La pregunta que no tiene respuesta

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Las últimas semanas han estado tupidas de noticias tristes. Nos ha tocado sentir de cerca el dolor que ha envuelto a personas a quienes queremos mucho por la desgarradora partida de sus seres queridos.

La sensación ha sido parecida a la de recibir un pelotazo que te saca el aire y recibir uno más justo cuando recién comienzas a recuperarte.

Podemos asimilar el fin de una vida que recorrió todo el camino, que acumuló muchos años, experiencias y completó su ciclo de manera natural. Pero cuando termina una vida inesperadamente, por un accidente, una enfermedad tempranera, como resultado de un acto violento, cuando es un bebé, un niño, una mamá joven, cuando alguien es tocado por la aleatoriedad del universo… la cosa cambia.

Ciertos eventos nos dejan congelados, volteando para arriba buscando una explicación más allá de las nubes, con los brazos rendidos o muy apretados cruzados por encima de las costillas y con una pregunta sin respuesta circulando por la cabeza…

¿Por qué?

La pregunta que se suspende de la nada.

¿Por qué ahorita?, ¿Por qué tan joven?, ¿Por qué pasó?, ¿Por qué a ellos?, ¿Por qué a nosotros?, ¿Por qué así?, ¿Por qué a mí?…

¿Por qué?

Un callejón sin salida.

Cualquier intento de respuesta se parece a “No sé”, a hombros que suben para luego dejarse caer, a palmas abiertas y hacia arriba en señal de “No tengo idea”.

Y cuando no hay respuesta, entonces tenemos que cambiar la pregunta.

Por una que nos sirva más, que nos dibuje una posibilidad, una ventana, una salida, una esperanza, que nos permita articular algo que sirva de soporte, que brinde algo de alivio, una idea de qué hacer.

La aprendí de Maria Sirois, una de las mejores maestras que he tenido y que habla de la felicidad en los tiempos difíciles.

¿Quién soy yo ante la presencia de esto? o ¿Cuál es hoy mi mejor versión ante la presencia de esto?

Mi mejor versión como mamá, esposa, hija, hermano, amigo, papá, maestro, abuelo, como jefe.

La palabra “hoy” es importante.

Es necesario entender que nuestra mejor versión hoy no necesariamente tiene que ser la misma mañana o la misma de ayer.

Hoy nuestra mejor versión quizá necesita dormir toda la tarde o recurrir al sentido del humor. Hoy nuestra mejor versión es un roble que sostiene a los demás y, al día siguiente, la que llora abrazada de un recuerdo. Hoy nuestra mejor versión puede necesitar aire fresco y caminar por la naturaleza; mañana la que acompaña con su presencia, prepara una comida u organiza una actividad para los demás.

Nuestra mejor versión ante la presencia de eventos difíciles, no deseados o sin regreso tiene permiso de cambiar, de fluir.

A los grandes, que en esta ocasión apoyamos desde afuera, nos toca ayudarle a nuestros hijos a hacer sentido de la muerte, a mostrar empatía y enseñarles a acompañar a quienes atraviesan por el dolor.

“Mamá, pero… ¿Qué digo?”, “¿Qué tengo que hacer?”, “No sé qué hacer… ¿Doy un abrazo, un beso?”, “¿Cuándo?”, “Nunca lo he hecho”, “No sé cómo…”

Me parece que la guía a seguir es desconectar la cabeza y conectar el corazón. El corazón sabe qué hacer y cómo comunicar lo que a veces no sabemos cómo decir o se queda atorado en la garganta. No necesitamos palabras perfectas, ni protocolos formales.

“Siéntate a un lado, acompaña, abraza, estate presente, pregunta qué necesita”.

“Y… ¿si lloro?”

“Pues llora, es lo que toca”.

 “Tengo miedo”.

 “Sí, lo sé, aquí estoy”.

