Regreso a clases en línea

 

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Hoy el camino a mi salón de clases fue diferente. En lugar de caminar al aire libre por el campus de la universidad con vistas a las montañas y entre un río de estudiantes, bajé de mi recámara a mi oficina entre las paredes blancas de las escaleras y un silencio desentonado.

Es la primera vez en 20 años que conozco a mis estudiantes de carrera por computadora y arranco un nuevo semestre estando detrás de una pantalla. Esta mañana me tocó experimentar un primer día de clases en modalidad pandemia.

¡Fue un reto!

Otro más.

En todos los sentidos.

Si me regreso en el tiempo y recuerdo cómo arrancamos, me atrevo a decir que a la pandemia la tratamos como una novedad. Organizamos actividades para pasar el tiempo en casa, entramos rápido en modo resolver, hicimos cambios, le pusimos buena actitud y energía, agradecimos la pausa. Pensamos que duraría poco. En mi mente esto era una carrera de cien metros, no un maratón.

Terminé el semestre pasado convencida de que regresaría a mi salón en tercera dimensión al finalizar el verano, mis hijas también. Empecé a dudar cuando iniciaron las conversaciones alrededor de nuevos códigos de conducta, nuevas reglas, capacitaciones de uso de plataformas virtuales, esquemas híbridos, colores de semáforos.

Y aquí estamos.

Todavía en posición remota.

Y nos toca acomodar todas las emociones que vienen con el regreso a clases en línea. Las propias y las ajenas. Lo que yo siento, más lo que sienten mis hijas, más lo que sienten mis estudiantes. Más lo que creo que sienten mis hijas y lo que creo que sienten mis estudiantes cuando imagino qué sentiría yo si estuviera en su lugar. ¡UFF!

No puedo evitar sentir tristeza cuando pienso en los niños y jóvenes empezando un nuevo ciclo escolar así. El primer día de clases es todo un evento. Decidir qué ropa ponerte, esperar con ansias las listas para saber con cuáles amigos tocas, conocer maestros, ubicar al chavo/chava que te gusta, notar quién creció, quién se puso más guapo. Es mucho más que temas académicos. Compartí esto con mis hijas y me sorprendí cuando dijeron: “no está tan mal, mamá”

Así arrancaron. Así arrancamos.

Han pasado casi tres semanas. Es sólo el comienzo, pero el ánimo, las ganas y la paciencia ya están en niveles como de exámenes finales. Escucho risas que se convierten en lágrimas y llantos que se convierten en risas. La colección de gritos de frustración y quejas que hemos juntado en los últimos 15 días es más grande que la que acumulamos en todos los años anteriores de colegio.

Estamos cansados.

Papás, mamás, maestros y estudiantes tenemos encima 6 meses de pandemia. Hemos tenido que asimilar cambios radicales, ajustar estilos de vida, atravesar duelos, navegar en la incertidumbre, aprender trucos nuevos, trabajar de distinta forma, lidiar con noches de insomnio.

No olvidemos que traemos encima una carga emocional pesada. Además de vivir nuestro encierro, vivimos el encierro de los que están con nosotros. Pretender funcionar como antes e imprimir el mismo nivel de exigencia -a nosotros mismos y a los demás- me parece de otro mundo.

Es mi primera pandemia, pero el sentido común me dice que los márgenes deben ser más anchos y el perfeccionismo debe salir volando por la ventana.  Todos estamos aprendiendo. ¿Y qué si confesamos que no sabemos cómo explicar matemáticas? o ¿Cuál es el problema de aceptarnos vulnerables ante la nueva responsabilidad de convertirnos en maestros de nuestros hijos?, ¿Por qué sentir culpa de no tener todo el pandero organizado?, ¿Por qué nos sentimos obligados a tener todas las respuestas?, ¿Y qué si nos tiemblan las rodillas pensando cómo mantener la atención de nuestros estudiantes por Zoom?

Vamos mejor por el camino de la paciencia, de la compasión. Vamos dándonos permiso de equivocarnos muchas veces y de pedir ayuda.

Escucho a mamás agotadas. Mamás que tenían planes diferentes para este año, que finalmente iban a tener unas cuantas horas en las mañanas para ellas mismas y de pronto están más ocupadas que nunca. Otra vez poniendo en pausa sueños propios en favor de la familia. Y además llenas de culpa porque están desesperadas, cansadas, porque no tienen suficiente paciencia y fantasean con 20 minutos de tiempo fuera.

