Manada de lobos

wolfpack

El fin de semana me leí el libro “Wolfpack” de Abby Wambach y lo primero que hice después de terminarlo fue anunciarles a mis hijas que tenían lectura de tarea. Una de ellas decidió sacudirse el pendiente rapidito y lo leyó de corrido en menos de una hora y media. Es un libro corto, lleno de información valiosa y muy fácil de leer.

Abby Wambach es una leyenda del futbol soccer femenil. Fue dos veces campeona olímpica y tiene el record mundial de número de goles internacionales de mujeres y hombres… ¿Qué tal? Además de su destreza como futbolista, Abby se distinguió por haber creado una cultura de honor, compromiso, resiliencia y hermandad dentro de su equipo.

En 2018 fue invitada a Barnard College para dar el discurso de graduación y estuvo tan matón que se hizo viral. Barnard es una universidad privada para mujeres ubicada en la ciudad de Nueva York y Abby es una reconocida activista en favor de la igualdad y la inclusión, así que sus palabras fueron escritas para un público femenino.

No importa.

Yo encuentro que sus 8 reglas para traer a la luz nuestras fortalezas individuales, trabajar unidos y cambiar el juego son universales.

Te comparto un poco de cada una de estas reglas esperando despertar tu curiosidad lo suficiente como para que consigas el libro y lo leas.

Regla #1: Siempre has sido el lobo

Con frecuencia los mensajes que recibimos son: “mantén la mirada abajo”, “no le muevas”, “dedícate a hacer tu trabajo”, “no preguntes”, “sigue las reglas”, “no seas curioso”, “quédate callada” o de lo contrario… algo malo pasará. Así como le decían a Caperucita Roja en el cuento: si te sales del camino te come el lobo feroz. La cosa es que crecemos y logramos grandes cosas justo cuando tenemos el valor de aventurarnos fuera del camino o lo creamos para alcanzar nuestros sueños. Y entonces, nos damos cuenta de que nunca fuimos Caperucita Roja, sino el lobo. Hay un lobo dentro de todos nosotros -talento, sueños, voz, curiosidad, valor, creatividad, poder- y tenemos que dejarlo salir.

Regla #2: Agradece lo que tienes y exige lo que mereces

Practicar la gratitud es una de las herramientas más poderosas para nuestro bienestar emocional. Notar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí hemos logrado nos ayuda a ver la vida a través de un lente abundancia que se traduce en emociones positivas. Pero hay que tener cuidado de no caer en un estado de gratitud que nos mantenga chiquitos o que limite nuestro potencial para crecer. A veces no nos atrevemos a pedir un aumento de sueldo o a levantar la voz, por ejemplo, bajo el argumento de “deberías de sentirte agradecida de tener un trabajo y no andar pensando en más” o “agradece que se casó contigo, no importa cómo te trate”.

 Regla #3: Lidera desde la banca

Lidera desde donde estés. No tenemos que estar en el campo de juego con la banda de capitán en el brazo para ser líderes; tampoco necesitamos permiso para inspirar, motivar y poner el ejemplo. Todos somos líderes de nuestra propia vida y no debemos renunciar a ese derecho. El liderazgo se ve de muchas maneras: sosteniendo la mano de alguien que está muriendo, diciendo que no a tus familiares, haciendo trabajo voluntario… “El liderazgo no es una posición que hay que ganar, es un poder inherente que reclamar”.

Regla #4: Convierte el fracaso en combustible

El perfeccionismo no es requisito para el liderazgo, ni el fracaso sinónimo de falta de dignidad. Los errores pueden servir para impulsarnos. En lugar de preocuparnos por la posibilidad de fallar, mejor prometámonos a nosotros mismos que si fallamos lo volveremos a intentar… “un campeón no permite que un fracaso en el corto plazo, lo saque del juego en el largo plazo”.  Y esta me gusta también… “fracasar no significa que estás fuera del juego, fracasar significa que finalmente estás EN el juego”.

Regla #5: Reconoce y celebra a los demás

En deportes como el futbol soccer tendemos a celebrar al jugador que anota el gol; sin embargo, el mérito es del equipo completo -los defensas, quien hizo el pase, los entrenadores, etc.-. Un gol es el resultado de toda una preparación en conjunto. En la vida es igual. Nuestros éxitos y logros generalmente incluyen las acciones y colaboración de muchas personas más. Asegurémonos de reconocer las aportaciones de los demás.

Regla #6: Pide la bola

Esta me encantó. Tiene que ver con darnos permiso de ser magníficos, para desplegar nuestras mejores habilidades, reconocer que queremos ganar y que creemos en nuestra capacidad para lograrlo. Tiene que ver con dejar de aparentar que no somos tan buenas o no sabemos tanto para no incomodar a alguien. Tiene que ver con pedir la pelota si sabemos que podemos anotar, en lugar de pasarla… “Dame el micrófono”, “Quiero el puesto”, “Yo sé cómo hacerlo”.

Regla #7: Muestra todo tu ser

Un líder también puede mostrarse vulnerable. Podemos asumir el poder con nuestra humanidad completa y permitir que los demás lo hagan también. No tenemos que tener todas las respuestas, es válido escuchar las aportaciones de los demás sin importar jerarquías. El mundo necesita que seamos exactamente como somos.

Regla #8: Encuentra tu manada

Somos más fuertes cuando pertenecemos a un grupo, cuando estamos acompañados de personas que nos quieren, nos recuerdan nuestras fortalezas y nos hacen ver cuando estamos alejándonos de nuestros valores. No es necesario ni deseable ser un llanero solitario.

¿Qué te parecen?

