¿Escuchas tu compás interior o hace tiempo que se te perdió?

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Las personas venimos cableadas de fábrica con información que nos hace únicas y logramos vivir más plenos y felices en la medida en que nos mantenemos alineados con nuestra esencia.

Hace unos meses me topé con el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar-. Me atrapó desde la segunda página y desde entonces es uno de mis libros de cabecera. Lo he usado tanto que sus páginas han envejecido considerablemente.

Dos conceptos en ese texto capturaron mi atención: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que viene incluido en el paquete básico de ser humano y contiene los códigos relacionados con nuestro propósito superior, con aquello que le da sentido a nuestras vidas. Es un compás muy sofisticado.

Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a circular por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano, es una buena persona…

Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que a lo largo de la vida vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos.

Ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial” y aparece la ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza. Ignorar a nuestra voz interior tiene un precio.

¿Cómo podemos saber si nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” están fuera de sintonía?

Lo que voy a escribir a continuación es un resumen de un ejercicio de Beck que me parece muy poderoso. Mi intención es dejarte lo suficientemente interesada como para que consigas el libro, lo leas y hagas el ejercicio las veces que sea necesario para restablecer la comunicación entre tus dos “yo’s”, en caso de que hayan roto relaciones diplomáticas. Esta aventura de introspección puede convertirse en un salvavidas para quienes rondamos las zonas de las crisis existenciales.

El “yo esencial” no es dueño del lenguaje, esa tarea la tiene a su cargo el “yo social”. Sin embargo, esto no es un impedimento pues invariablemente encuentra la manera de hacerse escuchar. Primero lo hace sutilmente… te susurra al oído; si no atiendes el mensaje, entonces grita.

¿Cuáles son las vías de comunicación que utiliza el “yo esencial”?

Según Beck tenemos que estar al pendiente de ocho diferentes síntomas…

Crisis de energía. ¿Has pasado por temporadas en que te sentías agotado o existen situaciones, experiencias, compromisos que drenan tu combustible? ¿Puedes identificar momentos del día o de la semana que pesan como losas de concreto sobre la espalda? Quizá notas que cuando vas al trabajo se desploma tu ánimo, pero mejora a medida que se acerca la hora de salida; o empiezas a bostezar cuando llegas a la reunión semanal del club de bordado y costura. Reflexiona y trata de identificar eventos o situaciones que disminuyen considerablemente tu nivel de energía.

Problemas de salud. Cuando atravesamos por periodos estresantes, pérdidas o vivimos en conflicto interior, nuestro sistema inmune se debilita. Esto hace que nos enfermemos más seguido o tardemos más tiempo en recuperarnos. ¿Te ha pasado, por ejemplo, que te contagias de gripa con tan sólo ver un anuncio de Antiflu-Des en la televisión? Yo, por ejemplo, solía enfermarme cuando terminaba un semestre en la universidad. Recuerdo también pasar por un periodo de ataques de asma cuando mis tres hijas estaban pequeñas y demandaban la totalidad de mis días y mis noches. Dedica un rato a recordar temporadas en las que tu salud estaba mal y piensa… ¿Qué estaba pasando en tu vida durante cada uno de estos episodios y cuáles eran los síntomas físicos?

Olvidos. Por más ganas que ponga tu “yo social” para recordar información que considera importante, si a tu “yo esencial” no le interesa, lo más probable es que lo olvide. A mi se me borra todo lo que cae en el cajón de “pendientes de casa” –llamar al plomero, cambiar el foco fundido de la cocina-. Tengo muchas habilidades, pero “housekeeping” no es una de ellas. Frecuentemente “no veo” el Post-it que mi “yo social” pega en el volante de mi carro para recordarme que tengo que hacer cita con el dentista. Nunca me interesó la física ni logré comprenderla; todos esos temas de aceleración, masa y poleas siempre fueron para mi una gran nube gris. ¿Qué tipo de información te cuesta trabajo recordar y olvidas fácilmente? –nombre de las personas, los horarios de los juegos de soccer, dónde dejas cierto tipo de papeles-.

