Y llegamos al año…

Esta semana he estado sintiendo mucho. El primer aniversario del modo pandemia me está pegando. De unos días para acá me visitan, hasta en sueños, los recuerdos de todo lo que hice en los días anteriores al confinamiento.

No sabía en ese entonces que estaba viviendo los últimos días de mi estilo de vida pre-covid. Comiendo en restaurantes, viajando, abrazando gente, dando clases y conferencias en tercera dimensión, viendo caras completas, usando lápiz labial, yendo al cine, acompañando a mis hijas a sus partidos.  

En mi mente esto era una noticia escandalosa y un evento que duraría, cuando mucho, dos semanas.

Ya sonaba el rumor de un nuevo virus cuando me fui a la India el 4 de marzo de 2020. En contra de la voluntad de varias personas a mi alrededor, me lancé.

En los aeropuertos de México y Estados Unidos aún no había nada que indicara que el mundo estaba por ponerse de cabeza. Viaje usando el cubre bocas de manera intermitente. Yo estaba en modo escéptico.

Llegado a la India tuvimos que llenar un formulario, nos tomaron la temperatura y nos echaron un chisguete de gel antibacterial. El único inconveniente de este proceso fue hacer fila detrás de unos 400 pasajeros a la 1:00 am de la madrugada luego de haber estado 15 horas apretujada en mi asiento sin dormir.

En Nueva Delhi, en la entrada del hotel nos recibió una persona con un termómetro en forma de pistola. Daba nervios que te apuntaran con un rayo rojo en el centro de la frente. ¿Qué tal si salía una bala? o ¿Qué tal un resultado que sugiriera un estado febril? Después de un año de ser apuntada en la cabeza en todas partes, temo que un revólver real ya no me impresione.

Arrancamos el tour en una burbuja. Durante los siguientes días, nada de lo que se escuchaba en otras partes del mundo parecía tener eco en ese alejado país. Nosotros caminábamos entre multitudes atrapando imágenes con nuestras cámaras.

Con el pasar de los días fueron alcanzándonos las noticias. Llamadas de familiares pasando nombres de los primeros conocidos contagiados en México, preguntando-sugiriendo si pensábamos acortar el viaje y volver. A sus preocupaciones, yo respondía enviando una foto mía con un paisaje maravilloso detrás y la leyenda “aquí no pasa nada”.   

El entorno fue cambiando. Más medidas sanitarias. Más registros. Mas termómetros en templos y monumentos. Una revisión médica antes de ser admitidos en un hotel.

Algunos países empezaron a cerrar sus fronteras. Las conversaciones de nuestro grupo en el autobús comenzaron a girar alrededor de la pregunta: ¿Adelantamos nuestro regreso o nos la jugamos? Empezamos a estar más alertas, a monitorear vuelos, a sentirnos inquietos. Una especie de ansiedad subyacente se unió a nuestro tour.

Unos cinco días antes de que terminara nuestro viaje las cosas empezaron a complicarse. Íbamos camino al pueblo del opio cuando nuestro maravilloso guía Sandip recibió una llamada a su celular. Se puso muy serio. Colgó y tomó el micrófono. “No podemos entrar al pueblo, las autoridades no quieren recibir extranjeros. Ellos están sanos, no tienen medicamentos para hacerle frente al virus y no quieren exponerse”. De ahí en adelante las fichas cayeron rápido. Anunciaron el cierre del Taj-Mahal. Esta maravilla del mundo era la última parada para cerrar con broche de oro nuestra visita. Tendré que volver.

Con esa noticia empecé a pensar en adelantar mi regreso.

Anunciaron el cierre de los templos, los monumentos, los fuertes. Más vuelos cancelados. Más países cerrando fronteras. Más angustia.

Me despedí del grupo en Jaipur tres días antes del regreso oficial y, ahora sí, sentí la pandemia con todo. El aeropuerto estaba vacío… ¿Te imaginas un lugar en la India sin gente? Era como estar dentro de una película surrealista. Si no salía el avión de Jaipur a Delhi, tampoco podría tomar el vuelo transatlántico. En ese momento estar en mi continente ya era ganancia. Despegamos. A bordo estábamos la tripulación y unas diez personas más, la mayoría extranjeros.

Aterrizamos en Delhi. El aeropuerto estaba desierto. Una imagen contrastante a la que había registrado en mi memoria cuando llegué. La espera fue larga, unas 7 horas. Encontré una mesa frente a una pantalla. Se volvió compulsivo monitorearla. Me daba miedo que el letrero cambiara de “a tiempo” a “cancelado”.

Las horas se sintieron largas.

Pocas veces he sentido tanta tranquilidad como cuando el avión de Delhi a Newark pegó carrera y levantó las llantas de la pista. Aterrizamos unas 16 horas después a eso de las 5:00 de la mañana. Quedarme atrapada en Nueva York ya era mucho mejor opción.

Mi siguiente vuelo a la Ciudad de México lo cancelaron 50 minutos antes del horario programado de salida. Corrí al mostrador de United y la joven que estaba ahí me dijo: “No preguntes nada, corre conmigo, hay un vuelo a Houston, yo me encargo de tu conexión”. Confié y corrí. Entré en “safe” al avión.

El piloto anunció el descenso. Por ahí de los 10,000 pies nos tuvo dando vueltas alrededor de la ciudad en lugar de bajar. Entonces abrió el micrófono: “mmm… tenemos una situación”. Esa es una combinación de palabras que no quieres escuchar estando en un avión. “No podemos aterrizar en Houston porque hay tormenta eléctrica, tampoco podemos seguir sobrevolado la ciudad por falta de combustible. Vamos a Nuevo Orleans para cargar el tanque y esperar a que mejore el clima”.  Estaba tan cansada que, en lugar de entrar en pánico, pensé “OK, vamos a New Orleans” y seguí leyendo mi libro, que muy a tono con el contexto actual era “Ensayo sobre la ceguera” de Saramago.

Cinco vuelos y cincuenta horas después aterricé en Monterrey a eso de las 11:00 de la noche. Como yo era potencialmente contagiosa, me dejaron un coche en el aeropuerto para no contaminar a nadie. En casa, la instrucción era que dejaran todas las puertas abiertas desde la entrada hasta la regadera para no tocar nada.

Y así empezó la cuarentena que en mi mente duraría sólo dos semanas.

Y así empezó a cambiar nuestro mundo.

A la vuelta de un año, ahora veo películas donde sale mucha gente y me parece raro que no tengan tapabocas. Las imágenes de estadios, de auditorios, de fiestas de celebración me inyectan nostalgia directo a la vena. Con frecuencia sueño que camino entre personas, de pronto, me doy cuenta de que nadie tiene máscara y el sueño se convierte en pesadilla.

Esto empezó para mí como un tema lejano en forma de circulo con un diámetro tan grande que parecía imposible que me tocara. El círculo fue cerrándose con el paso de los meses. Los contagiados ahora eran mis conocidos, los enfermos graves estaban en mi perímetro. En febrero estuve dando pésames todos los días de una semana, a veces, hasta dos por día.

