Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas

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Yo creo que la felicidad está en el camino y es una manera de viajar, más que un destino. Pero, a veces, la felicidad efectivamente nos espera en la línea de meta.

El lunes pasado fue la presentación oficial de mi libro “Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas”.

Tener un ejemplar en mis manos, luego de un proceso largo, es una experiencia felizmente surrealista.

Presentarlo rodeada de mis personas más queridas y recibir tantas muestras de cariño me hizo grande el corazón.

El libro comenzó a escribirse en mi cabeza hace muchos años, pero su transición oficial al papel con tinta fue en septiembre del 2016 cuando publiqué el primer artículo de este blog.

Este libro es la consecuencia natural, sino que obligada, de un proceso que para mi empezó hace casi veinte años con un proyecto de tesis.

Desde 1998 y hasta a fecha me he dedicado a estudiar la felicidad desde diferentes ángulos y con distintos objetivos. Después de una larga etapa de desarrollo y antes de moverme a explorar temas que van más allá de la felicidad, sentí la urgencia de documentar lo que había hecho hasta ahora. Este libro es el inicio de una nueva etapa de creación y contribución.

“Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas” es una guía práctica para incorporar a nuestra vida estrategias sencillas, basadas en ciencia, útiles para vivir más felices. Describe 8 rutas para entrenar y desarrollar la habilidad de la felicidad.

“Felicidad en el Trayecto” está dirigido a personas felices que no saben que lo son; hombres y mujeres que reconocen que la felicidad perfecta no existe y tampoco es deseable; individuos que saben que una vida feliz incluye adversidades y emociones difíciles; personas exitosas pero insatisfechas con sus vidas; gente que busca ideas que funcionan y prefieren soluciones prácticas para problemas complejos; padres de familia que quieren hacer felices a sus hijos sin morir en el intento.

Mi intención con este libro es transmitirle a mis lectores:

  • Que ser feliz es muy importante y tiene muchas ventajas
  • Que una buena parte de la felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días.
  • Que la felicidad es una habilidad que podemos desarrollar.
  • Que si queremos ser felices tenemos que vivir con la intención de vivir más felices y hacer algo al respecto.

Mi deseo es que encuentren algo que les guste, pero sobretodo que les inspire a hacer uno o dos cambios que les permita ser felices en el trayecto.

P.D. El libro está disponible en librerías del país y próximamente en versiones digitales.

La Felicidad y las mil y una opciones

 

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Elegir en un mundo en donde abundan las opciones no es tarea fácil y la forma en que tomamos decisiones puede afectar nuestra felicidad.

La cantidad y variedad de productos que hoy tenemos a nuestro alcance ha crecido exponencialmente. ¿Te has fijado cuántas ocpiones de cereales hay en los pasillos del supermercado, la variedad de bloqueadores solares en las farmacias dermatológicas, sabores de mermeladas? ¿Te has puesto a pensar en cuántas combinaciones diferentes puedes hacer cuando pides un café en Starbucks?

Desde luego, la abundancia de opciones mejora nuestra calidad de vida pues nos proporciona libertad y aumenta el control que ejercemos sobre nuestra manera de vivir, lo que en principio, es esencial para nuestro bienestar. Sin embargo, la sobreoferta de alternativas tiene un costo. El proceso de elegir un producto entre tantos disponibles puede resultar abrumador. A mí tantas opciones me generan problemas, me paralizan.

La industria de los teléfonos celulares ejemplifica cómo la proliferación de opciones ha modificado el proceso de elección de nosotros los consumidores. En el pasado elegir un equipo era una tarea sencilla pues los primeros celulares servían para hacer y recibir llamadas. Hoy los equipos cuentan con un sinfín de aplicaciones, capacidades de memoria y resoluciones de cámara. Ahora, antes de comprar un teléfono tenemos que escoger la marca, forma, tamaño y color, las aplicaciones tecnológicas, la compañía que brindará el servicio y el plan de renta. Ah! No te olvides de la funda protectora. Lo que antes era una tarea sencilla ahora se ha convertido en una decisión compleja que consume tiempo y genera una cuota de duda y ansiedad.

La abundancia de opciones no es exclusiva del ramo telefónico, la variedad de productos y alternativas es una realidad en prácticamente todas las áreas.

Piensa por un momento en la industria de alimentos y en todo lo que ahora podemos conseguir. Alimentos sin gluten, sin azúcar, sin lacteos, orgánicos, con stevia o splenda, sin granos, con chía, espirulina, veganos, miel de abeja o agave, aceite de coco, ajonjolí o de aguacate, harina de almendra, de yuca o de arroz… lo que quieras.

Algunas tiendas de ropa ofrecen hasta sesenta estilos diferentes de jeans, así que si no te ves bien es porque no supiste escoger tu mejor “fit”.

Y ni qué decir del mercado del “dating”. Hay páginas en línea llenas de opciones, de todas las edades, estados civiles, nacionalidades y niveles de compromiso –sólo una noche o para siempre. Me parece que estamos a un paso de poder mandar a hacer alguien hecho a la medida.

Ahora, los consumidores debemos dedicar tiempo a recopilar y analizar información extra para elegir LA opción adecuada a nuestras preferencias y necesidades. Ya no podemos echarle la culpa a la falta de posibilidades, ahora si algo sale mál es porque nos equivocamos al escoger o no buscamos lo suficiente.

¿Cómo se relaciona lo anterior con la felicidad? Estudios recientes muestran que la forma en que las personas eligimos entre tantas opciones repercute en nuestro bienestar.

La literatura clasificada a los consumidores en dos grupos de acuerdo a sus estilos de elección: los que maximizan y los que satisfacen.

Los maximizadores buscan y aceptan únicamente la mejor opción; necesitan tener la certeza de que cada compra que realizan o cada decisión que toman es la mejor. Si haces matrices para hacer comparaciones de todos los tipos de microondas que hay en el mercado, si lees todos los “reviews” de Amazon antes de elegir un libro, si todo el tiempo le cambias al canal cuando ves la televisión para ver si encuentras algo mejor, o si agonizas pensando que quizá no has tomando en cuenta toda la información disponible para decidir… puede que seas un mazimizador.

