Aceptación radical al estilo Lady Gaga

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El domingo pasado escuché mientras corría la entrevista más reciente que le hizo Oprah Winfrey a Lady Gaga. Me encantó, me sorprendió, abrió mi mente, aprendí, cambió mi percepción sobre algunas cosas y me dejó pensando.

Pensé en todas las personas que viven con dolor físico crónico, que han sido marcadas por eventos traumáticos, que padecen de enfermedades mentales, que atravesaron o atraviesan por una crisis… o dos, o tres, o todo lo anterior. Pensé en la gente que tengo a mi alrededor. Pensé en mí.

Confieso que mi percepción sobre Lady Gaga ha cambiado de manera importante de unos meses para acá. Pasé de considerarla una artista más que buscaba llamar la atención con excentricidades, a apreciar su talento como compositora, cantante y actriz luego de ver la película “A Star is Born” -una canción en esa película está hoy entre mis cinco favoritas-. Después de escuchar la entrevista y entrar por la ventana que abrió para dejarnos conocer su mundo, puedo decir que siento admiración y respeto por su trayectoria.

Lo primero que pensé es esta facilidad y velocidad con la que emitimos juicios con respecto a una persona sin saber qué carga en la mochila. Nota para mí… ¡no hacerlo!

Todo el intercambio entre Oprah y Lady Gaga es interesante. Sin embargo, el concepto que capturó mi atención fue el de “aceptación radical”.

Aceptación radical significa admitir y estar presente en el momento actual. Estar dispuestos a pasar tiempo con la incomodidad y las emociones difíciles en lugar de correrles. Significa aceptar la realidad, admitir su llegada o presencia, hacer oficial un evento, ponerle nombre, hablarlo en voz alta.

“Tengo un problema con el alcohol”, “tengo una enfermedad mental que sea llama esquizofrenia”, “mi hermano es adicto a la heroína”, “estamos en bancarrota”, “soy gay”, “mi pareja me golpeaba”.

Aceptar radicalmente que vas a tener dolor físico todos los días, aceptar radicalmente que perdiste a tus padres, aceptar radicalmente que tu carrera como futbolista terminó, aceptar radicalmente que perdiste una pierna a causa de la diabetes, aceptar radicalmente que perdiste un hijo, aceptar radicalmente que tu padre tiene Alzheimer y a ratos no sabe quién eres.

Y es que lo más fácil es negar la realidad, anestesiar lo que sentimos tomando, fumando, trabajando sin parar, comprando compulsivamente, durmiendo o culpando al resto del mundo.

Ahora… Sí la palabra “aceptación” te causa problemas, como me los causaba a mí durante años, te invito a considerar la explicación que recibí de Maria Sirois -una de mis maestras favoritas- en una de sus clases.

“Aceptar” no es sinónimo de “me gusta”, “me conformo” o “me resigno”. Aceptación en este contexto significa admitir “aquí está, esto pasó, no lo pedí, no lo estaba buscando y, sin duda alguna, no lo quería”. Pero… “aquí está y es un hecho”.

El primer paso para sanar es aceptar la realidad. Toma tiempo, pero lentamente comienzas a considerar la posibilidad de rediseñar tu vida y de volver a funcionar dando pequeños pellizcos de valentía.

El segundo paso consiste en cambiar la pregunta. En lugar de preguntarte… ¿Por qué a mí? o ¿Por qué me pasó esto?; mejor pregúntate… ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?, ¿Cuál es mi mejor versión posible dada esta realidad? Entonces aparecen posibilidades, alternativas diferentes, escenarios nuevos.

La aceptación radical aplica a cada crisis, cada dificultad, cada reto en nuestras vidas. Mucho del sufrimiento que sentimos es ocasionado por negar la realidad. Las cosas cambian sólo hasta que aceptamos lo que tenemos en las manos tal como es… “OK, te veo, te siento, acepto que estás aquí”. Ahora sí… ¿Qué hacemos?, ¿Cómo solucionamos esto?

Con frecuencia me preguntan si todo esto que escribo a mí me sale muy bien y yo tengo todo resuelto.

La respuesta es no.

La mayoría de las veces hablo sobre temas que domino desde la teoría y la práctica. Pero también escribo sobre aquello que me inquieta, sobre lo que quiero entender, lograr o resolver. Muchas veces mis letras me apuntan hacia el camino que necesito recorrer.

Estoy siempre en proceso.

Escuchar sobre el concepto de aceptación radical hoy me pone a reflexionar sobre los temas que yo tengo que aceptar radicalmente para vivir más plena y feliz.

Te invito a hacer lo mismo.

PD. Aquí te dejo el vínculo a la entrevista.

 

 

 

 

 

 

 

Fin de una década

2020

Estar a unas horas de colgar una década más en el armario del pasado me pone en modo recuerdo, reconocimiento y reflexión.

Antes de encaminar mis pasos hacia el futuro, quiero detenerme y mirar hacia atrás.

