¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte II

 

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¿Tu qué piensas?

Con esta pregunta arrancamos  la primera parte de este artículo la semana pasada y luego exploramos por qué no siempre logramos convertir el dinero en felicidad. O dicho de otra forma… por qué no siempre más dinero se traduce en más felicidad.

Decíamos que hay varios sospechosos y hablamos de las comparaciones sociales, la trampa del estatus y el proceso de habituación. Hoy seguimos con dos más:

 La carrera de ratas. Decimos que una persona participa en una carrera de ratas cuando es incapaz de disfrutar el presente pues considera que sólo podrá ser feliz cuando alcance una meta determinada; recibir una promoción en el trabajo, graduarse de la universidad, comprar un carro de lujo, una casa más grande, etc. En este tipo de carrera, la felicidad está siempre un paso más adelante, así como el conejo que corre delante de los galgos y que nunca se deja atrapar… Compramos la casa grande y ahora es necesario ponerle alberca.

La afluencia económica ha crecido en los países industrializados y junto con ésta se ha elevado el nivel promedio de aspiraciones. Lo que antes era un lujo, como tener dos autos o un teléfono celular, ahora se ha convertido en una necesidad. Las personas tenemos expectativas y deseos crecientes que compensan negativamente los efectos positivos de incrementos en el ingreso.

Estamos en una especie de caminadora hedónica que nos obliga a satisfacer constantemente nuevas necesidades para conservar nuestro nivel de felicidad.

Mejoran nuestras condiciones materiales y al mismo tiempo se deterioran nuestras condiciones sociales. Pasamos más horas trabajando y tenemos menos tiempo disponible para la familia, los amigos, el entretenimiento o el descanso. Si queremos que la aportación del dinero adicional a nuestra felicidad sea mayor debemos bajarnos de la caminadora y empezar a visualizar nuestra felicidad como un viaje y no como un destino.

Querer no es lo mismo que gustar. Con frecuencia sobrestimados lo felices que nos hará y todo el uso que daremos a nuestra nueva adquisición. Queremos algo brillante y lujoso para luego descubrir, cuando ya es nuestro, que no nos gusta tanto. Los zapatos con tacón de 15 centímetros se ven divinos en la revista, en la tienda y en nuestros pies, pero después de cinco minutos de usarlos nos patrocinan un tremendo dolor de espalda.

Un ejemplo clásico para explicar este fenómeno es el del cachorrito bonito. Lo imaginamos dormido en su cojín, limpio, bien portado y deliciosamente acurrucado en nuestros brazos. Pero ya que está en casa descubrimos que muerde, llora en la noche, acaba con el jardín, rompe cosas y hace pipí por todos lados.

Es una buena idea examinar por qué queremos algo y como será nuestra experiencia una vez que pase la novedad, antes de comprarlo.

¿Cómo hacer entonces para que más dinero se traduzca en más felicidad?

El dinero adicional tiene un efecto más grande y permanente en la felicidad cuando lo gastamos en experiencias, por ejemplo, unas vacaciones con la familia –planearlas, vivirlas y luego recordarlas aporta a nuestra felicidad-, hacer ejercicio o desarrollar un pasatiempo.

Otra manera para comprar más felicidad es gastando el dinero adicional en los demás. De acuerdo con los investigadores Elizabeth Dunn y Michael Norton, una de las maneras más gratificantes de usar el dinero es invirtiéndolo en los demás y puede hacerse de muchas maneras diferentes: donando dinero a fundaciones que apoyan a personas en lugares lejanos o invitando la cena a un buen amigo. Dunn y Norton además demuestran que este principio no es sólo aplicable a individuos, sino que puede ser utilizado por empresas que tienen como objetivo aumentar la felicidad de sus colaboradores o crear productos que brinden más satisfacción. Algunas empresas como PepsiCo y Google están aprovechando estos beneficios motivando a sus benefactores, clientes y empleados a invertir en los demás. La generosidad es una vía por medio de la cual el dinero puede generar felicidad.

La moneda más valiosa no es el dinero, la inteligencia, la belleza, o nuestra habilidad para programar. Nuestra moneda más valiosa son nuestras relaciones sociales o nuestro capital emocional, como dice Susan Scott.

En caso de tenerlo, no es obligatorio gastar todo el dinero extra. Pagando deudas y ahorrando podemos incrementar nuestro bienestar emocional. No subestimemos el poder que tiene en nuestra tranquilidad irnos a dormir sabiendo que no debemos dinero o tenemos una reserva para hacer frente a potenciales adversidades.

La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales y la trampa del estatus, retirarnos de la carrera de ratas, dejar de gastar dinero en cosas materiales a las que nos acostumbramos rápidamente y más bien gastarlo en experiencias, invirtiéndolo en los demás o ahorrando. Siguiendo estas recomendaciones podremos comprar algo de felicidad.

¿Puede el dinero comprar la felicidad? Parte I

 

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¿Tu qué piensas?

Cuando hablo de la relación entre el dinero y la felicidad me gusta arrancar con esta pregunta. Ahora le tocó responderla a mis alumnos.

Sin importar el tipo de audiencia, las respuestas comúnmente se acomodan en cuatro grupos. En el primero están los pocos casos que rápidamente opinan “no”; en el segundo, caen unos cuantos envalentonados que responden “si”. En el tercer grupo entran los que responden “a veces” o “depende” y; en el último, que invariablemente es el más grande, quedan los que permanecen callados con cara de conflicto interior.

Hay varios dichos populares que tienen cierto grado de sabiduría detrás, por ejemplo: “el dinero no trae la felicidad, pero yo prefiero llorar en un Ferrari”, “los que piensen que el dinero no trae la felicidad que lo transfieran a mi cuenta” o “el dinero no compra la felicidad, pero da el enganche”. Todos estos sugieren que, aunque el dinero no es todo para ser feliz, en algo ayuda.

