Conversaciones difíciles

difficult conversations

Pedir un aumento de sueldo, decirle a tu prima que tiene mal aliento, comunicar que no tienes ganas de ir al viaje anual de amigas, regresar a decir “siempre no” luego de haber soltado un “si” por compromiso, hablar para cobrar el dinero que te deben, ofrecer disculpas, opinar en contra de la mayoría, revelar tus preferencias sexuales, religiosas o políticas, atreverte a pedir lo que verdaderamente deseas… ¡Qué difícil es!

Uno de los retos más grandes para mí es iniciar conversaciones sobre temas incómodos, dolorosos o que me hacen sentir vulnerable. Muy seguido, le saco la vuelta a ponerle voz a lo que verdaderamente quisiera decir, dejo que se amontonen las palabras detrás de mis dientes, justo a un lado de las emociones espinosas que comienzan a marinarse en el pantano de lo no dicho.

Me topé con el libro “Conversaciones difíciles: cómo hablar de los asuntos importantes” de Douglas Stone, Bruce Patton y Sheila Heen y empecé a leerlo.

Estoy segura de que “tropezarme” con él no fue casualidad. Me está gustando mucho y, aunque todavía no lo he terminado, ya quiero compartir algunas ideas que me parecen valiosas.

Una conversación difícil es cualquier tema del que te cueste trabajo hablar.

“Cada vez que nos sentimos vulnerables o que nuestra autoestima está involucrada, cuando el tema sobre la mesa es importante y el resultado incierto, cuando nos interesa profundamente lo que está discutiéndose o la persona de quien está discutiéndose, existe el potencial de experimentar una conversación como difícil”.

Entonces nos enfrentamos al siguiente dilema: evadir o confrontar.

Cuando decidimos confrontar, con frecuencia caemos en la tentación de “suavizar” el mensaje pensando que protegeremos al receptor o reduciremos las consecuencias de la entrega.

Los autores del libro no se andan con rodeos y aclaran que no existe tal cosa como una granada o una bomba diplomática y ninguna cantidad de “azúcar” es suficiente para quitarle lo amargo al daño. Por otro lado, no entregar el mensaje puede ser como quedarte con la granada en la mano una vez que le quitaste el gatillo.

Las alternativas no son atractivas, pero las conversaciones difíciles son parte de la vida y entre más pronto aprendamos a tenerlas, mejor andaremos por la vida.

Los autores explican que todas las conversaciones difíciles tienen una estructura similar. En realidad, cada conversación incluye tres conversaciones diferentes y aprender a identificarlas es el primer paso para saber conducirlas.

¿Qué pasó? es la primera conversación. Las discusiones complejas incluyen un desacuerdo con respecto a lo que sucedió, debió haber sucedido o debería suceder, ¿Quién está bien?, ¿Quién está mal?, ¿Quién dijo qué?, ¿Quién es culpable?, ¿Por qué pasó?, ¿Cuál es la historia aquí?

Y en la historia que nos contamos, con frecuencia hacemos supuestos sobre tres cosas: cuál es la verdad, cuáles son las intenciones del otro y quién tiene la culpa.

Defendemos a muerte nuestro punto de vista convencidos de que la verdad está de nuestro lado -yo estoy bien, tu estás mal-, que sabemos cuáles son las intenciones del otro -macabras obviamente- y que la culpa del lío en el que estamos metidos no es nuestra.

La segunda conversación es la de los sentimientos. Cada conversación difícil involucra sentimientos y emociones. ¿Es válido lo que siento?, ¿Es apropiado?, ¿Muestro mis sentimientos o los oculto?, ¿Qué hago con las emociones de la otra persona?, ¿Y si se enoja o se pone triste?

En diversos contextos surgen emociones intensas que tenemos que administrar… ¿Le digo a mi hermano que me lastima que siga en contacto con mi ex o hago como si nada pasara?, ¿Le digo a mi jefe que me molestan sus burlas o me limito a hablar del proyecto?, ¿le digo a mi hijo que no puedo ayudarlo con su tarea porque no le entiendo o invento alguna excusa?

La respuesta de Stone, Patton y Heen es linda: “Involucrarse en una conversación difícil sin hablar de sentimientos es como llevar a escena una opera sin la música”.

La tercera conversación es la de la identidad. Implica mirar hacia adentro, se trata de quién somos, cómo nos vemos y cuál es nuestro lugar en el mundo. Tiene que ver con lo que “me digo sobre mi”. ¿Soy una buena persona o una mala persona?, ¿Soy capaz o incompetente?, ¿Merezco amor o no? Esta es la conversación que tenemos con nosotros mismos sobre lo que cada situación dice de nosotros y significa para nosotros.

Interesante, ¿verdad?

Cuando estamos metidos en una conversación difícil recibimos un combo “tres en uno”. El paquete incluye los hechos, los sentimientos y el sentido de identidad de cada parte involucrada.

Uff… ¡Con razón!

Conocer la estructura de las conversaciones difíciles eleva nuestro nivel de conciencia sobre todo lo que está en juego de ambos lados.

Y entonces, quizá, en lugar de entregar un mensaje cargado de juicios, decretos y sentencias comencemos a preguntar más y a mostrar curiosidad sobre la perspectiva, sentimientos y valores de la contraparte.

Quizá estemos dispuestos a admitir la posibilidad de que otra realidad es posible, que existe información que no conocemos o que no somos tan buenos como pensamos leyendo la mente.

