Corregir sin avergonzar: Separa el error de la persona

Imagina dos reuniones de retroalimentación distintas sobre el mismo problema. En la primera, una líder le dice a su colaborador: «Eres muy desordenado». En la segunda, otra líder le comenta a la suya: «Esta entrega llegó sin los archivos adjuntos». Ambas señalan el mismo error, pero solo una le ofrece a la persona un camino claro para actuar.

Brené Brown dedica buena parte de Daring Greatly a esa diferencia. El libro aborda la vulnerabilidad, pero también profundiza en cómo nos comunicamos cuando algo sale mal. Para cualquier persona en un rol de liderazgo, esa distinción tiene un peso enorme.

Culpa vs Vergüenza

Vale la pena detenernos un momento en la palabra «vergüenza». En español la usamos para nombrar dos cosas muy distintas. Por un lado, describe la incomodidad pasajera de tropezar en la calle o de derramar el café en plena junta frente al equipo. Por el otro, nombra una herida más profunda: la sensación de no ser suficiente o de no valer lo suficiente. El inglés distingue entre ambas experiencias: embarrassment y shame. Para efectos de esta reflexión, cuando me refiera a «shame», usaré «vergüenza profunda».

Brown traza una línea clara entre dos vivencias que solemos confundir. La culpa dice: «Hice algo mal». La vergüenza profunda dice: «Hay algo malo en mí».

La culpa se centra en la conducta. Un comportamiento se puede corregir, reparar o cambiar para la próxima vez. La vergüenza profunda, en cambio, ataca la identidad, y sobre quién eres no hay mucho margen de maniobra un martes por la tarde en la oficina.

Llevar esa diferencia a las conversaciones de trabajo transforma el liderazgo. Decir «eres muy desordenado» descalifica a la persona. Señalar «esta entrega llegó sin los archivos adjuntos» describe lo que ocurrió. La segunda opción muestra con precisión qué requiere ajuste y le permite al colaborador ponerse manos a la obra.

El costo de la vergüenza profunda en los equipos

Según Brown, la principal amenaza para la creatividad, la innovación y el aprendizaje en escuelas y organizaciones es la desconexión. La explica como un mecanismo de autoprotección: toda persona tiene un límite de vergüenza antes de replegarse.

En el día a día de un equipo, la desconexión se manifiesta con claridad: disminuyen las preguntas, se dejan de compartir ideas preliminares o borradores a tiempo y las juntas se llenan de silencios. Rara vez surge una queja formal. Sencillamente, la gente deja de hacerse presente.

Cuatro frases para poner en práctica

  1. Enfócate en la acción: «Este entregable necesita ajustes. Te comparto cuáles.» Describe el cambio con claridad y sin emitir juicios sobre la persona.
  2. Indaga antes de asumir: «Quiero entender qué pasó antes de sacar conclusiones.» Casi siempre hay contexto valioso que solo la otra persona conoce.
  3. Pide la perspectiva de la otra persona: «Esa es mi lectura. ¿Tú cómo lo ves?» Tu punto de vista no es la única versión de los hechos; el diálogo constructivo empieza por escuchar a la otra parte.
  4. Repara sobre la marcha: «No lo expresé bien. Déjame decirlo de otra manera.» A cualquiera se le va una frase desafortunada; corregirte en el momento también modela madurez y liderazgo.

Filtro previo a la conversación

Antes de iniciar una charla difícil, pon a prueba tus palabras. Si tu mensaje describe lo que la persona hizo, hay una oportunidad de mejora sobre la mesa. Si cuestiona quién es la persona, tómate un minuto para reescribirlo. Y si a mitad de la plática se te escapa una expresión poco afortunada, recuerda que siempre puedes recurrir a la cuarta frase.

Referencias: Brown, B. (2012). Daring greatly: How the courage to be vulnerable transforms the way we live, love, parent, and lead. Gotham Books.

Las Cinco Disfunciones de un Equipo

¿Por qué se estanca un equipo con talento?

Hay equipos que, en el papel, lo tienen todo. Personas capaces, objetivos claros, buenas herramientas. Y aun así, las reuniones de trabajo terminan sin decisiones sólidas, los acuerdos se diluyen y cada quien regresa a su escritorio a cuidar lo suyo.

En su libro The Five Dysfunctions of a Team, Patrick Lencioni, propone una explicación utilizando una fábula de liderazgo. Cuenta la historia de un equipo directivo en problemas. De esa historia se desprende un modelo sencillo. Cinco disfunciones que se apilan como una pirámide, donde cada una alimenta la siguiente.