Me gusta el mensaje de Abby…

“Cambiemos el mundo conociendo el poder de nuestro lobo interior y la fortaleza de nuestra manada”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conversaciones difíciles

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Pedir un aumento de sueldo, decirle a tu prima que tiene mal aliento, comunicar que no tienes ganas de ir al viaje anual de amigas, regresar a decir “siempre no” luego de haber soltado un “si” por compromiso, hablar para cobrar el dinero que te deben, ofrecer disculpas, opinar en contra de la mayoría, revelar tus preferencias sexuales, religiosas o políticas, atreverte a pedir lo que verdaderamente deseas… ¡Qué difícil es!

Uno de los retos más grandes para mí es iniciar conversaciones sobre temas incómodos, dolorosos o que me hacen sentir vulnerable. Muy seguido, le saco la vuelta a ponerle voz a lo que verdaderamente quisiera decir, dejo que se amontonen las palabras detrás de mis dientes, justo a un lado de las emociones espinosas que comienzan a marinarse en el pantano de lo no dicho.

Me topé con el libro “Conversaciones difíciles: cómo hablar de los asuntos importantes” de Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen y empecé a leerlo.

Estoy segura de que “tropezarme” con él no fue casualidad. Me está gustando mucho y, aunque todavía no lo he terminado, ya quiero compartir algunas ideas que me parecen valiosas.

Una conversación difícil es cualquier tema del que te cueste trabajo hablar.

“Cada vez que nos sentimos vulnerables o que nuestra autoestima está involucrada, cuando el tema sobre la mesa es importante y el resultado incierto, cuando nos interesa profundamente lo que está discutiéndose o la persona de quien está discutiéndose, existe el potencial de experimentar una conversación como difícil”.

Entonces nos enfrentamos al siguiente dilema: evadir o confrontar.

Cuando decidimos confrontar, con frecuencia caemos en la tentación de “suavizar” el mensaje pensando que protegeremos al receptor o reduciremos las consecuencias de la entrega.

Los autores del libro no se andan con rodeos y aclaran que no existe tal cosa como una granada o una bomba diplomática y ninguna cantidad de “azúcar” es suficiente para quitarle lo amargo al daño. Por otro lado, no entregar el mensaje puede ser como quedarte con la granada en la mano una vez que le quitaste el gatillo.

Las alternativas no son atractivas, pero las conversaciones difíciles son parte de la vida y entre más pronto aprendamos a tenerlas, mejor andaremos por la vida.

Los autores explican que todas las conversaciones difíciles tienen una estructura similar. En realidad, cada conversación incluye tres conversaciones diferentes y aprender a identificarlas es el primer paso para saber conducirlas.

¿Qué pasó? es la primera conversación. Las discusiones complejas incluyen un desacuerdo con respecto a lo que sucedió, debió haber sucedido o debería suceder, ¿Quién está bien?, ¿Quién está mal?, ¿Quién dijo qué?, ¿Quién es culpable?, ¿Por qué pasó?, ¿Cuál es la historia aquí?

Y en la historia que nos contamos, con frecuencia hacemos supuestos sobre tres cosas: cuál es la verdad, cuáles son las intenciones del otro y quién tiene la culpa.

Defendemos a muerte nuestro punto de vista convencidos de que la verdad está de nuestro lado -yo estoy bien, tu estás mal-, que sabemos cuáles son las intenciones del otro -macabras obviamente- y que la culpa del lío en el que estamos metidos no es nuestra.

La segunda conversación es la de los sentimientos. Cada conversación difícil involucra sentimientos y emociones. ¿Es válido lo que siento?, ¿Es apropiado?, ¿Muestro mis sentimientos o los oculto?, ¿Qué hago con las emociones de la otra persona?, ¿Y si se enoja o se pone triste?

En diversos contextos surgen emociones intensas que tenemos que administrar… ¿Le digo a mi hermano que me lastima que siga en contacto con mi ex o hago como si nada pasara?, ¿Le digo a mi jefe que me molestan sus burlas o me limito a hablar del proyecto?, ¿le digo a mi hijo que no puedo ayudarlo con su tarea porque no le entiendo o invento alguna excusa?

La respuesta de Stone, Patton y Heen es linda: “Involucrarse en una conversación difícil sin hablar de sentimientos es como llevar a escena una opera sin la música”.

La tercera conversación es la de la identidad. Implica mirar hacia adentro, se trata de quién somos, cómo nos vemos y cuál es nuestro lugar en el mundo. Tiene que ver con lo que “me digo sobre mi”. ¿Soy una buena persona o una mala persona?, ¿Soy capaz o incompetente?, ¿Merezco amor o no? Esta es la conversación que tenemos con nosotros mismos sobre lo que cada situación dice de nosotros y significa para nosotros.

Interesante, ¿verdad?

Cuando estamos metidos en una conversación difícil recibimos un combo “tres en uno”. El paquete incluye los hechos, los sentimientos y el sentido de identidad de cada parte involucrada.

Uff… ¡Con razón!

Conocer la estructura de las conversaciones difíciles eleva nuestro nivel de conciencia sobre todo lo que está en juego de ambos lados.

Y entonces, quizá, en lugar de entregar un mensaje cargado de juicios, decretos y sentencias comencemos a preguntar más y a mostrar curiosidad sobre la perspectiva, sentimientos y valores de la contraparte.

Quizá estemos dispuestos a admitir la posibilidad de que otra realidad es posible, que existe información que no conocemos o que no somos tan buenos como pensamos leyendo la mente.

Quizá, si conseguimos hacer a un lado los supuestos sobre quién tiene razón o quién es el culpable y estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables, lograremos fortalecer nuestros lazos sociales y bajarle dos rayitas al grado de dificultad en nuestras conversaciones.

Casi feliz

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Me quedé colgada con el tema de la creatividad y por lo visto mi cabeza también, porque me hizo volver al libro de Elizabeth Gilbert “libera tu magia”, para recoger una idea absolutamente poderosa y liberadora.

