Mi caja de tesoros

heart in box

Hace unas semanas anduve envuelta en una frazada de nostalgia con puntadas de melancolía. Los días habían estado matizados de gris turbio y mucho más fríos de lo que me gustan. Soy de cielos azules, con el sol colgado al centro y de temperaturas por encima de los 25 grados. Así que parte de esta sensación podía endosársela al clima.

Pero sólo una parte.

Y como los últimos meses he venido hablando con diferentes grupos sobre la importancia de atender nuestras emociones y mostrar curiosidad, decidí jalar la punta del hilo y descubrir a dónde me llevaba.

Sabía que el viaje sería al pasado, pues de allá son la melancolía y la nostalgia.

Fui a parar a mi clóset. El hilo conectaba con mi caja de tesoros, un contenedor de plástico transparente que deja ver las cartas que he recibido desde que tengo memoria. Ahora sé que también guarda pedazos de mí.

Hace buen rato que tenía la intención de releer todo lo que estaba ahí y de ponerle orden. Abrí la tapa y comenzaron la estampida de recuerdos y la reconstrucción de historias.

Me encontré cartas casi con tantos años como yo. Las más antiguas resaltan por su papel adelgazado y amarillento. Sus dobleces gastados exponen ojales discontinuos entre un extremo y otro. Son frágiles.

Saqué las cartas una por una y estornudé cientos de veces. Las ordené utilizando tres criterios principales: por remitente, autores diversos y “no tengo idea”.

Aparecieron letras que reconocí a la primera y los apodos de cariño que he tenido: Cole, Nicolaza, Nicola, Nicole-San, Nic, Nicky, Elocin, Ascaris Lumbricoide… Sí, ¿Por qué no?

Tropecé con dibujos de colores, postales, comics hechos a la medida para contar algún evento en particular de la secundaria, juegos de palabras, cartas en clave o con acertijos que seguramente en su momento pude descifrar, notas con esa emblemática firma que incluía un ratón.

Cartas anónimas o que decían “adivina quién”… Y si no supe entonces, ¿Cómo se supone que debo de saberlo 30 años después? Esto me hace pensar que sí verdaderamente queremos ser recordados hay que poner nuestro nombre en la raya donde dice “firma”. Aunque no es garantía, prueba de eso mi categoría de “no tengo idea”. Asumo que habrán líneas mías en los cajones del olvido de otras personas. Ni modo, se van perdiendo pedazos de nosotros en el camino.

De la caja salieron papeles doblados en forma de pretzel, de flecha, de acordeón, de triángulo y cuadrado. Esas eran las cartas que intercambiábamos los amigos entre una clase y otra. Son muchas. Poner atención dentro del salón, por lo visto, no era la prioridad.

De lo más emocionante de esa tarde de sacar tesoros del cofre, fue toparme con las cartas que decían “Embajada de México”. Esas las enviaba mi tío desde distintos rincones del mundo en los que pasaba largas temporadas. Describía con detalle cómo era la vida en cada uno de esos lugares y yo los apuntaba en mi “Bucket List”. Volví a leer todas esas letras ya, pero esa es una historia para otra publicación.

Descubrí algunos diplomas de cuando era gimnasta, de cuando practicaba el atletismo y otros tantos de cuando me dio por ser delegada de las Naciones Unidas en la simulación que organizaba mi colegio. Me topé con la blusa del uniforme de primero de primaria con los nombres de mis compañeros escritos con esa letra torpe de quienes recién comienzan a escribir. Increíble pensar que alguna vez tuve ese tamañito.

Estuve buscándome en la correspondencia, reencontrado mis sueños e ilusiones más remotos. No son las cartas que yo escribí las que tengo guardadas, sino las que recibí de otras personas. Así que sólo puedo intentar descifrar quién era yo y en qué andaba en ese tiempo a partir de sus historias o las respuestas a lo que yo les contaba.

Me encantaría recuperar por un rato todo lo que yo mandé. Sería posible, entonces, reconstruir mi historia. Ver al mundo desde donde lo veía, asomarme a las emociones de ese momento, ubicar puntos de inflexión.

Me gusta pensar que en esos intercambios queda algo de nosotros. Pedazos nuestros  entraron por buzones de correo, viajaron en avión o en autobús, fueron sorteados en oficinas de correo y paseados en moto para llegar al destinatario. Pedazos nuestros se quedaron en tránsito, se perdieron en ruta o le llegaron a la persona equivocada. Me imagino que uno que otro habrá ido a parar la basura y se habrá desintegrado ya, pero también quedarán cachitos bien atesorados en el corazón de alguien más.

Una pieza importante para formar el rompecabezas de nuestro propósito de vida es la pregunta: ¿Qué guardas en tu caja de tesoros? La idea es encontrar aquello que es muy valioso para nosotros.

Las respuestas que los participantes han compartido en mis talleres son variadas… boletos de conciertos, fotografías, piezas de joyería de abuelos o padres, conchas recolectas en playas, piedras, cartas de enamorados, el brazalete que le ponen en el hospital al bebé recién nacido, recortes de periódico que conservan imágenes de eventos especiales, cartas a Santa Claus, flores disecadas, diarios, dientes de leche -sí, por alguna extraña razón, los dientes que se caen de la boca de los hijos se convierten en tesoros-.

En realidad, no importa el contenido exacto del cofre… lo más valioso tiene que ver con recuerdos, experiencias, momentos compartidos, evidencias de logros y sueños cumplidos. Tiene que ver con lo que hace latir nuestro corazón desde lo profundo.

A partir de mis hallazgos concluyo que mis tesoros tienen que ver con personas y mascotas, con viajar a lugares diferentes, aprender cosas nuevas y completar metas. Mi gusto por el deporte, pasar tiempo en la naturaleza, tomar fotos, leer, escribir y contar historias me ha acompañado de manera consistente en el tiempo. Mi propósito personal tiene estos ingredientes.

El viaje al pasado me reconectó con versiones de mí que hace tiempo no recordaba y con todo lo valioso que he acumulado en el trayecto. Me gustaba tocar piano y algo me dice que volver a tomar clases aportaría a mi felicidad.

Y tú… ¿Qué guardas en tu caja de tesoros?

PD. Hoy el cielo está azul, con el sol colgado al centro y la temperatura es de 26 grados centígrados.

 

 

 

 

 

 

¿Encadenado o libre?

shackles

“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.