Juntos somos más fuertes

tokio

 

Ayer caí en la cuenta de que, en un planeta sin pandemia, hubieran arrancado los Juegos Olímpicos en Tokio este fin de semana que pasó. No sé a ti, pero a mi me encantan. Tienen magia. Cambian al mundo por un rato.

Que bueno que supe en martes. De lo contrario, la noticia se me hubiera juntado con el domingo, el gris, la neblina, las ráfagas de aire y las lluvias huracanadas de Hanna. Más los cinco meses de cuarentena, vacaciones canceladas, proyectos detenidos, friegos de horas detrás de la pantalla, incertidumbre, mal humor y noches de insomnio.

Somos protagonistas de otro evento histórico patrocinado por el COVID-19, que se ha encargado de poner claro que los planes están bajo sus riendas y de momento no hay permiso para soñar más que un día a la vez.

El aire pesa, lo traemos ya sentado en los hombros.

Imagino que, en unos años, alguien jugará Maratón y le tocará una carta con la pregunta: los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 fueron cancelados por: A) Un atentado terrorista; B) No se cancelaron; C) La pandemia del Coronavirus.

Pienso en los atletas que entrenaron años esperando la oportunidad de participar. Pienso en esa victoria que les dio el pase a los juegos, ese instante en que entendieron que eso que imaginaron incontables veces antes de dormir se convertía en realidad. Casi veo su cara explotando de felicidad, gratitud, alivio, orgullo. Y luego pienso en lo que debió haber sido para ellos que cancelaran el evento.

Y ahí ya se me viene encima la frustración colectiva. Niños que no pueden ir al colegio, adultos mayores sin poder salir de casa, graduados de carrera, de preparatoria con ceremonias virtuales, bodas con papás y hermanos nada más, funerales con transmisión vía Zoom, negocios en quiebra.

¿Cuánto valdrá la suma de desilusiones?

Este virus se toma personal cualquier desafío de la esperanza. La devora con sus tres hileras de dientes, la mastica y contrarresta escupiendo nuevos brotes de contagio y olas de muerte.

Pero se le olvida que el espíritu humano es tenaz y la prueba está en el video que lanzó el canal olímpico #StrongerTogether (aquí la liga) para anunciar la cuenta regresiva de un año para el arranque de los juegos en 2021.

Las olimpiadas han sido la voz de la esperanza, el símbolo de la resiliencia y la grandeza. Esas imágenes de abrazos, de voluntades de acero y corazones indomables son justo la bocanada de aire que nos empuja a continuar. Y si esta fecha no pudo ser, ya tenemos en la mira la siguiente. Una nueva línea de llegada, un nuevo propósito para continuar.

Llegaremos a la meta porque somos fuertes y en esta adversidad hemos encontrado alternativas, descubierto fortalezas, recurrido a la creatividad para generar soluciones. Hemos identificado lo verdaderamente importante y aquí seguimos.

Lo que este virus no entiende, es que es muy difícil ganarle al amor. Y de ese tenemos mucho. Por ahí vamos a ganarle.

¿Qué tal si votamos por la ilusión? Sigamos colgados de la esperanza.

Que nuestra flama siga prendida.

 

 

Atrapar un momento mágico

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Caí en la cuenta de que tengo varias semanas sin publicar en mi blog. Estoy descubriendo que de marzo para acá el tiempo pasa muy rápido y muy lento a la vez. Será que es mi primera pandemia.

En ocasiones, los artículos se escriben en partes separadas que luego encuentran cómo juntarse. Así el de hoy.

Hace una semana hicimos un ejercicio en el taller de narrativa que me sirvió para escribir muchas líneas. La misión era escuchar una canción y elegir tres palabras de la letra para usarlas en un cuento. Al azar salió Right Now de Van Halen y a mi me gustaron cuatro: atrapa un momento mágico.

Me acordé de todos los momentos mágicos que he atrapado en el pasado, de los que atrapo cada que es HOY y de los que quiero atrapar en el futuro. Salieron muchas líneas. Fue una de esas noches de martes en que las ideas fluyen sin pedir permiso. Así quedó una pieza.

La otra pieza ha venido construyéndose desde que el mundo se puso de cabeza.

Y es que sigue rondando la muerte. No da tregua. Parece incansable. Una noticia tras otra.