La idea se llama “Casi”.

Estaba segura de que ya me había topado con ella antes. Y sí… resulta que nos conocíamos de dos lugares diferentes.

El primero encuentro estuvo de cuento.

El escritor Peter H. Reynolds tiene un libro espectacular para niños que se llama “Casi” en el que, por medio de una historia lindísima, nos enseña lo letal que puede ser el perfeccionismo para la creatividad.

Te voy a contar el cuento con la esperanza de que te guste tanto que lo compres. Creo que debería de ser lectura obligada para niños, jóvenes y adultos.

A Ramón le encantaba dibujar a cualquier hora, cualquier cosa y en cualquier sitio.

Un día Ramón estaba dibujando un jarrón con flores. Su hermano mayor se asomó por encima de su hombro para ver lo que hacía y soltó una carcajada… ¿Qué es eso?, le preguntó. Ramón no pudo responder, agarró el dibujo, lo hizo bolas y lo lanzó al otro lado del cuarto.

La burla de su hermano hizo que Ramón se obsesionara tratando de hacer dibujos perfectos. Pero no lo conseguía.

Después de muchos meses y muchas bolas de papel arrugado, Ramón dejó su lápiz sobre la mesa y dijo: “No más, me rindo”.

Marisol, su hermana, lo miraba… ¿Y tú qué quieres? le preguntó bruscamente Ramón. “Sólo quiero ver cómo dibujas” dijo ella. “Yo ya no dibujo, lárgate de aquí”.

Marisol salió corriendo, pero con una bola de papel arrugado en la mano. “¡Hey devuélveme eso!” gritó Ramón persiguiéndola por el pasillo y hasta su recámara.

Al entrar enmudeció cuando vio la galería que había montado su hermana en las paredes de su cuarto con sus dibujos. “Este es uno de mis favoritos”, dijo Marisol apuntando a uno. “Se supone que era un jarrón de flores”, dijo Ramón, “aunque no lo parezca”. “Bueno… parece un casi jarrón” dijo ella.

Ramón ser acercó un poco más, miró con atención todos los dibujos que estaban en la pared y comenzó a verlos de otra manera… “Casi, casi son”, dijo.

Ramón comenzó a sentirse inspirado otra vez. Al permitirse el “casi”, las ideas empezaron a fluir libremente. Comenzó a dibujar nuevamente todo su mundo alrededor. Haciendo “casi” dibujos se sentía fantásticamente bien. Dibujó cuadernos enteros. Un “casi” árbol, una “casi” casa, un “casi” pez.

Ramón también se dio cuenta que podía dibujar “casi “sentimientos… “casi” paz, “casi” tonterías, “casi” alegría. Una mañana de primavera, Ramón tuvo una sensación maravillosa. Se dio cuenta de que había situaciones que sus “casi” dibujos no podrían captar y decidió no captar, sino sólo disfrutar.

Ramón fue “casi” feliz desde entonces.

Bello, ¿no?

¿Cuántas veces dejamos escapar “casi” sueños, “casi” proyectos o “casi” ideas por andar persiguiendo lo perfecto?, ¿Cuántas veces dejamos de ser nuestra versión auténtica vistiéndonos con el disfraz de la perfección?

El perfeccionismo es tóxico y NO es sinónimo de hacer las cosas muy bien.

Brené Brown explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la vergüenza o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la vergüenza va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

La segunda vez que me topé con la “casi” idea fue tomando una clase de escritura terapéutica.

Esa mañana de viernes, mi querida maestra Isabel, nos puso a escribir un poema cuyos objetivos eran combatir nuestras tendencias perfeccionistas y bajarle dos rayitas al nivel de auto exigencia.

Las instrucciones eran dos:

El título del poema tenía que ser “Porque no hay nada perfecto…” 

Y hacia el final de cada verso, tenía que aparecer la palabra “casi”.

Mi escritorio estará casi ordenado,

Lograré salir de mi casa casi bien peinada,

Comeré sin gluten casi todos los días,

Dormiré casi ocho horas.

 

Terminaré casi todos mis pendientes,

Dejaré mis llaves en el mismo lugar casi siempre,

Recodaré decirte cuánto te quiero casi todas las mañanas,

Seré casi valiente.

Seré una mamá casi divertida,

Viviré casi feliz.

El ideal de perfección es peligroso pues es prácticamente inalcanzable y tiene un efecto paralizante. Es mucho mejor hacerle espacio al “casi” en nuestras vidas.

¿Qué tendría que decir tu poema para que lograras ser más libre, creativo y “casi” feliz?

Magia Grande

Big magic

Hace unos días me paré frente a mi librero para ver si me saltaba encima algún texto que anduviera inquieto por salir. Sí, yo soy de la idea de que, en ocasiones, los libros nos escogen a nosotros.

Saltó de la repisa “Libera tu magia: una vida creativa más allá del miedo” de la escritora Elizabeth Gilbert –quizá la conoces por su éxito internacional “Comer, Rezar, Amar”- con su portada llena de colores vivos que, aunque parece fueron aventados sin cuidado sobre un lienzo, encontraron la manera de mezclarse artísticamente.

Leí este libro por primera vez hace cuatro años, lo disfruté de principio a fin, lo invadí de anotaciones y lo matriculé en mi lista de libros para repetir.

Resultó ser un tesoro para mí cuando había decretado que yo quería escribir un libro, pero no tenía idea de cómo pasar de las ganas y las buenas intenciones a la acción. Y es que las personas nos hacemos todo tipo de enredos mentales cuando queremos tener algo que ver con la creatividad.

Sospecho que brincó al frente para ayudarme otra vez a bajar de la nube un nuevo proyecto de escritura.

