava los platos el domingo en la mañana, acompaña a un amigo al doctor, cede el paso cuando manejas, acércate a preguntarle a alguien ¿cómo estas?, dale de comer a un animal callejero, recoge el papel de basura tirado en el parque, saluda. Cuando realizas una acto de generosidad inicias una cadena de cosas buenas ya que promueves que la persona que lo recibe a su vez ayude a alguien más. Hay un dicho anónimo que dice “Es difícil regalar la generosidad porque siempre regresa”. Aquí te dejo el vínculo a un video lindo e inspirador.

Una parte importante de las cosas buenas que me han pasado en lo profesional tienen su origen en la generosidad de una persona. Un pequeño detalle de su parte hizo toda la diferencia para mi, pues gracias a él pude estudiar la maestria. Su gesto de generosidad consistió en atenderme durante su hora de comida, aunque él no tuviera nada que ver con los procesos de asignaciones de becas. Se me hizo tarde por tráfico en la carretera y cuando llegué a las oficinas de Conacyt justo habían cerrado. Desde su escritorio en el fondo me hizo señas para que entrara –yo creo que se compadeció de mi cara de angustia-, escuchó mi historia mientras mordía su sandwich y me dijo: “yo no tengo nada que ver con esto, pero explica en este papel lo que me estás contando y yo se lo doy a la persona que venías a ver”. Me dió una hoja blanca y una pluma Bic azul. Ahí sin mucha esperanza escribí lo que necesitaba y me fui pensando que se me había escapado la oportunidad de estudiar fuera de México. Un par de semanas después recibí una llamada donde me avisaban que me daban la beca. Una cadena de pequeños actos de generosidad.

Para ser generoso no necesariamente tienes que regalar o donar dinero. Puedes ser generoso con tu tiempo, con tu presencia y atención, con tus palabras, con tus conocimientos, con tu mirada, con tu sonrisa. No tienes que ir hasta África para arreglar el tema del ébola. Recuerda que estás rodeada de oportunidades para contribuir en pequeño. Ayuda desde donde estás, en el momento que estás, con los recursos que tienes y con la gente a tu alrededor.

Recuerda… “es imposible no sentirte bien y feliz luego de ayudar a alguien”.

 

¿Qué hacer cuando sentir gratitud es difícil?

Me preguntó una lectora la semana pasada luego de publicar el artículo La gratitud es la actitud de la felicidad.

“Me gustaría saber cómo practicar la gratitud cuando tienes un evento negativo en primer plano –en mi caso dolor- , que predomina sobre todo lo demás y no te deja ver lo positivo”

Sentir gratitud y felicidad es fácil cuando todo va bien. Es algo así como ser mamá. Lindo y gratificante si tu creatura se despide de ti con un beso tronado, un abrazo apretado y un “te quiero mucho” cuando la dejas en el colegio, pero no tanto cuando se baja del carro aventando la puerta y gritando a todo pulmón que “eres la peor mamá del mundo” por decirle que no puede tener un caballo en su recámara, aunque técnicamente si quepa.

¿Cómo sentir gratitud si una de tus personas favoritas tiene una enfermedad crónica o terminal? ¿Cómo sentir gratitud después de un accidente, un secuestro o luego de perder el trabajo? ¿Cómo sentir felicidad si tu hijo adolescente tiene un problema de adicción? ¿O cuándo alguien querido muere? ¿Qué hacer con los conflictos y las rupturas familiares? ¿Qué si el dinero no alcanza? ¿Cómo ver el lado positivo si tienes depresión y ansiedad? ¿Y qué cuando es todo al mismo tiempo?

Hay un diferencia importante entre sentir y practicar gratitud. En los días pesados y en las épocas más espinosas es difícil sentir gratitud pero es justo cuando más útil es practicarla. En tiempos de desastre una actitud de gratitud no sólo ayuda, sino que es esencial. Robert Emmons explica que la gratitud es una decisión, una actitud que resiste el flujo de las altas y bajas en la vida. Es una perspectiva desde la cual podemos ver la vida en su totalidad y no sentirnos abrumados por circunstancias temporales -puedes leer su artículo aquí-.