No sé si siempre ha sido así de activa y yo no me daba cuenta porque estaba saturada de trivialidades, o si efectivamente está trabajando turnos triples. Quizá estoy más sensible.

Quiero andar de puntitas.

No, no es cierto.

Quiero que mis pasos retumben y dejen huellas en el pavimento.

O las dos cosas.

Depende del día.

Regresé a mi escrito del martes pasado para editarlo. Fue entonces que junté las piezas. Algo me dijo que, en tiempos de pandemia, atrapar momentos mágicos es una gran estrategia de resiliencia, son escudos protectores para nuestro bienestar emocional.

Los momentos mágicos que he atrapado en el pasado me sirven para practicar la gratitud…

Atrapar un momento mágico

Tu imaginación para encontrar lobos en las nubes

Tu buena vibra al ritmo de música country

Tu manera de volar en la cancha

 

Atrapar un momento mágico

Esa tarde que me regalaste una estrella

Escucharte devolviéndole a mi “te quiero mucho” un “yo también”

Tus argumentos para convencerme de que no te saldría cola de sirena en el agua

 

Atrapar un momento mágico

Caminando para llegar a un pueblo que siempre queda a cinco minutos

Encuentros de miradas que provocan carcajadas

Que no eran los extraterrestres

 

Los momentos mágicos que atrapo cada día -cada HOY- me recuerdan que el único momento que tengo garantizado es ahorita…

Atrapar un momento mágico

El olor a café por las mañanas

Una cerveza helada

Los abrazos de mis personas favoritas

 

Atrapar un momento mágico

Rodando en mi bicicleta

Leyendo poesía

Desarrollando una nueva idea

 

Los momentos mágicos que quiero atrapar en el futuro me dan dirección y propósito…

Atrapar un momento mágico

Los viajes que quedaron pendientes

El siguiente libro

Podemos abrazarnos otra vez y tirar el tapabocas

 

¿Cuáles son tus momentos mágicos?

No quiero darme el lujo de dar por sentado lo que tengo. Que arrogante parece ahora desatender sonrisas, ignorar atardeceres, guardar palabras de amor y postergar sueños.

Sigo colgada de la esperanza.

 

 

¡Ya estamos haciendo algo extraordinario!

resiliencia

Confieso que una de las primeras declaraciones que hice cuando empezó la cuarentena es que iba a terminar mi segundo libro. Un mes en mi casa era justo lo que necesitaba para sentarme a escribir.

Tendría un bloque concentrado de días sin compromisos, sin horas de tráfico, sin prisa mañanera por despachar niñas al colegio, sin partidos en las tardes. Al fin, tenía la oportunidad para clavarme en este proyecto que había estado pateando y que me producía la misma sensación que la de traer una piedra metida en el zapato.

Confieso que me entusiasmaba la idea.

Pero sucedió que pasaban los días y no lograba sentarme a escribir. Un par de veces abrí el engargolado que guarda los pedazos que tengo, pasaba un par de páginas y no encontraba por dónde seguir. Abría la computadora, la pantalla y yo nos quedábamos viendo como en concurso de miradas hasta que alguna notificación de correo me sacaba del aprieto. Mi cabeza no lograba concentrarse en una sóla idea. Ahí adentro había una venta de garaje.

Justo noto que escribo en tiempo pasado, como si ya hubiera encontrado el remedio y estuviera a punto de contarles cómo logré salir del enredo. No. Sigo en la batalla. Mejor dicho… sigo perdiendo la batalla.

Ver pasar los días sin registrar avances empezó a generarme ansiedad y frustración. Entonces revisaba mi agenda, replanteaba metas y generaba nuevas intensiones.

Nada.

Una foto en Facebook vino a darme el tiro de gracia. Decía algo así como… “Si no sales de esta cuarentena con una novela escrita, un sueño completado o tu casa ordenada, en realidad nunca te faltó tiempo, sino disciplina”. ¡OUCH!

No escribo para mi libro, no concilio ni el sueño por las noches y mi casa sigue tan desordenada como siempre.

En eso estaba cuando recibí un artículo de Scott Berinato del Harvard Business Review titulado “That Discomfort You’re Feeling is Grief” (Esa incomodidad que sientes es dolor) y todo quedó mucho más claro.

Estamos viviendo una pandemia.

