Miedo por costumbre

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Hace un par de días terminé de leer el libro “The Courage Habit” de Kate Swoboda. El título me llamó la atención, pues si la valentía es un hábito, entonces puedo desarrollarla para hacerle frente al miedo.

Y es que el miedo es mi copiloto, mi compañero infalible de viaje y  no me gusta. Me provoca emociones incómodas y sabotea mis sueños con su increíble capacidad para señalar todo lo que puede salir mal.

He recurrido a todos los remedios conocidos para deshacerme de él. He subido la música a todo volumen para no escucharlo, me he disfrazado para que no me reconozca, lo he escondido en la cajuela para no verlo, he roto relaciones diplomáticas con él cualquier cantidad de veces asegurándole que no lo quiero, le he gritado con todas mis fuerzas que se baje del carro, he tratado de anestesiarlo con una copa de vino y he puesto toda mi esperanza en la llegada del día en que se canse y desaparezca.

¡Nada!

Aquí mismo me acompaña mirando lo que escribo por encima de mi hombro.

“Me gustaría dejar de sentir tanto miedo” sería un fuerte candidato en mi lista de tres deseos para el genio de la lámpara maravillosa.

Aprendí varias cosas muy valiosas leyendo el libro de Kate Swoboda.

La primera es que la falta de miedo es un mito. No existe tal cosa como su ausencia cuando deseamos lanzar un proyecto importante, necesitamos tomar una decisión difícil, queremos iniciar una nueva relación, intentamos algo diferente o pisamos territorios desconocidos. Y admitir que sentimos miedo no significa que somos personas débiles ni inseguras, sino perfectamente normales.

La segunda es que no es posible eliminar el miedo a punta de ganas, ni llega el día en que dejaremos de sentirlo por completo. Bueno sí, pero ya tampoco nos daremos cuenta. Al miedo hay que hacerle frente.

La tercera es que el miedo es un hábito y, si conocemos la ciencia detrás, entonces tendremos recursos para reconocerlo y avanzar en la dirección de nuestros sueños atravesando las cortinas de humo que nos fabrica.

¿Cómo se forma un hábito de miedo?

Igual que cualquier otro.

Los hábitos son comportamientos recurrentes y tienen tres componentes:

  • Detonador o señal. Indica a nuestro cerebro que se ponga en modo automático e inicie una rutina. Ejemplos de detonadores: emociones, pensamientos, lugares, ciertas horas del día, sonidos, olores, personas, fechas.
  • Una rutina. La conducta o serie de comportamientos que siguen al disparo de salida. Por ejemplo, ponerte el cinturón de seguridad cuando entras al carro, morderte las uñas cuando vas a presentar un examen, gritarle a tus hijos cuando hablas con tu mamá.
  • Premio o gratificación. Creamos hábitos por medio de los mensajes químicos que transmite el sistema que registra el placer en nuestro cerebro. Cuando realizamos actividades agradables –bailar, leer un mensaje lindo- o que bajan nuestro nivel de ansiedad – darle una cucharada al bote de Nutella, fumar- neurotransmisores mandan una nota que dice “esto se siente bien” y producen una sensación de placer/alivio que sin duda buscaremos repetir.

Tenemos todo tipo de hábitos… lavarnos los dientes después de comer –espero-, salir de la cama cuando suena la alarma, comer a cierta hora del día, etc. Algunos de estos hábitos tienen detonadores y rutinas muy fáciles de identificar.

La cosa se complica con los hábitos emocionales, pues no es tan fácil distinguir ni los detonadores ni las rutinas. Recibir una crítica puede provocar una sensación de inseguridad que nos conduce a tomar un par de cervezas para anestesiar ese sentimiento incómodo. Pensar “nadie va a quererme porque estoy vieja” produce tristeza y una visita al centro comercial para comprar zapatos. Sentir miedo por conocer a alguien nos lleva a cancelar la reunión y a experimentar el alivio temporal de habernos sacudido el compromiso.

Nuestro cerebro está diseñado para eliminar las emociones incómodas y salir de tierras peligrosas. Nos empuja a reducir la tensión lo más rápido posible, incluso cuando la acción sea contraria a nuestros sueños y bienestar de largo plazo. ¿Estás ansioso?… ¿Cerveza o meditación? ¡Cerveza!, ¿Te da miedo poner tu proyecto sobre la mesa en la reunión de planeación?… ¿Abro la boca o lo dejo para la próxima? ¡Déjalo para la próxima!.

