Dime qué tan bien conectado estás y te diré qué tan feliz eres

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Los seres humanos venimos programados de fábrica con el deseo de formar parte de una comunidad. Además, nuestro potencial para ser felices y cumplir nuestras metas es mayor cuando estamos conectados e integrados con diferentes grupos sociales.

Estar solos con nuestros pensamientos y desconectados de todos los demás es, en ocasiones, necesario y reparador; sin embargo, el asilamiento social no es un modo de vida asociado con el bienestar… tampoco con la felicidad, la productividad o el éxito.

Una de las herramientas de la literatura que más me han servido para elevar mi bienestar emocional y lograr mis metas personales es el concepto de “comunidades de interés”.

Lo leí por primera vez hace unos años en el libro “The business of happiness: 6 secrets to extraordinary sucess in life and work” de Ted Leonsis. Te comparto lo que aprendí.

Generalmente, las personas más felices y exitosas tienen en común la habilidad de funcionar en múltiples comunidades, pertenecen a una gran variedad de grupos, les interesa participar y disfrutan haciéndolo.

Una comunidad de interés está formada por personas que tienen gustos, preferencias, pasiones, actividades o necesidades en común.

Estas comunidades permiten el intercambio de ideas, reflexiones o la práctica de alguna actividad en particular –pintura, círculos de lectura, grupos de apoyo, ciclismo, amigos del colegio, martes de dominó, compañeros de trabajo, coro de la iglesia, clase de tejido, Fantasy football, voluntariado, etc.-

¿Cómo podemos trabajar con este concepto de comunidades de interés para potenciar nuestra felicidad y cumplir nuestras metas?

Con un ejercicio muy sencillo de 4 pasos.

Paso 1. Consiste en mapear todas las comunidades de interés a las que perteneces y pensar en cómo te conectas. Aquí tienes algunas ideas: familia, amigos del colegio en todas sus etapas, hijos –todo lo que gira alrededor de ellos-, actividades espirituales, trabajo, deporte y equipos, cultural, pasatiempos, filantropía, comunidades en línea.

Identifica las grandes categorías de tu vida y después analiza una capa más abajo. En deportes pueden ser los fans de algún equipo, grupo de corredores, gimnasio; en pasatiempos, coleccionistas de Star Wars, amigos del cine, fotografía, huerto comunitario, club de perros salchichas de la ciudad; en línea… Facebook, LinkedIn, You Tube, etc.

Ya que identificaste todos tus grupos de interés es recomendable pensar en el tipo de interacciones que tienes en cada uno. Por ejemplo, con mis compañeros de preparatoria me conecto en la reunión anual de generación y por medio de un grupo de WhatApp. Así con todas. La idea es que te ubiques en todas tus redes.

Paso 2. Tiene ver con ubicar las comunidades de interés que son más importantes para ti, las que te gustan pero has desatendido, las que extrañas y te gustaría revivir, aquellas en las que participas –y odias- activamente y deberías abandonar, las que ya no son relevantes. Este paso es parecido a hacer una limpia del clóset.

Paso 3. Es mi favorito pues invita a pensar en comunidades a las que te gustaría o tendrías que pertenecer para cumplir tus sueños y vivir más feliz. Entonces, por ejemplo, si siempre has querido escribir un libro podrías ubicar todas las comunidades donde hay escritores -blogs, revistas, clases de escritura creativa, presentaciones de libros donde puedes conectar con autores, ferias de libro-. Esto fue justo lo que a mi me funcionó para finalmente escribir mi libro y la idea la recibí en otra de mis comunidades de interés: mi salón de clases.

Cuando te unes a una comunidad tienes acceso a su conocimiento, experiencia y motivación. ¿Siempre has querido tirarte de un paracaídas?… El primer paso consiste en acercarte a gente que ya lo ha hecho. Únete a una clase de cocina vegana si tu salud requiere un cambio de alimentación o inscríbete en un sitio en línea si es que estás buscando pareja.

Paso 4. Es un llamado a la acción. Mis alumnos y yo ponemos dos minutos en un cronómetro y escribimos todas las ideas de micro acciones que podríamos tomar para acercarnos e integrarnos a una nueva comunidad de interés. Al finalizar el tiempo, cada quién elige la que más le gusta y queda de tarea ejecutarla dentro de los siguientes dos días.