La gratitud tiene muchos beneficios. Entre otras cosas, funciona como antídoto contra las emociones difíciles, mejora la salud y estrecha nuestros lazos sociales.

¿Qué hacer entonces para practicar la gratitud ante eventos o temporadas difíciles? Existen muchos ejercicios sencillos y efectivos. Aquí vamos describir brevemente algunas ideas. Pero si quieres leer con más detalle o explorar más opciones sigue este vínculo.

Acuérdate de lo malo. Piensa en los peores momentos de tu vida, eventos traumáticos, pérdidas, enfermedades, etc. Ahora date cuenta que ya NO estás ahí. Quiere decir que lo superaste. Lograste recuperarte de la muerte de tu madre o de tu hija, saliste adelante después de tu divorcio, abandonaste una relación abusiva, encontraste otro trabajo y pagaste tus deudas. Hoy estás aquí.

Piensa en muy pequeño. Si estás de mal humor, triste o tienes dolor físico crónico y te cuesta trabajo sentir gratitud tómate un momento para mirar a tu alrededor. Encuentra una o dos cosas que te hagan sentir bien con respecto a la vida que tienes. Un colibrí afuera de la ventana, un mensaje de texto, una comida rica, una foto de un viaje o las papas que están creciendo en tu jardinera. Notar los pequeños detalles fomenta la sensación de gratitud.

Recurre a la básica. Mis estudiantes y yo empezamos cada clase escribiendo tres cosas buenas que nos hayan pasado en los últimos días y compartimos una con el resto del grupo. A veces sucede que alguien se queda pensativo mirando el papel y lo deja en blanco. Cuando llega su turno dice algo parecido a “todo me ha salido mal, no puedo pensar en nada bueno”. Esto se vale. Hay días o cadenas de días que preferiríamos brincarnos. Cuando esto pasa recurrimos a la básica. Todos jalamos aire. Inhalamos y exhalamos profundamente una vez. ¿Qué significa esto? Quiere decir que estamos vimos y que estamos juntos.

La básica –respirar- te ayuda a recordar que estas aquí, que tienes este momento. Y ya esto es un motivo para sentirte agradecido.

Incluso si hoy te despertaste con la noticia de un nuevo vecino indeseable en el barrio.

La gratitud es la actitud de la felicidad

La gratitud es una de las herramientas más poderosas y efectivas para aumentar nuestra sensación de bienestar. Según estudios científicos cultivar consistentemente la gratitud hace posible elevar nuestras emociones positivas hasta en un 25 por ciento.

Practicar la gratitud va más allá de decir gracias y consiste más bien en desarrollar un sentimiento profundo de agradecimiento con la vida. Tiene que ver con notar lo bueno que te pasa, lo que sí tienes, lo que sí puedes hacer y las personas que sí están contigo queriéndote, apoyándote y contribuyendo positivamente en tu vida. La gratitud permite ver la vida a través de un lente de abundancia, en lugar de un lente de escases.

En ocasiones, la gratitud también está en darte cuenta de lo que no sucedió, de lo que te salvaste, de lo que casi pasó pero no pasó.

Robert Emmons, Profesor de Psicología de UC Davis en California, explica que la definición de gratitud tiene dos elementos. El primer elemento es una afirmación de lo bueno y el segundo es una atribución.

Hacemos una afirmación de lo bueno cuando reflexionamos sobre nuestra vida en general o los momentos cotidianos y reconocemos las cosas lindas que tenemos y que nos pasan. Esto no quiere decir que la vida es perfecta o que no hay problemas y dificultades. Quiere decir que somos capaces de resaltar lo bueno. El secreto está en hacer pausas, observar y agradecer antes de seguir, como dice David Steindl-Rast en su conferencia de TED “Si quieres ser feliz, sé agradecido”. No te la pierdas.

