Casi feliz

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Me quedé colgada con el tema de la creatividad y por lo visto mi cabeza también, porque me hizo volver al libro de Elizabeth Gilbert “libera tu magia”, para recoger una idea absolutamente poderosa y liberadora.

La idea se llama “Casi”.

Estaba segura de que ya me había topado con ella antes. Y sí… resulta que nos conocíamos de dos lugares diferentes.

El primero encuentro estuvo de cuento.

El escritor Peter H. Reynolds tiene un libro espectacular para niños que se llama “Casi” en el que, por medio de una historia lindísima, nos enseña lo letal que puede ser el perfeccionismo para la creatividad.

Te voy a contar el cuento con la esperanza de que te guste tanto que lo compres. Creo que debería de ser lectura obligada para niños, jóvenes y adultos.

A Ramón le encantaba dibujar a cualquier hora, cualquier cosa y en cualquier sitio.

Un día Ramón estaba dibujando un jarrón con flores. Su hermano mayor se asomó por encima de su hombro para ver lo que hacía y soltó una carcajada… ¿Qué es eso?, le preguntó. Ramón no pudo responder, agarró el dibujo, lo hizo bolas y lo lanzó al otro lado del cuarto.

La burla de su hermano hizo que Ramón se obsesionara tratando de hacer dibujos perfectos. Pero no lo conseguía.

Después de muchos meses y muchas bolas de papel arrugado, Ramón dejó su lápiz sobre la mesa y dijo: “No más, me rindo”.

Marisol, su hermana, lo miraba… ¿Y tú qué quieres? le preguntó bruscamente Ramón. “Sólo quiero ver cómo dibujas” dijo ella. “Yo ya no dibujo, lárgate de aquí”.

Marisol salió corriendo, pero con una bola de papel arrugado en la mano. “¡Hey devuélveme eso!” gritó Ramón persiguiéndola por el pasillo y hasta su recámara.

Al entrar enmudeció cuando vio la galería que había montado su hermana en las paredes de su cuarto con sus dibujos. “Este es uno de mis favoritos”, dijo Marisol apuntando a uno. “Se supone que era un jarrón de flores”, dijo Ramón, “aunque no lo parezca”. “Bueno… parece un casi jarrón” dijo ella.

Ramón ser acercó un poco más, miró con atención todos los dibujos que estaban en la pared y comenzó a verlos de otra manera… “Casi, casi son”, dijo.

Ramón comenzó a sentirse inspirado otra vez. Al permitirse el “casi”, las ideas empezaron a fluir libremente. Comenzó a dibujar nuevamente todo su mundo alrededor. Haciendo “casi” dibujos se sentía fantásticamente bien. Dibujó cuadernos enteros. Un “casi” árbol, una “casi” casa, un “casi” pez.

Ramón también se dio cuenta que podía dibujar “casi “sentimientos… “casi” paz, “casi” tonterías, “casi” alegría. Una mañana de primavera, Ramón tuvo una sensación maravillosa. Se dio cuenta de que había situaciones que sus “casi” dibujos no podrían captar y decidió no captar, sino sólo disfrutar.

Ramón fue “casi” feliz desde entonces.

Bello, ¿no?

¿Cuántas veces dejamos escapar “casi” sueños, “casi” proyectos o “casi” ideas por andar persiguiendo lo perfecto?, ¿Cuántas veces dejamos de ser nuestra versión auténtica vistiéndonos con el disfraz de la perfección?

El perfeccionismo es tóxico y NO es sinónimo de hacer las cosas muy bien.

Brené Brown explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la vergüenza o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la vergüenza va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

La segunda vez que me topé con la “casi” idea fue tomando una clase de escritura terapéutica.

Esa mañana de viernes, mi querida maestra Isabel, nos puso a escribir un poema cuyos objetivos eran combatir nuestras tendencias perfeccionistas y bajarle dos rayitas al nivel de auto exigencia.

Las instrucciones eran dos:

El título del poema tenía que ser “Porque no hay nada perfecto…” 

Y hacia el final de cada verso, tenía que aparecer la palabra “casi”.

Mi escritorio estará casi ordenado,

Lograré salir de mi casa casi bien peinada,

Comeré sin gluten casi todos los días,

Dormiré casi ocho horas.

