Jóvenes al borde de un ataque de nervios

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“Diez razones por las que los adolescentes están más ansiosos que nunca” es el título de un artículo que llamó mi atención este fin de semana. Aquí te dejo el vínculo.

Tengo dos jóvenes en casa que justo hace unos meses tocaron la puerta de la adolescencia decididas a meterse de lleno. En realidad, no es su debut a esta etapa de la vida lo que me inquieta… les tocará a ellas sobrevivirla y a los que estamos a su alrededor también. Más bien me preocupa pensar: ¿Qué estaremos haciendo los padres para crear ambientes donde la ansiedad de nuestros hijos prospera?

Y es que efectivamente los datos apuntan a que la ansiedad va en franco aumento entre niños y jóvenes.

En la última década la ansiedad ha superado a la depresión al convertirse en la razón número uno por la que los jóvenes buscan apoyo profesional y es el desorden mental más común en Estados Unidos –afecta a una de cada tres personas-. Las Naciones Unidas señalaron en el pasado Reporte Mundial de la Felicidad que para elevar el bienestar mundial es imperante atender los temas de salud mental.

¿Cuáles son algunas de las razones que explican la creciente ansiedad entre los adolescentes?

Nuestros niños y jóvenes tienen que cumplir con una expectativa muy alta: convertirse en súper-humanos. Tienen que ser deportistas, saber bailar, apreciar el arte, tocar violín, opinar de política, hablar francés y tener un portafolio de pasatiempos interesantes. Es obligatorio aparecer en la lista de honores del colegio, ser el estudiante del año –o de perdido del mes-. Deben ser ejemplo de buenos modales desde pre-kínder y llenarse la frente de estrellas doradas. Para ayudarles… los llenamos de tutores, saturamos sus días con clases extras, les buscamos intercambios en el extranjero, campamentos de verano de arquería, organizamos su agenda social con planes y reuniones. Siempre hay espacio para más y tienen que asegurar su lugar en el mundo.

Pero pareciera que tanta actividad y tanta expectativa está llevando a nuestros jóvenes al punto de quiebre…

Desde 1985, el Instituto de Investigación de Educación Superior de la Universidad de California (UCLA) pregunta a los estudiantes de nuevo ingreso si se sintieron abrumados por todo lo que tuvieron que hacer el año anterior. En 1985, el 18% respondió que sí; en 2010, este número creció a 29%; en 2016, fue de 41%. Parece que la cantidad de obligaciones empiezan a desbordárseles.

Los niños y los jóvenes tienen jornadas tan largas y faltas de tiempo libre como los adultos. Muchas matemáticas, tecnología, ciencia… pero pocas habilidades para la vida de esas que se desarrollan jugando al aire libre, con los amigos o simplemente no haciendo nada.

Las redes sociales son también una fuente generadora de estrés y ansiedad. A través de ellas, los adolescentes se someten a una brutal y constante comparación con los demás. Sirven también para medir el nivel de popularidad por medio de “likes”, “shares”, comentarios y número de seguidores. Es necesario atenderlas, revisarlas y alimentarlas constantemente para estar “in”, para estar enterados de todo y no perderse de nada. Las redes sociales pueden ser más demandantes que una pareja celosa.

Los teléfonos celulares ofrecen un escape fácil pero no saludable ni conducente a identificar y manejar emociones. Los adolescentes pueden meterse a esos aparatos mágicos para no sentir o evadir emociones incómodas, para no estar solos, no pensar en el colegio, no estar en silencio o no tener que interactuar en la vida real con los demás. Son un portal para evitar las incomodidades, pero con un efecto secundario peligroso: reducen las oportunidades para desarrollar la resiliencia necesaria para superar los retos del día a día que vienen con esto de vivir.

Pero… ¿Y que hay de nuestra contribución como padres?

No puedo evitar pensar que parte de la explicación de esta creciente ansiedad debe caer en nuestra cancha.

Me siento responsable.

¿Qué estamos modelando?, ¿Qué aprenden de nosotros?

Estos adolescentes son hijos de padres que también vivimos cada día más estresados y ansiosos. Modelamos que el tiempo libre es sinónimo de mediocridad y una vida poco glamorosa, que más es siempre mejor.

Son hijos de papás y mamás secuestrados por la prisa, atrapados en la competencia social, corriendo sin parar en una rueda de hámster sin línea de meta, aceptando compromisos como si tuviéramos ocho manos o pudiéramos estar en varios lugares a la vez, con la atención rehén de nuestros teléfonos, ausentes física y emocionalmente.

Hijos de padres crónicamente cansados, ridículamente saturados, habitantes de medio tiempo del futuro que hemos olvidado jugar y pasarla bien en el presente.

Padres que muchas veces hemos enterrado quiénes somos, que postergamos nuestras versiones auténticas y nos dejamos atrapar por la rutina o el deber ser sin cuestionar si en el camino nos perdemos. Dedicamos nuestras vidas a actividades, relaciones u obligaciones que no nos inspiran y, entonces, tenemos que esconder la frustración, ponernos un uniforme o fabricarnos una personalidad para hacerle frente a la vida. ¿Será que los enseñamos a vestirse también para combinar con el mundo, en lugar de consigo mismos?, ¿Será que observan que quedar bien afuera es más importante que ser genuinos?

¿Será que queremos vivir la vida a través de ellos, los usamos para competir y nos afirmamos con sus logros?

Son hijos de padres que resolvemos todo, en especial, lo que no debemos. Armamos sus grupos de amigos por medio de WhatsApp. Decidimos con quién sí vale la pena juntarse y con quién no. Hacemos estrategia para acomodarles el futuro y posicionarlos. No importa si dos amigas se quieren… importa si se convienen. Les robamos el derecho de opinar y la oportunidad de tomar decisiones sobre con quién pasar sus ratos.

