Y aun así, y aun así.

Hay una fecha en el calendario que miro de reojo. Verla de frente sería como clavarle la mirada al sol de agosto en su punto más alto.

Me ciega.

Me intimida.

Me quita el sueño.

Hay noches en que aparece sin que la llame, y ahí está, brillando en la oscuridad.

La fecha marca un comienzo y viene acompañada de un sentimiento de gratitud y posibilidades.

Y aun así.

La vida sigue aunque me siente de brazos cruzados. Me desplaza como la banda automática en el aeropuerto, aunque no de un solo paso. Me acerca al nido vacío.

He leído sobre el tema. He participado en conversaciones con otras mamás que llegaron antes que yo. “Me siento como una gallina sin cabeza”, me dijeron una vez. Conozco la investigación sobre la transición de identidad a la mitad de la vida, sobre el duelo anticipatorio, sobre cómo el cerebro procesa la pérdida o la modificación de un rol que ha sido central durante décadas.

Lo sé.

Ahora lo siento.

Y saber y sentir no son lo mismo.

Ya no imagino cómo se va a sentir. Ya lo siento en el cuerpo. En el pecho cuando paso frente a su recámara y escucho la música. En la garganta, cuando me dice: “Necesito empezar a ver qué necesito para mi cuarto en la universidad”. La cabeza me explota cuando pensamos en quiénes serán las “roomies”.

Ir a la universidad lejos de casa es una oportunidad increíble. Una que yo hubiera querido tener. Me emociona imaginar a la menor de mis hijas construyendo su vida, descubriendo nuevas versiones de sí misma y haciendo amistades. No podría sentirme más orgullosa de sus logros.

Y aun así. Y aun así.

Algunos logros vienen con sentimientos agridulces.

En la graduación de la preparatoria, aplaudimos felices. Las cámaras capturan las sonrisas más grandes. Orgullo puro que te infla el pecho al escuchar su nombre. Y luego gira el cordel del birrete, ese pequeñísimo movimiento de un lado al otro, y en ese segundo algo cambia. Los ojos se inundan de agua. El orgullo sigue ahí, la felicidad agarrada de la mano de la tristeza. Porque la graduación es un logro alcanzado y también el inicio de la cuenta regresiva. La preparatoria terminó; viene la universidad. Y con la universidad, viene esto.

El nido vacío no llega de golpe. Llega anunciado, logro por logro, celebración por celebración.

Cada meta que alcanza es motivo de alegría. Es exactamente lo que quería para ella.

Y aun así. Y aun así.

Sí.

“Es algo bueno. Deberías estar feliz”

Estoy feliz.

Me siento orgullosa de ella. La quiero independiente, fuerte. Quiero que vuele lejos, que vuele bien, que se coma el mundo.

“Este pajarito está listo para volar”, me dijo, jugando, hace unos días. “Este pajarito ya tiene las alas abiertas.” “Quiero cortártelas”, le contesté con una sonrisa triste.

No lo haría.

A lo mejor sí.

No es una contradicción que resolver. Tenemos la capacidad de albergar sentimientos opuestos. El orgullo y la tristeza no se pelean. La emoción y el duelo no se cancelan. No hay nada que explicar.

Hay días en que recibo los sentimientos que llegan con un bate de béisbol o meto de lleno la cabeza en el trabajo para no sentirlos.

A veces me agarran de todos modos. El “¿y si?” es un monstruo de mil cabezas.

Hay momentos en que pareciera que la única forma de seguir funcionando es no abrir la puerta a lo que espera del otro lado.

Esconder los sentimientos no los hace desaparecer. Lo sé.

Lo que sí ayuda es nombrarlos para que no nos gobiernen en silencio.

Ya pasé por una ruta similar. Ya me tocó dejar a dos en la universidad. Y sí pude.

Caminé un tiempo sintiendo un boquete en el centro, como una dona humana. Al final me reorganicé. Encontré mi ritmo. Y en ese proceso descubrí cosas de mí que no sabía que estaban ahí.

No fue fácil. Pero fue posible.

Hoy veo a mis dos, ya a un año de terminar la universidad, y pienso en todo lo que han construido y en quiénes se están convirtiendo. Me llena. Me alegra. Me enorgullece profundamente.