Viajamos en este tren de vida en que todo tiene que ser grande, glamoroso, brilloso, monumental y espectacular si no, no importa. Nos han entrenado para pensar que una vida ordinaria no tiene chiste. Sin embargo, son los pequeños detalles ordinarios, como señala Brené Brown los que hacen una vida extraordinaria.

¿Pequeños detalles? Reírte hasta que te duela, enamorarte, agua caliente para bañarte, un café al despertar, un mensaje, un sueño bonito, las risas de tus hijos, nadie delante de ti en la fila del súper, una sorpresa, el olor de la tierra mojada. Pequeños detalles son también esos que más hacen falta cuando ya no los tienes. La imagen de tu papá leyendo el periódico, las llamadas de teléfono de tu mamá, los abrazos apretados y los besos pegajosos de tus hijos cuando eran chiquitos.

El segundo elemento en la definición de gratitud es una atribución y consiste en descubrir el origen de las cosas buenas que tienes y te pasan. Si te preguntas ¿De dónde vienen? en la gran mayoría de los casos encontrarás que detrás de cada una de tus bendiciones están las acciones de otras personas. Practicar la gratitud consiste también en agradecer lo que otros hacen o han hecho por ti. Lo chiquito y lo grande.

¿Cómo hacemos para incorporar la gratitud a nuestra vida? o ¿Cómo activamos la felicidad del día a través de la gratitud? Existen dos ejercicios simples y efectivos para elevar nuestra sensación de bienestar utilizando la gratitud.

Para entrenar a tu cerebro a notar lo positivo de tus días o de tu vida en general haz el ejercicio “Tres Cosas Buenas”. Cada noche antes de dormir piensa en tres cosas que te hayan hecho sentir bien, que hayas disfrutado, que te hayan hecho reír. Por ejemplo, mi hijo adolescente llegó de buen humor, recibí la llamada de una amiga, mi familia está completa, terminé mi trabajo.

Si te gusta escribir puedes comenzar un diario de gratitud. Una vez por semana escribe todo aquello de lo que te sientas agradecido, momentos agradables, experiencias positivas. Cuando escribimos recordamos y volvemos a vivir. Este diario también sirve para esos días en que piensas que nada te sale bien o que el mundo te persigue. Regresas a tu diario y encuentras la evidencia: tu vida no apesta, sólo estás teniendo un mal día.

Decíamos que el otro componente en la definición de gratitud tiene que ver con reconocer que mucho de lo bueno en tu vida es producto de las acciones de alguien más -un consejo, una enseñanza, una conexión con alguien más, un gesto con tu familia, apoyo en un momento difícil-.

Agradecer personalmente tiene un efecto positivo en ti y en la persona que recibe tu gesto de gratitud. Walter Green describe en su libro “This is the Moment” el poderoso efecto de agradecer personalmente. Además nos invita a hacerlo ahora, mientras las personas estén todavía aquí.

Haz una lista de personas que han hecho o hacen una diferencia positiva en tu vida. Escribe un mensaje o carta de agradecimiento describiendo su contribución y entrégalo –personalmente, por teléfono, mensaje de texto o simbólicamente si es que la persona ya no está-. Te sentirás mucho más feliz y en paz. Aquí te dejo el vínculo al video de Soul Pancake para que veas lo increíble que es este ejercicio. Anímate a hacerlo y regresa a contarnos cómo te fue.

Yo de paso aprovecho para agradecerte a ti por leer y compartir esta publicación.

 

La felicidad es el placer de los sabios

“El placer es la felicidad de los locos, la felicidad es el placer de los sabios” dijo el escritor novelista francés Jules D’Aurevilly. Y es que placer y felicidad no son la misma cosa. No toda la felicidad es igual y es importante conocer la diferencia. Existen la felicidad momentánea o placer y la que perdura en el tiempo.

La felicidad momentánea está asociada al placer, a sentirse bien en el instante y tiene un efecto efervescente, fugaz o de corta duración. Casi siempre es generada por un estímulo externo y más bien tiene como fin evitar el dolor o el sufrimiento.