Crecen bajo la expectativa o con la obligación de ser cien por ciento felices. Los papás queremos que así sea y hacemos todo lo posible para lograrlo. No dejamos que sientan tristeza, aburrimiento o frustración, tampoco les dejamos ver cuando a nosotros nos invaden estas emociones. Quitamos obstáculos del camino, resolvemos todo. Quizá les transmitimos que ser completamente felices todo el tiempo es lo normal, lo esperado y, entonces, cuando no logran serlo –como es natural- empiezan a pensar que algo está mal con ellos.

Me parece que con la mejor de las intenciones los papá estamos creando ambientes que fomentan la ansiedad, la competencia feroz, la comodidad y esas burbujas donde no caben las emociones difíciles. En lugar de crear ambientes que favorezcan la resiliencia, la tolerancia y la solución de problemas.

Pero al final y como dice el dicho: “las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra”. Revisemos nuestros propios niveles de ansiedad y trabajemos para reducirlos. La felicidad de nuestros hijos, empieza por nosotros.

¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte II

 

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¿Tu qué piensas?

Con esta pregunta arrancamos  la primera parte de este artículo la semana pasada y luego exploramos por qué no siempre logramos convertir el dinero en felicidad. O dicho de otra forma… por qué no siempre más dinero se traduce en más felicidad.

Decíamos que hay varios sospechosos y hablamos de las comparaciones sociales, la trampa del estatus y el proceso de habituación. Hoy seguimos con dos más:

 La carrera de ratas. Decimos que una persona participa en una carrera de ratas cuando es incapaz de disfrutar el presente pues considera que sólo podrá ser feliz cuando alcance una meta determinada; recibir una promoción en el trabajo, graduarse de la universidad, comprar un carro de lujo, una casa más grande, etc. En este tipo de carrera, la felicidad está siempre un paso más adelante, así como el conejo que corre delante de los galgos y que nunca se deja atrapar… Compramos la casa grande y ahora es necesario ponerle alberca.

La afluencia económica ha crecido en los países industrializados y junto con ésta se ha elevado el nivel promedio de aspiraciones. Lo que antes era un lujo, como tener dos autos o un teléfono celular, ahora se ha convertido en una necesidad. Las personas tenemos expectativas y deseos crecientes que compensan negativamente los efectos positivos de incrementos en el ingreso.

Estamos en una especie de caminadora hedónica que nos obliga a satisfacer constantemente nuevas necesidades para conservar nuestro nivel de felicidad.

Mejoran nuestras condiciones materiales y al mismo tiempo se deterioran nuestras condiciones sociales. Pasamos más horas trabajando y tenemos menos tiempo disponible para la familia, los amigos, el entretenimiento o el descanso. Si queremos que la aportación del dinero adicional a nuestra felicidad sea mayor debemos bajarnos de la caminadora y empezar a visualizar nuestra felicidad como un viaje y no como un destino.

Querer no es lo mismo que gustar. Con frecuencia sobrestimados lo felices que nos hará y todo el uso que daremos a nuestra nueva adquisición. Queremos algo brillante y lujoso para luego descubrir, cuando ya es nuestro, que no nos gusta tanto. Los zapatos con tacón de 15 centímetros se ven divinos en la revista, en la tienda y en nuestros pies, pero después de cinco minutos de usarlos nos patrocinan un tremendo dolor de espalda.

Un ejemplo clásico para explicar este fenómeno es el del cachorrito bonito. Lo imaginamos dormido en su cojín, limpio, bien portado y deliciosamente acurrucado en nuestros brazos. Pero ya que está en casa descubrimos que muerde, llora en la noche, acaba con el jardín, rompe cosas y hace pipí por todos lados.

Es una buena idea examinar por qué queremos algo y como será nuestra experiencia una vez que pase la novedad, antes de comprarlo.

¿Cómo hacer entonces para que más dinero se traduzca en más felicidad?

El dinero adicional tiene un efecto más grande y permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, unas vacaciones con la familia –planearlas, vivirlas y luego recordarlas aporta a nuestra felicidad-, hacer ejercicio o desarrollar un pasatiempo.

Otra manera para comprar más felicidad es gastando el dinero adicional en los demás. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás y puede hacerse de muchas maneras diferentes: donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en lugares lejanos o invitando la cena a un buen amigo. Dunn y Norton además demuestran que este principio no es sólo aplicable a individuos, sino que puede ser utilizado por empresas que tienen como objetivo aumentar la felicidad de sus colaboradores o crear productos que brinden más satisfacción. Algunas empresas como PepsiCo y Google están aprovechando estos beneficios motivando a sus benefactores, clientes y empleados a invertir en los demás. La generosidad es una vía por medio de la cual el dinero puede generar felicidad.

La moneda más valiosa no es el dinero, la inteligencia, la belleza, o nuestra habilidad para programar. Nuestra moneda más valiosa son nuestras relaciones sociales o nuestro capital emocional, como dice Susan Scott.

En caso de tenerlo, no es obligatorio gastar todo el dinero extra. Pagando deudas y ahorrando podemos incrementar nuestro bienestar emocional. No subestimemos el poder que tiene en nuestra tranquilidad irnos a dormir sabiendo que no debemos dinero o tenemos una reserva para hacer frente a potenciales adversidades.

La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales y la trampa del estatus, retirarnos de la carrera de ratas, dejar de gastar dinero en cosas materiales a las que nos acostumbramos rápidamente y más bien gastarlo en experiencias, invirtiéndolo en los demás o ahorrando. Siguiendo estas recomendaciones podremos comprar algo de felicidad.

¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte I

 

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¿Tu qué piensas?

Cuando hablo de la relación entre el dinero y la felicidad me gusta arrancar con esta pregunta. Ahora le tocó responderla a mis alumnos.