Desde mi experiencia, el 2019 fue un año bipolar, sin tonalidades de grises. Fue intensamente bueno, estuvo lleno de cosas muy lindas; pero también, trajo momentos duros y grandes tristezas. Algunos sueños se hicieron realidad, otros explotaron como gallinas de caricatura que sólo dejan un reguero de plumas al reventar. Fue un año de aprendizaje y crecimiento personal obligatorio.

Me anima el cambio de año. Me produce una sensación de alivio, de esperanza. Me gusta pensar que vienen cosas buenas, nuevas oportunidades para poner en tierra metas que se quedaron dando vueltas en el aire o tuvieron intentos de aterrizaje fallidos, permisos para intentar otra vez.

El año nuevo es para mí como la hoja en blanco: me inspira, me permite visualizar posibilidades, me invita a escribir, a crear.

Y hoy no sólo cambia el año,  también cambia la década.

Me parece increíble todo lo que puede pasar en diez años.

Es impresionante darme cuenta de la transformación de mis hijas. Pasaron de ser niñas pequeñas que demandaban todo mi tiempo y atención, a ser jóvenes que no tardan en agarrar las riendas de sus vidas.

Hacia adelante me tocará verlas dueñas del volante -en sentido literal y metafórico- y conducirse hacia sus propios caminos. Cada vez iré decidiendo menos los detalles de sus vidas, pero con suerte, lograré mantenerme como una fuente de consulta valiosa para ellas.

Siento curiosidad por saber qué profesión elegirán, qué rincones del mundo querrán visitar, cuáles temas les apasionarán. Imagino que en los siguientes años conoceré a esa persona que les robará el corazón. Cada vez irán necesitándome menos para resolver el día a día. Y no lo digo con nostalgia, en verdad así lo deseo, pues entonces sabré que han adquirido las herramientas necesarias para vivir. Si conservo mi lugar en su lista de cinco personas favoritas, ya la hice.

¿Qué más pasó en la última década?

Corrí maratones, atravesé un país en bicicleta, me aventé al agua desde rocas a metros de altura, nadé algunos kilómetros en el mar, caminé en la montaña, jugué basquetbol -ahora en la liga de mamás-, aprendí a jugar tenis.

Gané arrugas, pecas, canas, una enfermedad autoinmune, medicinas en el buró, insomnio intermitente. Tuve que despedirme de algunas partes del cuerpo que empezaron a dar problemas. Llegué a la edad en que tengo que cuidar mi alimentación y hacerme a la idea de pasar por chequeos para mantener la maquinaria en el mejor estado posible. Ni modo.

Hice nuevas amistades, conocí a personas que me enseñaron mucho, partieron seres muy queridos, también mascotas. Leí un montón de libros -tantos que perdí la cuenta- y descubrí que tengo pésima memoria para recordarlos. Me convertí en tía de tres increíbles seres humanos. Me lancé a la aventura de trabajar por mi cuenta, eso sí, sin sacar el pie del salón de clases pues me apasiona la educación. Comencé este Blog, escribí un libro, viajé a lugares increíbles, me hice conferencista, coach, atravesé varias tormentas. ¡Uf!

En esta década llegué al destino cumbre conocido como “middle age” con su “midlife crisis”. El trayecto es interesante, también irónico. Invertimos años, energía, recursos y trabajamos diligentemente para convertirnos en ese alguien que cumple con los requisitos en la lista prefabricada del éxito -estudios, familia, profesión, dinero, lujos, etc.- Vamos empeñados y a paso firme a encontrarnos con esa versión que se ajusta a lo que dictan las reglas para ser feliz…

Y, sin embargo, puede pasar, que al llegar nos demos cuenta de que tenemos todo lo que algún día quisimos, pero nos perdimos en el camino. Por eso la crisis. Empieza la sacudida, la tristeza, la sensación de vació, el tedio. Se vuelve necesario hacer un alto para desarmarnos, reconstruir nuestras piezas, despejar las nubes para volver a ubicar a nuestra estrella polar y decidirnos a vivir una vida que nos haga sentido en lo más profundo, aunque hagamos trizas el molde que alguien más construyó para nosotros.

He notado también que el tiempo ha acelerado su paso. Esta década desfiló mucho más rápido que la otra y algo me dice que esta que empieza volará a la velocidad de la luz. Aún no decido si hacer el doble de actividades que nutren el alma o, más bien, hacer la mitad, pero más despacio y estando más presente para estirar el tiempo. Lo que sí me queda claro es que ya no queda mucho lugar para la paja, ni para las tonterías que roban tiempo y distraen.

Si el tiempo pasa más rápido con la edad, entonces hay que elegir mejor a qué dedicarlo. Menos complacencia, menos obediencia, menos vivir para darle gusto a los demás. Más determinación para ir tras lo que hace grande nuestro corazón, más valor para ser auténticos.

Hoy es un buen día para trazar las metas no sólo del siguiente año, sino de la siguiente década.

