Las cartas de mi Tío

Correspondencia

Uno de los tesoros más lindos que encontré en mi cofre durante el viaje que hice al pasado fueron las cartas con remitente de la Embajada de México que recibí desde diferentes partes del mundo.

El autor es mi Tío y sus letras desataban una explosión de imágenes en mi cabeza.

Encontrarme con sus relatos fue como recibir un boleto para volver a ver tramos de la película de mi vida entre 1986 y 1990. Recuperé memorias, revisité lugares, reaprendí lo que había olvidado, me divertí con sus descripciones y terminé invadida por el deseo de conocer la historia de mis ancestros.

Las cartas de mi Tío son todas iguales en su estructura y forma. La ciudad y el país desde donde escribía junto con la fecha en la parte superior de la hoja.

Con excepción del saludo, su firma y las letras que agregaba a mano luego de revisar el texto y descubrir que faltaban, están escritas con máquina. Sí sobre la marcha se le escapaba una letra, por ejemplo, “¡nada de esox!” abría un paréntesis “(no hagas caso de la x, se metió sin querer)” para dejarme saber que había notado la intromisión y seguía.

Los escritos de mi Tío incluyen el recuento de sus últimas noticias y comentarios sobre las mías. Datos, pedazos de historia y descripciones con las que dibujaba ventanas para que yo pudiera echar un vistazo al lugar donde vivía. Seguido encontraba la manera de integrar a sus relatos anécdotas de personajes de nuestro árbol genealógico. Dedicaba un par de líneas a consejos y recomendaciones. Lo que no sabíamos, en ese entonces, es que sus cartas también contenían augurios.

Pocas cosas me gustan más que viajar y sospecho sus narraciones con tinta de fantasía tuvieron algo que ver.

En Finlandia vivió en una isla llamada Katajanokka, con vista a Helskinki, que tenía 4 cuadras de ancho y 10 de largo. Su primera casa, a pesar de ser pequeña, tenía 25 puertas. Esto era un lío pues ocurría que pensando que abría una puerta para salir a la calle, más bien entraba en un clóset. Para resolver el problema de “puertitis” se cambió de casa. En la nueva el tema era que el mar quería entrar por la ventana desde la cual él estiraba la mano para tocar los barcos y ver el faro del fin del mundo… “le pusieron así porque antiguamente pensaban que no había nada más allá (imagínate: no sabían que si navegaban un poco más, verían las costas de Polonia y de Alemania)”.

El mar se congelaba hasta parecer de vidrio, al grado que cuando salía la luna, se reflejaba iluminando todo y hacía posible caminar por el bosque sin perder la vereda y ver cada vena de las hojas de los árboles… “Es una sensación extraña y bonita, como si se viviera en un mundo de cristal en que la luz sale del suelo y no del cielo”.

En Seúl, Corea del Sur, las cocineras eran más chiquitas que una uña y las maestras de música parecían pajaritos mojados que se ponían nerviosas cuando los estudiantes no daban bien las notas.

Yo soñaba con conocer esos lugares.

Encontraba desviaciones de nuestros intercambios cotidianos para contarme historias familiares… “Porque en la escuela uno estudia historia de México y del mundo, pero rara vez le enseñan de su familia, que es de donde uno entiende por qué es como es”.

En esas épocas yo tomaba clases de piano. Gracias a una de sus cartas sé que mi bisabuela -aquella señora que yo siempre vi atrapada en un retrato tan grande como la pared y me seguía a todas partes con su mirada- cantaba y tocaba la guitarra. Su mamá tocaba la mandolina y su abuela el piano… “Así que si tú llegas a dominar un instrumento serás heredera de una tradición musical de más de ciento cincuenta años”. Destrocé la tradición.

A propósito de un viaje que hice a Manzanillo con mis amigas, me contó que mi abuelo paterno nació en Comala, un diminuto pueblo de Colima. Mi parte favorita fue leer que somos descendientes de un pirata, que en mi cabeza no puede ser más que Jack Sparrow.

Volviendo a leer la correspondencia de mi Tío encontré pedazos de mí.

En 1986 practicaba gimnasia, pero no por mucho tiempo más. Me ganó el miedo a hacer piruetas sobre la viga de equilibrio, renuncié a esa disciplina y a mi sueño de competir en las olimpiadas.

Andaba tratando de sacar buenas calificaciones para ganarme la bicicleta que me había prometido mi papá -no tengo recuerdos de la bici-. En 1988 estuve en la escolta e intenté el Karate… “no practiques con Teresa”.

Entonces recordé a Doña Tere, la nana que vivió en mi casa, con sus lentes de fondo de botella de tres centímetros de espesor que convertían sus ojos en puntos negros perdidos en el fondo del mar.

