Las cartas de mi Tío

Correspondencia

Uno de los tesoros más lindos que encontré en mi cofre durante el viaje que hice al pasado fueron las cartas con remitente de la Embajada de México que recibí desde diferentes partes del mundo.

El autor es mi Tío y sus letras desataban una explosión de imágenes en mi cabeza.

Encontrarme con sus relatos fue como recibir un boleto para volver a ver tramos de la película de mi vida entre 1986 y 1990. Recuperé memorias, revisité lugares, reaprendí lo que había olvidado, me divertí con sus descripciones y terminé invadida por el deseo de conocer la historia de mis ancestros.

Las cartas de mi Tío son todas iguales en su estructura y forma. La ciudad y el país desde donde escribía junto con la fecha en la parte superior de la hoja.

Con excepción del saludo, su firma y las letras que agregaba a mano luego de revisar el texto y descubrir que faltaban, están escritas con máquina. Sí sobre la marcha se le escapaba una letra, por ejemplo, “¡nada de esox!” abría un paréntesis “(no hagas caso de la x, se metió sin querer)” para dejarme saber que había notado la intromisión y seguía.

Los escritos de mi Tío incluyen el recuento de sus últimas noticias y comentarios sobre las mías. Datos, pedazos de historia y descripciones con las que dibujaba ventanas para que yo pudiera echar un vistazo al lugar donde vivía. Seguido encontraba la manera de integrar a sus relatos anécdotas de personajes de nuestro árbol genealógico. Dedicaba un par de líneas a consejos y recomendaciones. Lo que no sabíamos, en ese entonces, es que sus cartas también contenían augurios.

Pocas cosas me gustan más que viajar y sospecho sus narraciones con tinta de fantasía tuvieron algo que ver.

En Finlandia vivió en una isla llamada Katajanokka, con vista a Helskinki, que tenía 4 cuadras de ancho y 10 de largo. Su primera casa, a pesar de ser pequeña, tenía 25 puertas. Esto era un lío pues ocurría que pensando que abría una puerta para salir a la calle, más bien entraba en un clóset. Para resolver el problema de “puertitis” se cambió de casa. En la nueva el tema era que el mar quería entrar por la ventana desde la cual él estiraba la mano para tocar los barcos y ver el faro del fin del mundo… “le pusieron así porque antiguamente pensaban que no había nada más allá (imagínate: no sabían que si navegaban un poco más, verían las costas de Polonia y de Alemania)”.

El mar se congelaba hasta parecer de vidrio, al grado que cuando salía la luna, se reflejaba iluminando todo y hacía posible caminar por el bosque sin perder la vereda y ver cada vena de las hojas de los árboles… “Es una sensación extraña y bonita, como si se viviera en un mundo de cristal en que la luz sale del suelo y no del cielo”.

En Seúl, Corea del Sur, las cocineras eran más chiquitas que una uña y las maestras de música parecían pajaritos mojados que se ponían nerviosas cuando los estudiantes no daban bien las notas.

Yo soñaba con conocer esos lugares.

Encontraba desviaciones de nuestros intercambios cotidianos para contarme historias familiares… “Porque en la escuela uno estudia historia de México y del mundo, pero rara vez le enseñan de su familia, que es de donde uno entiende por qué es como es”.

En esas épocas yo tomaba clases de piano. Gracias a una de sus cartas sé que mi bisabuela -aquella señora que yo siempre vi atrapada en un retrato tan grande como la pared y me seguía a todas partes con su mirada- cantaba y tocaba la guitarra. Su mamá tocaba la mandolina y su abuela el piano… “Así que si tú llegas a dominar un instrumento serás heredera de una tradición musical de más de ciento cincuenta años”. Destrocé la tradición.

A propósito de un viaje que hice a Manzanillo con mis amigas, me contó que mi abuelo paterno nació en Comala, un diminuto pueblo de Colima. Mi parte favorita fue leer que somos descendientes de un pirata, que en mi cabeza no puede ser más que Jack Sparrow.

Volviendo a leer la correspondencia de mi Tío encontré pedazos de mí.

En 1986 practicaba gimnasia, pero no por mucho tiempo más. Me ganó el miedo a hacer piruetas sobre la viga de equilibrio, renuncié a esa disciplina y a mi sueño de competir en las olimpiadas.

Andaba tratando de sacar buenas calificaciones para ganarme la bicicleta que me había prometido mi papá -no tengo recuerdos de la bici-. En 1988 estuve en la escolta e intenté el Karate… “no practiques con Teresa”.

Entonces recordé a Doña Tere, la nana que vivió en mi casa, con sus lentes de fondo de botella de tres centímetros de espesor que convertían sus ojos en puntos negros perdidos en el fondo del mar.