Quizá, si conseguimos hacer a un lado los supuestos sobre quién tiene razón o quién es el culpable y estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables, lograremos fortalecer nuestros lazos sociales y bajarle dos rayitas al grado de dificultad en nuestras conversaciones.

Carta de despedida al yo que no fui

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La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Margarita Tarragona, experta en Psicología Positiva, hablar sobre el papel tan importante que juegan las historias que nos contamos a nosotros mismos en nuestro bienestar emocional.

Margarita compartió con nosotros muchas ideas muy interesantes, pero a mi me dejó pensando una en especial: “el yo posible perdido”, “las identidades posibles perdidas” o “las versiones posibles de mi que no fueron”.

Lo que nunca fue, lo que casi fue, lo que dejó de ser… Todo eso que tiene un lugar en el cajón de los “hubieras”.

El “yo posible” se define como una representación personalizada de una meta de vida importante.

Nuestras identidades posibles perdidas son, entonces, una representación personalizada de una meta de vida importante que no se cumplió y pueden tener muchas formas y colores.

Quizá soñabas con casarte para formar una familia, pero no encontraste o no has encontrado a la persona indicada; aspirabas a ser bailarina profesional, pero tuviste que retirarte antes de tiempo por una lesión; deseabas estudiar arte, pero te obligaron a estudiar ingeniería; terminaste una carrera, pero no la ejerciste porque te dedicaste al hogar; soñabas con ser abuela, pero tus hijos no quisieron ser padres; pensabas que tu matrimonio era para toda la vida, pero terminó; querías ese puesto en la empresa, pero se lo dieron a alguien más; querías ser piloto de aviones, pero el examen de vista que te hicieron como parte del proceso de admisión te descartó como candidato.

Me puse a pensar en mis versiones posibles que nunca fueron y pude sentir su peso. Me di cuenta que cargo con ellas, las tengo guardadas en el fondo de algún rincón; pero de vez en cuando, salen para dibujarse en mi mente y despiertan emociones incómodas.

También pensé que sería bueno despedirme de todas ellas, dejarlas ir para andar más ligera, para disfrutar de mis versiones que sí son, hacerle lugar a nuevas versiones posibles o simplemente para ser mi mejor versión el día de hoy. Algo así como cuando sacamos del clóset la ropa que nunca usamos.

Laura King, académica de la Universidad de Missouri, explica que pensar en lo que pudo ser o en un yo posible perdido es receta para el arrepentimiento, la decepción, humillación, tristeza y el enojo. Cuando nos atrapa el “hubiera” nuestro bienestar se deteriora.

La desilusión, los contratiempos, cambios de dirección, los errores son parte de la vida y, sin duda, pueden ser muy duros. Al mismo tiempo, reconocerlos y asimilarlos puede convertirse en una oportunidad de transformación y en una señal de madurez.

Es importante despedirnos de lo que pudo ser o de quien pudimos ser. Para avanzar es necesario decirle adiós a los planes que no se hicieron, a las promesas no cumplidas, soltar los sueños que quedaron solo en eso y hacer las paces con situaciones que no queríamos, pero que igual llegaron.

Logramos ser personas más felices cuando reconocemos las pérdidas –identidades posibles que no fueron-, pero no nos dejamos consumir por ellas y nos mantenemos enfocados a las metas presentes -en nuestra mejor versión posible- y creemos que algo bueno está por venir.

Una estrategia que puede funcionar es escribirle una carta de despedida a cada una de esas versiones de nosotros mismos que no pudieron ser o a esa versión que más nos duele no haber sido.

Elaborar sobre ese posible yo que se perdió, reconocerlo, darle las gracias y luego dejarlo ir potencialmente pude liberarnos, mejorar nuestra sensación de felicidad y fomentar nuestro crecimiento personal.

Cuando era una niña tuve que despedirme de esa identidad mía que encontraría la manera de comunicarse con la mente de los animales pero que nunca se hizo realidad. Unos años después tuve que decirle adiós a mi versión posible de gimnasta que iría a las olimpiadas porque nunca superó el miedo a la viga de equilibrio. Más adelante dejé ir a mi yo posible de fotógrafa y escritora de la revista National Geographic para convertirme en economista de profesión dedicada a los datos duros y al mundo corporativo. A esa versión… la abandoné también. También quise ser tía consentidora de todos mis sobrinos, pero la vida me los puso lejos.

Parte de la magia está en nuestra capacidad de rediseñarnos. Nunca descifré el lenguaje de los animales, pero igual hablo con mis perros. No me convertí en gimnasta profesional, pero el ejercicio es un eje central de mi vida. No fui fotógrafa ni escritora de National Geographic, pero tomo fotos y escribo este blog. No me dediqué a la economía, pero encontré la manera de usar lo que aprendí ahí en otra área de las ciencias sociales.

En fin, hay muchas versiones de mi misma que se quedaron en el tintero, pero que dejaron la huella del “y si hubiera…”. Aún tengo pendiente despedirme de varias.

Me parece que un par de preguntas que pueden ayudarnos en estos procesos de remodelación personal son: ¿Qué parte de lo que quería ser me acompaña hoy, me ayuda a sentirme bien y a ser mi mejor versión posible?, ¿Qué recursos, habilidades y fortalezas tengo para construir nuevas posibilidades para mi en el futuro?

Pensemos en historias nuevas que contarnos.