¿Ruido o señal?

No sé a ti… pero a mi a ratos el mundo me resulta ruidoso y abrumador. Seguido ando queriendo bajarle el volumen a todo lo que sucede allá afuera. Me imagino usando tapones de oídos con capacidad suficiente para silenciar los motores de un jumbo despegando. Quiero escuchar lo importante, pero se me pierde entre tanta abundancia de todo. Estamos sobresaturados de muchas cosas, entre ellas, de información.

Recibimos sin tregua ruido en las noticias. Información que nos confunde, nos indigna, nos asusta, nos inquieta y nos enoja –políticos corruptos, líderes desequilibrados o gasolinazos-. Pero no es todo. A esto hay que sumarle la información “inofensiva” que anda por todos lados: lo que da cáncer, miles de recetas de cocina, cuatrocientos mil ejercicios para aplanar la panza, mejorar la piel o reducir la inflamación, lugares que visitar, eventos sociales, técnicas de meditación, métodos infalibles para criar hijos maravillosos, seguros de sí mismos y compasivos, conferencias, cursos en línea. De la información no hay cómo escapar y además cabe toda en el celular: Facebook, Internet, chats, reuniones sociales, televisión, radio, periódicos. Te enteras aunque no quieras y, aunque no quieras, terminas estresado o mortificado por lo que haces, no haces o cómo lo haces.

El bombardeo constante de noticias de las últimas semanas me hace recordar esos años terribles de inseguridad que pasamos en Monterrey. De pronto todo comenzó a girar en torno a balaceras, bloqueos, quemados, levantones, matanzas y secuestros. Todas las conversaciones empezaban o terminaban con relatos de las últimas tragedias. Absolutamente todos los noticieros estaban sobre el tema. Esta constante exposición a la información comenzó a traducirse en temor, estrés, ansiedad y desesperanza social. Comenzamos a vivir con la sensación de que la inseguridad estaba cada vez más cerca de nuestra puerta –en algunos casos tristemente así fue-. Recuerdo que empecé a sentirme agobiada. Siempre nerviosa al salir y con miedo de que algo malo le pasara a mis seres queridos. Al mismo tiempo sabía que no había absolutamente nada que yo pudiera hacer más allá de tomar mis preocupaciones. Enterarme y estar al día de cada evento trágico no me aportaba nada positivo. Entonces decidí dejar de ver las noticias. No quedé exenta de enterarme de lo que pasaba, pero reduje considerablemente mi consumo voluntario de noticias fatales. Funcionó. Pronto empecé a sentirme más relajada y en control de mi realidad.

Shawn Achor, uno de los líderes en el mundo de la Psicología Positiva, argumenta en su libro “Before Happiness” que antes de la felicidad y el éxito viene nuestra percepción del mundo. Tenemos que crear una realidad positiva –que no tiene nada que ver con magia y tiene todo que ver con trabajo y acciones deliberadas- que nos permita, antes que nada, visualizar la posibilidad de ser felices y exitosos. Es solamente cuando creemos que vivimos en un mundo donde los obstáculos pueden superarse, donde los comportamientos importan y un verdadero cambio es posible que podemos recurrir a nuestra motivación, energía, recursos intelectuales y emocionales para alterar el rumbo. En el libro, Shawn Achor desarrolla con detalle cinco estrategias –basadas en ciencia- que fortalecen nuestra capacidad para crear una realidad más positiva. Una de estas estrategias es “cancelar el ruido”. Les cuento de qué se trata.

De acuerdo con Achor, el ruido puede distorsionar de manera importante la realidad –los casinos en Las Vegas bombardean tu cerebro con luces y sonidos para distraerte del hecho de que estás perdiendo dinero-. El ruido además bloquea señales que apuntan a un crecimiento positivo. Recibimos tantos estímulos y estamos tan sobrecargados de información que se vuelve complicado escuchar una señal entre tanto ruido.

Una señal es información verdadera y confiable que nos alerta sobre oportunidades, posibilidades y recursos que nos permiten alcanzar nuestro verdadero potencial. Ruido es todo lo demás: cualquier información negativa, falsa e innecesaria o que impide que visualices un mundo donde el cambio es posible.

Entonces… ¿Cómo podemos separar las señales del ruido en lo que a información se refiere?

La pasamos por un filtro. Si la información que tenemos delante cumple con uno de los siguientes cuatro criterios, casi siempre es ruido y podemos desecharla:

1. Inusable: la información no altera tu conducta o comportamiento. En otras palabras cuando no puedes o no piensas hacer nada al respecto. Un ejemplo son todas las noticias que recibimos con respecto a enfermedades -Ébola en África- o desastres naturales -terremoto en Haití-. Son eventos trágicos pero que están completamente fuera de nuestro control. A menos que hagas algo al respecto, como enviar un donativo o unirte a los cuerpos de rescate, llenarte de esta información sólo aporta a tus niveles de ansiedad, estrés o enojo. En resumen, si la información no motiva un cambio en tu comportamiento es inusable y es ruido.

2. Inoportuna: no vas a usar esta información inmediatamente o ésta podría cambiar y ser irrelevante cuando la necesites. Si piensas comprar un carro en 5 años revisar los anuncios de ocasión todos los días a partir de hoy es un gasto de energía y recursos mentales. Lo mismo pasa con los miles de proyectos que guardamos en “Pinterest” y que tu y yo sabemos nunca vamos a hacer.

3. Hipotética: está basada en lo que alguien más cree que “podría ser” en lugar de en lo “que es”. Por ejemplo, los pronósticos del clima para Monterrey o lo que tu abuela piensa que podría pasar si no vas a la boda de la nieta de su mejor amiga.

4. Distractora: te desenfoca de tus metas personales. Si uno de tus objetivos es escribir un libro o ser promovido en el trabajo pasar dos horas al día en Facebook viendo videos de recetas de cocina, leyendo noticias de políticos corruptos o leyendo noticias deportivas es ruido.

Estas estrategias son una especie de salvavidas para no morir ahogado en un mar revuelto de información abundante y turbia. No por qué esté disponible tenemos que consumirla. Bájale al ruido para escuchar y distinguir lo verdaderamente importante.

 

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Cambia la historia para dejar de rumiar

El artículo de la semana pasada fue sobre la resiliencia. Al día siguiente de publicarlo recibí un mensaje de Antonio Meza donde me contaba sobre unas técnicas para “cambiar la narrativa” que ayudan a superar estados emocionales difíciles y fortalecer la resiliencia. “Si quieres te escribo algo al respecto para que lo publiques como complemento” me dijo. Me encantó la idea. Así que hoy el blog cambia de autor.

Toño Meza –así le decimos los que fuimos a la escuela con él- es un contador de historias, ilustrador y facilitador gráfico. Desde la prepa ya era bueno para esto. Recuerdo que en clase de biología hacíamos como que poníamos atención al maestro, pero en realidad mirábamos de reojo la historia de la evolución del hombre –desde el chimpancé hasta el homo sapiens- que Toño iba dibujando en un mural con sus gises de colores. Un mural que le llevó semanas completar, que nos acompañó todo el año y que hasta hoy tenemos grabado en la memoria.

Cambia la historia para dejar de rumiar

Antonio Meza

¿Qué es la preocupación? Un mal uso de la imaginación.

Me topé con esta frase en Facebook y desconozco al autor, pero me pareció una cita muy atinada.