Errores “tontos”. Nuestro “yo esencial” sabe distinguir lo que está bien de lo que está mal, conoce nuestros valores personales y hace todo lo posible para hacernos tropezar cuando nos alejamos de lo que no le hace sentido. Quizá te pasó cuando eras estudiante que le copiaste las respuestas del examen a tu compañero de clase junto con su nombre y apellido… O te equivocaste de hora y perdiste el avión que te llevaría a donde NO querías ir… O se te salió un comentario en voz alta frente a tu cuñada sobre el tedio que te producen las reuniones con la familia política. Ponte a pensar en tres errores “tontos” que hayas cometido alguna vez.

Suicidio social. Algunas personas sacan nuestra peor versión posible y nos hacen sentir incómodas, poco inteligentes, inadecuadas, furiosas, inadaptadas. Puede ser que cada vez que aparece “x” huyen tus palabras y tartamudeas; o cuando aparece “y” sientes que te hierve la sangre, te pones ácido y sarcástico; o cuando aparece “z” dudas de absolutamente todo lo que tienes que hacer. ¿Quiénes son esas personas que traen a flote tu peor versión posible? Quizá comentes errores “tontos” cuando estás cerca de ellas.

Alteraciones de sueño. Uno de los síntomas que distinguen rupturas entre el “yo esencial” y el “yo social” son las alteraciones de sueño. Podemos dormir mucho para evadir o escapar de una realidad que no nos gusta o bien, tenemos problemas para dormir. Pasamos horas dando vueltas en la cama antes de conciliar el sueño o despertamos de madrugada. El insomnio puede ser un sello que distingue periodos rudos, tristes, de conflicto o indecisión. ¿Ubicas algunas temporadas en las que no podías dormir, dormías mal, o dormías tanto que te sentías amodorrado o adormilado? ¿Cuál era el problema en tu vida que ocasionaba distorsiones en tu sueño?

Adicciones y malos hábitos. Existen ciertos detonadores –lugares, personas, fechas, pensamientos- que ponen en marcha ciertos hábitos… algunos buenos y otros no tanto. Una discusión con alguien que nos produce ansiedad puede provocar que nos mordamos la uñas; los problemas económicos o las presiones del trabajo pueden orillarnos a consumir más alcohol para limar los bordes. Haz un recuento de tus malos hábitos y de tus pensamientos obsesivos y trata de vincularlos con su detonador.

Cambios de humor. Algunas veces nuestro estado de ánimo parece inexplicable, injustificable o extremo. Explotamos como olla exprés ante el más mínimo detalle, estamos de muy mal humor o de pronto nos escurren lágrimas sin previo aviso. ¿Has pasado por temporadas donde tu estado de animo es parecido a un paseo en montaña rusa? Trata de identificarlas y piensa qué estaba pasando en tu vida durante esos periodos.

¿Cuántos de los síntomas tienes o has tenido? ¿Te imaginas cómo sería tu vida si construyéramos tu peor escenario posible combinando todos los puntos anteriores? Si ya estás en ese escenario es momento de hacer algo al respecto.

La siguiente parte del ejercicio consiste en identificar la contraparte de cada uno de los puntos anteriores. ¿Qué te llena de energía?, ¿Qué personas sacan lo mejor de ti?, ¿Qué tipo de información recuerdas sin problema? ¿Qué tipo de actividades te atraen como si fueran imanes? Identifica tu mejor escenario posible.

Ahora… ¿Qué pequeño cambio o que acción puedes tomar para acercarte a tu “yo esencial” y vivir tu mejor versión posible?

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Propósito de vida, Autenticidad y (mis dos) Yo

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Escribir el artículo de esta semana fue como armar un rompecabezas de tres piezas. Ya tenía dos, pero me faltaba una para conectarlas. La tercera pieza me llegó la semana pasada por correo en una caja de Amazon.

Primera pieza: Propósito de vida.

Hace tiempo que estudio el tema de sentido de vida y propósito. A veces por curiosidad, otras por necesidad.

La ciencia muestra que las personas que pueden articular en una frase corta cuál es la razón por la que saltan de la cama cada mañana –además del despertador- tienen vidas más largas y felices.

Algunas personas tienen bien definida su vocación desde pequeñas y saben a qué quieren dedicar sus vidas. Están los niños que desde la cuna juegan con cohetes espaciales y de grandes van al espacio; las niñas que tienen un amor incondicional por los animales, cuidan pájaros lastimados y de grandes crean una fundación para sacar perros de las calles.

