Personas tóxicas: ladrones de felicidad

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Para ser feliz no hay nada más esencial que nuestros lazos sociales.

La fortaleza de nuestras conexiones –con amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo, pareja- está estrechamente ligada a nuestro bienestar de largo plazo.

Cuando se trata de vivir más sanos y felices la recomendación básica es tener interacciones de buena calidad, estar cerca de nuestros seres favoritos, mantener contacto frecuente con ellos y sacarle la vuelta a las personas tóxicas.

Y es que estas últimas no sólo nos hacen sentir miserables, sino que también son nocivas para la salud. Convierten cualquier intercambio en una experiencia desgastante.

Estudios muestran que la exposición a estímulos que producen emociones difíciles –como el que generan este tipo de personalidades- conduce a nuestro cerebro a un estado de estrés, que sostenido en el tiempo, puede incluso cambiar su estructura.

Las personas tóxicas tienen la capacidad de hacernos pasar de emociones positivas a emociones difíciles como si estuviéramos en un carrito de montaña rusa, aumentando con esto, nuestro riesgo de tener depresión y problemas cardiovasculares. Pasar tiempo con ellas y sus conductas impredecibles es más peligroso que pasar tiempo con gente a la que no queremos o nos cae mal.

¿Cómo sabemos si estamos en una relación tóxica? o ¿Cómo identificamos a una persona tóxica?

Haz un diagnóstico. Date cuenta de cómo te sientes antes o después de interactuar con ciertas personas; generalmente, las personas tóxicas nos dejan con resaca emocional.

Después de pasar tiempo con ellas nos sentimos atropellados, como si nos hubieran succionado el alma con una aspiradora industrial o sumergido en un remolino de confusión. Drenan nuestra energía y nos quitan el brillo.

A veces, cuando sabemos que vamos a pasar tiempo con alguna persona en particular, empezamos a sufrir por anticipado, sentimos miedo, nos da dolor de cabeza, empiezan a sudarnos las manos, se nos engarrota la espalda, nos ponemos nerviosos, ansiosos o de mal humor. Esta es una señal inconfundible de un próximo encuentro cercano con una persona tóxica. ¿Te ha pasado?

Este tipo de personas generalmente tienen características que podemos identificar –aquí algunos ejemplos-. Víctimas, envidiosas, manipuladores, pesimistas crónicos, arrogantes, agresivos, violentas. Personas mal intencionadas, que acaparan la atención, desbordan sus emociones, crean intrigas, son protagonistas de conflictos y dueñas absolutas de la verdad. ¿Conoces a alguien así?

Reconoce tu rol en la relación. No podemos controlar las acciones o la personalidad de alguien más pero sí nuestra disposición para servirle de tapete. ¿Por qué aceptamos ciertas conductas? Podría ser que anteponemos las necesidades de los demás a las nuestras, que nos sentimos vulnerables o que pensamos que es lo normal. Es importante reconocer que tenemos autonomía para elegir qué o cuánto toleramos.

Pon límites. Es importante dibujar una línea clara entre lo que estamos dispuestos a permitir y lo que no. No tenemos que recibir todo lo que nos quieren dar o lanzar en nuestra dirección, tampoco tenemos que responder a cualquier petición. Recuerda que “no” es una oración completa.

Crea distancia física y disminuye la frecuencia. Si no podemos cambiar la naturaleza de la relación o rediseñar a la persona, una estrategia efectiva consiste en poner distancia física y reducir la frecuencia de las interacciones. Nos afectan más las personas que tenemos cerca, así que lejos de nuestra vista y afuera de nuestro perímetro hacen menos daño.

Practica la aceptación e instala distancia emocional. Es muy fácil alejarte de una persona tóxica cuando no forma parte de tu círculo inmediato, pero ¿qué hacer cuando se trata de una persona a quien es muy difícil evitar? Por ejemplo, tu mamá, tu suegro, el esposo de tu hermana o un colega de trabajo. Aceptar que así es esa persona y tenemos que lidiar con ella puede reducir parte del estrés asociado a querer cambiar la realidad. Se vuelve predecible y podemos hacer un esfuerzo por no responder al caos emocional.

Haz una pausa entre estímulo y reacción. Podemos controlar nuestra respuesta cuando alguien nos trata mal o ante cualquier circunstancia si creamos un espacio entre un estímulo y nuestra respuesta. Si te sientes enojado, asustado, confundido o amenazado lleva tu atención a tu respiración. Cuando las cosas van mal no te vayas con ellas. Evita hablar con esta persona hasta que te encuentres nuevamente en un estado de calma. La meditación y la practica de la atención plena –mindfulness– son estrategias efectivas para hacer estas pausas.

Practica la compasión. Esto implica un nivel de sofisticación avanzado y es contra intuitiva, pero los beneficios son considerables. Trae a la persona tóxica al centro de tu atención y envíale buenos pensamientos. Puedes practicar la meditación compasiva repitiendo en tu mente “deseo que seas feliz, deseo que tengas salud y fortaleza, deseo que tengas calma, paz y estés libre de sufrimiento”. Con esta practica recuperamos la tranquilidad y nos ponemos por encima de la situación.

Somos, en gran medida, el producto de las personas con quienes más tiempo pasamos. Las emociones son contagiosas y las conductas de las personas a nuestro alrededor influyen en nuestro bienestar. Cuidemos la calidad de nuestros lazos sociales recordando siempre que el camino es de dos vías.

 

 

 

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