Aprendí a preocuparme desde niño. Mis abuelos y mis padres me enseñaron que si alguien no llegaba a tiempo “podía ser porque algo malo había pasado” y que si cometía un error “no podría ni imaginar cómo me iba a ir”. Como yo era un niño con bastante imaginación lograba alcanzar niveles intensos de preocupación y, en noches de imaginación desbordada, incluso perdía la capacidad de dormir.

La preocupación no necesariamente es algo negativo. Puede ser una herramienta que podemos utilizar para anticipar situaciones que podrían salir mal y tomar medidas al respecto. Sin embargo, cuando nos convertimos en “rumiantes” de la preocupación quedamos encerrados en un estado emocional difícil de abandonar y donde disfrutar el momento presente es casi imposible. Hacemos “mal uso de la imaginación” cuando nos atascamos mentalmente, como llantas en un lodazal, recordando una y otra vez un error cometido o un evento que nos hizo enojar.

¿Cómo romper el círculo vicioso de la imaginación mal utilizada?

En la publicación anterior de este blog, Nicole Fuentes escribió sobre la “resiliencia” -capacidad de adaptación o recuperación ante la adversidad- y describió cuatro estrategias para desarrollar esta habilidad. La primera de ellas es “cambiar la narrativa”. Ésta sirve también para dejar de rumiar y salir de estados emocionales complicados.

La Programación Neurolingüística (PNL) cuenta con herramientas muy efectivas para cambiar la narrativa. He tenido la oportunidad de estudiar directamente con Robert Dilts, uno de los impulsores y autores más prolíficos de la PNL. Muchas de las estrategias que utilizan los coaches vienen de esta disciplina o tienen conexiones con ella.

¿Qué hacer?

Decíamos que la preocupación es un mal uso de la imaginación. Entonces una buena idea para “cambiar la narrativa” es… ¡practicar el buen uso de la imaginación!

Cuando nos preocupamos creamos una “percepción interna” que representa algo que no queremos que pase. Usamos nuestro cerebro para formar imágenes, voces o hasta “mini películas” que proyectan un futuro indeseado. Utilizamos los mismos mecanismos para recordar eventos pasados que nos hicieron sentir enojo o tristeza.

Nicole describió una forma sencilla de cambiar la narrativa: escribir -a mano- con lujo de detalle la historia que nos lastima. Esto nos ayuda a poner distancia, a sacar la proyección de uno mismo y atenuar el impacto emocional. Me gustaría compartir con ustedes tres herramientas más:

Photosphop interno. Consiste en editar las imágenes y sonidos que estamos imaginando. Podemos pasarlas de color a blanco y negro, reducirlas de tamaño, volverlas “borrosas”. Como si tuviéramos un “photoshop” interno que nos permite modificarlas. Esta técnica requiere práctica y quizá quieras comenzar con la ayuda de un coach o un practicante de la PNL. Pero una vez que lo consigues, el impacto emocional de esos pensamientos es mucho menor y es más fácil pasar a otra cosa.

Cambio de perspectiva. Podemos utilizar el “storytelling” o narrar la misma historia -escribiendo o en voz alta- desde diferentes perspectivas. Imagina que tuviste una discusión con tu pareja dentro de un restaurante. Primero cuentas tu versión de la historia. Después de tomar una respiración profunda, narras los hechos desde el punto vista de tu pareja. Enseguida lo haces desde el ángulo de algún comensal del restaurante ¿Qué vio y escuchó esta persona desde la distancia? Y por último relatas la misma historia desde la visión de un pájaro o un “ángel” que observa todo el lugar desde arriba… ¿Qué cambia? Normalmente este ejercicio ayuda a reducir la intensidad emocional del pensamiento y también a “romper el círculo vicioso”.

La historia del “ahora”. Otra estrategia es contar la historia del aquí y el ahora. Si lo escribes es más efectivo. Imagina que estás narrando la película de tu vida y describiendo la escena de lo que está pasando justo ahora. En el guión de una película sólo pueden describirse imágenes y sonidos -en qué ambiente estás, quién más está contigo, si es la mañana o la noche, qué puedes apreciar de este instante-, pero en tu propio guión puedes incluir sensaciones y olores -usa todos tus sentidos para describir el momento presente-. Si comienzas a pensar en el evento pasado o futuro que te inquieta puedes escribir “él/ella se preocupa” y luego continuas relatando lo que pasa ahora sin entrar en el detalle del pensamiento que te inquieta. La ventaja de ésta práctica es que “ancla” tu percepción en el momento presente en lugar de recordar algo del pasado o de anticipar un evento futuro.

Con práctica, estas técnicas pueden convertirse en fantásticas herramientas para ayudarte a usar tu imaginación de manera más positiva, salir del atascadero emocional, ser emocionalmente más resiliente, y por lo tanto, más feliz.

Antonio Meza es un “contador de historias” multifacético. En su trabajo de coach y consultor, Antonio ayuda a emprendedores a conectarse con sus valores para comunicar con impacto, participar de la inteligencia colectiva y propulsar la innovación. Su trabajo de ilustrador y facilitador gráfico lo ha llevado a diferentes países para representar visualmente las historias de empresas en curso de transformación.

antonio@akrobatas.com
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+AntonioAkrobatas

La resiliencia en juego

No hay como un partido reñido de cualquier deporte para pasar por una montaña rusa de emociones. El viaje es intenso para los jugadores, los entrenadores y para los que vemos desde afuera. Y si los que se la rifan en la cancha son tus hijos, el viaje es todavía más intenso, pues además de lidiar con nuestras propias emociones nos preocupamos por las de ellos.

Desde hace cuatro días el equipo de voleibol de mis hijas participa en un torneo y la cosa ha estado huracanada. Niñas y mamás hemos pasado por cualquier cantidad de emociones. Empezamos con las previas al partido que casi siempre salen del cajón de los nervios: ansiedad, preocupación, impaciencia, incertidumbre, miles de escenarios, ilusión, anticipación. Luego vienen las emociones durante el partido que se alinean perfecto a lo que está pasando en la cancha: impaciencia, que no se acabe o que ya se acabe, miedo, enojo, rabia, pánico, impotencia, interés, motivación, euforia, esperanza, confianza o inseguridad. Al terminar el partido vienen de otro sabor: frustración, remordimiento, resignación, desilusión, tristeza, vergüenza, derrota, agotamiento, victoria, orgullo, satisfacción, felicidad, plenitud, tranquilidad, sentido de pertenencia. Es tremendo.

La semana pasada pedí que me dieran algunas ideas sobre temas de interés para este blog. Uno de los más recurrentes fue la resiliencia… ¿Cómo podemos desarrollarla? Después de estos días de torneo, viendo y sintiendo todo lo que sucede a nivel emocional alrededor de un juego, me quedo convencida de que una de las vías más claras para fomentar esta habilidad es el deporte.

La Asociación Americana de Psicología define la resiliencia como la capacidad de adaptación o recuperación ante la adversidad –eventos traumáticos, tragedias, amenazas, conflictos familiares o de pareja, problemas de salud, en el trabajo o financieros- Es la habilidad de levantarse de experiencias difíciles.

