Magia Grande

Big magic

Hace unos días me paré frente a mi librero para ver si me saltaba encima algún texto que anduviera inquieto por salir. Sí, yo soy de la idea de que, en ocasiones, los libros nos escogen a nosotros.

Saltó de la repisa “Libera tu magia: una vida creativa más allá del miedo” de la escritora Elizabeth Gilbert –quizá la conoces por su éxito internacional “Comer, Rezar, Amar”- con su portada llena de colores vivos que, aunque parece fueron aventados sin cuidado sobre un lienzo, encontraron la manera de mezclarse artísticamente.

Leí este libro por primera vez hace cuatro años, lo disfruté de principio a fin, lo invadí de anotaciones y lo matriculé en mi lista de libros para repetir.

Resultó ser un tesoro para mí cuando había decretado que yo quería escribir un libro, pero no tenía idea de cómo pasar de las ganas y las buenas intenciones a la acción. Y es que las personas nos hacemos todo tipo de enredos mentales cuando queremos tener algo que ver con la creatividad.

Sospecho que brincó al frente para ayudarme otra vez a bajar de la nube un nuevo proyecto de escritura.

El argumento central de “libera tu magia” gira alrededor de la afirmación de que todos los seres humanos somos creativos, toditas las personas tenemos la capacidad de crear. Y no sólo eso, somos más felices cuando le damos rienda suelta a nuestra creatividad y la expresamos activamente.

La semana pasada le entramos en clase al tema de propósito de vida. En una de las diapositivas mostré la frase de Oliver Wendell Holmes que dice: “Muchas personas mueren con su música adentro”. Uno de mis estudiantes dijo: “eso está muy deprimente maestra”“Sí, asegúrate de que no te pase”, le respondí.

¿Por qué contenemos en camisa de fuerza nuestras ganas de componer canciones, crear recetas nuevas, escribir un cuento para niños, tomar clases de batería, dibujar, diseñar una silla, construir un huerto, tocar el ukulele, bailar merengue, cantar, actuar en una obra de teatro, hacer flores de papel?

¿Qué nos detiene?

El miedo.

¿Miedo a qué?

A no tener suficiente talento, al rechazo, a la crítica, a ser ignorados, a ser juzgados, a que nuestros sueños sean ridículos, a no estar lo suficientemente bien preparados, a no tener un título que nos acredite como artistas, a estar muy viejos o muy jóvenes, a no ser originales y a todo lo demás que se te ocurra.

Y como dicen por ahí … “argumenta a favor de tus limitaciones y te quedas con ellas”.

Dice Gilbert que el camino de la creatividad es para los valientes, no para quienes no sienten miedo. La creatividad siempre detona el miedo, pues nos obliga a entrar en terrenos desconocidos y el miedo detesta la incertidumbre.

Me encanta la analogía que hace la autora para explicar la relación entre el miedo y la creatividad. Dice que son como gemelos siameses que compartieron el mismo útero, nacieron al mismo tiempo y comparten órganos vitales…

“Tenemos que ser muy cuidadosos en la manera en como manejamos nuestros miedos, pues he notado que cuando las personas tratan de matarlos, inadvertidamente asesinan en el proceso a su creatividad”.

La única manera de no sentir miedo es dejando de crear. Pero entonces nos morimos con nuestra música adentro… ¿Y por qué querríamos hacer eso?

Me gustan otras ideas en el libro…

El miedo es aburrido. Su respuesta es siempre “No”, si anda más generoso de letras dice “alto”, si lo retas un poco más te pregunta “¿quién te crees que eres”. Pero de ahí no pasa. Siempre lo mismo, siempre igual.

Es verdad que el miedo es útil para muchas cosas. Por ejemplo, para evitar que cruces caminando por una vía de alta velocidad en hora pico, meterte a un mar con olas de 5 metros si no sabes nadar o darle un trago a la botella de cloro. Pero no necesitamos del miedo para entrar en el mundo de la creatividad.

Con frecuencia nos libramos del pendiente de crear argumentando que estamos esperando a que nos visite la inspiración. La verdad es que la inspiración llega sin anunciarse, se va cuando le da la gana y lo único que queda mientras tanto es el trabajo. Para avanzar en nuestro proyecto creativo no hay más que presentarnos diligentemente a hacer la tarea día con día. Esto me hace recordar la célebre frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

Otro obstáculo mental que nos fabricamos para no crear tiene que ver con que nuestra idea no es original y, seguramente, tienes razón. La gran mayoría de las cosas ya se han hecho, PERO… no se han hecho por ti. Para vencer al miedo a no ser original, Gilbert nos recuerda que una vez que ponemos nuestra propia expresión, punto de vista y pasión detrás de una idea, ésta se convierte en nuestra.