Por el contrario, las personas que satisfacen buscan una opción lo suficientemente buena; definen anticipadamente criterios y estándares y cuando encuentran una opción o artículo que cumple con éstos detienen su búsqueda. Esto no es sinónimo de mediocridad, pues los criterios de selección pueden ser muy estrictos. La posibilidad de que exista algo mejor es irrelevante para quienes satisfacen. Si sabes que necesitas una blusa blanca, con botones, cuello en “v”, que no cueste más de cierta cantidad, entras a una tienda, la encuentras, la compras a la primera porque es lo que buscabas y te olvidas del tema, entonces eres del equipo de los que satisfacen.

Los efectos de la creciente diversidad son diferentes para quienes maximizan y para quienes satisfacen. Para una persona que maximiza, más opciones representan un problema; la única forma de saber con certeza si eligió la mejor opción es evaluando todas las opciones posibles, lo cual es prácticamente imposible. Por consiguiente, cuando al fin elige un producto inevitablemente experimenta la sensación de haber podido encontrar algo mejor de haber buscado un poco más.

Para un consumidor que tan sólo busca satisfacer una necesidad, el creciente número de opciones no tiene un impacto importante en su toma de decisiones. Una vez que encuentra un artículo que cumple con sus estándares establecidos ignora la oferta restante. Libera tiempo y energía para hacer algo más.

La maximización tiene un precio y se carga a la cuenta de la felicidad. Estudios recientes han mostrado que la maximización es una fuente de insatisfacción. En un universo tan extenso en alternativas, las personas cuyo objetivo central es elegir la mejor opción tienden a deprimirse y son más susceptibles a experimentar sentimientos de remordimiento con respecto a sus compras y decisiones. Son menos felices, menos optimistas y tienden también a gastar más dinero pues la mejor opción suele ser las más nueva, cara y equipada.

En conclusión, como consumidores es importante que aprendamos a seleccionar una opción lo suficientemente buena y a no desgastarnos en el intento de conseguir la mejor. Esta práctica nos ahorrará tiempo, dinero, ansiedad y, sin duda, nos hará más felices.

Propósito de vida, Autenticidad y (mis dos) Yo

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Escribir el artículo de esta semana fue como armar un rompecabezas de tres piezas. Ya tenía dos, pero me faltaba una para conectarlas. La tercera pieza me llegó la semana pasada por correo en una caja de Amazon.

Primera pieza: Propósito de vida.

Hace tiempo que estudio el tema de sentido de vida y propósito. A veces por curiosidad, otras por necesidad.

La ciencia muestra que las personas que pueden articular en una frase corta cuál es la razón por la que saltan de la cama cada mañana –además del despertador- tienen vidas más largas y felices.

Algunas personas tienen bien definida su vocación desde pequeñas y saben a qué quieren dedicar sus vidas. Están los niños que desde la cuna juegan con cohetes espaciales y de grandes van al espacio; las niñas que tienen un amor incondicional por los animales, cuidan pájaros lastimados y de grandes crean una fundación para sacar perros de las calles.

También estamos los que no tenemos muy clara cuál es nuestra razón de ser; los que tenemos tantos intereses y pasiones que no sabemos por dónde empezar; y los que pensamos que para descubrir el propósito de nuestras vidas tenemos que viajar al Himalaya un mes y estar en silencio meditando para ver si el universo nos suspira la respuesta. O todo lo anterior.

A veces nuestra vida tiene sentido… hasta que no. Algo pasa que nos saca de curso, se empaña el periscopio o perdemos de vista lo importante.

Saber qué nos mueve promueve la longevidad y la felicidad. Dedicar tiempo a descubrir, definir o afinar nuestro propósito superior es una buena idea en términos de nuestro bienestar emocional.

Segunda pieza: Autenticidad.

Otro tema que me interesa en paralelo al del propósito es el de la autenticidad. No se qué pienses tú, pero a mi, las personas genuinas y alineadas consigo mismas me parecen particularmente sexis e inspiradoras.

En especial, admiro su valentía, pues la autenticidad implica romper con las reglas de lo establecido, de lo socialmente aceptable. El permiso para ser uno mismo, con frecuencia, requiere de no ser lo que el resto del mundo espera e implica pagar un precio.

Hace tiempo que sospecho que la autenticidad y el propósito de vida están fuertemente vinculados. Dicho de otra manera, considero que logramos vivir en la zona de nuestro propósito superior en la medida en que somos auténticos y nos mantenemos fieles a aquello que nos hace vibrar.

Me faltaba una pieza para conectar el propósito de vida con la autenticidad y creo que la encontré hace unos días en un paquete que llegó a mi casa. A mi la felicidad seguido me llega adentro de una caja y tiene forma de libro con olor a nuevo.

Tercera pieza: “Yo esencial” y “Yo social”.

Recibí el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar- En realidad no estaba en mis planes empezar a leerlo en ese momento, pero la curiosidad de explorar las primeras páginas me ganó.

Desde los primeros párrafos la autora logró hacerme reír con su narrativa sarcástica revuelta con humor negro, pero sobretodo, atrapó mi atención con dos conceptos: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que traemos programado de fábrica y contiene la información relacionada con nuestro propósito superior. Es un compás muy sofisticado.

Nuestro “yo esencial” sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a navegar por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere convertirse en astronauta… tu “yo social” hace que te sientes a estudiar física espacial; tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

¿Cómo se ve esto en nuestra vida diaria?