Pensando en esta definición, un atleta sin duda cae en esta descripción, ¿Quién mejor para recuperarse de una situación adversa o una experiencia difícil? En los deportes aprendes a caerte, levantarte, ganar y perder. A veces ensayas quedarte sentado en la banca aunque hayas entrenado igual que los demás. Tienes que lidiar con injusticas, trampas o con la frustración de no poder jugar porque estás lastimado. En ocasiones todo va bien y un error cuesta la victoria en el último segundo. También puede pasar que tienes dos tiros libres con el reloj en cero y la posibilidad de ganar el partido o al menos empatarlo y fallar –le pasó a mi prima, no a mí-.

En los deportes, al igual que en la vida, toca perder, pasarla mal y equivocarse. La clave está en lo que hacemos después de una situación adversa. Mi deporte siempre fue el basquetbol y mi héroe Michael Jordan, la definición de resiliencia en la cancha. Este jugador, una leyenda y considerado por muchos como el mejor de la historia, no fue seleccionado para el equipo de basquetbol de la preparatoria. Pero nunca se dio por vencido y ahí justamente estuvo la clave de su éxito:

“He fallado más de 9,000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 juegos. En 26 ocasiones tuve la responsabilidad de lanzar el tiro ganador del partido y fallé. He fracasado una y otra vez en mi vida. Y esa es la razón por la que he triunfado” –Michael Jordan-

¿Cómo desarrollar la resiliencia no sólo en los deportes, sino en la vida?

Siempre es útil voltear a ver a las personas que tienen la habilidad de recuperarse de situaciones adversas más rápido que otras. Todas ellas tienen ciertas características en común: tienen recursos y habilidades personales para solucionar problemas, saben pedir ayuda cuando la necesitan, creen que pueden hacer algo que los ayudará a manejar sus sentimientos y hacer frente a las dificultades, cuentan con una red de apoyo sólida, están conectados con su familia, amigos y son personas espirituales. Todos podemos trabajar en esto.

Además podemos poner en práctica cuatro estrategias basadas en ciencia para fortalecer el músculo de la resiliencia:

1. Cambiar la narrativa. Generalmente cuando algo malo sucede repetimos la película sin parar en nuestra cabeza y volvemos a sentir el dolor. Una manera eficiente de descargar estas emociones consiste en escribir y describir con detalle el evento. Con esto ordenamos nuestras ideas, vemos las cosas desde una perspectiva diferente y podemos visualizar un resultado positivo para una ocasión futura. Incluso podemos recordar que ya hemos atravesado por situaciones difíciles en el pasado y hemos logrado salir adelante.

2. Enfrentar miedos. Cuando algo sale mal o fallamos es natural querer evadir y evitar volver a pasar por lo mismo. Sin embargo, vencemos nuestros miedos cuando los enfrentamos, aunque sea en microdosis. Quienes montan a caballo saben que una de las reglas de oro luego de una caída es volverse a subir.

3. Practicar la autocompasión. Esto de la autocompasión nada tiene que ver con ser mediocre o “barco” con uno mismo. Más bien consiste en hablarte a ti mismo de la misma manera que le hablarías a un amigo o a un niño pequeño después de cometer un error o cuando atraviesa por una situación difícil.

4. Meditar. Dedicamos mucho tiempo a pensar en el pasado o en el futuro y entonces sentimos nostalgia o ansiedad. Las personas que habitan el presente tienden a sentirse mejor y a ser más felices. La meditación nos ayuda a regresar al momento presente.

La resiliencia es una de las habilidades para la vida y para la felicidad más poderosas. Y como todo, se logra practicando deliberadamente.

“Los obstáculos no tienen porque detenerte. Si te topas con una pared, no des la vuelta y te rindas. Encuentra la manera de treparla, atravesarla o darle la vuelta” –Michael Jordan-

¿Son las enfermedades mentales como los piojos?

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Hace unos años me andaba ganando la angustia. Seguido me sentía cansada, temblorosa y con miedo. Después de varias semanas teniendo tos me armé de valor para ir al médico. Y digo me armé de valor, porque que uno de mis más grandes miedos era justo ir al doctor-siempre anticipo diagnósticos catastróficos-. Él doctor sabía que yo era de corte preocupón, así que me preguntó ¿cuánto tiempo llevas mortificada por esta tos? Cuando respondí que ya había perdido la cuenta echó los ojos para arriba y me dijo: lo que tienes es 10% alergia y 90% angustia. Escribió una receta para arreglar el problema pequeño y luego atinó a convencerme de buscar ayuda para atender el grande. ¿Para qué sufres habiendo soluciones para el tema? Me preguntó.

Tardé en hacerle caso. Me costaba creer que yo pudiera ser clienta de la ansiedad. Después de todo funcionaba. Era capaz de hacer mi día y atender mis responsabilidades “sin problema”. Y eso de necesitar ayuda en este departamento me incomodaba –alguien dedicado al tema de la felicidad no debería batallar con esto- No muy convencida y a regañadientes finalmente inicié una terapia. Sucedió que pronto empecé a sentirme mejor y a desear haber ido antes, en lugar de haberle dedicado tantas noches al insomnio.

Confieso, sin embargo, que absolutamente cada una de las veces que fui a mi sesión lo hice deseando no encontrarme a nadie… ¿Qué iban a pensar? Un día llegué al consultorio y entré a la sala de espera. Ahí estaba sentada una mujer leyendo. Cuando yo entré ella levantó la vista, nuestras miradas se encontraron y quedamos petrificadas… ¡nos conocíamos! Tartamudas intercambiamos un saludo incomodo, ella enterró la vista de nuevo en su revista y yo la mía en el teléfono. No hablamos ni una palabra pero en silencio hicimos un pacto: tu y yo aquí no nos vimos nunca. Me pongo a pensar en lo distinto que hubiera sido ese encuentro en el consultorio del gastroenterólogo, por ejemplo. Seguramente hubiéramos compartido síntomas, dolencias y remedios como si nada.

Pareciera ser que las enfermedades mentales son como los piojos: Tabú.

Hemos aprendido que de estos temas no se habla. Son motivo de vergüenza, discriminación y desapruebo. Nadie habla abiertamente de ellos porque es impropio. Peor todavía si somos usuarios directos o indirectos. A las enfermedades mentales –como a los piojos- hay que esconderlas, negarlas, llevarlas clandestinamente y sufrirlas en silencio. Quien tiene ansiedad o depresión la sufre solo, así como quien tiene piojos se rasca cuando no lo ven.

Pero negar su existencia no hace que desaparezcan. Van algunos datos:

  • Alrededor del 20% de los niños y adolescentes en el mundo padecen enfermedades o desórdenes mentales. Esto es 1 de cada 5.
  • En el Reino Unido, cada semana, 1 de cada 6 adultos experimenta síntomas de enfermedades mentales comunes como depresión y ansiedad.
  • A nivel mundial, alrededor de 800,000 personas al año se quitan la vida. El suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años de edad.
  • En Estados Unidos la depresión genera más días de incapacidad en las empresas que enfermedades crónicas como hipertensión, enfermedades cardiacas y diabetes.
  • Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, la depresión es 50% más incapacitante que enfermedades físicas crónicas como angina, asma, artritis o diabetes.
  • Los costos indirectos de enfermedades mentales sin atender cuestan a las empresas en Estados Unidos $79 billones de dólares al año en perdidas de productividad y ausentismo laboral.