Y aun así. Y aun así.

Si estás en esta antesala conmigo o ya estás en el nido vacío… No tenemos que fingir que estamos bien. No tenemos que fingir que estamos mal. No tenemos que resolverlo. Solo tenemos que sostenernos, mientras volvemos a florecer. Saber que del otro lado hay ritmo. Hay vida. Hay planes nuevos, mañanas distintas y una versión de nosotros que también merece un espacio.

Eso es emocionante. De verdad lo es.

Para reflexionar

¿Qué sentimientos estás guardando en el cajón del fondo?

¿Cuáles de tus emociones se contradicen en este momento? ¿Puedes dejar que las dos existan sin tener que elegir una?

¿A qué has sobrevivido antes que pueda recordarte que también puedes con esto?

El amor en los tiempos de la pandemia

vogue

Tengo ya 10 semanas en mi cuenta de cuarentena -el nombre ya ni aplica, se quedó corto- No veo la línea de meta, sospecho que se mueve o que alguien le da un jalón justo cuando estoy a punto de llegar. Pero aquí sigo, colgada de la esperanza.

Hace un par de días me topé con esta frase:

“El amor no reconoce barreras. Brinca obstáculos, salta rejas, penetra paredes para llegar a su destino lleno de esperanza” -Maya Angelou

Y desde entonces me ha dado por pensar en el amor.

Es poderoso.

Ha tenido que aprender a filtrarse a través de pantallas, tapabocas, caretas de plástico, lentes, guantes, trajes amarillos. Ha tenido que encontrar la manera de comunicarse por chat con palabras escritas, símbolos, mensajes de voz.

Nos ha movilizado a entender cómo usar nuevas tecnologías para seguir conectados. Nos ha obligado a ser creativos, a innovar, a encontrar “como sí”.

Los festejos de cumpleaños se han convertido en desfiles de autos decorados con globos, cartulinas llenas de color y corazones. Caravanas de cariño que hacen ruido con el claxon para garantizar que la vuelta al sol de nuestros seres queridos no pase desapercibida.

Con un poco más valor, comienzan a organizarse reuniones de dos horas, al aire libre, con “Susana” – su sana distancia- como invitada de honor, comida en paquetes individuales y termo de agua personal.

Los ojos se han vuelto protagonistas. Cargan con toda la responsabilidad de comunicar emociones, dado que muchas veces son la única parte visible de la cara. Las sonrisas ahora salen por los ojos. Las auténticas, digo, pues las sonrisas de ojos no pueden fingirse como las de bocas. Gritamos con miradas lo que sentimos. Leemos en las retinas la angustia, el dolor, la tristeza, la incertidumbre, la alegría, la ilusión.

El amor también ha adaptado su lenguaje corporal. Nos envolvemos con nuestros propios brazos mientras vemos al otro para dejarle saber que este abrazo es para ella, para él, para nosotros. Alineamos nuestras palmas con las de nuestros padres, abuelos, amigos, aunque sea con un vidrio de por medio. Nos metemos las manos en la bolsa del pantalón porque no sabemos que hacer con ellas si no podemos tocar. Ponemos un beso en la punta de nuestros dedos y luego lo soplamos en dirección a quien queremos. Nos despedimos diciendo “te mando un abrazo” y pronto agregamos “no contagioso”.

Me pregunto qué hacen los recién enamorados. Me imagino que habrá algunos que por amor se la juegan, se avientan y desafían al mundo entero para estar juntos. Y habrá otros que, también por amor, se contienen porque en casa tienen adultos mayores, padres o hijos con sistemas inmunes vulnerables. Marinan el deseo e imaginan una y mil veces el momento en que ya todo esté bien y puedan fundirse otra vez en caricias. ¿Cuántos amores habrán quedado separados por fronteras que de momento no pueden cruzarse?

Sí, el amor es grande y nos moviliza a generar experiencias en la “nueva normalidad” que CASI se parezcan a las de la vieja normalidad.

Pero ese CASI es un abismo.

