¡Viva México Cuarones!

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Que lindo se siente ver a tu país en los titulares de las buenas noticias. Qué bonito es cuando un trabajo bien hecho es reconocido, cuando los atributos se distinguen y los méritos se traen a la luz. Que rico se siente ser vistos.

La verdad es que a mí la película de ROMA, más allá de su espectacular fotografía y los recuerdos que me trajo, como por ejemplo, el sonido del afilador de cuchillos y la banda escolar practicando la marcha de guerra en las calles, me pareció lenta y estuve con ganas de pisarle el acelerador las dos horas y cuarto que duró.

Pero…

Las palabras que ofreció Alfonso Cuarón luego de recibir el Oscar al mejor director me dejaron pensando.

“Quiero agradecer a la Academia por reconocer a una película que gira alrededor de una mujer indígena, una de las 70 millones de empleadas domésticas en el mundo sin derechos laborales, un personaje que históricamente ha sido relegado al fondo en el cine. Como artistas, nuestro trabajo es mirar donde otros no lo hacen. Esta responsabilidad se hace más importante en tiempos en que estamos siendo motivamos a voltear para el otro lado”.

Me puse a pensar en todas las personas que como “Cleo”, el personaje central que interpreta Yalitza Aparicio, circulan en la periferia de su propia vida para hacer la vida de otros más cómoda, fácil, limpia, brillante y glamorosa.

Y me acordé de las historias que recuperaron, hace algunos años, los estudiantes de mi clase cuando hicieron su proyecto de generosidad.

En esa ocasión, el grupo decidió pasar la hora y media de clase trabajando con una persona de intendencia de la universidad. La misión, además de “ponerse el uniforme” y participar en las labores, era conectar y conocer más de la vida de cada una. Descubrir quién era, cómo se llamaba, de dónde venía, hace cuánto tiempo trabajaba en la Universidad, qué era lo que más le gustaba, qué era lo más pesado, etc.

De esa experiencia nos llevamos una gran lección.

Sin importar cuál era la función de cada una de estas personas –limpiar máquinas, trapear pisos o limpiar baños- para ellos, lo más gratificante de su trabajo era interactuar con los estudiantes o el personal administrativo… “me siento muy feliz cuando alguien me saluda, me pregunta cómo estoy o me da las gracias”, “cuando me sonríen o platican conmigo”, “cuando me tratan con amabilidad”.

Nada complicado, ¿cierto?

Sin embargo, en la mayoría de los casos la realidad era otra… “Aprendemos a ser invisibles” nos dijo uno, “hacemos nuestro trabajo sin molestar”, “no hablamos con nadie”.

Entonces caímos en la cuenta. Entonces empezamos a notar todas esas miradas agachadas y perdidas en la escoba, dentro de la cubeta, en el trapo, en las ventanas. Entonces empezamos a reconocer a esas personas silenciosas, a valorar su trabajo. Entonces empezamos a VERLAS.

Y es que las personas queremos ser vistas, queremos saber que nuestro trabajo es reconocido, que nuestras contribuciones importan y se notan.

Me quedo pensando que la película de ROMA es un llamado y un recordatorio para practicar la empatía, la generosidad, la calidez, el sentido de igualdad y, sobretodo, la gratitud.

Hagamos una pausa para agradecer a todas esas personas que hacen que nuestra vida sea más fácil, cómoda y bonita. Reconozcamos las contribuciones, pequeñas y grandes, que hacen las personas a nuestro alrededor. Asegurémonos de que nadie se sienta “invisible”.

Como artistas… atrevámonos a mirar donde otros no lo hacen.

Miedo por costumbre

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Hace un par de días terminé de leer el libro “The Courage Habit” de Kate Swoboda. El título me llamó la atención, pues si la valentía es un hábito, entonces puedo desarrollarla para hacerle frente al miedo.

Y es que el miedo es mi copiloto, mi compañero infalible de viaje y  no me gusta. Me provoca emociones incómodas y sabotea mis sueños con su increíble capacidad para señalar todo lo que puede salir mal.

He recurrido a todos los remedios conocidos para deshacerme de él. He subido la música a todo volumen para no escucharlo, me he disfrazado para que no me reconozca, lo he escondido en la cajuela para no verlo, he roto relaciones diplomáticas con él cualquier cantidad de veces asegurándole que no lo quiero, le he gritado con todas mis fuerzas que se baje del carro, he tratado de anestesiarlo con una copa de vino y he puesto toda mi esperanza en la llegada del día en que se canse y desaparezca.

¡Nada!

Aquí mismo me acompaña mirando lo que escribo por encima de mi hombro.

“Me gustaría dejar de sentir tanto miedo” sería un fuerte candidato en mi lista de tres deseos para el genio de la lámpara maravillosa.

Aprendí varias cosas muy valiosas leyendo el libro de Kate Swoboda.