Puede pasar en una primera cita, por ejemplo, que tu “yo esencial” quiere pedir pasta, filete, copa de vino y rebanada de pastel con taza de café cappuccino para rematar… pero tu “yo social” pide una ensalada chica y un vaso con agua para que tu date no piense que eres muy tragona. A tu “yo esencial” le fascina combinar pantalones de flores grandes con blusas de rayas de todos colores… tu “yo social” dice que eso sólo es admisible en Halloween. Tu yo esencial quiere dormir un par de horas más… tu “yo social” te saca de la cama, hace que te alistes y vayas a trabajar. Tu “yo esencial” quiere renunciar a ese trabajo que te chupa la vida desde hace diez años… pero tu “yo social” no quiere quedarle mal a la familia. Tu “yo esencial” quiere tener una carrera profesional… tu “yo social” dice que una buena madre se queda en casa cuidando a los niños, o viceversa.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano. Lo necesitamos también, de lo contario estaríamos todos presos o muertos. En ocasiones, por ejemplo, nuestro “yo esencial” quisiera caerle a golpes a cierta persona y nuestro “yo social” nos guarda las manos en los bolsillos. Dice Beck:

“No es que nuestro yo social sea una mala persona, al contrario, es una buena persona. Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos y pasamos la vida dándole gusto a los demás.

La mayoría de nosotros ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial”.

¿Cómo podemos saber si nuestros “yo’s” han dejado de comunicarse?

De acuerdo con Martha Beck, si sentimos que nuestra vida en general está llena de insatisfacción, ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza, entonces quiere decir que nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” no están sincronizados. Nuestro “yo esencial” encuentra la manera de hacerse escuchar.

¿Cómo conecto las tres piezas?

Alcanzamos nuestro propósito de vida cuando somos nuestra versión más auténtica. Para lograr esto, nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” deben mantener una conversación fluida. De lo contrario, dejamos de ser auténticos, avanzamos por la vida sin compás y perdemos de vista nuestra “propia estrella polar”.

La felicidad de los migrantes

migrantes

¿Alguna vez te has preguntado qué pasa con la felicidad y el bienestar de los inmigrantes?

Este año el Reporte Mundial de la Felicidad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) llevó a cabo un estudio profundo sobre la migración para entender los efectos que este fenómeno tiene en la calidad de vida de todos los involucrados.

Las personas en el mundo están moviéndose. Algunos lo hacen voluntariamente y van detrás de las nuevas y mejores oportunidades que ofrece la globalización; mientras otros huyen de sus lugares de origen por causa de la guerra para salvar sus vidas.

No todos los inmigrantes son iguales. No obstante es posible asumir que detrás de cada historia individual existe el deseo y la prospección de una vida más feliz.

¿Lo logran?

Esta es la pregunta central que intenta responder el estudio realizado por la ONU.

Muchos migrantes sin duda experimentan incrementos en su felicidad, especialmente los que logran satisfacer necesidades básicas o hacen realidad sus sueños en el país destino. Los migrantes que llegan a un país más desarrollado, por ejemplo, además de mejorar sus condiciones económicas, reciben otros beneficios como libertad, educación y seguro social.

Algunos datos generales sobre la migración…

Según datos del Reporte Mundial de la Felicidad, la migración internacional ha crecido 90 millones en el último cuarto de siglo. En 1990 había en el mundo 153 millones de personas viviendo en un lugar diferente a su lugar de nacimiento; en 2015, este número creció a 244 millones y de estos el 10% son refugiados –unos 25 millones-.

Los diez países más felices del mundo de acuerdo con el “ranking” más reciente, tienen una proporción de migrantes superior al promedio mundial. En 2015 estas naciones registraron un porcentaje de extranjeros de alrededor del 18%, que es más del doble del promedio mundial de 8.7%.

Dichos países además de tener a la gente más feliz del mundo, tienen a los extranjeros más felices. Si se ordenan los países en función de la felicidad de sus inmigrantes, aparecen en los primeros diez lugares, los mismos países que cuando se toma en cuenta al resto de la población. Detrás de estos resultados está una combinación de factores: estos países son destinos atractivos para los migrantes, existe una mejor disposición de los locales para aceptarlos y una mayor habilidad para integrarlos a su sociedad.

¿Qué sabemos de la felicidad de los inmigrantes una vez que llegan a su destino?

En el reporte destacan tres resultados principales…

El primero es que en los países con un nivel de felicidad promedio –media tabla-, los inmigrantes son tan felices como las personas que nacieron ahí. Sin embargo, en los países más felices del “ranking” mundial, los inmigrantes son menos felices que los locales. Llegar a un país donde la gente es más feliz tiene un efecto positivo en la felicidad del migrante pero que no es suficiente para igualarlos con la población local. Esto en parte es explicado por el segundo resultado.

La felicidad de cada migrante no sólo depende de la felicidad promedio de los nacidos en el país destino, sino también del nivel de felicidad promedio de las personas en su país de origen. Entonces, si un migrante va de un país menos feliz a uno más feliz, como es común, el migrante termina más feliz que antes, pero relativamente menos feliz que los locales. No todo el cambio en la felicidad de un migrante es producto del movimiento.

El tercer resultado muestra que una parte de la felicidad de los migrantes depende de manera importante de la buena aceptación por parte de los locales.

¿Y qué pasa con la felicidad de los migrantes en el tiempo?

La evidencia sugiere que su felicidad permanece constante. Se dan dos fenómenos, uno positivo y uno negativo, que tienden a cancelarse mutuamente y tienen que ver con el concepto de “grupo de referencia” o “grupo de comparación”.

Cuando las personas recién llegan a un país más feliz, su grupo de referencia sigue siendo principalmente el de su país de origen. Al compararse y verse en una situación relativamente mejor, su felicidad aumenta. Este efecto se diluye con el paso del tiempo, pues a medida que las condiciones de vida de los inmigrantes mejoran, comienzan a compararse con las personas en el país destino y esto potencialmente disminuye su felicidad.

Los resultados del Reporte Mundial de la Felicidad muestran que se puede ser feliz incluso dejando todo atrás.

La migración también tiene su lado oscuro.

Migrar a otro lado supone renunciar al idioma, a los amigos, a la familia, a la comida, a las costumbres. En casos extremos incluye abuso, explotación, exclusión social y un estatus de “menor” calidad.