Los espacios han cambiado. Las casas son oficinas, salones de clases, estudios de música, campos de batalla. Lo que más me asusta de todo esto es que pensemos que así está bien. Las personas necesitamos cambiar de espacios, salir a conectar con los demás, a tomar aire. Y si, también hace falta descansar de las personas con las que vivimos.

Las empresas están reacomodándose y están tomando decisiones que quizá no habían contemplado antes. Están desocupando pisos enteros de oficinas porque han visto que las personas pueden trabajar desde su casa y pueden ahorrarse un montón de dinero. Y yo no puedo evitar pensar: “que se pueda, no significa que debamos”.

Y es que tengo la sensación de que no están considerando el costo que traerá la desconexión social, ni las consecuencias que esto tendrá en la salud mental. La innovación se complica estando en posición remota, mantener la cultura organizacional también. Me parece que están olvidando todo lo bueno que se genera cuando la gente se saluda en los pasillos, cuando los equipos hacen sesiones de ideación juntos en una sala. ¿Quién le está poniendo número a las sonrisas, a las interacciones junto a la cafetera, a los “high fives” que provocan los logros?

Me preocupa que el cuerpo de mis hijas vaya adoptando la forma del sillón en que se sientan a tomar sus clases, que se les olvide como entablar una conversación en persona, que se acostumbren a su mundo en línea. Extraño verlas metidas en sus partidos. Perdimos la racha de años de entrenamiento en los equipos de volibol y de basquetbol. Me da tristeza que hayan perdido esas canchas donde desarrollaban la resiliencia, donde aprendían a perder y a ganar, donde trabajaban en equipo. Nuestros niños y jóvenes están empatallados, sedentarios y solos.

El aire se siente espeso. La suma de las pérdidas y el sufrimiento colectivo sellan los pulmones al vacío. Tenemos cansancio emocional, dolor, estrés económico, físico, fastidio de pantallas, trastorno de rutinas y un tedio monumental. Estoy cansada hasta los huesos de sentirme nerviosa, de tener pesadillas, de ver cómo la preocupación adelgaza a mis seres queridos, de tener que contener abrazos, de no ver a mis papás.

Al mismo tiempo han pasado cosas buenas. El mundo entero trabajando junto para fabricar una vacuna, héroes en los hospitales, voluntarios, solidaridad, innovaciones, aprendizaje, creatividad. Estamos aprendiendo a vivir entre opuestos, a manejar la incertidumbre, a ser más tolerantes, a soltar el control, a vivir en el caos.  Estamos conociendo mejor a nuestros hijos, vemos cómo interactúan con sus compañeros de clase, jugamos más, comemos en familia. Me parece que esto lo extrañaremos más adelante.

Podría seguirle a esta lista. Pero la meritita verdad es hoy no me dan ganas. Hoy necesito permiso para renegar.

Ya se me hizo largo el escrito. Acá lo voy a dejar. Sin preocuparme mucho por rematarlo con un final porque esta historia aún sigue.

La pandemia sigue… ¿Ahora qué?

La semana pasada fue ruda, la anterior también. Todos los días recibí correos con el encabezado “sensible fallecimiento”, a veces dos por día. Facebook se ha convertido en página de obituarios y plataforma para buscar tanques de oxígeno o donadores de sangre. El número de contagios rompe el récord cada día en combinación con el número de muertos. Los hospitales están saturados y el personal médico agotado. Cada día se pierden más trabajos y cierran negocios. La angustia y el dolor se han convertido en la música ambiental que suena por todos los rincones y nos acompaña sin tregua. 

En abril del año pasado, cuando recién empezaba la pandemia y nos guardamos en nuestras casas pensando que sería cuestión de un par de semanas, tuve una conversación por Instagram Live con Johan Stuve -consultor, antiguo colega y muy querido amigo-. El objetivo de ese intercambio fue compartir estrategias para hacerle frente al confinamiento tanto a nivel personal como organizacional. 

Luego de unos diez meses, el contexto ha cambiado y las ideas que funcionaban cuando esto era una novedad y pensábamos que teníamos que aguantar sólo un tiempo corto ya no aplican. Quiero pensar que si, a estas alturas del partido, le recomendamos a una mamá armar un rompecabezas más o hacer manualidades con sus hijos para pasar el tiempo, nos arranca la cabeza. 

Entonces pensé en volver a conversar con Johan. Me gustan sus puntos de vista. Su  especialidad es cuestionar el estatus quo y los patrones -personales y organizacionales- para co-diseñar estrategias que mejoran el bienestar y el desempeño. Yo andaba con ganas de cuestionar el modo pandemia, así que lo invité a un segundo Instagram Live. 

Arrancamos la conversación con problemas técnicos, igual que la primera vez. De ahí hablamos un poco sobre el contexto en el que estamos viviendo. Mi percepción y sentir es que es ahora cuando estamos sintiendo, con todo, los efectos acumulados de los últimos meses. Tenemos cansancio emocional, dolor, estrés económico, físico, fastidio de pantallas, trastorno de rutinas y un tedio monumental. 

Todo lo anterior nos ha metido en una mentalidad de crisis que nos tiene con el sistema nervioso central en alerta máxima. Este modo crisis sin duda es necesario, pues nos recuerda que debemos cuidarnos -cubrirnos nariz y boca, lavarnos las manos, usar gel antibacterial, mantener distancia sana, evitar reuniones sociales-. La cosa es que la pandemia sigue y, aunque debemos seguir alertas y cuidándonos, también necesitamos salir del permanente modo crisis que dispara nuestro sistema de supervivencia. 

Cuando nos sentimos amenazados, la amígdala activa las alarmas y nos pone listos para pelear, escapar o congelarnos. El cerebro responde inyectándonos cortisol -hormona del estrés-, eleva nuestro ritmo cardiaco, suprime el sistema inmune y provoca visión de túnel, lo cual nos tiene como caballos viendo sólo hacia el frente, atendiendo el paso inmediato siguiente y sin posibilidad de contemplar otras alternativas.

El modo crisis va limitando nuestro radio de acción, nos tiene híper alertas a lo negativo, nos encierra en un mundo de quejas y lamentos que no nos permite avanzar. Para salir de este atolladero es necesario desenchufarnos de una mentalidad de supervivencia y conectarnos con una narrativa que nos jale a un futuro en donde sea posible visualizar posibilidades, nuevas maneras de funcionar y un mayor bienestar.

¿Cómo le hacemos?

Johan compartió tres ideas principales:

1. Visión y actividad. Es importante movernos. Quedarnos paralizados frente a los cambios del entorno nos deja en el mismo lugar. Así como una bicicleta necesita moverse para mantener el equilibrio, así las personas y las organizaciones. ¿Qué pequeña acción puedes hacer para salir de donde estás, para acercarte un poco a donde quieres estar o a lo que te gustaría lograr? Esto me hizo pensar que, con frecuencia, confundimos pensar y preocuparnos mucho con hacer. Preocupación sin acción es como estar en una mecedora: te da algo que hacer, pero no te lleva a ningún lado.

2. Enfoque en lo valioso. No se trata de hacer cualquier cosa simplemente para mantener el equilibrio -aunque si estás paralizado… ¡Haz cualquier cosa!-. Lo ideal es identificar las actividades que se alinean con el nuevo escenario que queremos construir. Movernos con propósito. 