El argumento central de “libera tu magia” gira alrededor de la afirmación de que todos los seres humanos somos creativos, toditas las personas tenemos la capacidad de crear. Y no sólo eso, somos más felices cuando le damos rienda suelta a nuestra creatividad y la expresamos activamente.

La semana pasada le entramos en clase al tema de propósito de vida. En una de las diapositivas mostré la frase de Oliver Wendell Holmes que dice: “Muchas personas mueren con su música adentro”. Uno de mis estudiantes dijo: “eso está muy deprimente maestra”“Sí, asegúrate de que no te pase”, le respondí.

¿Por qué contenemos en camisa de fuerza nuestras ganas de componer canciones, crear recetas nuevas, escribir un cuento para niños, tomar clases de batería, dibujar, diseñar una silla, construir un huerto, tocar el ukulele, bailar merengue, cantar, actuar en una obra de teatro, hacer flores de papel?

¿Qué nos detiene?

El miedo.

¿Miedo a qué?

A no tener suficiente talento, al rechazo, a la crítica, a ser ignorados, a ser juzgados, a que nuestros sueños sean ridículos, a no estar lo suficientemente bien preparados, a no tener un título que nos acredite como artistas, a estar muy viejos o muy jóvenes, a no ser originales y a todo lo demás que se te ocurra.

Y como dicen por ahí … “argumenta a favor de tus limitaciones y te quedas con ellas”.

Dice Gilbert que el camino de la creatividad es para los valientes, no para quienes no sienten miedo. La creatividad siempre detona el miedo, pues nos obliga a entrar en terrenos desconocidos y el miedo detesta la incertidumbre.

Me encanta la analogía que hace la autora para explicar la relación entre el miedo y la creatividad. Dice que son como gemelos siameses que compartieron el mismo útero, nacieron al mismo tiempo y comparten órganos vitales…

“Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera en como manejamos nuestros miedos, pues he notado que cuando las personas tratan de matarlos, inadvertidamente asesinan en el proceso a su creatividad”.

La única manera de no sentir miedo es dejando de crear. Pero entonces nos morimos con nuestra música adentro… ¿Y por qué querríamos hacer eso?

Me gustan otras ideas en el libro…

El miedo es aburrido. Su respuesta es siempre “No”, si anda más generoso de letras dice “alto”, si lo retas un poco más te pregunta “¿quién te crees que eres”. Pero de ahí no pasa. Siempre lo mismo, siempre igual.

Es verdad que el miedo es útil para muchas cosas. Por ejemplo, para evitar que cruces caminando por una vía de alta velocidad en hora pico, meterte a un mar con olas de 5 metros si no sabes nadar o darle un trago a la botella de cloro. Pero no necesitamos del miedo para entrar en el mundo de la creatividad.

Con frecuencia nos libramos del pendiente de crear argumentando que estamos esperando a que nos visite la inspiración. La verdad es que la inspiración llega sin anunciarse, se va cuando le da la gana y lo único que queda mientras tanto es el trabajo. Para avanzar en nuestro proyecto creativo no hay más que presentarnos diligentemente a hacer la tarea día con día. Esto me hace recordar la célebre frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

Otro obstáculo mental que nos fabricamos para no crear tiene que ver con que nuestra idea no es original y, seguramente, tienes razón. La gran mayoría de las cosas ya se han hecho, PERO… no se han hecho por ti. Para vencer al miedo a no ser original, Gilbert nos recuerda que una vez que ponemos nuestra propia expresión, punto de vista y pasión detrás de una idea, ésta se convierte en nuestra.

Además no tenemos que salvar al mundo con nuestra creatividad o con nuestro arte. Nuestro arte es al mismo tiempo lo más importante y lo menos importante. Nuestras propias razones para crear son suficientes y podemos crear sólo porque sí.

Otra manera en que nos metemos el pie es mortificándonos pensando que todo el mundo estará al pendiente de lo que hacemos. La realidad es que todo mundo está metido es sus propias historias y no tienen mucho tiempo disponible para los demás. Quizá nos dedican su atención dos días y luego vuelven a lo suyo.

Y otra cosa… ¿No será que cuando decimos “todo mundo”, en realidad estamos pensando solamente en un par de personas? Y que… ¿Los “críticos” se resumen a alguien en especial?

La que sigue es mi favorita porque era mi mantra y además por ser la razón que más me comparten las personas cuando me cuentan sobre algún sueño aún sin lograr -que esto de compartirlo y ponerlo en voz alta ya es todo un atrevimiento-.

Muchas ideas, proyectos y sueños llevan años sentados en la sala de espera, pues sus dueños consideran que no están acreditados o certificados para convertirlos en realidad… “no puedo escribir un cuento porque no estudié literatura, no puedo dar una conferencia porque tengo que leer un libro más y tomar una clase más, no puedo vender mis collares porque nunca tomé un curso de joyería”, “no puedo dar una idea de marketing porque estoy en el área de contabilidad”.

Sobre este tema escuché a Liz Gilbert explicar en su podcast “Big Magic” -altamente recomendable- que llega un punto en que o despegamos o nos estrellamos, igual que los aviones. Te formas en la fila, te perfilas, aceleras y luego de suficiente pista lo que sigue es ¡despegar!. El riesgo de no hacerlo es un estrellamiento emocional. Usualmente sabemos más de lo que pensamos y estamos más listos de lo que creemos.

“Así que agarra a tus miedos e inseguridades de los tobillos, voltéalos de cabeza y sacúdete de encima esas nociones de que tienes que estar acreditado para ser legítimamente creativo”.

Me gustaría terminar con una idea del poeta Jack Gilbert…

“Todos tenemos algo creativo y valioso guardado adentro. ¿Tienes el valor para compartirlo? Los tesoros escondidos dentro de ti están deseando que digas que sí”.

 No mueras con tu música adentro.

