¿Medio lleno o medio vacío?

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A la felicidad le gusta andar de la mano del optimismo. Es muy difícil imaginar a un pesimista feliz o a un optimista infeliz. Ninguna de esas combinaciones cuadran con el sentido común. ¿Verdad?

El optimismo, además de sentirse bien, tiene muchos beneficios tangibles. Las personas optimistas son más sanas, experimentan más emociones positivas, tienen mejores relaciones interpersonales, enfrentan mejor las adversidades, son menos propensas a la depresión, viven más felices y son exitosos en el cumplimiento de metas.

Además, el optimismo es un excelente antídoto contra la epidemia mundial de la preocupación.

Nos preocupamos por los hijos, los perros, la situación política, la calidad el aire, el tráfico, las enfermedades, las últimas tendencias de la moda, el aceite parcialmente hidrogenado, el paso del tiempo, las clases extracurriculares, por sentir mucho o casi nada.

Dijo Glenn Turner, famoso jugador de críquet, que la preocupación es como una mecedora… “Nos da algo que hacer, pero no nos lleva a ningún lado”.

En este sentido preocuparnos sin hacer algo al respecto es un desperdicio. Es mucho más útil desarrollar la habilidad del optimismo para hacerle frente a la preocupación, a la incertidumbre y a lo desconocido.

Sí, así como podemos aprender a patear una pelota en cierta dirección, también podemos aprender a ser más optimistas y a vivir menos preocupados.

¿Qué es el optimismo?

El optimismo, desde el punto de vista de la Psicología Positiva, no tiene nada que ver con frases positivas o pensamientos rosas que flotan desconectados de la realidad; tampoco con encontrarle el lado bueno a una infección estomacal explosiva que coincide con falta de agua en casa.

El optimismo está relacionado con el tipo de explicaciones que damos en respuesta a lo que nos sucede en la vida. Tiene que ver con una manera de pensar, es un hábito de la mente que nos permite proyectar una visión positiva del futuro, que a su vez afecta nuestras creencias y comportamientos.

Martin Seligman, el padre de la Psicología Positiva, ha estudiado a fondo el tema del optimismo. Si quieres explorar más su trabajo, te recomiendo que leas su libro “Learned Optimism”.

Hay tres elementos clave en los estilos de explicación que distinguen a una persona optimista de una pesimista: tiempo, alcance y causa.

El elemento tiempo tiene que ver con la duración de un evento, no necesariamente la real, sino la percibida… ¿Esto que está pasando es temporal o es permanente?

Una persona con un estilo de explicación pesimista considera que las cosas malas que le suceden son permanentes, que llegaron para quedarse y afectarán su vida por siempre.

Lo permanente es absoluto, binario y podemos reconocerlo en las palabras “siempre”, “nunca”, “jamás”, “todo el tiempo”.

“Siempre te quejas”, “nunca más vuelvo a enamorarme”, “todo el tiempo me regañas”, “jamás voy a encontrar trabajo”, “todos los días me siento mal”… son ejemplos de frases que caen en el cajón de lo imborrable.

El riesgo es que cuando pensamos que los malos ratos durarán por siempre y nos convencemos de que nada de lo que hagamos puede alterar el resultado, es “game over”. Perdemos la motivación para tomar acción y salir del atolladero. Nos invade un sentimiento de desesperanza que reduce nuestra confianza y calidad de vida.

Este estilo de explicación también puede producir parálisis ante retos nuevos. Si “siempre me equivoco”, entonces… ¿para qué intentarlo?

Por el contrario, una persona optimista explica las cosas que le suceden en términos temporales, reconoce o piensa que las adversidades son pasajeras.

El lenguaje delimita el rango de tiempo… “últimamente”, “algunas veces”, “esta semana”.

“Te quejas cuando dejo la ropa tirada”, “en este momento no quiero iniciar una nueva relación”, “Me regañas cuando llego tarde”, “hoy me duele la cabeza”. En estas frases hay remedio, posibilidades y esperanza.

El elemento alcance tiene que ver con la repercusión o cobertura de un evento… ¿es específico o es universal?

Ante una adversidad, los optimistas logran poner las cosas en perspectiva y contener en un espacio específico el daño relacionado con un evento negativo; por otro lado, los pesimistas perciben que los efectos son universales y se cuelan en todos los rincones de su vida.

Después de reprobar una materia, un estudiante puede explicar “reprobé microeconomía” –específico-; mientras otro puede decir “no sirvo para la escuela” o “no sirvo para nada” –universal-. Luego de un recorte laboral, un optimista concluye “mi vida profesional no va bien” –específico- y un pesimista afirma “nada en mi vida funciona” –universal-.

“Todos los maestros del mundo son injustos” o “el maestro de matemáticas es injusto”; “Soy la peor mamá de todo el mundo “ o “cometí un error castigando a mi hijo sin darle oportunidad compartir su versión”.

Las explicaciones universales y permanentes se asocian con la desesperanza; las específicas y temporales, con la resiliencia.

El elemento causa está relacionado con la raíz de lo que nos sucede… ¿Es por un factor personal o externo?

Los optimistas recurren a causas externas para explicar las adversidades. Por ejemplo, “perdí el partido de tenis porque la cancha estaba resbalosa”; en cambio, los pesimistas buscan razones internas… “perdí el partido porque soy malo para los deportes”.

Supongamos que un pesimista y un optimista son descartados como candidatos para un nuevo trabajo.

El pesimista podría argumentar que fue rechazado porque no es suficientemente bueno –personal-, que nunca va a salir adelante -permanente- y que no sirve ponerle ganas a la vida porque nada vale la pena -universal-.

En cambio, el optimista podría explicar el mismo rechazo diciendo que no es personal -el otro candidato estaba dispuesto a ganar menos-, que tuvo un mal día de entrevista –temporal- y que aunque esto complica su situación profesional, las demás áreas de su vida van bien –específico-.

Es mucho más probable que el pesimista se desanime, deje de buscar oportunidades y aumente sus probabilidades de caer en depresión.

En resumen… La fórmula optimista incluye razones externas, eventos temporales y alcance específico; mientras que la pesimista se compone de razones personales, eventos permanentes y con cobertura universal.

Voy a dedicar el artículo de la próxima semana a las técnicas de combate contra el pesimismo, así como algunas ideas para practicar el optimismo.

Por lo pronto te invito a descubrir tu estilo de explicación respondiendo el cuestionario en este sitio.

El primer paso para cambiar es ubicar dónde estamos parados.

 

Los Cuatro Acuerdos

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Quizá te suena conocido el título, has escuchado la frase o te has topado con los cuatro acuerdos resumidos en una foto en redes sociales.

Los Cuatro Acuerdos es un libro de sabiduría Tolteca escrito por Don Miguel Ruiz, un médico cirujano criado en el México rural por una madre curandera y un abuelo nagual.