La primera es que la falta de miedo es un mito. No existe tal cosa como su ausencia cuando deseamos lanzar un proyecto importante, necesitamos tomar una decisión difícil, queremos iniciar una nueva relación, intentamos algo diferente o pisamos territorios desconocidos. Y admitir que sentimos miedo no significa que somos personas débiles ni inseguras, sino perfectamente normales.

La segunda es que no es posible eliminar el miedo a punta de ganas, ni llega el día en que dejaremos de sentirlo por completo. Bueno sí, pero ya tampoco nos daremos cuenta. Al miedo hay que hacerle frente.

La tercera es que el miedo es un hábito y, si conocemos la ciencia detrás, entonces tendremos recursos para reconocerlo y avanzar en la dirección de nuestros sueños atravesando las cortinas de humo que nos fabrica.

¿Cómo se forma un hábito de miedo?

Igual que cualquier otro.

Los hábitos son comportamientos recurrentes y tienen tres componentes:

  • Detonador o señal. Indica a nuestro cerebro que se ponga en modo automático e inicie una rutina. Ejemplos de detonadores: emociones, pensamientos, lugares, ciertas horas del día, sonidos, olores, personas, fechas.
  • Una rutina. La conducta o serie de comportamientos que siguen al disparo de salida. Por ejemplo, ponerte el cinturón de seguridad cuando entras al carro, morderte las uñas cuando vas a presentar un examen, gritarle a tus hijos cuando hablas con tu mamá.
  • Premio o gratificación. Creamos hábitos por medio de los mensajes químicos que transmite el sistema que registra el placer en nuestro cerebro. Cuando realizamos actividades agradables –bailar, leer un mensaje lindo- o que bajan nuestro nivel de ansiedad – darle una cucharada al bote de Nutella, fumar- neurotransmisores mandan una nota que dice “esto se siente bien” y producen una sensación de placer/alivio que sin duda buscaremos repetir.

Tenemos todo tipo de hábitos… lavarnos los dientes después de comer –espero-, salir de la cama cuando suena la alarma, comer a cierta hora del día, etc. Algunos de estos hábitos tienen detonadores y rutinas muy fáciles de identificar.

La cosa se complica con los hábitos emocionales, pues no es tan fácil distinguir ni los detonadores ni las rutinas. Recibir una crítica puede provocar una sensación de inseguridad que nos conduce a tomar un par de cervezas para anestesiar ese sentimiento incómodo. Pensar “nadie va a quererme porque estoy vieja” produce tristeza y una visita al centro comercial para comprar zapatos. Sentir miedo por conocer a alguien nos lleva a cancelar la reunión y a experimentar el alivio temporal de habernos sacudido el compromiso.

Nuestro cerebro está diseñado para eliminar las emociones incómodas y salir de tierras peligrosas. Nos empuja a reducir la tensión lo más rápido posible, incluso cuando la acción sea contraria a nuestros sueños y bienestar de largo plazo. ¿Estás ansioso?… ¿Cerveza o meditación? ¡Cerveza!, ¿Te da miedo poner tu proyecto sobre la mesa en la reunión de planeación?… ¿Abro la boca o lo dejo para la próxima? ¡Déjalo para la próxima!.

Todos experimentamos el miedo de diferente forma y respondemos a él de distintas maneras, pero el circuito “detonador-rutina-gratificación” funciona igual para todos.

La clave para cambiar cualquier hábito está en aislar cada elemento del ciclo y reemplazar la rutina, dando por hecho que el detonador no cambiará. Es muy difícil dejar de sentir miedo pues es parte de nuestra biología y siempre estaremos recibiendo mensajes de alarma.

Si lo que queremos es avanzar en la dirección de nuestros sueños, tenemos que sustituir las rutinas del miedo con rutinas de valor.

Una entrega importante (detonador) me genera ansiedad, entonces decido hacerlo “más tarde”, me pongo a leer un rato (rutina) y baja mi nivel de tensión (gratificación… ¡misión cumplida!). Esta no es una verdadera solución. Es necesario cambiar la rutina. Una posible solución sería aplicar la regla de los 5 segundos y comenzar a trabajar, en lugar de postergar.

Un par de cosas más…

Kate Swoboda explica que el miedo puede manifestarse en maneras o comportamientos que no asociamos con esta emoción: irritabilidad inexplicable, olvidos crónicos, vivir en las nubes, agotamiento, problemas de salud, complacer a los demás, trabajar en exceso, etc. ¿Cómo se presenta el miedo para ti?, ¿Dónde lo sientes?, ¿Qué sensaciones físicas o pensamientos genera?

Y por último, ¿tienes identificados tus miedos? Tenerlos ubicados hace mucho más fácil trabajar con ellos.

Si nuestra intención es aniquilar el miedo antes de dar un paso en dirección a nuestra estrella polar, siento decir que nos quedaremos esperando. No es posible sacarle la vuelta al miedo, la única solución es aprender a atravesarlo construyendo rutinas valientes.

PD. Quizá hoy 14 de Febrero puedas darte la oportunidad de decirle a alguien cuánto te gusta o cuánto lo quieres…¡aunque te mueras de miedo!.