Sin lugar a dudas, el Reporte Mundial de la Felicidad ilumina y aporta información muy valiosa sobre el fenómeno de la migración. Me fascinan los datos y me parece fundamental entender a fondo esta problemática. Sin embargo, no puedo evitar pensar que los resúmenes gráficos y de porcentajes no son suficientes para ilustrar la realidad en la que viven miles de migrantes.

Hay diferentes tipos de migrantes… Algunos cambian su residencia viajando con visa a un país en el extranjero para estudiar una maestría en una universidad de prestigio; mientras que otros, viajan escondidos en camiones o en el lomo de un tren conocido como “La Bestia” jugándose la vida y empleándose en lo que sea para poder comer.

Los números no alcanzan para explicar el sufrimiento por el que atraviesan los migrantes, no cuentan las historias personales, ni nos dejan ver lo que han tenido que aguantar y superar.

De este último tipo de migrantes quiero hablar y para esto les comparto una historia personal.

Gracias a la invitación de unos buenos amigos, hace un par de meses mi familia y yo tuvimos la oportunidad de visitar y hacer trabajo voluntario en Casa Monarca.

Casa Monarca es una organización dedicada a brindar ayuda humanitaria a los migrantes en Monterrey que llegan directamente a sus instalaciones o que pasan días/meses cerca de las vías por donde pasa el tren… “La Bestia”.

La experiencia fue impactante. Fuimos un domingo a media mañana y nos encontramos con otros voluntarios. Algunos limpiaban frijoles, una persona cocinaba arroz y un guisado de carne en cacerolas enormes. Había otro grupo separando por tallas y genero la ropa donada.

Mientras estaban listos los paquetes de comida que nosotros íbamos a repartir en las vías del tren, nos dieron una pequeña charla de inducción y sensibilización con respecto a la problemática de los migrantes. Algunas historias son en verdad desgarradoras.

Cuando estuvieron listas y empaquetadas las comidas salimos a la ruta en compañía de un guía voluntario. Nos tocó la ruta “Cuauhtémoc”. Fuimos en carro a recorrer las calles cerca de las vías para encontrarnos con migrantes y entregarles la comida del día. Ese domingo en particular no encontramos muchos. Resulta que la “migra” había realizado una redada los días anteriores. Pero sí encontramos a algunos. Todos hondureños, todos con las manos vacías, cubiertos de polvo y con la ropa sucia, todos amables, agradecidos por la comida, todos con esperanza. Hablamos un poco con ellos, les preguntamos su nombre. No se me ocurrió preguntarles qué tan felices eran…

Ninguna estadística cuenta la realidad tan bien como repartir comidas a los migrantes un domingo en la mañana. En las vías del tren viven y caminan esos “números” anónimos resumidos a un porcentaje en un reporte. Nada llega más directo que conocerlos.

La migración internacional, para muchas personas, es un instrumento poderoso por medio del cual pueden mejorar sus vidas dado que la mayoría de los migrantes y sus familias en casa mejoran sus condiciones económicas. Tristemente. no todos los migrantes, ni todas las familias que se quedan experimentan un aumento en su felicidad como producto de la migración.

Hay mucho que aprender y mucho que hacer para asegurar el bienestar de los migrantes.

Yo quiero invitarte a visitar Casa Monarca para que hagas una contribución positiva en la vida de un migrante. Puedes ayudar donando ropa, zapatos o artículos de higiene personal.

Te aseguro que, al menos por un momento, tu felicidad y la de un migrante aumentarán.

Hacia un mundo más feliz

 

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2018. Este es el sexto año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me emociona mucho, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio muy interesante sobre la migración, sus consecuencias en la felicidad y presentaron una lista de 117 naciones ordenadas con base en la felicidad de sus inmigrantes. Los hallazgos son interesantísimos y merecen un artículo dedicado exclusivamente a este tema.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2018.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Burundi, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 18.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Suecia y Australia. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los países latinoamericanos, con excepción de Venezuela, están dentro de los primeros 70 lugares en el “ranking” mundial. Este resultado ha sorprendido más de una vez a investigadores y académicos en el mundo. De acuerdo con el nivel de ingreso nacional –y según el modelo de pronóstico-, la felicidad promedio en América Latina debería ser más baja. Esto quiere decir que los latinoamericanos producimos más felicidad por el mismo dólar que otros países -le sacamos más jugo al mismo limón- y, además, que algo más que el dinero explica la felicidad.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 13. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index.

México apareció este año en el lugar número 24. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-. Sin embargo, en la comparación de cambios en el nivel de felicidad promedio entre los periodos 2008-2010 a 2015-2017, los resultados para México no son favorables. La felicidad ha caído 0.37 puntos en una escala del 0 al 10. Estamos entre los países más felices del mundo, pero moviéndonos en la dirección equivocada. Toca ponernos a pensar por dónde se nos está escapando la felicidad promedio nacional y qué podemos hacer al respecto. ¿Tu qué opinas?

Venezuela registró la caída más grande en la felicidad promedio entre 2008-2010 y 2015-2017. En este país la felicidad cayó 2.2 puntos en una escala de 0 a 10. La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

Para el reporte de este año, la ONU realizó un estudio profundo acerca de la relación entre la migración y la felicidad. Voy a dedicar el artículo de la próxima semana a este tema, pero adelanto un resultado que me llamó la atención. El “ranking” de países de acuerdo a la felicidad de sus inmigrantes es prácticamente el mismo que el “ranking” del resto de la población. Esto sugiere que parte de la felicidad de los migrantes depende en buena medida de la calidad de vida del lugar que eligen como destino.

Finalmente, el reporte resalta tres problemas de salud que amenazan la felicidad global: la obesidad, la crisis de opiáceos –drogas, medicamentos para controlar el dolor- y la depresión. La mayoría de la evidencia proviene de Estados Unidos, donde estos problemas han crecido más rápido que en ningún otro lado. Para mejorar la felicidad en el mundo será necesario atender estos temas y prevenir que sigan creciendo.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su sexta edición. Parece que nos vamos acercamos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción.