Sin importar el tipo de audiencia, las respuestas comúnmente se acomodan en cuatro grupos. En el primero están los pocos casos que rápidamente opinan “no”; en el segundo, caen unos cuantos envalentonados que responden “si”. En el tercer grupo entran los que responden “a veces” o “depende” y; en el último, que invariablemente es el más grande, quedan los que permanecen callados con cara de conflicto interior.

Hay varios dichos populares que tienen cierto grado de sabiduría detrás, por ejemplo: “el dinero no trae la felicidad, pero yo prefiero llorar en un Ferrari”, “los que piensen que el dinero no trae la felicidad que lo transfieran a mi cuenta” o “el dinero no compra la felicidad, pero da el enganche”. Todos estos sugieren que, aunque el dinero no es todo para ser feliz, en algo ayuda.

¿Qué nos dice la ciencia con respecto a la relación entre dinero y felicidad a nivel individual?

Estudios de cientos de investigaciones muestran que existe una relación positiva entre dinero y felicidad. En otras palabras, las personas que tienen un nivel de ingreso mayor efectivamente tienden a tener niveles de felicidad más altos, pero esta relación es muy débil. Entonces sucede, por ejemplo, que una persona gana cincuenta veces más dinero en un mes que otra y, sin embargo, la diferencia en su nivel de felicidad es de sólo un punto más alta en una escala del 1 al 10.

Sabemos también que el dinero es muy importante para el bienestar individual cuando es tan escaso que no alcanza para satisfacer las necesidades básicas –alimentación, vivienda, salud-. Pero una vez que lo elemental está resuelto, el impacto del dinero adicional en la felicidad disminuye.

Esto último da pie a una pregunta diferente…

¿Por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad?

Varios factores son sospechosos y podemos caer víctimas de alguno de ellos o de todos. En el artículo de hoy hablaremos de tres… A ver con cuál te identificas tú.

Comparaciones sociales. Vivimos en contextos sociales y constantemente nos comparamos con los demás. Nuestros deseos, aspiraciones y necesidades están altamente influenciados por lo que tienen los integrantes de nuestro círculo social cercano -familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos-.

Cuando la mayoría de nuestros conocidos maneja un auto pequeño estamos satisfechos con el nuestro, pero si alguien cambia el suyo por una camioneta, comenzamos a sentir que debemos hacer lo mismo. Si los papás de los compañeros del colegio ofrecen fiestas de primera comunión cada vez más sofisticadas para sus hijos, sentimos la necesidad de organizar fiestas iguales o mejores para los nuestros –aunque tengamos que endeudarnos-.

Los secciones de sociales de los periódicos nos marcan la referencia de cómo debemos vestirnos, peinarnos y en qué restaurantes comer.

En el trabajo comparamos nuestro ingreso con el de nuestros colegas y, más que la cantidad absoluta de dinero, lo que importa es ganar un poco más en términos relativos. Como dice Mencken: “Un hombre rico es aquel que gana $100 dólares más que su cuñado”.

Esto aplica en todos los contextos. Realizaron un experimento en la Universidad de Harvard y preguntaron a los participantes en donde preferirían vivir, un mundo donde ganaran $50,000 dólares al año y todos los demás habitantes $25,000 dólares, o un mundo donde ganaran $100,000 dólares al año y el resto $200,000 dólares. La mayoría eligió el primer mundo, donde ganarían menos en términos absolutos pero más que los demás.

El problema con las comparaciones sociales es que son tóxicas, son malas para nuestro bienestar emocional por una razón sencilla: es imposible ganar en este juego. La realidad es que no importa qué tan exitosos o ricos seamos invariablemente nos toparemos con alguien que lo sea aún más.

La trampa del estatus. Con frecuencia gastamos dinero en bienes de posicionamiento; es decir, bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (ropa de marca, automóviles de lujo, relojes, etc.).

Una bolsa de lujo cumple la función de guardar artículos personales tan bien como una bolsa económica, pero la de lujo además confiere estatus a quien la usa.

Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –y seguimos pagando durante 24 meses-.

Cuando gastamos más en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de las personas también gasta más en bienes de posicionamiento, el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional.

Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

Y es que efectivamente, estas acciones producen felicidad en el corto plazo. El problema es que el efecto de los bienes materiales en la felicidad es de corta duración y se evapora rápidamente; sin embargo, el esfuerzo requerido para obtener estos bienes es muy alto (más horas en la oficina, menos tiempo con la familia, más deudas y más estrés)

Habituación. El fenómeno de habituación también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en artículos a los que nos acostumbramos rápidamente (autos, ropa de marca, zapatos, casas, etc.).

Estos artículos nos brindan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses. La felicidad que nos otorgan estos bienes es pasajera pues dejan de ser novedad rápidamente.

 La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales, la trampa del estatus y gastar el dinero adicional en cosas materiales a las que nos acostumbramos en unos cuantos días.

Practicar la gratitud es una estrategia que nos protege contra las comparaciones sociales. Cuando logramos apreciar lo que tenemos, lo que tienen los demás pierde relevancia. Y para evitar caer en la trampa del estatus, a veces, lo único que se requiere es un poquito de valentía para decidir no jugar.

En el artículo de la próxima semana revisaremos un par de factores más que nos ayudan a entender por qué más dinero no necesariamente se traduce en más felicidad.

Además compartiré contigo cómo sí podemos usar el dinero para comprar felicidad.

 

 

 

 

Feliz día de la muerte

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En esta semana celebramos a los muertos y vivimos una de las tradiciones mexicanas que más me gustan.

Festejamos a la muerte, escribimos calaveras literarias en tonos chuscos, irónicos y hasta retadores. Dedicamos letras que riman a los difuntos y también a los vivos. Nos reímos y mofamos de la calaca con este humor que nos caracteriza a los mexicanos.