¡Feliz día del amor y la amistad!.

¿Encadenado o libre?

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“Así como podemos distinguir al océano porque siempre sabe a sal, podemos reconocer un estado de iluminación porque siempre sabe a libertad” -Buda

Me encontré esa frase en el libro “Steering by Starlight” de Marta Beck y me gustó mucho. Últimamente encuentro en sus escritos estrategias que me parecen muy útiles para alinearnos con nuestro compás interior.

Martha Beck habla de los dos “yo’s” que tenemos todas las personas.

El “yo esencial” contiene toda la información relacionada con nuestro propósito de vida. Sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría. Es un instrumento de navegación muy sofisticado.

También tenemos un “yo social”… esa parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es un de kit de habilidades que nos ayuda a conducirnos por la vida.

Cuando nuestros dos “yo’s” están conectados y en constante comunicación, tomamos decisiones congruentes con nuestro sentido de vida. Logramos atravesar el miedo y tolerar la incomodidad temporal para acercarnos a nuestra mejor versión posible.

La cosa es que el mundo exterior es estruendoso, está lleno de reglas y expectativas que cumplir. Y el “yo social”, que es obediente, complaciente y muy servicial, va silenciando a nuestro “yo esencial” hasta que naufragamos, en lugar de navegar.

En ese proceso el miedo juega un papel protagonista.

Las decisiones que implican retar el “status quo”, romper con una manera de vivir, salir de la zona de seguridad o decir “ya no” invariablemente vienen de la mano del miedo.

El miedo nace en nuestro cerebro reptiliano, encargado de activar el mecanismo de sobrevivencia “escapa, pelea o paralízate”. Esa “lagartija”, como le dice Beck, continuamente genera mensajes de alarma para recordarnos todo lo que necesitamos pero no tenemos –suficiente amor, tiempo, dinero, trabajo- y todo lo terrible e inminente que puede pasar. Anuncia sin tregua escasez y ataques.

Entonces vivimos luchando para ver más allá de la cortina de miedo que fabrica el reptil que llevamos dentro.

Dada la realidad anterior…

¿Cómo tomar decisiones cuando el miedo que sentimos es tan real?

¿Cómo tomar decisiones cuando romper con el molde para seguir a nuestra estrella polar produce el mismo miedo que hacerlo para entrar en la boca de un cocodrilo hambriento?

Tomar decisiones sería más sencillo si analizáramos un poco menos con la cabeza, sintiéramos más con el corazón y nos sintonizáramos con nuestro cuerpo para escucharlo.

Si reconectamos con nuestra brújula interna y ponemos atención a nuestras reacciones podemos identificar dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir encadenados –“grilletes cerrados”– y otra que nos hace sentir libres –“grilletes abiertos”-.

Piensa en un grillete, como el que ponen alrededor de una pata a los elefantes de circo. Si el grillete está cerrado, el elefante está encadenado; si está abierto, el elefante es libre para caminar.

Para mí fue fácil entender este concepto pensando en diferentes personas y explorando la sensación que me producía pensar en ellas.

Haz una lista de la gente con la que convives más seguido y revisa cómo reaccionan tu cuerpo y tu mente cuando las imaginas.

Cuando yo pienso en mi mejor amiga se me dibuja una sonrisa en la cara y siento paz… “grilletes abiertos”/libre. En cambio, cuando pienso en mi tía esquizofrénica mis músculos se tensan, me gira la cabeza a toda velocidad, sale humo verde por mis orejas y quisiera huir a marte… encadenada/”grilletes cerrados”.

Una endodoncia sin anestesia… ¿grilletes cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; reunión con un jefe déspota y arrogante…¿cerrados o abiertos? ¡Cerrados!; renunciar al trabajo exitoso que tienes como contador en la empresa de tu papá para convertirte en salvavidas en las Bahamas porque siempre quisiste vivir en la playa… ¿aprisionador o liberador? ¡liberador!.

Entonces cuando estés frente a una decisión importante aplícate la prueba rápida: ¿Cómo se siente esto?… ¿grilletes cerrados o abiertos?

Y aquí es donde encaja la frase del inicio.

Así como el océano siempre sabe a sal… una decisión, persona, lugar o experiencia que nos acerque a nuestra mejor versión vendrá con un miedo que sabe a libertad.

 

Dime qué tan bien conectado estás y te diré qué tan feliz eres

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Los seres humanos venimos programados de fábrica con el deseo de formar parte de una comunidad. Además, nuestro potencial para ser felices y cumplir nuestras metas es mayor cuando estamos conectados e integrados con diferentes grupos sociales.

Estar solos con nuestros pensamientos y desconectados de todos los demás es, en ocasiones, necesario y reparador; sin embargo, el asilamiento social no es un modo de vida asociado con el bienestar… tampoco con la felicidad, la productividad o el éxito.

Una de las herramientas de la literatura que más me han servido para elevar mi bienestar emocional y lograr mis metas personales es el concepto de “comunidades de interés”.