Funciona cada vez.

Cuando nos conectamos con un propósito, los beneficios para nuestro bienestar son mayores. Y nada como alimentarnos de la compañía, ánimo, energía y sabiduría de quienes ya ha recorrido parte del camino.

Y a ti… ¿A cuál comunidad de interés te gustaría pertenecer?

 

Memorias de hoy, momentos de ayer

 

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De unos meses para acá me ha dado por escuchar audiolibros mientras manejo, para que mi tiempo al volante –que en ciertos días es mucho- sea más divertido y provechoso.

Mi audiolibro en turno es “El poder de los momentos”, la publicación más reciente de Chip y Dan Heat. Hasta ahora, me ha parecido interesantísimo y me ha tenido pensando en ideas para escribir un artículo sobre el tema.

Los autores explican que nuestros momentos más memorables están cargados de alguno de estos cuatro elementos: elevación, revelación, orgullo y conexión. No voy a dedicar este espacio a explicar cada uno de estos elementos –quizá en otra ocasión-.

Hoy más bien voy a compartir contigo lo que resultó de la combinación de dos conceptos del libro, una pregunta y una linda experiencia que tuvimos en casa durante el fin de semana.

Así es este proceso de escribir… De pronto piezas sueltas se acomodan para darme algo que decir.

El primer concepto es que recordamos más y mejor los momentos que generan conexión entre personas, esos que estrechan nuestros vínculos con otros, especialmente con quienes más queremos.

El segundo concepto es que las personas tendemos a recordar el final de una experiencia, así como sus mejores o peores momentos y nos olvidamos del resto.

La pregunta que daba vueltas en mi cabeza desde que la escuché era… ¿Cómo podemos crear recuerdos valiosos para nuestros hijos?

Y ahora la experiencia del fin de semana…

Encontré una caja que llevaba tiempo sin abrir. Una caja de cartón café que usamos cuando nos mudamos de casa y arrumbé en algún lugar, mientras le encontraba su lugar. Estaba pandeada por el tiempo, maltratada por el olvido y todavía cerrada con cinta canela. En la parte superior tenía escrito con plumón rojo y letras apresuradas: “Libros niñas”.

Recuerdo que decidí guardar todos los libros de cuentos de mis hijas, a pesar de que ellas –sintiéndose ya grandes- aseguraron que debía regalarlos. Algo me dijo que los conservara.

Abrí la caja y llamé a mis tres. Les pedí que revisaran todos los libros para decidir si querían conservar algunos antes de buscarles nuevos dueños.

Se acercaron y sin mucho interés miraron estando de pie lo que había adentro de la caja. Más pronto que tarde, se sentaron en el suelo para explorar con detalle los ahora tesoros que iban saliendo. Empezaron a escucharse exclamaciones como: “¡este cuento me encantaba!”, “¡este libro era mi favorito!”, “¡wow!… ya se me había olvidado”.

Esos libros que yo pensaba estaban por salir de mi casa fueron recuperando uno a uno su lugar en el estante, luego de ser leídos una vez más.

Mamá… me acordé de cuando me leías “un beso en mi mano” antes de ir al colegio, porque no me gustaba separarme de ti. Me dabas un beso en la mano y me la cerrabas, así como la mamá mapache hacía con Chester, para que me lo llevara al colegio y me lo pusiera en el cachete si sentía miedo o te extrañaba mucho.

 Y yo también me acordé…

Mi cuento favorito era “Adivina cuánto te quiero” porque jugábamos a ver quién quería más a quién y repetíamos mil veces: pero yo te quiero un puntito más. Una vez me dijiste que me querías hasta la luna y de regreso, y como yo no sabía si eso era mucho o poquito te pregunté si la luna estaba cerca o lejos…. Muy muy muy muy muy lejos, dijiste.

Y yo me acordé de lo rico que era abrazarla oliendo a recién bañada cuando la tapaba con la cobija antes de dormir.