Aparecieron mis abuelas entre sus líneas. En una de sus cartas me cuenta lo bien la pasaron él y su mamá -mi abuela paterna- cuando lo visitó en Finlandia. Aprovecharon para ir a Lourdes, donde ella rezó horas enteras por cada uno de sus nietos y descubrió que la fascinaba la comida indonesia. En otra carta me pregunta cómo pasé las dos semanas que estuve con mi abuela materna en San Diego. Ese fue el último viaje que hice con ella. En esos intercambios ninguno de los dos sabíamos que mis abuelas no vivirían mucho tiempo más.

¿Y las premoniciones?

Por lo visto desde entonces me perfilaba hacia la escritura. Me preguntó por un cuento que escribí en 1985… “veo que te gusta escribir y contar cosas, no estaría de más que siguieras haciéndolo”. Y aquí ando, escribiendo.

“¿Y sabes por qué? Porque un escritor o un pintor puede crear un mundo nuevo para él y para quienes lo rodean, pues su imaginación le permite ver y pensar cosas que a nadie más se le ocurren”.

Desde entonces hablábamos de felicidad… “¿Sabes cuál es uno de los grandes secretos para ser feliz? Encontrar lo bello a todo, sin compararlo con nada, porque cada cosa es buena en sí misma, ¿o no? Lo mismo hay que hacer con las personas: aceptarlas como son, sin decir Fulana es más buena que Sutana, o Mangana mejor que Perengana. Todas son buenas, si uno quiere verles lo bueno”.

Había sabiduría también en los temas más simples… “Ni me digas que no te gustan las abdominales, dentro de veinte años vas a estar haciéndolas para que no te salga panza”.  Y sí.

Otros temas no mejoraron, por ejemplo, mi caligrafía… “¿De dónde sacas que tienes mala letra? Es muy clara y tiene mucha personalidad, así que no pidas disculpas por ella. Refleja tu carácter -seguro y muy terco-, ¿o no? Y eso no tiene nada de malo, mientras la terquedad la mantengas controlada y no la conviertas en necedad”. Esta batalla la perdí por todos lados. Mi letra es casi ilegible, sigo siendo terca y además me hice necia.

Esta aventura al pasado fue linda. Veo con claridad las cosas que consistentemente vibran conmigo: viajar, escribir, aprender, preguntar, hacer ejercicio, conectar con personas. Encontré versiones mías que dejaron de existir por las razones correctas, otras vencidas por el miedo. Me gustó darme cuenta de todo lo que intenté sólo por que sí. Traje al presente emociones que experimenté al lado de mis personas favoritas y descubrí nuevos intereses como el de conocer la historia de mis ancestros.

Fue un ejercicio de autoconocimiento que me permite recalibrar mi brújula interior y reforzar mi propósito de vida.

Hoy tengo una mejor idea de lo que quiero vivir en el presente, para que cuando desde el futuro visite mi pasado, como lo hice recorriendo estas cartas, encuentre a la persona que quiero ser y que logró serlo.

¿Dónde ha dejado tu corazón sus mejores latidos?

tree heart

Confieso que las palabras bonitas que están en el título no son resultado de mi inspiración. Yo sólo convertí en pregunta una frase linda que me encontré.

Estuve en arresto domiciliario por dictamen de una influenza “Tipo B”. Quizá resulta raro lo que voy a escribir, pero la pausa obligatoria que recibí como regalo de cumpleaños fue buena. La verdad es que el virus que pesqué fue extremadamente gentil. Únicamente bajó mi energía, me hizo “potencialmente contagiosa para la gente” y me robó la voz, así que tuve que estar quieta y en silencio conmigo misma.

El tiempo me alcanzó para mucho.

Leí un par de libros, armé una colección de frases trovadoras, pasé ratos viendo fotos, visité recuerdos y conecté pensamientos que andaban sueltos en mi cabeza para formar ideas.

El escrito de hoy es resultado de uno de esos ensambles… Una mezcla de acción poética con el tema de propósito de vida y un juego infantil.

La frase “El corazón nunca olvida donde dejó sus mejores latidos” -no sé de quién es- me pareció una excelente herramienta para identificar dónde está nuestra estrella polar o reencontrarla cuando la perdemos de vista.

No todas las personas sabemos con claridad cuál es nuestro propósito de vida o dejamos de reconocerlo por varias razones; pero éste, siempre está conectado con lo que nos mueve desde lo profundo, siempre está conectado con el corazón.