Antes de arrancar con una lista de propósitos de nuevo ciclo es importante dedicar tiempo a pensar lo siguiente: ¿Cómo quiero sentirme?, ¿Qué emociones quiero sentir?, ¿Qué experiencias quiero tener?

Con frecuencia hacemos listas de lo que queremos… Viajar por el mundo, un trabajo estable, escribir una novela, encontrar una pareja, tener buena condición física. En realidad, lo que andamos buscando es cómo queremos sentirnos… Libres, independientes, creativos, amados, sanos. Andamos detrás de una manera de sentir. Es por aquí que tenemos que empezar antes de definir nuevas metas.

Yo quiero sentir paz, libertad, claridad, amor, creatividad, diversión, curiosidad, valentía.

Me quedo con la frase de Mark Twain como guía para la década que viene:

“Dentro de 20 años lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona puerto seguro. Atrapa el viento en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”.

¡Feliz inicio de década!

 

 

 

 

 

 

¡Feliz “Hygge” Navidad!

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Hoy festejamos la Nochebuena, mañana la Navidad y lo que sigue son algunos días libres para descansar de la rutina –o parte de ella- y desconectarse del mundo.

Siempre he tenido la sensación de que la semana entre Navidad y Fin de Año queda como suspendida en un espacio etéreo, poco definido, pero muy particular. Ninguna otra semana del año se siente como esta y quiero hacer un esfuerzo por pasarla a la Hygge.

Te cuento de qué se trata.

Según el Reporte Mundial de la Felicidad publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Dinamarca es uno de los países más felices del mundo. Son muchas las condiciones objetivas que explican este resultado, pero hay un elemento muy subjetivo detrás de la felicidad en este país y tiene que ver con la capacidad de los daneses para crear ratos agradables. Se llama “hygge”. Esta palabra –que no tengo idea de cómo pronunciar- no tiene traducción exacta. Más que una palabra, “hygge” es un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Es algo que se siente.

Crear momentos “hygge” es sencillo. Lo primero es generar tiempo para hacer cosas que nos hacen sentir bien a nosotros mismos y a los que nos rodean en un ambiente lindo. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate caliente en una tarde fría, planear el menú de la siguiente comida y cocinar en compañía, ver una película divertida con la familia debajo de una cobija, ver un atardecer, una carne asada con amigos aprovechando el buen clima, pintarle las uñas a tu hija y dejar que ella pinte las tuyas, ver fotos para recordar momentos, usar en la cena la vajilla que era de la abuela –recordar a los seres queridos que ya se fueron es muy “hygge”-, poner velas para darle calidez al espacio, tomar un té mientras lees un buen libro, usar ropa cómoda, decorar con flores. Tiene que ver con estar a gusto en un entorno acogedor.

Los momentos “hygge” funcionan mejor en grupos pequeños de personas y para que la comunicación y la conexión sea más fácil es recomendable que el lugar no sea muy grande. Fortalecer los lazos sociales y familiares están en el corazón de este concepto danés. Invita a un par de amigos a tu casa a pasar el rato y recontar anécdotas.

El concepto “Hygge” tiene que ver también con relajarte, disfrutar de tu casa y olvidar las preocupaciones. Para esto es fundamental habitar el momento presente e involucrar todos tus sentidos. Quitar el piloto automático. Es importante incluir elementos que hagan agradable el espacio que te rodea de manera que quieras estar ahí –velas, luces cálidas, música relajante, eliminar el ruido, buena temperatura-.

Para estos días, mi intención es tomarme las vacaciones enserio y pasar una navidad muy “hygge”. ¿Qué significa esto? Significa que no voy a hacer lecturas de trabajo, pero sí volveré a leer libros que leí cuando tenía la mitad de edad y me gustaron mucho. Voy a tirarme un clavado a la caja de cartas que guardo hace décadas -correspondencia que llegaba en sobre con timbre postal de diferentes lugares del mundo o cartas que intercambiábamos los amigos entre clase y clase-. Sospecho que entre esas líneas encontraré partes de mí que se fueron quedando en el camino.

Voy a estar presente y participaré en las actividades características de estas fechas. Quiero ser parte de los recuerdos. Como dice el Dr. Seuss “A veces conocerás el verdadero valor de un momento hasta que se convierta en recuerdo”.

Si tienes la fortuna de contar con días de descanso en estas fechas y puedes desconcertarte, te invito a hacer lo mismo. Si, por el contrario, la naturaleza de tu trabajo o tus compromisos te impiden despegarte, entonces incorpora elementos “hygge” a tu espacio o tiempo de oficina. Lleva algo de comer para compartir con tus compañeros, ten cerca de ti una foto de alguien querido, pon música agradable de fondo, dedica cinco minutos a hablar con alguien, decora con una planta.

Hoy aprovecho este espacio para darte las gracias por leer estos artículos, comentarlos y compartirlos.

¡Te deseo una muy “hygge” Navidad!