 

Terminaré casi todos mis pendientes,

Dejaré mis llaves en el mismo lugar casi siempre,

Recodaré decirte cuánto te quiero casi todas las mañanas,

Seré casi valiente.

Seré una mamá casi divertida,

Viviré casi feliz.

El ideal de perfección es peligroso pues es prácticamente inalcanzable y tiene un efecto paralizante. Es mucho mejor hacerle espacio al “casi” en nuestras vidas.

¿Qué tendría que decir tu poema para que lograras ser más libre, creativo y “casi” feliz?

Magia Grande

Big magic

Hace unos días me paré frente a mi librero para ver si me saltaba encima algún texto que anduviera inquieto por salir. Sí, yo soy de la idea de que, en ocasiones, los libros nos escogen a nosotros.

Saltó de la repisa “Libera tu magia: una vida creativa más allá del miedo” de la escritora Elizabeth Gilbert –quizá la conoces por su éxito internacional “Comer, Rezar, Amar”- con su portada llena de colores vivos que, aunque parece fueron aventados sin cuidado sobre un lienzo, encontraron la manera de mezclarse artísticamente.

Leí este libro por primera vez hace cuatro años, lo disfruté de principio a fin, lo invadí de anotaciones y lo matriculé en mi lista de libros para repetir.

Resultó ser un tesoro para mí cuando había decretado que yo quería escribir un libro, pero no tenía idea de cómo pasar de las ganas y las buenas intenciones a la acción. Y es que las personas nos hacemos todo tipo de enredos mentales cuando queremos tener algo que ver con la creatividad.

Sospecho que brincó al frente para ayudarme otra vez a bajar de la nube un nuevo proyecto de escritura.

El argumento central de “libera tu magia” gira alrededor de la afirmación de que todos los seres humanos somos creativos, toditas las personas tenemos la capacidad de crear. Y no sólo eso, somos más felices cuando le damos rienda suelta a nuestra creatividad y la expresamos activamente.

La semana pasada le entramos en clase al tema de propósito de vida. En una de las diapositivas mostré la frase de Oliver Wendell Holmes que dice: “Muchas personas mueren con su música adentro”. Uno de mis estudiantes dijo: “eso está muy deprimente maestra”“Sí, asegúrate de que no te pase”, le respondí.

¿Por qué contenemos en camisa de fuerza nuestras ganas de componer canciones, crear recetas nuevas, escribir un cuento para niños, tomar clases de batería, dibujar, diseñar una silla, construir un huerto, tocar el ukulele, bailar merengue, cantar, actuar en una obra de teatro, hacer flores de papel?

¿Qué nos detiene?

El miedo.

¿Miedo a qué?

A no tener suficiente talento, al rechazo, a la crítica, a ser ignorados, a ser juzgados, a que nuestros sueños sean ridículos, a no estar lo suficientemente bien preparados, a no tener un título que nos acredite como artistas, a estar muy viejos o muy jóvenes, a no ser originales y a todo lo demás que se te ocurra.

Y como dicen por ahí … “argumenta a favor de tus limitaciones y te quedas con ellas”.

Dice Gilbert que el camino de la creatividad es para los valientes, no para quienes no sienten miedo. La creatividad siempre detona el miedo, pues nos obliga a entrar en terrenos desconocidos y el miedo detesta la incertidumbre.

Me encanta la analogía que hace la autora para explicar la relación entre el miedo y la creatividad. Dice que son como gemelos siameses que compartieron el mismo útero, nacieron al mismo tiempo y comparten órganos vitales…

“Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera en como manejamos nuestros miedos, pues he notado que cuando las personas tratan de matarlos, inadvertidamente asesinan en el proceso a su creatividad”.

La única manera de no sentir miedo es dejando de crear. Pero entonces nos morimos con nuestra música adentro… ¿Y por qué querríamos hacer eso?

Me gustan otras ideas en el libro…

El miedo es aburrido. Su respuesta es siempre “No”, si anda más generoso de letras dice “alto”, si lo retas un poco más te pregunta “¿quién te crees que eres”. Pero de ahí no pasa. Siempre lo mismo, siempre igual.

Es verdad que el miedo es útil para muchas cosas. Por ejemplo, para evitar que cruces caminando por una vía de alta velocidad en hora pico, meterte a un mar con olas de 5 metros si no sabes nadar o darle un trago a la botella de cloro. Pero no necesitamos del miedo para entrar en el mundo de la creatividad.