Todos experimentamos el miedo de diferente forma y respondemos a él de distintas maneras, pero el circuito “detonador-rutina-gratificación” funciona igual para todos.

La clave para cambiar cualquier hábito está en aislar cada elemento del ciclo y reemplazar la rutina, dando por hecho que el detonador no cambiará. Es muy difícil dejar de sentir miedo pues es parte de nuestra biología y siempre estaremos recibiendo mensajes de alarma.

Si lo que queremos es avanzar en la dirección de nuestros sueños, tenemos que sustituir las rutinas del miedo con rutinas de valor.

Una entrega importante (detonador) me genera ansiedad, entonces decido hacerlo “más tarde”, me pongo a leer un rato (rutina) y baja mi nivel de tensión (gratificación… ¡misión cumplida!). Esta no es una verdadera solución. Es necesario cambiar la rutina. Una posible solución sería aplicar la regla de los 5 segundos y comenzar a trabajar, en lugar de postergar.

Un par de cosas más…

Kate Swoboda explica que el miedo puede manifestarse en maneras o comportamientos que no asociamos con esta emoción: irritabilidad inexplicable, olvidos crónicos, vivir en las nubes, agotamiento, problemas de salud, complacer a los demás, trabajar en exceso, etc. ¿Cómo se presenta el miedo para ti?, ¿Dónde lo sientes?, ¿Qué sensaciones físicas o pensamientos genera?

Y por último, ¿tienes identificados tus miedos? Tenerlos ubicados hace mucho más fácil trabajar con ellos.

Si nuestra intención es aniquilar el miedo antes de dar un paso en dirección a nuestra estrella polar, siento decir que nos quedaremos esperando. No es posible sacarle la vuelta al miedo, la única solución es aprender a atravesarlo construyendo rutinas valientes.

PD. Quizá hoy 14 de Febrero puedas darte la oportunidad de decirle a alguien cuánto te gusta o cuánto lo quieres…¡aunque te mueras de miedo!.

¡Feliz día del amor y la amistad!.

¿Encadenado o libre?

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“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.

 

Que el miedo no te llene de “hubieras”

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¿De que te arrepentirás cuando estés en tu lecho de muerte?

El arrepentimiento número uno de las personas que saben que van a morir pronto es haber vivido la vida de alguien más, cumpliendo expectativas ajenas y dejando sueños personales en el tintero.

El miedo es la razón principal por la que las personas no perseguimos nuestros ideales y metas más importantes.

Es el gran obstáculo entre la vida que quisiéramos tener y la que tenemos. El miedo nos mantiene al margen de nuestra propia historia.

Hace unos días salí a pedalear con un par de amigos. Sobre ruedas aparecen todo tipo de conversaciones y, esa mañana, dedicamos un par de kilómetros a hablar sobre un tipo de miedo muy particular.

Ese que aparece cuando todo está bien y el mundo funciona casi como queremos… la familia está completa, sus integrantes contentos, estamos sanos, concretando proyectos y sin un conflicto mayor.

Las personas nos volvemos cautelosas y temerosas ante la ausencia de dificultades. Empieza a circularlos por encima de la cabeza esa sensación de que si todo va bien, es porque algo malo está a punto de pasar. Entonces comenzamos a hablar en voz baja, a caminar de puntitas y por la sombra para no llamar la atención del destino, que al darse cuenta de nuestra buena fortuna, se encargará de emparejar el terreno.

Como si tuviéramos una cuota personal de buenas noticias, logros y eventos gratificantes, empezamos a mortificarnos cuando llegan todas juntas pues sentimos que se aproxima el siguiente golpe. Casi como jugar a la ruleta rusa… cada ronda vacía hace más probable la salida de la bala.

Recuerdo pasarme largos ratos viendo a mis hijas dormir cuando recién me estrené como mamá. Las veía sanas, fuertes, hermosas. Sentía gratitud y felicidad infinitas… hasta que el pensamiento de que algo terrible les pasara me robaba de tajo la paz.

Todavía me pasa.

Es desconcertante pasar de un estado emocional positivo a uno de angustia en un instante en respuesta a una imagen mental.

Con el paso del tiempo descubrí que yo no tengo la exclusiva de esta experiencia. Es muy común que los seres humanos nos dejemos secuestrar por el miedo cuando nos sentimos vulnerables, cuando estamos frente a lo que más queremos.

Incluso vamos aprendiendo a contener nuestras ganas de vivir al máximo, de soñar y disfrutar como medida de protección ante el peor escenario posible.