Convertí la frase en una pregunta… ¿Dónde ha dejado mi corazón sus mejores latidos? y resultó ser poderosa. Te invito a sentarte un rato con ella. Literalmente a sentarte, pues tiene la capacidad de sacudirte.

Pensando en eso me acordé de aquel juego infantil “Caliente-Frío”. Quizá lo recuerdas. Alguien escondía algo y para ayudarte a encontrarlo te daba pistas utilizando la temperatura… “Congelado” -si te alejabas mucho del lugar-, “Frío” -cuando corregías la dirección-, “Tibio” -conforme te acercabas-, “Caliente”“Calientísimo” “¡Hirviendo!” -ante el inminente hallazgo-.

Recuerdo vívidamente que era emocionante acercarte a la meta, el corazón marchaba más aprisa, ir en la dirección correcta se sentía muy bien. Por el contrario, alejarte y perder el rumbo tenía un efecto bajoneador. ¿Te acuerdas?

Me parece que nuestro corazón constantemente juega a “Caliente-Frío”. Si no me crees, échate un clavado a tu baúl de recuerdos, abre tu caja de tesoros, visita tus álbumes de fotos. Cada imagen, cada objeto, cada recuerdo le imprime una temperatura diferente a tu corazón. Hay memorias que lo envuelven en hielo, otras que lo incendian, hay muchas tibias.

Somos nosotros los que dejamos de jugar.

¿Por qué dejamos de escuchar a nuestro corazón? Peor tantito… ¿Por qué lo ignoramos?, ¿Por qué lo sometemos?, ¿Por qué caminamos voluntariamente en dirección al “iceberg” sabiendo que ahí no está lo que buscamos?, ¿Por qué nos resignamos a tener vidas “tibias”?, ¿No sería mejor vivir nuestra vida siguiendo esas pistas que dicen: “caliente”, “hirviendo”?

Dice otra frase que encontré: “El corazón siempre sabe a quién pertenece”. Estoy de acuerdo y agregaría… “también sabe a qué y en dónde pertenece”.

Somos de quién nos mueve, de lo que nos interesa y apasiona, de lo que da sentido a nuestras vidas, de los pasatiempos que nos nutren el alma… Somos de esos lugares donde nuestro corazón ha dejado sus mejores latidos.

Es un tema de confianza

trust

Estoy con un pie adentro de ese territorio pantanoso y movedizo de niñas adolescentes que empiezan a salir de noche, que regularmente organizan planes mixtos, tienen permiso provisional para manejar, acceso ilimitado al mundo a través de su celular y que cada día tienen un poco más independencia y libertad.

Y me toca dar un paso hacia atrás, para que ellas den varios hacia adelante.

Y me asusta.

La conversación en casa siempre ha marchado en esta dirección: “Irás ganando permisos, movilidad y libertad en la medida en que demuestres que eres una persona responsable y confiable”.

¿Cómo puedo hacer eso? Preguntó una… “Estando donde dices que vas a estar, con quien dices que vas a estar, avisando si cambias de lugar, regresando a la hora convenida y tomando decisiones responsables”.

Pero me quedo pensando que el tema queda muy abierto todavía… ¿Qué significa ser una persona confiable?, ¿Qué es la confianza?, ¿Soy una persona confiable?

Me parece que todos deseamos ser confiables y además pensamos que lo somos, aunque al mismo tiempo e irónicamente, creemos que los demás no son de fiar.

Y pensando en eso encontré el tema para la publicación de esta semana.

Busqué la radiografía de la confianza de Brené Brown, mi investigadora y autora favorita, en su libro “Dare to Lead: Brave Work. Tough Conversations. Whole Hearts”.

Siempre encuentro cosas valiosas en sus letras.

La confianza es la suma de pequeños momentos en el tiempo, no es algo que puede convocarse con el comando “confía en mi”, programarse o exigirse; no nos ganamos la confianza de alguien pidiéndola, sino cuidando de los detalles cotidianos.

Es un proceso que se da entre dos individuos o un equipo de trabajo y se construye en el tiempo. Es un pegamento que mantiene unidas a las personas; sin ella, no hay conexión.

Cuando la confianza se quiebra nos quedamos sin palabras, con mucho dolor y en modo silencio defensivo.

También podemos perder la confianza en nosotros mismos después de un fracaso o caída… “No puedo confiar en mi propio juicio”, “No estoy segura de poder controlarme”.

Brené arranca con la definición de confianza del autor Charles Feltman que dice: “confianza es elegir arriesgarme a someter algo que valoro a las acciones de alguien más”. Por otro lado, “desconfiar es creer que lo que es importante para mí, no está seguro contigo o en esta situación”.