Podemos vernos, pasar corazones y sonrisas por las plataformas virtuales, pero todavía no existe una función que deje pasar los aromas. Veo a mi mamá en la pantalla, pero no me llega su perfume o el olor de su pelo. No siento el calor del abrazo de mi papá. No puedo sentir los cachetes de mis sobrinos, no puedo tocar el brazo de mis hermanos mientras nos reímos. Y reafirmo que no hay nada más importante que nuestros lazos sociales y el contacto en tercera dimensión. Y quiero que me regresen esa parte de mi estilo de vida.

Y en medio de la pandemia, NASA y SpaceX lanzan al espacio la primera misión privada tripulada de la historia. Y me pongo a pensar en cuántos eventos históricos comprimidos en unos cuantos meses nos ha tocado vivir -que intenso llegó el 2020-. Y caí en la cuenta de lo grandes que podemos ser los humanos cuando trabajamos juntos para lograr un bien superior. Y me pregunté qué estarían sintiendo los astronautas y sus familiares. Grande el amor por la ciencia, también. Y me emocioné contando del diez al cero. Y se me puso la piel de gallina viendo despegar el cohete. Y siento esperanza. Y me gusta pensar que fueron a recoger la vacuna contra el COVID-19. Y que pronto nos dirán en las noticias que estaremos bien.

Y que podremos volver a esa realidad donde estar juntos y abrazarnos no era peligroso, al menos para la salud.

Y a ti qué te mueve… ¿El amor o el miedo?

miedo amor

Hace unos años descubrí que detrás de mi manera de vivir estaba siempre bien instalado el miedo. La epifanía me agarró caminando en una de las veredas de mi cerro preferido dos días después de la partida de Lola, la perra bóxer que me había acompañado 13 años. Esa mañana yo subía la montaña literalmente para estar más cerca del cielo, para estar más cerca de Lola.

A medio camino, de la nada y de pronto, entendí con claridad que la mayoría de mis decisiones respondían al miedo y no al amor. Evitaba cualquier cosa que me hiciera sentir incómoda, ansiosa, que me sacara de mi zona cómoda y de seguridad. Entre decir lo que pensaba e incomodar a alguien, prefería quedarme callada; entre publicar mi trabajo y arriesgarme a que me criticaran, mejor me lo guardaba; entre decir que no y decepcionar a alguien, mejor decía que sí. ¿Te suena?

Lo más irónico es que vivir de esa manera nunca me dio tranquilidad. Bien dicen que todo aquello a lo que le ponemos atención crece. Yo le ponía atención a lo que podía salir mal y la consecuencia de vivir evitando lo que me daba miedo era vivir con más miedo.

El momento “¡ajá!” me llegó cuando visualicé la gigantesca contradicción que existía entre mi más grande anhelo y mi conducta.

Yo quiero ser abuela y vivir hasta los 100 años para acompañar a mis hijas y nietos lo más posible. Al mismo tiempo, evitaba someterme a cualquier tipo de consulta o análisis médico –me aventé unos 7 años sin hacerme estudios de laboratorio, por ejemplo-. No es que me dieran miedo las agujas o los piquetes, no era por ahí. Más bien me aterraba que pudieran encontrarme alguna enfermedad terrible. Entonces… “si no busco, no encuentro” era mi filosofía y la decisión congruente con el miedo.

Pero esa conducta estaba totalmente en guerra con mi deseo de vivir mucho tiempo. Durante la caminata de esa mañana entendí que una decisión motivada por el amor más bien me impulsaría a monitorear y atender mi salud. Esa conducta, alimentada por el amor, era mucho más congruente con mi anhelo de quedarme por aquí largo rato.

Somos las historias que nos contamos. Pasamos nuestros días recopilando información coherente con las historias que nos fabricamos. Filtramos datos, aceptamos algunos y rechazamos otros. Al hacer esto, elegimos activamente el mundo que percibimos.

Dice Gabrielle Bernstein, autora del libro “The Universe Has Your Back: Transform Fear into Faith”, que lo que percibimos está en función de lo que interpretamos. Podemos interpretar una discusión con nuestros hijos como una razón más para pensar que no servimos como padres o podemos verla como una oportunidad de aprendizaje, crecimiento y fortalecimiento de nuestra relación. Podemos interpretar el diagnóstico de una enfermedad como el fin del mundo o como una oportunidad para bajar el ritmo y enfocarnos en lo importante. Podemos interpretar nuestro trabajo como una obligación a la que tenemos que sobrevivir o podemos verlo como un espacio donde podemos realizarnos y conectar con los demás.