Cuando se trata de una enfermedad como influenza, gastritis o cáncer no dudamos en ir al doctor e invertimos tiempo y recursos en atendernos. ¿Qué pasa entonces con las enfermedades mentales que siendo tan comunes y habiendo tantos tratamiento efectivos para aliviarlas las personas no buscamos ayuda? Estos padecimientos se alimentan de la soledad, el silencio y el secreto. Ganan poder en lo oscuro y cuando nadie habla de ellos. Tendríamos que hacer exactamente lo contrario. Sacarlos a la luz y ponerlos sobre la mesa para hacerles frente con los recursos disponibles y las personas alrededor. ¿Por qué no lo hacemos?

Existe un tema de estigma social que puede traducirse en discriminación, rechazo o aislamiento. En el trabajo, por ejemplo, las personas no se atreven a comunicar que están pasando por un periodo de depresión o ansiedad por miedo a que las despidan, les pierdan confianza o limiten sus oportunidades de crecimiento. Algo parecido sucede en las escuelas. No comunicamos alguna situación relacionada con nuestros hijos por temor a que los “etiqueten”. Mientras tanto el problema crece.

Además del miedo al rechazo social existe también un estigma interno que se traduce en una sensación de vergüenza o culpa. Este sentimiento nos impide reconocer que algo no anda bien pues de alguna manera lo asociamos a  que somos débiles, estamos dañados o defectuosos.

Entonces… ¿Por dónde empezamos a quitarle lo tabú al tema?

Pienso yo que en casa. Dejar claro que los temas de sentimientos y emociones son tan válidos como los físicos. Que buscar ayuda cuando todo se ve gris es lo mismo que buscar ayuda cuando duele la garganta. Que no tenemos que decir que “vamos a una clase” en lugar de decir que vamos a terapia. Que hablar del tema es parte de la solución. Que las personas a nuestro alrededor pueden ayudarnos siempre y cuando les dejemos saber que algo se siente raro.

A mi me suena que debemos comenzar por admitir que hay piojos, que andan por todos lados -a ratos incluso podrían andar por nuestra cabeza o la de nuestros hijos- y que lo único malo es no hacer nada al respecto.

 

 

 

 

 

 

 

Felicidad sin anestesia

“Controla tus emociones” es una instrucción para la vida casi tan común como “mastica con la boca cerrada”. Mantener el equilibrio emocional, además de ser importante para nuestro bienestar, es de bueno modales. Nos incomodan las emociones desbordadas –las buenas y las malas-. La expectativa es ser ecuánime en todo momento y no perder la compostura.

Tener la capacidad de lidiar con nuestras emociones y lograr un verdadero equilibrio es fundamental para nuestro bienestar. El tema aquí es que hemos entendido mal cómo lograr esto. Decíamos la semana pasada que en esta constante búsqueda de la felicidad perfecta pareciera que el objetivo es eliminar, esconder o dejar de sentir las emociones difíciles. Sin embargo, un auténtico balance supone la capacidad de ser feliz a pesar de éstas.  Esto hace necesario pasar por el trabajo de reconocer que están ahí y aceptar estar con ellas lo suficiente para descifrarlas, procesarlas y canalizarlas de una manera más sana.

Por ningún motivo queremos experimentar dolor, enojo, melancolía, frustración, tristeza o aburrimiento. Hemos aprendido que para sentirnos bien tenemos que hacer todo lo posible por negar, minimizar, prohibir, esconder, evitar o anestesiar este tipo de emociones. ¿Cómo es esto?

Sobre la marcha vamos aprendiendo algunos trucos. Uno es negar lo evidente. Nuestro hijo se cae de la bicicleta y llora aterrorizado pues de la tremenda cortada que se hizo sale un río de sangre, ¿y qué le decimos? “ya, ya… no te pasó nada”. Las niñas escuchan “no llores, sonriendo te ves más bonita” y los niños “los valientes no tienen miedo”. Cuando muere la mascota de la casa podemos contar con el típico “no estés triste, es sólo un perro”; también funciona la de “luego compramos otro”. Si muere la pareja inmediatamente los familiares le arriman los calmantes al viudo o a la viuda para anestesiarle el dolor –o para que no haga un desfiguro durante la misa llorando en exceso-. Apuesto a que alguna vez dijiste o te dijeron “ahí viene tu Ex, haz como que estás muy divertida”. Y en el súper quizá le hayas dicho a tu hija, que está tirada haciendo un berrinche mundial, muy quedito y con los dientes apretados “levántate que todo mundo te está viendo… ¿qué van a pensar?”

Este tipo recomendaciones ante situaciones que detonan sentimientos complicados lejos de brindar alivio verdadero, generan otro tipo de problemas. Poco a poco vamos perdiendo contacto con nuestras emociones. Perdemos la capacidad de reconocer lo que sentimos –confundimos enojo con estrés, tristeza con ansiedad-. O quizá sabemos exactamente cómo nos sentimos pero expresarlo con todas sus letras no es políticamente correcto o socialmente deseable y entonces mejor nos acomodamos. Alguien te queda mal con una entrega, te sientes furioso pero dices “no te apures”; estás triste pero cuando te preguntan qué tienes respondes “no dormí bien”; sientes desilusión porque tu novio llegó tarde y cuando te pregunta ¿qué te pasa?, contestas con un “nada” más letal que un misil nuclear. Desconfiamos de lo que sentimos –crecemos y vivimos escuchando “no pasa nada”, “no exageres”, “eres muy sensible”-. Nos vamos haciendo torpes emocionalmente. Vamos aprendiendo que la felicidad se recupera o se consigue callando, minimizando, ignorando o anestesiando todo lo que nos incomoda.

Nada de lo anterior sugiere que la solución sea darle rienda suelta a las emociones y permitir que se desborden. Efectivamente no es deseable que nuestra hija haga una pataleta en el pasillo de los cereales, pero el argumento para sacarla de la rabieta no debe ser ¿qué van a pensar los demás?, sino algo más parecido a “ese cereal no es bueno para tu salud y me interesa cuidarte”. Es más positivo calmar al niño después de la caída de la bicicleta reconociendo que se puso un trancazo, que seguro duele, pero que pronto va a estar mejor. Las niñas bonitas también se ponen tristes y la valentía no es de quienes no tienen miedo, sino de quienes hacen las cosas a pesar de sentirlo y sin importar el género. La idea es encontrar una fórmula donde logremos sentirnos mejor al mismo tiempo que reconocemos y tomamos en cuenta las situaciones desafortunadas.

La vida nos garantiza una buena dosis de situaciones complicadas que detonan sensaciones espinosas. Esta realidad sumada a nuestra torpeza emocional o escases de herramientas para hacerles frente, nos orilla a utilizar lo que Brené Brown llama anestesias. Queremos dejar de sentir, entonces barremos las emociones debajo del tapete o las adormecemos. ¿Cómo anestesiamos lo que sentimos? Ahogándonos en trabajo, manteniéndonos ocupados todo el tiempo, bebiendo dos cervezas al final del día para limar los bordes, tomando pastillas, viendo horas de televisión, naufragando en el internet, fumando, comiendo o comprando impulsivamente. Lo que sea, menos sentir. Estas estrategias cumplen su función en el momento, pero no resuelven el problema y corremos el riesgo de necesitar anestesias cada vez más fuertes. Brené Brown nos sugiere explorar qué sentimos, identificar por qué lo sentimos y luego buscar verdadero alivio. Algo equivalente al caldito de pollo para el alma. ¿Qué te hace sentir mejor? ¿Caminar al aire libre, hablar con tus amigos, leer, dormir suficiente, comer bien, escuchar música, ver una película, pintar? Vale la pena dedicar unos momentos a generar una lista de estrategias personales a las que podemos recurrir.