En estos días, la muerte es alegre, la flaca se viste de colores. Es tiempo para recordar a los seres queridos que ya no están. Montamos en nuestras casas altares con sus fotografías y ponemos eso que les gustaba: el sombreo, los cigarros, los lentes, chocolates, dulces, el ron o los aretes. Adornamos el espacio con velas, calaveras de azúcar decoradas con colores brillantes, flores naranjas, papel picado, pan, agua, sal. Todo para hacer de su viaje y visita una fiesta.

En todas las culturas, la muerta siempre invita a la reflexión, a la búsqueda de respuestas, al descubrimiento de lo importante. La muerte viene acompañada de rituales y ceremonias que causan al mismo tiempo temor, admiración e incertidumbre.

Por irónico que esto suene, pensar en la muerte puede ser poderoso en términos de nuestro bienestar. ¿Cómo es esto?

Tener un propósito de vida bien identificado está altamente relacionado con la felicidad y el bienestar emocional. Saber qué nos motiva y nos saca de la cama cada mañana es fundamental para nuestra motivación y sentido de dirección. Algunas personas no tenemos muy claro cuál es la razón por la que estamos aquí y una manera de descubrirla es pensar en nuestro legado. ¿Cómo te gustaría ser recordado cuando ya no estés aquí?, ¿Qué cualidades, atributos te gustaría que tus seres importantes resaltaran de ti? Pensando en nuestra muerte podemos acercarnos a eso que es muy importante para nosotros y en cómo queremos contribuir más allá de nuestro ser.

En muchas ocasiones, cambios trascendentes o radicales de vida son impulsados por encuentros cercanos con la muerte, enfermedades o accidentes. Es en esos momentos cuando redefinimos nuestras prioridades y empezamos a vivir en una manera más auténtica y parecida a nuestro ideal.

Si hoy llegara la muerte a decirte “vamos, ya es hora”, quizá tratarías de negociarle un poco más de tiempo. Quizá le reclamarías que no te notificó dos semanas antes y tienes muchas cosas pendientes. Por ejemplo, ordenar las fotografías familiares, escribir un libro, pasar tiempo con tus hijos, reconciliarte con esa persona, decirle a otra cuanto la quieres, conocer cierto lugar. Y la muerte te respondería algo parecido a: “te he dado toda una vida para hacerlo”. No dejemos, entonces, todo para después. Hagamos lo importante desde hoy para que cuando nos llegue el día viajemos ligeros.

Pensar en la muerte también nos da la oportunidad de practicar la gratitud. Apreciar y agradecer todo lo que tenemos, las personas a nuestro alrededor, lo que podemos hacer. Recordar y agradecer lo que nuestros seres queridos que ya partieron hicieron por nosotros.

Toca celebrar la vida de los que se fueron y la vida de los que todavía andamos por aquí.

¡Feliz día de los muertos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De felicidad, salud y perros


Una de las cosas que más agradezco a mis padres es haberme dado la oportunidad de crecer siempre acompañada de un perro. Con excepción de algunos tramos cortos, he vivido siempre con uno, con dos o con tres. Los perros han pasado conmigo los momentos más importantes y son un ingrediente fundamental de mí felicidad.

Hoy quiero compartir contigo los beneficios que reciben los niños -y los adultos también- en términos de salud y felicidad cuando tienen un perro a su lado. Y con esto quiero decir literalmente a su lado, porque tener un perro abandonado en el jardín o trepado en la azotea no agrega nada al bienestar de nadie… mucho menos al del perro. Los beneficios vienen de la interacción cercana y frecuente con ellos.

Antes de arrancar aprovecho para hacer una nota. Existen muchos argumentos válidos para no tener perro. Si no te gustan, te dan miedo, no tienes un espacio adecuado o no tienes tiempo para atenderlos es mejor que no los tengas. Ahora, si estás considerando la posibilidad de tenerlo y comprometerte a cuidarlo, quizá encuentres aquí algo que te ayude a decidir.

Los perros contribuyen positivamente a la salud. La ciencia ha mostrado que acariciar a nuestras mascotas tiene un efecto relajante que reduce los niveles de estrés y regula la presión arterial.

Crecer con un perro reduce el riesgo de asma en los niños y, lejos de provocarles enfermedades, convivir con mascostas en la mayoría de los casos fortalece su sistema inmunológico, los hace más resistentes. No es agradable ver a una de tus hijas compartiendo la galleta con el perro, pero tampoco es para morirse.

La compañía de un perro está asociada con corazones más sanos, pues los dueños tienden a ser más activos. Según datos de un estudio reciente, las personas que tienen un perro caminan en promedio 2,760 pasos más en un día que sus contrapartes y pasan más tiempo al aire libre.  La actividad física y estar en contacto con la naturaleza son actividades que se traducen en salud y felicidad. Es mucho mejor para nuestros niños jugar en el jardín con el perro que estar sentados frente a la televisión o metidos en el teléfono. Lo mismo aplica para los grandes.

Niños y adultos lidiamos mejor con las adversidades y eventos traumáticos cuando tenemos a nuestro perro con nosotros. Quizá te acuerdas de las veces en tu vida que has llorado abrazada de tu perro o con su cabeza recargada en tus piernas después de un momento difícil -te regañaron tus padres, te perdiste la fiesta, rompiste con tu novio, perdiste un proyecto importante o un ser querido se fue al cielo-. Es como si entendieran… Se calman, te acompañan en silencio e, incluso, te hacen cariños con su pata o su cabeza. Proporcionan amor incondicional y sin juicios.

Las mascotas también son buenos maestros para los niños. Cuidar un perro desarrolla el sentido de responsabilidad. Alimentarlos, bañarlos, cepillarlos, llevarlos al veterinario y mantener limpio su espacio son tareas que entrenan para la vida. En el caso de los adultos mayores, cuidar un perro aporta sentido a su vida y una razón por la cual levantarse cada mañana, reduce la sensación de soledad. Esto potencialmente puede alargar sus vidas.

