Reporte Mundial de la Felicidad 2020

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Hace unos días salió el Reporte Mundial de la Felicidad 2020. Este es el octavo año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Esto me parece increíble, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

Hace 20 años, cuando comencé a rodar junto al estudio académico de la felicidad, un reporte como este parecía imposible. Hoy que leo esta octava edición confinada en mi casa debido a la pandemia del COVID-19 caigo en la cuenta de que hasta lo inimaginable puede pasar.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 153 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año, el Reporte se enfoca en el rol que juegan tres diferentes entornos en el bienestar: social, urbano y medio ambiente. Algo me dice que el próximo año estaremos leyendo un apartado especial sobre el Coronavirus y sus efectos en la felicidad.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2020.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto por tercer año consecutivo; mientras que Afganistán, el país con el nivel más bajo. En el continente americano, Canadá ocupa la posición número 11 y Estados Unidos la 18.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Dinamarca, Suiza, Islandia, Noruega, Holanda, Suecia, Nueva Zelanda, Austria y Luxemburgo.

Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los países nórdicos se caracterizan por un círculo virtuoso en el que varios indicadores culturales e institucionales clave se alimentan entre sí: una democracia que funciona, servicios sociales generosos y efectivos, bajos niveles de criminalidad y corrupción, así como ciudadanos satisfechos que se consideran libres, tienen confianza entre ellos y en sus instituciones gubernamentales.

Los países en los 20 primeros lugares son los mismos que el año pasado; sin embargo, algunos cambiaron su posición dentro del grupo. Luxemburgo, por ejemplo, pasó del lugar 14 al 10 y por primera vez entró al grupo de los “Top Ten”. Suiza ganó tres posiciones pasando de la sexta posición a la tercera.

Los diez países con las caídas más grandes en el índice de felicidad han experimentado alguna combinación de estrés económico, político y social. Los 5 países que han registrado el mayor deterioro desde 2005-2008 son Venezuela, Afganistán, Lesoto, Zambia y la India.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 15. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index.

México apareció este año en el lugar número 24. Perdimos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 153 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-. Por otro lado, no es tan bueno cuando observamos que la tendencia a lo largo de estos ocho años es decreciente. México parece estar moviéndose en dirección equivocada.

En promedio, los países latinoamericanos tienen niveles de felicidad superiores a los pronosticados por el modelo. En otras palabras, creamos más felicidad con los mismos recursos -le sacamos más jugo al mismo limón-. Esta diferencia se atribuye a una variedad de factores, incluyendo el rol que juegan la familia y la vida social.

Este año, el Reporte Mundial de la Felicidad analiza con detalle el efecto que tienen la calidad de las conexiones interpersonales y las instituciones sociales. Los individuos que confían más en las instituciones de sus países y tienen alguien con quien contar, tienen niveles de bienestar más altos pues tienen mejores recursos para hacerle frente a situaciones negativas como: mala salud, desempleo, bajo ingreso, discriminación, rupturas familiares y miedo en relación con la seguridad en las calles.

Un ambiente social confiable no sólo es un soporte directo para la calidad de vida individual, sino que reduce los costos de la adversidad en el bienestar. Una red sólida de apoyo y la ausencia de corrupción son factores especialmente importantes para aumentar la felicidad y reducir la desigualdad.

El Reporte de este año incluye un “ranking” de las ciudades más felices. Helsinki, en Finlandia, está en primer lugar. San José, Costa Rica, encabeza la lista de las ciudades latinoamericanas con la posición 11. La ciudad estadounidense con el nivel de felicidad más alto es Washington en el lugar 16; la Ciudad de México ocupa el 38.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su octava edición. Vamos acerándonos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción y conociendo los factores que disminuyen la felicidad.

 

Coronavirus: una oportunidad para conectar con lo esencial.

Vivir esta pandemia es para mí como entrar poco a poco en un mundo surrealista con realidades alternativas.

Las noticias llegan, sin ponerse de acuerdo, atropellándose unas a otras. Es difícil distinguir lo qué es cierto de lo qué no. El aire está lleno de rumores, pronósticos, incertidumbre.

Suenan voces pesimistas; también las optimistas que hacen contrapeso. Llegan ondas de ansiedad que viajan desde todos los destinos.

Regresan a mi mente las palabras de Viktor Frankl…

“Cuando no podemos cambiar la situación, tenemos el reto de cambiarnos a nosotros mismos”.

Y otra más…

“Entre estímulo y reacción hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder para cambiar nuestra respuesta.”

Podemos elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia.

De frente a esta crisis sanitaria global podemos elegir entrar en pánico -con todo lo que eso significa- o la calma.

Podemos reaccionar impulsivamente o detenernos un momento para pensar y actuar asertivamente.

Este arresto domiciliario es una oportunidad para bajar las revoluciones, dejar de correr a toda velocidad en piloto automático. Conectar con nuestra familia, conectar con nuestro interior. Volver a lo sencillo y a lo esencial.