Con frecuencia nos libramos del pendiente de crear argumentando que estamos esperando a que nos visite la inspiración. La verdad es que la inspiración llega sin anunciarse, se va cuando le da la gana y lo único que queda mientras tanto es el trabajo. Para avanzar en nuestro proyecto creativo no hay más que presentarnos diligentemente a hacer la tarea día con día. Esto me hace recordar la célebre frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

Otro obstáculo mental que nos fabricamos para no crear tiene que ver con que nuestra idea no es original y, seguramente, tienes razón. La gran mayoría de las cosas ya se han hecho, PERO… no se han hecho por ti. Para vencer al miedo a no ser original, Gilbert nos recuerda que una vez que ponemos nuestra propia expresión, punto de vista y pasión detrás de una idea, ésta se convierte en nuestra.

Además no tenemos que salvar al mundo con nuestra creatividad o con nuestro arte. Nuestro arte es al mismo tiempo lo más importante y lo menos importante. Nuestras propias razones para crear son suficientes y podemos crear sólo porque sí.

Otra manera en que nos metemos el pie es mortificándonos pensando que todo el mundo estará al pendiente de lo que hacemos. La realidad es que todo mundo está metido es sus propias historias y no tienen mucho tiempo disponible para los demás. Quizá nos dedican su atención dos días y luego vuelven a lo suyo.

Y otra cosa… ¿No será que cuando decimos “todo mundo”, en realidad estamos pensando solamente en un par de personas? Y que… ¿Los “críticos” se resumen a alguien en especial?

La que sigue es mi favorita porque era mi mantra y además por ser la razón que más me comparten las personas cuando me cuentan sobre algún sueño aún sin lograr -que esto de compartirlo y ponerlo en voz alta ya es todo un atrevimiento-.

Muchas ideas, proyectos y sueños llevan años sentados en la sala de espera, pues sus dueños consideran que no están acreditados o certificados para convertirlos en realidad… “no puedo escribir un cuento porque no estudié literatura, no puedo dar una conferencia porque tengo que leer un libro más y tomar una clase más, no puedo vender mis collares porque nunca tomé un curso de joyería”, “no puedo dar una idea de marketing porque estoy en el área de contabilidad”.

Sobre este tema escuché a Liz Gilbert explicar en su podcast “Big Magic” -altamente recomendable- que llega un punto en que o despegamos o nos estrellamos, igual que los aviones. Te formas en la fila, te perfilas, aceleras y luego de suficiente pista lo que sigue es ¡despegar!. El riesgo de no hacerlo es un estrellamiento emocional. Usualmente sabemos más de lo que pensamos y estamos más listos de lo que creemos.

“Así que agarra a tus miedos e inseguridades de los tobillos, voltéalos de cabeza y sacúdete de encima esas nociones de que tienes que estar acreditado para ser legítimamente creativo”.

Me gustaría terminar con una idea del poeta Jack Gilbert…

“Todos tenemos algo creativo y valioso guardado adentro. ¿Tienes el valor para compartirlo? Los tesoros escondidos dentro de ti están deseando que digas que sí”.

 No mueras con tu música adentro.

Niños y adolescentes pierden felicidad en el mundo digital

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Cuando preguntamos a papás y a mamás qué es lo que más desean para sus hijos, una de las respuestas más comunes que recibimos es “que sean felices”. Al mismo tiempo –y paradójicamente- pareciera que estamos dándoles un aparato con poderes especiales para lograr justo lo contrario.

Nuestros niños y adolescentes están dejando una buena dosis de su felicidad en el mundo digital, lugar al que viajan con sus teléfonos celulares y aparatos electrónicos sin escalas.

Cada año, el Reporte Mundial de la Felicidad de la Organización de Naciones Unidas dedica un espacio importante a explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio para entender el papel que ha jugado el uso creciente de la tecnología en la felicidad de niños y adolescentes en Estados Unidos.