Lo leí por primera vez hace unos años en el libro “The business of happiness: 6 secrets to extraordinary sucess in life and work” de Ted Leonsis. Te comparto lo que aprendí.

Generalmente, las personas más felices y exitosas tienen en común la habilidad de funcionar en múltiples comunidades, pertenecen a una gran variedad de grupos, les interesa participar y disfrutan haciéndolo.

Una comunidad de interés está formada por personas que tienen gustos, preferencias, pasiones, actividades o necesidades en común.

Estas comunidades permiten el intercambio de ideas, reflexiones o la práctica de alguna actividad en particular –pintura, círculos de lectura, grupos de apoyo, ciclismo, amigos del colegio, martes de dominó, compañeros de trabajo, coro de la iglesia, clase de tejido, Fantasy football, voluntariado, etc.-

¿Cómo podemos trabajar con este concepto de comunidades de interés para potenciar nuestra felicidad y cumplir nuestras metas?

Con un ejercicio muy sencillo de 4 pasos.

Paso 1. Consiste en mapear todas las comunidades de interés a las que perteneces y pensar en cómo te conectas. Aquí tienes algunas ideas: familia, amigos del colegio en todas sus etapas, hijos –todo lo que gira alrededor de ellos-, actividades espirituales, trabajo, deporte y equipos, cultural, pasatiempos, filantropía, comunidades en línea.

Identifica las grandes categorías de tu vida y después analiza una capa más abajo. En deportes pueden ser los fans de algún equipo, grupo de corredores, gimnasio; en pasatiempos, coleccionistas de Star Wars, amigos del cine, fotografía, huerto comunitario, club de perros salchichas de la ciudad; en línea… Facebook, LinkedIn, You Tube, etc.

Ya que identificaste todos tus grupos de interés es recomendable pensar en el tipo de interacciones que tienes en cada uno. Por ejemplo, con mis compañeros de preparatoria me conecto en la reunión anual de generación y por medio de un grupo de WhatApp. Así con todas. La idea es que te ubiques en todas tus redes.

Paso 2. Tiene ver con ubicar las comunidades de interés que son más importantes para ti, las que te gustan pero has desatendido, las que extrañas y te gustaría revivir, aquellas en las que participas –y odias- activamente y deberías abandonar, las que ya no son relevantes. Este paso es parecido a hacer una limpia del clóset.

Paso 3. Es mi favorito pues invita a pensar en comunidades a las que te gustaría o tendrías que pertenecer para cumplir tus sueños y vivir más feliz. Entonces, por ejemplo, si siempre has querido escribir un libro podrías ubicar todas las comunidades donde hay escritores -blogs, revistas, clases de escritura creativa, presentaciones de libros donde puedes conectar con autores, ferias de libro-. Esto fue justo lo que a mi me funcionó para finalmente escribir mi libro y la idea la recibí en otra de mis comunidades de interés: mi salón de clases.

Cuando te unes a una comunidad tienes acceso a su conocimiento, experiencia y motivación. ¿Siempre has querido tirarte de un paracaídas?… El primer paso consiste en acercarte a gente que ya lo ha hecho. Únete a una clase de cocina vegana si tu salud requiere un cambio de alimentación o inscríbete en un sitio en línea si es que estás buscando pareja.

Paso 4. Es un llamado a la acción. Mis alumnos y yo ponemos dos minutos en un cronómetro y escribimos todas las ideas de micro acciones que podríamos tomar para acercarnos e integrarnos a una nueva comunidad de interés. Al finalizar el tiempo, cada quién elige la que más le gusta y queda de tarea ejecutarla dentro de los siguientes dos días.

Funciona cada vez.

Cuando nos conectamos con un propósito, los beneficios para nuestro bienestar son mayores. Y nada como alimentarnos de la compañía, ánimo, energía y sabiduría de quienes ya ha recorrido parte del camino.

Y a ti… ¿A cuál comunidad de interés te gustaría pertenecer?

 

Fuerza de voluntad: Ingrediente fundamental para lograr tus propósitos

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Tengo una pregunta para ti…

¿Cómo vas con tus propósito de año nuevo?

Estamos en la segunda semana de enero. Quizá aún estás motivado y cumpliendo con tus objetivos a cabalidad. Pero no te confíes…

Estamos acercándonos a la zona de peligro: el tercer lunes del año, que ha sido bautizado en Estados Unidos como “el día más deprimente del año”, pues es cuando una enorme cantidad de propósitos salen volando por la ventana. Alrededor de estás fechas nos alcanza la rutina, regresa la sobrecarga de trabajo y llegan los estados de cuenta con el resumen de todo lo que gastamos durante la época navideña.

Nuestra fuerza de voluntad, que pensábamos era de acero e infinita, empieza a quebrarse, las tentaciones son cada vez más difíciles de combatir y lentamente –o de trancazo- regresamos a nuestro modo “default” o automático, a ese que es conocido, fácil y dominamos con los ojos cerrados.