Tú no eres tu cerebro

you are not your brain

Así se llama el libro que estoy leyendo desde hace unos días. Su diseño es tan llamativo que es casi inevitable pasarle de largo sin hacer una pausa para leer esas letras grandes amarillas con fondo negro –puntos para el equipo creativo-.

Pero más allá del aspecto visual, me parece que el título del libro capturó mi atención porque en la frase “tu no eres tu cerebro” encontré algo de alivio. Y no es que mi cerebro no me guste o crea que no funcione, pero a ratos puede ser un personaje intenso.

La variedad de pensamientos que genera mi cabeza son dignos de una venta de garaje, una colección de ideas, un popurrí de reflexiones, especulaciones, afirmaciones, pronósticos, dudas, fantasías, recuerdos, recomendaciones, señales de alarma, opiniones, críticas, disparates. ¿Te suena conocido?

Una de las funciones de nuestro cerebro es fabricar pensamientos, tiene absoluta libertar para crearlos y la usa a cabalidad. Algunos pensamientos están basados en datos o situaciones reales y otros no.

Lo interesante aquí es que todos los pensamientos provocan emociones. Podemos experimentar ansiedad, por ejemplo, como resultado de un pensamiento, sin importar si éste está fundamentado en la realidad o no.

Podemos sentirnos absolutamente aterrorizamos si pensamos que el avión en el que viajamos va a desplomarse, aunque la evidencia sugiera que todo está en orden y es un vuelo normal.

Hasta ahora he aprendido dos diferencias conceptuales interesantes en este libro…

La primera es que existen pensamientos basados en datos reales que generan emociones. Si hacen un recorte de personal en la empresa donde trabajas y pierdes tu trabajo, podrías pensar que fue injusto, tener dudas con respecto a lo que vas a hacer en el futuro y sentirte enojado, deprimido o asustado. Estas emociones son producto de un evento real y hay que atenderlas.

La segunda es que existen mensajes engañosos o falsos del cerebro que producen sensaciones emocionales. Si piensas que habrá un recorte de personal en la empresa y vas perder tu trabajo -sin tener información precisa y validada- podrías sentirte tan enojado, deprimido o asustado como si en realidad hubieras perdido el trabajo.

Una persona que piensa y cree que no está lo suficientemente delgada, aunque todos los indicadores objetivos muestren que sí, puede experimentar una sensación de inseguridad y rechazo que podría impulsarla a dejar de comer y desarrollar un tema de anorexia o bulimia que perjudique su salud.

Para mejorar nuestro bienestar emocional tenemos que distinguir los mensajes reales de los mensajes engañosos del cerebro. Tenemos que hacer frente a las emociones que honran nuestro ser y nuestras necesidades verdaderas; pero tenemos que aprender a manejar los mensajes destructivos y falsos que nos hacen incurrir en comportamientos poco saludables o beneficiosos para nosotros.

En su libro “Tú no eres tu cerebro”, los autores Jeffrey Schwartz y Rebecca Gladding, recomiendan cuatro pasos para hacer frente a los mensajes engañosos del cerebro y evitar que produzcan sensaciones emocionales o aliviarlas cuando aparecen:

Renombrar. Dicen que no podemos cambiar lo que no vemos, entonces lo primero que tenemos que hacer es practicar la consciencia plena –“mindfulness”– para detectar los mensajes que aparecen en nuestra cabeza y producen sensaciones incómodas. Si quitamos el piloto automático y hacemos pausas para observar, es posible comenzar a distinguir los mensajes engañosos del cerebro y las conductas que desencadenan. Si estoy en un avión, no hay turbulencia, las sobrecargos están tranquilas, la señal de cinturón está apagada, pero yo tengo el pulso acelerado porque tengo miedo… estoy siendo víctima de mensajes engañosos patrocinados por mi cerebro que está en modo alarma. El paso inicial, entonces, consiste en etiquetar estos pensamientos y llamarlos por su nombre: mensajes engañosos del cerebro.

Re-encuadrar. Logramos cambiar o reducir nuestra percepción con respecto a las sensaciones incómodas o difíciles que experimentamos cuando logramos darnos cuenta de que son cortesía de mensajes engañosos… “No es el avión, ni el piloto, ni el clima… es mi cerebro”.

Reenfocar. Este paso consiste en dirigir nuestra atención hacia alguna actividad o proceso mental más productivo en presencia de las sensaciones, los impulsos, angustias y todo lo que nos causen los mensajes engañosos. Reenfocar nuestra atención al mismo tiempo que estamos experimentando el malestar. Cuando estoy en un avión en mi está presente la ansiedad, pero yo puedo elegir cómo responder ante ella. Puedo hacerla crecer si concentro mi atención en el sonido de las turbinas y decido estar al pendiente de cada movimiento o puedo decidir ponerme unos audífonos para escuchar el sonido del mar mientras leo.

Revaluar. Con la práctica podemos aprender a retar las ideas que cruzan por nuestra cabeza incorporando toda la evidencia disponible, a visualizar alternativas diferentes y aceptar la posibilidad de que existan realidades distintas a la que percibimos. En el ejemplo del avión… puedo recurrir a la evidencia que muestra que es el medio de transporte más seguro y la mayoría de los pilotos no mueren en avionazos. Podemos aprender a mitigar las sensaciones emocionales que nos causan los mensajes engañosos porque sabemos que son falsos y entonces los descartamos.

Nuestro cerebro seguirá cumpliendo con su trabajo de fabricar pensamientos. Ante esta realidad, nuestra labor debe enfocarse más en aprender a manejarlos que en tratar de evitar que aparezcan.

El silencio está lleno de respuestas

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¿Conoces el sonido de tu respiración?

Tápate los oídos con los dedos y escucha con atención. Detrás del murmullo del silencio aparece en primer plano el compás de tu respiración, un vaivén de aire cadencioso con efecto relajante instantáneo. ¿Lo conoces?

Un poco más allá, en segundo plano, palpita la voz de tu corazón. ¿La escuchas?.

