¿Generosidad auténtica o ayuda interesada?

generosity

La generosidad es una de las vías rápidas de la felicidad. Ser generoso físicamente se siente bien, mejora nuestra autopercepción y da sentido a nuestras vidas. Sin embargo practicar la generosidad puede ser un problema cuando hacerlo se convierte en una obligación, damos desbordadamente o ayudamos por las razones equivocadas.

Practicar la generosidad genera felicidad hasta que ésta empieza a sentirse como una carga que no podemos soltar… ¿Te quedas fuera de todos los planes porque el resto de la familia asume que tu cuidarás del enfermo?, ¿Automáticamente te caen miradas encima cuando algo se necesita? Cuando estamos en la posición de ayudador designado sin importar de qué se trata –en la familia, en el trabajo, en la escuela- elevamos nuestras posibilidades de germinar resentimiento y coraje.

Estar en una posición que requiere de ayudar a otros puede ser abrumador y desgastante. Esto es especialmente cierto para las mujeres y las personas en profesiones que por definición asisten a otros –enfermeros, rehabilitadores, etc.- Descuidan sus propias necesidades, dejan su bienestar en último lugar e incrementan su riesgo de experimentar depresión y fatiga crónica.

Excedernos ayudando a los demás también puede ser contraproducente pues reduce nuestra sensación de felicidad y bienestar. Hay una diferencia fundamental entre la generosidad y dar desbordadamente: nuestras verdaderas intenciones.

La auténtica generosidad parte de un corazón pleno y desinteresado, se siente bien y es ligera. Implica que las necesidades personales están satisfechas y sobra energía positiva para dedicarla a los demás.

En cambio, dar desmedidamente no es un acto desinteresado y viene de una falta de capacidad para recibir o pedir lo que necesitamos. Las personas que ayudan compulsivamente generalmente lo hacen desde un corazón vacío esperando ser festejados, recibir atención, mejorar su imagen o ser amados incondicionalmente para siempre. Sacrifican sus propias necesidades y seguido terminan el día sintiéndose exhaustas.

¿Has escuchado la frase “Es mejor dar que recibir”? Me parece que tratando de vivir bajo esta creencia muchas personas terminamos batallando para cuidar de nosotros mismos. Hemos crecido escuchando que para ser una buena amiga, esposa, hijo, colega, vecino tenemos que dar sin reparo; incluso cuando estamos cansados, no tenemos tiempo, dinero o ganas. Cuando damos sin límites y sin recibir apoyo acabamos psicológica, física y espiritualmente drenados o en bancarrota emocional.

¿Cómo saber si estás sobre ayudando? Quizá te identifiques con los siguientes ejemplos o situaciones…

Pagas la cuenta siempre que sales con tus amigos o familiares, pides postre pero comes sólo una cucharada porque lo repartes a todo mundo, haces el trabajo extra porque invariablemente levantas la mano, estás siempre retrasado en tus deberes porque dedicas tu tiempo a resolver los de alguien más, dices que sí cuando en realidad quieres decir que no, estás disponible el cien por ciento del tiempo para quien sea.

A lo mejor te hace sentir importante ser quien da en tus relaciones personales, te sientes culpable cuando alguien hace algo por ti –“soy débil, no puedo solo”-, pones tus necesidades en último lugar, no pides ayuda, das porque quieres recibir algo a cambio –“yo hice esto por ti, ahora me debes”, quieres quedar bien con los demás –“me van a querer más”-, tienes sentimientos de agotamiento, enojo y resentimiento, te sientes decepcionado, frustrado y piensas que la gente se aprovecha de ti.

Dar por las razones equivocadas puede deteriorar nuestras relaciones sociales, que son un ingrediente básico del bienestar. Es posible que ciertas personas quieran explotarte y tomar ventaja de tu disposición para ayudar lo cual te dejará con resentimiento. Puedes incomodar a las personas a tu alrededor si éstas perciben que das para recibir algo a cambio y no con un deseo genuino de ayudar. Puede ser también que al apoyar a alguien –con la mejor de las intenciones- disminuyas su sentido de dignidad y termines haciéndolas sentir mal si no están emocionalmente listas para recibir ayuda.