Cambiar nuestros hábitos y conductas requiere de autocontrol –fuerza de voluntad-, así que hablemos un poco sobre este concepto.

Nuestra fuerza de voluntad es como un músculo. Se cansa luego de un periodo de uso intenso, necesita descanso para recuperarse, mantenimiento para conservarse y, con ejercicios de repetición en el tiempo, crece y se fortalece.

¿Te ha pasado que se te hace tarde en la mañana para ir al gimnasio, te propones ir en la tarde saliendo de la oficina y cuando llega el momento estás tan cansado que dices “mejor voy mañana”?, o ¿Te ha pasado que le dices setenta veces “no” a una de tus hijas que insiste en tener un caballo en el jardín de la casa y luego llega la otra para preguntarte si puede cenar helado de chocolate y le dices que “si”?, o ¿Llegas a tu casa más temprano, tienes tiempo para leer o completar un pendiente, pero prendes la televisión y te avientas 4 capítulos de la serie en turno?

Nuestra fuerza de voluntad se debilita a medida que avanza el día porque nos cansamos. El esfuerzo que hacemos para mantener el control en diferentes frentes es desgastante. Nuestra capacidad de autocontrol se consume de la misma manera que el combustible de avión durante el vuelo.

¿Qué agota nuestra fuerza de voluntad? Tratar de complacer a todos a nuestro alrededor, controlarnos para no mandar a volar a un jefe que no respetamos, hacer muchas cosas al mismo tiempo, convencer a otras personas para que hagan lo que queremos, no opinar, esconder nuestras emociones, tratar de pertenecer y agradar, tomar decisiones de todo tipo durante el día, dormir pocas horas, pasar largos ratos sin comer o tomar agua.

Te comparto un dato que me parece interesante… Si te invitan a un bautizo a media mañana, por ejemplo, y logras mantenerte lejos de los tamales, el pastel y el chocolate caliente durante la celebración, tus probabilidades de sucumbir a tentaciones más adelante en tu día son mayores. ¿Por qué? Porque utilizaste una dosis grande y concentrada de tu fuerza de voluntad disponible y llegas a la tarde con el tanque casi vacío.

La calidad de las decisiones que tomamos baja considerablemente cuando estamos cansados y podemos caer en uno de dos escenarios: decidimos de manera irresponsable o precipitada –compras, consumo de alcohol, sexo, comida, Netflix, gritos- o sucumbimos al “status quo” y dejamos todo para después.

¿Como podemos cuidar nuestra fuerza de voluntad?

Atención plena. Es importante identificar los momentos en el día en que nos sentimos más cansados, así como las actividades que más nos desgastan. Si sabes que las primeras horas de la mañana no son lo tuyo, entonces no decidas levantarte a hacer ejercicio muy temprano.

Los básicos en orden. Para conservar nuestra fuerza de voluntad es fundamental comer sano, estar activos y dormir suficiente. Cuando estamos deshidratados nuestra capacidad de enfoque disminuye; cuando pasamos largos ratos sin comer, baja el nivel de glucosa y esto hace que nuestro cuerpo “pida” carbohidratos de rápida absorción –galletas, dulces, donas-.

Bienestar emocional. Es muy difícil comprometernos con algo y mantener la motivación cuando nos sentimos tristes, asustados, ansiosos. Nuestra fuerza de voluntad crece cuando nuestro bienestar emocional es positivo.

Simplificar. Tomar decisiones agota. Hace un tiempo leí que Barak Obama, Ex-Presidente de Estados Unidos, se vestía únicamente con trajes de color azul o gris y dejaba que otros se encargaran de los detalles mundanos de su vida, por ejemplo, cuáles calcetines ponerse y qué comer. Con esto liberaba espacio para tomar las decisiones importantes. Hay quienes deciden vestirse usando las mismas combinaciones…. jeans y camiseta blanca los martes; otras personas, empacan la misma ropa cuando hacen un viaje de trabajo.

Con lo anterior se me ocurre que si queremos trabajar en un cambio de conducta que requerirá de mucha energía, una manera de simplificarnos durante el proceso podría ser usando un “uniforme” – dos o tres combinaciones de ropa nada más- o decidiendo por adelantado qué vamos a comer toda la semana.

Cuidado con el alcohol. En su libro “Getting Grit”, Caroline Adams Miller, explica que el alcohol es el principal aniquilador de la fuerza de voluntad. Consumir alcohol inhibe nuestra habilidad para decir “no” y desencadena otras conductas negativas, como tomar más alcohol, comer más, gastar más dinero, dificultad para controlar la ira y otros comportamientos autodestructivos.

Tiende tu cama en la mañana. Esta idea, sencilla y poderosa, es uno de los ejemplos clásicos en cualquier libro sobre cambio de hábitos. Al igual que el ejercicio y dormir suficiente, tender la cama es considerado un hábito “clave” pues tiene un efecto en cadena de resultados o conductas positivas en otras áreas. Tender la cama representa ganar una “pequeña batalla” que pone a nuestro cerebro en modo éxito y genera la motivación para seguir y lograr más.