A mi me encantaba el cuento de la bruja que aceptaba la ayuda de todas las creaturas de Halloween para arrancar una calabaza gigante del suelo porque quería hacer un pay.

Y a mi me vino a la memoria su maravillosa capacidad para ponerle ritmo a los cuentos. Para ella, cada historia tenía su propia tonada, las letras se convertían en signos musicales y entonces en lugar de leer los cuentos, los cantábamos.

Esa tarde de sábado nos visitaron otra vez gansos que andaban en bicicleta y enloquecían a la granja entera, viejitas que se tragaban murciélagos, jirafas que no querían bailar porque pensaban que no podían, pingüinos, unicornios y hasta aquel niño al que un buen día se le empezaron a caer los ojos, la nariz, la boca y las orejas. Nos acordamos de la Casa Mágica del Árbol y de la Telaraña de Charlotte.

Regresaron a mi mente imágenes de aquellas noches cuando me sentaba en el cuarto de mis hijas a leerles antes de dormir. Cada niña en su cama, el cuarto oscuro para que fueran agarrando sueño, la única luz disponible salía de mi teléfono celular para iluminar la página. Volvieron a mi memoria mis hijas en sus versiones de 4 y 7 años, con sus pijamas de rayas de colores, su peluche favorito y sus pelos locos.

De esa caja aplastada no salieron solo libros. Salieron cataratas de recuerdos y ráfagas de experiencias que construimos alrededor de esos cuentos. Resurgieron momentos invaluables que volvieron a conectarnos en el presente.

Y es verdad… no me acuerdo de lo demás. Se me había olvidado lo difícil y casi imposible que era hacer dormir a mis tres hijas. No me acordaba que seguido me sentía desesperada, cansada y sin muchas ganas de volver a leer el mismo cuento. Ya se me había borrado de la cabeza que leía rápido para acabar más pronto y me quedaba callada esperando que ya estuvieran dormidas.

Ahora me acuerdo sólo de lo bueno y agradezco haber dedicado tantas noches a leer cuentos. No sólo leímos cuentos. Escribimos historias que podemos volver a contar y que nos hacen sentir felices. Creamos momentos poderosos.

Me parece que la respuesta a esa pregunta que traía en la cabeza es sencilla: fabricamos recuerdos para nuestros hijos cuando estando presentes.

Al final… Somos una colección de momentos.

Una Navidad para conectar

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La Navidad está a la vuelta de la esquina y estoy decidida a bajarme desde ya del tren Expreso Polar con destino a la locura.

Para esta Navidad tengo tres intenciones.

Mi primera intención, al igual que el año pasado, es pasar los siguientes días muy a la “Hygge”.

Este es un concepto de Dinamarca que representa un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Aquí te dejo el vínculo a un artículo con ideas para crear momentos y disfrutar una Navidad a la “hygge”.

Mi segunda intención es conectarme de lleno con mi gente. Los lazos sociales son el ingrediente clave para una vida sana, plena y feliz.

“Desconectar para conectar” dice una frase que se ha vuelto útil y muy usada para recordarnos sobre la importancia de guardar nuestros aparatos electrónicos e interactuar con las personas que tenemos al frente.

¿Qué tal si en esta Navidad nos despegamos del ruido de las redes sociales, habitamos el momento presente y compartimos el espacio con nuestras personas favoritas?

Aprovechemos la oportunidad de estar juntos para fortalecer nuestros vínculos, iniciar conversaciones, perpetuar anécdotas e historias familiares, crear momentos que luego serán recuerdos para intercambiar en el futuro, compartir experiencias, reír hasta que duela, filosofar.

Bajémonos del tren de las compras frenéticas características de estas épocas. No hay cosa material, ni regalo que vendan en una tienda que llene más el corazón de una persona que momentos de compañía, calidez, conexión, amabilidad y amor.

Dejemos de buscar triques en los estantes de las tiendas y de intercambiar cosas. Mejor regalemos atención plena, presencia, ojos para ver el alma, oídos para escuchar lo importante y abrazos para sentir.

Mi tercera intención es contagiarte las ganas de intentar lo mismo que yo.

¿Te suena?

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Te deseo una Navidad llena de conexión!