A mí, por otro lado, escuchar las palabras “enfocarse en lo valioso” me conectó con la práctica de la gratitud. Una herramienta para salir de los pantanos en donde viven los problemas, los dolores, los monstruos viscosos y todo lo que puede hacernos sentir miserables en la vida, es notar lo bueno. Buscar con intensión lo que sí funciona, lo que sí está bien, lo que sí se puede, las personas que sí están con nosotros. La gratitud es un antídoto poderoso contra las emociones difíciles. 

3. Disciplina. Formar nuevos hábitos y cambiar nuestro estatus quo requiere de comportamientos repetitivos. Para ganar impulso e incorporar nuevas rutinas es necesario sostener nuestras acciones en el tiempo. Hacer algo positivo una vez, sirve una vez. En este sentido, hacer una comida sana no es suficiente para bajar de peso o recuperar la cintura. Tenemos que convertirlo en un hábito. Y para aumentar nuestra motivación es importante celebrar nuestros logros, por pequeños que sean. Me recuerda al dicho “un viaje de 1,000 millas comienza con el primer paso”. 

Y yo aportaría un cuarto punto…

4. Fortalezas personales. En momentos de crisis, cambios inesperados y retos nuevos hay que mirar al interior y entrar en contacto con nuestros mejores recursos personales. Recordar nuestras fortalezas, habilidades, talentos, superpoderes. Preguntarnos… ¿Para qué soy muy bueno y cómo puedo trasladar esto a otra realidad? 

Al final hablamos del poder de las palabras y las historias que nos contamos. Es muy fácil quedar atrapados en narrativas catastrofistas, en posiciones de víctimas, en el reino de las quejas. Es importante cuidar el lenguaje que usamos para comunicarnos con nosotros mismos y con los demás. Con las palabras se construyen mundos, así que utilizémoslas para escribir páginas que queramos leer. 

¿Qué opinan?

Si quieres ver y escuchar la conversación con Johan Stuve visita su perfil de Instagram: @johan.stuve.oficial

Aprovecho para desearles un 2021 lleno de salud e historias nuevas.

Bailando con demonios

Vengo caminando de regreso -y de puntitas- a esto de escribir. Rompí mi récord personal de semanas sin publicar y ando con la confianza disminuida.

Estamos en octubre, llevamos unos 8 meses conviviendo con el Covid. Los días pasan al mismo tiempo rápido y lento.

La semana pasada di un par de conferencias sobre estrategias para cuidar nuestra felicidad en tiempos de pandemia – más bien, a estas alturas de la pandemia-. Cuando recién empezó esta contingencia me invitaron a hablar varias veces sobre el mismo tema, así que abrí el archivo para trabajar en la presentación y actualizarla. Me di cuenta de que muchas de las herramientas que compartí a principios del año para hacerle frente a este fenómeno ya no aplican.  

Los primeros meses de pandemia fueron diferentes a estos últimos meses.

Me atrevo a decir que al inicio la tratamos como a una novedad, con sorpresa y una buena dosis de escepticismo. Una exageración pasajera que teníamos que administrar por un tiempo corto. Al menos, así fue para mi.

Iniciamos el confinamiento casi emocionados. Organizamos actividades en familia, manualidades, juegos de mesa, películas, cientos de reuniones por plataformas virtuales con amigos y familiares. Agradecimos el descanso, la oportunidad de estar en casa, de evitar horas de tráfico y desentendernos de eventos sociales, nos parecía buena onda arreglarnos de la cintura para arriba nada más. Le pusimos buena cara y mucho entusiasmo. Creíamos que esto duraría poco, un par de meses a lo mucho.

Pero sucedió que terminó el año escolar, pasó el verano, empezó otro año escolar, ya estamos en otoño, Halloween está a la vuelta de la esquina y aún no se ve la línea de meta. Espero con todo que esté pasando la hoja del 31 de diciembre -sigo poniendo nuevas metas de llegada-.

En la primera ola del Covid y en las primeras semanas de cuarentena, algunas de las recomendaciones estuvieron muy dirigidas a tolerar estar contenidos en nuestras casas: utiliza las escaleras para hacer cardio, cuida tu rutina de sueño, levántate a la misma hora, arréglate, arma rompecabezas, intenta recetas nuevas, mantente en contacto con tus seres queridos, medita, date permiso de ir más despacio.

Hoy ya no estamos tan guardados ni tan restringidos. Es posible salir a caminar, hacer ejercicio, algunas actividades comienzan a reactivarse.

Hemos recuperado algo de terreno y movilidad, pero seguimos siendo acechados por el Covid. Y después de meses de su andar entre nosotros, sus efectos colaterales están empezando a manifestarse.

Estamos cansados, dolidos, asustados, preocupados, ansiosos, estresados, llenos de tedio, incertidumbre y hartazgo. Cualquier mala noticia, por pequeña o grande que sea, ya se monta sobre el desgaste acumulado.

No sé cuántas olas de este virus tendremos, pero ya están llegando las marejadas de sus consecuencias en cuestiones económicas, sociales y de salud mental. Las crisis de la crisis.

Las empresas que aguantaron y retuvieron a sus colaboradores en solidaridad, ahora se ven obligadas a recortar talento humano para bajar sus costos. Están desocupando pisos enteros de oficinas y cambiando de manera considerable la manera en que operan.

Las mamás se han convertido en maestras. El reto ya no es sólo entretener niños con actividades dentro de casa, ahora tienen que dar seguimiento al colegio en línea. Hay que cumplir con planes de estudio, mandar tareas, amenazar y sobornar hijos para que se conecten a sus clases y no a Tik Tok. Entre que todo esto sucede hay que sacar adelante las obligaciones de casa y trabajo. Los únicos cinco minutos libres se logran estando encerrada en un clóset. El café americano de las mañanas está a dos días de ser reemplazado por café irlandés. Matrimonios están volando por la ventana.

A estas alturas, me parece que la gran mayoría de nosotros hemos sido tocados de cerca por este virus. Conocidos, amigos o familiares que se han enfermado o incluso que se han ido. Estamos en duelo permanente. Por una cosa o por la otra.

Todo lo anterior se traduce en estrés, en ansiedad, en miedo. El sueldo emocional que hemos pagado en estos meses empieza a pasar la factura.

Hace un par de semanas caí en la cuenta de que estoy bailando con demonios a los que creía haber vencido. Angustias y miedos del pasado han estado apareciendo otra vez. Danzan a mi alrededor, me susurran al oído, interfieren en mis sueños, me aprietan la garganta, me desordenan los pensamientos, me hacen dudar.  

Y no sólo estoy bailando con los míos, sino también con los de mi gente.

Están asomando la cabeza aquellas preocupaciones que provocaban pesadillas, la necesidad de controlar, la ansiedad de separación, el miedo a estar enfermo. Esos demonios que estaban apaciguados están agarrando ritmo otra vez. Están haciéndose presentes en la pista emocional y mental.

