Acepto vivir con…, Acepto vivir sin…

freedome-liberation-620x330

Si combinamos el perfeccionismo con las cosas de la vida que no podemos cambiar tenemos ingredientes suficientes para prepararnos un coctel de insatisfacción, ansiedad, amargura, frustración, enojo o del sabor que más nos guste.

El perfeccionismo es algo así como un lobo feroz con disfraz de oveja.

A simple vista lo relacionamos con algo inofensivo. Tendemos a pensar que ser perfeccionista es una característica deseable pues la asociamos con la determinación de “hacer las cosas muy bien” y con el hábito de trabajar muy duro.

Pero no es así.

El perfeccionismo tiene un GPS cuyo punto de partida es siempre la pregunta… ¿Qué van a pensar los demás?, tiene la misma voz que nuestro crítico interior y recalcula constantemente la ruta para mantenerse en la aprobación externa.

No tiene nada que ver con acercarnos a nuestra mejor versión posible o con ser mejores cada día, sino con convertirnos en la versión socialmente aceptada, en la que nos hace ganadores de una estrella dorada pegada en la frente.

Con el perfeccionismo viajan siempre el miedo, la culpa y la vergüenza.

Llevado al extremo, el perfeccionismo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Conozco dos herramientas que pueden ser útiles para combatir este escudo de veinte toneladas -como dice Brené Brown-. Una está probada por la ciencia y la otra me gusta mucho.

La autocompasión tiene todas las credenciales en el mundo académico y está reconocida como un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista y modular al crítico interior. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres conocer más sobre este concepto.

La autocompasión cae en el campo de la medicina tradicional.

En el mundo de la medicina alternativa -la escritura terapéutica- me encontré con un ejercicio que, además de ser lindo, es útil.

Tiene como objetivo hacernos reflexionar sobre las cosas que no podemos cambiar en nuestras vidas y escribir un poema con las frases:

“Acepto vivir con…” y “Acepto vivir sin…”

Puede quedar algo así:

Acepto vivir sin superpoderes,

Acepto vivir sin estar al corriente de las noticias,

Acepto vivir sin el gusto por el yoga,

Acepto vivir dejando libros a medio leer.

 

Acepto vivir con canas,

Acepto vivir más despacio,

Acepto vivir con arrugas,

Acepto vivir con un par de kilos más.

 

Acepto vivir con pelos de perro en la ropa,

Acepto vivir sin mucho orden,

Acepto vivir con huellas de dedo en las paredes,

Acepto vivir con calcetines sin par.

 

Acepto vivir con lo que no sé,

Acepto vivir equivocándome,

Acepto vivir extranándote,

Acepto vivir improvisando de vez en cuando,

 

¿Qué diría el tuyo?

Dedicar un rato a elaborar este poema es gratificante. Hay algo liberador en aceptar nuestras limitaciones y declararnos perfectamente imperfectos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Casi feliz

ish

Me quedé colgada con el tema de la creatividad y por lo visto mi cabeza también, porque me hizo volver al libro de Elizabeth Gilbert “libera tu magia”, para recoger una idea absolutamente poderosa y liberadora.

La idea se llama “Casi”.

Estaba segura de que ya me había topado con ella antes. Y sí… resulta que nos conocíamos de dos lugares diferentes.

El primero encuentro estuvo de cuento.

El escritor Peter H. Reynolds tiene un libro espectacular para niños que se llama “Casi” en el que, por medio de una historia lindísima, nos enseña lo letal que puede ser el perfeccionismo para la creatividad.

Te voy a contar el cuento con la esperanza de que te guste tanto que lo compres. Creo que debería de ser lectura obligada para niños, jóvenes y adultos.

A Ramón le encantaba dibujar a cualquier hora, cualquier cosa y en cualquier sitio.

Un día Ramón estaba dibujando un jarrón con flores. Su hermano mayor se asomó por encima de su hombro para ver lo que hacía y soltó una carcajada… ¿Qué es eso?, le preguntó. Ramón no pudo responder, agarró el dibujo, lo hizo bolas y lo lanzó al otro lado del cuarto.

La burla de su hermano hizo que Ramón se obsesionara tratando de hacer dibujos perfectos. Pero no lo conseguía.

Después de muchos meses y muchas bolas de papel arrugado, Ramón dejó su lápiz sobre la mesa y dijo: “No más, me rindo”.

Marisol, su hermana, lo miraba… ¿Y tú qué quieres? le preguntó bruscamente Ramón. “Sólo quiero ver cómo dibujas” dijo ella. “Yo ya no dibujo, lárgate de aquí”.

Marisol salió corriendo, pero con una bola de papel arrugado en la mano. “¡Hey devuélveme eso!” gritó Ramón persiguiéndola por el pasillo y hasta su recámara.

Al entrar enmudeció cuando vio la galería que había montado su hermana en las paredes de su cuarto con sus dibujos. “Este es uno de mis favoritos”, dijo Marisol apuntando a uno. “Se supone que era un jarrón de flores”, dijo Ramón, “aunque no lo parezca”. “Bueno… parece un casi jarrón” dijo ella.