¿Hace cuánto tiempo que no estás en silencio?, ¿Hace cuánto tiempo que no escuchas el sonido de tu respiración o el latido de tu corazón?, ¿Hace cuánto que no escuchas lo que tú mismo tienes que decirte?

Estando en silencio es posible escuchar lo más esencial.

Sin embargo, pareciera que le tenemos miedo al silencio, le sacamos la vuelta, lo evitamos a toda costa. Nos llenamos de ruido para evitar entrar en contacto con lo que sentimos, especialmente con lo que nos duele, nos incomoda, nos entristece.

Para vivir más felices y mejorar nuestro bienestar emocional es importante vaciarnos de ruido, escuchar nuestra respiración, nuestro corazón y nuestra voz. Crear espacios de silencio para encontrarnos con lo esencial.

Una de las cosas que más disfruto hacer es flotar boca arriba en el mar con los brazos extendidos y los oídos sumergidos en el agua. Es mágico. El ruido exterior se diluye entre el murmullo de las olas, aparece en el fondo el tintineo de la arena desplazándose por el fondo, y poco a poco, comienza a difuminarse la línea que me separa del agua. El pulso del mar se pone en sintonía con el de mi corazón. Respiramos juntos.

En el mar y de vacaciones es fácil encontrar estos espacios de silencio y la disposición para detenernos y reflexionar.

¿Pero cómo hacerle en el día con día, en ambientes saturados y entre tanto estrés?. Yo no tengo una tina en el baño de mi casa para sumergirme en ella y simular que estoy en el mar. Podría hundir la cabeza en una cubeta, pero no me inspira mucho la idea…

Entonces, ¿Cómo escuchar entre tanto ruido?, ¿Cómo escuchar cuando el silencio es tan elusivo?

Apagando la televisión, la música, silenciando el teléfono, cerrando el libro, sentándonos callados por unos minutos, caminando solos en la naturaleza, meditando.

¿Se siente incómodo? Quizá, ¿Nos da miedo?, Probablemente sí. Sin embargo, las emociones y los pensamientos más valiosos solo pueden encontrarnos en y a través del silencio.

Hace falta valor para cancelar el ruido y acercarnos a nuestro interior; pero sobre todo, hace falta valor para atender el mensaje y dejarnos cambiar por lo que escuchamos.

La felicidad también está en el silencio.

 

Memorias de hoy, momentos de ayer

 

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De unos meses para acá me ha dado por escuchar audiolibros mientras manejo, para que mi tiempo al volante –que en ciertos días es mucho- sea más divertido y provechoso.

Mi audiolibro en turno es “El poder de los momentos”, la publicación más reciente de Chip y Dan Heat. Hasta ahora, me ha parecido interesantísimo y me ha tenido pensando en ideas para escribir un artículo sobre el tema.

Los autores explican que nuestros momentos más memorables están cargados de alguno de estos cuatro elementos: elevación, revelación, orgullo y conexión. No voy a dedicar este espacio a explicar cada uno de estos elementos –quizá en otra ocasión-.

Hoy más bien voy a compartir contigo lo que resultó de la combinación de dos conceptos del libro, una pregunta y una linda experiencia que tuvimos en casa durante el fin de semana.

Así es este proceso de escribir… De pronto piezas sueltas se acomodan para darme algo que decir.

El primer concepto es que recordamos más y mejor los momentos que generan conexión entre personas, esos que estrechan nuestros vínculos con otros, especialmente con quienes más queremos.

El segundo concepto es que las personas tendemos a recordar el final de una experiencia, así como sus mejores o peores momentos y nos olvidamos del resto.

La pregunta que daba vueltas en mi cabeza desde que la escuché era… ¿Cómo podemos crear recuerdos valiosos para nuestros hijos?

Y ahora la experiencia del fin de semana…

Encontré una caja que llevaba tiempo sin abrir. Una caja de cartón café que usamos cuando nos mudamos de casa y arrumbé en algún lugar, mientras le encontraba su lugar. Estaba pandeada por el tiempo, maltratada por el olvido y todavía cerrada con cinta canela. En la parte superior tenía escrito con plumón rojo y letras apresuradas: “Libros niñas”.

Recuerdo que decidí guardar todos los libros de cuentos de mis hijas, a pesar de que ellas –sintiéndose ya grandes- aseguraron que debía regalarlos. Algo me dijo que los conservara.

Abrí la caja y llamé a mis tres. Les pedí que revisaran todos los libros para decidir si querían conservar algunos antes de buscarles nuevos dueños.

Se acercaron y sin mucho interés miraron estando de pie lo que había adentro de la caja. Más pronto que tarde, se sentaron en el suelo para explorar con detalle los ahora tesoros que iban saliendo. Empezaron a escucharse exclamaciones como: “¡este cuento me encantaba!”, “¡este libro era mi favorito!”, “¡wow!… ya se me había olvidado”.

Esos libros que yo pensaba estaban por salir de mi casa fueron recuperando uno a uno su lugar en el estante, luego de ser leídos una vez más.

Mamá… me acordé de cuando me leías “un beso en mi mano” antes de ir al colegio, porque no me gustaba separarme de ti. Me dabas un beso en la mano y me la cerrabas, así como la mamá mapache hacía con Chester, para que me lo llevara al colegio y me lo pusiera en el cachete si sentía miedo o te extrañaba mucho.

 Y yo también me acordé…

Mi cuento favorito era “Adivina cuánto te quiero” porque jugábamos a ver quién quería más a quién y repetíamos mil veces: pero yo te quiero un puntito más. Una vez me dijiste que me querías hasta la luna y de regreso, y como yo no sabía si eso era mucho o poquito te pregunté si la luna estaba cerca o lejos…. Muy muy muy muy muy lejos, dijiste.

Y yo me acordé de lo rico que era abrazarla oliendo a recién bañada cuando la tapaba con la cobija antes de dormir.

A mi me encantaba el cuento de la bruja que aceptaba la ayuda de todas las creaturas de Halloween para arrancar una calabaza gigante del suelo porque quería hacer un pay.

