¡Cuidado con las trampas del pensamiento!

cloud in a cage

Ayer mientras corría en el gimnasio escuché una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Brian Grazer, famoso productor de cine y televisión; Splash, Apolo 13 y Una mente brillante son algunas de sus películas más conocidas.

Grazer ha dedicado su vida a estudiar la curiosidad. Durante el diálogo con Winfrey explicó que la curiosidad es su fortaleza personal más sobresaliente y relató cómo la ha utilizado para construir su prolífica carrera profesional.

Yo no voy a hablar de curiosidad tal cual en este artículo, sino de las trampas del pensamiento y de cómo podemos salir de ellas siendo un poco más curiosos.

Te cuento como llegué de un tema al otro.

Desde hace varias semanas estoy reflexionado sobre el impacto que tienen las historias que nos contamos en nuestro bienestar emocional. Si quieres leer más sobre esto sigue este vínculo.

Hacia el final de la entrevista, Grazer apuntó que la curiosidad es disruptiva pues altera nuestros puntos de vista.

Esto es importante pues todas las personas estamos atrapadas por nuestra manera de pensar y por nuestra manera de relacionarnos con los demás. Nos acostumbramos a ver el mundo desde nuestra perspectiva y terminamos convencidos de que el mundo es exactamente como lo vemos. Convertimos nuestro punto de vista, en EL punto de vista.

Entonces me acordé de las trampas del pensamiento en las que seguido caemos presos y nos hacen pasar malos ratos.

Cuando nos atrapa una distorsión cognitiva –este es el nombre oficial- corremos el riesgo de entrar en estados emocionales escabrosos que luego influyen negativamente en nuestra conducta.

Algunas de las trampas del pensamiento son:

Todo o nada. Pensamos en los extremos, es blanco o negro, no hay matices de gris. “Si no lo hago perfecto, entonces mejor no hago nada”, “Llevo dos semanas cuidando mi dieta, pero como me comí una galleta ya se arruinó todo completamente”, “Si no puedo llegar a la fiesta justo cuando empiece, entonces mejor no voy”. Nos olvidamos que la mayoría de las cosas ocurren en algún lugar intermedio.

Catastrofismo o sobrestimar el peligro. Exagerar, hacer las cosas más grandes de lo que son, imaginarte que el peor escenario posible, sin importar lo poco probable que sea, está por suceder. Pensar que el avión en el que viajas se va a caer, aunque sabes que es el medio de transporte más seguro. Esto genera mucha ansiedad… ¿Has estado en un avión a 10,000 metros de altura convencido de que en cualquier momento algo saldrá mal? Yo si y tengo que cerrar la boca para que no salga mi corazón corriendo. En esta trampa también es común pensar que no seremos capaces de superar una adversidad o de sobrevivir, “Si repruebo un examen, entonces no voy a graduarme y terminaré viviendo debajo de un puente”.

Sobre generalizar. Hacer afirmaciones contundentes con base en un único dato o experiencia. Usamos las palabras nunca, siempre, todos, nadie. Convertimos un “hoy no puedo acompañarte” en un “nunca me acompañas”; si una amiga se molesta con nosotros brincamos a “todas me odian”; un error se transforma en “siempre me equivoco”.

Adivinar el futuro. Esta es mi favorita, a cada rato caigo en esta. Pensar que sabemos lo que pasará aunque no tengamos una bola de cristal. Sacamos conclusiones con ciertos pedazos de información, conectamos datos para construir una historia y nos casamos con ella. Estamos seguros del significado de cierta situación aunque no tengamos evidencia para probarlo; “El examen va a estar dificilísimo y voy a reprobar”, “nadie va a hablar conmigo en la fiesta”, “Si no revisa su teléfono es porque algo le pasó”.

Leer la mente. Esta también me encanta. Saber exactamente lo que otros piensan de ti… “está pensando que me veo gorda”, “todos están pensando que no debería estar aquí”. En esta trampa también esperamos que los demás sepan lo que queremos o necesitamos, especialmente si se trata de nuestra pareja… “después de tantos años, ya debería saber qué quiero y no debería tener que explicarle”.

Filtro negativo. Nos fijamos exclusivamente en cierto tipo de información, en datos que validan lo que pensamos o sentimos y descartamos todo lo demás. Casi siempre dejamos fuera lo positivo. Resaltamos nuestros fracasos, pero no los logros; nos ponemos tristes porque una persona olvida felicitarnos en nuestro cumpleaños, en lugar de alegrarnos por todas las muestras de cariño que sí recibimos; pensamos que la conferencia que dimos no fue buena porque una persona estaba quedándose dormida, a pesar de que muchas personas se acercaron al final para felicitarnos.

Razonamiento emocional. Sacamos conclusiones del resto del mundo o de otras personas con base en lo que sentimos, en nuestras emociones del momento. Si me siento así es porque tiene que ser verdad; “Si tengo miedo es porque el avión se va a caer”, “Si me siento apenada es porque no sirvo para nada”, “Si me siento triste significa que no me quiere”.

Estas son algunas de las trampas de pensamiento más comunes. Cuando caemos en ellas, nuestros pensamientos negativos influyen en nuestras emociones y en nuestra conducta.

¿Qué hacemos entonces?

Aquí es donde podemos recurrir al poder disruptivo de la curiosidad para encontrarle un ángulo diferente a la historia que nos estamos contando y encontrar alternativas útiles para salir del atascadero mental.

