Bailando con demonios

Vengo caminando de regreso -y de puntitas- a esto de escribir. Rompí mi récord personal de semanas sin publicar y ando con la confianza disminuida.

Estamos en octubre, llevamos unos 8 meses conviviendo con el Covid. Los días pasan al mismo tiempo rápido y lento.

La semana pasada di un par de conferencias sobre estrategias para cuidar nuestra felicidad en tiempos de pandemia – más bien, a estas alturas de la pandemia-. Cuando recién empezó esta contingencia me invitaron a hablar varias veces sobre el mismo tema, así que abrí el archivo para trabajar en la presentación y actualizarla. Me di cuenta de que muchas de las herramientas que compartí a principios del año para hacerle frente a este fenómeno ya no aplican.  

Los primeros meses de pandemia fueron diferentes a estos últimos meses.

Me atrevo a decir que al inicio la tratamos como a una novedad, con sorpresa y una buena dosis de escepticismo. Una exageración pasajera que teníamos que administrar por un tiempo corto. Al menos, así fue para mi.

Iniciamos el confinamiento casi emocionados. Organizamos actividades en familia, manualidades, juegos de mesa, películas, cientos de reuniones por plataformas virtuales con amigos y familiares. Agradecimos el descanso, la oportunidad de estar en casa, de evitar horas de tráfico y desentendernos de eventos sociales, nos parecía buena onda arreglarnos de la cintura para arriba nada más. Le pusimos buena cara y mucho entusiasmo. Creíamos que esto duraría poco, un par de meses a lo mucho.

Pero sucedió que terminó el año escolar, pasó el verano, empezó otro año escolar, ya estamos en otoño, Halloween está a la vuelta de la esquina y aún no se ve la línea de meta. Espero con todo que esté pasando la hoja del 31 de diciembre -sigo poniendo nuevas metas de llegada-.

En la primera ola del Covid y en las primeras semanas de cuarentena, algunas de las recomendaciones estuvieron muy dirigidas a tolerar estar contenidos en nuestras casas: utiliza las escaleras para hacer cardio, cuida tu rutina de sueño, levántate a la misma hora, arréglate, arma rompecabezas, intenta recetas nuevas, mantente en contacto con tus seres queridos, medita, date permiso de ir más despacio.

Hoy ya no estamos tan guardados ni tan restringidos. Es posible salir a caminar, hacer ejercicio, algunas actividades comienzan a reactivarse.

Hemos recuperado algo de terreno y movilidad, pero seguimos siendo acechados por el Covid. Y después de meses de su andar entre nosotros, sus efectos colaterales están empezando a manifestarse.

Estamos cansados, dolidos, asustados, preocupados, ansiosos, estresados, llenos de tedio, incertidumbre y hartazgo. Cualquier mala noticia, por pequeña o grande que sea, ya se monta sobre el desgaste acumulado.

No sé cuántas olas de este virus tendremos, pero ya están llegando las marejadas de sus consecuencias en cuestiones económicas, sociales y de salud mental. Las crisis de la crisis.

Las empresas que aguantaron y retuvieron a sus colaboradores en solidaridad, ahora se ven obligadas a recortar talento humano para bajar sus costos. Están desocupando pisos enteros de oficinas y cambiando de manera considerable la manera en que operan.

Las mamás se han convertido en maestras. El reto ya no es sólo entretener niños con actividades dentro de casa, ahora tienen que dar seguimiento al colegio en línea. Hay que cumplir con planes de estudio, mandar tareas, amenazar y sobornar hijos para que se conecten a sus clases y no a Tik Tok. Entre que todo esto sucede hay que sacar adelante las obligaciones de casa y trabajo. Los únicos cinco minutos libres se logran estando encerrada en un clóset. El café americano de las mañanas está a dos días de ser reemplazado por café irlandés. Matrimonios están volando por la ventana.

A estas alturas, me parece que la gran mayoría de nosotros hemos sido tocados de cerca por este virus. Conocidos, amigos o familiares que se han enfermado o incluso que se han ido. Estamos en duelo permanente. Por una cosa o por la otra.

Todo lo anterior se traduce en estrés, en ansiedad, en miedo. El sueldo emocional que hemos pagado en estos meses empieza a pasar la factura.