Niños y adolescentes pierden felicidad en el mundo digital

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Cuando preguntamos a papás y a mamás qué es lo que más desean para sus hijos, una de las respuestas más comunes que recibimos es “que sean felices”. Al mismo tiempo –y paradójicamente- pareciera que estamos dándoles un aparato con poderes especiales para lograr justo lo contrario.

Nuestros niños y adolescentes están dejando una buena dosis de su felicidad en el mundo digital, lugar al que viajan con sus teléfonos celulares y aparatos electrónicos sin escalas.

Cada año, el Reporte Mundial de la Felicidad de la Organización de Naciones Unidas dedica un espacio importante a explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio para entender el papel que ha jugado el uso creciente de la tecnología en la felicidad de niños y adolescentes en Estados Unidos.

Los resultados están de miedo:

  • La felicidad y el nivel de satisfacción con la vida entre adultos y adolescentes en ese país han caído con respecto a los niveles del 2000.
  • El nivel de felicidad promedio entre estudiantes de octavo, décimo y doceavo grado (adolescentes entre 13 y 18 años) registró una franca caída entre 2011 y 2017. Entre estos grupos, el nivel de felicidad más bajo corresponde al grupo de estudiantes de décimo grado (Ver Figura 5.2).

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  • Indicadores relacionados con depresión, intención de suicidio y daño auto- provocado han aumentado considerablemente entre adolescentes desde 2010, especialmente en niñas y mujeres jóvenes.
  • La generación “igen” (nacidos después de 1995) tienen un bienestar psicológico menor al que tenían los “milenials” (nacidos entre 1980-1994) cuando tenían la misma edad.

Estos datos retan la lógica económica que ha venido dictando el diseño de políticas públicas que tienen como fin último –o deberían- incrementar el bienestar de los ciudadanos. De acuerdo con los indicadores objetivos, la felicidad debería estar más alta que nunca: el ingreso per-cápita ha aumentado, la tasa de desempleo ha bajado y la de criminalidad también.

Pero no. Algo más está pasando.

Para entender este fenómeno se han explorado diferentes causas: la caída en el capital social, el deterioro en las redes de apoyo, el aumento en la obesidad y en el uso de sustancias.

En este reporte se explora una alternativa más: “los adolescentes en Estados Unidos son menos felices debido a cambios fundamentales en el uso del tiempo libre”.

Van otros datos:

  • El tiempo que los adolescentes pasan detrás de una pantalla –medios digitales como juegos, redes sociales y tiempo en línea- ha crecido aceleradamente desde 2012, en parte porque más jóvenes tienen un teléfono celular.
  • En 2017, el estudiante promedio de doceavo grado (entre 17 y 18 años) pasaba más de 6 horas al día en tres actividades: internet, redes sociales y “texteando”.
  • Según datos de 2018, el 95% de los adolecentes en EUA tiene acceso a un teléfono celular y el 45% dice estar en línea “casi constantemente”.

El día solamente tiene 24 horas. Entonces, pasar tanto tiempo en línea forzosamente implica renunciar a pasar ese tiempo de otra manera.

Los jóvenes están dejando de interactuar cara a cara con los amigos y con sus personas favoritas, pasan menos tiempo leyendo, jugando, haciendo deporte y, sobretodo, durmiendo (Ver Figura 5.4).

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La falta crónica de sueño es una terrible idea para el bienestar emocional y la felicidad. Cuando estamos cansados el cerebro activa la alarma del sistema nervioso central y el mundo pesa. Sigue este link si te interesa saber más sobre el tema.

La falta de sueño en mis estudiantes es cada vez más evidente en el salón de clases. Hay días en que parecen zombis y los veo haciendo tanto esfuerzo por mantener los ojos abiertos que me dan ganas de ayudarles poniéndoles palillos entre los párpados para detenérselos. Cuando les pregunto cuántas horas duermen por noche me contestan 4 ó 5 horas… ¡casi la mitad de lo que necesitan!… ¿Y qué hacen en lugar de dormir?… “me quedo en el teléfono”, dicen.

Otros datos escabrosos:

  • Los adolecentes y adultos jóvenes que pasan más tiempo en el mundo digital tienen menor bienestar.
  • Las niñas que pasan 5 horas o más al día en redes sociales tienen tres veces más probabilidades de tener depresión.
  • Actividades como socializar en persona, dormir suficiente y atender servicios religiosos están vinculadas a la felicidad.
  • Las actividades relacionadas con teléfonos inteligentes y medios digitales generan menos felicidad que las que no involucran tecnología.

Y es que en el mundo digital viven otros demonios…

Las brutales comparaciones sociales que hacen que las personas contrasten sus vidas no editadas con las vidas editadas de los demás; tendemos a comparar nuestra cara lavada y sin filtro con la cara de los demás perfectamente pulida por filtros –que quitan años, arrugas, manchas, afilan la nariz, engrosan los labios, estiran las pestañas y resaltan los pómulos-. El golpe a la autoestima es duro.

En el mundo digital también existe el “cyber-bullying”. En mis tiempos, la tortura estaba contenida dentro de las horas de colegio –a la llegada, en recreo, a la salida- y podías defenderte si te armabas de valor. Al final del día era posible encontrar paz y tranquilidad en tu casa. Ahora los “bullies” viajan contigo en el bolsillo de tu pantalón o en la mochila y llegan a más gente a velocidad de la luz. El contagio es masivo y no hay cómo hacerle frente.

No sé si les ha pasado… Para los hijos adolescentes no hay peor castigo posible que quitarles el teléfono, les da terror y de manera instantánea te conviertes en la mamá más cruel y despiadada del planeta.

Pero después de varias horas –o días- sin acceso al celular pasan cosas increíbles… Empiezan a leer, juegan con los perros, sacan las patinetas, salen a la calle, buscan a la vecina, construyen, inventan, cocinan, mejora su estado de ánimo, platican, duermen suficiente y dan más muestras de cariño.