Los perros -todas las mascotas- enseñan a los niños sobre la muerte cuando se van. Aprenden que la vida sigue y el dolor eventualmente pasa. Hay quienes deciden no tener más perros luego de la muerte de su compañero para no volver a pasar por el sufrimiento. Yo pienso que al decidir evitar el dolor, también decimos “no” a todas las cosas buenas y a los momentos agradables, que son muchos más.

Ahora sobre dormir con el perro en la cama…

Investigaciones nuevas han mostrado que dormir con el perro tiene muchos beneficios para nuestros hijos -también para los adultos-. Su presencia en la cama induce un estado de calma. El ritmo de su respiración y el calor de su cuerpo son reconfortantes. Abrazarlos o sentirlos cerca se convierte en un elemento de seguridad importante para los niños pues ya no están solos en un cuarto oscuro y pueden dormir tranquilos sabiendo que alguien los cuida y los protege. En mi casa, casi cualquier miedo desaparece con el permiso de llevar el perro a dormir al cuarto.

Cada una de mis hijas tiene su propio perro. Es increíble el lazo estrecho que existe entre cada pareja y estoy convencida de que complementan su vida de manera importante. Que si hay pelos en la rompa y huellas en el piso… no importa. Hay mucha felicidad.

Psicología Positiva: La otra cara de la moneda

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Sin importar quiénes somos, cuándo o en dónde vivimos, las personas compartimos el deseo de ser felices y, detrás de este ideal, está el por qué de todo lo que hacemos. Esta es una razón suficiente para afirmar que la felicidad es importante.

La felicidad es más que una sensación placentera. Es un mecanismo que induce un estado emocional que nos da ventajas para jugar en la vida colocándonos en mejor posición de cancha y con recursos de mayor calidad.

La felicidad es una habilidad esencial. Si quieres conocer con detalle sus beneficios te recomiendo que sigas este vínculo.

¿Cómo sabemos todo esto?

La búsqueda de la felicidad es ancestral, pero el esfuerzo por estudiarla desde un punto de vista científico es relativamente nuevo y comenzó con investigaciones aisladas en diferentes áreas de la academia, por ejemplo, en la Economía alrededor de 1940.

La Ciencia de la Felicidad o la Psicología Positiva, como la conocemos hoy, surgió hace apenas unos veinte años -en 1998- y gracias a Martin Seligman, profesor e investigador de la Universidad de Pensilvania.

Hasta el año 2000, aproximadamente, por cada artículo que había sobre la felicidad, el amor, la alegría, la satisfacción en el trabajo o las emociones positivas, había veintiún publicaciones sobre depresión, ansiedad, esquizofrenia y neurosis.

La psicología tradicional parte de las preguntas: ¿Qué está mal? y ¿Cómo lo arreglamos?

Entonces si te sientes triste, ansioso, sin ánimo y energía para sacar adelante tus días, quizá decides consultar a un psicólogo o a un psiquiatra tradicional. Y una de las primeras preguntas que te hará –después de ¿cómo te llamas? y ¿Quién te recomendó conmigo?– seguramente será: ¿Qué problema te trae por aquí?

La psicología tiene como objetivo reparar algo que está roto, que no funciona correctamente, trata de las emociones oscuras, de las disfuncionalidades y los desórdenes. Tiene como fin llevar a una persona que está en números rojos o en un estado emocional negativo de regreso al promedio, al cero, a un estado neutral.

Este modelo basado en composturas no es exclusivo de la psicología tradicional.

Generalmente nos enfocamos en corregir fallas. Durante las sesiones de retroalimentación, los jefes señalan nuestras “áreas de oportunidad”; los consultores tradicionales  analizan en las empresas equipos de trabajo para encontrar deficiencias. Y del colegio recibimos mensajes cuando nuestros hijos se portan mal o necesitan clases extras para ponerse al corriente en ciertas materias.

Pero no todo son problemas y no todo está roto.

Martin Seligman comenzó a cuestionar el alcance de la psicología tradicional al darse cuenta de esta marcada tendencia hacia enfocar esfuerzos en lo triste, lo malo y lo negativo.

No todas las personas están tristes o están tristes todo el tiempo. Muchos matrimonios funcionan y permanecen juntos toda la vida; hay gente que disfruta haciendo su trabajo, individuos que tienen redes de apoyo, amistades sólidas y recursos para hacer frente a las adversidades. Existen los optimistas y lo que están satisfechos con sus vidas. Hay personas felices.

Seligman puso sobre la mesa preguntas diferentes: ¿Qué hace la gente que se siente bien? ¿Qué características tienen las relaciones de pareja exitosas? ¿Qué distingue a los amores que duran para siempre? ¿Qué hábitos tienen los individuos que están contentos con sus vidas? ¿Qué podemos aprender de las personas felices?

Un enfoque diferente.

La Psicología Positiva parte de las preguntas: ¿Qué está bien? ¿Qué funciona? y ¿Cómo podemos construir sobre eso?

Esta nueva ciencia no tiene nada que ver con ignorar lo que no funciona –en mí, en mis relaciones, en mi trabajo, con mis hijos-. La psicología positiva se trata de reconocer, apreciar e incluir TAMBIÉN lo que sí funciona, lo que sí sale bien.

Nos ofrece un panorama más completo de la realidad y de lo que existe. Así como hay dolor, sufrimiento, odio y coraje… En el mundo también hay amor, alegría, solidaridad, generosidad, cariño y felicidad.

Cambiar la pregunta es siempre un ejercicio poderoso. Cuando preguntamos: ¿Qué esta mal? Encontramos problemas y la misión se convierte en un rescate. Cuando preguntamos: ¿Qué está bien? Visualizamos fortalezas, habilidades y motivación para crecer.