Hablar de confianza en estos términos tan generales es muy difícil, y las personas recibimos cualquier comentario que cuestione nuestro nivel de confiabilidad con el mismo gusto que una invitación a beber ácido muriático.

Una mejor idea para abordar el tema de la confianza consiste en conocer sus partes para identificar cuál está tambaleándose o rota. En este sentido, es mucho más efectivo resaltar comportamientos específicos en cada uno de estos componentes para lograr un cambio.

De acuerdo con Brené Brown, la radiografía de la confianza muestra siete elementos -y la voy a traducir tal cual-.

Límites. Respetas mis límites y cuando no estás seguro de qué está bien y qué está mal, preguntas. Estás dispuesto a decir “NO”.

Fiabilidad. Haces lo que dices que vas a hacer. En el trabajo, esto significa estar consciente de tus capacidades y limitaciones para evitar hacer promesas que no puedes cumplir y seas capaz de sacar adelante tus compromisos. Somos fiables cuando nuestras palabras son congruentes con nuestras acciones.

Responsabilidad. Te adueñas de tus errores, ofreces disculpas, reparas los daños.

Bóveda. No compartes información o experiencias que no te corresponde a ti compartir. Necesito saber que guardas mis confidencias, y también, que no compartes conmigo información de otras personas que es confidencial.

Integridad. Eliges la valentía y el coraje por encima de la comodidad. Eliges lo que es correcto por encima de lo que es divertido o fácil. Eliges practicar tus valores en lugar de sólo profesarlos.

No emitir juicios. Puedo pedir lo que necesito y puedes pedir lo que necesitas. Podemos hablar de nuestros sentimientos sin percibir que somos juzgados. Podemos pedirnos mutuamente ayuda sin juicios.

Generosidad. Ofreces la interpretación más generosa posible acerca de mis intenciones, palabras y acciones. Asumes intenciones positivas.

Cuando la confianza se resquebraja necesitamos identificar exactamente donde está la fractura. Entre más específicos seamos, más eficientemente podremos trabajar en reconstruirla.

Con esta guía podemos abordar conversaciones alrededor del tema de la confianza con nuestros equipos de trabajo, amigos, pareja, hijos señalado exactamente el comportamiento que está contribuyendo negativamente a deteriorarla.

Cuando entramos a profundidad a analizar la radiografía de la confianza es más fácil caer en la cuenta de que no necesariamente somos tan confiables como pensamos.

Me quedo reflexionando sobre el concepto de confianza y sobre cómo aterrizarlo en mi propia pista y en la de mis hijas.

 

 

Reporte Mundial de la Felicidad 2019

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2019. Este es el séptimo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio especial sobre felicidad y comunidad con la idea de entender cómo ha cambiado la felicidad en los últimos años y cómo influyen en las comunidades la tecnología, el gobierno y las normas sociales.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2019.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Sudán del Sur, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 19 –se cayeron un lugar con respecto al año pasado-.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Noruega, Islandia, Holanda, Suiza, Suecia, Nueva Zelanda, Canadá y Austria. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés ecónomico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Yemen, India, Siria, Bostwana y Venezuela.

La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 12. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index. Me gusta ver a un país latinoamericano pisando la raya de los “Top Ten”.

México apareció este año en el lugar número 23. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-.

Además, el actual reporte incluye algunos datos puntuales sobre el nivel de satisfacción en 12 dominios de vida diferentes en México en 2013, 2017 y 2018. En cada uno de los años, el dominio de vida en donde los mexicanos reportan el nivel de satisfacción más alto es el de relaciones interpersonales. Por el contrario, los dominios con los menores niveles de satisfacción son: ciudad, país y seguridad. El 2017, año previo a la elección presidencial, los niveles en estos tres dominios registraron una caída con respecto al 2013 (Ver Fiu. Esto pudiera explicar la decisión de voto de los mexicanos para sacar al partido gobernante del poder y el repunte en 2018 -posterior a la elección- de estos indicadores. Vamos a ver qué pasa en 2020…

El reporte de este año incluye también un estudio sobre el uso de tecnología, la interacción creciente que tienen los adolescentes con aparatos electrónicos y su impacto en el bienestar. Los resultados sugieren que entre mayor es el uso de medio digitales, menor tiende a ser el bienestar. En otras palabras, nuestros jóvenes están dejando felicidad en el mundo cibernético. Pero de esto nos ocuparemos la próxima semana.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su séptima edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que dimisnuyen la felicidad.

El mejor momento de tu día

toddler

“Los puntos sólo se unen hacía atrás” decía Steve Jobs y justo así me llegó el tema para este artículo… conectando una serie de eventos pasados.

