¿Qué he aprendido sobre la esperanza?

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La palabra “esperanza” por muchos años tuvo para mí una especie de connotación mágica. Cuando algo parecía imposible o las cosas se ponían muy complicadas, los adultos a mi alrededor con frecuencia se decían “no pierdas la esperanza”.

La esperanza tenía que ver con la posibilidad de deshacer escenarios horribles, revertir situaciones dolorosas o volver realidad las más increíbles fantasías. En esa palabra lo inimaginable era posible. En ese espacio uno podía encontrar objetos o personas perdidas, realidades diferentes, recuperar la salud y hasta renegociar la muerte. Cuando todo estaba perdido la esperanza era el último recurso y se le ponía al mando.

Cuando era niña la esperanza tuvo muchas formas. Una navidad recibí el pedido de alguien más –confusión de cartas entre vecinas- y en lugar de unos patines, un aro y una pelota de basquetbol encontré bajo el pino muñecas y accesorios de Barbie. Mi desilusión fue brutalmente rosa. Durante noches esperé que a Santa le cayera el veinte y regresara para hacer el cambio, pero se tomó un año entero y de nuevo trajo lo que quiso. En su momento, la esperanza también consistió en pensar que mi abuela no se había ido al cielo para siempre, sino sólo de visita por un rato; pero como no volvía comencé a esperar sus cartas en el buzón de correo. Esperé también que mi perra se recuperara así de repente para quedarse más tiempo con nosotros. Y más veces de las que puedo contar, la esperanza era un caballo blanco con alas que me llevaba a donde anhelaba ir o me sacaba de donde no quería estar.

Muchos años después aprendí que la esperanza no es solamente una manera de sentir o desear, sino una forma de pensar y actuar. En el terreno de la psicología positiva, la esperanza está altamente relacionada con la resiliencia, el optimismo y la felicidad. Va más allá de sólo creer o tener fe.

La esperanza es el deseo de algo bueno –un resultado positivo, una solución, un objetivo alcanzado- que viene acompañado de una expectativa de conquista. La esperanza nos permite visualizar qué queremos y a dónde queremos llegar, con flexibilidad para encontrar rutas alternas, capacidad para tolerar la desilusión, fortaleza para intentar de nuevo y confianza personal en que podemos hacerlo.

En esa definición de esperanza viven las historias de nuestros éxitos que fueron construidas sobre una colección de fracasos previos. Negocios que no funcionaron antes del que sí, un bebé en brazos luego de varios intentos y pérdidas, incontables derrotas antes de vencer a ese rival por primera vez, cientos de rechazos antes de una oportunidad, recuperar la salud luego de una larga batalla, la primera canasta de basquetbol en un partido después de horas y horas de entrenamiento.

La esperanza está en el corazón de cada sueño, cada deseo, cada anhelo y cada aventura. La esperanza es donde todo empieza; nos estimula a dar el primer paso y nos mantiene andando. La esperanza es tenaz.

Dice Elizabeth Gilbert –autora del Bestseller Comer, Amar, Rezar– que la falta de esperanza obstaculiza la confianza y cuando la confianza está bloqueada los sueños se arruinan. La esperanza nos susurra al oído “inténtalo otra vez, sí se puede” y nos pone cada vez más cerca de lo que queremos.

¿Y qué hay de la esperanza después de la pérdida o en momentos difíciles y oscuros?

La semana pasada me topé en el libro de Maria Sirois –psicóloga clínica, consultora internacional y maestra mía- con un concepto de esperanza que me hizo mucho sentido para esos casos en que la vida como la conocemos cambia.

“La esperanza es un lugar al otro lado del puente y toma tiempo cruzar para llegar allá. La esperanza verdadera –una real y útil- sólo puede existir cuando enfrentamos la realidad exactamente como es, por más severa que sea”

No tiene nada que ver con milagros, ni con editar situaciones –no existen las opciones “deshacer o volver a hacer”-. Tampoco tiene que ver con rediseños mágicos de entornos o estructuras, viajes en el tiempo para cambiar la historia, ni fantasías hechas a la medida. No hay varita mágica. No voy a volver a ser joven para tomar decisiones diferentes. La esperanza se construye a partir de lo que hoy es.

“Construir el puente de la esperanza no sucede en un instante. Toma tiempo absorber las noticias oscuras y recuperarse lo suficiente para dejar ir lo que pudo ser o queremos que sea y considerar lo que es posible en presencia de lo que hoy es una realidad”

¿Qué es esperanza después de un diagnostico médico que sin previo aviso acorta una vida a tres meses?, ¿Cómo se ve la esperanza después de un accidente que te condena a una silla de ruedas?, ¿Qué significa la esperanza luego de la muerte de un hijo?

En palabras de Anne Lammot –en su libro Stitches-: Significa “empezar donde puedas. Identificando una necesidad y entonces insertando un hilo a través del ojal de una aguja. Haciendo un nudo. Encontrando un lugar en la tela donde hacer una puntada. Una puntada simple, nada elegante, nada complicado… sólo una fuerte y verdadera. El nudo ancla tu puntada. Y una vez hecha hacer otra. Vivir una puntada a la vez”.

Respirar, permiso para meterse debajo de las cobijas, sentir el dolor, aceptar que el duelo no tiene fecha de terminación previamente definida, enfrentar el miedo y construir desde donde estás. Reunir a los seres queridos en una fiesta de despedida para decirles cuánto los quieres, aprender a moverte por la vida sin la ayuda de tus piernas, volver a encontrar paz en un atardecer.

¿Qué he aprendido de la esperanza? Que se construye a partir de la realidad por ruda que sea. Que es necesario saber a dónde queremos llegar, tener un mapa en la mano y una bolsa de recursos personales –familia, amigos, conocimientos, voluntad, habilidades, espiritualidad-. Y para los casos muy extremos… un caballo blanco con alas.

 

PD. Si quieres explorar el concepto de esperanza desde el lente de diferentes investigadores en el mundo te recomiendo mucho el libro “The Wold Book of Hope”.

8 thoughts on “¿Qué he aprendido sobre la esperanza?

  1. Wow, me dejaste impactada!
    Este artículo me tocó cada fibra de mi cuerpo, un bálsamo después de un muy mal evento.
    Casi todos tenemos a la esperanza presente, es nuestro motor para seguir, soñar y aliviar nuestros malos y también buenos etapas de la vida.

    P.D. Perdón por las “Barbies rosas”.

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