No compré boleto ni hice reservación para participar en esto. Pero aquí estoy, abriendo la caja de herramientas y preguntándome todos los días… ¿Cuál es mi mejor versión hoy?, ¿Qué necesito para mantenerme bien?

Algunas estrategias que eran relevantes al inicio de la pandemia ya no aplican.

¿Cuáles si pueden funcionar?

Las más básicas siguen estando vigentes: comer bien, dormir suficiente, cuidar nuestra salud, hacer ejercicio, mantenernos muy conectados con las personas que queremos, meditar para manejar el estrés, encontrar momentos para hacer lo que nos gusta, apreciar los pequeños detalles, practicar la gratitud y la compasión.

Y si no son suficientes…

Lo que sigue es buscar ayuda profesional. Hacer contacto con terapeutas, psicólogos, grupos de apoyo, coaches. La depresión, la ansiedad y el miedo crecen en el silencio, en la oscuridad y la soledad. No dudemos en pedir apoyo. No hay lugar para tabúes, ni culpa, ni pena.

Cuidar nuestro bienestar emocional y salud mental es prioridad.

 

Regreso a clases en línea

 

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Hoy el camino a mi salón de clases fue diferente. En lugar de caminar al aire libre por el campus de la universidad con vistas a las montañas y entre un río de estudiantes, bajé de mi recámara a mi oficina entre las paredes blancas de las escaleras y un silencio desentonado.

Es la primera vez en 20 años que conozco a mis estudiantes de carrera por computadora y arranco un nuevo semestre estando detrás de una pantalla. Esta mañana me tocó experimentar un primer día de clases en modalidad pandemia.

¡Fue un reto!

Otro más.

En todos los sentidos.

Si me regreso en el tiempo y recuerdo cómo arrancamos, me atrevo a decir que a la pandemia la tratamos como una novedad. Organizamos actividades para pasar el tiempo en casa, entramos rápido en modo resolver, hicimos cambios, le pusimos buena actitud y energía, agradecimos la pausa. Pensamos que duraría poco. En mi mente esto era una carrera de cien metros, no un maratón.

Terminé el semestre pasado convencida de que regresaría a mi salón en tercera dimensión al finalizar el verano, mis hijas también. Empecé a dudar cuando iniciaron las conversaciones alrededor de nuevos códigos de conducta, nuevas reglas, capacitaciones de uso de plataformas virtuales, esquemas híbridos, colores de semáforos.

Y aquí estamos.

Todavía en posición remota.

Y nos toca acomodar todas las emociones que vienen con el regreso a clases en línea. Las propias y las ajenas. Lo que yo siento, más lo que sienten mis hijas, más lo que sienten mis estudiantes. Más lo que creo que sienten mis hijas y lo que creo que sienten mis estudiantes cuando imagino qué sentiría yo si estuviera en su lugar. ¡UFF!

No puedo evitar sentir tristeza cuando pienso en los niños y jóvenes empezando un nuevo ciclo escolar así. El primer día de clases es todo un evento. Decidir qué ropa ponerte, esperar con ansias las listas para saber con cuáles amigos tocas, conocer maestros, ubicar al chavo/chava que te gusta, notar quién creció, quién se puso más guapo. Es mucho más que temas académicos. Compartí esto con mis hijas y me sorprendí cuando dijeron: “no está tan mal, mamá”

Así arrancaron. Así arrancamos.

Han pasado casi tres semanas. Es sólo el comienzo, pero el ánimo, las ganas y la paciencia ya están en niveles como de exámenes finales. Escucho risas que se convierten en lágrimas y llantos que se convierten en risas. La colección de gritos de frustración y quejas que hemos juntado en los últimos 15 días es más grande que la que acumulamos en todos los años anteriores de colegio.

Estamos cansados.

Papás, mamás, maestros y estudiantes tenemos encima 6 meses de pandemia. Hemos tenido que asimilar cambios radicales, ajustar estilos de vida, atravesar duelos, navegar en la incertidumbre, aprender trucos nuevos, trabajar de distinta forma, lidiar con noches de insomnio.

No olvidemos que traemos encima una carga emocional pesada. Además de vivir nuestro encierro, vivimos el encierro de los que están con nosotros. Pretender funcionar como antes e imprimir el mismo nivel de exigencia -a nosotros mismos y a los demás- me parece de otro mundo.

Es mi primera pandemia, pero el sentido común me dice que los márgenes deben ser más anchos y el perfeccionismo debe salir volando por la ventana.  Todos estamos aprendiendo. ¿Y qué si confesamos que no sabemos cómo explicar matemáticas? o ¿Cuál es el problema de aceptarnos vulnerables ante la nueva responsabilidad de convertirnos en maestros de nuestros hijos?, ¿Por qué sentir culpa de no tener todo el pandero organizado?, ¿Por qué nos sentimos obligados a tener todas las respuestas?, ¿Y qué si nos tiemblan las rodillas pensando cómo mantener la atención de nuestros estudiantes por Zoom?

Vamos mejor por el camino de la paciencia, de la compasión. Vamos dándonos permiso de equivocarnos muchas veces y de pedir ayuda.

Escucho a mamás agotadas. Mamás que tenían planes diferentes para este año, que finalmente iban a tener unas cuantas horas en las mañanas para ellas mismas y de pronto están más ocupadas que nunca. Otra vez poniendo en pausa sueños propios en favor de la familia. Y además llenas de culpa porque están desesperadas, cansadas, porque no tienen suficiente paciencia y fantasean con 20 minutos de tiempo fuera.

Es como en el avión, nuestra máscara de oxígeno primero para poder ayudar a los demás.

Me topo con papás y mamás que despiertan de madrugada para avanzar en su trabajo. Despiertan antes que todos para tener unas horas de silencio y acumular medio turno de jornada laboral. Siguen con el trabajo de la casa, coordinar horarios, conectar niños a sus clases, mantenerlos enfocados, apoyarles con tareas. Más tarde, otra vez de noche, de regreso al trabajo. Unas horas más para sacar pendientes y cumplir con obligaciones. Por si fuera poco, se sienten culpables porque, desde su perspectiva, no lo están haciendo tan bien como otros.

Fuera culpa y fuera comparaciones.

Ya estamos haciendo algo extraordinario.

La incertidumbre y la sensación de pérdida de control provocan un tsunami de emociones. Nos quejamos porque queremos información, nos enojamos por la falta de organización y definición, pero… ¿Cómo exigir certezas en un mundo que está acomodándose? Vayamos un par de días a la vez, al menos por ahora.

Aceptemos que hay una contingencia y no podemos hacer mucho al respecto para cambiar lo que sucede allá afuera. No gastemos energía pensando ¿Por qué está pasando esto? Preguntemos mejor: ¿Cuál es mi mejor versión ante esta situación?, ¿Cuál es mi mejor versión como maestra detrás de una pantalla?, ¿Cuál es mi mejor versión de mamá-maestra?, ¿Cuál es mi mejor versión de papá que trabaja en casa? Así van apareciendo posibilidades.

Conectemos con la intuición, con lo que nos hace sentido emocional, física, mental y logísticamente. Creo que es momento de escuchar nuestra voz, la de nuestra familia. Encontremos nuestro propio ritmo pandémico.