Perdí la cuenta de cuántas veces me topé con este libro antes de leerlo. En varias ocasiones lo tomé en una librería, leí la contraportada y lo devolví a su lugar poco convencida. Me decidí a leerlo hace unos meses, luego de escuchar una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Don Miguel y darme cuenta que los cuatros acuerdos que propone empatan bien con algunos conceptos de la Psicología Positiva.

Don Miguel arranca el libro explicando que vivimos gobernados por el miedo. Vamos por la vida regidos por las creencias que nos han transmitido nuestros padres, la sociedad, el sistema educativo o la religión y utilizando el método de castigo/recompensa. El miedo al rechazo y a no ser suficientes nos orilla a convertirnos en alguien que no somos, vamos perdiendo contacto con nuestro yo esencial y alejándonos de la felicidad.

Si quieres leer más sobre el “yo esencial” y el “yo social” sigue este vínculo.

De ahí continúa explicando que para tener una vida más alegre y feliz tenemos que ser valientes, atrevernos a romper los acuerdos basados en el miedo –que suponen un gasto de energía muy grande- y construir acuerdos basados en el amor –que no sólo conservan nuestra energía, sino que pueden aumentarla-.

¿Cuáles son los cuatro acuerdos que sugiere Don Miguel Ruiz para tener una vida plena y feliz?

El primero: Sé impecable con tus palabras.

Este acuerdo tiene que ver con ser auténticos, coherentes con lo que pensamos y hacemos. Está relacionado también con el poder de las palabras.

Nuestras palabras dan forma a la realidad en la que vivimos; con ellas establecemos nuestras intenciones y nos expresamos.

Podemos utilizar nuestras palabras para construir o destruir. Es posible hacer crecer a una persona cuando resaltamos sus fortalezas, mostramos afecto, expresamos gratitud, decimos “te quiero”. También podemos destruir a alguien con una crítica, un chisme, una maldición o con algún comentario del tipo “no sirves para nada”, “qué ridícula te ves”, “deja que opinen los que sí saben” o “los hombres no lloran”.

Impecable –viene del Latín y significa sin pecado– con nuestras palabras, sobretodo con nosotros mismos. Significa no usar las palabras en contra nuestra, como cuando nos juzgamos, lastimamos y culpamos.

A mi lo anterior me hace pensar en la autocompasión, que nos ayuda a reemplazar la voz del crítico interior con una voz comprensiva, generosa, alentadora.

Ser impecable con nuestras palabras significa utilizar nuestra energía correctamente, en la dirección de la verdad y el amor –por nosotros mismos y por los demás-.

El segundo: No te tomes nada personalmente

Cuando pensamos que el mundo está pendiente de nosotros y nos creemos el centro del universo, tomarnos las cosas personalmente puede ser desastroso. Es mucha presión, ¿no?

Nos tomamos las cosas personalmente cuando, por ejemplo, vemos un grupo de personas hablando mientras miran en nuestra dirección y concluimos que están criticándonos; o cuando alguien nos grita y recibimos su veneno emocional, en lugar de considerar la posibilidad de que ese enojo tiene más que ver con esa persona que con nosotros.

¿Cuántas veces has sufrido pensando en qué van a pensar o decir de ti los demás?, ¿Cuántas veces te has quedado sentada en la mesa en lugar de bailar?, ¿Cuántos proyectos tienes en el tintero por miedo a ser criticado?

En realidad, cada quien andamos en nuestro mundo, preocupados por nosotros mismos. Las opiniones que cada uno emitimos responden a las creencias que tenemos, nuestros puntos de vista son personales y la verdad no es la misma para todos.

En este sentido, podemos contar con que siempre habrá alguien que nos juzgue, critique, rechace, no nos quiera o nos visualice ardiendo en el infierno.

Para evitar caer presas de vivir queriendo complacer a todo mundo podríamos recurrir al dicho: “lo que los demás piensen de mi, no es mi problema”. Esto no lo dijo Don Miguel, pero tampoco sé quién sí lo dijo.

El tercero: No hagas suposiciones

Esta es la pata de la que yo cojeo.

Tendemos a hacer suposiciones de todo y el problema es que al hacerlo, terminamos creyendo que todo lo que suponemos es cierto.

Esta es una trampa de pensamiento muy común. Con frecuencia utilizamos únicamente los datos que sirven para apoyar nuestras suposiciones y dejamos fuera todo lo demás.

No nos atrevemos a preguntar y entonces rellenamos los espacios en blanco con la imaginación. Y esto es tierra fértil para el sufrimiento.

Alguien te mira de cierta manera y arrancas en estampida a fabricar una historia con todas las razones por las que esa persona ya no te quiere o te desea cosas malas.

Asumimos que nuestra pareja sabe lo que pensamos y sentimos porque nos conoce muy bien. Damos por sentado que no tenemos que comunicar nada a nuestros amigos cercanos pues ya deberían saberlo. Esto es receta para problemas y malos entendidos.

Preguntar es siempre mucho mejor que suponer.

El cuarto: Haz siempre el máximo que puedas

Me gusta este.

Dar siempre nuestro máximo esfuerzo aceptando que nuestro máximo esfuerzo puede cambiar. En días en que nos sentimos enfermos nuestro nivel máximo será menor que en un día que nos sentimos sanos.

Este concepto lo relaciono con la idea de “permiso para ser humano” de la Psicología Positiva. Permiso para no ser súper héroes, todólogos y sentir las emociones difíciles.

Si damos nuestro máximo, entonces no hay cabida para los reclamos, las culpas, los arrepentimientos. Hay lugar para la tranquilidad y la paz.

Dice Don Miguel… “Ser, arriesgarnos a vivir y a disfrutar de nuestra vida, es lo único que importa. Di que no cuando quieras decir que no, y di que sí cuando quieras decir que sí. Tienes derecho a ser tú mismo. Si eres impecable con tus palabras, no te tomas nada personalmente y no haces suposiciones puedes transformar un infierno en un cielo… Y sólo puedes hacerlo cuando haces lo máximo que puedes”.

Me parece que, en lo más puro, todas las sabidurías, corrientes filosóficas y ciencias duras están de acuerdo con respecto a eso que se traduce en felicidad y bienestar. No importa si viene de los Toltecas, los Budistas o los académicos, en su esencia, la felicidad parece estar hecha con los mismos ingredientes.

 

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El anti GRIT

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Hoy me voy a correr el riesgo de opinar poniéndome a tono con la clásica frase… “las cosas ya no son como antes” y que entre líneas invariablemente sugiere que las cosas antes eran mejor.