Susan David, Psicóloga de la Escuela de Medicina de Harvard, habla de la importancia de desarrollar la “Agilidad Emocional” para controlar y manejar nuestras emociones sin caer en el problema de reprimirlas y sufrir las consecuencias de eso. Susan explica que las emociones fuertes no son malas. Por el contrario, están llenas de información que podemos aprender a usar para tomar mejores decisiones. Tres pasos sencillos nos permiten trabajar en nuestra agilidad emocional. El primero es nombrar o etiquetar nuestras emociones, ¿qué es exactamente esto que estoy sintiendo? ¿es tristeza, enojo, fastidio, frustración?. Entre más amplio nuestro vocabulario emocional más fácil es identificar lo que sentimos. El segundo paso tiene que ver con identificar la intensidad de esa emoción, ¿es molestia o es furia? La intensidad de la emoción nos da una pista de la seriedad de la causa. El tercer paso consiste en escribir lo que sentimos. Investigaciones muestran que cuando describimos eventos muy cargados de emociones nuestro bienestar físico y emocional mejora.

Aspirar a ser perfectamente felices lo único que garantiza es un encontronazo con la frustración, el resentimiento o la decisión de dejar de tratar y estacionarnos en nuestra zona de confort. Para lograr un verdadero equilibro emocional es importante estar conscientes de nuestras emociones, aceptarlas y entenderlas. Tenemos que sentarnos dentro del sauna, aunque esté caliente y sudemos un montón.

 

El lado oscuro de la felicidad

Te has puesto a pensar… ¿Qué tal si ya eres suficientemente feliz? Ed Diener –peso pesado dentro la ciencia de la felicidad- argumenta que trabajar para aumentar la felicidad de quienes se sienten crónicamente tristes, deprimidos o enojados es primordial. ¿Pero que hay de quienes ya son felices? Creer que debes ser todavía más feliz –cuando ya te sientes feliz- irónicamente podría hacerte menos feliz. Querer ser un 10 perfecto en la escala de la felicidad siendo un sólido 8 ó 9 puede generar una sensación de falsa escasez e insatisfacción. En ocasiones, el secreto está simplemente en reconocer que, al menos en este periodo de tu vida, eres feliz o ya tienes parte del camino avanzado. Justo esto descubrió un alumno mío el semestre pasado. Dijo que lo más valioso del curso para él había sido caer en la cuenta de que era feliz y tenía todo para seguir siéndolo: “Estoy con las personas que quiero, me acompañan mis amigos, tengo más de lo que necesito, disfruto lo que hago, gozo de buena salud, participo en actividades que me gustan, sé lo que quiero lograr y cuento con los recursos personales para hacerlo”.

El tema de la felicidad ha ganado tremenda importancia en los últimos años pues resultados de investigaciones en el mundo concluyen de manera contundente que ser feliz tiene muchas ventajas. ¿Significa esto que debemos aspirar a ser totalmente felices absolutamente todo el tiempo? De entrada suena imposible lograrlo. Pero y si se pudiera… ¿Sería deseable?

La felicidad intensa tiene su lado oscuro.

Cuando estamos en un estado eufórico o extremadamente felices subestimamos los riesgos –tres metros no es tan alto, 140 kilómetros por hora no es tan rápido, 10 cervezas no son muchas, tomar la medicina es opcional y el mapa sobra-. Nos volvemos súper optimistas, ignoramos las señales de alarma y operamos en modo “no pasa nada”. En el tema de salud, por ejemplo, las personas extremadamente felices y positivas tienden a ignorar síntomas de enfermedad, restarles importancia, no atenderlos a tiempo o no seguir correctamente el tratamiento indicado por el doctor. Esto puede tener consecuencias negativas.

La felicidad extrema hace que sobreestimes tus capacidades. Cuando estamos bajo los efectos de la felicidad nos creemos súper héroes y a todo y a todos decimos que sí –invitaciones, proyectos, aportaciones, etc.-. Hace unas semanas me interceptaron cuando atravesaba por una zona de alta felicidad y acepté un proyecto que, aunque interesante, en realidad no está alineado con mis planes profesionales. La decisión correcta hubiera sido agradecer la invitación y declinarla o al menos decir “déjame pensarlo y te aviso” –lo cual me hubiera dado una salida después-. Mi versión altamente feliz tomó una decisión precipitada que hoy le resta felicidad a mi versión promedio, que al final del día, es la que tiene que trabajar y asumir las consecuencias. Si alguna vez te ofreciste entusiasmadísima a llevar galletas al colegio y luego te encontraste batiendo con furia la masa a media noche… sabes a qué me refiero.

Subestimar riesgos y sobrestimar capacidades puede meternos en aprietos cuando funcionamos desde un estado de felicidad extrema. Pero hay otro tema que, para mi gusto, es más importante. En esta eterna búsqueda de la felicidad total y perfecta pareciera que el objetivo es eliminar o dejar de sentir las emociones difíciles. Por ningún motivo queremos experimentar dolor, tristeza, miedo, enojo, desilusión, remordimiento, frustración o aburrimiento. Hacemos todo lo posible por evadir, ignorar o anestesiar este tipo de emociones.

Todas las emociones son importantes y tienen una función. El miedo nos pone en alerta ante posibles amenazas, del aburrimiento nace la creatividad, el remordimiento promueve mejores conductas. Cierta dosis de infelicidad es importante pues genera el incentivo a cambiar. Si te pones a pensar, las decisiones que tomamos –cambiar de trabajo, emprender algún proyecto, moverte de lugar, aprender, bajar de peso, hacer ejercicio, ir a terapia, renunciar a algo- parten de un estado de insatisfacción e inconformidad. ¿Qué motivación a mejorar o hacer algo diferente tendríamos si estuviéramos 100% felices el 100% del tiempo?

Un ejército de personas allá afuera desea que vivas más feliz. Si haces una búsqueda en el sitio de Amazon con la palabra “Happiness”, en la sección de libros de auto-ayuda aparecen más de 20 mil opciones. Existe toda una industria dedicada a la felicidad: cursos de meditación, yoga, psicología positiva, bienes materiales, cremas antiarrugas, lugares, mantras, recetas, hierbas, esencias naturales, ropa, maquillaje, píldoras y remedios. Profesionistas como psicólogos y terapeutas trabajan en el bienestar emocional, los doctores en el bienestar físico, los asesores de vida ayudan a trazar metas personales. Tu mamá y tu papá anhelan que seas feliz. Yo también y por eso el blog.

La búsqueda de la felicidad no debe ser a costa de las emociones difíciles, tiene que ser a pesar de ellas. Al final de cuentas y al igual que en todo, es una cuestión de balance. Ni tanta felicidad que queme al santo ni tanta que no lo alumbre. Así que nos toca trabajar para ser felices, pero no completamente felices.