Muchos estudios encuentran que los adultos también nos beneficiamos cuando reducimos la cantidad de tiempo que dedicamos a alimentar el monstruo de las redes sociales. Grupos de personas que dejan de usar Facebook una semana, por ejemplo, reportan más felicidad y menos depresión que los que continúan usándolo como siempre. Mi siguiente experimento será desconectarme por un rato.

Nuestros niños y jóvenes están pasando cada vez más tiempo en el mundo digital y las consecuencias no son buenas. Los datos sugieren que la moneda de cambio es la felicidad y la salud mental.

Si estamos de acuerdo en que la felicidad es lo que más deseamos para nuestros hijos, entonces tenemos que adueñarnos de la responsabilidad de ayudarles a moderar la cantidad de tiempo que pasan en el mundo digital.

Y sí… los adultos tenemos que poner el ejemplo.

Reporte Mundial de la Felicidad 2019

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2019. Este es el séptimo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio especial sobre felicidad y comunidad con la idea de entender cómo ha cambiado la felicidad en los últimos años y cómo influyen en las comunidades la tecnología, el gobierno y las normas sociales.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2019.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Sudán del Sur, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 19 –se cayeron un lugar con respecto al año pasado-.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Holanda, Suiza, Suecia, Nueva Zelanda, Canadá y Austria. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés ecónomico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Yemen, India, Siria, Bostwana y Venezuela.

La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 12. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index. Me gusta ver a un país latinoamericano pisando la raya de los “Top Ten”.

México apareció este año en el lugar número 23. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-.

Además, el actual reporte incluye algunos datos puntuales sobre el nivel de satisfacción en 12 dominios de vida diferentes en México en 2013, 2017 y 2018. En cada uno de los años, el dominio de vida en donde los mexicanos reportan el nivel de satisfacción más alto es el de relaciones interpersonales. Por el contrario, los dominios con los menores niveles de satisfacción son: ciudad, país y seguridad. El 2017, año previo a la elección presidencial, los niveles en estos tres dominios registraron una caída con respecto al 2013 (Ver Fiu. Esto pudiera explicar la decisión de voto de los mexicanos para sacar al partido gobernante del poder y el repunte en 2018 -posterior a la elección- de estos indicadores. Vamos a ver qué pasa en 2020…

El reporte de este año incluye también un estudio sobre el uso de tecnología, la interacción creciente que tienen los adolescentes con aparatos electrónicos y su impacto en el bienestar. Los resultados sugieren que entre mayor es el uso de medio digitales, menor tiende a ser el bienestar. En otras palabras, nuestros jóvenes están dejando felicidad en el mundo cibernético. Pero de esto nos ocuparemos la próxima semana.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su séptima edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que dimisnuyen la felicidad.

“Permiso para…”

permission-slip

El tema para esta semana me llegó estando sentada en un avión poco después de que cerraran la puerta.

Desde la cabina de pilotos, el capitán nos dio la más cordial bienvenida y nos puso al tanto de las condiciones en la ruta de vuelo. Lo hizo tan de prisa que las palabras le salieron todas juntas, sin espacios, con una dicción tan clara como la letra de doctor. Sólo entendí “tripulación iniciando movimiento”.

Entonces arrancó la sobrecargo con su set de informes e instrucciones. Todo iba “business as usual” hasta que anunció nuestro destino final en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de San Antonio.

“Yo voy a la Ciudad de México” gritó un señor sentado un par de filas atrás de mi y de un salto se puso en el pasillo. Con su abrigo y papeles bajo el brazo izquierdo, caminó apurado hacia el frente sacudiendo el boleto sobre su cabeza con la mano derecha. Se detuvo frente a la sobrecargo y angustiado suplicó: “Necesito permiso para bajar del avión”.

La sobrecargo interrumpió el comunicado y avisó a la cabina de pilotos. El avión hizo alto, cambiaron la reversa por el drive y dijeron “regresando a la posición”. Acercaron lentamente el gusano a la aeronave… “tripulación desarmar toboganes”. Abrieron la puerta y por ahí salió corriendo el señor.

Intento de despegue uno: fallido.

Ahora venía el equipo de seguridad. Resulta que es obligatorio hacer una revisión minuciosa del avión en situaciones como esta para asegurar que el pasajero no haya olvidado algunas de sus pertenencias, especialmente, una bomba.

Mientras todo esto pasaba me puse a pensar que lindo sería que la vida te dejara saber con claridad a dónde vas; que anunciara por el altavoz el destino final para saber si estás en el vuelo correcto o tienes que bajarte, aunque eso implique activar el protocolo de emergencia y aguantar las miradas reprobadoras e impacientes de los compañeros de viaje. O que delicioso sería tener la capacidad de disfrutar el viaje sin saber con certeza cuál será la parada confiando en que en donde sea que aterricemos estaremos bien.

Andaba en eso cuando me vinieron a la mente los “permission slips” de Brené Brown, una de mis escritoras favoritas. A veces tenemos que darnos un permiso especial a nosotros mismos para hacerle frente al día, a la semana, a una situación particular o a la vida.

Este ejercicio consiste en escribir un permiso –como cuando en el colegio te daban una nota de autorización para salir del salón o no tomar la clase de deportes- en un Post-it, traerlo doblado en la bolsa del pantalón o pegado donde podamos verlo para recordarnos que está bien, que en este momento puede ser así o que hoy necesitamos esto.

Van algunos ejemplos.