La idea fue agarrando forma mientras corría en una máquina del gimnasio. Invariablemente, así como pasa la banda bajo mis pies, pasan cientos de cosas por mi cabeza. Algunas veces, uno que otro pensamiento decide quedarse y transformarse al ritmo del trote en un tema para compartir en este espacio.

Recién había pasado la celebración de Acción de Gracias en Estados Unidos y pensé en escribir sobre la gratitud, pero decidí que no, pues ya le he dedicado un par de artículos. Entre pasos, me acordé de un ejercicio muy lindo para apreciar lo bueno en nuestras vidas que se llama “el mejor momento del día”, de ahí brinqué a identificar cuál había sido mi mejor momento del día anterior y en ese recuerdo encontré qué decir.

Mi mejor momento fue patrocinado por una de mis personas favoritas en el mundo. Tiene 18 meses de edad, es completamente encantador y tiene una fuente inagotable de energía.

Jugamos un rato en el parque bajo su dirección. Subimos y bajamos escaleras, dejamos caer piedritas por un resbaladero de cemento, fuimos al columpio, acción al máximo. Y de pronto y de la nada… este motor de año y medio se acostó boca arriba sobre el pasto para ver el cielo.

Relajado, quieto, en paz.

Me quedé parada viéndolo esperando que brincara de regreso a la vertical y saliera corriendo, pero él se quedó decididamente instalado en su posición horizontal. Sentí el impulso de acompañarlo. Hice lo mismo, me tiré en el pasto y nos quedamos varios minutos viendo al mundo desde abajo.

Ese pequeño momento fue grande por varias razones, sobre todo ahora que lo veo hacia atrás y reflexiono sobre todo lo que me hizo pensar y sentir.

Sin palabras todavía, pero con un dedo que comunicaba todo, este chiquito me señaló el pedazo de luna que empezaba a asomarse por detrás de las ramas de un árbol, las mariposas que volaban por encima de nosotros. Llevándose el dedo al oído me hacía saber que era momento de escuchar e identificar los sonidos alrededor y supongo que al quedarse inmóvil, me transmitía que el objetivo era sentir.

Minutos de silencio, de pausa, de simpleza, de tocar raíces, de habitar el presente, de apreciación y asombro.

No importa qué tan acelerados estemos, siempre podemos elegir hacer una pausa. Tenemos la opción de correr, subir, bajar y girar sobre nuestro propio eje a mil revoluciones por segundo. También tenemos la opción de parar. No importa qué tan agitados estemos en un momento, podemos decidir qué tan calmados queremos estar en el siguiente.

Verlo a él acostado en el piso mirando al cielo me conectó con mi propio deseo de hacer tierra. Me dio la oportunidad de recordar lo delicioso que es, de pensar desde hace cuánto tiempo no lo hacía y cuestionarme por qué no lo hago. El zacate, césped, pasto o como le llames siempre está disponible.

Me hizo pensar que todavía no se desprende de lo esencial. Quizá es porque recién empieza a vivir. Me asusta pensar que con los años, las obligaciones y las expectativas se aleje de ese lugar auténtico. ¿Cuándo es que nos despegamos de lo fundamental?, ¿Por qué dejamos de jugar?, ¿Por qué nos volvemos complicados?, ¿Por qué dejamos de andar descalzos y tirarnos boca arriba para ver las estrellas?

Me trajo al momento presente. Esta pausa inesperada se convirtió en una oportunidad para sentir curiosidad, asombro y apreciar el mundo a mi alrededor usando todos los sentidos. Vamos siempre en piloto automático sin percibir, sin sentir la vida.

La felicidad está en lo simple. En tirarte sobre el pasto para ver un pedazo de luna detrás de los arboles y las mariposas al pasar. Un momento pequeño puede ser grande si nos detenemos para crearlo y disfrutarlo.

Esos minutos fueron mi mejor momento del día. Primero porque estaba con él. Luego porque vi el mundo desde otro punto de vista, recordé cuánto me gusta la luna e hice una nota mental para voltear a verla, porque sentí paz habitando el presente.

Y también porque me hizo pensar en lo fácil y accesible que es crear momentos felices, de calma y tranquilidad si tan sólo decidimos parar.

Nota: El ejercicio “tu mejor momento del día” es una herramienta poderosa para practicar la gratitud y apreciar las cosas buenas en tu día. Cada noche, antes de irte a dormir, escribe cuál fue el mejor momento de tu día y describe brevemente por qué. A pocos días de comenzar con este ejercicio comenzarás a notar que andas por tus días buscando y notando momentos positivos que serán candidatos a ganarse el puesto en tu colección y te sentirás más feliz.

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