Seguimos pisando terreno desconocido.

Vamos a entrarle a este regreso a clases en línea sabiendo que somos resilientes, nuestro espíritu es fuerte y que podemos seguir colgados de la esperanza.

PD. Un abrazo bien apretado para todos mi amigos y colegas maestros que ya están haciendo algo extraordinario.

Neblina mental

brain fog

Ayer desperté con los cables cruzados. Fue una de esas mañanas en que abres una ranura con el ojo derecho y, desde ya, sabes que el camino es cuesta arriba. Neblinas mentales y coctel emocional.

Está por terminar agosto pensé. De ahí hice cuentas. Se fue la primavera, al verano le falta poco. Sospeché que el otoño y el invierno se irán por el mismo pandémico lugar. Y entonces las paredes se me cayeron encima.

Para este “mood”, el remedio para mi es salir a correr o andar en bici. La cadencia de las pisadas o de los pedales, me ayuda a despejar los remolinos emocionales y las nubes mentales. Nota: las herramientas funcionan.

Decidí correr escuchando un podcast. Encontré en “The TED Interview”, un episodio con el nombre: “Elizabeth Gilbert dice que está bien sentirse abrumado. Aquí está lo que hay que hacer ahora”.

Desde mi punto de vista, Liz Gilbert -autora del libro Comer, Amar, Rezar- tiene una habilidad fuera de este mundo para desenredar y poner en palabras lo que sentimos.

Play y a correr.

¿Verdad que es increíble cuando el universo te manda justo lo que necesitas?

Le atiné a un podcast que me ponía por delante una conversación sobre el buffet de emociones por el que estamos pasado desde hace meses. Me sirvió mucho escucharlo. Te comparto lo que me pareció valioso. Confieso que fue difícil elegir, pues los 60 minutos valen la pena.

Ansiedad. Hay muchos sabores de ansiedad y el que sea que sientas es válido. El único sabor de ansiedad que sobra es el de “emociones sobres mis emociones”, pues éste es un problema adicional. Si sientes miedo y después sientes miedo por sentir miedo; si estás estresado y después te estresa estar estresado… es como subirle dos rayas al nivel de ansiedad. Sentirnos culpables o recriminarnos por pensar que deberíamos estar llevando mejor la pandemia -ser más relajados, más creativos, más productivos- sólo sirve para multiplicar el sufrimiento. ¡Es nuestra primera pandemia! Lo que aplica es darnos una dosis de bondad y compasión a nosotros mismos por la ansiedad que sentimos.

También me gustó esta idea sobre una de las paradojas de la humanidad.

No existe una especie más ansiosa que los humanos. Tenemos la habilidad para imaginar el futuro. Allá todo lo terrible puede pasar en cualquier momento, en cualquier parte y a cualquier persona. Creamos películas de terror en nuestra cabeza. Con nuestra imaginación viajamos a lugares que nos provocan miedo, ansiedad, inseguridad y nos convencemos de que no tendremos la capacidad para lidiar con eso.

La paradoja es que, también somos la especie más resiliente. Nuestra capacidad de adaptación es increíble. Cuando la vida nos sirve una tragedia, somos capaces de lidiar con ella. Sobrevivimos en lo personal a las adversidades y como humanidad también.

Podemos encontrar paz si reemplazamos el miedo y la ansiedad con la confianza de que, llegado el momento, la intuición nos dirá qué hacer.

Soledad. Quedarnos en casa y poner distancia física entre nosotros, está provocando sentimientos de soledad. Anhelamos la compañía en tercera dimensión, extrañamos los abrazos. Es frustrante y triste no poder pasar tiempo con la gente que queremos.

Al mismo tiempo, esta es una gran oportunidad para pasar tiempo con nosotros mismos. Y no se tú, pero yo recuerdo todas las veces que dije “me encantaría pasar un mes sola”, “quisiera irme a un retiro espiritual o a un centro de meditación en una montaña”, “quisiera que el mundo se pusiera en pausa”. También recuerdo todas las veces que escuché a alguien más decir lo mismo.

¿Qué pasaría si en lugar de llamarle a este tiempo “confinamiento”, le llamáramos “retiro espiritual?, ¿Qué pasaría si utilizáramos la curiosidad para caminar hacia adentro?, ¿Qué pasaría si tuviéramos la valentía de aguantar nuestra propia compañía? ¿Qué pasaría si avanzáramos con mente abierta y sin resistencia a la emoción que nos incomoda? ¿Qué pasaría si no tenemos tanta prisa por salir de esta situación que potencialmente puede transformarnos para bien?

Duelos. ¿Qué le dices a una persona que ha perdido a más de un familiar a causa del coronavirus? ¿Cómo hablarle a una persona que ha perdido a alguien? No hay palabras. Punto. Todo se queda corto. El duelo es más grande que nosotros y más grande que nuestros esfuerzos para manejarlo. Con frecuencia pensamos que, si sabemos administrar el duelo, lograremos brincarnos el sufrimiento. No es así. Tenemos que darnos permiso de sentirlo, dejar que nos atraviesen sus olas. La respuesta física emocional dura en nuestro cuerpo alrededor de 90 segundos. Lo que sigue es respirar y reconstruir a partir de ahí. Esto no significa que el duelo termina. Significa que lo sentimos, lo dejamos atravesarnos y seguimos otra vez. Todas las veces que sea necesario. Confiar en que la intuición nos murmurará el siguiente paso y recordar que nuestro espíritu es resiliente.

Control. Uno de los retos mas grandes que ha venido con esta pandemia es la sensación de pérdida de control. La incertidumbre y la frustración que vienen con no poder planear más allá de una semana está generando un incremento acentuado en los niveles de ansiedad. De acuerdo con Liz Gilbert, esto de tener el control es un mito… “no teníamos control, sólo ansiedad”, “no estamos perdiendo el control, más bien, estamos dándonos cuenta de que nunca lo tuvimos”. El cambio constante es lo normal. Aceptar que no tenemos control sobre la gran mayoría de las cosas, ni de las personas, ni de las situaciones, es la vía más rápida a la libertad. Hacer nuestro mejor esfuerzo, trabajar duro y después rendir el resultado al universo da paz.

En la entrevista, Gilbert habla también sobre el enojo, la curiosidad, la creatividad y la empatía. Aquí te dejo el vínculo. Te recomiendo que dediques una hora a escuchar esta conversación.

Después de correr acompañada de estas palabras se me descruzaron los cables y se me despejó el cielo. Decidí dejar de pensar en el otoño que aún no llega y disfrutar del día de verano que tenía disponible.

Atrapar un momento mágico

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Caí en la cuenta de que tengo varias semanas sin publicar en mi blog. Estoy descubriendo que de marzo para acá el tiempo pasa muy rápido y muy lento a la vez. Será que es mi primera pandemia.

En ocasiones, los artículos se escriben en partes separadas que luego encuentran cómo juntarse. Así el de hoy.

Hace una semana hicimos un ejercicio en el taller de narrativa que me sirvió para escribir muchas líneas. La misión era escuchar una canción y elegir tres palabras de la letra para usarlas en un cuento. Al azar salió Right Now de Van Halen y a mi me gustaron cuatro: atrapa un momento mágico.