 

Es un tema de confianza

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Estoy con un pie adentro de ese territorio pantanoso y movedizo de niñas adolescentes que empiezan a salir de noche, que regularmente organizan planes mixtos, tienen permiso provisional para manejar, acceso ilimitado al mundo a través de su celular y que cada día tienen un poco más independencia y libertad.

Y me toca dar un paso hacia atrás, para que ellas den varios hacia adelante.

Y me asusta.

La conversación en casa siempre ha marchado en esta dirección: “Irás ganando permisos, movilidad y libertad en la medida en que demuestres que eres una persona responsable y confiable”.

¿Cómo puedo hacer eso? Preguntó una… “Estando donde dices que vas a estar, con quien dices que vas a estar, avisando si cambias de lugar, regresando a la hora convenida y tomando decisiones responsables”.

Pero me quedo pensando que el tema queda muy abierto todavía… ¿Qué significa ser una persona confiable?, ¿Qué es la confianza?, ¿Soy una persona confiable?

Me parece que todos deseamos ser confiables y además pensamos que lo somos, aunque al mismo tiempo e irónicamente, creemos que los demás no son de fiar.

Y pensando en eso encontré el tema para la publicación de esta semana.

Busqué la radiografía de la confianza de Brené Brown, mi investigadora y autora favorita, en su libro “Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts”.

Siempre encuentro cosas valiosas en sus letras.

La confianza es la suma de pequeños momentos en el tiempo, no es algo que puede convocarse con el comando “confía en mi”, programarse o exigirse; no nos ganamos la confianza de alguien pidiéndola, sino cuidando de los detalles cotidianos.

Es un proceso que se da entre dos individuos o un equipo de trabajo y se construye en el tiempo. Es un pegamento que mantiene unidas a las personas; sin ella, no hay conexión.

Cuando la confianza se quiebra nos quedamos sin palabras, con mucho dolor y en modo silencio defensivo.

También podemos perder la confianza en nosotros mismos después de un fracaso o caída… “No puedo confiar en mi propio juicio”, “No estoy segura de poder controlarme”.

Brené arranca con la definición de confianza del autor Charles Feltman que dice: “confianza es elegir arriesgarme a someter algo que valoro a las acciones de alguien más”. Por otro lado, “desconfiar es creer que lo que es importante para mí, no está seguro contigo o en esta situación”.

Hablar de confianza en estos términos tan generales es muy difícil, y las personas recibimos cualquier comentario que cuestione nuestro nivel de confiabilidad con el mismo gusto que una invitación a beber ácido muriático.

Una mejor idea para abordar el tema de la confianza consiste en conocer sus partes para identificar cuál está tambaleándose o rota. En este sentido, es mucho más efectivo resaltar comportamientos específicos en cada uno de estos componentes para lograr un cambio.

De acuerdo con Brené Brown, la radiografía de la confianza muestra siete elementos -y la voy a traducir tal cual-.

Límites. Respetas mis límites y cuando no estás seguro de qué está bien y qué está mal, preguntas. Estás dispuesto a decir “NO”.

Fiabilidad. Haces lo que dices que vas a hacer. En el trabajo, esto significa estar consciente de tus capacidades y limitaciones para evitar hacer promesas que no puedes cumplir y seas capaz de sacar adelante tus compromisos. Somos fiables cuando nuestras palabras son congruentes con nuestras acciones.

Responsabilidad. Te adueñas de tus errores, ofreces disculpas, reparas los daños.

Bóveda. No compartes información o experiencias que no te corresponde a ti compartir. Necesito saber que guardas mis confidencias, y también, que no compartes conmigo información de otras personas que es confidencial.

Integridad. Eliges la valentía y el coraje por encima de la comodidad. Eliges lo que es correcto por encima de lo que es divertido o fácil. Eliges practicar tus valores en lugar de sólo profesarlos.

No emitir juicios. Puedo pedir lo que necesito y puedes pedir lo que necesitas. Podemos hablar de nuestros sentimientos sin percibir que somos juzgados. Podemos pedirnos mutuamente ayuda sin juicios.

Generosidad. Ofreces la interpretación más generosa posible acerca de mis intenciones, palabras y acciones. Asumes intenciones positivas.

Cuando la confianza se resquebraja necesitamos identificar exactamente donde está la fractura. Entre más específicos seamos, más eficientemente podremos trabajar en reconstruirla.

Con esta guía podemos abordar conversaciones alrededor del tema de la confianza con nuestros equipos de trabajo, amigos, pareja, hijos señalado exactamente el comportamiento que está contribuyendo negativamente a deteriorarla.

Cuando entramos a profundidad a analizar la radiografía de la confianza es más fácil caer en la cuenta de que no necesariamente somos tan confiables como pensamos.

Me quedo reflexionando sobre el concepto de confianza y sobre cómo aterrizarlo en mi propia pista y en la de mis hijas.