¿Qué nos dice la ciencia con respecto a la relación entre dinero y felicidad a nivel individual?

Estudios de cientos de investigaciones muestran que existe una relación positiva entre dinero y felicidad. En otras palabras, las personas que tienen un nivel de ingreso mayor efectivamente tienden a tener niveles de felicidad más altos, pero esta relación es muy débil. Entonces sucede, por ejemplo, que una persona gana cincuenta veces más dinero en un mes que otra y, sin embargo, la diferencia en su nivel de felicidad es de sólo un punto más alta en una escala del 1 al 10.

Sabemos también que el dinero es muy importante para el bienestar individual cuando es tan escaso que no alcanza para satisfacer las necesidades básicas –alimentación, vivienda, salud-. Pero una vez que lo elemental está resuelto, el impacto del dinero adicional en la felicidad disminuye.

Esto último da pie a una pregunta diferente…

¿Por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad?

Varios factores son sospechosos y podemos caer víctimas de alguno de ellos o de todos. En el artículo de hoy hablaremos de tres… A ver con cuál te identificas tú.

Comparaciones sociales. Vivimos en contextos sociales y constantemente nos comparamos con los demás. Nuestros deseos, aspiraciones y necesidades están altamente influenciados por lo que tienen los integrantes de nuestro círculo social cercano -familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos-.

Cuando la mayoría de nuestros conocidos maneja un auto pequeño estamos satisfechos con el nuestro, pero si alguien cambia el suyo por una camioneta, comenzamos a sentir que debemos hacer lo mismo. Si los papás de los compañeros del colegio ofrecen fiestas de primera comunión cada vez más sofisticadas para sus hijos, sentimos la necesidad de organizar fiestas iguales o mejores para los nuestros –aunque tengamos que endeudarnos-.

Los secciones de sociales de los periódicos nos marcan la referencia de cómo debemos vestirnos, peinarnos y en qué restaurantes comer.

En el trabajo comparamos nuestro ingreso con el de nuestros colegas y, más que la cantidad absoluta de dinero, lo que importa es ganar un poco más en términos relativos. Como dice Mencken: “Un hombre rico es aquel que gana $100 dólares más que su cuñado”.

Esto aplica en todos los contextos. Realizaron un experimento en la Universidad de Harvard y preguntaron a los participantes en donde preferirían vivir, un mundo donde ganaran $50,000 dólares al año y todos los demás habitantes $25,000 dólares, o un mundo donde ganaran $100,000 dólares al año y el resto $200,000 dólares. La mayoría eligió el primer mundo, donde ganarían menos en términos absolutos pero más que los demás.

El problema con las comparaciones sociales es que son tóxicas, son malas para nuestro bienestar emocional por una razón sencilla: es imposible ganar en este juego. La realidad es que no importa qué tan exitosos o ricos seamos invariablemente nos toparemos con alguien que lo sea aún más.

La trampa del estatus. Con frecuencia gastamos dinero en bienes de posicionamiento; es decir, bienes que indican a los demás nuestra posición en la sociedad (ropa de marca, automóviles de lujo, relojes, etc.).

Una bolsa de lujo cumple la función de guardar artículos personales tan bien como una bolsa económica, pero la de lujo además confiere estatus a quien la usa.

Cuando muchas personas empiezan a tener la misma bolsa, ésta pierde su función como bien de posicionamiento y ahora es simplemente una bolsa que sirve para guardar cosas, pero que costó una fortuna –y seguimos pagando durante 24 meses-.

Cuando gastamos más en estos bienes y nuestro estatus mejora, nuestra felicidad aumenta. Sin embargo, cuando el resto de las personas también gasta más en bienes de posicionamiento, el resultado inevitable es que nuestra posición social relativa permanece, pero en el camino gastamos el dinero adicional.

Caemos en esta trampa de buscar nuestra felicidad a través de mejorar nuestro estatus social y posición relativa adquiriendo más bienes materiales.

Y es que efectivamente, estas acciones producen felicidad en el corto plazo. El problema es que el efecto de los bienes materiales en la felicidad es de corta duración y se evapora rápidamente; sin embargo, el esfuerzo requerido para obtener estos bienes es muy alto (más horas en la oficina, menos tiempo con la familia, más deudas y más estrés)

Habituación. El fenómeno de habituación también explica por qué más dinero no siempre se traduce en más felicidad. Gastamos dinero en artículos a los que nos acostumbramos rápidamente (autos, ropa de marca, zapatos, casas, etc.).

Estos artículos nos brindan satisfacción cuando recién los adquirimos, pero a medida que los usamos su efecto en la felicidad se diluye. El auto nuevo huele a nuevo solamente los primeros meses. La felicidad que nos otorgan estos bienes es pasajera pues dejan de ser novedad rápidamente.

 La ciencia de la felicidad nos sugiere evitar las comparaciones sociales, la trampa del estatus y gastar el dinero adicional en cosas materiales a las que nos acostumbramos en unos cuantos días.

Practicar la gratitud es una estrategia que nos protege contra las comparaciones sociales. Cuando logramos apreciar lo que tenemos, lo que tienen los demás pierde relevancia. Y para evitar caer en la trampa del estatus, a veces, lo único que se requiere es un poquito de valentía para decidir no jugar.

En el artículo de la próxima semana revisaremos un par de factores más que nos ayudan a entender por qué más dinero no necesariamente se traduce en más felicidad.

Además compartiré contigo cómo sí podemos usar el dinero para comprar felicidad.