Me acordé de todos los momentos mágicos que he atrapado en el pasado, de los que atrapo cada que es HOY y de los que quiero atrapar en el futuro. Salieron muchas líneas. Fue una de esas noches de martes en que las ideas fluyen sin pedir permiso. Así quedó una pieza.

La otra pieza ha venido construyéndose desde que el mundo se puso de cabeza.

Y es que sigue rondando la muerte. No da tregua. Parece incansable. Una noticia tras otra.

No sé si siempre ha sido así de activa y yo no me daba cuenta porque estaba saturada de trivialidades, o si efectivamente está trabajando turnos triples. Quizá estoy más sensible.

Quiero andar de puntitas.

No, no es cierto.

Quiero que mis pasos retumben y dejen huellas en el pavimento.

O las dos cosas.

Depende del día.

Regresé a mi escrito del martes pasado para editarlo. Fue entonces que junté las piezas. Algo me dijo que, en tiempos de pandemia, atrapar momentos mágicos es una gran estrategia de resiliencia, son escudos protectores para nuestro bienestar emocional.

Los momentos mágicos que he atrapado en el pasado me sirven para practicar la gratitud…

Atrapar un momento mágico

Tu imaginación para encontrar lobos en las nubes

Tu buena vibra al ritmo de música country

Tu manera de volar en la cancha

 

Atrapar un momento mágico

Esa tarde que me regalaste una estrella

Escucharte devolviéndole a mi “te quiero mucho” un “yo también”

Tus argumentos para convencerme de que no te saldría cola de sirena en el agua

 

Atrapar un momento mágico

Caminando para llegar a un pueblo que siempre queda a cinco minutos

Encuentros de miradas que provocan carcajadas

Que no eran los extraterrestres

 

Los momentos mágicos que atrapo cada día -cada HOY- me recuerdan que el único momento que tengo garantizado es ahorita…

Atrapar un momento mágico

El olor a café por las mañanas

Una cerveza helada

Los abrazos de mis personas favoritas

 

Atrapar un momento mágico

Rodando en mi bicicleta

Leyendo poesía

Desarrollando una nueva idea

 

Los momentos mágicos que quiero atrapar en el futuro me dan dirección y propósito…

Atrapar un momento mágico

Los viajes que quedaron pendientes

El siguiente libro

Podemos abrazarnos otra vez y tirar el tapabocas

 

¿Cuáles son tus momentos mágicos?

No quiero darme el lujo de dar por sentado lo que tengo. Que arrogante parece ahora desatender sonrisas, ignorar atardeceres, guardar palabras de amor y postergar sueños.

Sigo colgada de la esperanza.

 

 

Permiso para sentir

 

heart on fire

“Debemos aceptar la decepción finita, pero nunca perder la esperanza infinita”

– Dr. Martin Luther King, Jr.

Esta semana la protagonista ha sido la muerte. Sabemos que ha estado trabajando dobles turnos desde que empezó la crisis sanitaria global -ojalá caiga rendida pronto o se decida a tomar un merecido descanso-. Sólo que en los últimos días hemos sentido su aliento de cerca. Ha venido a recoger a seres queridos, a familiares, a conocidos.

Y qué pesado es.

Todos estos cambios inesperados, toda esta incertidumbre, todo este reconocer que no tenemos nada garantizado más que el momento de ahorita. Todo esto de seguir caminando sin ver la meta, drena la energía y oxida el ánimo.

Que contradicción la de finalmente entender que el tiempo vuela, sentir prisa para salir a vivir, despegar, volar y no poder hacerlo porque el aire se ha vuelto peligroso, porque el freno de mano está puesto.

Y siento mucho.

Y duele.

Y así está bien.

Quizá en este momento lo que tenemos que hacer es sentir. Sentir hasta que arda, sentir hasta que quedar indiferentes no sea opción. Sentir para no olvidar. Sentir para evitar que la vida se nos escurra en estupideces, en sacar adelante pendientes vacíos, en proyectos que no nos hacen vibrar, en compañía de personas que no nutren nuestro espíritu. Sentir tanto, que la idea de desperdiciar minutos complaciendo y haciéndonos caber en cajones que no son de nuestro tamaño, ni tienen nuestro contorno sea aterradora.

Sentir todo, sentir al máximo, sentir sin anestesias.

Sentir para no dejar pasar los días, los meses, los años sin resolver rencores, sin voltear a ver las estrellas, sin repartir amor, sin cantar a todo pulmón. Si algo estamos aprendiendo es que el tiempo hace lo que quiere, es ingobernable y avanza, aunque nosotros estemos en pausa.

Al tiempo le importa un carajo si lo aprovechamos para crecer, lograr nuestros sueños y ser magníficos, o lo tratamos como si estuviera siempre disponible, fuera inagotable y nosotros no tuviéramos fecha de expiración. Al tiempo le da lo mismo.

Y si te pasa que despiertas en las noches con el pecho efervescente, pon atención, súbele al volumen, ponte curioso. ¿Qué dice esa opresión en el pecho, esa angustia?, ¿Qué no estás haciendo, con quién tienes asuntos pendientes, a dónde no has ido?, ¿Qué ya no quieres hacer? Y ahora que el tiempo es oro y lo esencial está a la vista, ¿Qué obstáculos necesitas vencer para decirle sí a la vida?

¡Qué cosa más absurda dedicar tiempo a lo tibio!

Me parece que necesitamos permiso para sentir y aceptar que está difícil, que no podemos exigirnos estar al máximo, ni tenemos por qué saber cómo ordenar horarios de uso de espacios y administrar nuevas normalidades como si fuéramos expertos. Necesitamos permiso para andar a la velocidad que se sienta bien y expresar lo que viene desde lo profundo.

Permiso también para renegar. Si ya no puedo estar cerca de la gente que quiero, si tengo que taparme la boca, esconder las manos y desperdiciar abrazos -aunque sea por todo el amor del mundo-, si tengo que vivir detrás de la pantalla, mejor que me hagan un robot. Un mundo sin contacto físico, con desconfianza y sanas distancias obligadas no es lo mío. Necesito permiso para sentir toda esta incomodad para que no se me olvide lo que para mí es importante.

Y también quiero sentir que puedo seguir colgada de la esperanza porque está hecha para resistir y soportar todo el peso del universo. Sentir que, si conecto con la esperanza y con el amor, todo se puede.

 

El amor en los tiempos de la pandemia

vogue

Tengo ya 10 semanas en mi cuenta de cuarentena -el nombre ya ni aplica, se quedó corto- No veo la línea de meta, sospecho que se mueve o que alguien le da un jalón justo cuando estoy a punto de llegar. Pero aquí sigo, colgada de la esperanza.

Hace un par de días me topé con esta frase:

“El amor no reconoce barreras. Brinca obstáculos, salta rejas, penetra paredes para llegar a su destino lleno de esperanza” -Maya Angelou

Y desde entonces me ha dado por pensar en el amor.

Es poderoso.