Y a mi me vino a la memoria su maravillosa capacidad para ponerle ritmo a los cuentos. Para ella, cada historia tenía su propia tonada, las letras se convertían en signos musicales y entonces en lugar de leer los cuentos, los cantábamos.

Esa tarde de sábado nos visitaron otra vez gansos que andaban en bicicleta y enloquecían a la granja entera, viejitas que se tragaban murciélagos, jirafas que no querían bailar porque pensaban que no podían, pingüinos, unicornios y hasta aquel niño al que un buen día se le empezaron a caer los ojos, la nariz, la boca y las orejas. Nos acordamos de la Casa Mágica del Árbol y de la Telaraña de Charlotte.

Regresaron a mi mente imágenes de aquellas noches cuando me sentaba en el cuarto de mis hijas a leerles antes de dormir. Cada niña en su cama, el cuarto oscuro para que fueran agarrando sueño, la única luz disponible salía de mi teléfono celular para iluminar la página. Volvieron a mi memoria mis hijas en sus versiones de 4 y 7 años, con sus pijamas de rayas de colores, su peluche favorito y sus pelos locos.

De esa caja aplastada no salieron solo libros. Salieron cataratas de recuerdos y ráfagas de experiencias que construimos alrededor de esos cuentos. Resurgieron momentos invaluables que volvieron a conectarnos en el presente.

Y es verdad… no me acuerdo de lo demás. Se me había olvidado lo difícil y casi imposible que era hacer dormir a mis tres hijas. No me acordaba que seguido me sentía desesperada, cansada y sin muchas ganas de volver a leer el mismo cuento. Ya se me había borrado de la cabeza que leía rápido para acabar más pronto y me quedaba callada esperando que ya estuvieran dormidas.

Ahora me acuerdo sólo de lo bueno y agradezco haber dedicado tantas noches a leer cuentos. No sólo leímos cuentos. Escribimos historias que podemos volver a contar y que nos hacen sentir felices. Creamos momentos poderosos.

Me parece que la respuesta a esa pregunta que traía en la cabeza es sencilla: fabricamos recuerdos para nuestros hijos cuando estando presentes.

Al final… Somos una colección de momentos.

Amigos

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El tema de esta semana se escogió solo y no admitió negociación. Cuando el día en que publicas coincide con el 14 de febrero, día del amor y la amistad, no hay más.

Ayer leí un artículo del New York Times que me atrapó con el nombre: “Si quieres un mejor matrimonio, compórtate como si fueras soltero”. ¿A poco no está sexy el título? Aquí te dejo el vínculo.

Aunque el encabezado logra levantar intrigas, en realidad el objetivo del artículo es resaltar lo importante y necesario que es tener una red sólida de amigos –aunque tengamos una pareja- para sentirnos felices y tener un bienestar emocional sano.

Y es que las parejas tienden, de manera natural, a reducir su mundo a las interacciones entre ellos y a su núcleo familiar. Esto es lo más cómodo, lo más sencillo y lo más practico; sin embargo, no es lo óptimo ni es suficiente.

Los amigos son un ingrediente clave en la felicidad, así que la publicación de hoy va con dedicatoria a la parte del día de San Valentín que se ocupa de la amistad.

Las personas venimos programadas de fábrica para conectar y pertenecer a un grupo. Estar aislados por periodos de tiempo largos es nocivo para nuestra salud.

Vivimos más tiempo y con más salud cuando tenemos lazos sociales estrechos; estudios muestran que la gente que tiene una red amplia de amigos y socializa de manera regular tiene un riesgo de mortalidad un 50 por ciento más bajo que aquellos que no.

Los amigos también contribuyen positivamente a nuestra salud mental. Contar con ellos nos hace menos propensos a experimentar tristeza, soledad, baja autoestima, trastornos alimenticios o de sueño.

Pasar tiempo con amigos tiene consecuencias positivas para la gente que vive con nosotros. Somos mejor idea para nuestra pareja e hijos después de pasar un rato agradable con amistades, pues regresamos recargados de energía, inspirados, más ligeros y, entonces, los recursos personales que ponemos a su disposición son de mejor calidad.

Los amigos agregan sabor a nuestras vidas y entre más diversas sean nuestras amistades, mejor. Vale la pena hacer el esfuerzo por ampliar nuestro grupo social y cultivar nuestra curiosidad para conocer a todo tipo de personas –roqueros, fotógrafos, chefs, deportistas, viajeros, artistas, académicos, apasionado de los vinos, de las mariposas, exploradores, decoradoras, músicos, escritores, estilistas, ejecutivos, etc. Cada persona es una ventana a un mundo diferente al nuestro y descubrimos cosas increíbles cuando tomamos la decisión de asomarnos a través de ellas.

Los amigos son una aventura, son diversión, cada uno de ellos nos complementa de manera diferente y van ganando importancia a medida que nos vamos haciendo viejos.

La frecuencia, la proximidad y el contacto personal son importantes. Compartir el espacio en tercera dimensión y de manera frecuente tiene un impacto mucho más grande en nuestra felicidad que tener contacto a través de una pantalla o sólo de vez en cuando.

Dicen por ahí que los amigos son la familia que escogemos. Y yo no podría estar más de acuerdo con esto. Los vínculos que podemos desarrollar con nuestros amigos pueden llegar a ser igual o más fuertes que con algunos familiares.

Me pongo a pensar en todos los amigos y amigas que han contribuido a mi vida y han dejado su huella. Soy quien soy y estoy donde estoy gracias a cada uno de ellos.

Están los de una clase, los de un viaje, los de temporadas cortas, los de proyectos específicos, los que ya no están. De algunos perdí la pista, pero de nadie su recuerdo. Cada nombre levanta una ola de memorias.

Y por supuesto, están mis amigos de toda la vida. Los que han estado en los momentos más lindos y también en los más duros; que comen dulces con sabor a “comida de perro enlatada” para hacer reír a mis hijas, que pintan obras de arte en cáscaras de pistache o que hicieron posible soportar clases con nombres como “econometría”.