 

 

Técnicas para desarrollar el autoconocimiento

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Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Con esta pregunta arrancamos el artículo de la semana pasada y de ahí hablamos del concepto de autoconocimiento.

Me parece que andamos por la vida muy seguros de saber quién somos, pero cuando tenemos que responder con detalle a la pregunta… ¿Quién soy?, la tarea se parece más a tratar de morder nuestros propios dientes.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir. Conocernos a nosotros mismos es clave para tener una vida plena, exitosa y feliz.

Hablamos de la Rueda del Autoconocimiento, que es una herramienta poderosa para mirar hacia adentro utilizando cinco preguntas: ¿Qué percibo con mis sentidos?, ¿Qué siento?, ¿Qué pienso?, ¿Qué quiero? y ¿Qué acciones voy a tomar?

La capacidad para responder a esas preguntas sin importar el entorno o situación en que estamos supone un buen nivel de autoconocimiento.

Para esta semana quedó pendiente compartir herramientas adicionales para desarrollar nuestro autoconocimiento y el de nuestros hijos -entre más jóvenes empiecen a conocerse, menos frentazos se darán contra la pared y más capaces serán para orientar sus vidas en dirección a su estrella polar-.

Van seis estrategias.

Aumenta tu vocabulario emocional. Todo empieza por reconocer y ponerle nombre a lo que sentimos, por conocer las emociones.

Te invito a hacer el siguiente ejercicio…

Durante dos minutos escribe en las notas de tu teléfono o en una hoja de papel todas las emociones que conozcas.

No comas ansias, no te adelantes en la lectura y verdaderamente date la oportunidad de hacerlo.

¿Listo?

¿Cuántas emociones lograste escribir?

Te comparto aquí la Rueda de las Emociones.

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¿Ya viste cuántas emociones diferentes existen? Más de cien.

Generalmente nos quedamos en las seis emociones básicas: felicidad, sorpresa, ira, miedo, tristeza y asco. Pero debajo de cada una de estas hay más capas de posibilidades. Hay diferentes sabores de tristeza, por ejemplo, sabor culpa, sabor solo, sabor vacío, etc.

Y es muy importante hacer esta distinción porque las medidas que tenemos que tomar para remediar cada emoción son diferentes.

La mayoría de las personas somos analfabetas emocionales. Si no conocemos las emociones, si no sabemos qué nombre ponerle a lo que sentimos, entonces tampoco podemos diseñar una solución a la medida.

Es fundamental incrementar nuestro vocabulario emocional y utilizarlo activamente con nuestros hijos. Te recomiendo que pongas la rueda de las emociones en un lugar visible como el refrigerador. Enséñala a tus hijos cuando estén tratando de explicarte cómo se sienten o cuando seas tú quien tenga que decirles cómo te sientes. Sí, esta calle es de ida y vuelta.

Reconecta con tu cuerpo. Cuando experimentamos una emoción, una señal eléctrica pasa por nuestro cerebro y se traduce en una sensación física. Las respuestas físicas pueden ser variadas: músculos del estómago contraídos, ritmo cardiaco acelerado, boca seca, manos sudorosas, frio, piernas temblorosas, nudo en la garganta, ganas de saltar.

Nuestra mente y cuerpo están tan conectados que podemos aprender a relacionar sensaciones físicas con emociones. Pregúntate… ¿Dónde siento el miedo?, ¿En qué parte del cuerpo siento la vergüenza?, ¿Dónde siento la felicidad? Cuando yo me guardo lo que verdaderamente quiero decir, por ejemplo, literalmente siento un limón atorado en la garganta y me cuesta trabajo tragar; cuando tengo miedo, me da mucho frío; cuando siento angustia, parece que tengo un elefante sentado en el pecho.

Muchas emociones son inconscientes. Primero las sentimos físicamente y luego atraviesan a la conciencia. Estar en sincronía con nuestro cuerpo para identificar nuestras emociones es casi como magia. Haz pausas para identificar qué sientes y dónde lo sientes, practica la atención plena o mindfulness.

Encuentra el vínculo entre emociones y acciones. Las emociones son impulsos a la acción. Si ponemos atención vamos logrando conectar lo que pensamos, con lo que sentimos y lo que hacemos. ¿Qué haces cuando te sientes enojado? Algunas personas gritan, otras enmudecen. Tratemos de hacer conexiones del tipo: enojo-grito, aburrimiento-morder las uñas, ansioso-tomar dos copas de vino, deprimido-darle cucharadas a la Nutella, vulnerable-evadir al mundo.   Es importante vincular la emoción que sentimos con la acción que habitualmente tomamos para que la siguiente vez que se presente el estímulo, logremos cambiar nuestra respuesta.