También estamos los que no tenemos muy clara cuál es nuestra razón de ser; los que tenemos tantos intereses y pasiones que no sabemos por dónde empezar; y los que pensamos que para descubrir el propósito de nuestras vidas tenemos que viajar al Himalaya un mes y estar en silencio meditando para ver si el universo nos suspira la respuesta. O todo lo anterior.

A veces nuestra vida tiene sentido… hasta que no. Algo pasa que nos saca de curso, se empaña el periscopio o perdemos de vista lo importante.

Saber qué nos mueve promueve la longevidad y la felicidad. Dedicar tiempo a descubrir, definir o afinar nuestro propósito superior es una buena idea en términos de nuestro bienestar emocional.

Segunda pieza: Autenticidad.

Otro tema que me interesa en paralelo al del propósito es el de la autenticidad. No se qué pienses tú, pero a mi, las personas genuinas y alineadas consigo mismas me parecen particularmente sexis e inspiradoras.

En especial, admiro su valentía, pues la autenticidad implica romper con las reglas de lo establecido, de lo socialmente aceptable. El permiso para ser uno mismo, con frecuencia, requiere de no ser lo que el resto del mundo espera e implica pagar un precio.

Hace tiempo que sospecho que la autenticidad y el propósito de vida están fuertemente vinculados. Dicho de otra manera, considero que logramos vivir en la zona de nuestro propósito superior en la medida en que somos auténticos y nos mantenemos fieles a aquello que nos hace vibrar.

Me faltaba una pieza para conectar el propósito de vida con la autenticidad y creo que la encontré hace unos días en un paquete que llegó a mi casa. A mi la felicidad seguido me llega adentro de una caja y tiene forma de libro con olor a nuevo.

Tercera pieza: “Yo esencial” y “Yo social”.

Recibí el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar- En realidad no estaba en mis planes empezar a leerlo en ese momento, pero la curiosidad de explorar las primeras páginas me ganó.

Desde los primeros párrafos la autora logró hacerme reír con su narrativa sarcástica revuelta con humor negro, pero sobretodo, atrapó mi atención con dos conceptos: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que traemos programado de fábrica y contiene la información relacionada con nuestro propósito superior. Es un compás muy sofisticado.

Nuestro “yo esencial” sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a navegar por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere convertirse en astronauta… tu “yo social” hace que te sientes a estudiar física espacial; tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

¿Cómo se ve esto en nuestra vida diaria?

Puede pasar en una primera cita, por ejemplo, que tu “yo esencial” quiere pedir pasta, filete, copa de vino y rebanada de pastel con taza de café cappuccino para rematar… pero tu “yo social” pide una ensalada chica y un vaso con agua para que tu date no piense que eres muy tragona. A tu “yo esencial” le fascina combinar pantalones de flores grandes con blusas de rayas de todos colores… tu “yo social” dice que eso sólo es admisible en Halloween. Tu yo esencial quiere dormir un par de horas más… tu “yo social” te saca de la cama, hace que te alistes y vayas a trabajar. Tu “yo esencial” quiere renunciar a ese trabajo que te chupa la vida desde hace diez años… pero tu “yo social” no quiere quedarle mal a la familia. Tu “yo esencial” quiere tener una carrera profesional… tu “yo social” dice que una buena madre se queda en casa cuidando a los niños, o viceversa.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano. Lo necesitamos también, de lo contario estaríamos todos presos o muertos. En ocasiones, por ejemplo, nuestro “yo esencial” quisiera caerle a golpes a cierta persona y nuestro “yo social” nos guarda las manos en los bolsillos. Dice Beck:

“No es que nuestro yo social sea una mala persona, al contrario, es una buena persona. Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos y pasamos la vida dándole gusto a los demás.

La mayoría de nosotros ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial”.

¿Cómo podemos saber si nuestros “yo’s” han dejado de comunicarse?

De acuerdo con Martha Beck, si sentimos que nuestra vida en general está llena de insatisfacción, ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza, entonces quiere decir que nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” no están sincronizados. Nuestro “yo esencial” encuentra la manera de hacerse escuchar.

¿Cómo conecto las tres piezas?

Alcanzamos nuestro propósito de vida cuando somos nuestra versión más auténtica. Para lograr esto, nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” deben mantener una conversación fluida. De lo contrario, dejamos de ser auténticos, avanzamos por la vida sin compás y perdemos de vista nuestra “propia estrella polar”.