La felicidad en el tiempo viene del interior, tiene un efecto de larga duración e incluye los momentos difíciles que nos reparte la vida. La construimos cada día y es el resultado de cultivar nuestros lazos sociales, tener un sentido de vida y propósito definido, cuidar nuestra salud, practicar la gratitud y alcanzar nuestras metas personales, entre otras cosas.

Ciertas acciones que generan placer también contribuyen a la felicidad en el tiempo. Hacer ejercicio, ayudar a otros, pasar tiempo con la gente que queremos, por ejemplo, generan una sensación placentera instantánea y además abonan a nuestro bienestar de largo plazo (mejor salud, sentido de vida, lazos sociales estrechos)

Por otro lado, algunas actividades o conductas tienen el potencial de poner en riesgo nuestra bienestar futuro. Para evadir el dolor o el sufrimiento, por ejemplo, podríamos generar placer abusando del alcohol, apostando o comprando compulsivamente. Estas acciones se sienten bien en el momento pero pueden tener un impacto negativo más adelante.

Es importante alinear lo que nos genera placer temporal con nuestra felicidad en el tiempo. Construimos nuestro bienestar futuro con momentos y experiencias cotidianas.

Vamos a concentrarnos en la felicidad del momento presente. Aunque te parezca extraño, casi siempre dejamos la felicidad para después. Para el lunes, el siguiente mes, el próximo año o cuando cierta condición se cumpla. Si te suenan conocidas frases como “Voy a ser feliz cuando me promuevan en el trabajo”, “Voy a ser feliz cuando me case”, “Voy a ser feliz cuando baje de peso”, “Voy a ser feliz cuando esté de vacaciones” es que has caído victima de la Trampa del Cuando y la felicidad siempre te queda a la vuelta de la esquina.

¿Cómo hacemos para generar o reconocer momento agradables ahorita? Lo primero es identificar las actividades que nos ayudan rápida y efectivamente a mejorar nuestra sensación de felicidad.

Piensa en lugares, personas, actividades, experiencias que te producen emociones positivas. ¿Qué te gusta hacer? ¿Qué disfrutas? Correr, pasar tiempo con tus hijos, tocar el piano, pintar, cantar, ver un atardecer, tejer, andar en bicicleta, jugar futbol, pasear al aire libre, surfear, tomar café con tus amigas, cocinar, leer, aprender algo nuevo, escuchar música, investigar, meditar. ¿Cómo te gusta pasar el tiempo libre? ¿Cómo te gustaría pasar el tiempo? ¿Qué te gustaba hacer antes de que tuvieras hijos o trabajo que saturaran tu tiempo? Escríbelas en una lista.

Ahora piensa ¿Qué tan seguido las haces? Los días se nos resbalan como arena entre los dedos mientras recorremos la lista repetitiva e infinita de lo que tenemos que hacer –trabajo de oficina, súper, tintorería, vueltas al colegio, partidos de soccer, clases de baile, citas con el dentista, revisar tareas, preparar la comida-. Los meses vuelan en automático. ¿No me crees? ¿Ya viste cuánto falta para Navidad?

Revisa la lista que escribiste de las cosas que te hacen sentir bien, saca tu agenda y genera un espacio en tu calendario para hacer una de ellas. Decide deliberadamente meter lo que disfrutas en tu agenda y empieza hoy. Aunque sea miércoles.

 

 

 

 

 

 

 

Una buena parte de nuestra felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días

La felicidad parece estar de moda. Por todos lados aparecen las palabras “felicidad” y “bienestar”. El tema es citado por comunicadores o presentado por expertos en programas de televisión, radio, conferencias, artículos de revistas y redes sociales.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) publica desde el 2012 el Reporte Mundial de la Felicidad, un resumen donde podemos conocer la felicidad promedio de 157 países, entre otras cosas.