Los resultados están de miedo:

  • La felicidad y el nivel de satisfacción con la vida entre adultos y adolescentes en ese país han caído con respecto a los niveles del 2000.
  • El nivel de felicidad promedio entre estudiantes de octavo, décimo y doceavo grado (adolescentes entre 13 y 18 años) registró una franca caída entre 2011 y 2017. Entre estos grupos, el nivel de felicidad más bajo corresponde al grupo de estudiantes de décimo grado (Ver Figura 5.2).

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  • Indicadores relacionados con depresión, intención de suicidio y daño auto- provocado han aumentado considerablemente entre adolescentes desde 2010, especialmente en niñas y mujeres jóvenes.
  • La generación “igen” (nacidos después de 1995) tienen un bienestar psicológico menor al que tenían los “milenials” (nacidos entre 1980-1994) cuando tenían la misma edad.

Estos datos retan la lógica económica que ha venido dictando el diseño de políticas públicas que tienen como fin último –o deberían- incrementar el bienestar de los ciudadanos. De acuerdo con los indicadores objetivos, la felicidad debería estar más alta que nunca: el ingreso per-cápita ha aumentado, la tasa de desempleo ha bajado y la de criminalidad también.

Pero no. Algo más está pasando.

Para entender este fenómeno se han explorado diferentes causas: la caída en el capital social, el deterioro en las redes de apoyo, el aumento en la obesidad y en el uso de sustancias.

En este reporte se explora una alternativa más: “los adolescentes en Estados Unidos son menos felices debido a cambios fundamentales en el uso del tiempo libre”.

Van otros datos:

  • El tiempo que los adolescentes pasan detrás de una pantalla –medios digitales como juegos, redes sociales y tiempo en línea- ha crecido aceleradamente desde 2012, en parte porque más jóvenes tienen un teléfono celular.
  • En 2017, el estudiante promedio de doceavo grado (entre 17 y 18 años) pasaba más de 6 horas al día en tres actividades: internet, redes sociales y “texteando”.
  • Según datos de 2018, el 95% de los adolecentes en EUA tiene acceso a un teléfono celular y el 45% dice estar en línea “casi constantemente”.

El día solamente tiene 24 horas. Entonces, pasar tanto tiempo en línea forzosamente implica renunciar a pasar ese tiempo de otra manera.

Los jóvenes están dejando de interactuar cara a cara con los amigos y con sus personas favoritas, pasan menos tiempo leyendo, jugando, haciendo deporte y, sobretodo, durmiendo (Ver Figura 5.4).

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La falta crónica de sueño es una terrible idea para el bienestar emocional y la felicidad. Cuando estamos cansados el cerebro activa la alarma del sistema nervioso central y el mundo pesa. Sigue este link si te interesa saber más sobre el tema.

La falta de sueño en mis estudiantes es cada vez más evidente en el salón de clases. Hay días en que parecen zombis y los veo haciendo tanto esfuerzo por mantener los ojos abiertos que me dan ganas de ayudarles poniéndoles palillos entre los párpados para detenérselos. Cuando les pregunto cuántas horas duermen por noche me contestan 4 ó 5 horas… ¡casi la mitad de lo que necesitan!… ¿Y qué hacen en lugar de dormir?… “me quedo en el teléfono”, dicen.

Otros datos escabrosos:

  • Los adolecentes y adultos jóvenes que pasan más tiempo en el mundo digital tienen menor bienestar.
  • Las niñas que pasan 5 horas o más al día en redes sociales tienen tres veces más probabilidades de tener depresión.
  • Actividades como socializar en persona, dormir suficiente y atender servicios religiosos están vinculadas a la felicidad.
  • Las actividades relacionadas con teléfonos inteligentes y medios digitales generan menos felicidad que las que no involucran tecnología.

Y es que en el mundo digital viven otros demonios…

Las brutales comparaciones sociales que hacen que las personas contrasten sus vidas no editadas con las vidas editadas de los demás; tendemos a comparar nuestra cara lavada y sin filtro con la cara de los demás perfectamente pulida por filtros –que quitan años, arrugas, manchas, afilan la nariz, engrosan los labios, estiran las pestañas y resaltan los pómulos-. El golpe a la autoestima es duro.

En el mundo digital también existe el “cyber-bullying”. En mis tiempos, la tortura estaba contenida dentro de las horas de colegio –a la llegada, en recreo, a la salida- y podías defenderte si te armabas de valor. Al final del día era posible encontrar paz y tranquilidad en tu casa. Ahora los “bullies” viajan contigo en el bolsillo de tu pantalón o en la mochila y llegan a más gente a velocidad de la luz. El contagio es masivo y no hay cómo hacerle frente.