Falta de confianza

Para Lencioni, la base de todo es la confianza. Se trata de animarse a mostrarse vulnerable ante el equipo. Decir «me equivoqué», «no sé» o «necesito ayuda» sin temor a que se use en contra o se perciba como una debilidad.

Cuando este tipo de confianza no existe en un equipo, sus integrantes invierten energía en protegerse, cuidar su imagen, ocultar errores y evitar pedir apoyo. El equipo funciona, pero a la defensiva.

Miedo al conflicto

Sin confianza, debatir puntos de vista resulta arriesgado. El equipo prefiere lo que Lencioni llama armonía artificial: reuniones tranquilas, pocas preguntas difíciles, nadie dice «no estoy de acuerdo».

El conflicto se refiere al debate de ideas, sin ataques personales. Cuando este intercambio no ocurre en la reunión, igual sucede en el pasillo, en un mensaje privado o en la reunión después de la reunión.

Falta de compromiso

Una decisión que nadie discutió es una decisión que pocos sienten propia. El equipo acuerda algo, pero no se compromete con ello.

El síntoma es conocido. Se aprueba en la reunión, se cuestiona afuera y el mismo tema vuelve a abrirse semanas después.

Evitar rendir cuentas

Si no hubo un verdadero compromiso, pedir cuentas resulta incómodo. Es difícil señalarle a un compañero que algo no está terminado o bien hecho, cuando el equipo nunca terminó de acordar.

Lencioni pone el foco en la rendición de cuentas entre pares. Cuando únicamente el líder la ejerce, los estándares del equipo dependen de una sola persona.

Falta de atención a los resultados

En la última capa de la pirámide se hacen visibles las consecuencias. Cuando nadie pide cuentas, cada quien cuida su meta, su área o su estatus. El resultado del equipo queda en segundo plano.

Es la disfunción que se refleja en los indicadores, y por eso resulta tentador empezar a resolver el problema por ahí. La pirámide sugiere que la causa casi siempre está más abajo.

El trabajo del líder

De acuerdo con este modelo, el trabajo empieza en la base. Y la base se construye cuando la persona con más poder en la sala pone el ejemplo.

«Me equivoqué. Voy a cambiar esto.»

«No sé. ¿Alguien tiene un punto de vista distinto?»

«Antes de decidir, quiero escuchar argumentos en contra.»

«¿Qué no estamos diciendo?»

Esta conducta genera un espacio seguro y valiente en el que los integrantes del equipo se atreven a decir lo que piensan.

La investigación lo respalda: Amy Edmondson estudió 51 equipos de una empresa manufacturera. Encontró que la seguridad psicológica, la creencia compartida de que el equipo es un lugar seguro para asumir riesgos interpersonales, se relaciona con el aprendizaje del equipo y su desempeño.

La próxima vez que una de tus reuniones termine sin una sola objeción, vale la pena preguntarte si realmente hubo acuerdo o si fue solo silencio.

Referencias

Edmondson, A. (1999). Psychological safety and learning behavior in work teams. Administrative Science Quarterly, 44(2), 350–383.

Lencioni, P. (2002). The five dysfunctions of a team: A leadership fable. Jossey-Bass.

Manada de lobos

wolfpack

El fin de semana me leí el libro “Wolfpack” de Abby Wambach y lo primero que hice después de terminarlo fue anunciarles a mis hijas que tenían lectura de tarea. Una de ellas decidió sacudirse el pendiente rapidito y lo leyó de corrido en menos de una hora y media. Es un libro corto, lleno de información valiosa y muy fácil de leer.

Abby Wambach es una leyenda del futbol soccer femenil. Fue dos veces campeona olímpica y tiene el record mundial de número de goles internacionales de mujeres y hombres… ¿Qué tal? Además de su destreza como futbolista, Abby se distinguió por haber creado una cultura de honor, compromiso, resiliencia y hermandad dentro de su equipo.

En 2018 fue invitada a Barnard College para dar el discurso de graduación y estuvo tan matón que se hizo viral. Barnard es una universidad privada para mujeres ubicada en la ciudad de Nueva York y Abby es una reconocida activista en favor de la igualdad y la inclusión, así que sus palabras fueron escritas para un público femenino.

No importa.

Yo encuentro que sus 8 reglas para traer a la luz nuestras fortalezas individuales, trabajar unidos y cambiar el juego son universales.

Te comparto un poco de cada una de estas reglas esperando despertar tu curiosidad lo suficiente como para que consigas el libro y lo leas.