Hace unos años, cuando mis hijas empezaron a jugar basquetbol en el equipo del colegio, descubrí un cambio en las reglas del juego que me inquieta hasta el día de hoy. Ni el paso del tiempo, ni la repetición me han permitido asimilarla o encontrarle las bondades que dicen que tiene. Me hace corto circuito cada vez.

La regla dice que si un equipo le va ganando al otro por 20 puntos, el marcador se apaga o se esconde.

La primera vez que desenchufaron el tablero electrónico pensé que se había descompuesto. Le dije a la mamá sentada junto a mi: “mira, algo le pasó al marcador” y ella me respondió: “no le pasó nada, lo apagaron porque nos están patizando”. ¿Qué?

Se supone que con esta regla protegemos los sentimientos y la motivación de los deportistas.

¿Será?

A mi algo me dice que la cosa no va por ahí y que el antiguo método -él que nos tocó a las generaciones pasadas- es mucho mejor para desarrollar la resiliencia y formar el carácter de nuestros hijos.

Desde mi punto de vista, desaparecer el marcador cuando el equipo rival gana por cierta cantidad de puntos, manda los siguientes mensajes: “game over”, “no hay más que hacer”, “hemos perdido la esperanza en ustedes”, “ya da lo mismo”, “tiren la toalla”.

Me parece más honroso abandonar la cancha con un marcador espantoso en contra que con un marcador fantasma.

La resiliencia o capacidad para superar adversidades forzosamente arranca de la realidad sin camuflajes. ¿Cómo nos levantamos de una derrota y aprendemos de ella si no es dándole la cara?

¿Por qué tenemos tanto miedo los padres a dejar que nuestros hijos se revuelquen con la vida tal y como es? ¿Por qué hacemos hasta lo imposible para evitar que prueben el sabor de la desilusión, el fracaso o la frustración?

Estamos dejando sobre la mesa oportunidades para que nuestros hijos aprendan cómo trabajar duro para alcanzar objetivos difíciles, cómo dar su mejor esfuerzo, cómo ganar y perder decorosamente.

Una de las quejas más frecuentes ahora en las empresas es que los jóvenes no toleran ni las dificultades, ni las incomodidades, renuncian a la primera de cambios, andan por los pasillos necesitando reconocimientos por llegar a tiempo y creyéndose merecedores del mundo sólo por que sí.

La evidencia comienza a mostrarnos que con las mejores intenciones estamos criando niños sin recursos o habilidades para la vida, “sin calle”. Queremos hacerlos sentir especiales y felices a cualquier costo en el corto plazo, sin darnos cuenta que con esto podríamos estar comprometiendo su felicidad de largo plazo.

Levanta la mano, por ejemplo, si en las fiestas te avientas a recoger los dulces que caen de la piñata para dárselos a tus hijos, si controlas sus grupos de amigos, si les resuelves todos y cada uno de sus problemas, si te le has lanzando a la yugular a un maestro por haberle llamado la atención a alguno de tus niños.

Las cosas han venido cambiando de unos años para acá. Ahora los diplomas y medallas son para todos. Quien no saca un premio por calificaciones notables, lo saca por ser buen ciudadano o por ser muy simpático.

Hace unas semanas dediqué un artículo al tema de GRIT. Sigue este vínculo si quieres conocer más sobre este concepto.

Con GRIT asociamos frases del tipo “no rendirse”, “resistir frente a la adversidad”, “continuar a pesar del fracaso” y la ciencia ha descubierto que está detrás de la mayoría de las historias de éxito.

Caroline Adams Miller define GRIT como el tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo, eso que nos hace continuar a pesar del fracaso.

Me pregunto… ¿Y cómo van a aprender a desarrollar el GRIT nuestros hijos si no los dejamos practicar ni siquiera en la cancha? ¿Si atravesamos la ciudad para llevarles el uniforme que olvidaron –porque no lo empacamos nosotros en la mochila- en lugar de dejar que los pongan a correr 10 vueltas?

A mi me gustaría dejar encendido el marcador, me gustaría más enviar el mensaje de que el juego no se acaba hasta que se acaba y mientras tanto hay que luchar. Apagar el tablero o esconderlo debajo de la mesa me parece muy anti GRIT.

¿Tu que opinas?

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Y a ti qué te mueve… ¿El amor o el miedo?

miedo amor

Hace unos años descubrí que detrás de mi manera de vivir estaba siempre bien instalado el miedo. La epifanía me agarró caminando en una de las veredas de mi cerro preferido dos días después de la partida de Lola, la perra bóxer que me había acompañado 13 años. Esa mañana yo subía la montaña literalmente para estar más cerca del cielo, para estar más cerca de Lola.

A medio camino, de la nada y de pronto, entendí con claridad que la mayoría de mis decisiones respondían al miedo y no al amor. Evitaba cualquier cosa que me hiciera sentir incómoda, ansiosa, que me sacara de mi zona cómoda y de seguridad. Entre decir lo que pensaba e incomodar a alguien, prefería quedarme callada; entre publicar mi trabajo y arriesgarme a que me criticaran, mejor me lo guardaba; entre decir que no y decepcionar a alguien, mejor decía que sí. ¿Te suena?

Lo más irónico es que vivir de esa manera nunca me dio tranquilidad. Bien dicen que todo aquello a lo que le ponemos atención crece. Yo le ponía atención a lo que podía salir mal y la consecuencia de vivir evitando lo que me daba miedo era vivir con más miedo.

El momento “¡ajá!” me llegó cuando visualicé la gigantesca contradicción que existía entre mi más grande anhelo y mi conducta.

Yo quiero ser abuela y vivir hasta los 100 años para acompañar a mis hijas y nietos lo más posible. Al mismo tiempo, evitaba someterme a cualquier tipo de consulta o análisis médico –me aventé unos 7 años sin hacerme estudios de laboratorio, por ejemplo-. No es que me dieran miedo las agujas o los piquetes, no era por ahí. Más bien me aterraba que pudieran encontrarme alguna enfermedad terrible. Entonces… “si no busco, no encuentro” era mi filosofía y la decisión congruente con el miedo.

Pero esa conducta estaba totalmente en guerra con mi deseo de vivir mucho tiempo. Durante la caminata de esa mañana entendí que una decisión motivada por el amor más bien me impulsaría a monitorear y atender mi salud. Esa conducta, alimentada por el amor, era mucho más congruente con mi anhelo de quedarme por aquí largo rato.

Somos las historias que nos contamos. Pasamos nuestros días recopilando información coherente con las historias que nos fabricamos. Filtramos datos, aceptamos algunos y rechazamos otros. Al hacer esto, elegimos activamente el mundo que percibimos.