Ramón ser acercó un poco más, miró con atención todos los dibujos que estaban en la pared y comenzó a verlos de otra manera… “Casi, casi son”, dijo.

Ramón comenzó a sentirse inspirado otra vez. Al permitirse el “casi”, las ideas empezaron a fluir libremente. Comenzó a dibujar nuevamente todo su mundo alrededor. Haciendo “casi” dibujos se sentía fantásticamente bien. Dibujó cuadernos enteros. Un “casi” árbol, una “casi” casa, un “casi” pez.

Ramón también se dio cuenta que podía dibujar “casi “sentimientos… “casi” paz, “casi” tonterías, “casi” alegría. Una mañana de primavera, Ramón tuvo una sensación maravillosa. Se dio cuenta de que había situaciones que sus “casi” dibujos no podrían captar y decidió no captar, sino sólo disfrutar.

Ramón fue “casi” feliz desde entonces.

Bello, ¿no?

¿Cuántas veces dejamos escapar “casi” sueños, “casi” proyectos o “casi” ideas por andar persiguiendo lo perfecto?, ¿Cuántas veces dejamos de ser nuestra versión auténtica vistiéndonos con el disfraz de la perfección?

El perfeccionismo es tóxico y NO es sinónimo de hacer las cosas muy bien.

Brené Brown explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la vergüenza o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la vergüenza va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

La segunda vez que me topé con la “casi” idea fue tomando una clase de escritura terapéutica.

Esa mañana de viernes, mi querida maestra Isabel, nos puso a escribir un poema cuyos objetivos eran combatir nuestras tendencias perfeccionistas y bajarle dos rayitas al nivel de auto exigencia.

Las instrucciones eran dos:

El título del poema tenía que ser “Porque no hay nada perfecto…” 

Y hacia el final de cada verso, tenía que aparecer la palabra “casi”.

Mi escritorio estará casi ordenado,

Lograré salir de mi casa casi bien peinada,

Comeré sin gluten casi todos los días,

Dormiré casi ocho horas.

 

Terminaré casi todos mis pendientes,

Dejaré mis llaves en el mismo lugar casi siempre,

Recodaré decirte cuánto te quiero casi todas las mañanas,

Seré casi valiente.

Seré una mamá casi divertida,

Viviré casi feliz.

El ideal de perfección es peligroso pues es prácticamente inalcanzable y tiene un efecto paralizante. Es mucho mejor hacerle espacio al “casi” en nuestras vidas.

¿Qué tendría que decir tu poema para que lograras ser más libre, creativo y “casi” feliz?

Felicidad CASI perfecta

o-PERFECTIONISM-facebook

“Y cuando te pregunten…¿Cuáles son tus áreas de oportunidad –la manera diplomática de sondearte para saber de qué pie cojeas- tu di que eres muy perfeccionista”

Ese fue el consejo que recibí unos días antes de tener mi primera entrevista de trabajo, luego de terminar mis estudios de maestría.

“Tienes que contestar algo, porque ni modo que no tengas puntos flacos o debilidades, debes decir algo que suene a defecto, pero que en realidad sea bueno”

Y así lo hice… “Soy muy perfeccionista”, dije con absoluta seguridad. Todavía recuerdo la sonrisa-mueca que se dibujó en la cara de mi entrevistadora. En aquel entonces creí que mi respuesta le había parecido excelente. Pero, ahora que lo pienso, no creo que esa sonrisa haya sido de aprobación o empatía, sino de haber logrado deducir que entre mis defectos estaban la falta de autenticidad y la ausencia de creatividad.

De cualquier manera pasé la prueba… Al final de cuentas, ser perfeccionista es una debilidad muy aceptable en el perfil de los candidatos.

Y es que cuando declaramos “soy muy perfeccionista” en realidad lo que queremos decir es que nos gusta hacer las cosas muy bien y que somos muy trabajadores. Creemos que el perfeccionismo es un rasgo deseable e inseparable del éxito.

Pero no es así.

La realidad es que una mentalidad perfeccionista puede tener consecuencias muy negativas. El perfeccionismo llevado al extremo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Cuando hablamos de este tema en clase, varios alumnos comienzan a inquietarse al sospechar que estoy por sentar al perfeccionismo en el banquillo de los acusados -para muchos no aspirar a la perfección es sinónimo de mediocridad-; levantan las cejas sorprendidos cuando les digo que soy una perfeccionista en recuperación y que una de mis frases salvavidas es “más vale hecho que perfecto”. Algunos se retuercen.

Aprendemos a ser perfeccionistas desde niños. Vamos descubriendo que nos castigan por cometer errores, nos dan estrellas doradas por actuaciones impecables, nos comparan con los demás o nos dicen que “somos genios o inteligentísimos” sólo cuando las cosas salen bien.

¿Qué es el perfeccionismo?

Brené Brown –una de mis gurús- explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la pena –“shame” en inglés- o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la pena va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

¿Cuáles son los síntomas del perfeccionismo?

En su libro “Being Happy: You don’t have to be perfect to lead a richer, happier life”, Tal Ben-Shahar habla con detalle de las características de la mentalidad perfeccionista.