Curiosidad para preguntarnos: ¿Qué información estoy dejando fuera?, ¿Qué más podría estar pasando?, ¿Qué tal si en lugar de adivinar, mejor pregunto?, ¿Qué ha pasado otras veces que me he sentido así?

La curiosidad puede ayudarnos a acercarnos a otras personas para complementar nuestra información, conocer su punto de vista en lugar de asumir que lo conocemos, hacer preguntas, retar nuestros pensamientos, ser un poco más humildes y reconocer que existen diferentes maneras de ver el mundo.

Podemos elegir practicar la flexibilidad de pensamiento. Yoga mental para estirarnos cada día un poco más y mantener el equilibrio.

El mejor momento de tu día

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“Los puntos sólo se unen hacía atrás” decía Steve Jobs y justo así me llegó el tema para este artículo… conectando una serie de eventos pasados.

La idea fue agarrando forma mientras corría en una máquina del gimnasio. Invariablemente, así como pasa la banda bajo mis pies, pasan cientos de cosas por mi cabeza. Algunas veces, uno que otro pensamiento decide quedarse y transformarse al ritmo del trote en un tema para compartir en este espacio.

Recién había pasado la celebración de Acción de Gracias en Estados Unidos y pensé en escribir sobre la gratitud, pero decidí que no, pues ya le he dedicado un par de artículos. Entre pasos, me acordé de un ejercicio muy lindo para apreciar lo bueno en nuestras vidas que se llama “el mejor momento del día”, de ahí brinqué a identificar cuál había sido mi mejor momento del día anterior y en ese recuerdo encontré qué decir.

Mi mejor momento fue patrocinado por una de mis personas favoritas en el mundo. Tiene 18 meses de edad, es completamente encantador y tiene una fuente inagotable de energía.

Jugamos un rato en el parque bajo su dirección. Subimos y bajamos escaleras, dejamos caer piedritas por un resbaladero de cemento, fuimos al columpio, acción al máximo. Y de pronto y de la nada… este motor de año y medio se acostó boca arriba sobre el pasto para ver el cielo.

Relajado, quieto, en paz.

Me quedé parada viéndolo esperando que brincara de regreso a la vertical y saliera corriendo, pero él se quedó decididamente instalado en su posición horizontal. Sentí el impulso de acompañarlo. Hice lo mismo, me tiré en el pasto y nos quedamos varios minutos viendo al mundo desde abajo.

Ese pequeño momento fue grande por varias razones, sobre todo ahora que lo veo hacia atrás y reflexiono sobre todo lo que me hizo pensar y sentir.

Sin palabras todavía, pero con un dedo que comunicaba todo, este chiquito me señaló el pedazo de luna que empezaba a asomarse por detrás de las ramas de un árbol, las mariposas que volaban por encima de nosotros. Llevándose el dedo al oído me hacía saber que era momento de escuchar e identificar los sonidos alrededor y supongo que al quedarse inmóvil, me transmitía que el objetivo era sentir.

Minutos de silencio, de pausa, de simpleza, de tocar raíces, de habitar el presente, de apreciación y asombro.

No importa qué tan acelerados estemos, siempre podemos elegir hacer una pausa. Tenemos la opción de correr, subir, bajar y girar sobre nuestro propio eje a mil revoluciones por segundo. También tenemos la opción de parar. No importa qué tan agitados estemos en un momento, podemos decidir qué tan calmados queremos estar en el siguiente.

Verlo a él acostado en el piso mirando al cielo me conectó con mi propio deseo de hacer tierra. Me dio la oportunidad de recordar lo delicioso que es, de pensar desde hace cuánto tiempo no lo hacía y cuestionarme por qué no lo hago. El zacate, césped, pasto o como le llames siempre está disponible.

Me hizo pensar que todavía no se desprende de lo esencial. Quizá es porque recién empieza a vivir. Me asusta pensar que con los años, las obligaciones y las expectativas se aleje de ese lugar auténtico. ¿Cuándo es que nos despegamos de lo fundamental?, ¿Por qué dejamos de jugar?, ¿Por qué nos volvemos complicados?, ¿Por qué dejamos de andar descalzos y tirarnos boca arriba para ver las estrellas?

Me trajo al momento presente. Esta pausa inesperada se convirtió en una oportunidad para sentir curiosidad, asombro y apreciar el mundo a mi alrededor usando todos los sentidos. Vamos siempre en piloto automático sin percibir, sin sentir la vida.

La felicidad está en lo simple. En tirarte sobre el pasto para ver un pedazo de luna detrás de los arboles y las mariposas al pasar. Un momento pequeño puede ser grande si nos detenemos para crearlo y disfrutarlo.

Esos minutos fueron mi mejor momento del día. Primero porque estaba con él. Luego porque vi el mundo desde otro punto de vista, recordé cuánto me gusta la luna e hice una nota mental para voltear a verla, porque sentí paz habitando el presente.

Y también porque me hizo pensar en lo fácil y accesible que es crear momentos felices, de calma y tranquilidad si tan sólo decidimos parar.

Nota: El ejercicio “tu mejor momento del día” es una herramienta poderosa para practicar la gratitud y apreciar las cosas buenas en tu día. Cada noche, antes de irte a dormir, escribe cuál fue el mejor momento de tu día y describe brevemente por qué. A pocos días de comenzar con este ejercicio comenzarás a notar que andas por tus días buscando y notando momentos positivos que serán candidatos a ganarse el puesto en tu colección y te sentirás más feliz.

http://www.bienestarconciencia.com