Identifica tus detonadores. ¿Qué te saca de tus casillas? ¿Hay ciertas cosas que te ponen de mal humor? ¿Qué acciones activan lo peor de ti? Probablemente es un compañero de trabajo, un familiar, una conducta que automáticamente te vuelve loca. Puede ser iniciar una conversación que no te gusta y te pone a la defensiva. Tienes que identificar perfectamente bien qué personas, situaciones, conversaciones, lugares o fechas te disparan. Si estamos conscientes de esto, podemos trazar un plan de acción para mantener la calma la siguiente vez que jalen el gatillo.

Lleva un diario de emociones. El obstáculo más grande para desarrollar el autoconocimiento es la objetividad. En un diario puedes registrar eventos que detonan emociones fuertes y describir tus reacciones. Con esta práctica puedes identificar patrones y distinguir cómo te sientes físicamente ante cada emoción.

Identifica el efecto de tus emociones en los demás. Cuando soltamos una piedra en el agua, comienzan a formarse anillos hacia afuera. Nuestros despliegues de emociones, para bien o para mal, tienen consecuencias en las personas a nuestro alrededor. Las emociones son contagiosas. Piensa qué pasa con la conducta de tus hijos cuando tú estás de pésimo humor… Como mandado a hacer se portan peor, ¿o no? Pon atención a lo que contagias tú.

Identificar y manejar nuestras emociones es un trabajo de tiempo completo y puede ser verdaderamente agotador. Desarrollar el autoconocimiento nos hace más eficientes en esta labor, es como un atajo que hace el camino más corto, nos permite aprender de nuestros errores más rápido, libera tiempo y energía que podemos dedicar a aventuras más interesantes.

¿Qué tan bien te conoces?

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Si tuvieras que explicarle a un marciano quién eres más allá de tu nombre, edad, profesión, estado civil, lugar de nacimiento y plato de comida favorito, ¿Qué tan bien podrías hacerlo?

Déjame preguntártelo de otra manera…

Si tu vida dependiera de la precisión y autenticidad con la que describieras quién eres en todos los aspectos de tu vida, en otras palabras, si dependiera de tu autoconocimiento, ¿Te salvarías?

Antes de que respondas, considera las siguientes preguntas…

¿Cuáles son las emociones que más experimentas?, ¿Dónde sientes la alegría, dónde la desilusión y dónde la culpa?, ¿Qué te gusta hacer?, ¿Qué te da miedo y qué te inspira?, ¿Qué tipo de personas o situaciones te sacan de tus casillas?, ¿Cómo reaccionas cuando te sientes amenazado y cómo cuando te sientes feliz?, ¿Cuáles son tus fortalezas de carácter, tus talentos e inteligencias dominantes?, ¿Qué te cuesta mucho trabajo hacer?, ¿Cómo respondes a las agresiones?, ¿Qué haces después de recibir una mala noticia?, ¿Cómo pasas el tiempo libre y cómo te gustaría pasarlo?, ¿Cuáles son tus valores personales?, ¿Qué quieres lograr en la vida?, ¿Qué te quita el sueño y por qué?, ¿Te gusta estar rodeado de gente o más bien sólo?, ¿Eres optimista o pesimista?, ¿Qué es lo más importante para ti?, ¿Cómo manejas la incertidumbre?, ¿Qué te apasiona?

Ahora si… ¿Te salvarías?

Preguntarnos quién somos -en todas nuestras tonalidades- es para mí, como adentrarse en un océano profundo al que resultaría imposible conocerle cada cueva. Y sin embargo, es muy importante bucear hacia el fondo, aunque nos incomode, para tratar familiarizarnos con él.

En el estricto sentido de la palabra no necesitamos del autoconocimiento para vivir, pero sí para tener una vida plena, exitosa y feliz.

El autoconocimiento está en el corazón de la inteligencia emocional y es la habilidad para reconocer nuestras emociones, pensamientos, valores personales y sus efectos en nuestra manera de vivir.

Las personas altas en autoconocimiento tienen una compresión sobresaliente sobre qué hacen bien, con qué recursos personales cuentan, qué los motiva y satisface. Saben qué personas o situaciones los alteran y cómo tienden a reaccionar ante diferentes estímulos y eventos.

La falta de autoconocimiento es muy común y puede manifestarse de varias maneras.

Como una discrepancia entre lo que pensamos de nosotros mismos y lo que las personas a nuestro alrededor ven. Un líder convencido de que es amigable y está disponible para su equipo, cuando la evidencia muestra que no responde los correos electrónicos y mantiene su puerta cerrada; una mujer agobiada porque le cargan la mano en la familia, sin darse cuenta que a todo se apunta y a todo dice que sí; un niño indignado al ser enviado a la oficina del director por no haber hecho “nada”, cuando participó en el pleito tanto como su contraparte; un alcohólico que asegura no tener un problema con el trago.

Un pobre autoconocimiento puede estar detrás de oportunidades que dejamos escapar por no reconocer los recursos que tenemos para aprovecharlas, o de equivocaciones recurrentes porque no visualizamos cómo nuestro comportamiento contribuye al mismo resultado adverso de siempre.