Hace un par de semanas caí en la cuenta de que estoy bailando con demonios a los que creía haber vencido. Angustias y miedos del pasado han estado apareciendo otra vez. Danzan a mi alrededor, me susurran al oído, interfieren en mis sueños, me aprietan la garganta, me desordenan los pensamientos, me hacen dudar.  

Y no sólo estoy bailando con los míos, sino también con los de mi gente.

Están asomando la cabeza aquellas preocupaciones que provocaban pesadillas, la necesidad de controlar, la ansiedad de separación, el miedo a estar enfermo. Esos demonios que estaban apaciguados están agarrando ritmo otra vez. Están haciéndose presentes en la pista emocional y mental.

No compré boleto ni hice reservación para participar en esto. Pero aquí estoy, abriendo la caja de herramientas y preguntándome todos los días… ¿Cuál es mi mejor versión hoy?, ¿Qué necesito para mantenerme bien?

Algunas estrategias que eran relevantes al inicio de la pandemia ya no aplican.

¿Cuáles si pueden funcionar?

Las más básicas siguen estando vigentes: comer bien, dormir suficiente, cuidar nuestra salud, hacer ejercicio, mantenernos muy conectados con las personas que queremos, meditar para manejar el estrés, encontrar momentos para hacer lo que nos gusta, apreciar los pequeños detalles, practicar la gratitud y la compasión.

Y si no son suficientes…

Lo que sigue es buscar ayuda profesional. Hacer contacto con terapeutas, psicólogos, grupos de apoyo, coaches. La depresión, la ansiedad y el miedo crecen en el silencio, en la oscuridad y la soledad. No dudemos en pedir apoyo. No hay lugar para tabúes, ni culpa, ni pena.

Cuidar nuestro bienestar emocional y salud mental es prioridad.

El silencio está lleno de respuestas

ocean

¿Conoces el sonido de tu respiración?

Tápate los oídos con los dedos y escucha con atención. Detrás del murmullo del silencio aparece en primer plano el compás de tu respiración, un vaivén de aire cadencioso con efecto relajante instantáneo. ¿Lo conoces?

Un poco más allá, en segundo plano, palpita la voz de tu corazón. ¿La escuchas?.

¿Hace cuánto tiempo que no estás en silencio?, ¿Hace cuánto tiempo que no escuchas el sonido de tu respiración o el latido de tu corazón?, ¿Hace cuánto que no escuchas lo que tú mismo tienes que decirte?

Estando en silencio es posible escuchar lo más esencial.

Sin embargo, pareciera que le tenemos miedo al silencio, le sacamos la vuelta, lo evitamos a toda costa. Nos llenamos de ruido para evitar entrar en contacto con lo que sentimos, especialmente con lo que nos duele, nos incomoda, nos entristece.

Para vivir más felices y mejorar nuestro bienestar emocional es importante vaciarnos de ruido, escuchar nuestra respiración, nuestro corazón y nuestra voz. Crear espacios de silencio para encontrarnos con lo esencial.

Una de las cosas que más disfruto hacer es flotar boca arriba en el mar con los brazos extendidos y los oídos sumergidos en el agua. Es mágico. El ruido exterior se diluye entre el murmullo de las olas, aparece en el fondo el tintineo de la arena desplazándose por el fondo, y poco a poco, comienza a difuminarse la línea que me separa del agua. El pulso del mar se pone en sintonía con el de mi corazón. Respiramos juntos.

En el mar y de vacaciones es fácil encontrar estos espacios de silencio y la disposición para detenernos y reflexionar.

¿Pero cómo hacerle en el día con día, en ambientes saturados y entre tanto estrés?. Yo no tengo una tina en el baño de mi casa para sumergirme en ella y simular que estoy en el mar. Podría hundir la cabeza en una cubeta, pero no me inspira mucho la idea…

Entonces, ¿Cómo escuchar entre tanto ruido?, ¿Cómo escuchar cuando el silencio es tan elusivo?

Apagando la televisión, la música, silenciando el teléfono, cerrando el libro, sentándonos callados por unos minutos, caminando solos en la naturaleza, meditando.

¿Se siente incómodo? Quizá, ¿Nos da miedo?, Probablemente sí. Sin embargo, las emociones y los pensamientos más valiosos solo pueden encontrarnos en y a través del silencio.

Hace falta valor para cancelar el ruido y acercarnos a nuestro interior; pero sobre todo, hace falta valor para atender el mensaje y dejarnos cambiar por lo que escuchamos.

La felicidad también está en el silencio.