¿Respondes al miedo o respondes al amor?

¿Haces el amor con la luz apagada porque no tienes un cuerpo perfecto y temes ser rechazada o te amas a ti misma y te permites disfrutar el momento?, ¿Evitas levantar la mano para expresar tus opiniones por miedo a equivocarte o te avientas pensando que los errores son una oportunidad para aprender? ¿Te guardas un “te quiero”, un “te admiro” o un “te ofrezco disculpas” por miedo a mostrarte débil y vulnerable o te atreves a ponerlos en voz alta para conectarte con los demás?

¿Dejas de viajar porque te aterra el avión o te subes –aunque sea temblando- por el amor a conocer lugares nuevos?, ¿ Rechazas invitaciones a paseos porque te da miedo que te pique algo y pones mil excusas o empacas el repelente contra insectos porque amas pasar tiempo con tus amigos?, ¿No escribes ese cuento que tienes en la cabeza hace mucho por temor a la crítica o te das la oportunidad de ser valiente haciendo algo que te inspira?

Nuestras historias de miedo viven en nuestro subconsciente, debajo de la piel o en el rincón más oscuro donde pretendemos esconderlos. Pero siempre encuentran cómo salir.

La cosa es simple. Si no atendemos la lección, si no resolvemos el problema, si no le damos la cara al miedo… la vida se encargará de fabricarnos oportunidades hasta que aprendamos. Cada nuevo dolor físico o examen médico es una oportunidad para mi de superar ese miedo, de acortar el tiempo de angustia, de ser valiente.

Podemos restablecer nuestra felicidad cuando decidimos hacerle frente al miedo.

Cuando nos sentimos atrapados por una historia de miedo es necesario hacer una pausa e intentar contarnos la misma historia desde un lugar de amor. Es importante preguntarnos… ¿Cómo me bloquea esta historia que me cuento y cómo puedo verla diferente?

Tenemos la posibilidad de ver el mundo a través del lente del miedo o a través del lente del amor. Y el lente que elegimos tiene un impacto muy poderoso en cómo nos sentimos y en qué hacemos.

¿Qué opinas?

Nelson Mandela lo dijo muy bien… “Que tus decisiones reflejen tus sueños, no tus miedos”.

 

 

 

Una Navidad para conectar

christmas tree

La Navidad está a la vuelta de la esquina y estoy decidida a bajarme desde ya del tren Expreso Polar con destino a la locura.

Para esta Navidad tengo tres intenciones.

Mi primera intención, al igual que el año pasado, es pasar los siguientes días muy a la “Hygge”.

Este es un concepto de Dinamarca que representa un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Aquí te dejo el vínculo a un artículo con ideas para crear momentos y disfrutar una Navidad a la “hygge”.

Mi segunda intención es conectarme de lleno con mi gente. Los lazos sociales son el ingrediente clave para una vida sana, plena y feliz.

“Desconectar para conectar” dice una frase que se ha vuelto útil y muy usada para recordarnos sobre la importancia de guardar nuestros aparatos electrónicos e interactuar con las personas que tenemos al frente.

¿Qué tal si en esta Navidad nos despegamos del ruido de las redes sociales, habitamos el momento presente y compartimos el espacio con nuestras personas favoritas?

Aprovechemos la oportunidad de estar juntos para fortalecer nuestros vínculos, iniciar conversaciones, perpetuar anécdotas e historias familiares, crear momentos que luego serán recuerdos para intercambiar en el futuro, compartir experiencias, reír hasta que duela, filosofar.

Bajémonos del tren de las compras frenéticas características de estas épocas. No hay cosa material, ni regalo que vendan en una tienda que llene más el corazón de una persona que momentos de compañía, calidez, conexión, amabilidad y amor.

Dejemos de buscar triques en los estantes de las tiendas y de intercambiar cosas. Mejor regalemos atención plena, presencia, ojos para ver el alma, oídos para escuchar lo importante y abrazos para sentir.

Mi tercera intención es contagiarte las ganas de intentar lo mismo que yo.

¿Te suena?

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Te deseo una Navidad llena de conexión!