Cuando cambias la pregunta, cambia la respuesta. Recuerda siempre tomar en cuenta las dos caras de la moneda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jugar con nuestros hijos: La llave a su mundo emocional

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¿Hace cuánto que no juegas?

 Jugar, aunque ya seamos grandes, es una de las recomendaciones que nos hace llegar la Psicología Positiva para mejorar nuestro bienestar emocional y vivir más felices.

Hace unos meses platicaba con Bárbara de la Garza, psicóloga y mamá, sobre una certificación que tomó en Terapia de Juego.

Me pareció muy interesante este enfoque.

Hoy en el blog tenemos a Bárbara como invitada especial para que comparta con nosotros los beneficios de jugar con nuestros hijos.

 

Jugar con nuestros hijos: La llave a su mundo emocional

Bárbara de la Garza

Desconozco por qué tenemos la falsa idea de que el juego es sólo para niños. Todos, absolutamente todos tenemos la necesidad de jugar pues es crucial para nuestro desarrollo social, emocional, físico, intelectual y psicológico.

El juego nos brinda experiencias que se convierten en los cimientos neurológicos para desarrollar habilidades mentales avanzadas, tales como la creatividad, el pensamiento abstracto, el lenguaje expresivo y el comportamiento pro-social.

Es tan importante el papel del juego en nuestro desarrollo, que la Organización de las Naciones Unidas lo reconoce como un derecho de la niñez, al mismo nivel que al derecho a la educación y a la salud. Jugar es tan necesario para el sano desarrollo de un niño como ir a la escuela y al pediatra. ¡Así de importante es jugar!

Hoy en día nos hemos vuelto más conscientes de la importancia de llevar una vida sana y nos esforzamos más para tenerla. Algunos nos hemos vuelto expertos en leer etiquetas de alimentos para seleccionar lo más nutritivo e, incluso, lo combinamos con ejercicio para mejorar nuestro bienestar.

Jugar resulta un ingrediente esencial para la salud y el bienestar.

En diversos estudios se han comprobado los beneficios del juego sano. Por ejemplo, Jaak Panksepp, psicólogo y neurocientífico, menciona que las interacciones recíprocas y sincronizadas del juego ayudan a que el cerebro aprenda a tener un mejor control impulsos. La psicóloga infantil y psicoterapeuta Margot Sunderland comenta que el juego nos ayuda a que nuestros cambios de estado emocional sean menos drásticos.

El cerebro es un órgano social y las experiencias forman su arquitectura. Jugar con nuestros hijos, reír y deleitarnos con ellos brinda experiencias positivas que a nivel cerebral, construyen nuevas rutas neurológicas creando cimientos para relaciones más sanas. Jugando con ellos, además, les transmitimos un mensaje poderoso…¡Eres importante! ¡Disfruto estar contigo!.

La mayoría de los padres buscamos tener una mejor comunicación con nuestros hijos, nos gusta que nos cuenten qué les pasa. Sin embargo, es importante comprender que para los pequeños no es fácil verbalizar qué sienten o qué les pasa porque muchas veces ni ellos mismos lo saben.

El juego puede ayudarnos a comprenderlos pues es una especie de llave que nos permite el acceso a su mundo emocional. Jugando con los hijos podemos entrar en estados de resonancia, empatía y conexión que nos dejan asomarnos a lo que sucede en su interior.

Quizá se estarán preguntado y ¿Qué juegos? ¿Juegos de mesa? ¿Juegos al aire libre? ¿Juegos didácticos?… Eso mismo me preguntaba yo cuando recién descubrí los beneficios del juego y quise ponerlos en práctica.

Cada quien tiene su estilo. Hay quienes disfrutan jugar a las muñecas, divertirse con juegos de mesa, colorear o hacer manualidades con sus hijos. Hay padres más dinámicos y prefieren jugar escondidas, voto, carreritas, lanzar pases o ser porteros. Todo es bueno. No importa cuál sea el juego, el único requisito es que sea interactivo y puedan verse cara a cara.

Les cuento algunas ideas que hago con mis hijos y recomiendo en mis consultas. No es necesario hacer algo súper especial, basta con convertir actividades cotidianas en juegos. Adivinar comerciales cuando vemos la televisión o canciones que tarareamos, vernos a los ojos sin parpadear, cerrar los ojos y atinarle al color del M&M que tenemos en la boca, utilizar nuestras espaldas como pizarrones y descifrar las letras o palabras que escribimos, contar todos los carros rojos que veamos en el camino. El único objetivo es dejar que fluya la creatividad y el juego nos haga reír y disfrutar.

Te dejo una recomendación importante… Cuando juegues con tus hijos no los corrijas, los juzgues o los llenes de instrucciones. Recuerda siempre que estás jugando y solamente juega.

Jugar con nuestros hijos es la llave para entrar a su mundo emocional y además tiene un premio: el juego produce altos niveles de empatía y conexión positiva que reducen el estrés y ahuyentan las emociones difíciles. ¡Que maravilla!

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¡Fuerza México!

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Hace 32 años a muchos nos tocó vivir uno de los eventos más duros y difíciles que ha atravesado nuestro país.

Hoy lo revivimos.

Otra vez nos encontramos haciendo llamadas y mandando mensajes para localizar a los que queremos y asegurarnos que están bien. Nuevamente estamos sentados frente a la televisión viendo esas imágenes conocidas que nos dejan sin aliento. Una vez más a prueba.

Eventos como el terremoto de hoy nos recuerdan en un instante lo que es verdaderamente importante en la vida y pasan a segundo plano las pequeñeces que abruman nuestros días.

Este es un momento para reflexionar y actuar en lo que es esencial.

Estrechar nuestros lazos sociales. Noticias como estas dejan claro que nuestros seres queridos son lo más valioso. Recordemos expresar afecto y comunicar nuestro cariño, hacer tiempo para compartirlo con nuestros familiares y amigos. No esperemos ocasiones especiales para dejarle saber a nuestra gente que la queremos.