Además no tenemos que salvar al mundo con nuestra creatividad o con nuestro arte. Nuestro arte es al mismo tiempo lo más importante y lo menos importante. Nuestras propias razones para crear son suficientes y podemos crear sólo porque sí.

Otra manera en que nos metemos el pie es mortificándonos pensando que todo el mundo estará al pendiente de lo que hacemos. La realidad es que todo mundo está metido es sus propias historias y no tienen mucho tiempo disponible para los demás. Quizá nos dedican su atención dos días y luego vuelven a lo suyo.

Y otra cosa… ¿No será que cuando decimos “todo mundo”, en realidad estamos pensando solamente en un par de personas? Y que… ¿Los “críticos” se resumen a alguien en especial?

La que sigue es mi favorita porque era mi mantra y además por ser la razón que más me comparten las personas cuando me cuentan sobre algún sueño aún sin lograr -que esto de compartirlo y ponerlo en voz alta ya es todo un atrevimiento-.

Muchas ideas, proyectos y sueños llevan años sentados en la sala de espera, pues sus dueños consideran que no están acreditados o certificados para convertirlos en realidad… “no puedo escribir un cuento porque no estudié literatura, no puedo dar una conferencia porque tengo que leer un libro más y tomar una clase más, no puedo vender mis collares porque nunca tomé un curso de joyería”, “no puedo dar una idea de marketing porque estoy en el área de contabilidad”.

Sobre este tema escuché a Liz Gilbert explicar en su podcast “Big Magic” -altamente recomendable- que llega un punto en que o despegamos o nos estrellamos, igual que los aviones. Te formas en la fila, te perfilas, aceleras y luego de suficiente pista lo que sigue es ¡despegar!. El riesgo de no hacerlo es un estrellamiento emocional. Usualmente sabemos más de lo que pensamos y estamos más listos de lo que creemos.

“Así que agarra a tus miedos e inseguridades de los tobillos, voltéalos de cabeza y sacúdete de encima esas nociones de que tienes que estar acreditado para ser legítimamente creativo”.

Me gustaría terminar con una idea del poeta Jack Gilbert…

“Todos tenemos algo creativo y valioso guardado adentro. ¿Tienes el valor para compartirlo? Los tesoros escondidos dentro de ti están deseando que digas que sí”.

 No mueras con tu música adentro.

“No es valiente aquel que no siente miedo, sino el que sabe conquistarlo”

bravery

Hoy tomo prestada la frase de Nelson Mandela para el tiítulo de esta publicación.

El miedo se define como una sensación de angustia por la presencia de un peligro real o imaginario y su función es protegernos.

Los humanos tenemos programado de fábrica un mecanismo de supervivencia que se llama “pelea, escapa o paralízate” que se activa ante la presencia de una amenaza real o percibida.

Hace mucho sentido tener miedo cuando una amenaza de peligro tiene forma de oso hambriento que aparece repentinamente en tu camino, de sangre que brota de una herida a borbotones luego de un accidente o de dos malandros drogados apuntando tu cabeza con sus pistolas. En otras palabras… cuando el peligro es real e inminente.

Algo que me parece increíble, sin embargo, es que las personas podamos sentir miedo y activar todas las alarmas de nuestro sistema nervioso central en respuesta a una amenaza percibida o imaginaria.

Podemos detonar exactamente el mismo mecanismo de supervivencia con un pensamiento y vivir en un estado permanente de alerta o estrés crónico.

Voy a recurrir al ejemplo que más encuentro en la literatura. Una gacela puede estar comiendo tranquilamente, detectar un león y arrancar corriendo asustada a toda velocidad para escapar. Si logra hacerlo y el león desaparece, la gacela regresa a la calma y continúa comiendo como si nada hubiera pasado. Las personas, en cambio, podemos quedarnos atrapados en el estrés por mucho tiempo, incluso, aunque la amenaza haya desaparecido.

Escapar de eso que nos da miedo es casi siempre nuestro primer impulso. Cuando el miedo proviene de una amenaza real perfectamente identificable este instinto nos obliga a la acción. No sería muy atinado, por ejemplo, detenernos a evaluar posibilidades si vemos que se nos viene encima una roca gigante.

Los miedos atados a peligros reales son útiles y necesarios. Es bueno, por ejemplo, tener miedo a darle unos tragos a una botella de cloro o a caminar al borde de un precipicio en un día de huracán con ráfagas de viento de 100 kilómetros por hora.

Un miedo que tiene una causa perfectamente identificable nos impulsa a la acción: una persona gritando furiosa en un restaurante con bate de beisbol provoca que te escondas bajo la mesa.

Los miedos imaginarios o percibidos, en cambio, son como una gran nube de ansiedad o una preocupación que no alcanzamos a enfocar y nos congela. Estos miedos son peligrosos, ahogan nuestros sueños y crean un abismo en donde se pierde lo que nuestro corazón anhela. En ese espacio viven todos nuestros “hubieras”.