Podemos aprovechar esta pausa obligatoria para practicar la gratitud. Apreciar la salud, valor los momentos en que todo va bien.

Practiquemos la bondad, cuidémonos los unos a los otros, no compremos lo que de momento no necesitamos para que quienes sí lo necesiten, lo encuentren.

Seamos pacientes y muy prudentes. Sigamos las recomendaciones preventivas pensando no sólo en nosotros, sino en todos los demás.

Que este virus que tiene a nuestro mundo de cabeza saque nuestra mejor versión y nos conecte con el corazón de nuestra humanidad compartida.

¿Será que estamos despertando?

nadie se mueve

¿Dónde estuvimos todos estos años? ¿Cómo fue que la violencia fue ganándonos tanto terreno? ¿Será que nos metimos en nuestros aparatos electrónicos para turistear ciberespacios y deshabitamos la comunidad en que vivimos? ¿Estamos anestesiados?

¿En qué momento nos atrapó la indiferencia?, ¿Con qué fertilizamos esta desgana que crece en todas direcciones? ¿Cómo es que todos los días desaparecen niñas, niños, mujeres y hombres de nuestras calles?

¿Qué se supone que debemos decirle a nuestros hijos cuando escuchan noticias como la de Fátima? ¿Cómo explicamos esa? ¿Cómo hacemos para que crezcan sin miedo a vivir, al mismo tiempo que necesitan de la desconfianza para cuidarse?

¿Por qué nos hacemos de la vista gorda? ¿Por qué decidimos no escuchar? ¿Por qué cerramos la boca para no comprometernos? ¿Por qué dejamos de sentir? ¿Es más cómodo? ¿Es más fácil? ¿Por flojera? ¿Porque vivimos de prisa? ¿Porque nos convencimos de que es imposible hacer algo al respecto? ¿Porque nos estacionamos en la resignación? ¿Porque no conviene?

¿A título de qué creemos que podemos desentendernos? ¿Cómo es que exigimos un mundo diferente sin arremangarnos para construir el bienestar que tanto anhelamos? ¿Por qué queremos que alguien más haga el trabajo?

¿Qué nos hace pensar que poner un contundente reclamo en Facebook ya es hacer algo? ¿En qué momento reemplazamos las acciones concretas para solucionar problemas con quejas huecas? ¿Por qué compartimos memes crueles, llenos de burla y faltos de sensibilidad? ¿Y si en lugar de lamentarnos, pasamos a la acción?

¿Y si encendemos el botón de la empatía? ¿Y si nos incomodamos un poco? ¿Y si levantamos la vista del teléfono? ¿Y si apagamos el piloto automático? ¿Y si hacemos una pausa para corregir el rumbo? ¿Y si practicamos la compasión?¿Y si somos más valientes?

¿Y si nos cuidamos unos a otros? ¿Y si cuidamos a todos los niños, aunque no sean nuestros? ¿Y sí cuidamos a todas las mujeres? ¿Y si cuidamos a todos los hombres? ¿Y si nos tomamos enserio el llamado a unirnos el 9 de marzo para darle reversa a la violencia?

¿Y si cerramos filas bajo un “hashtag” que incluya a todos?

¿Y si #niunapersonamenos?

¿Y si ya despertamos?

Las cartas de mi Tío

Correspondencia

Uno de los tesoros más lindos que encontré en mi cofre durante el viaje que hice al pasado fueron las cartas con remitente de la Embajada de México que recibí desde diferentes partes del mundo.

El autor es mi Tío y sus letras desataban una explosión de imágenes en mi cabeza.

Encontrarme con sus relatos fue como recibir un boleto para volver a ver tramos de la película de mi vida entre 1986 y 1990. Recuperé memorias, revisité lugares, reaprendí lo que había olvidado, me divertí con sus descripciones y terminé invadida por el deseo de conocer la historia de mis ancestros.

Las cartas de mi Tío son todas iguales en su estructura y forma. La ciudad y el país desde donde escribía junto con la fecha en la parte superior de la hoja.

Con excepción del saludo, su firma y las letras que agregaba a mano luego de revisar el texto y descubrir que faltaban, están escritas con máquina. Sí sobre la marcha se le escapaba una letra, por ejemplo, “¡nada de esox!” abría un paréntesis “(no hagas caso de la x, se metió sin querer)” para dejarme saber que había notado la intromisión y seguía.

Los escritos de mi Tío incluyen el recuento de sus últimas noticias y comentarios sobre las mías. Datos, pedazos de historia y descripciones con las que dibujaba ventanas para que yo pudiera echar un vistazo al lugar donde vivía. Seguido encontraba la manera de integrar a sus relatos anécdotas de personajes de nuestro árbol genealógico. Dedicaba un par de líneas a consejos y recomendaciones. Lo que no sabíamos, en ese entonces, es que sus cartas también contenían augurios.

Pocas cosas me gustan más que viajar y sospecho sus narraciones con tinta de fantasía tuvieron algo que ver.