Cuando no logramos traer a la conciencia e identificar el vínculo entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, vivimos reaccionando a los estímulos y sin meter las manos para cambiar el rumbo de nuestros destinos.

Va un ejemplo.

Imagínate que tuviste una pésima tarde. Tu jefe estuvo furioso todo el día, te chocaron, no salió la venta, se mojó tu teléfono, lo que quieras. Llegas a casa y encuentras que tus hijos están jugando a ser caballos, convirtieron la sala en una pista de salto, relinchan y corren desbocados por las escaleras. Además, es el final del verano y justo anunciaron que el comienzo a clases se retrasa una semana.

¿Qué haces?

Opción 1. Se te suben los colores, gritas que dejen de correr, los castigas por haber usado los cojines del sofá para fabricar obstáculos, les quitas el iPad y los mandas a su cuarto… sin cenar.

Opción 2. Los evades, vas directo a servirte un whiskey doble para limar los bordes, te encierras en tu recámara y te olvidas… ¿cuáles niños?

Opción 3. Jalas aire, saludas y dices que necesitas un tiempo fuera. Buscas un espacio para relajarte unos minutos, sólo tú sabes el tiempo que necesitas.

La opción 1 refleja una ausencia de autoconocimiento. No lograste reconocer que tu molestia no era provocada por el juego de tus hijos, sino por el evento negativo previo a llegar a casa. Actuaste por impulso y no manejaste correctamente tus emociones.

La opción 2 es una anestesia emocional. Una copa de vino, un cigarro, naufragar en internet, darle vueltas a la página de Amazon, dormir en exceso, apostar son ejemplos de anestesias que usamos para no sentir o evadir nuestras emociones. Tapamos lo que sentimos, en lugar de reflexionar sobre el por qué de la emoción y no resolvemos la causa raíz.

La opción 3 muestra inteligencia emocional y uso de autoconocimiento. Sientes el deseo de gritar a tus hijos, porque eso es lo que dictan tus emociones. Sin embargo, notas que ellos no tienen nada que ver. Entiendes que tu enojo es el resultado de una mala tarde y no de su juego. Quizá, incluso, les explicas qué sucedió y les pides que bajen el volumen mientras te relajas un rato.

En el mundo ideal lograríamos responder a las situaciones de nuestro día a día de manera congruente con la opción 3.

¿Cómo podemos desarrollar la habilidad del autoconocimiento?

Existen muchas estrategias que podemos poner en práctica para conocernos mejor. Hoy te comparto una que me parece especialmente útil y dejo para la siguiente publicación algunas herramientas más.

Se llama la Rueda del Autoconocimiento y aplica para cualquier situación… haciendo fila para comprar hamburguesas en el estadio durante el medio tiempo, sentado en el consultorio médico mientras esperas resultados, antes de una reunión de trabajo o mientras tu suegra te explica cómo deberías educar a tus hijos.

Consiste en hacerte cinco preguntas:

  1. ¿Qué percibo con mis sentidos? Identifica olores, sabores, sonidos, imágenes y sensaciones físicas que estás experimentando.
  2. ¿Qué pienso? Suposiciones, expectativas, creencias, interpretaciones, evaluaciones, opiniones sobre lo que estás viendo o escuchando.
  3. ¿Qué siento? Ponle nombre a las emociones que estás sintiendo… Felicidad, enojo, impaciencia, frustración, miedo, entusiasmo, sorpresa, culpa, etc.
  4. ¿Qué quiero? Define aspiraciones, sueños, objetivos, intenciones.
  5. ¿Qué acciones voy a tomar? Planes, promesas, estrategias, conductas.

Tener la capacidad para responder a estas preguntas, sin importar cuál sea el evento o situación en que estamos, significa que tenemos autoconocimiento.

Sin autoconocimiento no tenemos respuestas y entonces alguien más decide por nosotros, desde qué comemos, a qué nos dedicamos, a dónde vamos de vacaciones, qué tipo de actividades hacemos, qué tipo de amistades tenemos, con quién nos casamos y qué carrera tenemos que elegir.

Sin autoconocimiento andamos por la vida sin saber qué nos mueve, a dónde vamos o dejando que decidan por nosotros, lo cual tarde o temprano, se traduce en depresión, apatía, frustración, aburrimiento y todo lo que van en este cajón.

Conocernos bien nos permite dirigir nuestra vida hacia un destino auténtico y congruente con la persona que somos, pero sobretodo, con la que queremos ser.

 

“Soy un fraude”

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¿Te ha cruzado ese pensamiento por la cabeza?, ¿Alguna vez has sentido que no perteneces? ¿Has tenido la sensación de que no mereces tus logros, ni tu trabajo y que estás a punto de ser descubierto?

Se llama Síndrome del Impostor.

Este es el término que la Psicología le ha dado al patrón de comportamientos que llevan a una persona a dudar de sus talentos, capacidades o logros y a sentir miedo de ser expuesta como un fraude.