Mantén ordenado tu espacio. El desorden exterior contamina nuestro interior. El orden es otro hábito “clave”. Te recomiendo que explores la serie de Netflix “Tidying up”, de la japonesa Marie Kondo que está causando revuelo en las redes sociales. Su método funciona.

Diseña tu entorno para el éxito. El medio que nos rodea influye de manera importante en nuestro comportamiento. Antes de iniciar cualquier cambio, vale la pena dedicar tiempo a diseñar nuestro entorno para el éxito. Si tu propósito es bajar de peso, entonces no tengas comida chatarra en tu casa y asegúrate de quitar el plato de galletas de tu vista; si tu objetivo es terminar de escribir tu libro, entonces elimina las notificaciones de tu móvil.

Para lograr nuestros propósitos de año nuevo necesitaremos fuerza de voluntad. Si trabajamos para conservarla elevaremos nuestras posibilidades de recorrer el camino exitosamente.

Una nota final… Decide continuar intentado a pesar de los tropiezos, la fuerza de voluntad crece con ejercicios de repetición.

 

2019: Una nueva oportunidad para convertirte en la persona que quieres

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Hace poco escuché decir a alguien que las personas se dividen en dos grupos: las que dividen a las personas en dos grupos y las que no.

En este sentido, cuando reinicia el calendario podríamos separar al mundo en los que hacen propósitos de año nuevo y los que no.

Yo me quedo en el grupo de los que sí.

Me inspira la página en blanco del día uno para escribir en ella mis intenciones, delinear sueños y renovar energías. Me ilusiona pensar que tengo una nueva oportunidad para acercarme a una versión más auténtica de mi misma y completar los ítems en la lista que aún están pendientes.

Antes de trazar la ruta de vuelo para el año que empieza, me gusta revisar el año que terminó. Resaltar logros es, sin duda, muy gratificante. Sin embargo, he notado que con el paso del tiempo… lo que NO hice pesa un poco más.

Las oportunidades que no tomé, las decisiones que diferí, las llamadas o visitas que no hice, los proyectos que no desarrollé, los “te quiero” que no dije, los miedos que no vencí y las responsabilidades que no asumí se convierten en punzadas incómodas.

¿Por qué diferimos o no logramos convertirnos en la persona que queremos?, ¿Por qué no hacemos esos cambios que intuimos se traducirán en una vida más plena y feliz?

El proceso de cambio es simple, pero no fácil. Modificar nuestros hábitos y conductas es sumamente difícil.

Hacer las cosas de diferente manera requiere de un esfuerzo sostenido monumental que incluye, entre otras cosas, vencer pensamientos, creencias y excusas que sabotean nuestros intentos de despegue o nos derriban luego de cortas horas de vuelo.

Marshall Goldsmith, un reconocido coach ejecutivo a nivel mundial, presenta en su libro “Triggers” un método para crear cambios de conducta sostenidos en el tiempo.

El proceso comienza por desenmascarar y conocer las creencias internas que comúnmente detonan el fracaso en el cumplimiento de nuestros objetivos.

Te las comparto para que estés alerta. Si aparecen y rondan por tu mente ahora que estás planteándote nuevas metas, considéralas una señal de alarma y reconfigura.

  • “Si lo entiendo, lo hago”. Hay una diferencia importante entre entender algo y hacer algo. Por ejemplo… sabemos que comer donas es malo para la salud, pero eso no necesariamente se traduce en que dejemos de comerlas. También se requiere motivación, habilidad y esfuerzo

 

  • “Tengo fuerza de voluntad y no sucumbiré a las tentaciones”. Sobrestimamos nuestra fuerza de voluntad y subestimamos el poder que tienen los distractores a nuestro alrededor para descarrilarnos. Es mejor asumir que las tentaciones serán numerosas y anticiparlas que caer víctimas del exceso de confianza.

 

  • “Hoy es un día especial”. Es la excusa perfecta para otorgarnos una licencia a medio proceso y elevar las probabilidades de rendirnos. Sucumbimos a la gratificación de corto plazo porque “hoy es mi cumpleaños”, “es viernes”, “es Navidad”. El cambio verdadero y auténtico tiene que ser consistente.

 

  • “Al menos soy mejor que…”. Es muy fácil justificar nuestras fallas cuando recurrimos a comparaciones que nos dejan mejor parados que a alguien más. “Al menos no soy tan patán como mi cuñado”, o “pero ella es más impuntual que yo”, por ejemplo. No ser lo peor del mundo es una salida fácil y nos da un falso sentido de inmunidad.

 

  • “No necesito ayuda ni estructura”. En esta creencia juegan varios factores en contra: nuestra fe en que podemos salir adelante solos, la idea de que sólo lo complejo requiere de nuestra atención y nuestro desprecio por las instrucciones y la necesidad de seguimiento. La creencia de que somos excepcionales nos impide buscar ayuda y estructurar nuestro entorno para el éxito. Mejoramos nuestras probabilidades de lograr nuestros objetivos cuando reconocemos que necesitaremos asistencia en el trayecto.