Hoy me doy permiso para… “estar triste, aunque se note”, “no ser una mamá perfecta”, “equivocarme”, “no tener todas las respuestas”, “hablar de felicidad aunque no siempre la sienta”, “para cantar desentonada”, “para jugar y reírme con mis hijos”, “para no tomarme la cosas de manera personal”, “para decir que no”, “para opinar”, “para intentar aunque no me salga”, “para dormir una siesta”, “para quedarme en pijama toda la mañana”, “para no responder el teléfono”, “para perdonar”, “para estar presente”, “para comer con gluten”.

¿Qué permiso necesitas darte hoy?

Se retiró el equipo de seguridad, cerraron la puerta del avión… “Tripulación armar toboganes”“iniciando movimiento”.

Y de pronto, alto otra vez… “Regresando a la posición”, anunció el piloto por la bocina. Cambio de reversa a drive. Otra vez el gusano… “Tripulación desarmar toboganes”.

Abrieron la puerta del avión y ahora entraba el equipo de mantenimiento a la cabina de pilotos. Apagaron los motores, nos quedamos a oscuras. Esta vez un foco rojo anunciaba una posible falla mecánica… “vamos a resetear la computadora de la aeronave” se oyó por la bocina.

Intento de despegue dos: fallido.

Entonces me puse a pensar que este viaje en avión empezaba a parecerse mucho a la vida… imprevistos, fallas, regresar, revisar, resetear, esperar, soltar el control, confiar, incertidumbre, reparar y siempre volver a intentar.

Se fue el equipo de mantenimiento, cerraron la puerta. “Tripulación armar toboganes”, “iniciando movimiento”, “nos vamos”“Ahora sí disfruten su vuelo”.

Intento de despegue tres: exitoso.

¡Viva México Cuarones!

cuaron

Que lindo se siente ver a tu país en los titulares de las buenas noticias. Qué bonito es cuando un trabajo bien hecho es reconocido, cuando los atributos se distinguen y los méritos se traen a la luz. Que rico se siente ser vistos.

La verdad es que a mí la película de ROMA, más allá de su espectacular fotografía y los recuerdos que me trajo, como por ejemplo, el sonido del afilador de cuchillos y la banda escolar practicando la marcha de guerra en las calles, me pareció lenta y estuve con ganas de pisarle el acelerador las dos horas y cuarto que duró.

Pero…

Las palabras que ofreció Alfonso Cuarón luego de recibir el Oscar al mejor director me dejaron pensando.

“Quiero agradecer a la Academia por reconocer a una película que gira alrededor de una mujer indígena, una de las 70 millones de empleadas domésticas en el mundo sin derechos laborales, un personaje que históricamente ha sido relegado al fondo en el cine. Como artistas, nuestro trabajo es mirar donde otros no lo hacen. Esta responsabilidad se hace más importante en tiempos en que estamos siendo motivamos a voltear para el otro lado”.

Me puse a pensar en todas las personas que como “Cleo”, el personaje central que interpreta Yalitza Aparicio, circulan en la periferia de su propia vida para hacer la vida de otros más cómoda, fácil, limpia, brillante y glamorosa.

Y me acordé de las historias que recuperaron, hace algunos años, los estudiantes de mi clase cuando hicieron su proyecto de generosidad.

En esa ocasión, el grupo decidió pasar la hora y media de clase trabajando con una persona de intendencia de la universidad. La misión, además de “ponerse el uniforme” y participar en las labores, era conectar y conocer más de la vida de cada una. Descubrir quién era, cómo se llamaba, de dónde venía, hace cuánto tiempo trabajaba en la Universidad, qué era lo que más le gustaba, qué era lo más pesado, etc.

De esa experiencia nos llevamos una gran lección.

Sin importar cuál era la función de cada una de estas personas –limpiar máquinas, trapear pisos o limpiar baños- para ellos, lo más gratificante de su trabajo era interactuar con los estudiantes o el personal administrativo… “me siento muy feliz cuando alguien me saluda, me pregunta cómo estoy o me da las gracias”, “cuando me sonríen o platican conmigo”, “cuando me tratan con amabilidad”.

Nada complicado, ¿cierto?

Sin embargo, en la mayoría de los casos la realidad era otra… “Aprendemos a ser invisibles” nos dijo uno, “hacemos nuestro trabajo sin molestar”, “no hablamos con nadie”.

Entonces caímos en la cuenta. Entonces empezamos a notar todas esas miradas agachadas y perdidas en la escoba, dentro de la cubeta, en el trapo, en las ventanas. Entonces empezamos a reconocer a esas personas silenciosas, a valorar su trabajo. Entonces empezamos a VERLAS.

Y es que las personas queremos ser vistas, queremos saber que nuestro trabajo es reconocido, que nuestras contribuciones importan y se notan.

Me quedo pensando que la película de ROMA es un llamado y un recordatorio para practicar la empatía, la generosidad, la calidez, el sentido de igualdad y, sobretodo, la gratitud.

Hagamos una pausa para agradecer a todas esas personas que hacen que nuestra vida sea más fácil, cómoda y bonita. Reconozcamos las contribuciones, pequeñas y grandes, que hacen las personas a nuestro alrededor. Asegurémonos de que nadie se sienta “invisible”.

Como artistas… atrevámonos a mirar donde otros no lo hacen.

Miedo por costumbre

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Hace un par de días terminé de leer el libro “The Courage Habit” de Kate Swoboda. El título me llamó la atención, pues si la valentía es un hábito, entonces puedo desarrollarla para hacerle frente al miedo.

Y es que el miedo es mi copiloto, mi compañero infalible de viaje y  no me gusta. Me provoca emociones incómodas y sabotea mis sueños con su increíble capacidad para señalar todo lo que puede salir mal.

He recurrido a todos los remedios conocidos para deshacerme de él. He subido la música a todo volumen para no escucharlo, me he disfrazado para que no me reconozca, lo he escondido en la cajuela para no verlo, he roto relaciones diplomáticas con él cualquier cantidad de veces asegurándole que no lo quiero, le he gritado con todas mis fuerzas que se baje del carro, he tratado de anestesiarlo con una copa de vino y he puesto toda mi esperanza en la llegada del día en que se canse y desaparezca.