 

 

De propósitos, hábitos y mulas

Los días cercanos al año nuevo nos invitan a reflexionar. Hacemos un recuento del año que termina y resaltamos lo más significativo, los momentos más felices, gratificantes, emocionantes, tristes, difíciles o estresantes. Si el balance es positivo concluimos que el año fue bueno, agradecemos nuestras bendiciones y lo guardamos en el cajón de favoritos. Pero si el saldo es negativo, declaramos que fue un mal año, sentimos alivio porque ya terminó y no queremos saber más.

El cambio de año tiene un poderoso efecto simbólico. Las tradiciones a su alrededor nos recuerdan que estamos frente a una nueva oportunidad. Al año que termina le dejamos el dolor, la tristeza y los problemas. Al año nuevo, lo vemos con esperanza, como a una hoja en blanco sin tachones donde podemos escribir algo mejor.

Entonces nos disponemos a hacer cosas nuevas o de diferente manera, declaramos nuestras intenciones para cambiar hábitos, emprender nuevos proyectos, superar obstáculos o personas. Decidimos ser una mejor versión de nosotras mismas y hacemos una lista de nuevos propósitos.

Como el papel está en blanco y estamos animadísimos escribimos un montón de cosas: tomar agua caliente con limón en ayunas, meditar, comer más verduras, gastar menos, ordenar las 16,580 fotos, dejar de fumar, ir al gimnasio, tener paciencia con los hijos, etc. Todo al mismo tiempo porque ahora sí es enserio. Este año es el bueno.

El 2 de enero nos levantamos decididos –el primero es asueto- y empezamos contundentes. La primera semana sale excelente; en la segunda, todo cuesta más trabajo y concedemos algunas licencias –voy a comer postre sólo el fin de semana-. Flaqueamos en la tercera semana, decidimos que tres de esos propósitos no son tan importantes y los quitamos. Luego… mejor ahí la dejamos. ¿Suena conocido?

¿Por qué abandonamos nuestros propósitos de año nuevo?

Nuestra lista de buenas intenciones termina pareciéndose más a una de fracasos porque escogemos mal. Definimos nuestras metas con base en lo que dicta la sociedad, la moda o los deseos de otros y no conforme a lo que realmente queremos o nos hace sentido. Olvidamos pensar en las siguientes preguntas: ¿Cómo quiero sentirme? ¿Cómo quiero dejar de sentirme? ¿Qué tipo de emociones o experiencias quiero tener? Por aquí debemos empezar. Cada propósito debe alinearse con nuestras respuestas y ser ajustado a nuestra medida. Para estar en buena forma no tienes que correr 6 días por semana como tus amigas o tu esposo triatleta, tal vez te gusta más bailar o caminar con tu perro. Elige algo que te motive, algo que puedas apalancar en lo que disfrutas y sea congruente con tus gustos e intereses.

En este sentido vale la pena resaltar la diferencia entre perseguir una vida feliz y una vida llena de sentido y propósito –Aquí el vínculo a un excelente artículo sobre el tema-. Con frecuencia, proyectos que le dan sentido a nuestra vida requieren de mucho trabajo y no necesariamente son gratificantes en el instante, por ejemplo, arrancar un negocio, estar frente a un salón de clases o hacer trabajo voluntario en prisiones. Nuestros propósitos tienen que ser congruentes con nuestro proyecto de vida, con aquello que nos llega directo al corazón. ¿Qué te gustaría hacer antes de morir? ¿Lo has pensado? La conferencia de Candy Chang puede servirte para descubrir qué es eso que te mueve y pensar en un propósito que te acerque a lo que te inspira.

Otras veces fallamos porque pretendemos cambiar muchas cosas al mismo tiempo muy rápido. Cambiar hábitos es un reto grande para nuestro cerebro. Podemos simplificarle la misión trabajando en un sólo propósito a la vez y haciendo incrementos pequeños.

Salir de la costumbre requiere de mucha fuerza de voluntad y ésta es limitada, por eso cuando estamos cansados regresamos a nuestro modo “automático” y hacemos las cosas sin darnos cuenta, por ejemplo, buscar las galletas y comerlas como cada noche. Si alguna vez has hecho un paseo en mula quizá hayas notado que no hace falta ser un gran jinete –siento aguarte la fiesta- para completar la cabalgata. La mula conoce perfectamente el camino y, mientras no trates de cambiarle la ruta, hará exactamente lo que sabe hacer. El problema es cuando quieres redirigirla. La mula es terca y floja. Pone resistencia y constantemente intenta regresar a lo de costumbre. Al principio, cuando tienes energía y motivación, mantienes las riendas firmes y logras llevarla por nuevos caminos –esta es la fuerza de voluntad-. Pero si te cansas o te distraes, entonces aflojas las cuerdas y cuando te das cuenta la mula te ha regresado al viejo y conocido camino –hábitos-. Nuestro cerebro es exactamente igual. Cambiar hábitos es difícil. Para aumentar las probabilidades de cumplir con nuestros propósitos es fundamental trabajar en uno a la vez. Con frecuencia hacemos una lista larga de propósitos que implican cambio de hábitos y esto es equivalente a querer dirigir varias mulas al mismo tiempo. Recuerda… una mula a la vez.

Además es recomendable hacer incrementos pequeños. Si nunca has corrido y decides empezar, no es buena idea arrancar de golpe con 10 kilómetros ya que probablemente termines deshidratado, con un dolor de cabeza salvaje y, obviamente, con ganas de no volver a correr más. Mini metas y pasos pequeños funcionan mejor.

Para aumentar las probabilidades de lograr tus metas este año recuerda identificar aquello que es verdaderamente importante e inspirador para ti antes de definir qué quieres lograr, trabajar en un propósito a la vez y dar pasos pequeños, pero firmes.

¡Te deseo un feliz 2017 con propósito!

 

 

 

Una Navidad a la “Hygge”

hygge

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y algunos días libres para descansar de la rutina –o parte de ella- quiero tomarme vacaciones al pie de la letra y pasar una navidad muy Hygge. Te cuento de qué se trata.

Según el Reporte Mundial de la Felicidad publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Dinamarca es el país más feliz del mundo. Son muchas las condiciones objetivas que explican este resultado, pero hay un elemento muy subjetivo detrás de la felicidad en este país y tiene que ver con la capacidad de los Daneses para crear ratos agradables. Se llama “hygge”. Esta palabra –que no tengo idea de cómo pronunciar- no tiene traducción exacta. Más que una palabra, “hygge” es un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Es algo que se siente.

Crear momentos “hygge” es sencillo. Lo primero es generar tiempo para hacer cosas que nos hacen sentir bien a nosotros mismos y a los que nos rodean en un ambiente lindo. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate caliente en una tarde fría, planear el menú de la siguiente comida y cocinar en compañía, ver una película divertida con la familia debajo de una cobija, ver un atardecer, una carne asada con amigos aprovechando el buen clima, pintarle las uñas a tu hija y dejar que ella pinte las tuyas, ver fotos para recordar momentos, usar en la cena la vajilla que era de la abuela –recordar a los seres queridos que ya se fueron es muy “hygge”-, poner velas para darle calidez al espacio, tomar un té mientras lees un buen libro, usar ropa cómoda, decorar con flores. Tiene que ver con estar a gusto en un entorno acogedor.

Los momentos “hygge” funcionan mejor en grupos pequeños de personas y para que la comunicación y la conexión sea más fácil es recomendable que el lugar no sea muy grande. Fortalecer los lazos sociales y familiares están en el corazón de este concepto Danés. Invita a un par de amigos a tu casa a pasar el rato y recontar anécdotas.

