Cuestión de tiempo

¿Te has debatido tratando de decidir cuándo es el mejor momento para hacer algo?

Cuándo salir a correr, empezar un diplomado, dar una mala noticia, terminar una relación, salir de vacaciones, declarar tu amor, hacer una llamada importante, agendar una cirugía, ponerte a dieta, irte a vivir a otro lugar, renunciar a tu trabajo, salir a caminar.

¿Lanzo el proyecto de una vez o hasta que pase Navidad?, ¿Empiezo a estudiar este semestre o hasta el siguiente?, ¿Le digo que me gusta el sábado o el día de su cumpleaños?, ¿Elijo un horario en la mañana para el taller o en la noche?, ¿Me tomo la pastilla antes o después de comer?

Creo que estamos más acostumbrados a analizar con detalle las preguntas: ¿Qué? y ¿Cómo?; pero no tanto la pregunta, ¿Cuándo?

Hace varias semanas terminé de leer el libro “WHEN: The scientific secrets of perfect timing” de Daniel Pink y me gustó mucho. Encontré información valiosa sobre cuándo hacer ciertas cosas para mejorar nuestro desempeño, salud y satisfacción. Aprendí que, a menos que sea una emergencia, por ejemplo, hay que evitar programar una cirugía en la tarde.

El libro arranca explicando los patrones escondidos en la vida diaria.

El pulso de las emociones a nivel mundial me pareció increíble. De acuerdo con el lenguaje utilizado en los Tweets, las personas nos sentimos más activos, comprometidos y esperanzados durante las mañanas. Alrededor del medio día y las primeras horas de la tarde se nos cae el afecto positivo y vuelve a repuntar en la tarde-noche, sin importar la región geográfica o el día de la semana.

Nuestro reloj biológico juega un papel importante en nuestro funcionamiento. En la medida de lo posible, haríamos muy bien en conocerlo y honrarlo. ¿Cuándo es más alto tu nivel de energía y concentración? Nuestro mejor yo en términos de habilidades cognitivas no es estable durante el día. Tenemos algunos momentos de más inteligencia, rapidez y creatividad que otros. ¿Tienes identificados tus mejores momentos del día?

Según estudios, las mujeres nos sentimos más felices, cariñosas y satisfechas con nosotras mismas en la mañana; entre la 1:00 y las 5:00 de la tarde tenemos un bajón pronunciado y; volvemos a subir a medida que avanza la tarde y llega la noche. ¿Necesitas algo? Quizá este horario pueda servirte de guía.

¿Cuándo es el mejor momento del día para hacer algo?

Depende de la actividad.

Si quieres bajar de peso, te conviene hacer ejercicio al despertar. Dado que no has comido en varias horas tu nivel de azúcar es bajo, entonces tu cuerpo usa la grasa almacenada -en lugar de utilizar la energía de los alimentos que recién comiste-. Ahora, si quieres evitar una lesión, entonces ejercítate en la tarde pues tus músculos están más calientes y elásticos.

¿Temas médicos?

Agenda tu colonoscopia en la mañana… Es más probable que detecten pólipos temprano. Los doctores son más propensos a recetar antibióticos en la tarde, pues están cansados y es más fácil que explorar más posibilidades. ¿Tienes que programar una cirugía? Que sea temprano, pues es menos probable que el anestesiólogo se equivoque y más probable que las enfermeras se laven las manos.

¿En la oficina?

Juntas, decisiones y llamadas importantes es mejor hacerlas en la primera mitad del día; “breaks” más largos y oportunidades para comer fuera de la oficina -o al menos lejos del escritorio- aumentan la productividad en la tarde.

Ahora, si puedes hacer una siesta de entre 10 y 20 minutos entre las 2:00 pm y 3:00 pm notarás que tienes más energía durante la tarde. Una siesta puede aumentar tu memoria de corto plazo, tu memoria asociativa -la que te permite relacionar una cara con un nombre- y mejorar tu razonamiento lógico. Además, las siestas fortalecen tu sistema inmune, ese que ahorita necesitamos para protegernos del Coronavirus.