Sin embargo, el estudio científico de la felicidad no es nuevo. Comenzó hace unos 75 años cuando grupos de investigadores en diferentes partes del mundo se dieron a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas y cuáles son los rasgos o características que distinguen a las personas más felices.

Sonja Lyubomirsky, académica de la Universidad de California, explica en su libro “La Ciencia de la Felicidad” la receta del Pay de la Felicidad: 50% genes, 10% condiciones de vida y 40% comportamiento.

Aproximadamente el 50% de las diferencias en la felicidad de las personas está determinado por la genética, en otras palabras, la programación que viene de fábrica. Esto quiere decir que si tuviéramos un grupo de individuos geneticamente idénticos –por ejemplo los gemelos- aún así tendrían diferentes niveles de felicidad y el 50% de estas diferencias quedaría sin explicación.

El 10% de las variaciones en la felicidad es explicado por las condiciones o circunstancias de vida –si somos ricos o pobres, si estamos casados, divorciados o solteros, si tenemos muchos estudios o no tantos, si vivimos en una ciudad grande o en una pequeña, en un mansión o en una casita, si nuestra salud es buena o regular, etc.- ¿Qué quiere decir esto? Pregunta Lyubomirsky, quiere decir que si sacáramos una varita mágica e igualáramos las condiciones de vida de las personas -misma casa, misma pareja, mismo lugar de nacimiento y mismos dolores- podríamos explicar únicamente un 10% de la diferencia en sus niveles de felicidad y un 90% quedaría en la dimensión desconocida.

Aquí empieza a ponerse interesante. Si la genética y las condiciones de vida explican sólo el 60% de las diferencias en la felicidad de las personas, ¿Qué pasa con el 40% restante? ¿Qué más determina la felicidad?

Nuestro comportamiento. Una buena parte de nuestra felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días.

Lo anterior ha llevado a la ciencia a concluir que la clave de la felicidad no está en cambiar nuestra información genética –aunque quizá en un futuro podamos hacerlo- ni en cambiar nuestras circunstancias de vida, sino en modificar nuestros hábitos y conductas diarias.

Detente un momento a pensar cómo vivimos nuestros días. Dedicamos gran parte de nuestro tiempo, energía y recursos a mejorar nuestras condiciones de vida, al 10%. Trabajamos más horas para ganar más dinero, comprar más cosas, estudiar en colegios de lujo, mejorar nuestra apariencia física y vivir en casas más grandes. En el proceso, los papás pasan mucho tiempo en la oficina y poco tiempo en casa, las mamás trabajan –en la oficina, en la casa o en los dos lugares- y manejan horas en las tardes para llevar niños a clases que no les gustan. Y a todo esto hay que sumarle el millón de eventos sociales a lo que asistimos más por cumplir que por gusto.

Somos extremadamente ineficientes en la manera en que buscamos ser felices. La fórmula de la felicidad no es universal ni unitalla. Sin embargo, la ciencia ha mostrado que las personas más felices practican la gratitud, son generosas, tienen lazos sociales sólidos, aprecian lo que tienen en lugar de fijarse en lo que les falta, son activas, optimistas y viven en el presente. En otras palabras, atienden más ese pedazo que explica el 40% de las diferencias en la felicidad y dedican menos tiempo y energía a preocuparse por ese 10%.

Aquí es necesario hacer una nota. Cuando una persona no tiene los recursos necesarios para cubrir sus necesidades básicas y su entorno es complicado, el peso asociado a las condiciones de vida podría ser mayor que 10%. Para generar mayor felicidad es necesario dedicar tiempo y energía a generar más ingreso, por ejemplo, para cubrir estas necesidades y aliviar la carga.

Pero si este NO es tu caso, tus necesidades básicas están cubiertas y tus condiciones de vida son cómodas, la sugerencia que te hace la ciencia para vivir más feliz es distinta. Dedica tu tiempo, energía y recursos a practicar la gratidud y la generosidad o a aprender algo nuevo, en lugar de comprarte otra bolsa, otros zapatos o algo más de ropa. El iphone 7 también puede esperar.