Huir o paralizarnos de miedo no es una buena idea cuando se trata de echar a volar un proyecto, desarrollar una idea, aceptar una invitación, taparnos la vista ante realidades dolorosas o expresar nuestras opiniones. El miedo tampoco sirve cuando no sabemos exactamente qué lo produce. Este tipo de miedo nos deja a la orilla de nuestra propia vida.

Existen algunas estrategias para hacerle frente a los miedos percibidos o imaginarios.

Aprende todo lo que puedas sobre lo que te da miedo. Si te aterrorizan los tiburones, entonces lee todo lo que puedas acerca de ellos… de esa manera sabrás que no corres ningún peligro nadando en una alberca. Si te angustia la sospecha de que tu hijo de 13 años fuma, habla con él sobre las colillas que encuentras fuera de su ventana. Agenda la mamografía, aprende de finanzas personales, investiga si este tipo de arañas vive en tu zona.

Sentir curiosidad. El miedo es un perfecto disfraz para otras emociones. Si profundizamos en lo que sentimos y vamos quitando capas quizá logremos descubrir que no es miedo lo que sentimos, sino inseguridad, vergüenza, culpa o resentimiento. Para resolver un problema, primero hay que identificarlo.

Enfrentar nuestros miedos. Aprovechar las oportunidades que se nos presentan para practicar la valentía y resolver temores. En mi peor época de miedo al avión, la vida se encargó de ponerme a viajar. Como era por razones de trabajo no me quedaba más opción que abordar la aeronave. La terapia de exposición resultó muy útil. Aquel miedo casi paralizante de hace unos años se ha convertido en sólo nervios perfectamente manejables. En ocasiones… hasta sueño me da.

Haz algo que te de miedo una o dos veces al año. Claro, siempre y cuando sea algo que quieras hacer. Antes de aceptar, decliné 3 invitaciones a recorrer un cañón que me parecía totalmente inspirador pero que implicaba saltar al agua desde rocas entre 3 y 12 metros. Finalmente me decidí a hacerlo. La aventura iniciaba con un rapel de 40 metros de altura. Con las piernas convertidas en gelatina y sin voltear para abajo me lancé. Perdí el estilo y terminé debajo de una cascada… pero valió la pena. Ha sido uno de los mejores paseos que he hecho y la sensación de logro al completar el recorrido fue enorme. Me había graduado de un tipo de miedo.

Revisa tu compás interior. Me gusta esta idea de Martha Beck, autora de “Finding Your Own North Star” para saber cuándo escapar y cuando enfrentar un miedo.

Si tu miedo y tu corazón apuntan en la misma dirección y dan las mismas instrucciones… ¡corre!. En otras palabras, huye de cualquier cosa que te atemorice y no sea atractivo para tu corazón, que no se sienta bien.

Una persona muy atractiva, pero que te pone lo pelos de punta con su agresividad sugiere alejarte. Si te dan miedo la alturas y a tu yo auténtico no le interesa aventarse de un paracaídas… no lo hagas.

Pero si el miedo y tu corazón apuntan en direcciones contrarias, entonces es necesario explorar. Abrir el restaurante, hacer un viaje, decirle a esa persona que estás enamorada de ella hace tiempo, estudiar una carrera a los 50 años.

Dice Beck que cuando nuestro yo auténtico verdaderamente quiere algo, casi siempre sentiremos miedo… miedo al fracaso, al compromiso, a dejar territorio conocido, a la competencia o, inclusive, al éxito. El tipo de miedo que camina de la mano con el deseo es el que tenemos que enfrentar.

No cruzar el puente antes de llegar. Esta se la aprendí a mi papá. Cada vez que me angustiaba anticipando lo que podría pasar en el futuro o imaginando escenarios escabrosos, mi papá me decía “no cruces el puente antes de llegar”. Este es un consejo muy útil para evitar caer presas del miedo anticipatorio.

Atender el tema hoy. Con frecuencia el miedo nos dice que no estamos listos todavía. A veces, es cierto. Tenemos que aprender un poco más. Si quieres dar un concierto de piano en el auditorio de la ciudad y no conoces las notas musicales, quizá debas practicar más. Muchas otras veces postergamos la acción bajo excusa de que aún no es tiempo o no es el mejor momento. Y pensamos que el día en que estemos listos no sentiremos miedo. Martha Beck dice, superar el miedo sin hacer algo que nos asuste es como querer aprender a nadar en el pasto. Tenemos que tirarnos el clavado…

Si comenzamos a enfrentar nuestros miedos sucederán cosas increíbles: seremos más libres, más auténticos, completaremos más sueños y viviremos más felices.

Te dejo unas palabras finales de Martha Beck… “Te darás cuenta que la diferencia entre el éxito y el fracaso no es la ausencia del miedo, sino la determinación de seguir tu corazón sin importar lo asustado que estés”.

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