En Finlandia vivió en una isla llamada Katajanokka, con vista a Helskinki, que tenía 4 cuadras de ancho y 10 de largo. Su primera casa, a pesar de ser pequeña, tenía 25 puertas. Esto era un lío pues ocurría que pensando que abría una puerta para salir a la calle, más bien entraba en un clóset. Para resolver el problema de “puertitis” se cambió de casa. En la nueva el tema era que el mar quería entrar por la ventana desde la cual él estiraba la mano para tocar los barcos y ver el faro del fin del mundo… “le pusieron así porque antiguamente pensaban que no había nada más allá (imagínate: no sabían que si navegaban un poco más, verían las costas de Polonia y de Alemania)”.

El mar se congelaba hasta parecer de vidrio, al grado que cuando salía la luna, se reflejaba iluminando todo y hacía posible caminar por el bosque sin perder la vereda y ver cada vena de las hojas de los árboles… “Es una sensación extraña y bonita, como si se viviera en un mundo de cristal en que la luz sale del suelo y no del cielo”.

En Seúl, Corea del Sur, las cocineras eran más chiquitas que una uña y las maestras de música parecían pajaritos mojados que se ponían nerviosas cuando los estudiantes no daban bien las notas.

Yo soñaba con conocer esos lugares.

Encontraba desviaciones de nuestros intercambios cotidianos para contarme historias familiares… “Porque en la escuela uno estudia historia de México y del mundo, pero rara vez le enseñan de su familia, que es de donde uno entiende por qué es como es”.

En esas épocas yo tomaba clases de piano. Gracias a una de sus cartas sé que mi bisabuela -aquella señora que yo siempre vi atrapada en un retrato tan grande como la pared y me seguía a todas partes con su mirada- cantaba y tocaba la guitarra. Su mamá tocaba la mandolina y su abuela el piano… “Así que si tú llegas a dominar un instrumento serás heredera de una tradición musical de más de ciento cincuenta años”. Destrocé la tradición.

A propósito de un viaje que hice a Manzanillo con mis amigas, me contó que mi abuelo paterno nació en Comala, un diminuto pueblo de Colima. Mi parte favorita fue leer que somos descendientes de un pirata, que en mi cabeza no puede ser más que Jack Sparrow.

Volviendo a leer la correspondencia de mi Tío encontré pedazos de mí.

En 1986 practicaba gimnasia, pero no por mucho tiempo más. Me ganó el miedo a hacer piruetas sobre la viga de equilibrio, renuncié a esa disciplina y a mi sueño de competir en las olimpiadas.

Andaba tratando de sacar buenas calificaciones para ganarme la bicicleta que me había prometido mi papá -no tengo recuerdos de la bici-. En 1988 estuve en la escolta e intenté el Karate… “no practiques con Teresa”.

Entonces recordé a Doña Tere, la nana que vivió en mi casa, con sus lentes de fondo de botella de tres centímetros de espesor que convertían sus ojos en puntos negros perdidos en el fondo del mar.

Aparecieron mis abuelas entre sus líneas. En una de sus cartas me cuenta lo bien la pasaron él y su mamá -mi abuela paterna- cuando lo visitó en Finlandia. Aprovecharon para ir a Lourdes, donde ella rezó horas enteras por cada uno de sus nietos y descubrió que la fascinaba la comida indonesia. En otra carta me pregunta cómo pasé las dos semanas que estuve con mi abuela materna en San Diego. Ese fue el último viaje que hice con ella. En esos intercambios ninguno de los dos sabíamos que mis abuelas no vivirían mucho tiempo más.

¿Y las premoniciones?

Por lo visto desde entonces me perfilaba hacia la escritura. Me preguntó por un cuento que escribí en 1985… “veo que te gusta escribir y contar cosas, no estaría de más que siguieras haciéndolo”. Y aquí ando, escribiendo.

“¿Y sabes por qué? Porque un escritor o un pintor puede crear un mundo nuevo para él y para quienes lo rodean, pues su imaginación le permite ver y pensar cosas que a nadie más se le ocurren”.

Desde entonces hablábamos de felicidad… “¿Sabes cuál es uno de los grandes secretos para ser feliz? Encontrar lo bello a todo, sin compararlo con nada, porque cada cosa es buena en sí misma, ¿o no? Lo mismo hay que hacer con las personas: aceptarlas como son, sin decir Fulana es más buena que Sutana, o Mangana mejor que Perengana. Todas son buenas, si uno quiere verles lo bueno”.

Había sabiduría también en los temas más simples… “Ni me digas que no te gustan las abdominales, dentro de veinte años vas a estar haciéndolas para que no te salga panza”.  Y sí.

Otros temas no mejoraron, por ejemplo, mi caligrafía… “¿De dónde sacas que tienes mala letra? Es muy clara y tiene mucha personalidad, así que no pidas disculpas por ella. Refleja tu carácter -seguro y muy terco-, ¿o no? Y eso no tiene nada de malo, mientras la terquedad la mantengas controlada y no la conviertas en necedad”. Esta batalla la perdí por todos lados. Mi letra es casi ilegible, sigo siendo terca y además me hice necia.