¡Nada!

Aquí mismo me acompaña mirando lo que escribo por encima de mi hombro.

“Me gustaría dejar de sentir tanto miedo” sería un fuerte candidato en mi lista de tres deseos para el genio de la lámpara maravillosa.

Aprendí varias cosas muy valiosas leyendo el libro de Kate Swoboda.

La primera es que la falta de miedo es un mito. No existe tal cosa como su ausencia cuando deseamos lanzar un proyecto importante, necesitamos tomar una decisión difícil, queremos iniciar una nueva relación, intentamos algo diferente o pisamos territorios desconocidos. Y admitir que sentimos miedo no significa que somos personas débiles ni inseguras, sino perfectamente normales.

La segunda es que no es posible eliminar el miedo a punta de ganas, ni llega el día en que dejaremos de sentirlo por completo. Bueno sí, pero ya tampoco nos daremos cuenta. Al miedo hay que hacerle frente.

La tercera es que el miedo es un hábito y, si conocemos la ciencia detrás, entonces tendremos recursos para reconocerlo y avanzar en la dirección de nuestros sueños atravesando las cortinas de humo que nos fabrica.

¿Cómo se forma un hábito de miedo?

Igual que cualquier otro.

Los hábitos son comportamientos recurrentes y tienen tres componentes:

  • Detonador o señal. Indica a nuestro cerebro que se ponga en modo automático e inicie una rutina. Ejemplos de detonadores: emociones, pensamientos, lugares, ciertas horas del día, sonidos, olores, personas, fechas.
  • Una rutina. La conducta o serie de comportamientos que siguen al disparo de salida. Por ejemplo, ponerte el cinturón de seguridad cuando entras al carro, morderte las uñas cuando vas a presentar un examen, gritarle a tus hijos cuando hablas con tu mamá.
  • Premio o gratificación. Creamos hábitos por medio de los mensajes químicos que transmite el sistema que registra el placer en nuestro cerebro. Cuando realizamos actividades agradables –bailar, leer un mensaje lindo- o que bajan nuestro nivel de ansiedad – darle una cucharada al bote de Nutella, fumar- neurotransmisores mandan una nota que dice “esto se siente bien” y producen una sensación de placer/alivio que sin duda buscaremos repetir.

Tenemos todo tipo de hábitos… lavarnos los dientes después de comer –espero-, salir de la cama cuando suena la alarma, comer a cierta hora del día, etc. Algunos de estos hábitos tienen detonadores y rutinas muy fáciles de identificar.

La cosa se complica con los hábitos emocionales, pues no es tan fácil distinguir ni los detonadores ni las rutinas. Recibir una crítica puede provocar una sensación de inseguridad que nos conduce a tomar un par de cervezas para anestesiar ese sentimiento incómodo. Pensar “nadie va a quererme porque estoy vieja” produce tristeza y una visita al centro comercial para comprar zapatos. Sentir miedo por conocer a alguien nos lleva a cancelar la reunión y a experimentar el alivio temporal de habernos sacudido el compromiso.

Nuestro cerebro está diseñado para eliminar las emociones incómodas y salir de tierras peligrosas. Nos empuja a reducir la tensión lo más rápido posible, incluso cuando la acción sea contraria a nuestros sueños y bienestar de largo plazo. ¿Estás ansioso?… ¿Cerveza o meditación? ¡Cerveza!, ¿Te da miedo poner tu proyecto sobre la mesa en la reunión de planeación?… ¿Abro la boca o lo dejo para la próxima? ¡Déjalo para la próxima!.

Todos experimentamos el miedo de diferente forma y respondemos a él de distintas maneras, pero el circuito “detonador-rutina-gratificación” funciona igual para todos.

La clave para cambiar cualquier hábito está en aislar cada elemento del ciclo y reemplazar la rutina, dando por hecho que el detonador no cambiará. Es muy difícil dejar de sentir miedo pues es parte de nuestra biología y siempre estaremos recibiendo mensajes de alarma.

Si lo que queremos es avanzar en la dirección de nuestros sueños, tenemos que sustituir las rutinas del miedo con rutinas de valor.

Una entrega importante (detonador) me genera ansiedad, entonces decido hacerlo “más tarde”, me pongo a leer un rato (rutina) y baja mi nivel de tensión (gratificación… ¡misión cumplida!). Esta no es una verdadera solución. Es necesario cambiar la rutina. Una posible solución sería aplicar la regla de los 5 segundos y comenzar a trabajar, en lugar de postergar.

Un par de cosas más…

Kate Swoboda explica que el miedo puede manifestarse en maneras o comportamientos que no asociamos con esta emoción: irritabilidad inexplicable, olvidos crónicos, vivir en las nubes, agotamiento, problemas de salud, complacer a los demás, trabajar en exceso, etc. ¿Cómo se presenta el miedo para ti?, ¿Dónde lo sientes?, ¿Qué sensaciones físicas o pensamientos genera?

Y por último, ¿tienes identificados tus miedos? Tenerlos ubicados hace mucho más fácil trabajar con ellos.

Si nuestra intención es aniquilar el miedo antes de dar un paso en dirección a nuestra estrella polar, siento decir que nos quedaremos esperando. No es posible sacarle la vuelta al miedo, la única solución es aprender a atravesarlo construyendo rutinas valientes.

PD. Quizá hoy 14 de Febrero puedas darte la oportunidad de decirle a alguien cuánto te gusta o cuánto lo quieres…¡aunque te mueras de miedo!.

¡Feliz día del amor y la amistad!.

¿Encadenado o libre?

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“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.