Dice Gabrielle Bernstein, autora del libro “The Universe Has Your Back: Transform Fear into Faith”, que lo que percibimos está en función de lo que interpretamos. Podemos interpretar una discusión con nuestros hijos como una razón más para pensar que no servimos como padres o podemos verla como una oportunidad de aprendizaje, crecimiento y fortalecimiento de nuestra relación. Podemos interpretar el diagnóstico de una enfermedad como el fin del mundo o como una oportunidad para bajar el ritmo y enfocarnos en lo importante. Podemos interpretar nuestro trabajo como una obligación a la que tenemos que sobrevivir o podemos verlo como un espacio donde podemos realizarnos y conectar con los demás.

¿Respondes al miedo o respondes al amor?

¿Haces el amor con la luz apagada porque no tienes un cuerpo perfecto y temes ser rechazada o te amas a ti misma y te permites disfrutar el momento?, ¿Evitas levantar la mano para expresar tus opiniones por miedo a equivocarte o te avientas pensando que los errores son una oportunidad para aprender? ¿Te guardas un “te quiero”, un “te admiro” o un “te ofrezco disculpas” por miedo a mostrarte débil y vulnerable o te atreves a ponerlos en voz alta para conectarte con los demás?

¿Dejas de viajar porque te aterra el avión o te subes –aunque sea temblando- por el amor a conocer lugares nuevos?, ¿ Rechazas invitaciones a paseos porque te da miedo que te pique algo y pones mil excusas o empacas el repelente contra insectos porque amas pasar tiempo con tus amigos?, ¿No escribes ese cuento que tienes en la cabeza hace mucho por temor a la crítica o te das la oportunidad de ser valiente haciendo algo que te inspira?

Nuestras historias de miedo viven en nuestro subconsciente, debajo de la piel o en el rincón más oscuro donde pretendemos esconderlos. Pero siempre encuentran cómo salir.

La cosa es simple. Si no atendemos la lección, si no resolvemos el problema, si no le damos la cara al miedo… la vida se encargará de fabricarnos oportunidades hasta que aprendamos. Cada nuevo dolor físico o examen médico es una oportunidad para mi de superar ese miedo, de acortar el tiempo de angustia, de ser valiente.

Podemos restablecer nuestra felicidad cuando decidimos hacerle frente al miedo.

Cuando nos sentimos atrapados por una historia de miedo es necesario hacer una pausa e intentar contarnos la misma historia desde un lugar de amor. Es importante preguntarnos… ¿Cómo me bloquea esta historia que me cuento y cómo puedo verla diferente?

Tenemos la posibilidad de ver el mundo a través del lente del miedo o a través del lente del amor. Y el lente que elegimos tiene un impacto muy poderoso en cómo nos sentimos y en qué hacemos.

¿Qué opinas?

Nelson Mandela lo dijo muy bien… “Que tus decisiones reflejen tus sueños, no tus miedos”.

 

 

 

Lista de vida

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Me gustan los aviones sí y sólo sí tengo ambos pies sobre la tierra. El modo vuelo no es lo mío. Y a las personas que desconfiamos de las máquinas voladoras, no nos ayuda nada un cielo cargado de nubes negras y un piloto que amablemente nos anticipa por el altavoz “turbulencia de ligera a moderada durante la ruta de esta noche”.

Cuando abordo una aeronave, mi cerebro activa la alarma del sistema nervioso central. Aparece un pensamiento angustiante que llega asegurándome que su intención es noble, que lo único que quiere es protegerme del peligro inminente y hacerme escapar antes de que cierren la puerta. Estoy consciente de sus exageraciones, me queda claro que siempre se equivoca –aquí sigo-, pero igual viaja conmigo fielmente. En respuesta a lo anterior he desarrollado la costumbre de enviarle mensajes de cariños a mis personas favoritas antes de despejar, ya sabes, por si las dudas.

Hoy este pensamiento se juntó con otro a 10,000 metros sobre el nivel medio del mar y se me ocurrió el tema para el artículo de esta semana: “Lista de vida” –en inglés “Bucket list”-.

Una lista de vida es una colección escrita de todo lo que nos gustaría hacer antes de morir.

Muchas personas tienen una idea de lo que quisieran hacer o les gustaría hacer a lo largo de sus vidas; pero muy pocas la tienen en papel y pluma o en computadora.

Tener una lista de vida escrita es importante por varias razones.

La primera porque nos obliga a pensar en la pregunta: ¿qué queremos de la vida?

La segunda es que cuando escribimos ideas les quitamos lo abstracto; dejan de pasearse amorfas por nuestra mente y bajan al mundo de la realidad. Esto da sentido a nuestras vidas y nos da una razón para hacer cambios substanciales. Cuando sabemos a dónde queremos ir podemos comenzar a trazar un plan.

La tercera es que ya que las ideas están claras empezamos a detectar oportunidades para llevarlas a cabo. Es como si el universo las hiciera visibles. Quizá te ha pasado que sientes ganas de comprarte cierto tipo de pantalones y comienzas a notar a todas las personas que los llevan puestos; o deseas tener un bebé y de pronto todas las mujeres a tu alrededor están embarazadas.

Escribir lo que queremos hacer antes de “colgar los tenis” es el primer paso para conseguirlo. Escribir nuestras intenciones es poderoso.

¿Cómo se hace una lista de vida o qué puedes poner en tu lista?

En realidad puedes hacerla como tú quieras y puedes poner lo que te plazca.

Te comparto algunas ideas sobre lo que puedes incluir…

Cosas que sirven en tu propósito superior de ser feliz –escribir una novela, dar una conferencia en TED, crear una fundación para sacar a perros de las calles, construir casas con material reciclado-.

Puedes incluir cosas que ya lograste o hiciste –correr un maratón, hacer el recorrido de Matacanes, escribir un libro de estrategias para vivir más feliz, graduarte de la escuela de arte, tener hijos, tener un perro Golden Retriever-.

Piensa en diferentes aspectos o categorías en tu vida –cosas que quieras hacer con tu pareja, familia, amigos, metas profesionales-.

Lugares que te gustaría visitar, libros que leer, clases de algo que te guste y llame tu atención –batería, canto, buceo-. Experiencias que te gustaría tener –ver la aurora boreal, hacer el camino de Santiago de Compostela en bicicleta, nadar con tiburones ballena, bailar bajo la lluvia, ir a un concierto de Maroon 5, ver jugar a Roger Federer, tomarte una foto con Shakira-.

Las locuras valen también –tirarte de paracaídas, comer gusanos, nadar en un río, pintarte el pelo de azul-.

Es tu lista. Nadie tiene que estar de acuerdo con ella. Escribe lo que tú quieras, siempre y cuando esté alineado con lo que para ti es importante y te acerque a tu versión más auténtica.

Y una vez que tengas tu lista –a la que siempre podrás ir agregándole nuevas ideas- lo que sigue es palomear cada ítem o la mayoría.

Pd. Aterrizamos. La tan anunciada turbulencia nunca llegó. Fue un vuelo perfectamente tranquilo y ahora toca seguir cumpliendo con mi lista de vida.