Esta aventura al pasado fue linda. Veo con claridad las cosas que consistentemente vibran conmigo: viajar, escribir, aprender, preguntar, hacer ejercicio, conectar con personas. Encontré versiones mías que dejaron de existir por las razones correctas, otras vencidas por el miedo. Me gustó darme cuenta de todo lo que intenté sólo por que sí. Traje al presente emociones que experimenté al lado de mis personas favoritas y descubrí nuevos intereses como el de conocer la historia de mis ancestros.

Fue un ejercicio de autoconocimiento que me permite recalibrar mi brújula interior y reforzar mi propósito de vida.

Hoy tengo una mejor idea de lo que quiero vivir en el presente, para que cuando desde el futuro visite mi pasado, como lo hice recorriendo estas cartas, encuentre a la persona que quiero ser y que logró serlo.

Los amigos son la familia que tú escoges

friends

Hace tiempo leí un artículo del New York Times que me atrapó con el nombre: “Si quieres un mejor matrimonio, compórtate como si fueras soltero”. ¿A poco no está sexy el título? Aquí te dejo el vínculo.

Aunque el encabezado logra levantar intrigas, en realidad el objetivo del artículo es resaltar lo importante y necesario que es tener una red sólida de amigos –aunque tengamos una pareja- para sentirnos felices y tener un bienestar emocional sano.

Y es que las parejas tienden, de manera natural, a reducir su mundo a las interacciones entre ellos y a su núcleo familiar. Esto es lo más cómodo, lo más sencillo y lo más practico; sin embargo, no es lo óptimo ni es suficiente.

Los amigos son un ingrediente clave en la felicidad, así que la publicación de hoy va con dedicatoria a la parte del día de San Valentín que se ocupa de la amistad.

Las personas venimos programadas de fábrica para conectar y pertenecer a un grupo. Estar aislados por periodos de tiempo largos es nocivo para nuestra salud.

Vivimos más tiempo y con más salud cuando tenemos lazos sociales estrechos; estudios muestran que la gente que tiene una red amplia de amigos y socializa de manera regular tiene un riesgo de mortalidad un 50 por ciento más bajo que aquellos que no.

Los amigos también contribuyen positivamente a nuestra salud mental. Contar con ellos nos hace menos propensos a experimentar tristeza, soledad, baja autoestima, trastornos alimenticios o de sueño.

Pasar tiempo con amigos tiene consecuencias positivas para la gente que vive con nosotros. Somos mejor idea para nuestra pareja e hijos después de pasar un rato agradable con amistades, pues regresamos recargados de energía, inspirados, más ligeros y, entonces, los recursos personales que ponemos a su disposición son de mejor calidad.

Los amigos agregan sabor a nuestras vidas y entre más diversas sean nuestras amistades, mejor. Vale la pena hacer el esfuerzo por ampliar nuestro grupo social y cultivar nuestra curiosidad para conocer a todo tipo de personas –roqueros, fotógrafos, chefs, deportistas, viajeros, artistas, académicos, apasionado de los vinos, de las mariposas, exploradores, decoradoras, músicos, escritores, estilistas, ejecutivos, etc. Cada persona es una ventana a un mundo diferente al nuestro y descubrimos cosas increíbles cuando tomamos la decisión de asomarnos a través de ellas.

Los amigos son una aventura, son diversión, cada uno de ellos nos complementa de manera diferente y van ganando importancia a medida que nos vamos haciendo viejos.

La frecuencia, la proximidad y el contacto personal son importantes. Compartir el espacio en tercera dimensión y de manera frecuente tiene un impacto mucho más grande en nuestra felicidad que tener contacto a través de una pantalla o sólo de vez en cuando.

Dicen por ahí que los amigos son la familia que escogemos. Y yo no podría estar más de acuerdo con esto. Los vínculos que podemos desarrollar con nuestros amigos pueden llegar a ser igual o más fuertes que con algunos familiares.

Me pongo a pensar en todos los amigos y amigas que han contribuido a mi vida y han dejado su huella. Soy quien soy y estoy donde estoy gracias a cada uno de ellos.

Están los de una clase, los de un viaje, los de temporadas cortas, los de proyectos específicos, los que ya no están. De algunos perdí la pista, pero de nadie su recuerdo. Cada nombre levanta una ola de memorias.

Y por supuesto, están mis amigos de toda la vida. Los que han estado en los momentos más lindos y también en los más duros; que comen dulces con sabor a “comida de perro enlatada” para hacer reír a mis hijas, que pintan obras de arte en cáscaras de pistache o que hicieron posible soportar clases con nombres como “econometría”.