 

  • “No voy a cansarme ni a perder el entusiasmo”. Cuando planeamos pensamos que nuestra energía es perpetua y que lograremos permanecer motivamos 24/7. La energía y la motivación son finitas. Vale más recordar que eventualmente nos sentiremos cansados y contemplar tiempo de recuperación.

 

  • “Tengo todo el tiempo del mundo”. Esta creencia es combustible para la postergación. Pensamos que el tiempo es un continuo abierto y que siempre tendremos oportunidad de hacer lo que queremos. Además, crónicamente subestimamos el tiempo que necesitamos par hacer las cosas. Es mejor empezar hoy y asumir que quizá nos tome un poco más de lo deseado.

 

  • “No voy a distraerme y no habrá imprevistos”. Nos hacemos expectativas poco realistas. No planeamos ni para las distracciones ni para los imprevistos. Por ejemplo… ¿Qué voy a hacer si amanece lloviendo y no puedo correr en la calle?, ¿Qué pasa si mi hija tose toda la noche y no puedo dormir?, ¿Qué pasa si me invitan a salir?

 

  • “Una epifanía cambiará mi vida”. Caemos presas del pensamiento mágico cuando creemos que lograremos cambiar repentinamente como resultado de una gran idea, un momento de iluminación o finalmente encontraremos la fuerza de voluntad. La realidad funciona más apegada al dicho: “un viaje de mil millas comienza con el primer paso”.

 

  • “Mi cambio será permanente y nunca más tendré que preocuparme”. Llegar al destino no es lo mismo que quedarse ahí. Alcanzar nuestro peso deseado no garantiza que nos quedaremos ahí sin compromiso y disciplina. Un falso sentido de permanencia puede debilitar y echar para atrás nuestros logros. Es necesario seguir haciendo el trabajo.

 

  • “No habrá nuevos problemas cuando elimine mis viejos problemas”. Nos olvidamos de los retos futuros cuando pensamos que al resolver un problema viejo no aparecerán nuevos. Finalmente te promueven a director y ahora tienes los problemas de director.

 

  • “Mis esfuerzos serán justamente compensados”. Es importante realizar cambios cuya motivación viene del corazón. Cambiar para cumplir con las expectativas de alguien más esperando una recompensa es receta para el resentimiento.

 

  • “No puedo cambiar porque eso me hace poco auténtico”. En ocasiones nos resistimos a adaptar nuestra conducta a situaciones nuevas argumentado que nosotros somos o no somos de cierta manera… “No puedo empezar a abrazar a mis hijos porque no soy cariñoso”. Cambiar nos obliga a salir de nuestra zona de seguridad.

 

  • “Tengo la sabiduría para evaluar mi propia conducta”. Cuando creemos que tenemos la capacidad para juzgar nuestro propio desempeño de manera imparcial nos engañamos. La gran mayoría de las personas creemos que mientras todos los demás sobreestiman su desempeño, nosotros nos autoevaluamos de manera correcta y objetiva. Para elevar nuestras probabilidades de éxito es importante recurrir al punto de vista de un tercero.

¿Te sonaron conocidas?

Elegir y diseñar propósitos de año nuevo o metas personales tiene ciencia detrás. Si te interesa profundizar en este tema sigue los vínculos a los siguientes artículos: “De propósitos, hábitos y mulas”, “El jinete, el elefante y los propósitos de año nuevo” y “El secreto detrás de los propósitos de año nuevo que sí se cumplen”.

Quizá la pregunta que debemos plantearnos antes de hacer una lista de nuevas intenciones es: ¿Cómo quiero sentirme? A partir de esta reflexión podemos confeccionar un propósito justo a la medida.

Con esta pregunta parto yo.

Aprovecho este espacio para desearte un ¡feliz 2019!

 

El sabor agridulce de la Navidad

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Las expectativas son altas en estas fechas.

Durante la época navideña ser feliz es obligatorio. Al menos, ese parece ser el mensaje.

Lo esperado es sentirnos amorosos, inspirados, generosos y transitar por los días al son de los villancicos y el olor a galletas recién horneadas.

El pino tiene que estar decorado como para portada de revista, la casa también. Regalos para todos cuidadosamente escogidos, perfectamente envueltos y rematados con tarjeta personalizada mandada a hacer.

Comida deliciosa para compartir con todos los integrantes de la familia, que por la ocasión, desplegarán su versión personal más educada, cariñosa y divertida.

Relacionamos la Navidad con familias perfectamente unidas, melódicas y alegres, con celebraciones especiales e inolvidables.

Y sin embargo…

La temporada navideña no es fácil para la mayoría.

Estas fechas resaltan las dificultades económicas, la pérdida de seres queridos y los alejamientos físicos o emocionales consecuencia de conflictos de todos los colores.

Se intensifican las emociones difíciles –depresión, estrés, soledad, tristeza- y las ausencias se hacen más presentes.