No sé si les ha pasado… Para los hijos adolescentes no hay peor castigo posible que quitarles el teléfono, les da terror y de manera instantánea te conviertes en la mamá más cruel y despiadada del planeta.

Pero después de varias horas –o días- sin acceso al celular pasan cosas increíbles… Empiezan a leer, juegan con los perros, sacan las patinetas, salen a la calle, buscan a la vecina, construyen, inventan, cocinan, mejora su estado de ánimo, platican, duermen suficiente y dan más muestras de cariño.

Muchos estudios encuentran que los adultos también nos beneficiamos cuando reducimos la cantidad de tiempo que dedicamos a alimentar el monstruo de las redes sociales. Grupos de personas que dejan de usar Facebook una semana, por ejemplo, reportan más felicidad y menos depresión que los que continúan usándolo como siempre. Mi siguiente experimento será desconectarme por un rato.

Nuestros niños y jóvenes están pasando cada vez más tiempo en el mundo digital y las consecuencias no son buenas. Los datos sugieren que la moneda de cambio es la felicidad y la salud mental.

Si estamos de acuerdo en que la felicidad es lo que más deseamos para nuestros hijos, entonces tenemos que adueñarnos de la responsabilidad de ayudarles a moderar la cantidad de tiempo que pasan en el mundo digital.

Y sí… los adultos tenemos que poner el ejemplo.

Reporte Mundial de la Felicidad 2019

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2019. Este es el séptimo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio especial sobre felicidad y comunidad con la idea de entender cómo ha cambiado la felicidad en los últimos años y cómo influyen en las comunidades la tecnología, el gobierno y las normas sociales.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2019.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Sudán del Sur, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 19 –se cayeron un lugar con respecto al año pasado-.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Holanda, Suiza, Suecia, Nueva Zelanda, Canadá y Austria. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés ecónomico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Yemen, India, Siria, Bostwana y Venezuela.

La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 12. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index. Me gusta ver a un país latinoamericano pisando la raya de los “Top Ten”.

México apareció este año en el lugar número 23. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-.

Además, el actual reporte incluye algunos datos puntuales sobre el nivel de satisfacción en 12 dominios de vida diferentes en México en 2013, 2017 y 2018. En cada uno de los años, el dominio de vida en donde los mexicanos reportan el nivel de satisfacción más alto es el de relaciones interpersonales. Por el contrario, los dominios con los menores niveles de satisfacción son: ciudad, país y seguridad. El 2017, año previo a la elección presidencial, los niveles en estos tres dominios registraron una caída con respecto al 2013 (Ver Fiu. Esto pudiera explicar la decisión de voto de los mexicanos para sacar al partido gobernante del poder y el repunte en 2018 -posterior a la elección- de estos indicadores. Vamos a ver qué pasa en 2020…

El reporte de este año incluye también un estudio sobre el uso de tecnología, la interacción creciente que tienen los adolescentes con aparatos electrónicos y su impacto en el bienestar. Los resultados sugieren que entre mayor es el uso de medio digitales, menor tiende a ser el bienestar. En otras palabras, nuestros jóvenes están dejando felicidad en el mundo cibernético. Pero de esto nos ocuparemos la próxima semana.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su séptima edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que dimisnuyen la felicidad.

Día Internacional de la Felicidad

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Hoy es el día Internacional de la Felicidad. Desde el año 2013, la Organización de Naciones Unidas (ONU) celebra este día con la intención de resaltar la importancia de la felicidad en la vida de los habitantes del mundo.

Recuperé de mis archivos este artículo que explica a grandes rasgos de dónde viene este tema que ya tiene día oficial en el calendario.

Sin importar quiénes somos, cuándo o en dónde vivimos, las personas compartimos el deseo de ser felices y, detrás de este ideal, está el por qué de todo lo que hacemos. Esta es una razón suficiente para afirmar que la felicidad es importante.

La felicidad es más que una sensación placentera. Es un mecanismo que induce un estado emocional que nos da ventajas para jugar en la vida colocándonos en mejor posición de cancha y con recursos de mayor calidad.