Están mis amigas del alma que saben que no me gusta el melón, que la presión arterial me sube cuando tienen que tomármela, que conocen cada uno de mis achaques y descifran mi estado de ánimo escuchando mi tono de voz. Las que saben qué me da miedo, qué me da risa, qué me mueve; que me llaman justo antes de subirme al avión porque saben que me pongo nerviosa, que fueron rebautizadas por mi papá al mismo tiempo que yo con el nombre científico de una bacteria, que se convierten en puentes para conectarme con lo que quiero y me recuerdan quién soy. Las que me ayudan a detener mi mundo cuando éste amenaza con caerse o doblarme los brazos, las que guardan mis recuerdos como si fueran mi disco duro externo por si acaso un día… comienzo a olvidarlos.

Hoy celebro a todos mis amigos.

¡Gracias por darle sentido a mi vida y abonar de manera tan contundente a mi felicidad!

 

 

Mi caja de tesoros

heart in box

Hace unas semanas anduve envuelta en una frazada de nostalgia con puntadas de melancolía. Los días habían estado matizados de gris turbio y mucho más fríos de lo que me gustan. Soy de cielos azules, con el sol colgado al centro y de temperaturas por encima de los 25 grados. Así que parte de esta sensación podía endosársela al clima.

Pero sólo una parte.

Y como los últimos meses he venido hablando con diferentes grupos sobre la importancia de atender nuestras emociones y mostrar curiosidad, decidí jalar la punta del hilo y descubrir a dónde me llevaba.

Sabía que el viaje sería al pasado, pues de allá son la melancolía y la nostalgia.

Fui a parar a mi clóset. El hilo conectaba con mi caja de tesoros, un contenedor de plástico transparente que deja ver las cartas que he recibido desde que tengo memoria. Ahora sé que también guarda pedazos de mí.

Hace buen rato que tenía la intención de releer todo lo que estaba ahí y de ponerle orden. Abrí la tapa y comenzaron la estampida de recuerdos y la reconstrucción de historias.

Me encontré cartas casi con tantos años como yo. Las más antiguas resaltan por su papel adelgazado y amarillento. Sus dobleces gastados exponen ojales discontinuos entre un extremo y otro. Son frágiles.

Saqué las cartas una por una y estornudé cientos de veces. Las ordené utilizando tres criterios principales: por remitente, autores diversos y “no tengo idea”.

Aparecieron letras que reconocí a la primera y los apodos de cariño que he tenido: Cole, Nicolaza, Nicola, Nicole-San, Nic, Nicky, Elocin, Ascaris Lumbricoide… Sí, ¿Por qué no?

Tropecé con dibujos de colores, postales, comics hechos a la medida para contar algún evento en particular de la secundaria, juegos de palabras, cartas en clave o con acertijos que seguramente en su momento pude descifrar, notas con esa emblemática firma que incluía un ratón.

Cartas anónimas o que decían “adivina quién”… Y si no supe entonces, ¿Cómo se supone que debo de saberlo 30 años después? Esto me hace pensar que sí verdaderamente queremos ser recordados hay que poner nuestro nombre en la raya donde dice “firma”. Aunque no es garantía, prueba de eso mi categoría de “no tengo idea”. Asumo que habrán líneas mías en los cajones del olvido de otras personas. Ni modo, se van perdiendo pedazos de nosotros en el camino.

De la caja salieron papeles doblados en forma de pretzel, de flecha, de acordeón, de triángulo y cuadrado. Esas eran las cartas que intercambiábamos los amigos entre una clase y otra. Son muchas. Poner atención dentro del salón, por lo visto, no era la prioridad.

De lo más emocionante de esa tarde de sacar tesoros del cofre, fue toparme con las cartas que decían “Embajada de México”. Esas las enviaba mi tío desde distintos rincones del mundo en los que pasaba largas temporadas. Describía con detalle cómo era la vida en cada uno de esos lugares y yo los apuntaba en mi “Bucket List”. Volví a leer todas esas letras ya, pero esa es una historia para otra publicación.

Descubrí algunos diplomas de cuando era gimnasta, de cuando practicaba el atletismo y otros tantos de cuando me dio por ser delegada de las Naciones Unidas en la simulación que organizaba mi colegio. Me topé con la blusa del uniforme de primero de primaria con los nombres de mis compañeros escritos con esa letra torpe de quienes recién comienzan a escribir. Increíble pensar que alguna vez tuve ese tamañito.

Estuve buscándome en la correspondencia, reencontrado mis sueños e ilusiones más remotos. No son las cartas que yo escribí las que tengo guardadas, sino las que recibí de otras personas. Así que sólo puedo intentar descifrar quién era yo y en qué andaba en ese tiempo a partir de sus historias o las respuestas a lo que yo les contaba.

Me encantaría recuperar por un rato todo lo que yo mandé. Sería posible, entonces, reconstruir mi historia. Ver al mundo desde donde lo veía, asomarme a las emociones de ese momento, ubicar puntos de inflexión.