El concepto “Hygge” tiene que ver también con relajarte, disfrutar de tu casa y olvidar las preocupaciones. Para esto es fundamental habitar el momento presente e involucrar todos tus sentidos. Quitar el piloto automático. Es importante incluir elementos que hagan agradable el espacio que te rodea de manera que quieras estar ahí –velas, luces cálidas, música relajante, eliminar el ruido, buena temperatura-.

Para estos días, mi intención es tomarme las vacaciones enserio y pasar una navidad muy “hygge”. ¿Qué significa esto? Significa que no voy a adelantar lecturas de trabajo, ni preparar clases, ni ordenar papeles o mi buzón de correo electrónico. No voy a planear cómo meterle ratos de trabajo a mis días de descanso para ganarle tiempo al tiempo. Voy a hacer una pausa. Voy a estar presente y participaré en las actividades características de estas fechas –incluyendo hornear galletas para que la casa huela rico-. Quiero ser parte de los recuerdos. Como dice el Dr. Seuss “A veces conocerás el verdadero valor de un momento hasta que se convierta en recuerdo”.

Si tienes la fortuna de contar con días de descanso en estas fechas y puedes desconcertarte, te invito a hacer lo mismo. Si por el contrario, la naturaleza de tu trabajo o tus compromisos te impiden despegarte, entonces incorpora elementos “hygge” a tu espacio o tiempo de oficina. Lleva algo de comer para compartir con tus compañeros, ten cerca de ti una foto de alguien querido, pon música agradable de fondo, dedica cinco minutos a hablar con alguien, decora con una planta.

Hoy aprovecho este espacio para darte las gracias por leer estos artículos, comentarlos y compartirlos. La siguiente semana no habrá publicación. Arrancamos en 2017 con ideas para lograr que esos propósitos de año nuevo tengan mayores probabilidades de cumplirse.

¡Te deseo una muy “hygge” Navidad!

Felicidad virtual

Si levantas tu vista del teléfono podrás ver que la mayoría de las personas tienen la cabeza agachada con la vista en el suyo. A medio pasillo en el súper, en el salón de clases, en el consultorio del doctor, en la fila, caminando en la calle, en el cine –la siguiente vez que vayas a ver una película observa las luciérnagas que aparecen durante la función-, en la cama, en la mesa, en el baño, en todos lados, todo el tiempo. Estamos pegados al celular.

Los teléfonos celulares y las redes sociales están cambiando nuestras vidas y el tema es controversial. Una pregunta que recibo con frecuencia es: ¿Cómo afecta el uso de teléfonos inteligentes y redes sociales nuestra felicidad? Y las personas que preguntan casi siempre imprimen un tono que sugiere la sospecha de un efecto nocivo para el bienestar. En realidad la repuesta es depende y los resultados son mixtos. No es que el uso de redes sociales cause felicidad, depresión o ansiedad. El tema tiene que ver con cuánto, cómo y para qué las usamos.

Podemos fortalecer nuestros lazos sociales, aprender y experimentar emociones positivas gracias a las redes sociales y a las miles de aplicaciones que podemos instalar en nuestros aparatos. Los abuelos que viven lejos pueden ver, hablar y jugar con sus nietos usando Skype, por ejemplo. Amigos regados en el mundo están al día de sus vidas por medio de Facebook o WhatsApp. Recordar lugares y momentos lindos es fácil viendo fotos en Instagram. Construir algo es posible viendo un tutorial en YouTube. Aprender es fácil tomando un curso en línea o preguntándole a Google. ¿Para inspirarte? Conferencias de TED, ¿Películas? Netflix, ¿Orejas y nariz de conejo? Snapchat. Es increíble. Las redes sociales son una súper herramienta. Cuando las utilizamos para conectarnos con amigos y familiares a quienes no vemos todos los días, compartir cosas positivas, informarnos o aprender sobre temas de interés nuestro bienestar mejora.

Pero… ¿Qué pasa cuando caemos presos del celular y nos hacemos adictos al consumo de redes sociales?

El teléfono celular puede generar ansiedad de varias maneras. ¿Has sentido pánico pensando que perdiste el celular? Como tornado empiezas a levantar todo lo que está a tu alrededor mientras gritas todos los nombres que te vienen a la cabeza para que te ayuden a buscar. También estresa saber que no podrás usar el teléfono durante cierto tiempo… ¿Qué sentirías si supieras que debes esperar en un consultorio dos horas sin teléfono? Ansiedad cuando llega un mensaje y no puedes leerlo al instante, nervios cuando te llaman y no logras contestar. Y esa sensación rara que produce sacar el teléfono de la bolsa de mano o del pantalón porque juraste que sonó o vibró sólo para darte cuenta de que no, agobia también. Impaciencia cuando hay mala señal, enojo si no hay Wi-Fi, desesperación cuando la batería está en rojo y el cargador lejos. Que adicción. Que estrés.

El tiempo que invertimos consumiendo redes sociales es otro tema. ¿Qué pensarías si observaras a una persona levantarse del sillón, salir de su casa por la puerta principal y revisar el buzón de correo cada 10 minutos? ¿Qué está loca? Bueno… En Estados Unidos el usuario promedio de teléfonos inteligentes revisa su dispositivo cada seis minutos y medio. Esto suma alrededor de unas 150 veces al día, ¿Cuántas veces lo revisas tú? Según otro estudio, las personas pasan en promedio 3.3 horas al día en su teléfono; pero entre los jóvenes de 18 a 24 años, la cantidad es de 5.2 horas. Nuestro celular es lo primero que atendemos al despertar y lo último antes de dormir. Es una extensión de nuestro cuerpo.

¿Y qué hacemos tanto tiempo en el teléfono? Casi siempre naufragar. Recorremos las aplicaciones que tenemos instaladas de la misma manera que un hámster gira su rueda. La siguiente vez que estés haciendo fila fíjate a tu alrededor y verás cómo las personas dan vueltas constantemente al circuito WhatsApp, correo electrónico, Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat. Es un proceso automático. Naufragar nos quita un montón de tiempo y produce estrés cuando, al final del día, regresamos a ver la lista de cosas que hacer y notamos que sigue en el mismo estatus: pendiente.

El teléfono celular también puede afectar nuestro bienestar cuando caemos presas del “Síndrome de Atención Parcial Continuo”. Que no es otra cosa que tener nuestra atención repartida en mil partes y en nada a la vez. No habitamos el momento presente. Caminamos con la vista agachada sin notar lo que sucede a nuestro alrededor y es responsabilidad de los demás no estrellarse con nosotros. Observa las mesas en los restaurantes y podrás ver a cada uno de sus integrantes metidos en el celular. Estamos perdiendo las conversaciones a la “antigüita”. No estamos ahí. Conectados en el ciberespacio pero desconectados de quienes tenemos enfrente.

Y cuando no habitamos el presente nos perdemos de momentos que valen la pena. La canasta que metió nuestra hija en el partido de basquetbol o el pase que interceptó, por ejemplo. Confiesa sí, como yo, alguna vez has tenido que preguntarle a la mamá de junto ¿Qué hizo mi hija? Porque estabas chateando y te sorprendiste cuando las otras mamás –que no estaban viendo el celular- gritan su nombre y le dicen “muy bien”. Ouch.