La época navideña acentúa lo que falta y hace que el corazón se sienta pesado.

¿Cómo es esto?

Varios factores influyen negativamente en el espíritu navideño…

Económico. Me parece que hemos corrompido el sentido de la Navidad. Hemos convertido una tradición que invita a la reflexión y a la renovación personal en un circo de consumo y materialismo.

Es una época cara pues hay que vestirse bien, peinarse y maquillarse para los innumerables eventos sociales. Nos sentimos obligados a mostrar afecto con regalos lujosos para todos, participamos en múltiples intercambios o planeamos viajes exóticos.

La presión económica es enorme si nuestro presupuesto es limitado y puede detonar sentimientos de culpa, vergüenza, inseguridad. Nos angustia la posibilidad de ser juzgados si no “damos el ancho” cumpliendo con el estándar.

Estrés. Nuestras agendas dejan ver trazos de saturación en cualquier día del año, pero a partir de noviembre le subimos tres rayitas más a la locura y nuestro nivel de estrés aumenta considerablemente.

Desbordamos las calles, aumenta el tráfico, reventamos los centros comerciales y nos llenamos de compromisos sociales como si tuviéramos cuatro manos y un clon.

Detrás de cada compromiso social, por si fuera poco, hay una serie de tareas que completar… Cita en el salón de belleza, elegir el “outfit”, comprar regalo para los anfitriones y envolverlo con papel especial, moño y tarjeta. No olvides llevar tu mejor actitud.

Y a la agenda de los adultos aún tenemos que sumarle la de los hijos. Ellos también son requeridos por todos lados.

Soledad. Para las personas que están solas esta época puede resultar especialmente complicada, pues una de las características que distinguen a la Navidad es la convivencia con los seres queridos.

Las ausencias se recalcan.

Quizá es la primera navidad que pasas sin tu mamá, sin tu papá, sin tu hijo. Quizá recuerdas a alguien muy querido que se fue en estas fechas y te envuelve una vez más la sensación de duelo. Quizá es tu primera Navidad después de un diagnóstico adverso o un divorcio. Quizá te toca trabajar y pasarla solo.

Se agrandan las distancias entre familiares o amigos separados por enojos. La nostalgia y melancolía ganan terreno. Crecen la culpa, el resentimiento, la impotencia, la tristeza. No terminas de entender.

¿Qué podemos hacer para mitigar los sabores agridulces de la Navidad?

Se me ocurren algunas cosas…

Volver a lo esencial. En realidad, la Navidad nunca ha tenido que ver con lo material. Este último ingrediente es sólo una manera más en que las personas hemos decidido complicarnos la existencia -a nosotros mismos y a los demás-.

Simplificar al extremo. Podemos regalar solamente a las personas más cercanas o a alguien que verdaderamente lo necesite. Si tenemos que quebramos la cabeza pensando qué regalarle a nuestros seres queridos muy probablemente signifique que ya tienen todo.

No envuelvas regalos. Además de ahorrar tiempo y dinero, generamos menos basura y cuidamos la tierra. No mandes a hacer etiquetas exclusivísimas, tu letra fea en una nota personalizada le da más sentido al regalo. Limita tu presencia en eventos sociales y asiste únicamente a los que verdaderamente te inspiran.

Practicar la gratitud. En esta temporada en que resaltan las ausencias y las carencias es primordial hacer un intento por ver el mundo a través de un lente de abundancia. Es fundamental hacer el recuento de lo que sí tenemos, de lo que sí logramos, de los sueños que sí cumplimos, de las canciones que sí bailamos.

Hacer trabajo voluntario. Salir de nosotros mismos para contribuir positivamente a nuestro alrededor abona a nuestro sentido de vida. Si las finanzas están apretadas –y aunque no- seamos generosos con nuestra presencia y atención. Regala tu compañía, anótate en la cocina para ayudar a preparar la cena, sirve comida en algún albergue.

Ajustar expectativas. Ser familia no es sinónimo de llevarse bien. Aceptemos que el abuelo gruñón será el abuelo gruñón también en navidad; la tía loca seguirá tan loca como cualquier día entre semana. No tomemos las cosas personalmente.

No aislarse. Pasa tiempo con la gente que quieres, busca a tus amigos, únete a celebraciones de la comunidad, ve a tomar un café, a la librería, haz un tour por la ciudad. Resiste la tentación de envolverte en una cobija y hacerte bola en la esquina de tu sillón –a menos que ese sea el plan que te haga feliz-.

Honrar las ausencias. Está bien sentirte triste cuando falta alguien, pero tratar de ignorar las ausencias no es la forma más efectiva de lidiar con ellas. Haz una ceremonia, di algunas palabras, integra una fotografía a la celebración, recuerda una anécdota, llama por teléfono, envía un mensaje.

Aprovecho este espacio para darte las gracias por acompañarme todo el año leyendo y compartiendo estos artículos.

¡Feliz (agridulce) Navidad!