Frenamos nuestras expectativas, limitamos nuestras ilusiones y no nos permitimos esperar lo mejor. Consideramos más útil prepararnos para las catástrofes.

Como si de verdad fuéramos capaces de sentir menos dolor cuando nos alcanza una tragedia. ¿Quién puede estar preparado para recibir la muerte de un ser querido? Ningún ensayo nos deja listos para eso y, en el camino, renunciamos a mucha felicidad pensando que es mejor no darle rienda suelta.

La ciencia muestra que a medida que vamos envejeciendo, el cúmulo de lamentos de caminos no tomados, aventuras no vividas y sueños no cumplidos van transformándose en toxinas que lentamente apagan nuestra chispa, esperanza y ganas de trazar nuevas metas. Y cuando nos llega la hora de partir, nos encontramos en la antesala rodeados de nuestros entrañables “hubieras”.

En su libro “Getting Grit”, Caroline Adams Miller, habla de un ejercicio que me parece muy poderoso. Se llama: ¿De qué no me arrepentiré? y consiste en hacer una lista de los cinco arrepentimientos que NO queremos tener al momento de morir. Una vez que los identificados es necesario trazar un plan y tomar acciones desde hoy.

No sé tú… pero a mi me parece que uno de los miedos más peligrosos que existen es el miedo a no vivir plenamente.

Cuéntame… ¿De qué NO te arrepentirás tu?

http://www.bienestarconciencia.com

 

 

 

“No es valiente aquel que no siente miedo, sino el que sabe conquistarlo”

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Hoy tomo prestada la frase de Nelson Mandela para el tiítulo de esta publicación.

El miedo se define como una sensación de angustia por la presencia de un peligro real o imaginario y su función es protegernos.

Los humanos tenemos programado de fábrica un mecanismo de supervivencia que se llama “pelea, escapa o paralízate” que se activa ante la presencia de una amenaza real o percibida.

Hace mucho sentido tener miedo cuando una amenaza de peligro tiene forma de oso hambriento que aparece repentinamente en tu camino, de sangre que brota de una herida a borbotones luego de un accidente o de dos malandros drogados apuntando tu cabeza con sus pistolas. En otras palabras… cuando el peligro es real e inminente.

Algo que me parece increíble, sin embargo, es que las personas podamos sentir miedo y activar todas las alarmas de nuestro sistema nervioso central en respuesta a una amenaza percibida o imaginaria.

Podemos detonar exactamente el mismo mecanismo de supervivencia con un pensamiento y vivir en un estado permanente de alerta o estrés crónico.

Voy a recurrir al ejemplo que más encuentro en la literatura. Una gacela puede estar comiendo tranquilamente, detectar un león y arrancar corriendo asustada a toda velocidad para escapar. Si logra hacerlo y el león desaparece, la gacela regresa a la calma y continúa comiendo como si nada hubiera pasado. Las personas, en cambio, podemos quedarnos atrapados en el estrés por mucho tiempo, incluso, aunque la amenaza haya desaparecido.

Escapar de eso que nos da miedo es casi siempre nuestro primer impulso. Cuando el miedo proviene de una amenaza real perfectamente identificable este instinto nos obliga a la acción. No sería muy atinado, por ejemplo, detenernos a evaluar posibilidades si vemos que se nos viene encima una roca gigante.

Los miedos atados a peligros reales son útiles y necesarios. Es bueno, por ejemplo, tener miedo a darle unos tragos a una botella de cloro o a caminar al borde de un precipicio en un día de huracán con ráfagas de viento de 100 kilómetros por hora.

Un miedo que tiene una causa perfectamente identificable nos impulsa a la acción: una persona gritando furiosa en un restaurante con bate de beisbol provoca que te escondas bajo la mesa.

Los miedos imaginarios o percibidos, en cambio, son como una gran nube de ansiedad o una preocupación que no alcanzamos a enfocar y nos congela. Estos miedos son peligrosos, ahogan nuestros sueños y crean un abismo en donde se pierde lo que nuestro corazón anhela. En ese espacio viven todos nuestros “hubieras”.

Huir o paralizarnos de miedo no es una buena idea cuando se trata de echar a volar un proyecto, desarrollar una idea, aceptar una invitación, taparnos la vista ante realidades dolorosas o expresar nuestras opiniones. El miedo tampoco sirve cuando no sabemos exactamente qué lo produce. Este tipo de miedo nos deja a la orilla de nuestra propia vida.

Existen algunas estrategias para hacerle frente a los miedos percibidos o imaginarios.