El número de accidentes de tráfico crece entre las 2:00 am y las 6:00 am, así como entre las 2:00 pm y las 4:00 pm. Esto me sirve para saber a qué hora no prestarle el carro a mis adolescentes que están empezando a manejar.

Los comienzos son importantes. Los lunes, las primeros de mes, el primer día del año. Son “nuevas cuentas mentales”, oportunidades para empezar otra vez, para desconectarnos de los errores cometidos, de las imperfecciones. Otros momentos simbólicos como cumpleaños, aniversarios, cambios de trabajo nos ofrecen pausas para ver el panorama completo, reflexionar sobre lo que viene, recalcular y hacer análisis para tomar mejores decisiones.

¿Cuándo casarte? Para incrementar las probabilidades de permanecer casado toda la vida, el mejor momento para casarte es: cuando seas lo suficientemente grande, pero no tanto -alrededor de los 32 años-, cuando hayas completado tu educación y cuando tu relación haya madurado lo suficiente.

Y… ¿sobre el divorcio? Es más probable que tu pareja tome la iniciativa y te de el aviso en marzo y en agosto -pasando la temporada navideña y al terminar el año escolar de los niños-

Si te metiste en problemas con la ley y están evaluando dejarte libre bajo fianza o quitarte el brazalete de seguridad, es más probable que el juez dicte una sentencia a tu favor temprano en la mañana. Si te toca el turno al final de la mañana justo antes de la hora de comida del juez… estás frito.

La variable tiempo juega un papel más importante del que pensamos. Organizar nuestra rutina en congruencia con nuestro ritmo natural y tener en cuenta el mejor momento para hacer ciertas actividades puede mejorar nuestro desempeño, salud y satisfacción.

 

Regreso a clases en línea

 

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Hoy el camino a mi salón de clases fue diferente. En lugar de caminar al aire libre por el campus de la universidad con vistas a las montañas y entre un río de estudiantes, bajé de mi recámara a mi oficina entre las paredes blancas de las escaleras y un silencio desentonado.

Es la primera vez en 20 años que conozco a mis estudiantes de carrera por computadora y arranco un nuevo semestre estando detrás de una pantalla. Esta mañana me tocó experimentar un primer día de clases en modalidad pandemia.

¡Fue un reto!

Otro más.

En todos los sentidos.

Si me regreso en el tiempo y recuerdo cómo arrancamos, me atrevo a decir que a la pandemia la tratamos como una novedad. Organizamos actividades para pasar el tiempo en casa, entramos rápido en modo resolver, hicimos cambios, le pusimos buena actitud y energía, agradecimos la pausa. Pensamos que duraría poco. En mi mente esto era una carrera de cien metros, no un maratón.

Terminé el semestre pasado convencida de que regresaría a mi salón en tercera dimensión al finalizar el verano, mis hijas también. Empecé a dudar cuando iniciaron las conversaciones alrededor de nuevos códigos de conducta, nuevas reglas, capacitaciones de uso de plataformas virtuales, esquemas híbridos, colores de semáforos.

Y aquí estamos.

Todavía en posición remota.

Y nos toca acomodar todas las emociones que vienen con el regreso a clases en línea. Las propias y las ajenas. Lo que yo siento, más lo que sienten mis hijas, más lo que sienten mis estudiantes. Más lo que creo que sienten mis hijas y lo que creo que sienten mis estudiantes cuando imagino qué sentiría yo si estuviera en su lugar. ¡UFF!

No puedo evitar sentir tristeza cuando pienso en los niños y jóvenes empezando un nuevo ciclo escolar así. El primer día de clases es todo un evento. Decidir qué ropa ponerte, esperar con ansias las listas para saber con cuáles amigos tocas, conocer maestros, ubicar al chavo/chava que te gusta, notar quién creció, quién se puso más guapo. Es mucho más que temas académicos. Compartí esto con mis hijas y me sorprendí cuando dijeron: “no está tan mal, mamá”

Así arrancaron. Así arrancamos.