Saborearte la vida te hace más feliz

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La felicidad, sin duda, tiene que ver con las experiencias positivas de nuestra vida. Pero tiene todavía más que ver con nuestra capacidad para notarlas, disfrutarlas, prolongarlas y recordarlas.

A todos nos suceden cosas agradables, hay detalles lindos por todos lados y un sin fin de eventos o situaciones que podrían maravillarnos, robarnos el aliento por su belleza y grandeza. Pero no siempre estamos conscientes, no nos damos cuenta.

Vamos en piloto automático, rehenes de la prisa, glorificando el estar ocupados y, entonces, la vida con sus cosas lindas, nos pasa de largo.

Saborearnos la vida –en inglés la palabra es “savoring”– es una estrategia que nos ayuda a evitar que todo eso que le da sazón a la vida, nos pase desapercibido.

Está relacionado con hacer pausas y con la atención plena. Es la capacidad de atender, apreciar y estar conscientes de las experiencias positivas que tenemos.

“Saboreamos” cuando estamos con amigos y apreciamos cuánto los queremos y nos divertimos juntos; saboreamos cuando pasamos tiempo con nuestros hijos y escuchamos su risa o notamos el olor de su pelo recién lavado antes de irse a la cama; saboreamos cuando bailamos con nuestra persona favorita y le vemos la sonrisa. Es como si de pronto el mundo se pusiera en pausa y pudiéramos darnos cuenta de la situación bonita en la que estamos.

Saborear es diferente que lidiar, manejar o hacer frente a las experiencias negativas.

Podemos poner en práctica la técnica de saborear de muchas maneras…

Una es por medio de las sensaciones. El sol calentando nuestra espalda a través de una ventana en una mañana fría, el sabor de una crepa de Nutella recién hecha, flotar de muertito en el mar y sentir el movimiento del agua al tiempo que escuchamos la arena desplazándose en el fondo.

Podemos maravillarnos con la naturaleza o la habilidad de una persona. Un arcoíris doble, un amanecer incendiado, la fuerza de olas gigantes en un mar revuelto, un lago de agua cristalina que refleja las nubes del cielo, la destreza de un pianista, la voz de una soprano, una catedral construida hace un siglo sin tecnología.

Saboreamos también recordando logros pasados, batallas superadas o eventos especiales. El primer beso, los primeros pasos de tus hijos, lazarte de una roca a un río 10 metros más abajo, recordar el viaje a la playa que hiciste con todas tus amigas o el momento exacto en que conociste al amor de tu vida.

Podemos también saborearnos la vida anticipando algún evento o experiencia futura. Como cuando planeamos unas vacaciones, una ida a un concierto, una primera cita. Cuando organizamos una fiesta o imaginamos sueños cumplidos.

Involucrar todos nuestros sentidos es importante. Esto podemos hacerlo practicando la atención plena –“mindfulness”-. Traer todo tu ser al presente. Entonces, si estás sentado frente al mar darte cuenta de los sonidos, la sensación de la brisa en tu piel, el olor particular del agua salada, ver con atención como se forman las olas y rompen contra la orilla haciendo espuma, escuchar el sonido de la arena y las piedras cuando el agua se repliega.

La vida está llena de momentos especiales, detalles bellos y experiencias positivas para quien decide quitar el piloto automático, hacer una pausa, levantar la vista, mirar alrededor, habitar el momento presente y observar con atención.

La felicidad también está en darte cuenta de que quizá en este momento te sientes bien.

Mañana, luego, más tarde, al rato…

procrastinar

Y todo lo que se le parezca, son expresiones que utilizamos justo antes de sacarle la vuelta a lo que tenemos que hacer y postergarlo para algún momento futuro –muchas veces indefinido-.

A este hábito de dejar todo para “después” se le conoce oficialmente con el nombre de procrastinar.

Dejar de procrastinar está en mi lista de metas personales hace mucho tiempo… Y lo digo sin la menor intención de sonar irónica.

Estoy absolutamente convencida de que yo viviría más feliz si lograra deshacerme de mi mala costumbre de posponer las cosas, las simples y las complicadas. Me ahorraría un montón de ansiedad, preocupación y mal genio.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces me he prometido a mí misma no llegar a la siguiente fecha de entrega con el agua al cuello.

Con frecuencia conozco con meses de anticipación el día exacto en que tengo que dar una conferencia, dirigir un taller, preparar una clase o entregar un artículo. Invariablemente hago un plan para tener todo listo una semana antes y trabajar tranquilamente un poco cada día. Esa es mi intención.

Lo que sucede en realidad es muy diferente. El tiempo se me escapa por todos los rincones. Y entre más cerca estoy de la fecha crítica, mayores son mis ganas de arreglar un cajón, hacer limpia de ropa, leer un libro -aunque sea de física cuántica-, tomar un café, pensar que será de la vida de Phoebe Buffay de la serie de “Friends”, salir a andar en bicicleta o sentarme a ver a la “nada”.

Al final… “pateo el bote” hasta que suena la señal de alarma, entro en pánico y no me queda más remedio que hacer lo que tengo que hacer.

¿Te suena conocido?

He aprendido cosas muy interesantes sobre el tema de procrastinar.

La primera es que la procrastinación es un mecanismo para hacerle frente al estrés y no una forma de flojera o descuido. De entrada esto me tranquiliza.

El investigador Timothy Pychyl, ha encontrado que la razón detrás de la procrastinación es evadir el estrés y no el trabajo, como generalmente pensamos. Es el deseo subconsciente de sentirnos bien “en este momento”, de tener un momento gratificante ahorita.

Postergamos porque nos sentimos estresados por las cosas grandes: el dinero, los conflictos familiares, las enfermedades o la vida en general, y no necesariamente por la tarea o el trabajo inmediato que tenemos que hacer.

Cuando evadimos algo que nos parece difícil, sentimos cierto alivio. Y si además hacemos algo que nos gusta, como revisar nuestros mensajes en el teléfono, nuestro cerebro nos inyecta dopamina. Esto se siente bien, así que lo repetimos y lo vamos convirtiendo en un hábito.

La cosa es que en el tiempo, lo que postergamos se acumula creando así más estrés en nuestra vida. Es un círculo vicioso.

Con lo anterior, entiendo que una manera para combatir la procrastinación consiste en manejar y atender el estrés en nuestra vida en general.

Otra cosa que aprendí es cómo funciona la mente de un procrastinador.

Parece que el mundo se divide en dos: los que procrastinamos y los que no.

Los que hacen sus tareas con suficiente tiempo y organizadamente no entienden qué pasa por la cabeza de los que dejamos todo para después.