Los días siguientes pasan como nubarrón, tenemos que encontrar la manera de reacomodarnos para seguir.

¿Qué sigue?

Recoger los últimos momentos, visitar recuerdos, ver fotografías, videos, acordarnos de la risa, el olor del pelo, la última broma o la broma de siempre.

Me gusta mucho la idea de Jennifer Pastiloff de salir en búsqueda de la belleza.

Encontrar un atardecer, un pájaro azul, una canción, el sonido del mar, una luna llena, una tormenta, un arcoíris, el olor del café, algo que nos devuelva lo conocido, lo cercano, algo que nos permita continuar sintiendo la presencia del amor de quien se fue.

 

 

Feliz día de la muerte

catrina

En esta semana celebramos a los muertos y vivimos una de las tradiciones mexicanas que más me gustan.

Festejamos a la muerte, escribimos calaveras literarias en tonos chuscos, irónicos y hasta retadores. Dedicamos letras que riman a los difuntos y también a los vivos. Nos reímos y mofamos de la calaca con este humor que nos caracteriza a los mexicanos.

En estos días, la muerte es alegre, la flaca se viste de colores. Es tiempo para recordar a los seres queridos que ya no están. Montamos en nuestras casas altares con sus fotografías y ponemos eso que les gustaba: el sombreo, los cigarros, los lentes, chocolates, dulces, el ron o los aretes. Adornamos el espacio con velas, calaveras de azúcar decoradas con colores brillantes, flores naranjas, papel picado, pan, agua, sal. Todo para hacer de su viaje y visita una fiesta.

En todas las culturas, la muerta siempre invita a la reflexión, a la búsqueda de respuestas, al descubrimiento de lo importante. La muerte viene acompañada de rituales y ceremonias que causan al mismo tiempo temor, admiración e incertidumbre.

Por irónico que esto suene, pensar en la muerte puede ser poderoso en términos de nuestro bienestar. ¿Cómo es esto?

Tener un propósito de vida bien identificado está altamente relacionado con la felicidad y el bienestar emocional. Saber qué nos motiva y nos saca de la cama cada mañana es fundamental para nuestra motivación y sentido de dirección. Algunas personas no tenemos muy claro cuál es la razón por la que estamos aquí y una manera de descubrirla es pensar en nuestro legado. ¿Cómo te gustaría ser recordado cuando ya no estés aquí?, ¿Qué cualidades, atributos te gustaría que tus seres importantes resaltaran de ti? Pensando en nuestra muerte podemos acercarnos a eso que es muy importante para nosotros y en cómo queremos contribuir más allá de nuestro ser.

En muchas ocasiones, cambios trascendentes o radicales de vida son impulsados por encuentros cercanos con la muerte, enfermedades o accidentes. Es en esos momentos cuando redefinimos nuestras prioridades y empezamos a vivir en una manera más auténtica y parecida a nuestro ideal.

Si hoy llegara la muerte a decirte “vamos, ya es hora”, quizá tratarías de negociarle un poco más de tiempo. Quizá le reclamarías que no te notificó dos semanas antes y tienes muchas cosas pendientes. Por ejemplo, ordenar las fotografías familiares, escribir un libro, pasar tiempo con tus hijos, reconciliarte con esa persona, decirle a otra cuanto la quieres, conocer cierto lugar. Y la muerte te respondería algo parecido a: “te he dado toda una vida para hacerlo”. No dejemos, entonces, todo para después. Hagamos lo importante desde hoy para que cuando nos llegue el día viajemos ligeros.

Pensar en la muerte también nos da la oportunidad de practicar la gratitud. Apreciar y agradecer todo lo que tenemos, las personas a nuestro alrededor, lo que podemos hacer. Recordar y agradecer lo que nuestros seres queridos que ya partieron hicieron por nosotros.

Toca celebrar la vida de los que se fueron y la vida de los que todavía andamos por aquí.

¡Feliz día de los muertos!