Aparecieron mis abuelas entre sus líneas. En una de sus cartas me cuenta lo bien la pasaron él y su mamá -mi abuela paterna- cuando lo visitó en Finlandia. Aprovecharon para ir a Lourdes, donde ella rezó horas enteras por cada uno de sus nietos y descubrió que la fascinaba la comida indonesia. En otra carta me pregunta cómo pasé las dos semanas que estuve con mi abuela materna en San Diego. Ese fue el último viaje que hice con ella. En esos intercambios ninguno de los dos sabíamos que mis abuelas no vivirían mucho tiempo más.

¿Y las premoniciones?

Por lo visto desde entonces me perfilaba hacia la escritura. Me preguntó por un cuento que escribí en 1985… “veo que te gusta escribir y contar cosas, no estaría de más que siguieras haciéndolo”. Y aquí ando, escribiendo.

“¿Y sabes por qué? Porque un escritor o un pintor puede crear un mundo nuevo para él y para quienes lo rodean, pues su imaginación le permite ver y pensar cosas que a nadie más se le ocurren”.

Desde entonces hablábamos de felicidad… “¿Sabes cuál es uno de los grandes secretos para ser feliz? Encontrar lo bello a todo, sin compararlo con nada, porque cada cosa es buena en sí misma, ¿o no? Lo mismo hay que hacer con las personas: aceptarlas como son, sin decir Fulana es más buena que Sutana, o Mangana mejor que Perengana. Todas son buenas, si uno quiere verles lo bueno”.

Había sabiduría también en los temas más simples… “Ni me digas que no te gustan las abdominales, dentro de veinte años vas a estar haciéndolas para que no te salga panza”.  Y sí.

Otros temas no mejoraron, por ejemplo, mi caligrafía… “¿De dónde sacas que tienes mala letra? Es muy clara y tiene mucha personalidad, así que no pidas disculpas por ella. Refleja tu carácter -seguro y muy terco-, ¿o no? Y eso no tiene nada de malo, mientras la terquedad la mantengas controlada y no la conviertas en necedad”. Esta batalla la perdí por todos lados. Mi letra es casi ilegible, sigo siendo terca y además me hice necia.

Esta aventura al pasado fue linda. Veo con claridad las cosas que consistentemente vibran conmigo: viajar, escribir, aprender, preguntar, hacer ejercicio, conectar con personas. Encontré versiones mías que dejaron de existir por las razones correctas, otras vencidas por el miedo. Me gustó darme cuenta de todo lo que intenté sólo por que sí. Traje al presente emociones que experimenté al lado de mis personas favoritas y descubrí nuevos intereses como el de conocer la historia de mis ancestros.

Fue un ejercicio de autoconocimiento que me permite recalibrar mi brújula interior y reforzar mi propósito de vida.

Hoy tengo una mejor idea de lo que quiero vivir en el presente, para que cuando desde el futuro visite mi pasado, como lo hice recorriendo estas cartas, encuentre a la persona que quiero ser y que logró serlo.

Mi caja de tesoros

heart in box

Hace unas semanas anduve envuelta en una frazada de nostalgia con puntadas de melancolía. Los días habían estado matizados de gris turbio y mucho más fríos de lo que me gustan. Soy de cielos azules, con el sol colgado al centro y de temperaturas por encima de los 25 grados. Así que parte de esta sensación podía endosársela al clima.

Pero sólo una parte.

Y como los últimos meses he venido hablando con diferentes grupos sobre la importancia de atender nuestras emociones y mostrar curiosidad, decidí jalar la punta del hilo y descubrir a dónde me llevaba.

Sabía que el viaje sería al pasado, pues de allá son la melancolía y la nostalgia.

Fui a parar a mi clóset. El hilo conectaba con mi caja de tesoros, un contenedor de plástico transparente que deja ver las cartas que he recibido desde que tengo memoria. Ahora sé que también guarda pedazos de mí.

Hace buen rato que tenía la intención de releer todo lo que estaba ahí y de ponerle orden. Abrí la tapa y comenzaron la estampida de recuerdos y la reconstrucción de historias.

Me encontré cartas casi con tantos años como yo. Las más antiguas resaltan por su papel adelgazado y amarillento. Sus dobleces gastados exponen ojales discontinuos entre un extremo y otro. Son frágiles.

Saqué las cartas una por una y estornudé cientos de veces. Las ordené utilizando tres criterios principales: por remitente, autores diversos y “no tengo idea”.

Aparecieron letras que reconocí a la primera y los apodos de cariño que he tenido: Cole, Nicolaza, Nicola, Nicole-San, Nic, Nicky, Elocin, Ascaris Lumbricoide… Sí, ¿Por qué no?

