La regla de los 5 segundos

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Si tuvieras que calcular aproximadamente cuántas veces al día te dices a ti mismo y a lo demás, “al rato lo hago”, “mañana”, “el lunes”, “mejor no”, ¿Qué dirías?

Yo prefiero sacar mi cuenta… “después”.

Terminé de leer el libro “La Regla de los 5 Segundos” de Mel Robbins y creo que encontré un antídoto poderoso contra este vicio que varios tenemos de procrastinar.

La mayoría de nosotros tenemos metas personales y sueños que deseamos cumplir, retos que superar y situaciones de vida que queremos o necesitamos cambiar. Pero no lo hacemos.

Entre nuestra intención de hacer algo y en verdad hacerlo existe un limbo retacado de excusas que nos detiene.

Según Mel Robbins, 5 segundos es lo que le toma a nuestro cerebro convencernos de no hacer las cosas, según esto, para “protegernos”.

¿Has notado lo rápido que el miedo y las dudas secuestran tu mente y comienzas a fabricar argumentos para no decir o no hacer algo?

Si pudieras asomarte al limbo donde yo fabrico mis excusas y argumentos para no hacer las cosas verías algo así…

“Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía, llamo a las 8:00 am, que es la hora a la que llega la asistente”. Esa es mi intención. ¿Qué sucede cuando llega la hora? “Hablo después de revisar mis correos”, “Bueno, mejor después de comer hago todas las llamadas del día, así avanzo con el trabajo”, “Aunque pensándolo bien, ya pronto me voy de vacaciones y si me van a dar una mala noticia, prefiero que sea al regresar”, “Listo, hago la cita sin falta cuando regrese”. Todo eso en segundos.

“Mañana salgo a correr inmediatamente después de que se vayan las niñas al colegio, voy a dejar la ropa lista desde hoy”. Esa es mi intención. Lo primero que pasa es que no saco la ropa porque pienso que es mejor elegirla cuando vea cómo amanece el clima. ¿Qué pasa el día siguiente?… “Me cambio cuando termine de tomar el café”, “Mientras… voy a leer un ratito, al cabo, no tengo prisa”, “Mejor termino de una vez el libro, ya me falta poco”, “Pero entonces ya va estar haciendo mucho calor”, “Bueno, no pasa nada, mañana voy”. Así pueden pasar dos semanas.

Así es como en segundos vamos dejando todo para después. Esto incluye alzar la voz y opinar en una reunión de trabajo –“mejor no, ¿qué tal si piensan que mi idea no sirve?”; decidir fumar otro cigarro –“uno más no hace la diferencia”-; aguantar otro comentario ácido de esa persona tóxica –“no quiero problemas”; trabajar en la empresa familiar –“es lo que esperan mis padres”.

Nos detienen el miedo, la incertidumbre, la flojera, la comodidad, lo conocido.

Estamos a una decisión de una vida completamente diferente.

Cuando se trata de cumplir metas, resolver situaciones o alcanzar sueños es fundamental escuchar nuestro instinto de cambio y honrarlo con una acción.

La regla de los 5 segundos es una buena herramienta para lograrlo.

¿Qué es la regla de los 5 segundos?

Es una estrategia que nos permite lograr nuestros objetivos venciendo a nuestro cerebro antes de que empiece a parlotear.

¿Cómo se usa?

Es como el lanzamiento de un cohete al espacio: “5, 4, 3, 2, 1… ¡despegar!”.

Cada vez que tengamos que hacer algo y comencemos a sentir incertidumbre, miedo, inseguridad, flojera, podemos tomar el control contando del 5 al 1.

Contar hacia atrás sirve dos propósitos simultáneamente. En primer lugar, enfoca nuestra atención en lo que tenemos que hacer y nos impulsa a actuar; en segundo, interrumpe el hábito que tenemos bien cimentado de dudar, sobre-pensar, auto sabotearnos y detenernos.

Para que la regla funcione es muy importante movernos físicamente al llegar a 1, pues cuando nos movemos, nuestra fisiología cambia y el cerebro le sigue.

Contar hacia atrás del 5 al 1 también tiene su lógica. Cuando contamos al revés, mentalmente cambiamos la programación del cerebro. Llegar al 1 nos motiva a la acción. Es equivalente a arrancar en una carrera luego del “en sus marcas, listos… ¡fuera!”. Si contáramos del 1 para arriba podríamos contar indefinidamente.

Entonces, “Tengo que hacer cita para hacerme la mamografía” se convierte en 5, 4, 3, 2 ,1… marcar por teléfono; “Voy a salir a correr”… 5, 4, 3, 2, 1… ponerme los tenis y salir; “Tengo que escribir mi artículo”…. 5, 4, 3, 2, 1… sentarme en el escritorio y abrir la computadora.

Dice Robbins, que no son las grandes jugadas o movimientos los que definen nuestras vidas, sino las más pequeñas. Dentro de un rango de 5 segundos podemos detenernos a pensar y decidir no tomar acción sobre esas cosas pequeñas. El detalle es que las decisiones no tomadas se acumulan en el tiempo y nos dejan atascados.

La regla de los 5 segundos hace que las cosas pasen. Nos ayuda a atravesar la barrera de las excusas y a encontrarnos con nuestra mejor versión del otro lado.

Cambiamos nuestra vida una decisión a la vez.

Y podemos decidir hacerlo en 5, 4, 3, 2 ,1…

http://www.bienestarconciencia.com/

 

La Felicidad y las mil y una opciones

 

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Elegir en un mundo en donde abundan las opciones no es tarea fácil y la forma en que tomamos decisiones puede afectar nuestra felicidad.