La felicidad es una habilidad esencial. Si quieres conocer con detalle sus beneficios te recomiendo que sigas este vínculo.

¿Cómo sabemos todo esto?

La búsqueda de la felicidad es ancestral, pero el esfuerzo por estudiarla desde un punto de vista científico es relativamente nuevo y comenzó con investigaciones aisladas en diferentes áreas de la academia, por ejemplo, en la Economía alrededor de 1940.

La Ciencia de la Felicidad o la Psicología Positiva, como la conocemos hoy, surgió hace apenas unos veinte años -en 1998- y gracias a Martin Seligman, profesor e investigador de la Universidad de Pensilvania.

Hasta el año 2000, aproximadamente, por cada artículo que había sobre la felicidad, el amor, la alegría, la satisfacción en el trabajo o las emociones positivas, había veintiún publicaciones sobre depresión, ansiedad, esquizofrenia y neurosis.

La psicología tradicional parte de las preguntas: ¿Qué está mal? y ¿Cómo lo arreglamos?

Entonces si te sientes triste, ansioso, sin ánimo y energía para sacar adelante tus días, quizá decides consultar a un psicólogo o a un psiquiatra tradicional. Y una de las primeras preguntas que te hará –después de ¿cómo te llamas? y ¿Quién te recomendó conmigo?– seguramente será: ¿Qué problema te trae por aquí?

La psicología tiene como objetivo reparar algo que está roto, que no funciona correctamente, trata de las emociones oscuras, de las disfuncionalidades y los desórdenes. Tiene como fin llevar a una persona que está en números rojos o en un estado emocional negativo de regreso al promedio, al cero, a un estado neutral.

Este modelo basado en composturas no es exclusivo de la psicología tradicional.

Generalmente nos enfocamos en corregir fallas. Durante las sesiones de retroalimentación, los jefes señalan nuestras “áreas de oportunidad”; los consultores tradicionales  analizan en las empresas equipos de trabajo para encontrar deficiencias. Y del colegio recibimos mensajes cuando nuestros hijos se portan mal o necesitan clases extras para ponerse al corriente en ciertas materias.

Pero no todo son problemas y no todo está roto.

Martin Seligman comenzó a cuestionar el alcance de la psicología tradicional al darse cuenta de esta marcada tendencia hacia enfocar esfuerzos en lo triste, lo malo y lo negativo.

No todas las personas están tristes o están tristes todo el tiempo. Muchos matrimonios funcionan y permanecen juntos toda la vida; hay gente que disfruta haciendo su trabajo, individuos que tienen redes de apoyo, amistades sólidas y recursos para hacer frente a las adversidades. Existen los optimistas y lo que están satisfechos con sus vidas. Hay personas felices.

Seligman puso sobre la mesa preguntas diferentes: ¿Qué hace la gente que se siente bien? ¿Qué características tienen las relaciones interpersonales exitosas? ¿Qué distingue a las amistades que duran para siempre? ¿Qué hábitos tienen los individuos que están contentos con sus vidas? ¿Qué podemos aprender de las personas felices?

Un enfoque diferente.

La Psicología Positiva parte de las preguntas: ¿Qué está bien? ¿Qué funciona? y ¿Cómo podemos construir sobre eso?

Esta nueva ciencia no tiene nada que ver con ignorar lo que no funciona –en mí, en mis relaciones, en mi trabajo, con mis hijos-. La psicología positiva se trata de reconocer, apreciar e incluir TAMBIÉN lo que sí funciona, lo que sí sale bien.

Nos ofrece un panorama más completo de la realidad y de lo que existe. Así como hay dolor, sufrimiento, odio y coraje… En el mundo también hay amor, alegría, solidaridad, generosidad, cariño y felicidad.

Cambiar la pregunta es siempre un ejercicio poderoso. Cuando preguntamos: ¿Qué está mal? Encontramos problemas y la misión se convierte en un rescate. Cuando preguntamos: ¿Qué está bien? Visualizamos fortalezas, habilidades y motivación para crecer.

Cuando cambias la pregunta, cambia la respuesta.

¡Feliz día de la Felicidad!

Helmut

Helmut

A veces las tristezas llegan todas juntas. Me las imagino poniéndose de acuerdo entre ellas en un chat especial para aprovechar la vuelta, ahorrar gasolina y dividir la cuenta.