Mi mamá hace la maleta para un viaje con días de anticipación; yo la hago dos horas antes de salir de mi casa, sin importar a dónde ni por cuánto tiempo salgo. Cuando mi mamá me ve estresada, repelando, buscando, pensando y adivinando qué necesito, lo primero que pregunta es… ¿y por qué no lo hiciste antes?. En lugar de atender alguna molestia física con un médico, dejo pasar los días imaginado miles de posibilidades catastróficas. Cuando finalmente decido a ir a consulta, la pregunta obligada del doctor es… ¿por qué no viniste antes?

En su conferencia “Adentro de la mente de un procrastinador profesional”, Tim Urban explica de manera genial cómo funciona este fenómeno. Si tienes 15 minutos disponibles, te recomiendo que los dediques a ver el video.

De acuerdo con Tim, el sistema de los procrastinadores está compuesto por tres personajes: el tomador racional de decisiones, el chango de la gratificación instantánea y el monstruo de pánico.

¿Cómo funcionan y se relacionan entre sí?

Supongamos que tenemos que entregar una propuesta para un proyecto muy importante en 2 meses.

El tomador racional de decisiones sabe que es una buena idea empezar a trabajar desde ya. Tiene que reunir la información necesaria, leer, analizar, pensar en la estructura, sentarse frente a la computadora, escribir, revisar, etc. Proyecta hacia el futuro y lo último que quiere es sentirse apresurado y agobiado por el tiempo.

El chango de la gratificación instantánea dice “NO”. Mejor vamos a ver qué está pasando en Facebook, vamos a pasear al perro o por algo de comer, vamos a investigar si han descubierto vida en Marte. El chango insiste hasta que logra secuestrar las buenas intenciones del tomador racional de decisiones y lo desvía del camino. Al chango sólo le interesa lo fácil, lo divertido y el momento presente.

Cuando la fecha límite de entrega se acerca lo suficiente aparece el monstruo del pánico. El chango de la gratificación instantánea le tiene terror a esta creatura, en cuanto lo ve corre a toda velocidad y desaparece.

Sin la presencia del chango, el tomador racional de decisiones logra sentarse a trabajar a toda velocidad para cumplir con los objetivos.

El monstruo del pánico parece ser clave en el proceso de completar tareas ya que ahuyenta al chango. Pero ojo acá… para que aparezca el monstruo tiene que haber una fecha límite.

De esto sale una reflexión importante…

Explica Tim, que cuando las metas o tareas que tenemos que hacer tienen fecha de terminación o entrega, entonces la procrastinación está contenida en un rango delimitado de tiempo.

Pero… ¿Qué pasa para todo eso que queremos hacer que no tiene fecha específica de entrega?

Iniciar un negocio, escribir un libro, conocer Australia, hacerte de valor para perseguir tus sueños. Ver a tu familia, encontrarte con tus amigos, enviar un mensaje de agradecimiento, comer saludable, hacer ejercicio.

Después le llamo, después lo busco, después lo hago, después empiezo, después nos vemos, después…

En estas intenciones o deseos sin fecha de caducidad no hay monstruo de pánico, por lo tanto, los efectos de procrastinar no están contenidos y viajan en el tiempo. Dejamos la vida para después.

Postergar planes, sueños, proyectos personales es caldo de cultivo para emociones que nos restan felicidad: aburrimiento, tedio, culpa, apatía, enojo, resentimiento, arrepentimiento.

¿Cómo ponerle remedio a este tipo de procrastinación?

Algunas preguntas que podrían ser útiles para reflexionar sobre este tema o encontrar la motivación para empezar es: ¿Qué harías si supieras que te quedan 6 meses de vida? ¿Qué es eso que absolutamente quisieras hacer? ¿A quién tendrías que contactar? ¿Qué te gustaría decir? ¿A dónde quieres ir? ¿Qué proyecto quisieras completar? ¿Qué sueño tendrías que lograr?

No queremos irnos de este mundo con la mochila cargada de “hubieras”.

Tenemos que empezar.

HOY.

 

 

¡Imaginémonos cosas chingonas, Carajo!

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El Chicharito Hernández tiene razón.

Visualizar escenarios donde el éxito es posible eleva nuestras posibilidades de victoria. No sólo en los deportes, también en la vida.

Visualizarse exitosos es parte de la rutina de entrenamiento de los atletas de alto rendimiento.

Michael Phelps, el nadador con más medallas olímpicas de todos los tiempos, se pone a “ver la película” cada noche antes de una competencia. Esto significa cerrar los ojos y visualizar absolutamente cada detalle de la carrera: el disparo de salida, el impulso, la entrada al agua, cada brazada, cada giro, y por supuesto, ganar.

El boxeador Muhammad Ali se imaginaba vencedor antes de iniciar una pelea; Jim Carrey, se veía como el actor más famoso del mundo cuando recién estaba abriéndose paso; Michael Jordan, el basquetbolista, visualizaba cada tiro antes de entrar a la cancha. Todos ellos han resaltado el papel tan importante que jugó en su éxito la práctica de pensarse y verse victoriosos.

El cerebro es una máquina muy poderosa. Lo que pensamos influye en lo que sentimos y lo que sentimos en lo que hacemos. Nuestros pensamientos están altamente relacionados con nuestras acciones.

En clase, a mi me gusta pedirle a mis estudiantes que se imaginen en dos escenarios. En el primero, tienen examen de matemáticas al día siguiente y están totalmente seguros de que van a reprobar, ¿Qué hacen?… Lo más seguro es que decidan irse a la fiesta y no estudiar, si no hay posibilidades de pasar el examen, mejor divertirse. ¿Y qué pasa? Al día siguiente, reprueban –más de uno se ríe-. En el segundo escenario, tienen examen de matemáticas al día siguientey, aunque pinta difícil, creen que pueden aprobar, ¿Qué hacen?… Muy probablemente decidan quedarse estudiando. ¿Y qué pasa? Al día siguiente sacan adelante la prueba. El examen es el mismo, la diferencia está en la imagen que dibujan en su mente.

Cuando tengo que dar una conferencia antes de empezar siempre me imagino llegando al final con la gente muy contenta. Sin duda, eso eleva mi confianza y la energía que le inyecto a la presentación. Muy diferente, por ejemplo, cuando voy a hacerme un examen médico de cualquier tipo e imagino que me comunican un resultado fatalista. Mi estado de ánimo y actitud es totalmente diferente.

¿Por qué sirve visualizarnos exitosos y logrando nuestros objetivos antes de arrancar?

Lograr ver en nuestra mente una imagen concreta de cómo se ve el éxito o cómo se ve la meta completada, lo hace menos abstracto y más accesible.

Al mismo tiempo, nuestro cerebro se programa y se hace más receptivo a las posibles oportunidades que se alinean con nuestros objetivos.