Hay quienes utilizan las redes sociales para comparar lo aburrida que es su vida con respecto a la de los demás y esto puede causar depresión o acentuarla. ¿A dónde fueron de vacaciones? ¿Qué fiestas o reuniones tienen mientras te aburres en casa? ¿Con quién están? ¿Cómo se ven? ¿Qué delicia están comiendo? El problema de usar como referencia Facebook es que nos olvidamos de un aspecto crítico: casi todo mundo enseña sus mejores fotos, momentos y experiencias. Difícilmente alguien publicará una foto cuando tiene un grano en la punta de la nariz. Comparamos nuestro yo interno con el exterior editado de los demás. Mala idea.

¿Entonces?

¿Cómo evitamos que las redes sociales interfieran con los buenos momentos del día a día? Reduce tu consumo de redes sociales definiendo zonas o tiempos libres de tecnología -en mi casa los electrónicos están prohibidos en la mesa-. Elimina notificaciones de grupos de discusión sin importancia –no necesitas revisar todos los mensajes de la generación de cada uno de tus hijos o de la tuya-. Elige no saber si recibes un nuevo email o mensaje de Facebook, pon el celular en silencio cuando necesites concentrarte. Escoge habitar el momento presente guardando tu celular donde no lo veas, sientas o escuches cuando estés con alguien más. Aquí te dejo un artículo interesante sobre la tribu de los desconectados.

Decide pasar más tiempo en la vida real y, cuando pases tiempo en la virtual, asegúrate que sea para verdaderamente conectar, inspirarte o aprender. Navega en lugar de naufragar.

 

La felicidad y el insoportable síndrome del estrés navideño

Hace unos días pedí sugerencias de temas para la publicación de hoy y recibí muchas buenas ideas -que ya están anotadas en la lista y vendrán después-. Me sorprendió la más recurrente: el inevitable estrés que paradójicamente sufrimos durante la temporada navideña, la supuesta época más feliz del año. Y es que hemos crecido con la idea de que en diciembre ser feliz es obligatorio.

El concepto de navidad y lo que representa -luces en las casas, muchos tipos de galletas, múltiples reuniones sociales, encuentros familiares, esperanza, comida rica y abundante- nos entusiasma. Pero como nada es gratis, al final de cuentas termina gustándonos más la teoría que la práctica.

Parte de la navidad, tristemente, se ha convertido en algo comercial. Ahora, mucho gira entorno a lo que queremos y vamos a recibir en regalos materiales, así como a la obligación de cumplir con quienes esperan recibir de nosotros. Las listas para Santa son kilométricas –lo que no piden los niños lo agregamos los papás- y los intercambios de regalos son cada vez más exagerados –el de cada salón, el de los deportes, el de amigas, el familiar-. No ponemos límite y nos atemoriza que un detalle pequeño sea mal visto. Escribir sólo una nota de agradecimiento o afecto es impensable, entonces nos endeudamos para regalar.

Curiosamente, la “mejor” época del año es la que nos genera más locura y estrés. ¿Por qué? Por gusto o miedo a no pertenecer. Pasarla “como chicharito de silbato” –diría mi papá- es enteramente opcional, pero casi siempre decidimos complicarnos la existencia. De paso le hacemos la vida más difícil a otros ya que nuestra generosidad material genera en quienes la reciben obligaciones para la siguiente navidad.

Funciona más o menos así. Hacemos una lista de personas con las que “tenemos” que quedar bien. Luego pensamos qué regalarle a quién y ubicar dónde conseguirlo. Siguen los interminables viajes a las tiendas. Ya que compramos las cosas tenemos envolverlas. Toda una logística que involucra papel súper especial –que venden sólo en cierto lugar y cuesta una fortuna-, listón o moño que debe combinar rigurosamente. Todavía no hemos terminado. Faltan las vueltas para mandar a hacer y recoger las tarjetas con el nombre familiar y diseño navideño que van en el regalo. ¿Ya hiciste la cuenta de cuánto tiempo, tráfico, dinero, gasolina y estrés llevamos hasta este momento? Y todavía no hemos hablado del pino, de los festivales, de las posadas –que requieren ida al salón para peinarte y visita al súper por los ingredientes de la ensalada que ofreciste llevar -, Santa, las galletas, la cena o comida de navidad, las postales con la foto de navidad –previa cita con fotógrafo profesional- que van por correo. ¡Ah! por cierto, todo esto además de tus obligaciones diarias. ¿Logré estresarte más de lo que ya estabas con sólo ponerte a pensar en todo lo que se te viene encima?

Pero no te desanimes… Podemos evitar mucho estrés aquí.

Empieza por adelantarte al día de navidad y visualiza el momento en que entregas el regalo. Todo el esfuerzo de la envoltura queda destruido en los pocos segundos que la persona tarda en abrir el regalo. Si tuviste suerte notó el esmero y te hizo algún comentario antes de lanzar todo a la bolsa de basura, que sin duda, tiene ya esa tía que siempre dice “échame los papeles de una vez para que no se haga mugrero”. Una buena parte de tu tiempo, energía y dinero literalmente termina en el basurero. A menos que la tía también sea de las que rescatan el papel y los listones para el próximo año.

Una de las cosas mas increíbles que tenemos es la capacidad y la libertad –aunque no lo creas- de elegir. Puedes deliberadamente tomar la decisión de simplificar y devolverle a la navidad su verdadero significado. De entrada ahórrate todo lo que tiene que ver con envolturas. Usa periódico o papel de estraza para los regalos y pídele a tus hijos que los decoren con crayones. En esos dibujos te aseguro que sí se fijarán los demás. Si te da pena o la idea te incomoda anuncia que estás siendo generosa con el planeta. Ser verde, además de ser lo correcto, está de moda.

Sé más selectivo con las invitaciones que aceptas a eventos sociales en esta fechas. Reduce la cantidad de regalos de compromiso que “tienes” que dar. Puedes tener un detalle con gente que verdaderamente lo necesita. En tu familia seguramente a nadie le hace falta un regalo más –recibirán demasiado-. Mejor concéntrate en una o dos personas que no tendrán la misma fortuna que tus amigos o familiares.

Difiere algunos regalos y detalles para febrero o marzo. Puedes mostrar cariño y afecto en otros meses del año pues esto no debería ser exclusivo de la época de navidad. Tendrás más tiempo, las tiendas y las calles estarán menos apretadas y el efecto en la felicidad será mayor por ser sorpresa. En lugar de decir “feliz no cumpleaños” puedes decir “feliz no navidad”.

Habla con tu familia, hagan acuerdos para ser más sencillos, pongan sobre la mesa el hecho de que a muchos les causa el mismo estrés que a ti buscar ese regalo que sientes debes regalar. En mi familia ya lo hicimos. Nos queremos más que nunca.

Christine Carter tiene un excelente plan de tres pasos para disfrutar esta época: prioriza tus conexiones sociales, agenda y bloquea tiempo anticipadamente para hacer lo que verdaderamente quieres hacer estos días y practica la gratitud. Aquí te dejo el vínculo a su artículo.

Pasa una navidad realmente feliz y con menos estrés, simplifica, anímate a decir que NO a las obligaciones auto-impuestas y pon tu atención en lo que es verdaderamente importante. Hazlo en favor de tu paz mental y la de los tuyos.

Feliz navidad sin estrés.