Han pasado casi tres semanas. Es sólo el comienzo, pero el ánimo, las ganas y la paciencia ya están en niveles como de exámenes finales. Escucho risas que se convierten en lágrimas y llantos que se convierten en risas. La colección de gritos de frustración y quejas que hemos juntado en los últimos 15 días es más grande que la que acumulamos en todos los años anteriores de colegio.

Estamos cansados.

Papás, mamás, maestros y estudiantes tenemos encima 6 meses de pandemia. Hemos tenido que asimilar cambios radicales, ajustar estilos de vida, atravesar duelos, navegar en la incertidumbre, aprender trucos nuevos, trabajar de distinta forma, lidiar con noches de insomnio.

No olvidemos que traemos encima una carga emocional pesada. Además de vivir nuestro encierro, vivimos el encierro de los que están con nosotros. Pretender funcionar como antes e imprimir el mismo nivel de exigencia -a nosotros mismos y a los demás- me parece de otro mundo.

Es mi primera pandemia, pero el sentido común me dice que los márgenes deben ser más anchos y el perfeccionismo debe salir volando por la ventana.  Todos estamos aprendiendo. ¿Y qué si confesamos que no sabemos cómo explicar matemáticas? o ¿Cuál es el problema de aceptarnos vulnerables ante la nueva responsabilidad de convertirnos en maestros de nuestros hijos?, ¿Por qué sentir culpa de no tener todo el pandero organizado?, ¿Por qué nos sentimos obligados a tener todas las respuestas?, ¿Y qué si nos tiemblan las rodillas pensando cómo mantener la atención de nuestros estudiantes por Zoom?

Vamos mejor por el camino de la paciencia, de la compasión. Vamos dándonos permiso de equivocarnos muchas veces y de pedir ayuda.

Escucho a mamás agotadas. Mamás que tenían planes diferentes para este año, que finalmente iban a tener unas cuantas horas en las mañanas para ellas mismas y de pronto están más ocupadas que nunca. Otra vez poniendo en pausa sueños propios en favor de la familia. Y además llenas de culpa porque están desesperadas, cansadas, porque no tienen suficiente paciencia y fantasean con 20 minutos de tiempo fuera.

Es como en el avión, nuestra máscara de oxígeno primero para poder ayudar a los demás.

Me topo con papás y mamás que despiertan de madrugada para avanzar en su trabajo. Despiertan antes que todos para tener unas horas de silencio y acumular medio turno de jornada laboral. Siguen con el trabajo de la casa, coordinar horarios, conectar niños a sus clases, mantenerlos enfocados, apoyarles con tareas. Más tarde, otra vez de noche, de regreso al trabajo. Unas horas más para sacar pendientes y cumplir con obligaciones. Por si fuera poco, se sienten culpables porque, desde su perspectiva, no lo están haciendo tan bien como otros.

Fuera culpa y fuera comparaciones.

Ya estamos haciendo algo extraordinario.

La incertidumbre y la sensación de pérdida de control provocan un tsunami de emociones. Nos quejamos porque queremos información, nos enojamos por la falta de organización y definición, pero… ¿Cómo exigir certezas en un mundo que está acomodándose? Vayamos un par de días a la vez, al menos por ahora.

Aceptemos que hay una contingencia y no podemos hacer mucho al respecto para cambiar lo que sucede allá afuera. No gastemos energía pensando ¿Por qué está pasando esto? Preguntemos mejor: ¿Cuál es mi mejor versión ante esta situación?, ¿Cuál es mi mejor versión como maestra detrás de una pantalla?, ¿Cuál es mi mejor versión de mamá-maestra?, ¿Cuál es mi mejor versión de papá que trabaja en casa? Así van apareciendo posibilidades.

Conectemos con la intuición, con lo que nos hace sentido emocional, física, mental y logísticamente. Creo que es momento de escuchar nuestra voz, la de nuestra familia. Encontremos nuestro propio ritmo pandémico.

Seguimos pisando terreno desconocido.

Vamos a entrarle a este regreso a clases en línea sabiendo que somos resilientes, nuestro espíritu es fuerte y que podemos seguir colgados de la esperanza.

PD. Un abrazo bien apretado para todos mi amigos y colegas maestros que ya están haciendo algo extraordinario.