Me gusta pensar que en esos intercambios queda algo de nosotros. Pedazos nuestros  entraron por buzones de correo, viajaron en avión o en autobús, fueron sorteados en oficinas de correo y paseados en moto para llegar al destinatario. Pedazos nuestros se quedaron en tránsito, se perdieron en ruta o le llegaron a la persona equivocada. Me imagino que uno que otro habrá ido a parar la basura y se habrá desintegrado ya, pero también quedarán cachitos bien atesorados en el corazón de alguien más.

Una pieza importante para formar el rompecabezas de nuestro propósito de vida es la pregunta: ¿Qué guardas en tu caja de tesoros? La idea es encontrar aquello que es muy valioso para nosotros.

Las respuestas que los participantes han compartido en mis talleres son variadas… boletos de conciertos, fotografías, piezas de joyería de abuelos o padres, conchas recolectas en playas, piedras, cartas de enamorados, el brazalete que le ponen en el hospital al bebé recién nacido, recortes de periódico que conservan imágenes de eventos especiales, cartas a Santa Claus, flores disecadas, diarios, dientes de leche -sí, por alguna extraña razón, los dientes que se caen de la boca de los hijos se convierten en tesoros-.

En realidad, no importa el contenido exacto del cofre… lo más valioso tiene que ver con recuerdos, experiencias, momentos compartidos, evidencias de logros y sueños cumplidos. Tiene que ver con lo que hace latir nuestro corazón desde lo profundo.

A partir de mis hallazgos concluyo que mis tesoros tienen que ver con personas y mascotas, con viajar a lugares diferentes, aprender cosas nuevas y completar metas. Mi gusto por el deporte, pasar tiempo en la naturaleza, tomar fotos, leer, escribir y contar historias me ha acompañado de manera consistente en el tiempo. Mi propósito personal tiene estos ingredientes.

El viaje al pasado me reconectó con versiones de mí que hace tiempo no recordaba y con todo lo valioso que he acumulado en el trayecto. Me gustaba tocar piano y algo me dice que volver a tomar clases aportaría a mi felicidad.

Y tú… ¿Qué guardas en tu caja de tesoros?

PD. Hoy el cielo está azul, con el sol colgado al centro y la temperatura es de 26 grados centígrados.

 

 

 

 

 

 

Aceptación radical al estilo Lady Gaga

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El domingo pasado escuché mientras corría la entrevista más reciente que le hizo Oprah Winfrey a Lady Gaga. Me encantó, me sorprendió, abrió mi mente, aprendí, cambió mi percepción sobre algunas cosas y me dejó pensando.

Pensé en todas las personas que viven con dolor físico crónico, que han sido marcadas por eventos traumáticos, que padecen de enfermedades mentales, que atravesaron o atraviesan por una crisis… o dos, o tres, o todo lo anterior. Pensé en la gente que tengo a mi alrededor. Pensé en mí.

Confieso que mi percepción sobre Lady Gaga ha cambiado de manera importante de unos meses para acá. Pasé de considerarla una artista más que buscaba llamar la atención con excentricidades, a apreciar su talento como compositora, cantante y actriz luego de ver la película “A Star is Born” -una canción en esa película está hoy entre mis cinco favoritas-. Después de escuchar la entrevista y entrar por la ventana que abrió para dejarnos conocer su mundo, puedo decir que siento admiración y respeto por su trayectoria.

Lo primero que pensé es esta facilidad y velocidad con la que emitimos juicios con respecto a una persona sin saber qué carga en la mochila. Nota para mí… ¡no hacerlo!

Todo el intercambio entre Oprah y Lady Gaga es interesante. Sin embargo, el concepto que capturó mi atención fue el de “aceptación radical”.

Aceptación radical significa admitir y estar presente en el momento actual. Estar dispuestos a pasar tiempo con la incomodidad y las emociones difíciles en lugar de correrles. Significa aceptar la realidad, admitir su llegada o presencia, hacer oficial un evento, ponerle nombre, hablarlo en voz alta.

“Tengo un problema con el alcohol”, “tengo una enfermedad mental que sea llama esquizofrenia”, “mi hermano es adicto a la heroína”, “estamos en bancarrota”, “soy gay”, “mi pareja me golpeaba”.

Aceptar radicalmente que vas a tener dolor físico todos los días, aceptar radicalmente que perdiste a tus padres, aceptar radicalmente que tu carrera como futbolista terminó, aceptar radicalmente que perdiste una pierna a causa de la diabetes, aceptar radicalmente que perdiste un hijo, aceptar radicalmente que tu padre tiene Alzheimer y a ratos no sabe quién eres.

Y es que lo más fácil es negar la realidad, anestesiar lo que sentimos tomando, fumando, trabajando sin parar, comprando compulsivamente, durmiendo o culpando al resto del mundo.

Ahora… Sí la palabra “aceptación” te causa problemas, como me los causaba a mí durante años, te invito a considerar la explicación que recibí de Maria Sirois -una de mis maestras favoritas- en una de sus clases.

“Aceptar” no es sinónimo de “me gusta”, “me conformo” o “me resigno”. Aceptación en este contexto significa admitir “aquí está, esto pasó, no lo pedí, no lo estaba buscando y, sin duda alguna, no lo quería”. Pero… “aquí está y es un hecho”.