El viernes pasado nos tocó despedir a Helmut, el bóxer blanco que de tan feo era bonito.

Fue el primogénito de mi hermano y su esposa. Hijo único hasta que se convirtió en el hermano mayor y compañero inseparable de mi sobrina. Helmut además era el tío de cuatro patas favorito de mis hijas y uno de mis seres vivos preferidos.

Helmut fue un perrazo.

Su historia es un ejemplo de amor a primera vista. Un día salieron a pasear mi hermano, mi cuñada y su papá, que estaba de visita en la ciudad. Mi cuñada –que no andaba con planes de hacerse de un perro ese día- se detuvo a hacerle fiestas a un grupo de cachorros bóxer que vendían en la calle. El único perro blanco del grupo se le aventó a los brazos y ella, como si se conocieran de toda la vida, le dijo “Hola Helmut”. Su papá, al presenciar aquella escena, compró al cachorro en el instante y Helmut se fue a su nueva casa, como si ya viniera de ahí.

Helmut era un perrote. Desde pequeño -con un par de kilos de peso- se acostumbró a dormir encima de su dueño mientras leía. Helmut jamás renunció a ese puesto. Tenemos cientos de imágenes de mi hermano torcido leyendo bajo 35 kilos de bóxer blanco.

Helmut era copiloto. Mi hermano y yo no vivimos en la misma ciudad, pero coincidimos un par de veces al año en casa de nuestros padres. Un día estábamos mis papás y yo esperando que mi hermano y su familia llegaran de su viaje en carretera. Llamaron por teléfono para avisar que estaban cerca, así que salimos a la calle a recibirlos. A lo lejos apareció su carro rojo con mi hermano al volante y Helmut sentado -muy derecho y con el cinturón de seguridad bien puesto- en el asiento del copiloto… “riding shotgun”. ¡Que “Waze” ni que nada!.

Helmut fue el mejor niñero del mundo. Le seguía la corriente a mis hijas y se convertía en caballo para brincar los obstáculos fabricados con escobas y trapeadores colocados en cruz por los pasillos alrededor de la casa y el jardín. Nunca lo vi reparar, si consideraba muy alto el reto, entonces pasaba por debajo. Tampoco me toco escucharlo decir “ya no juego”.

Sabía jugar a las escondidas y lo hacía tan bien que mi hijas preguntaron… ¿Tía, hasta cuál sabe contar Helmut?. “Yo creo que hasta el 20” les dijo. Y yo creo que sí, pues jamás salió a buscarlas ni antes ni después. Aunque sospecho que la tía tenía algo que ver en el juego.

Helmut era especial. Indignado cuando la menor de mis hijas lo hizo a un lado para entretenerse con lo que le trajo Santa tomó cartas en el asunto y de uno en uno fue escondiendo los juguetes. Y casi nada como verlo llevándole sus huesos de carnaza a mi sobrina cuando lloraba.

Helmut era una obra de arte caminante. Su blancura lo convirtió en un lienzo perfecto para su humana, que con sus plumones hizo innumerables diseños exóticos y estampados en piel. “¿Por qué pintaste a Helmut?” preguntó su mamá a mi sobrina una vez… “porqué estaba muy blanco” respondió con una lógica irrefutable. El abuelo siempre quiso dibujarle cejas.

Tengo la memoria llena de recuerdos. Me llegan todos juntos.

¿Dónde está el botón de “deshacer”?

¡Qué difícil es asimilar la partida de una mascota!

¡Qué difícil es extrañar!

No queda más que presionar el botón de “regresar” y revivir en la mente los momentos especiales. No importa si hoy nos hacen llorar. Llegará el día en que logremos recordar sonriendo.

Nos toca extrañar a Helmut.

Sus pelos blancos, sus rosas atributos, sus babas, su mirada entendida y profunda, su nobleza, buen humor y buena actitud.

Nos toca extrañar a ese bóxer blanco que de tan feo era bonito y que nunca necesito palabras para comunicarse pues lo hacía con su corazón, con su gigantísimo corazón.

¡Gracias Helmut!

“Permiso para…”

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El tema para esta semana me llegó estando sentada en un avión poco después de que cerraran la puerta.