Imaginarnos logrando exitosamente el objetivo también sirve como práctica, nuestro cerebro también aprende cuando visualizamos un paso de baile, el movimiento del brazo en un saque de tenis, los acordes de una pieza musical en el piano. Ensayar mentalmente eleva nuestra confianza y tranquilidad.

La visualización es algo así como un mapa que el cerebro traduce en pasos a seguir.

Evidentemente es fundamental practicar y hacer el trabajo. Por más que yo me imagine metiendo un gol de tiro libre por encima de la barrera al estilo Ronaldo, si no tengo las horas de práctica encima y sin un extraordinario golpe de suerte, lo más seguro es que no logre hacerlo.

Con esto quiero decir que soñar tiene que venir acompañado de trabajar para conseguir lo que queremos.

¿Cómo se ve la meta completa exitosamente? ¿Cómo nos sentiremos habiendo logrado el objetivo? Son preguntas que podemos hacernos cuando estamos frente a cualquier tipo de reto. ¿Cómo se ve este problema resuelto?

Existe un ejercicio muy poderoso en Psicología Positiva que se llama “mi mejor versión posible”. Consiste en imaginarnos viajando cinco años adelante en el tiempo y visualizar nuestra mejor vida posible. Es decir, una vida en la que todo es exactamente como queremos. Estamos con la persona que amamos, haciendo el trabajo que nos apasiona, rodeados de los amigos que más queremos, logrando todas y cada una de nuestras metas. Lo siguiente consiste en escribir y describir con todo el detalle posible esa vida que imaginamos. Realizar este ejercicio hoy hace más probable que tengamos esa vida en cinco años.

En el mejor de los escenarios, el éxito depende únicamente de nuestro trabajo –haber ganado los tres partidos de la primera ronda-. Con frecuencia, sin embargo, el éxito también es el resultado de la ayuda que recibimos de los demás –Corea quitándonos del camino a Alemania-. Y en otras… también depende de un poco de suerte.

Si no podemos vernos a nosotros mismos logrando nuestras metas, alcanzando nuestros sueños y saliendo adelante, más allá de las circunstancias actuales y los fracasos pasados, lo más seguro es que no podamos.

Así que… ¡Imaginémonos cosas chingonas, Carajo!

 

Y tú… ¿Tienes GRIT?

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La semana pasada me dediqué a explorar un concepto que ha venido ganando terreno dentro del área de la Psicología Positiva y del que cada vez escucho más: GRIT.

GRIT es una de las características que mejor pronostican quién logrará un objetivo y quién no. Además, ayuda a predecir quién lo hará mejor.

Si alguien te preguntara: ¿Quién es exitoso y por qué? La respuesta que tendrías que dar sería… “los que tienen más GRIT”.

La palabra GRIT está en Inglés y no tiene traducción exacta al español, entonces la conservamos tal cual.

Con GRIT asociamos frases del tipo “no rendirse”, “resistir frente a la adversidad”, “continuar a pesar del fracaso”.

Angela Duckworth, una de las investigadoras líderes en el tema, explica en su conferencia de TED, que GRIT es “aguante, es comprometerte con tu futuro cada día, no por un día, no por una semana, no por un mes, sino por años”.

Caroline Adams Miller, también investigadora del tema, define GRIT como el tipo de comportamiento obediente y disciplinado necesario para el cumplimento de metas de largo plazo.

A todo lo anterior… ¿Qué es GRIT?

GRIT es una combinación de perseverancia y pasión.

La perseverancia tiene que ver con la disposición que tenemos para trabajar duro de manera sostenida en el tiempo. Incluye un sentido de dirección, determinación, esfuerzo y resiliencia.

Para tener GRIT es fundamental tener pasión. Generalmente asociamos la pasión con entusiasmo, euforia o intensidad.

Sin embargo, cuando se trata de alcanzar nuestros sueños o ser exitosos en el cumplimiento de nuestras metas de largo plazo, pasión más bien se refiere a compromiso y consistencia en el tiempo.

“Trabajar en algo que te importa lo suficiente como para mantenerte fiel. No sólo enamorarte de lo que haces, sino permanecer enamorado de lo que haces”.

La pasión relacionada con GRIT tiene que ver con aquello que quieres lograr en la vida, la razón por la cual te levantas cada mañana; está asociada a lo más importante para ti, es una filosofía de vida que te da dirección.

Cuando las cosas se ponen difíciles o las soluciones nos evaden, la pasión y la perseverancia son los motores que nos impulsan a continuar.

¿Quieres saber si tienes GRIT?

Aquí tienes un vínculo a la escala de Angela Duckworth donde puedes descubrir qué tanto GRIT tienes.

Una de las primeras preguntas que surgen ante características personales como el GRIT, es si son genéticas –las traemos programadas de fábrica- o podemos entrenar para desarrollarlas?

GRIT tiene un componente genético, pero también es un músculo que podemos fortalecer y hacer crecer.

¿Cómo podemos aumentar nuestros niveles de GRIT?

Angela Duckworth y Caroline Adams Miller describen detalladamente en sus libros “GRIT” y “Getting GRIT”, respectivamente, las características que distinguen a los campeones en GRIT, así como ideas que las personas podemos poner en práctica para aumentar nuestros propios niveles de GRIT.

Te comparto un resumen de los ingredientes de la mezcla del GRIT, según las dos autoras. Si quieres conocer estrategias puntuales para trabajar en cada uno de los siguientes puntos te recomiendo mucho sus libros.

Interés (pasión). Estamos más satisfechos con nuestro trabajo y nuestras vidas, cuando lo que hacemos está alineado con lo que nos interesa. Siguiendo nuestra curiosidad y explorando aquello que llama nuestra atención, podemos descubrir nuestra pasión –ingrediente fundamental del GRIT-.

Práctica (perseverancia). Una manera de ser perseverante es teniendo la disciplina para intentar ser mejores en lo que hacemos cada día, resistiendo a la comodidad y saliendo de nuestra zona de confort. Una práctica deliberada requiere de un objetivo claro que te obligue a estirarte, concentración, esfuerzo, retroalimentación informativa e inmediata, repetición con reflexión y refinamiento.

Propósito. Propósito es la intención de contribuir al bienestar de los demás y nutre nuestra pasión con la convicción de que lo que hacemos importa. Un interés sin propósito es prácticamente imposible de sostener en el tiempo. Resulta útil pensar qué nos motiva lo suficiente como para dedicarle tiempo, energía y esfuerzo, sobretodo, cuando las cosas no estén saliendo como queremos. Una pregunta interesante que puedes hacerte es la siguiente: ¿Por qué estás dispuesto a batallar?.

Metas personales. Las metas retadoras son importantes pues canalizan nuestra energía, pasión y nos dan sentido de dirección. Las personas que tienen GRIT auténtico son aquellas que establecen metas personales desafiantes; como dice Caroline Adams, si las metas fueran fáciles, el GRIT saldría sobrando. Si quieres explorar un poco más sobre cómo definir metas personales sigue este vínculo.