El primer paso para sanar es aceptar la realidad. Toma tiempo, pero lentamente comienzas a considerar la posibilidad de rediseñar tu vida y de volver a funcionar dando pequeños pellizcos de valentía.

El segundo paso consiste en cambiar la pregunta. En lugar de preguntarte… ¿Por qué a mí? o ¿Por qué me pasó esto?; mejor pregúntate… ¿Quién soy yo ante la presencia de esto?, ¿Cuál es mi mejor versión posible dada esta realidad? Entonces aparecen posibilidades, alternativas diferentes, escenarios nuevos.

La aceptación radical aplica a cada crisis, cada dificultad, cada reto en nuestras vidas. Mucho del sufrimiento que sentimos es ocasionado por negar la realidad. Las cosas cambian sólo hasta que aceptamos lo que tenemos en las manos tal como es… “OK, te veo, te siento, acepto que estás aquí”. Ahora sí… ¿Qué hacemos?, ¿Cómo solucionamos esto?

Con frecuencia me preguntan si todo esto que escribo a mí me sale muy bien y yo tengo todo resuelto.

La respuesta es no.

La mayoría de las veces hablo sobre temas que domino desde la teoría y la práctica. Pero también escribo sobre aquello que me inquieta, sobre lo que quiero entender, lograr o resolver. Muchas veces mis letras me apuntan hacia el camino que necesito recorrer.

Estoy siempre en proceso.

Escuchar sobre el concepto de aceptación radical hoy me pone a reflexionar sobre los temas que yo tengo que aceptar radicalmente para vivir más plena y feliz.

Te invito a hacer lo mismo.

PD. Aquí te dejo el vínculo a la entrevista.

 

 

 

 

 

 

 

Fin de una década

2020

Estar a unas horas de colgar una década más en el armario del pasado me pone en modo recuerdo, reconocimiento y reflexión.

Antes de encaminar mis pasos hacia el futuro, quiero detenerme y mirar hacia atrás.

Desde mi experiencia, el 2019 fue un año bipolar, sin tonalidades de grises. Fue intensamente bueno, estuvo lleno de cosas muy lindas; pero también, trajo momentos duros y grandes tristezas. Algunos sueños se hicieron realidad, otros explotaron como gallinas de caricatura que sólo dejan un reguero de plumas al reventar. Fue un año de aprendizaje y crecimiento personal obligatorio.

Me anima el cambio de año. Me produce una sensación de alivio, de esperanza. Me gusta pensar que vienen cosas buenas, nuevas oportunidades para poner en tierra metas que se quedaron dando vueltas en el aire o tuvieron intentos de aterrizaje fallidos, permisos para intentar otra vez.

El año nuevo es para mí como la hoja en blanco: me inspira, me permite visualizar posibilidades, me invita a escribir, a crear.

Y hoy no sólo cambia el año,  también cambia la década.

Me parece increíble todo lo que puede pasar en diez años.

Es impresionante darme cuenta de la transformación de mis hijas. Pasaron de ser niñas pequeñas que demandaban todo mi tiempo y atención, a ser jóvenes que no tardan en agarrar las riendas de sus vidas.

Hacia adelante me tocará verlas dueñas del volante -en sentido literal y metafórico- y conducirse hacia sus propios caminos. Cada vez iré decidiendo menos los detalles de sus vidas, pero con suerte, lograré mantenerme como una fuente de consulta valiosa para ellas.

Siento curiosidad por saber qué profesión elegirán, qué rincones del mundo querrán visitar, cuáles temas les apasionarán. Imagino que en los siguientes años conoceré a esa persona que les robará el corazón. Cada vez irán necesitándome menos para resolver el día a día. Y no lo digo con nostalgia, en verdad así lo deseo, pues entonces sabré que han adquirido las herramientas necesarias para vivir. Si conservo mi lugar en su lista de cinco personas favoritas, ya la hice.

¿Qué más pasó en la última década?

Corrí maratones, atravesé un país en bicicleta, me aventé al agua desde rocas a metros de altura, nadé algunos kilómetros en el mar, caminé en la montaña, jugué basquetbol -ahora en la liga de mamás-, aprendí a jugar tenis.

Gané arrugas, pecas, canas, una enfermedad autoinmune, medicinas en el buró, insomnio intermitente. Tuve que despedirme de algunas partes del cuerpo que empezaron a dar problemas. Llegué a la edad en que tengo que cuidar mi alimentación y hacerme a la idea de pasar por chequeos para mantener la maquinaria en el mejor estado posible. Ni modo.

Hice nuevas amistades, conocí a personas que me enseñaron mucho, partieron seres muy queridos, también mascotas. Leí un montón de libros -tantos que perdí la cuenta- y descubrí que tengo pésima memoria para recordarlos. Me convertí en tía de tres increíbles seres humanos. Me lancé a la aventura de trabajar por mi cuenta, eso sí, sin sacar el pie del salón de clases pues me apasiona la educación. Comencé este Blog, escribí un libro, viajé a lugares increíbles, me hice conferencista, coach, atravesé varias tormentas. ¡Uf!