El mundo se puso de cabeza. Reina la incertidumbre, el caos, la confusión, el miedo, la ansiedad, el aire está cargado de enfermedad. Estamos sorteando una colección de situaciones -niños en casa, trabajo remoto, preparar tres comidas al día, lavar platos que se multiplican y ensucian solos, confinamiento, distanciamiento físico, cambios de rutinas, nos preocupamos por familiares que tenemos lejos-.

Estamos en duelo.

Estamos sufriendo diferentes tipos de pérdidas.

Pérdidas humanas, pérdida de contacto social, pérdida de trabajo, proyectos detenidos, viajes cancelados, planes en el basurero. Hemos perdido la paz interior, la libertad de movimiento, el sentido de normalidad, la posibilidad de planear más allá de una semana.

El mundo como lo conocíamos cambió y no sabemos qué nos espera en el futuro.

Nos invade el anhelo de volver a tocar lo que hemos perdido, cinco minutos para envolver en un abrazo a mis padres, media hora para tomar café con las amigas, dos horas para ir al cine, noventa minutos en mi salón de clase, tres horas para andar en bicicleta, un lunes común y corriente, una noche sin insomnio. Nos persigue el deseo involuntario de entender, de encontrar sentido en todo esto.

Nuestra brújula perdió el sentido de orientación y luchamos para reacomodarnos en todos los sentidos: físico, emocional y social.

Y cada uno de nosotros vive y experimenta el duelo de diferentes formas: Enojo, llanto, cansancio, sueño, irritabilidad, ansiedad, parálisis, sentido del humor, tristeza, miedo.

La aceptación es una de las puertas de salida en los procesos de duelo. Aceptar que esta es la realidad, que esto está pasando -aunque no lo hayamos pedido y no nos guste- y trabajar a partir de lo que sí podemos controlar.

Son tiempos de paciencia, de tolerancia, de compasión, de márgenes anchos, de andar más lento, de empatía, de mucho amor.

Quizá no es momento de pensar en escribir novelas o sacar adelante grandes proyectos, al menos para mí, no lo es. Quizá es momento de reconocer que estamos sobreviviendo a una pandemia y eso ya es extraordinario.

“La vida es como una caja de chocolates…

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Nunca sabes lo que te va a tocar”, dijo Forrest Gump.

Me tocó influenza.

En el día de mi cumpleaños.

Andaba sintiéndome rara desde hace un par de semanas, pero decidí seguir de frente con el mismo ritmo acelerado que me gusta y volándome todas las luces amarillas intermitentes de los semáforos que me topé en el camino.

El plan original para celebrar esta vuelta al sol incluía despertar directo a leer mensajes bonitos de felicitación, desayunar Tamales Gourmet en casa con un grupo de amigas cuya especialidad es el sentido del humor -negro-, pasar la tarde con mis hijas y rematar la noche con cena entre amigos -y cerveza-.

El día empezó con un mensaje del doctor que decía: “La prueba de influenza salió positiva” -el estudio me lo hicieron desde anoche, pero me fui a dormir sin saber el resultado-. Entre las indicaciones médicas venía la nota… “Eres potencialmente contagiosa, ten distancia prudente con la gente”.

WHAT?

Así que aquí estoy… Con influenza tipo B -en caso de que tuvieran curiosidad-, con planes cancelados, envuelta en una cobija, aguantando el gélido día gris -lo mío es el sol colgado de un cielo azul y temperatura mínima de 25 grados-, preguntándome cómo es que el día salió exactamente al revés.

No tenía pensando escribir esta semana, pero ya que estoy en arresto domiciliario y manteniendo distancia prudente con el resto de la humanidad, decidí darles vuelta a unas cuantas ideas en la cabeza -que afortunadamente no me duele y tampoco me da vueltas-.

Más que en fin de año, a mi me gusta reflexionar y hacerme propósitos nuevos el día de mi cumpleaños. Quiero pensar que con el paso del tiempo me acerco un poco más a la persona que quiero ser y a mi mejor versión.

El trayecto de los 43 a los 44 ha sido parecido a una montaña rusa no apta para cardiacos. Ha estado lleno de momentos lindos, inolvidables, inspiradores, sueños alcanzados y logros importantes. También ha venido cargado de situaciones difíciles, tristes y demoledoras. Lo que quiero decir es que ha sido un año de contrastes. Está bien, este tipo de ciclos son los que nos obligan a salir de la zona de seguridad y hacen “NO NEGOCIABLES” el aprendizaje y la evolución personal. Ya tengo trazadas las metas de la ruta hacia los 45 y eso me emociona.