Es como en el avión, nuestra máscara de oxígeno primero para poder ayudar a los demás.

Me topo con papás y mamás que despiertan de madrugada para avanzar en su trabajo. Despiertan antes que todos para tener unas horas de silencio y acumular medio turno de jornada laboral. Siguen con el trabajo de la casa, coordinar horarios, conectar niños a sus clases, mantenerlos enfocados, apoyarles con tareas. Más tarde, otra vez de noche, de regreso al trabajo. Unas horas más para sacar pendientes y cumplir con obligaciones. Por si fuera poco, se sienten culpables porque, desde su perspectiva, no lo están haciendo tan bien como otros.

Fuera culpa y fuera comparaciones.

Ya estamos haciendo algo extraordinario.

La incertidumbre y la sensación de pérdida de control provocan un tsunami de emociones. Nos quejamos porque queremos información, nos enojamos por la falta de organización y definición, pero… ¿Cómo exigir certezas en un mundo que está acomodándose? Vayamos un par de días a la vez, al menos por ahora.

Aceptemos que hay una contingencia y no podemos hacer mucho al respecto para cambiar lo que sucede allá afuera. No gastemos energía pensando ¿Por qué está pasando esto? Preguntemos mejor: ¿Cuál es mi mejor versión ante esta situación?, ¿Cuál es mi mejor versión como maestra detrás de una pantalla?, ¿Cuál es mi mejor versión de mamá-maestra?, ¿Cuál es mi mejor versión de papá que trabaja en casa? Así van apareciendo posibilidades.

Conectemos con la intuición, con lo que nos hace sentido emocional, física, mental y logísticamente. Creo que es momento de escuchar nuestra voz, la de nuestra familia. Encontremos nuestro propio ritmo pandémico.

Seguimos pisando terreno desconocido.

Vamos a entrarle a este regreso a clases en línea sabiendo que somos resilientes, nuestro espíritu es fuerte y que podemos seguir colgados de la esperanza.

PD. Un abrazo bien apretado para todos mi amigos y colegas maestros que ya están haciendo algo extraordinario.

Neblina mental

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Ayer desperté con los cables cruzados. Fue una de esas mañanas en que abres una ranura con el ojo derecho y, desde ya, sabes que el camino es cuesta arriba. Neblinas mentales y coctel emocional.

Está por terminar agosto pensé. De ahí hice cuentas. Se fue la primavera, al verano le falta poco. Sospeché que el otoño y el invierno se irán por el mismo pandémico lugar. Y entonces las paredes se me cayeron encima.

Para este “mood”, el remedio para mi es salir a correr o andar en bici. La cadencia de las pisadas o de los pedales, me ayuda a despejar los remolinos emocionales y las nubes mentales. Nota: las herramientas funcionan.

Decidí correr escuchando un podcast. Encontré en “The TED Interview”, un episodio con el nombre: “Elizabeth Gilbert dice que está bien sentirse abrumado. Aquí está lo que hay que hacer ahora”.

Desde mi punto de vista, Liz Gilbert -autora del libro Comer, Amar, Rezar- tiene una habilidad fuera de este mundo para desenredar y poner en palabras lo que sentimos.

Play y a correr.

¿Verdad que es increíble cuando el universo te manda justo lo que necesitas?

Le atiné a un podcast que me ponía por delante una conversación sobre el buffet de emociones por el que estamos pasado desde hace meses. Me sirvió mucho escucharlo. Te comparto lo que me pareció valioso. Confieso que fue difícil elegir, pues los 60 minutos valen la pena.

Ansiedad. Hay muchos sabores de ansiedad y el que sea que sientas es válido. El único sabor de ansiedad que sobra es el de “emociones sobres mis emociones”, pues éste es un problema adicional. Si sientes miedo y después sientes miedo por sentir miedo; si estás estresado y después te estresa estar estresado… es como subirle dos rayas al nivel de ansiedad. Sentirnos culpables o recriminarnos por pensar que deberíamos estar llevando mejor la pandemia -ser más relajados, más creativos, más productivos- sólo sirve para multiplicar el sufrimiento. ¡Es nuestra primera pandemia! Lo que aplica es darnos una dosis de bondad y compasión a nosotros mismos por la ansiedad que sentimos.