Aprende todo lo que puedas sobre lo que te da miedo. Si te aterrorizan los tiburones, entonces lee todo lo que puedas acerca de ellos… de esa manera sabrás que no corres ningún peligro nadando en una alberca. Si te angustia la sospecha de que tu hijo de 13 años fuma, habla con él sobre las colillas que encuentras fuera de su ventana. Agenda la mamografía, aprende de finanzas personales, investiga si este tipo de arañas vive en tu zona.

Sentir curiosidad. El miedo es un perfecto disfraz para otras emociones. Si profundizamos en lo que sentimos y vamos quitando capas quizá logremos descubrir que no es miedo lo que sentimos, sino inseguridad, vergüenza, culpa o resentimiento. Para resolver un problema, primero hay que identificarlo.

Enfrentar nuestros miedos. Aprovechar las oportunidades que se nos presentan para practicar la valentía y resolver temores. En mi peor época de miedo al avión, la vida se encargó de ponerme a viajar. Como era por razones de trabajo no me quedaba más opción que abordar la aeronave. La terapia de exposición resultó muy útil. Aquel miedo casi paralizante de hace unos años se ha convertido en sólo nervios perfectamente manejables. En ocasiones… hasta sueño me da.

Haz algo que te de miedo una o dos veces al año. Claro, siempre y cuando sea algo que quieras hacer. Antes de aceptar, decliné 3 invitaciones a recorrer un cañón que me parecía totalmente inspirador pero que implicaba saltar al agua desde rocas entre 3 y 12 metros. Finalmente me decidí a hacerlo. La aventura iniciaba con un rapel de 40 metros de altura. Con las piernas convertidas en gelatina y sin voltear para abajo me lancé. Perdí el estilo y terminé debajo de una cascada… pero valió la pena. Ha sido uno de los mejores paseos que he hecho y la sensación de logro al completar el recorrido fue enorme. Me había graduado de un tipo de miedo.

Revisa tu compás interior. Me gusta esta idea de Martha Beck, autora de “Finding Your Own North Star” para saber cuándo escapar y cuando enfrentar un miedo.

Si tu miedo y tu corazón apuntan en la misma dirección y dan las mismas instrucciones… ¡corre!. En otras palabras, huye de cualquier cosa que te atemorice y no sea atractivo para tu corazón, que no se sienta bien.

Una persona muy atractiva, pero que te pone lo pelos de punta con su agresividad sugiere alejarte. Si te dan miedo la alturas y a tu yo auténtico no le interesa aventarse de un paracaídas… no lo hagas.

Pero si el miedo y tu corazón apuntan en direcciones contrarias, entonces es necesario explorar. Abrir el restaurante, hacer un viaje, decirle a esa persona que estás enamorada de ella hace tiempo, estudiar una carrera a los 50 años.

Dice Beck que cuando nuestro yo auténtico verdaderamente quiere algo, casi siempre sentiremos miedo… miedo al fracaso, al compromiso, a dejar territorio conocido, a la competencia o, inclusive, al éxito. El tipo de miedo que camina de la mano con el deseo es el que tenemos que enfrentar.

No cruzar el puente antes de llegar. Esta se la aprendí a mi papá. Cada vez que me angustiaba anticipando lo que podría pasar en el futuro o imaginando escenarios escabrosos, mi papá me decía “no cruces el puente antes de llegar”. Este es un consejo muy útil para evitar caer presas del miedo anticipatorio.

Atender el tema hoy. Con frecuencia el miedo nos dice que no estamos listos todavía. A veces, es cierto. Tenemos que aprender un poco más. Si quieres dar un concierto de piano en el auditorio de la ciudad y no conoces las notas musicales, quizá debas practicar más. Muchas otras veces postergamos la acción bajo excusa de que aún no es tiempo o no es el mejor momento. Y pensamos que el día en que estemos listos no sentiremos miedo. Martha Beck dice, superar el miedo sin hacer algo que nos asuste es como querer aprender a nadar en el pasto. Tenemos que tirarnos el clavado…

Si comenzamos a enfrentar nuestros miedos sucederán cosas increíbles: seremos más libres, más auténticos, completaremos más sueños y viviremos más felices.

Te dejo unas palabras finales de Martha Beck… “Te darás cuenta que la diferencia entre el éxito y el fracaso no es la ausencia del miedo, sino la determinación de seguir tu corazón sin importar lo asustado que estés”.

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La raíz del miedo

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El miedo se define como una sensación de angustia por la presencia de un peligro real o imaginario.