Practicar la gratitud. Tomar nota de todo lo que pudo haber pasado pero no pasó, agradecer la ayuda de los rescatistas y civiles que están trabajando para salvar vidas y aliviar la situación, apreciar que hoy los protocolos de emergencia funcionan mejor que hace 32 años. Dar gracias a todos los que estando lejos se preocupan y envían mensajes de aliento.

Activar la generosidad. Es momento de ayudar de cualquier manera que sea posible. Contribuir desde donde estamos y con lo que tenemos. Toca mostrarnos solidarios. Estemos al pendiente de las fuentes oficiales de información que anuncian lo que necesitan los afectados y hagámoslo llegar pronto –agua, comida enlatada, pañales, lámparas, guantes para los rescatistas-. Ayuda como puedas.

Fortalecer el músculo de la resiliencia. Superar la adversidad haciendo uso de la fuerza que nos une. Ya lo hicimos una vez. Sabemos como reconstruir. Va de nuevo.

Acompañemos con nuestras oraciones y cariño a todos los afectados de esta tragedia.

México… ¡Hoy es juntos!

La felicidad en tiempos difíciles

grieving

Hay temporadas cargadas de pérdidas. El camino se pone cuesta arriba, no para de llover y la esquina para descansar no está disponible.

Los últimos días han sido de despedidas. Se fue Ofelia, compañera de generación, con sus ojos de azul intenso y su sonrisa generosa. Se fue Eli, entrenador de voleibol del colegio, que por años dedicó tardes enteras a enseñarnos cómo recibir, devolver y rematar balones. Hace dos días también se fue Mími, la perrita del apetito insaciable, guardiana y compañera inseparable de mi mamá durante los últimos nueve años.

Se siente un hueco, el aire se pone denso, se estaciona el gris encima de nosotros y nos envuelve una niebla con pinta de permanente.

Cuando perdemos algo importante o alguien que queremos pierde algo importante, empezamos a desandar los pasos para volver al lugar donde lo vimos por última vez… a ver si de casualidad lo encontramos por ahí.

Entramos en un proceso de duelo.

Pero las reglas no son claras, los tiempos de duración no están definidos, no hay fórmulas universales, el tamaño y la frecuencia de las olas de tristeza son distintas para cada quien.

Por un rato o por un tiempo buscamos lo que perdimos. Damos vueltas por la casa, subimos y bajamos las escaleras, abrimos la puerta del refrigerador, nos asomamos por la ventana con la esperanza de verlo pasar, revisamos el teléfono o nos dormimos para ver si aparece en sueños. Nos sentamos en la esquina del sillón, hacemos como que leemos, como que no estamos buscando nada para ver si quedándonos quietos eso que traemos perdido nos encuentra a nosotros. Nos sentamos frente a la computadora, pero las letras no se ordenan, las ideas no cooperan, la pantalla se aferra al blanco. No encontrarnos nuestro lugar, no sabemos por dónde ir y de nada sirve preguntarle a Google porque para nuestro desasosiego no tiene un mapa disponible.

Empezamos a recuperarnos de a poquito.

Partiendo el día en horas, en minutos y en pequeñas actividades. Un té caliente, un baño largo, un paseo en bicicleta, una caminata, una llamada de teléfono, un pedazo de chocolate. Escuchamos música, escribimos, vemos una película, salimos a comer con una amiga, regamos el jardín.

La niebla empieza a disiparse, ya no es permanente y nos visita sólo a ratos.

Las pérdidas que nos tocan de cerca duelen porque se llevan algo que queremos, el efecto es brutal y directo.

Las pérdidas ajenas nos afectan de otra forma. Nos exponen a nuestros propios miedos, nos dejan ver que eso también puede pasarnos, que nuestras personas favoritas pueden irse, que podemos perder lo que tenemos, lo que hemos logrado, que pueden esfumarse nuestras habilidades y ventajas. En respuesta a todo esto nos dan ganas de escondernos en la cama y taparnos hasta arriba con las cobijas como cuando éramos niños y pensábamos que así nada ni nadie podía jalarnos los pies.

Perdemos cosas todo el tiempo… amigos, amores, oportunidades. Se escapan ideas que eran muy buenas pero que no apuntamos, dejamos ir sueños o no atrapamos algún proyecto. Perdemos el sueño, la tranquilidad, el buen humor, la forma y hasta la cordura. A veces nos quitan ilusiones, a veces las dejamos ir o renunciamos a ellas. En términos relativos, estas pudieran considerarse pérdidas pequeñas o incluso micro. Pero nos roban energía, nos desorientan y de estás también tenemos que recuperarnos.

Hace un par de semanas escuché una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Sheryl Sandberg, jefa de operaciones de Facebook. En ese espacio, Sheryl relata la muerte inesperada de su esposo, habla de su tristeza y del proceso que ha seguido para salir adelante.

Escribió un libro “Opción B” junto con Adam Grant en el que ofrecen estrategias basadas en ciencia para hacer frente a las pérdidas y hacernos más resilientes ante futuras adversidades.

¿Cuales son algunas de las estrategias?

Aplican tanto para las personas que están pasando por un duelo como para las personas que están a su alrededor.

Explica Sandberg que una reacción natural de las personas cuando alguien está pasando por una pena es no hablar del tema con ellas para no recordarles. Pero las personas no olvidan su dolor, lo tienen presente independientemente de si decimos algo o no. Y no preguntar puede tener el efecto contrario, pues podemos hacer sentir a la persona sola o excluida.

Grant y Sandberg resaltan la importancia de hacerle saber a quien está sufriendo que reconocemos su dolor, que estamos ahí para acompañarla. Con un gesto, un abrazo, una palabra de aliento o un plato de sopa caliente. Preguntando ¿cómo estas hoy? y así darle permiso de hoy no estar muy bien.