Me dijo una amiga hace un rato… “Pensemos que la vida te regala una pausa”. Sin duda. Cuando mis libros empiezan a apilarse y comienzo a coleccionar cadenas de días sin leer, es que la cosa anda mal. Quiere decir que no me he detenido a descansar, a crear tiempo para mí, que no he hecho pausas para reconectar y sentir. Justo ayer me escuché diciendo en voz alta… “sólo quiero leer”. ¡Concedido!

Dicen que el universo primero te susurra el mensaje al oído y, si no lo atiendes, entonces te grita… o te contagia de influenza. Ya entendí. La luz amarilla intermitente significa: parar.

Ahora me toca sacar la caja de herramientas para tratar de pasar el mejor cumpleaños posible ante la presencia de este imprevisto. Esta herramienta de Psicología Positiva la aprendí de mi querida maestra Maria Sirois. Ante la adversidad, en lugar de preguntarnos “¿Por qué a mí?; es mejor preguntarnos: ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?

Así que tomé café, me comí los Tamales Gourmet y los buñuelos en forma de calabaza -sí, bien llenos de azúcar-. Lo único que cambió en el menú del desayuno fue el Tamiflú que llegó de colado. Estoy escribiendo para publicar mi artículo de la semana -siempre me anima-, tengo un par de libros a la mano -justo lo que deseaba- y a Maggie junto a mí -la cuadrúpeda cariñosa, friolenta como yo y que puede acompañarme cerquita sin riesgo de contagio-.

Hoy en particular me alegran las redes sociales que me permiten estar conectada con el mundo a la “prudente distancia” que recetó el doctor. Me hacen grande el corazón todos los mensajes de felicitación y muestras de cariño que están llegando. En especial, me hizo reír este que decía: “No sé si sea apropiado poner la frase “muchos días como hoy””. No, esa no, please.

Me siento agradecida con todos los que hoy me acompañan desde la distancia lejana, desde la prudente, desde el más allá y desde el silencio.

La vida es como una caja de chocolates y hoy me tocó hacer pausa.

El anti GRIT

Quitting

Hoy me voy a correr el riesgo de opinar poniéndome a tono con la clásica frase… “las cosas ya no son como antes” y que entre líneas invariablemente sugiere que las cosas antes eran mejor.

Hace unos años, cuando mis hijas empezaron a jugar basquetbol en el equipo del colegio, descubrí un cambio en las reglas del juego que me inquieta hasta el día de hoy. Ni el paso del tiempo, ni la repetición me han permitido asimilarla o encontrarle las bondades que dicen que tiene. Me hace corto circuito cada vez.

La regla dice que si un equipo le va ganando al otro por 20 puntos, el marcador se apaga o se esconde.

La primera vez que desenchufaron el tablero electrónico pensé que se había descompuesto. Le dije a la mamá sentada junto a mi: “mira, algo le pasó al marcador” y ella me respondió: “no le pasó nada, lo apagaron porque nos están patizando”. ¿Qué?

Se supone que con esta regla protegemos los sentimientos y la motivación de los deportistas.

¿Será?

A mi algo me dice que la cosa no va por ahí y que el antiguo método -él que nos tocó a las generaciones pasadas- es mucho mejor para desarrollar la resiliencia y formar el carácter de nuestros hijos.

Desde mi punto de vista, desaparecer el marcador cuando el equipo rival gana por cierta cantidad de puntos, manda los siguientes mensajes: “game over”, “no hay más que hacer”, “hemos perdido la esperanza en ustedes”, “ya da lo mismo”, “tiren la toalla”.

Me parece más honroso abandonar la cancha con un marcador espantoso en contra que con un marcador fantasma.

La resiliencia o capacidad para superar adversidades forzosamente arranca de la realidad sin camuflajes. ¿Cómo nos levantamos de una derrota y aprendemos de ella si no es dándole la cara?

¿Por qué tenemos tanto miedo los padres a dejar que nuestros hijos se revuelquen con la vida tal y como es? ¿Por qué hacemos hasta lo imposible para evitar que prueben el sabor de la desilusión, el fracaso o la frustración?

Estamos dejando sobre la mesa oportunidades para que nuestros hijos aprendan cómo trabajar duro para alcanzar objetivos difíciles, cómo dar su mejor esfuerzo, cómo ganar y perder decorosamente.