Tropecé con dibujos de colores, postales, comics hechos a la medida para contar algún evento en particular de la secundaria, juegos de palabras, cartas en clave o con acertijos que seguramente en su momento pude descifrar, notas con esa emblemática firma que incluía un ratón.

Cartas anónimas o que decían “adivina quién”… Y si no supe entonces, ¿Cómo se supone que debo de saberlo 30 años después? Esto me hace pensar que sí verdaderamente queremos ser recordados hay que poner nuestro nombre en la raya donde dice “firma”. Aunque no es garantía, prueba de eso mi categoría de “no tengo idea”. Asumo que habrán líneas mías en los cajones del olvido de otras personas. Ni modo, se van perdiendo pedazos de nosotros en el camino.

De la caja salieron papeles doblados en forma de pretzel, de flecha, de acordeón, de triángulo y cuadrado. Esas eran las cartas que intercambiábamos los amigos entre una clase y otra. Son muchas. Poner atención dentro del salón, por lo visto, no era la prioridad.

De lo más emocionante de esa tarde de sacar tesoros del cofre, fue toparme con las cartas que decían “Embajada de México”. Esas las enviaba mi tío desde distintos rincones del mundo en los que pasaba largas temporadas. Describía con detalle cómo era la vida en cada uno de esos lugares y yo los apuntaba en mi “Bucket List”. Volví a leer todas esas letras ya, pero esa es una historia para otra publicación.

Descubrí algunos diplomas de cuando era gimnasta, de cuando practicaba el atletismo y otros tantos de cuando me dio por ser delegada de las Naciones Unidas en la simulación que organizaba mi colegio. Me topé con la blusa del uniforme de primero de primaria con los nombres de mis compañeros escritos con esa letra torpe de quienes recién comienzan a escribir. Increíble pensar que alguna vez tuve ese tamañito.

Estuve buscándome en la correspondencia, reencontrado mis sueños e ilusiones más remotos. No son las cartas que yo escribí las que tengo guardadas, sino las que recibí de otras personas. Así que sólo puedo intentar descifrar quién era yo y en qué andaba en ese tiempo a partir de sus historias o las respuestas a lo que yo les contaba.

Me encantaría recuperar por un rato todo lo que yo mandé. Sería posible, entonces, reconstruir mi historia. Ver al mundo desde donde lo veía, asomarme a las emociones de ese momento, ubicar puntos de inflexión.

Me gusta pensar que en esos intercambios queda algo de nosotros. Pedazos nuestros  entraron por buzones de correo, viajaron en avión o en autobús, fueron sorteados en oficinas de correo y paseados en moto para llegar al destinatario. Pedazos nuestros se quedaron en tránsito, se perdieron en ruta o le llegaron a la persona equivocada. Me imagino que uno que otro habrá ido a parar la basura y se habrá desintegrado ya, pero también quedarán cachitos bien atesorados en el corazón de alguien más.

Una pieza importante para formar el rompecabezas de nuestro propósito de vida es la pregunta: ¿Qué guardas en tu caja de tesoros? La idea es encontrar aquello que es muy valioso para nosotros.

Las respuestas que los participantes han compartido en mis talleres son variadas… boletos de conciertos, fotografías, piezas de joyería de abuelos o padres, conchas recolectas en playas, piedras, cartas de enamorados, el brazalete que le ponen en el hospital al bebé recién nacido, recortes de periódico que conservan imágenes de eventos especiales, cartas a Santa Claus, flores disecadas, diarios, dientes de leche -sí, por alguna extraña razón, los dientes que se caen de la boca de los hijos se convierten en tesoros-.

En realidad, no importa el contenido exacto del cofre… lo más valioso tiene que ver con recuerdos, experiencias, momentos compartidos, evidencias de logros y sueños cumplidos. Tiene que ver con lo que hace latir nuestro corazón desde lo profundo.

A partir de mis hallazgos concluyo que mis tesoros tienen que ver con personas y mascotas, con viajar a lugares diferentes, aprender cosas nuevas y completar metas. Mi gusto por el deporte, pasar tiempo en la naturaleza, tomar fotos, leer, escribir y contar historias me ha acompañado de manera consistente en el tiempo. Mi propósito personal tiene estos ingredientes.

El viaje al pasado me reconectó con versiones de mí que hace tiempo no recordaba y con todo lo valioso que he acumulado en el trayecto. Me gustaba tocar piano y algo me dice que volver a tomar clases aportaría a mi felicidad.

Y tú… ¿Qué guardas en tu caja de tesoros?

PD. Hoy el cielo está azul, con el sol colgado al centro y la temperatura es de 26 grados centígrados.