También es importante sentarnos con el dolor. No podemos empaquetarlo y enviarlo a otro lado; rechazarlo, ignorarlo o sepultarlo bajo una tonelada de trabajo no funciona. Es importante hacerle un lugar, pasar tiempo con él y aceptar que, aunque vayamos mejor, nos visitará sin previo aviso en diferentes momentos de nuestras vidas.

Practicar la gratitud es una estrategia poderosa en situaciones difíciles. Hacer una pausa para salir de la tristeza y reconocer lo positivo que tenemos mejora nuestro estado de ánimo. Escribir tres cosas buenas que pasaron durante nuestro día y rescatar el mejor momento nos ayuda a mirar con ojos de esperanza.

Darnos permiso de tener momentos felices, de risa, de buen humor es fundamental. Nos sentimos culpables cuando tenemos un rato alegre en medio de una tragedia o cuando alguien se va. Pero es por ahí que empezamos a sanar también.

Muchas veces no podemos modificar la realidad, deshacer una tragedia o revertir diagnósticos terminales y nos sentimos impotentes. En estos casos, dice Maria Sirois, debemos preguntarnos a nosotros mismos ¿cómo puedo ser la mejor versión de mi mismo en medio de esta pena?, ¿Cuál es la mejor versión de hija, hermana, madre, amiga que puedo ser para esta persona en esas circunstancias? Y eso es suficiente.

La muerte y la naturaleza transitoria de todas las cosas es una realidad, una parte intrínseca de nuestra vida diaria. Tenemos que hacer todo lo posible por aliviar el sufrimiento. La vida nos empuja y nos obliga a continuar.

Y si la opción A no está disponible… tenemos que recurrir a la opción B.

 

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“Si quieres cambiar al mundo empieza por tender tu cama”

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Dijo el Almirante de la Marina de los Estados Unidos William H. McCraven a los estudiantes de la Universidad de Texas en su discurso de graduación.

El video ha estado circulando en las redes sociales en los últimos días. Te lo recomiendo.

¿Cómo es que algo tan trivial e insignificante como tender la cama puede darte el impulso para cambiar el mundo?

“Si tiendes tu cama en la mañana habrás completado tu primera tarea del día. Esto te dará una pequeña sensación de orgullo y te motivará a realizar otra. Al final del día esta tarea completada se habrá convertido en muchas tareas completadas”

Esta idea, sencilla y poderosa, es uno de los ejemplos clásicos en cualquier libro sobre cambio de hábitos. Al igual que el ejercicio y dormir suficiente, tender la cama es considerado un hábito “clave” pues tiene un efecto en cadena de resultados o conductas positivas en otras áreas. Tender la cama representa ganar una “pequeña batalla” que pone a nuestro cerebro en modo éxito y genera la motivación para seguir y lograr más.

En su libro “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg relata los resultados de estudios que muestran que las personas que hacen su cama en la mañana son más productivas, más felices y más capaces para adherirse a un presupuesto. Tender la cama en la mañana aumenta nuestras posibilidades de tomar mejores decisiones durante el resto del día y eleva nuestra sensación de control.

“Tender la cama también refuerza que las cosas pequeñas importan. Si no puedes hacer bien las cosas pequeñas, nunca podrás hacer bien las cosas grandes”

Escuchar esta frase me hizo recordar los días en que mis hijas tuvieron la misión de aprender a lavar los platos. Durante las primeras sesiones en la cocina hubo de todo: lloriqueos -no era justo tener que hacerlo-, gritos de frustración porque los platos tenían mostaza, todo tipo de gemidos y hasta un total desmoronamiento a causa de pan aguado en el resumidero. No había nada peor en el mundo que un pedazo de brócoli atorado en un tenedor.

Durante una de esas escenas recuerdo claramente haber pensado que si una fresa machacada era suficiente para perturbar a una niña, no quería ni imaginar lo que podría hacerle la vida con sus retos. Entendí que si no dejamos a nuestros hijos frustrarse con lo pequeño y solucionarlo no podemos esperar que resuelvan lo grande.

Y ya que estamos en el tema de hijos y labores domésticas…

En esas actividades poco sofisticadas y aparentemente triviales hay un montón de enseñanzas. Desafortunadamente y, con la mejor de las intenciones, seguido le negamos a nuestros hijos la oportunidad de aprender, desarrollar habilidades y hacerse de recursos para la vida.

Limitamos su exposición a situaciones donde cumplir la meta significa tener que hacer las cosas mal muchas veces antes de hacerlas bien, a tareas que obligan a ejercitar el músculo de la resiliencia, la paciencia, la gratitud y la generosidad –características que se relacionan con la felicidad-.

Exentándolos de los quehaceres los alejamos de ocasiones donde es posible experimentar esa sensación que viene luego de contribuir, completar un objetivo, reconocerse útiles y capaces. Se quedan al margen de escenarios donde crece la responsabilidad y el sentido de compromiso.

Y no es como que el tiempo que ahorran brincándose los deberes de la casa lo invierten en algo que valga la pena… lo dedican a ver televisión o a naufragar en el teléfono.

Volviendo a los detalles, a la conquista de pequeñas batallas y a los platos de la cocina…

Me acuerdo también que mis hijas invariablemente preguntaban: ¿Cómo voy a terminar con todo esto? y yo respondía: “lavando un plato a la vez”.

Y ahora que lo pienso, así funciona la vida también… una conquista de pequeñas victorias a la vez.

Adelgazamos un kilo a la vez, tejemos un suéter una puntada a la vez, armamos un rompecabezas acomodando una pieza a la vez, corremos un maratón un paso a la vez, aprendemos un intento a la vez, avanzamos, olvidamos, sanamos y soltamos un día a la vez, ¿no?

Y todo esto se hace más fácil tendiendo la cama… un día a la vez.

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