La cantidad y variedad de productos que hoy tenemos a nuestro alcance ha crecido exponencialmente. ¿Te has fijado cuántas ocpiones de cereales hay en los pasillos del supermercado, la variedad de bloqueadores solares en las farmacias dermatológicas, sabores de mermeladas? ¿Te has puesto a pensar en cuántas combinaciones diferentes puedes hacer cuando pides un café en Starbucks?

Desde luego, la abundancia de opciones mejora nuestra calidad de vida pues nos proporciona libertad y aumenta el control que ejercemos sobre nuestra manera de vivir, lo que en principio, es esencial para nuestro bienestar. Sin embargo, la sobreoferta de alternativas tiene un costo. El proceso de elegir un producto entre tantos disponibles puede resultar abrumador. A mí tantas opciones me generan problemas, me paralizan.

La industria de los teléfonos celulares ejemplifica cómo la proliferación de opciones ha modificado el proceso de elección de nosotros los consumidores. En el pasado elegir un equipo era una tarea sencilla pues los primeros celulares servían para hacer y recibir llamadas. Hoy los equipos cuentan con un sinfín de aplicaciones, capacidades de memoria y resoluciones de cámara. Ahora, antes de comprar un teléfono tenemos que escoger la marca, forma, tamaño y color, las aplicaciones tecnológicas, la compañía que brindará el servicio y el plan de renta. Ah! No te olvides de la funda protectora. Lo que antes era una tarea sencilla ahora se ha convertido en una decisión compleja que consume tiempo y genera una cuota de duda y ansiedad.

La abundancia de opciones no es exclusiva del ramo telefónico, la variedad de productos y alternativas es una realidad en prácticamente todas las áreas.

Piensa por un momento en la industria de alimentos y en todo lo que ahora podemos conseguir. Alimentos sin gluten, sin azúcar, sin lacteos, orgánicos, con stevia o splenda, sin granos, con chía, espirulina, veganos, miel de abeja o agave, aceite de coco, ajonjolí o de aguacate, harina de almendra, de yuca o de arroz… lo que quieras.

Algunas tiendas de ropa ofrecen hasta sesenta estilos diferentes de jeans, así que si no te ves bien es porque no supiste escoger tu mejor “fit”.

Y ni qué decir del mercado del “dating”. Hay páginas en línea llenas de opciones, de todas las edades, estados civiles, nacionalidades y niveles de compromiso –sólo una noche o para siempre. Me parece que estamos a un paso de poder mandar a hacer alguien hecho a la medida.

Ahora, los consumidores debemos dedicar tiempo a recopilar y analizar información extra para elegir LA opción adecuada a nuestras preferencias y necesidades. Ya no podemos echarle la culpa a la falta de posibilidades, ahora si algo sale mál es porque nos equivocamos al escoger o no buscamos lo suficiente.

¿Cómo se relaciona lo anterior con la felicidad? Estudios recientes muestran que la forma en que las personas eligimos entre tantas opciones repercute en nuestro bienestar.

La literatura clasificada a los consumidores en dos grupos de acuerdo a sus estilos de elección: los que maximizan y los que satisfacen.

Los maximizadores buscan y aceptan únicamente la mejor opción; necesitan tener la certeza de que cada compra que realizan o cada decisión que toman es la mejor. Si haces matrices para hacer comparaciones de todos los tipos de microondas que hay en el mercado, si lees todos los “reviews” de Amazon antes de elegir un libro, si todo el tiempo le cambias al canal cuando ves la televisión para ver si encuentras algo mejor, o si agonizas pensando que quizá no has tomando en cuenta toda la información disponible para decidir… puede que seas un mazimizador.

Por el contrario, las personas que satisfacen buscan una opción lo suficientemente buena; definen anticipadamente criterios y estándares y cuando encuentran una opción o artículo que cumple con éstos detienen su búsqueda. Esto no es sinónimo de mediocridad, pues los criterios de selección pueden ser muy estrictos. La posibilidad de que exista algo mejor es irrelevante para quienes satisfacen. Si sabes que necesitas una blusa blanca, con botones, cuello en “v”, que no cueste más de cierta cantidad, entras a una tienda, la encuentras, la compras a la primera porque es lo que buscabas y te olvidas del tema, entonces eres del equipo de los que satisfacen.

Los efectos de la creciente diversidad son diferentes para quienes maximizan y para quienes satisfacen. Para una persona que maximiza, más opciones representan un problema; la única forma de saber con certeza si eligió la mejor opción es evaluando todas las opciones posibles, lo cual es prácticamente imposible. Por consiguiente, cuando al fin elige un producto inevitablemente experimenta la sensación de haber podido encontrar algo mejor de haber buscado un poco más.

Para un consumidor que tan sólo busca satisfacer una necesidad, el creciente número de opciones no tiene un impacto importante en su toma de decisiones. Una vez que encuentra un artículo que cumple con sus estándares establecidos ignora la oferta restante. Libera tiempo y energía para hacer algo más.

La maximización tiene un precio y se carga a la cuenta de la felicidad. Estudios recientes han mostrado que la maximización es una fuente de insatisfacción. En un universo tan extenso en alternativas, las personas cuyo objetivo central es elegir la mejor opción tienden a deprimirse y son más susceptibles a experimentar sentimientos de remordimiento con respecto a sus compras y decisiones. Son menos felices, menos optimistas y tienden también a gastar más dinero pues la mejor opción suele ser las más nueva, cara y equipada.

En conclusión, como consumidores es importante que aprendamos a seleccionar una opción lo suficientemente buena y a no desgastarnos en el intento de conseguir la mejor. Esta práctica nos ahorrará tiempo, dinero, ansiedad y, sin duda, nos hará más felices.