Regla #1: Siempre has sido el lobo

Con frecuencia los mensajes que recibimos son: “mantén la mirada abajo”, “no le muevas”, “dedícate a hacer tu trabajo”, “no preguntes”, “sigue las reglas”, “no seas curioso”, “quédate callada” o de lo contrario… algo malo pasará. Así como le decían a Caperucita Roja en el cuento: si te sales del camino te come el lobo feroz. La cosa es que crecemos y logramos grandes cosas justo cuando tenemos el valor de aventurarnos fuera del camino o lo creamos para alcanzar nuestros sueños. Y entonces, nos damos cuenta de que nunca fuimos Caperucita Roja, sino el lobo. Hay un lobo dentro de todos nosotros -talento, sueños, voz, curiosidad, valor, creatividad, poder- y tenemos que dejarlo salir.

Regla #2: Agradece lo que tienes y exige lo que mereces

Practicar la gratitud es una de las herramientas más poderosas para nuestro bienestar emocional. Notar lo que sí tenemos, sí podemos hacer, sí hemos logrado nos ayuda a ver la vida a través de un lente abundancia que se traduce en emociones positivas. Pero hay que tener cuidado de no caer en un estado de gratitud que nos mantenga chiquitos o que limite nuestro potencial para crecer. A veces no nos atrevemos a pedir un aumento de sueldo o a levantar la voz, por ejemplo, bajo el argumento de “deberías de sentirte agradecida de tener un trabajo y no andar pensando en más” o “agradece que se casó contigo, no importa cómo te trate”.

 Regla #3: Lidera desde la banca

Lidera desde donde estés. No tenemos que estar en el campo de juego con la banda de capitán en el brazo para ser líderes; tampoco necesitamos permiso para inspirar, motivar y poner el ejemplo. Todos somos líderes de nuestra propia vida y no debemos renunciar a ese derecho. El liderazgo se ve de muchas maneras: sosteniendo la mano de alguien que está muriendo, diciendo que no a tus familiares, haciendo trabajo voluntario… “El liderazgo no es una posición que hay que ganar, es un poder inherente que reclamar”.

Regla #4: Convierte el fracaso en combustible

El perfeccionismo no es requisito para el liderazgo, ni el fracaso sinónimo de falta de dignidad. Los errores pueden servir para impulsarnos. En lugar de preocuparnos por la posibilidad de fallar, mejor prometámonos a nosotros mismos que si fallamos lo volveremos a intentar… “un campeón no permite que un fracaso en el corto plazo, lo saque del juego en el largo plazo”.  Y esta me gusta también… “fracasar no significa que estás fuera del juego, fracasar significa que finalmente estás EN el juego”.

Regla #5: Reconoce y celebra a los demás

En deportes como el futbol soccer tendemos a celebrar al jugador que anota el gol; sin embargo, el mérito es del equipo completo -los defensas, quien hizo el pase, los entrenadores, etc.-. Un gol es el resultado de toda una preparación en conjunto. En la vida es igual. Nuestros éxitos y logros generalmente incluyen las acciones y colaboración de muchas personas más. Asegurémonos de reconocer las aportaciones de los demás.

Regla #6: Pide la bola

Esta me encantó. Tiene que ver con darnos permiso de ser magníficos, para desplegar nuestras mejores habilidades, reconocer que queremos ganar y que creemos en nuestra capacidad para lograrlo. Tiene que ver con dejar de aparentar que no somos tan buenas o no sabemos tanto para no incomodar a alguien. Tiene que ver con pedir la pelota si sabemos que podemos anotar, en lugar de pasarla… “Dame el micrófono”, “Quiero el puesto”, “Yo sé cómo hacerlo”.

Regla #7: Muestra todo tu ser

Un líder también puede mostrarse vulnerable. Podemos asumir el poder con nuestra humanidad completa y permitir que los demás lo hagan también. No tenemos que tener todas las respuestas, es válido escuchar las aportaciones de los demás sin importar jerarquías. El mundo necesita que seamos exactamente como somos.

Regla #8: Encuentra tu manada

Somos más fuertes cuando pertenecemos a un grupo, cuando estamos acompañados de personas que nos quieren, nos recuerdan nuestras fortalezas y nos hacen ver cuando estamos alejándonos de nuestros valores. No es necesario ni deseable ser un llanero solitario.

¿Qué te parecen?

Me gusta el mensaje de Abby…

“Cambiemos el mundo conociendo el poder de nuestro lobo interior y la fortaleza de nuestra manada”.