Entonces… ¿Cómo practicar la generosidad para recibir sus beneficios en términos de felicidad? Les comparto algunas ideas que pueden ser útiles:

Para evitar caer en una generosidad compulsiva –no auténtica- vale la pena hacer un ejercicio de introspección y reflexionar sobre cuál es nuestra verdadera razón detrás ayudar. ¿Están satisfechas mis necesidades emocionales? ¿Ayudo desde un corazón pleno? Es útil cambiar la frase “Es mejor dar que recibir” a “Es mejor dar y recibir”.

Practicar la generosidad aporta a nuestro bienestar siempre y cuando hacerlo sea nuestra elección y no una obligación. Es importante poner límites y, como dice Anne Lamott, recordar que “NO” es una oración completa. Si te sientes muy incómoda diciendo simplemente “no” puedes intentar decir “no… pero”. Por ejemplo, “no puedo pasarme la tarde cuidando a tus niños, pero puedo enviarte comida” o “no puedo ayudarte con este proyecto, pero puedo conectarte con alguien que sí”.

Podemos ser generosos con nuestro dinero, tiempo, presencia, con nuestra atención, palabras y conocimientos. Sin embargo, la ciencia muestra que recibimos mayores beneficios cuando practicar la generosidad nos sirve para conectar con la persona que la recibe. En este sentido, el efecto de pasar tiempo con alguien o hacer trabajo voluntario es más poderoso que donar dinero a obras de caridad en general.

Somos más generosos cuando tenemos tiempo. Si vives de prisa y no te alcanzan los días para hacer trabajo voluntario o participar en actividades que requieran de atención elige dar un micro momento de cariño. Conecta con una sonrisa, un saludo, con tu mirada. Busca realizar pequeñas acciones como abrir la puerta, preguntar ¿cómo estas?, hacer un comentario positivo. Es mejor hacer una pequeña aportación que sentir remordimiento por no ayudar cuando nos gustaría hacerlo.

La generosidad y la felicidad van de la mano. Pocas cosas elevan nuestra sensación de bienestar y sentido de vida como contribuir positivamente en la vida de las personas que cruzan nuestro camino. La generosidad empieza en casa –contigo mismo- y en un corazón auténtico y pleno.

 

6 thoughts on “¿Generosidad auténtica o ayuda interesada?

  1. Para mí la frase de es mejor dar que recibir no es así para mí en el dar está el recibir, muchas veces dar te ayuda a olvidar tus propios penas.

    Pero es definitivo que tu salud está primero y que si tu forma de ayudar compasivamente es para que te valoren o para que te aplaudan, vas a lograr lo contrario vas a terminar haciendo creer a la gente que le ayudas que es una obligación y se olvidan de agradecer

    Muchas gracias por tus artículos

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  2. Yo pienso en el Dar siempre, desde el paso a un peatón, en un lugar que no debería cruzar, aunque no lo niego, a veces si digo, “ni siquiera voltean a dar gracias :). Pero efectivamente lo que me hace sentir bien es dar el paso, una sonrisa a un extraño, alguna compra a una viejita, con poquito o mucho podemos dar. De todos modos creo también que lo que das regresa multiplicado infinitamente!

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  3. Me gusta dar por “”metiche y chismosita” cubre mi dosis de “querer saberlo y estar en todo” 😜 me ha gustado hacer miles de preguntas del porque de las cosas, me gusta opinar (en donde no me llaman también ) y creó firmemente que siempre se puede hacer algo para mejorar el entorno, y así he ido por la vida, desde estudiar derecho, topándome con gente y circunstancias que me han hecho reflexionar que la ayuda, la filantropía y el “dar” para muchos es un “buen negocio”, no obstante, habemos en el mundo personas que ya traemos el chip y la vida nos ha encargado de reuinirnos, he tenido experiencias gratificantes cuando he estado en proyectos donde varios apoyamos a una causa.
    Saludos

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