Están mis amigas del alma que saben que no me gusta el melón, que la presión arterial me sube cuando tienen que tomármela, que conocen cada uno de mis achaques y descifran mi estado de ánimo escuchando mi tono de voz. Las que saben qué me da miedo, qué me da risa, qué me mueve; que me llaman justo antes de subirme al avión porque saben que me pongo nerviosa, que fueron rebautizadas por mi papá al mismo tiempo que yo con el nombre científico de una bacteria, que se convierten en puentes para conectarme con lo que quiero y me recuerdan quién soy. Las que me ayudan a detener mi mundo cuando éste amenaza con caerse o doblarme los brazos, las que guardan mis recuerdos como si fueran mi disco duro externo por si acaso un día… comienzo a olvidarlos.

Hoy celebro a todos mis amigos.

¡Gracias por darle sentido a mi vida y abonar de manera tan contundente a mi felicidad!

 

Carta de despedida al yo que no fui

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La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar a Margarita Tarragona, experta en Psicología Positiva, hablar sobre el papel tan importante que juegan las historias que nos contamos a nosotros mismos en nuestro bienestar emocional.

Margarita compartió con nosotros muchas ideas muy interesantes, pero a mi me dejó pensando una en especial: “el yo posible perdido”, “las identidades posibles perdidas” o “las versiones posibles de mi que no fueron”.

Lo que nunca fue, lo que casi fue, lo que dejó de ser… Todo eso que tiene un lugar en el cajón de los “hubieras”.

El “yo posible” se define como una representación personalizada de una meta de vida importante.

Nuestras identidades posibles perdidas son, entonces, una representación personalizada de una meta de vida importante que no se cumplió y pueden tener muchas formas y colores.

Quizá soñabas con casarte para formar una familia, pero no encontraste o no has encontrado a la persona indicada; aspirabas a ser bailarina profesional, pero tuviste que retirarte antes de tiempo por una lesión; deseabas estudiar arte, pero te obligaron a estudiar ingeniería; terminaste una carrera, pero no la ejerciste porque te dedicaste al hogar; soñabas con ser abuela, pero tus hijos no quisieron ser padres; pensabas que tu matrimonio era para toda la vida, pero terminó; querías ese puesto en la empresa, pero se lo dieron a alguien más; querías ser piloto de aviones, pero el examen de vista que te hicieron como parte del proceso de admisión te descartó como candidato.

Me puse a pensar en mis versiones posibles que nunca fueron y pude sentir su peso. Me di cuenta que cargo con ellas, las tengo guardadas en el fondo de algún rincón; pero de vez en cuando, salen para dibujarse en mi mente y despiertan emociones incómodas.

También pensé que sería bueno despedirme de todas ellas, dejarlas ir para andar más ligera, para disfrutar de mis versiones que sí son, hacerle lugar a nuevas versiones posibles o simplemente para ser mi mejor versión el día de hoy. Algo así como cuando sacamos del clóset la ropa que nunca usamos.

Laura King, académica de la Universidad de Missouri, explica que pensar en lo que pudo ser o en un yo posible perdido es receta para el arrepentimiento, la decepción, humillación, tristeza y el enojo. Cuando nos atrapa el “hubiera” nuestro bienestar se deteriora.

La desilusión, los contratiempos, cambios de dirección, los errores son parte de la vida y, sin duda, pueden ser muy duros. Al mismo tiempo, reconocerlos y asimilarlos puede convertirse en una oportunidad de transformación y en una señal de madurez.

Es importante despedirnos de lo que pudo ser o de quien pudimos ser. Para avanzar es necesario decirle adiós a los planes que no se hicieron, a las promesas no cumplidas, soltar los sueños que quedaron solo en eso y hacer las paces con situaciones que no queríamos, pero que igual llegaron.

Logramos ser personas más felices cuando reconocemos las pérdidas –identidades posibles que no fueron-, pero no nos dejamos consumir por ellas y nos mantenemos enfocados a las metas presentes -en nuestra mejor versión posible- y creemos que algo bueno está por venir.

Una estrategia que puede funcionar es escribirle una carta de despedida a cada una de esas versiones de nosotros mismos que no pudieron ser o a esa versión que más nos duele no haber sido.

Elaborar sobre ese posible yo que se perdió, reconocerlo, darle las gracias y luego dejarlo ir potencialmente pude liberarnos, mejorar nuestra sensación de felicidad y fomentar nuestro crecimiento personal.

Cuando era una niña tuve que despedirme de esa identidad mía que encontraría la manera de comunicarse con la mente de los animales pero que nunca se hizo realidad. Unos años después tuve que decirle adiós a mi versión posible de gimnasta que iría a las olimpiadas porque nunca superó el miedo a la viga de equilibrio. Más adelante dejé ir a mi yo posible de fotógrafa y escritora de la revista National Geographic para convertirme en economista de profesión dedicada a los datos duros y al mundo corporativo. A esa versión… la abandoné también. También quise ser tía consentidora de todos mis sobrinos, pero la vida me los puso lejos.

Parte de la magia está en nuestra capacidad de rediseñarnos. Nunca descifré el lenguaje de los animales, pero igual hablo con mis perros. No me convertí en gimnasta profesional, pero el ejercicio es un eje central de mi vida. No fui fotógrafa ni escritora de National Geographic, pero tomo fotos y escribo este blog. No me dediqué a la economía, pero encontré la manera de usar lo que aprendí ahí en otra área de las ciencias sociales.

En fin, hay muchas versiones de mi misma que se quedaron en el tintero, pero que dejaron la huella del “y si hubiera…”. Aún tengo pendiente despedirme de varias.

Me parece que un par de preguntas que pueden ayudarnos en estos procesos de remodelación personal son: ¿Qué parte de lo que quería ser me acompaña hoy, me ayuda a sentirme bien y a ser mi mejor versión posible?, ¿Qué recursos, habilidades y fortalezas tengo para construir nuevas posibilidades para mi en el futuro?

Pensemos en historias nuevas que contarnos.