Ha tenido que aprender a filtrarse a través de pantallas, tapabocas, caretas de plástico, lentes, guantes, trajes amarillos. Ha tenido que encontrar la manera de comunicarse por chat con palabras escritas, símbolos, mensajes de voz.

Nos ha movilizado a entender cómo usar nuevas tecnologías para seguir conectados. Nos ha obligado a ser creativos, a innovar, a encontrar “como sí”.

Los festejos de cumpleaños se han convertido en desfiles de autos decorados con globos, cartulinas llenas de color y corazones. Caravanas de cariño que hacen ruido con el claxon para garantizar que la vuelta al sol de nuestros seres queridos no pase desapercibida.

Con un poco más valor, comienzan a organizarse reuniones de dos horas, al aire libre, con “Susana” – su sana distancia- como invitada de honor, comida en paquetes individuales y termo de agua personal.

Los ojos se han vuelto protagonistas. Cargan con toda la responsabilidad de comunicar emociones, dado que muchas veces son la única parte visible de la cara. Las sonrisas ahora salen por los ojos. Las auténticas, digo, pues las sonrisas de ojos no pueden fingirse como las de bocas. Gritamos con miradas lo que sentimos. Leemos en las retinas la angustia, el dolor, la tristeza, la incertidumbre, la alegría, la ilusión.

El amor también ha adaptado su lenguaje corporal. Nos envolvemos con nuestros propios brazos mientras vemos al otro para dejarle saber que este abrazo es para ella, para él, para nosotros. Alineamos nuestras palmas con las de nuestros padres, abuelos, amigos, aunque sea con un vidrio de por medio. Nos metemos las manos en la bolsa del pantalón porque no sabemos que hacer con ellas si no podemos tocar. Ponemos un beso en la punta de nuestros dedos y luego lo soplamos en dirección a quien queremos. Nos despedimos diciendo “te mando un abrazo” y pronto agregamos “no contagioso”.

Me pregunto qué hacen los recién enamorados. Me imagino que habrá algunos que por amor se la juegan, se avientan y desafían al mundo entero para estar juntos. Y habrá otros que, también por amor, se contienen porque en casa tienen adultos mayores, padres o hijos con sistemas inmunes vulnerables. Marinan el deseo e imaginan una y mil veces el momento en que ya todo esté bien y puedan fundirse otra vez en caricias. ¿Cuántos amores habrán quedado separados por fronteras que de momento no pueden cruzarse?

Sí, el amor es grande y nos moviliza a generar experiencias en la “nueva normalidad” que CASI se parezcan a las de la vieja normalidad.

Pero ese CASI es un abismo.

Podemos vernos, pasar corazones y sonrisas por las plataformas virtuales, pero todavía no existe una función que deje pasar los aromas. Veo a mi mamá en la pantalla, pero no me llega su perfume o el olor de su pelo. No siento el calor del abrazo de mi papá. No puedo sentir los cachetes de mis sobrinos, no puedo tocar el brazo de mis hermanos mientras nos reímos. Y reafirmo que no hay nada más importante que nuestros lazos sociales y el contacto en tercera dimensión. Y quiero que me regresen esa parte de mi estilo de vida.

Y en medio de la pandemia, NASA y SpaceX lanzan al espacio la primera misión privada tripulada de la historia. Y me pongo a pensar en cuántos eventos históricos comprimidos en unos cuantos meses nos ha tocado vivir -que intenso llegó el 2020-. Y caí en la cuenta de lo grandes que podemos ser los humanos cuando trabajamos juntos para lograr un bien superior. Y me pregunté qué estarían sintiendo los astronautas y sus familiares. Grande el amor por la ciencia, también. Y me emocioné contando del diez al cero. Y se me puso la piel de gallina viendo despegar el cohete. Y siento esperanza. Y me gusta pensar que fueron a recoger la vacuna contra el COVID-19. Y que pronto nos dirán en las noticias que estaremos bien.

Y que podremos volver a esa realidad donde estar juntos y abrazarnos no era peligroso, al menos para la salud.

¡Ya estamos haciendo algo extraordinario!

resiliencia

Confieso que una de las primeras declaraciones que hice cuando empezó la cuarentena es que iba a terminar mi segundo libro. Un mes en mi casa era justo lo que necesitaba para sentarme a escribir.

Tendría un bloque concentrado de días sin compromisos, sin horas de tráfico, sin prisa mañanera por despachar niñas al colegio, sin partidos en las tardes. Al fin, tenía la oportunidad para clavarme en este proyecto que había estado pateando y que me producía la misma sensación que la de traer una piedra metida en el zapato.

Confieso que me entusiasmaba la idea.

Pero sucedió que pasaban los días y no lograba sentarme a escribir. Un par de veces abrí el engargolado que guarda los pedazos que tengo, pasaba un par de páginas y no encontraba por dónde seguir. Abría la computadora, la pantalla y yo nos quedábamos viendo como en concurso de miradas hasta que alguna notificación de correo me sacaba del aprieto. Mi cabeza no lograba concentrarse en una sóla idea. Ahí adentro había una venta de garaje.

Justo noto que escribo en tiempo pasado, como si ya hubiera encontrado el remedio y estuviera a punto de contarles cómo logré salir del enredo. No. Sigo en la batalla. Mejor dicho… sigo perdiendo la batalla.

Ver pasar los días sin registrar avances empezó a generarme ansiedad y frustración. Entonces revisaba mi agenda, replanteaba metas y generaba nuevas intensiones.

Nada.

Una foto en Facebook vino a darme el tiro de gracia. Decía algo así como… “Si no sales de esta cuarentena con una novela escrita, un sueño completado o tu casa ordenada, en realidad nunca te faltó tiempo, sino disciplina”. ¡OUCH!

No escribo para mi libro, no concilio ni el sueño por las noches y mi casa sigue tan desordenada como siempre.

En eso estaba cuando recibí un artículo de Scott Berinato del Harvard Business Review titulado “That Discomfort You’re Feeling is Grief” (Esa incomodidad que sientes es dolor) y todo quedó mucho más claro.

Estamos viviendo una pandemia.

El mundo se puso de cabeza. Reina la incertidumbre, el caos, la confusión, el miedo, la ansiedad, el aire está cargado de enfermedad. Estamos sorteando una colección de situaciones -niños en casa, trabajo remoto, preparar tres comidas al día, lavar platos que se multiplican y ensucian solos, confinamiento, distanciamiento físico, cambios de rutinas, nos preocupamos por familiares que tenemos lejos-.

Estamos en duelo.

Estamos sufriendo diferentes tipos de pérdidas.

Pérdidas humanas, pérdida de contacto social, pérdida de trabajo, proyectos detenidos, viajes cancelados, planes en el basurero. Hemos perdido la paz interior, la libertad de movimiento, el sentido de normalidad, la posibilidad de planear más allá de una semana.

El mundo como lo conocíamos cambió y no sabemos qué nos espera en el futuro.

Nos invade el anhelo de volver a tocar lo que hemos perdido, cinco minutos para envolver en un abrazo a mis padres, media hora para tomar café con las amigas, dos horas para ir al cine, noventa minutos en mi salón de clase, tres horas para andar en bicicleta, un lunes común y corriente, una noche sin insomnio. Nos persigue el deseo involuntario de entender, de encontrar sentido en todo esto.