Yo he sido rehén de esa sensación gran parte de mi vida y por años mi estrategia para lidiar con ella fue sacarle la vuelta.

“Fuera de mi vista, fuera de mi mente” era mi frase de batalla y entre mis armas preferidas estuvieron siempre los verbos: evadir, escapar, ignorar, desaparecer. Utilizaba otros trucos también… taparme los ojos para no ver, los oídos para no escuchar o hacer un muro de contención con mis dientes para evitar que salieran palabras que pudieran causar problemas.

Nunca logré vencer temores con esa táctica.

Además, la opinión del miedo fue siempre muy importante para mí, así que antes de tomar cualquier decisión me aseguraba de consultarla con él.

Gracias a su siempre disponible orientación acumulé una buena cantidad de ideas no concretadas, oportunidades perdidas y experiencias no vividas.

Un mañana, durante una caminata en mi montaña favorita, entendí que a mí me movía el miedo, más que el amor. A partir de ese momento, las cosas empezaron a cambiar.

Empecé a sentir curiosidad por mirar al miedo y el valor para intimar con él.

Ahora lo conozco mucho mejor.

Reconozco su presencia en mi cuerpo. Sé que en ocasiones me envuelve con una sábana fría, altera mi ritmo cardiaco saltándose latidos, aprieta mi garganta y me paraliza. Otras veces, me inyecta una ráfaga de aire caliente que viaja de pies a cabeza, desboca mi corazón, tensa mis músculos y me impulsa a salir corriendo a toda velocidad.

Conozco a la mayoría de mis temores por nombre, he investigado de dónde o por qué vienen; eso los hace menos escabrosos y más manejables. Algunos de mis miedos, incluso, ya están en la lista de especies en peligro de extinción.

La función del miedo es protegernos del peligro. Los humanos tenemos cableado un sistema de supervivencia que activa el mecanismo “pelea, escapa o paralízate” ante la presencia de una amenaza real o percibida.

Escapar de eso que nos da miedo es casi siempre nuestro primer impulso. Y es una excelente idea para esas ocasiones en que nos persigue un oso hambriento por la calle o una persona grita al tiempo que saca un arma en el restaurante donde estás comiendo. En otras palabras, funciona de maravilla cuando el miedo proviene de una amenaza real perfectamente identificable y que obliga a la acción.

No lo es tanto cuando se trata de echar a volar un proyecto, desarrollar una idea, aceptar una invitación, taparnos la vista ante realidades dolorosas o expresar tus opiniones. Tampoco sirve de mucho cuando nos sentimos atemorizados, pero no sabemos exactamente por qué.

Escapar de un miedo no identificado o evadir uno ya conocido es, en el mejor de los casos, un tratamiento paliativo que alivia pero no corrige el problema de raíz.

Recientemente me topé con un poema muy bello de Marsha Truman Cooper que se llama “Fearing Paris” –Temiendo a París-.

Hace alusión al intento que hacemos las personas de aislar el miedo, de contenerlo en un espacio, de pintar una raya y mantenernos del otro lado lo más lejos posible. Pensamos que si guardamos nuestro temor en un clóset, entonces lo único que tenemos que hacer es asegurarnos de no abrir la puerta.

Esto es misión imposible. Los miedos desatendidos no saben de jaulas, límites ni de puertas cerradas. Invariablemente encuentran la manera de alcanzarnos.

La única manera de salir de los miedos es atravesándolos y este es el mensaje del artículo de hoy. La próxima semana hablaremos sobre algunas estrategias para enfrentarlos y salir de ellos.

Y tú… ¿Sabes cuáles son los miedos que tienes que atender?

Y a ti qué te mueve… ¿El amor o el miedo?

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Hace unos años descubrí que detrás de mi manera de vivir estaba siempre bien instalado el miedo. La epifanía me agarró caminando en una de las veredas de mi cerro preferido dos días después de la partida de Lola, la perra bóxer que me había acompañado 13 años. Esa mañana yo subía la montaña literalmente para estar más cerca del cielo, para estar más cerca de Lola.

A medio camino, de la nada y de pronto, entendí con claridad que la mayoría de mis decisiones respondían al miedo y no al amor. Evitaba cualquier cosa que me hiciera sentir incómoda, ansiosa, que me sacara de mi zona cómoda y de seguridad. Entre decir lo que pensaba e incomodar a alguien, prefería quedarme callada; entre publicar mi trabajo y arriesgarme a que me criticaran, mejor me lo guardaba; entre decir que no y decepcionar a alguien, mejor decía que sí. ¿Te suena?