Una de las quejas más frecuentes ahora en las empresas es que los jóvenes no toleran ni las dificultades, ni las incomodidades, renuncian a la primera de cambios, andan por los pasillos necesitando reconocimientos por llegar a tiempo y creyéndose merecedores del mundo sólo por que sí.

La evidencia comienza a mostrarnos que con las mejores intenciones estamos criando niños sin recursos o habilidades para la vida, “sin calle”. Queremos hacerlos sentir especiales y felices a cualquier costo en el corto plazo, sin darnos cuenta que con esto podríamos estar comprometiendo su felicidad de largo plazo.

Levanta la mano, por ejemplo, si en las fiestas te avientas a recoger los dulces que caen de la piñata para dárselos a tus hijos, si controlas sus grupos de amigos, si les resuelves todos y cada uno de sus problemas, si te le has lanzando a la yugular a un maestro por haberle llamado la atención a alguno de tus niños.

Las cosas han venido cambiando de unos años para acá. Ahora los diplomas y medallas son para todos. Quien no saca un premio por calificaciones notables, lo saca por ser buen ciudadano o por ser muy simpático.

Hace unas semanas dediqué un artículo al tema de GRIT. Sigue este vínculo si quieres conocer más sobre este concepto.

Con GRIT asociamos frases del tipo “no rendirse”, “resistir frente a la adversidad”, “continuar a pesar del fracaso” y la ciencia ha descubierto que está detrás de la mayoría de las historias de éxito.

Caroline Adams Miller define GRIT como el tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, eso que nos hace continuar a pesar del fracaso.

Me pregunto… ¿Y cómo van a aprender a desarrollar el GRIT nuestros hijos si no los dejamos practicar ni siquiera en la cancha? ¿Si atravesamos la ciudad para llevarles el uniforme que olvidaron –porque no lo empacamos nosotros en la mochila- en lugar de dejar que los pongan a correr 10 vueltas?

A mi me gustaría dejar encendido el marcador, me gustaría más enviar el mensaje de que el juego no se acaba hasta que se acaba y mientras tanto hay que luchar. Apagar el tablero o esconderlo debajo de la mesa me parece muy anti GRIT.

¿Tu que opinas?

http://www.bienestarconciencia.com

¡Fuerza México!

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Hace 32 años a muchos nos tocó vivir uno de los eventos más duros y difíciles que ha atravesado nuestro país.

Hoy lo revivimos.

Otra vez nos encontramos haciendo llamadas y mandando mensajes para localizar a los que queremos y asegurarnos que están bien. Nuevamente estamos sentados frente a la televisión viendo esas imágenes conocidas que nos dejan sin aliento. Una vez más a prueba.

Eventos como el terremoto de hoy nos recuerdan en un instante lo que es verdaderamente importante en la vida y pasan a segundo plano las pequeñeces que abruman nuestros días.

Este es un momento para reflexionar y actuar en lo que es esencial.

Estrechar nuestros lazos sociales. Noticias como estas dejan claro que nuestros seres queridos son lo más valioso. Recordemos expresar afecto y comunicar nuestro cariño, hacer tiempo para compartirlo con nuestros familiares y amigos. No esperemos ocasiones especiales para dejarle saber a nuestra gente que la queremos.

Practicar la gratitud. Tomar nota de todo lo que pudo haber pasado pero no pasó, agradecer la ayuda de los rescatistas y civiles que están trabajando para salvar vidas y aliviar la situación, apreciar que hoy los protocolos de emergencia funcionan mejor que hace 32 años. Dar gracias a todos los que estando lejos se preocupan y envían mensajes de aliento.

Activar la generosidad. Es momento de ayudar de cualquier manera que sea posible. Contribuir desde donde estamos y con lo que tenemos. Toca mostrarnos solidarios. Estemos al pendiente de las fuentes oficiales de información que anuncian lo que necesitan los afectados y hagámoslo llegar pronto –agua, comida enlatada, pañales, lámparas, guantes para los rescatistas-. Ayuda como puedas.

Fortalecer el músculo de la resiliencia. Superar la adversidad haciendo uso de la fuerza que nos une. Ya lo hicimos una vez. Sabemos como reconstruir. Va de nuevo.

Acompañemos con nuestras oraciones y cariño a todos los afectados de esta tragedia.

México… ¡Hoy es juntos!