El silencio está lleno de respuestas

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¿Conoces el sonido de tu respiración?

Tápate los oídos con los dedos y escucha con atención. Detrás del murmullo del silencio aparece en primer plano el compás de tu respiración, un vaivén de aire cadencioso con efecto relajante instantáneo. ¿Lo conoces?

Un poco más allá, en segundo plano, palpita la voz de tu corazón. ¿La escuchas?.

¿Hace cuánto tiempo que no estás en silencio?, ¿Hace cuánto tiempo que no escuchas el sonido de tu respiración o el latido de tu corazón?, ¿Hace cuánto que no escuchas lo que tú mismo tienes que decirte?

Estando en silencio es posible escuchar lo más esencial.

Sin embargo, pareciera que le tenemos miedo al silencio, le sacamos la vuelta, lo evitamos a toda costa. Nos llenamos de ruido para evitar entrar en contacto con lo que sentimos, especialmente con lo que nos duele, nos incomoda, nos entristece.

Para vivir más felices y mejorar nuestro bienestar emocional es importante vaciarnos de ruido, escuchar nuestra respiración, nuestro corazón y nuestra voz. Crear espacios de silencio para encontrarnos con lo esencial.

Una de las cosas que más disfruto hacer es flotar boca arriba en el mar con los brazos extendidos y los oídos sumergidos en el agua. Es mágico. El ruido exterior se diluye entre el murmullo de las olas, aparece en el fondo el tintineo de la arena desplazándose por el fondo, y poco a poco, comienza a difuminarse la línea que me separa del agua. El pulso del mar se pone en sintonía con el de mi corazón. Respiramos juntos.

En el mar y de vacaciones es fácil encontrar estos espacios de silencio y la disposición para detenernos y reflexionar.

¿Pero cómo hacerle en el día con día, en ambientes saturados y entre tanto estrés?. Yo no tengo una tina en el baño de mi casa para sumergirme en ella y simular que estoy en el mar. Podría hundir la cabeza en una cubeta, pero no me inspira mucho la idea…

Entonces, ¿Cómo escuchar entre tanto ruido?, ¿Cómo escuchar cuando el silencio es tan elusivo?

Apagando la televisión, la música, silenciando el teléfono, cerrando el libro, sentándonos callados por unos minutos, caminando solos en la naturaleza, meditando.

¿Se siente incómodo? Quizá, ¿Nos da miedo?, Probablemente sí. Sin embargo, las emociones y los pensamientos más valiosos solo pueden encontrarnos en y a través del silencio.

Hace falta valor para cancelar el ruido y acercarnos a nuestro interior; pero sobre todo, hace falta valor para atender el mensaje y dejarnos cambiar por lo que escuchamos.

La felicidad también está en el silencio.

 

El mejor momento de tu día

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“Los puntos sólo se unen hacía atrás” decía Steve Jobs y justo así me llegó el tema para este artículo… conectando una serie de eventos pasados.

La idea fue agarrando forma mientras corría en una máquina del gimnasio. Invariablemente, así como pasa la banda bajo mis pies, pasan cientos de cosas por mi cabeza. Algunas veces, uno que otro pensamiento decide quedarse y transformarse al ritmo del trote en un tema para compartir en este espacio.

Recién había pasado la celebración de Acción de Gracias en Estados Unidos y pensé en escribir sobre la gratitud, pero decidí que no, pues ya le he dedicado un par de artículos. Entre pasos, me acordé de un ejercicio muy lindo para apreciar lo bueno en nuestras vidas que se llama “el mejor momento del día”, de ahí brinqué a identificar cuál había sido mi mejor momento del día anterior y en ese recuerdo encontré qué decir.

Mi mejor momento fue patrocinado por una de mis personas favoritas en el mundo. Tiene 18 meses de edad, es completamente encantador y tiene una fuente inagotable de energía.

Jugamos un rato en el parque bajo su dirección. Subimos y bajamos escaleras, dejamos caer piedritas por un resbaladero de cemento, fuimos al columpio, acción al máximo. Y de pronto y de la nada… este motor de año y medio se acostó boca arriba sobre el pasto para ver el cielo.

Relajado, quieto, en paz.

Me quedé parada viéndolo esperando que brincara de regreso a la vertical y saliera corriendo, pero él se quedó decididamente instalado en su posición horizontal. Sentí el impulso de acompañarlo. Hice lo mismo, me tiré en el pasto y nos quedamos varios minutos viendo al mundo desde abajo.

Ese pequeño momento fue grande por varias razones, sobre todo ahora que lo veo hacia atrás y reflexiono sobre todo lo que me hizo pensar y sentir.

Sin palabras todavía, pero con un dedo que comunicaba todo, este chiquito me señaló el pedazo de luna que empezaba a asomarse por detrás de las ramas de un árbol, las mariposas que volaban por encima de nosotros. Llevándose el dedo al oído me hacía saber que era momento de escuchar e identificar los sonidos alrededor y supongo que al quedarse inmóvil, me transmitía que el objetivo era sentir.

Minutos de silencio, de pausa, de simpleza, de tocar raíces, de habitar el presente, de apreciación y asombro.

No importa qué tan acelerados estemos, siempre podemos elegir hacer una pausa. Tenemos la opción de correr, subir, bajar y girar sobre nuestro propio eje a mil revoluciones por segundo. También tenemos la opción de parar. No importa qué tan agitados estemos en un momento, podemos decidir qué tan calmados queremos estar en el siguiente.

Verlo a él acostado en el piso mirando al cielo me conectó con mi propio deseo de hacer tierra. Me dio la oportunidad de recordar lo delicioso que es, de pensar desde hace cuánto tiempo no lo hacía y cuestionarme por qué no lo hago. El zacate, césped, pasto o como le llames siempre está disponible.

Me hizo pensar que todavía no se desprende de lo esencial. Quizá es porque recién empieza a vivir. Me asusta pensar que con los años, las obligaciones y las expectativas se aleje de ese lugar auténtico. ¿Cuándo es que nos despegamos de lo fundamental?, ¿Por qué dejamos de jugar?, ¿Por qué nos volvemos complicados?, ¿Por qué dejamos de andar descalzos y tirarnos boca arriba para ver las estrellas?

Me trajo al momento presente. Esta pausa inesperada se convirtió en una oportunidad para sentir curiosidad, asombro y apreciar el mundo a mi alrededor usando todos los sentidos. Vamos siempre en piloto automático sin percibir, sin sentir la vida.

La felicidad está en lo simple. En tirarte sobre el pasto para ver un pedazo de luna detrás de los arboles y las mariposas al pasar. Un momento pequeño puede ser grande si nos detenemos para crearlo y disfrutarlo.

Esos minutos fueron mi mejor momento del día. Primero porque estaba con él. Luego porque vi el mundo desde otro punto de vista, recordé cuánto me gusta la luna e hice una nota mental para voltear a verla, porque sentí paz habitando el presente.

Y también porque me hizo pensar en lo fácil y accesible que es crear momentos felices, de calma y tranquilidad si tan sólo decidimos parar.

Nota: El ejercicio “tu mejor momento del día” es una herramienta poderosa para practicar la gratitud y apreciar las cosas buenas en tu día. Cada noche, antes de irte a dormir, escribe cuál fue el mejor momento de tu día y describe brevemente por qué. A pocos días de comenzar con este ejercicio comenzarás a notar que andas por tus días buscando y notando momentos positivos que serán candidatos a ganarse el puesto en tu colección y te sentirás más feliz.

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