Lo más irónico es que vivir de esa manera nunca me dio tranquilidad. Bien dicen que todo aquello a lo que le ponemos atención crece. Yo le ponía atención a lo que podía salir mal y la consecuencia de vivir evitando lo que me daba miedo era vivir con más miedo.

El momento “¡ajá!” me llegó cuando visualicé la gigantesca contradicción que existía entre mi más grande anhelo y mi conducta.

Yo quiero ser abuela y vivir hasta los 100 años para acompañar a mis hijas y nietos lo más posible. Al mismo tiempo, evitaba someterme a cualquier tipo de consulta o análisis médico –me aventé unos 7 años sin hacerme estudios de laboratorio, por ejemplo-. No es que me dieran miedo las agujas o los piquetes, no era por ahí. Más bien me aterraba que pudieran encontrarme alguna enfermedad terrible. Entonces… “si no busco, no encuentro” era mi filosofía y la decisión congruente con el miedo.

Pero esa conducta estaba totalmente en guerra con mi deseo de vivir mucho tiempo. Durante la caminata de esa mañana entendí que una decisión motivada por el amor más bien me impulsaría a monitorear y atender mi salud. Esa conducta, alimentada por el amor, era mucho más congruente con mi anhelo de quedarme por aquí largo rato.

Somos las historias que nos contamos. Pasamos nuestros días recopilando información coherente con las historias que nos fabricamos. Filtramos datos, aceptamos algunos y rechazamos otros. Al hacer esto, elegimos activamente el mundo que percibimos.

Dice Gabrielle Bernstein, autora del libro “The Universe Has Your Back: Transform Fear into Faith”, que lo que percibimos está en función de lo que interpretamos. Podemos interpretar una discusión con nuestros hijos como una razón más para pensar que no servimos como padres o podemos verla como una oportunidad de aprendizaje, crecimiento y fortalecimiento de nuestra relación. Podemos interpretar el diagnóstico de una enfermedad como el fin del mundo o como una oportunidad para bajar el ritmo y enfocarnos en lo importante. Podemos interpretar nuestro trabajo como una obligación a la que tenemos que sobrevivir o podemos verlo como un espacio donde podemos realizarnos y conectar con los demás.

¿Respondes al miedo o respondes al amor?

¿Haces el amor con la luz apagada porque no tienes un cuerpo perfecto y temes ser rechazada o te amas a ti misma y te permites disfrutar el momento?, ¿Evitas levantar la mano para expresar tus opiniones por miedo a equivocarte o te avientas pensando que los errores son una oportunidad para aprender? ¿Te guardas un “te quiero”, un “te admiro” o un “te ofrezco disculpas” por miedo a mostrarte débil y vulnerable o te atreves a ponerlos en voz alta para conectarte con los demás?

¿Dejas de viajar porque te aterra el avión o te subes –aunque sea temblando- por el amor a conocer lugares nuevos?, ¿ Rechazas invitaciones a paseos porque te da miedo que te pique algo y pones mil excusas o empacas el repelente contra insectos porque amas pasar tiempo con tus amigos?, ¿No escribes ese cuento que tienes en la cabeza hace mucho por temor a la crítica o te das la oportunidad de ser valiente haciendo algo que te inspira?

Nuestras historias de miedo viven en nuestro subconsciente, debajo de la piel o en el rincón más oscuro donde pretendemos esconderlos. Pero siempre encuentran cómo salir.

La cosa es simple. Si no atendemos la lección, si no resolvemos el problema, si no le damos la cara al miedo… la vida se encargará de fabricarnos oportunidades hasta que aprendamos. Cada nuevo dolor físico o examen médico es una oportunidad para mi de superar ese miedo, de acortar el tiempo de angustia, de ser valiente.

Podemos restablecer nuestra felicidad cuando decidimos hacerle frente al miedo.

Cuando nos sentimos atrapados por una historia de miedo es necesario hacer una pausa e intentar contarnos la misma historia desde un lugar de amor. Es importante preguntarnos… ¿Cómo me bloquea esta historia que me cuento y cómo puedo verla diferente?

Tenemos la posibilidad de ver el mundo a través del lente del miedo o a través del lente del amor. Y el lente que elegimos tiene un impacto muy poderoso en cómo nos sentimos y en qué hacemos.

¿Qué opinas?

Nelson Mandela lo dijo muy bien… “Que tus decisiones reflejen tus sueños, no tus miedos”.