Hace mucho tiempo, cuando recién había empezado a dar conferencias sobre el tema de la felicidad, me angustiaba llegar al final de la presentación. Seguían las preguntas y respuestas. Invariablemente alguien pedía el micrófono para preguntarme en tono de confirmación algo parecido a: Y tú… siempre estás feliz o eres muy feliz, ¿verdad?

Para mí ser feliz era una obligación.

¿Cómo admitir que no era cien por ciento feliz, el cien por ciento del tiempo?

¿No sería algo así como entrar a la oficina de una nutrióloga y ver que tiene 20 kilos de sobrepeso, darte cuenta de que tu dentista tiene los dientes verdes por falta de limpieza o encontrarte a tu psicóloga gritándole a sus hijos en el súper?

Pero también era terriblemente sospechoso asegurar que yo era siempre completamente feliz, además no era cierto.

Todo un enredo.

Por mi trayectoria yo debería de ser extremadamente feliz de lo contrario…. ¿cómo podría considerarme experta en el tema? Estaba convencida de que la gente esperaba que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo y de manera perfecta. Sobre mis hombros sentía la presión de cumplir con las expectativas -mías y de los demás-.

Ahora sé que conocer la teoría no me libera de la practica. No estoy exenta de situaciones difíciles, ni de incertidumbre, ni de problemas, ni de frustraciones. La vida me pone a prueba todos los días igual que todos los demás.

De cualquier manera, con frecuencia tengo que arremangarme la blusa y entrarle a la pelea con esa sensación de que, en materia de felicidad, yo debería tener todo resuelto; tengo que darme permiso de hablar de felicidad, aunque en ese momento no la sienta y; de cuando en cuando, recuperarme de balas hechas a la medida que me disparan para cuestionar mi legitimidad como consultora en el tema.

Hace algunos años me invitaron al colegio de mis hijas a dar una plática a los todos los entrenadores sobre las ventajas de la felicidad. La tarde anterior, una de mis tres se plantó delante mío y me preguntó: ¿Puedes llevarme a comprar churros con chocolate? Y yo que trabajaba frenéticamente en la presentación respondí: “No, mañana tengo la plática en tu colegio y todavía no termino”.

Para hacer el cuento corto -quienes tienen hijos saben que este ir y venir puede durar un rato-, la historia terminó cuando me preguntó furiosa, al mismo tiempo que se daba la vuelta para regresar por donde había llegado: ¿Cómo puedes ir a hablar de felicidad a mi colegio cuando tu única misión en la vida es hacerme infeliz?

¡Ouch!

Ahora no sólo tenía que preocuparme por hacer un buen trabajo, sino también por la posibilidad de que este personaje de 8 años fuera a ventanearme con sus entrenadores antes de la conferencia. Nota al pie: conseguir churros con chocolate y enviar al salón antes del recreo.

Tengo una buena colección de ejemplos parecidos a ese… “¿Por qué andas triste, no se supone que lo tuyo es la felicidad?”, “Seguramente tus hijas siempre están contentas”, “No deberías de tener miedo”, “¿Por qué te enojas, que no siempre estás contenta?”, etc.

No soy feliz todo el tiempo, no tengo una fórmula infalible y caigo presa en varias de las trampas que yo misma señalo a los demás. Esto ahora lo digo abiertamente en mis conferencias y en mis clases. Comparto lo que he aprendido desde la intención genuina de agregar valor y aportar al bienestar de los demás, nunca desde la perfección. Los ejemplos que utilizo casi siempre son los míos.

Lo que sí tengo es un montón de herramientas para romper con cadenas de momentos tristes, ideas para fabricar emociones positivas, capacidad para reponerme de adversidades, motivación para lograr lo que me propongo y la decisión de mejorar mi propia versión.

Si aprendemos a aplicar el “mágico Y” podemos hacer las paces con nuestras ambivalencias… “quiero a mis hijos con toda mi alma Y cuento los minutos para que se vayan a dormir”, “soy experta en felicidad Y a veces no la siento”, “puedo ayudar a alguien a superar un miedo Y estar atascada en uno propio”, “quiero a mi amiga Y no la soporto”.

La idea es evitar que esta sensación de no tener todo resuelto nos limite y nos deje al margen de nuevas oportunidades.

Así que cuando te invada la cabeza ese pensamiento de que “eres un fraude”, conecta con tu interior y revisa tus intenciones. Si vienen de un lugar auténtico, muy probablemente estás cayendo víctima del síndrome del impostor. Practica la gratitud, reconoce que una buena parte de tus logros son producto de tu trabajo y dedicación y date permiso de seguir.

Hoy me queda claro que una vida plena y feliz incluye problemas, dificultades, inconsistencias, dudas, desilusiones y todo lo que entra en ese cajón.

Equivocarnos, no tener todas las respuestas, no ser perfectos y mostrarnos vulnerables no nos hace impostores. Perder y regarla es parte del juego. Lo que sí nos hace impostores es comunicar algo en lo que no creemos o dejar de intentar.