Expectativas de un viaje perfecto. Esto tiene que ver con el enfoque sobre el proceso para alcanzar una meta. Las personas con mentalidad perfeccionista esperan que la línea que conecta el punto de partida con la meta sea recta. Su expectativa es dar en el centro del blanco con un único y perfecto disparo. No admiten curvas, pausas, ni desviaciones en el camino. ¿Segundas oportunidades? Antes muertos.

Miedo al fracaso. A un perfeccionista lo mueve el miedo, es su característica más determinante. Todas sus acciones están enfocadas a evitar equivocaciones, evaden los retos y actividades donde fallar sea una posibilidad. Es común que abandonen proyectos ante la más mínima sospecha de que no lograrán completarlo como esperan. Entonces, por ejemplo, están los niños que se detienen en una carrera de velocidad si no van en primer lugar y luego dicen que les dolía la rodilla; o las niñas que se salen de la raya coloreando, arrugan el papel, lo lanzan a la basura y se van gritando que el plumón no sabe pintar o tiene gorda la punta. Los perfeccionistas se sienten devastados cuando cometen un error, entran en contacto con su humanidad imperfecta y esto intensifica su miedo a fallar en el futuro. No se equivocan, pero tampoco arriesgan.

Foco en la meta. A los individuos con tendencias perfeccionistas les interesa solamente el destino. Alcanzar el objetivo es lo único que importa, el recorrido no tiene sentido. Esto hace que sean incapaces de disfrutar el momento presente pues están obsesionados con la siguiente promoción, el siguiente premio, la siguiente meta que sí los hará felices.

Pensamiento “todo o nada”. El perfeccionista tiende a tener un pensamiento extremista, es “todo o nada”, “blanco o negro”, es un “éxito o un fracaso”. No hay tonalidades de gris. El desempeño y el esfuerzo no tienen ningún mérito si el resultado no es el esperado o no es perfecto. Si no pintas como Picasso, por favor, no pintes.

Actitud a la defensiva. Las críticas para un perfeccionista son un franco asalto a su autoestima, resaltan sus defectos y son catastróficas… una verdadera trasgresión. Pueden convertirse en un trapo exprimido si alguien sugiere una manera mejor o diferente de hacer las cosas. No están abiertos a sugerencias y la retroalimentación es tan bienvenida como la cicuta.

Encontrar fallas. Los perfeccionistas son maestros para encontrar el frijol negro en el arroz. Su obsesión por el fracaso, los pone en estado de alerta permanente, anticipan y notan todo lo que puede salir o sale mal. Y no importa que tan bueno sea el resultado final, el más minúsculo detalle es motivo para demeritar un logro y nublar lo positivo.

Duros y exigentes. Desde el punto de vista de un perfeccionista, los errores son imperdonables. Esto hace que sean extremadamente duros consigo mismos y con los demás.

Rigidez de pensamiento. Sólo existe una manera de hacer las cosas, las sorpresas son peligrosas, la certidumbre es lo más valioso del mundo, el cambio es el enemigo número uno, improvisar es arriesgado, jugar es inaceptable y la obsesión por el control es la especialidad del día.

Aprobación de los demás. Los perfeccionistas operan en función del “qué van a pensar los demás”. Su valor como seres humanos está vinculado a sus éxitos o logros profesionales… “Soy lo que logro y qué tan bien lo logro”. Buscan siempre la aprobación de los demás y determinan sus vidas con base en expectativas ajenas. Para que los demás piensen que soy una buena mamá tengo que mandar a mi hija impecable al colegio, con la raya del apartado dibujada con regla, pelo restirado y tejido en una trenza perfecta que remata con un moño divino que combina al tiro con la ropa.

Cuando tenemos una mentalidad perfeccionista dejamos escapar muchas oportunidades y sueños porque nos da miedo fallar, cometer errores o decepcionar a los demás. El perfeccionismo es una prisión de alta seguridad, es como vivir en Alcatraz.

Ser perfecto no es lo mismo que ser nuestra mejor versión posible, ni tampoco nuestra versión auténtica. Para declarar que alguien es perfecto tendría que ser un producto terminado. En cambio, nuestra mejor versión posible admite que somos seres humanos en proceso.

Una manera más sana y útil de pensar asume que el trayecto puede disfrutarse, incluir desviaciones e imprevistos. Los errores se convierten en oportunidades de aprendizaje y crecimiento personal que invitan a volver a intentar. Salir de la zona de confort es salir a una aventura y dicen que ahí es donde está la magia.

Practicar la autocompasión es un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres entrar en un proceso de rehabilitación y atreverte a mostrar un poco más tu esencia.

Un ejercicio muy lindo consiste en escribir algunas frases que incluyan la palabra “casi”… “Quiero tener una casa casi limpia”, “Voy a hacer ejercicio casi todos los días”, “Soy una mamá casi perfecta”, “Mis hijos se portan casi bien”.

Y para terminar este artículo y resistir la tentación de revisarlo cinco veces más, me diré a mi misma: “Escribiré un artículo casi perfecto”.