¿Dónde ha dejado tu corazón sus mejores latidos?

tree heart

Confieso que las palabras bonitas que están en el título no son resultado de mi inspiración. Yo sólo convertí en pregunta una frase linda que me encontré.

Estuve en arresto domiciliario por dictamen de una influenza “Tipo B”. Quizá resulta raro lo que voy a escribir, pero la pausa obligatoria que recibí como regalo de cumpleaños fue buena. La verdad es que el virus que pesqué fue extremadamente gentil. Únicamente bajó mi energía, me hizo “potencialmente contagiosa para la gente” y me robó la voz, así que tuve que estar quieta y en silencio conmigo misma.

El tiempo me alcanzó para mucho.

Leí un par de libros, armé una colección de frases trovadoras, pasé ratos viendo fotos, visité recuerdos y conecté pensamientos que andaban sueltos en mi cabeza para formar ideas.

El escrito de hoy es resultado de uno de esos ensambles… Una mezcla de acción poética con el tema de propósito de vida y un juego infantil.

La frase “El corazón nunca olvida donde dejó sus mejores latidos” -no sé de quién es- me pareció una excelente herramienta para identificar dónde está nuestra estrella polar o reencontrarla cuando la perdemos de vista.

No todas las personas sabemos con claridad cuál es nuestro propósito de vida o dejamos de reconocerlo por varias razones; pero éste, siempre está conectado con lo que nos mueve desde lo profundo, siempre está conectado con el corazón.

Convertí la frase en una pregunta… ¿Dónde ha dejado mi corazón sus mejores latidos? y resultó ser poderosa. Te invito a sentarte un rato con ella. Literalmente a sentarte, pues tiene la capacidad de sacudirte.

Pensando en eso me acordé de aquel juego infantil “Caliente-Frío”. Quizá lo recuerdas. Alguien escondía algo y para ayudarte a encontrarlo te daba pistas utilizando la temperatura… “Congelado” -si te alejabas mucho del lugar-, “Frío” -cuando corregías la dirección-, “Tibio” -conforme te acercabas-, “Caliente”“Calientísimo” “¡Hirviendo!” -ante el inminente hallazgo-.

Recuerdo vívidamente que era emocionante acercarte a la meta, el corazón marchaba más aprisa, ir en la dirección correcta se sentía muy bien. Por el contrario, alejarte y perder el rumbo tenía un efecto bajoneador. ¿Te acuerdas?

Me parece que nuestro corazón constantemente juega a “Caliente-Frío”. Si no me crees, échate un clavado a tu baúl de recuerdos, abre tu caja de tesoros, visita tus álbumes de fotos. Cada imagen, cada objeto, cada recuerdo le imprime una temperatura diferente a tu corazón. Hay memorias que lo envuelven en hielo, otras que lo incendian, hay muchas tibias.

Somos nosotros los que dejamos de jugar.

¿Por qué dejamos de escuchar a nuestro corazón? Peor tantito… ¿Por qué lo ignoramos?, ¿Por qué lo sometemos?, ¿Por qué caminamos voluntariamente en dirección al “iceberg” sabiendo que ahí no está lo que buscamos?, ¿Por qué nos resignamos a tener vidas “tibias”?, ¿No sería mejor vivir nuestra vida siguiendo esas pistas que dicen: “caliente”, “hirviendo”?

Dice otra frase que encontré: “El corazón siempre sabe a quién pertenece”. Estoy de acuerdo y agregaría… “también sabe a qué y en dónde pertenece”.

Somos de quién nos mueve, de lo que nos interesa y apasiona, de lo que da sentido a nuestras vidas, de los pasatiempos que nos nutren el alma… Somos de esos lugares donde nuestro corazón ha dejado sus mejores latidos.

¿Encadenado o libre?

shackles

“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.