Nuestra brújula perdió el sentido de orientación y luchamos para reacomodarnos en todos los sentidos: físico, emocional y social.

Y cada uno de nosotros vive y experimenta el duelo de diferentes formas: Enojo, llanto, cansancio, sueño, irritabilidad, ansiedad, parálisis, sentido del humor, tristeza, miedo.

La aceptación es una de las puertas de salida en los procesos de duelo. Aceptar que esta es la realidad, que esto está pasando -aunque no lo hayamos pedido y no nos guste- y trabajar a partir de lo que sí podemos controlar.

Son tiempos de paciencia, de tolerancia, de compasión, de márgenes anchos, de andar más lento, de empatía, de mucho amor.

Quizá no es momento de pensar en escribir novelas o sacar adelante grandes proyectos, al menos para mí, no lo es. Quizá es momento de reconocer que estamos sobreviviendo a una pandemia y eso ya es extraordinario.

El mágico “Y” en tiempos de pandemia

swamp oasis

Si alguien me hubiera dicho que me tocaría vivir una pandemia que le robaría la brújula al mundo, no lo hubiera creído. La idea de convertirme en personaje de un evento que quedará registrado en los anaqueles de la historia me hubiera sonado muy pretenciosa. Pero aquí estoy, aquí estamos, lidiando con la sensación de haber sido lanzados al set de una película surrealista que no tiene guion.

Vamos un día a la vez, reina la incertidumbre, la línea de meta no está a la vista, tampoco sabemos qué tan larga es la carrera. Los mitos rellenan los espacios que generan la sobredemanda de preguntas y la escasez de respuestas. El aire está cargado de peligro, las paredes se nos vienen encima.

En las últimas semanas he hablado con muchas personas y sus voces hacen eco con la mía. Los sentimientos predominantes son ansiedad, miedo, frustración, enojo, depresión, confusión, tristeza. La incertidumbre y los cambios imprevistos son tierra fértil para las emociones difíciles. Estamos todos en modo “recalculando ruta”.

¿Qué podemos hacer para mitigar el impacto negativo de esta crisis en nuestro bienestar emocional?

Mi estrategia favorita es practicar la gratitud.

Sentir gratitud y felicidad es fácil cuando todo va bien. Pero… ¿Cómo sentir gratitud en estos días?

Hace unos años, Maria Sirois -una de mis maestras favoritas-, hizo con nosotros un ejercicio para aterrizar el concepto de gratitud y presentarnos al mágico “Y”.

El primer paso invita a imaginar un pantano oscuro, frío y escabroso en el que viven los problemas, los demonios, las cosas que arruinan nuestros días, lo que ocasiona dolor, sufrimiento y destruye felicidad: Covid-19, muerte, migraña, falta de dinero, traiciones, desempleo, incertidumbre, un pelo en la sopa, desastres naturales, amores no correspondidos, multas de tráfico, fracasos, ley seca, no WIFI, 1% de batería en el celular, un pariente incómodo. Podría escribir 27 hojas llenas de desgracias y artes oscuras. Sí, la vida incluye todo esto y, hoy, el mundo parece haberse convertido en un gran pantano.

El segundo paso es dibujar un oasis en donde está lo bueno, bonito, inspirador y que hace que vivir valga la pena: empatía, amistad, lealtad, solidaridad, muestras de cariño, sinfonías, personas aplaudiendo desde sus ventanas en reconocimiento a la labor que hacen enfermeras y médicos, una nota de amor, tu canción favorita sonando en el radio, el sol colgado al centro de un cielo azul, aire limpio, vuelos sin turbulencia, la emoción de tu perro cuando te ve, un libro, un poema, un beso, un encuentro inesperado, el olor de tus hijos cuando están recién bañados, una solución, una idea, una batalla superada. La vida también está llena de cosas que nos hacen vibrar.

El último paso consiste en trazar una enorme letra “Y” entre el pantano y el oasis. Ambas realidades existen y conviven. La cosa es que las personas tendemos a clavarnos en el pantano, somos campeones para resaltar lo malo y ver la vida a través de un lente de escasez. Sacamos conclusiones a partir de una realidad incompleta.

Practicar la gratitud significa voltear a ver el oasis, resaltar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí podemos resolver. Cuando practicamos la gratitud vemos la vida a través de un lente de abundancia.

Hay una diferencia importante entre sentir y practicar gratitud. En los días pesados y en las épocas más espinosas es difícil sentir gratitud, pero es justo cuando más útil es practicarla. No sólo ayuda, sino que es esencial. Convertirla en una actitud nos permite resistir el flujo de las altas y bajas en la vida. Es una perspectiva desde la cual podemos ver la vida en su totalidad y no sentirnos abrumados por circunstancias temporales.

En estos últimos días me he aferrado de la letra “Y” para evitar caer en el pantano.

Te comparto algunas de las cosas buenas que, desde mi punto de vista, están sucediendo como resultado de la pandemia.

  • “Y” estamos entendiendo que la verdadera riqueza es la salud.
  • “Y” nuestro planeta está recibiendo un respiro. Un descanso a los lagos, a las playas, a los cielos, a los bosques, a las montañas, a los animales.
  • “Y” escuchamos a los pájaros, a las hojas de los arboles, al silencio.
  • “Y” en ciudades en el norte de la India se ven por primera vez en 30 años los Himalayas, el agua está cristalina en los canales de Venecia.
  • “Y” la prisa que nos tenía rehenes corriendo de un lado a otro desapareció.
  • “Y” los niños pequeños duermen más tiempo, los hermanos juegan juntos, las familias se reconocen.
  • “Y” estamos desarrollando la conciencia social. Los que estamos bien nos quedamos en casa para que los demás estén bien.
  • “Y” comenzamos a conectarnos con la humanidad que compartimos y la vulnerabilidad que nos une.
  • “Y” tenemos ratos disponibles para recuperar pasatiempos o descubrir nuevos.
  • “Y” somos testigos de la grandeza de los héroes vestidos de enfermeras, doctores, policías, repartidores, personal de limpieza.
  • “Y” mentes brillantes trabajan sin tregua para encontrar el remedio.
  • “Y” estamos aprendiendo a usar nuevas plataformas tecnológicas, experimentando con alternativas, explotando nuestra creatividad.
  • “Y” estamos dándonos cuenta de que la tecnología es maravillosa, pero JAMÁS alcanzará a calentarnos el corazón como un abrazo.

Si le ponemos intención, podemos llenar el oasis con todo lo bueno que tiene la vida y entrenar a nuestro cerebro para que lo tenga en el radar. Cuando practicamos la gratitud cambiamos el rumbo de nuestro bienestar emocional y aumentamos nuestra capacidad para resistir y superar adversidades.

Te invito a utilizar el mágico “Y”. Haz tu lista y compártela con nosotros para que podamos inspirarnos con ella.

Por lo pronto, cuidémonos intensivamente -para no caer en cuidados intensivos- y saboreemos por anticipado la llegada del día en que podamos preguntar… “¿En dónde nos vemos para tomar un café?”