Desde la cabina de pilotos, el capitán nos dio la más cordial bienvenida y nos puso al tanto de las condiciones en la ruta de vuelo. Lo hizo tan de prisa que las palabras le salieron todas juntas, sin espacios, con una dicción tan clara como la letra de doctor. Sólo entendí “tripulación iniciando movimiento”.

Entonces arrancó la sobrecargo con su set de informes e instrucciones. Todo iba “business as usual” hasta que anunció nuestro destino final en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de San Antonio.

“Yo voy a la Ciudad de México” gritó un señor sentado un par de filas atrás de mi y de un salto se puso en el pasillo. Con su abrigo y papeles bajo el brazo izquierdo, caminó apurado hacia el frente sacudiendo el boleto sobre su cabeza con la mano derecha. Se detuvo frente a la sobrecargo y angustiado suplicó: “Necesito permiso para bajar del avión”.

La sobrecargo interrumpió el comunicado y avisó a la cabina de pilotos. El avión hizo alto, cambiaron la reversa por el drive y dijeron “regresando a la posición”. Acercaron lentamente el gusano a la aeronave… “tripulación desarmar toboganes”. Abrieron la puerta y por ahí salió corriendo el señor.

Intento de despegue uno: fallido.

Ahora venía el equipo de seguridad. Resulta que es obligatorio hacer una revisión minuciosa del avión en situaciones como esta para asegurar que el pasajero no haya olvidado algunas de sus pertenencias, especialmente, una bomba.

Mientras todo esto pasaba me puse a pensar que lindo sería que la vida te dejara saber con claridad a dónde vas; que anunciara por el altavoz el destino final para saber si estás en el vuelo correcto o tienes que bajarte, aunque eso implique activar el protocolo de emergencia y aguantar las miradas reprobadoras e impacientes de los compañeros de viaje. O que delicioso sería tener la capacidad de disfrutar el viaje sin saber con certeza cuál será la parada confiando en que en donde sea que aterricemos estaremos bien.

Andaba en eso cuando me vinieron a la mente los “permission slips” de Brené Brown, una de mis escritoras favoritas. A veces tenemos que darnos un permiso especial a nosotros mismos para hacerle frente al día, a la semana, a una situación particular o a la vida.

Este ejercicio consiste en escribir un permiso –como cuando en el colegio te daban una nota de autorización para salir del salón o no tomar la clase de deportes- en un Post-it, traerlo doblado en la bolsa del pantalón o pegado donde podamos verlo para recordarnos que está bien, que en este momento puede ser así o que hoy necesitamos esto.

Van algunos ejemplos.

Hoy me doy permiso para… “estar triste, aunque se note”, “no ser una mamá perfecta”, “equivocarme”, “no tener todas las respuestas”, “hablar de felicidad aunque no siempre la sienta”, “para cantar desentonada”, “para jugar y reírme con mis hijos”, “para no tomarme la cosas de manera personal”, “para decir que no”, “para opinar”, “para intentar aunque no me salga”, “para dormir una siesta”, “para quedarme en pijama toda la mañana”, “para no responder el teléfono”, “para perdonar”, “para estar presente”, “para comer con gluten”.

¿Qué permiso necesitas darte hoy?

Se retiró el equipo de seguridad, cerraron la puerta del avión… “Tripulación armar toboganes”“iniciando movimiento”.

Y de pronto, alto otra vez… “Regresando a la posición”, anunció el piloto por la bocina. Cambio de reversa a drive. Otra vez el gusano… “Tripulación desarmar toboganes”.

Abrieron la puerta del avión y ahora entraba el equipo de mantenimiento a la cabina de pilotos. Apagaron los motores, nos quedamos a oscuras. Esta vez un foco rojo anunciaba una posible falla mecánica… “vamos a resetear la computadora de la aeronave” se oyó por la bocina.

Intento de despegue dos: fallido.

Entonces me puse a pensar que este viaje en avión empezaba a parecerse mucho a la vida… imprevistos, fallas, regresar, revisar, resetear, esperar, soltar el control, confiar, incertidumbre, reparar y siempre volver a intentar.

Se fue el equipo de mantenimiento, cerraron la puerta. “Tripulación armar toboganes”, “iniciando movimiento”, “nos vamos”“Ahora sí disfruten su vuelo”.

Intento de despegue tres: exitoso.