Felicidad. Cuando nos sentimos felices tenemos acceso a nuestros recursos personales de mejor calidad –resolvemos problemas más complejos, retenemos y recuperamos más rápido la información, detectamos oportunidades, funcionamos mejor-. Esto agiliza el cumplimiento de nuestros objetivos. Es más fácil ser exitoso, cuando trabajamos primero en ser felices.

Tomar riesgos. Las personas con GRIT generalmente toman riesgos porque se saben auto-eficientes. Tienen confianza en que lograrán resolver los retos que aparezcan en el camino hacia la meta. No es que no tengan miedo, más bien es que no visualizan un escenario donde no puedan salir adelante.

Humildad. La humildad intelectual tiene que ver con mostrar curiosidad, disposición para aprender de los demás, vulnerabilidad, capacidad para recibir retroalimentación y apertura para escuchar ideas nuevas o diferentes. La postura de sabelotodo no alcanza para mucho.

Paciencia. Detrás de casi todas las historias de éxito hay muchos intentos, muchos rechazos y muchas fallas. Completar metas personales importantes y alcanzar sueños toma tiempo. Requiere de paciencia Cuando nos topamos con una persona muy exitosa –empresarios, deportistas, artistas, músicos, líderes mundiales- tendemos a quedarnos con la foto final y nos olvidamos de ver la película entera.

Esperanza. El tipo de esperanza que tienen las personas con GRIT no tiene nada que ver situaciones que se resuelven como por arte de magia ni con suerte. Es una esperanza compuesta por los siguientes elementos: un destino, un mapa, habilidad para superar obstáculos o resolver imprevistos en el camino, confianza en los recursos y capacidades personales.

La ciencia demuestra que el GRIT es la razón detrás de todas esas historias personales de éxito que nos inspiran.

La buena noticia es que podemos desarrollar esta habilidad en nosotros mismos, nuestros hijos, estudiantes, y en las personas con quienes trabajamos.

Cualquier persona que ande persiguiendo un sueño necesita una buena dosis de GRIT.

http://www.bienestarconciencia.com/

 

Permiso para ser infeliz

 

kate spade

Las noticias de los suicidios de Kate Spade y Anthony Bourdain nos sacudieron la semana pasada.

Kate Spade, diseñadora de modas con fama mundial, topada de riquezas materiales y dueña de una vida glamorosa, decidió retirarse de este mundo a los 55 años. ¿La razón?… Depresión.

Anthony Bourdain, reconocido y aclamado chef, con fama, dinero, en la cúspide de una profesión que lo llevaba a todos los rincones del mundo y una bellísima novia… se quitó la vida a los 61 años. ¿La razón?… Posible depresión.

Cuando personas, que desde un punto de vista objetivo, cumplen con todos los requisitos de una vida perfecta, exitosa y feliz, deciden quitársela… el resto de los humanos nos quedamos con cara de signo de interrogación.

Me pregunto si… ¿Estas celebridades tenían todo, menos permiso para ser infelices?

La expectativa es que las personas con vidas como las de ellos sean absolutamente felices y la presión social para cumplir con esa condición debe ser brutal.

Con esto… ¿Cómo aceptar lo contrario?, ¿Cómo salir a decir que algo no anda bien?

Una de las preguntas que con más frecuencia recibo es si yo siempre estoy feliz. Al inicio de mi carrera esta pregunta me hacía sentir como impostora. Por mis investigaciones, yo tenía que ser extremadamente feliz. De lo contrario… ¿Cómo podría considerarme experta en el tema? Para mi ser feliz era una obligación.

Además, las personas daban por sentado que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo, y de manera perfecta. Me sentía presionada a cumplir con mis propias expectativas y las de los demás. Pero cuando llega la noche, la verdad nos sienta a todos en el banquillo.

En Psicología Positiva la felicidad se define como el grado en que una persona evalúa la calidad de su vida en general como favorable o es el grado de satisfacción que una persona obtiene de sus circunstancias personales.

En esa definición la palabra clave es “evalúa”. La felicidad, desde un punto de vista académico, es una percepción, es subjetiva, relativa y flexible.

En otras palabras, la felicidad depende de la calidad del lente con que observa cada espectador.

En ocasiones, el lente puede empañarse, rayarse o quebrarse. A veces, por un evento en particular; otras, por desbalances químicos y biológicos de nuestro cuerpo.

En estricto sentido deberíamos buscar ayuda para reparar nuestro lente, con la misma tranquilidad que lo hacemos cuando caemos víctimas de un padecimiento físico.

Desafortunadamente, pareciera que las enfermedades mentales -como depresión y ansiedad-, no son socialmente aceptables. Para quien las padece o para quien vive cerca de alguien que las sufre, estos males tienden a venir acompañados del temor al rechazo o desacreditación del resto de la gente.

Y mucho menos son aceptables para alguien que objetivamente tiene todo lo que habitualmente asociamos con una vida feliz: fama, dinero y poder.

La expectativa es que seamos perfectamente felices el cien por ciento del tiempo.

Y entonces hacemos hasta lo imposible por ocultar la depresión, la ansiedad y cualquier tipo de padecimiento mental.

Es tabú.

Las personas deberíamos sentir la libertad de revelar nuestra ausencia de felicidad o la confianza para pedir ayuda cuando no podemos salir adelante solos.

La Organización de Naciones Unidas ha señalado a las enfermedades mentales como la causa principal de miseria en los países desarrollados. Las tasas de depresión, ansiedad y suicidio van a la alza. Aquí te dejo el vínculo a un artículo donde podrás encontrar más datos.

Seguir pretendiendo que una vida feliz es aquella ausente de problemas y llena de riqueza material es peligroso.

Seguir ignorando la proliferación de la depresión o de la ansiedad y estigmatizando a quienes las padeces también es peligroso.

¿Cuánto tiempo más vamos a decirle a nuestros hijos o compañeros de trabajo que nos duele la cabeza, en lugar de que estamos tristes?, ¿Cuántas veces más vamos a decirle a nuestros seres queridos que no lloren o que no sean tan sensibles, que sonrían aunque no quieran?

Con la mejor de las intenciones –proteger a nuestras personas- escondemos lo que nos pasa, pero me parece que lo que único que logramos con esto es hacerlos sentir defectuosos cuando ellos mismos no logran sentirse felices todo el tiempo.

Si dejamos de maquillar nuestras emociones, aceptar que a veces nos ganan la ansiedad y la depresión y buscamos ayuda profesional, entonces seremos más libres.

Más libres nosotros y más libres quienes nos rodean.

Un montón de jaulas emocionales podrían ser abiertas si empezamos a mostrarnos menos perfectos y más humanos.