También me gustó esta idea sobre una de las paradojas de la humanidad.

No existe una especie más ansiosa que los humanos. Tenemos la habilidad para imaginar el futuro. Allá todo lo terrible puede pasar en cualquier momento, en cualquier parte y a cualquier persona. Creamos películas de terror en nuestra cabeza. Con nuestra imaginación viajamos a lugares que nos provocan miedo, ansiedad, inseguridad y nos convencemos de que no tendremos la capacidad para lidiar con eso.

La paradoja es que, también somos la especie más resiliente. Nuestra capacidad de adaptación es increíble. Cuando la vida nos sirve una tragedia, somos capaces de lidiar con ella. Sobrevivimos en lo personal a las adversidades y como humanidad también.

Podemos encontrar paz si reemplazamos el miedo y la ansiedad con la confianza de que, llegado el momento, la intuición nos dirá qué hacer.

Soledad. Quedarnos en casa y poner distancia física entre nosotros, está provocando sentimientos de soledad. Anhelamos la compañía en tercera dimensión, extrañamos los abrazos. Es frustrante y triste no poder pasar tiempo con la gente que queremos.

Al mismo tiempo, esta es una gran oportunidad para pasar tiempo con nosotros mismos. Y no se tú, pero yo recuerdo todas las veces que dije “me encantaría pasar un mes sola”, “quisiera irme a un retiro espiritual o a un centro de meditación en una montaña”, “quisiera que el mundo se pusiera en pausa”. También recuerdo todas las veces que escuché a alguien más decir lo mismo.

¿Qué pasaría si en lugar de llamarle a este tiempo “confinamiento”, le llamáramos “retiro espiritual?, ¿Qué pasaría si utilizáramos la curiosidad para caminar hacia adentro?, ¿Qué pasaría si tuviéramos la valentía de aguantar nuestra propia compañía? ¿Qué pasaría si avanzáramos con mente abierta y sin resistencia a la emoción que nos incomoda? ¿Qué pasaría si no tenemos tanta prisa por salir de esta situación que potencialmente puede transformarnos para bien?

Duelos. ¿Qué le dices a una persona que ha perdido a más de un familiar a causa del coronavirus? ¿Cómo hablarle a una persona que ha perdido a alguien? No hay palabras. Punto. Todo se queda corto. El duelo es más grande que nosotros y más grande que nuestros esfuerzos para manejarlo. Con frecuencia pensamos que, si sabemos administrar el duelo, lograremos brincarnos el sufrimiento. No es así. Tenemos que darnos permiso de sentirlo, dejar que nos atraviesen sus olas. La respuesta física emocional dura en nuestro cuerpo alrededor de 90 segundos. Lo que sigue es respirar y reconstruir a partir de ahí. Esto no significa que el duelo termina. Significa que lo sentimos, lo dejamos atravesarnos y seguimos otra vez. Todas las veces que sea necesario. Confiar en que la intuición nos murmurará el siguiente paso y recordar que nuestro espíritu es resiliente.

Control. Uno de los retos mas grandes que ha venido con esta pandemia es la sensación de pérdida de control. La incertidumbre y la frustración que vienen con no poder planear más allá de una semana está generando un incremento acentuado en los niveles de ansiedad. De acuerdo con Liz Gilbert, esto de tener el control es un mito… “no teníamos control, sólo ansiedad”, “no estamos perdiendo el control, más bien, estamos dándonos cuenta de que nunca lo tuvimos”. El cambio constante es lo normal. Aceptar que no tenemos control sobre la gran mayoría de las cosas, ni de las personas, ni de las situaciones, es la vía más rápida a la libertad. Hacer nuestro mejor esfuerzo, trabajar duro y después rendir el resultado al universo da paz.

En la entrevista, Gilbert habla también sobre el enojo, la curiosidad, la creatividad y la empatía. Aquí te dejo el vínculo. Te recomiendo que dediques una hora a escuchar esta conversación.

Después de correr acompañada de estas palabras se me descruzaron los cables y se me despejó el cielo. Decidí dejar de pensar en el otoño que aún no llega y disfrutar del día de verano que tenía disponible.