En esta década llegué al destino cumbre conocido como “middle age” con su “midlife crisis”. El trayecto es interesante, también irónico. Invertimos años, energía, recursos y trabajamos diligentemente para convertirnos en ese alguien que cumple con los requisitos en la lista prefabricada del éxito -estudios, familia, profesión, dinero, lujos, etc.- Vamos empeñados y a paso firme a encontrarnos con esa versión que se ajusta a lo que dictan las reglas para ser feliz…

Y, sin embargo, puede pasar, que al llegar nos demos cuenta de que tenemos todo lo que algún día quisimos, pero nos perdimos en el camino. Por eso la crisis. Empieza la sacudida, la tristeza, la sensación de vació, el tedio. Se vuelve necesario hacer un alto para desarmarnos, reconstruir nuestras piezas, despejar las nubes para volver a ubicar a nuestra estrella polar y decidirnos a vivir una vida que nos haga sentido en lo más profundo, aunque hagamos trizas el molde que alguien más construyó para nosotros.

He notado también que el tiempo ha acelerado su paso. Esta década desfiló mucho más rápido que la otra y algo me dice que esta que empieza volará a la velocidad de la luz. Aún no decido si hacer el doble de actividades que nutren el alma o, más bien, hacer la mitad, pero más despacio y estando más presente para estirar el tiempo. Lo que sí me queda claro es que ya no queda mucho lugar para la paja, ni para las tonterías que roban tiempo y distraen.

Si el tiempo pasa más rápido con la edad, entonces hay que elegir mejor a qué dedicarlo. Menos complacencia, menos obediencia, menos vivir para darle gusto a los demás. Más determinación para ir tras lo que hace grande nuestro corazón, más valor para ser auténticos.

Hoy es un buen día para trazar las metas no sólo del siguiente año, sino de la siguiente década.

Antes de arrancar con una lista de propósitos de nuevo ciclo es importante dedicar tiempo a pensar lo siguiente: ¿Cómo quiero sentirme?, ¿Qué emociones quiero sentir?, ¿Qué experiencias quiero tener?

Con frecuencia hacemos listas de lo que queremos… Viajar por el mundo, un trabajo estable, escribir una novela, encontrar una pareja, tener buena condición física. En realidad, lo que andamos buscando es cómo queremos sentirnos… Libres, independientes, creativos, amados, sanos. Andamos detrás de una manera de sentir. Es por aquí que tenemos que empezar antes de definir nuevas metas.

Yo quiero sentir paz, libertad, claridad, amor, creatividad, diversión, curiosidad, valentía.

Me quedo con la frase de Mark Twain como guía para la década que viene:

“Dentro de 20 años lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que hiciste. Así que suelta amarras y abandona puerto seguro. Atrapa el viento en tus velas. Sueña. Explora. Descubre”.

¡Feliz inicio de década!

 

 

 

 

 

 

¡Feliz “Hygge” Navidad!

winter-warmth

Hoy festejamos la Nochebuena, mañana la Navidad y lo que sigue son algunos días libres para descansar de la rutina –o parte de ella- y desconectarse del mundo.

Siempre he tenido la sensación de que la semana entre Navidad y Fin de Año queda como suspendida en un espacio etéreo, poco definido, pero muy particular. Ninguna otra semana del año se siente como esta y quiero hacer un esfuerzo por pasarla a la Hygge.

Te cuento de qué se trata.

Según el Reporte Mundial de la Felicidad publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), Dinamarca es uno de los países más felices del mundo. Son muchas las condiciones objetivas que explican este resultado, pero hay un elemento muy subjetivo detrás de la felicidad en este país y tiene que ver con la capacidad de los daneses para crear ratos agradables. Se llama “hygge”. Esta palabra –que no tengo idea de cómo pronunciar- no tiene traducción exacta. Más que una palabra, “hygge” es un conjunto de pequeñas cosas que producen una sensación de bienestar, comodidad, cercanía con los demás y tranquilidad. Es algo que se siente.

Crear momentos “hygge” es sencillo. Lo primero es generar tiempo para hacer cosas que nos hacen sentir bien a nosotros mismos y a los que nos rodean en un ambiente lindo. Por ejemplo, tomar una taza de chocolate caliente en una tarde fría, planear el menú de la siguiente comida y cocinar en compañía, ver una película divertida con la familia debajo de una cobija, ver un atardecer, una carne asada con amigos aprovechando el buen clima, pintarle las uñas a tu hija y dejar que ella pinte las tuyas, ver fotos para recordar momentos, usar en la cena la vajilla que era de la abuela –recordar a los seres queridos que ya se fueron es muy “hygge”-, poner velas para darle calidez al espacio, tomar un té mientras lees un buen libro, usar ropa cómoda, decorar con flores. Tiene que ver con estar a gusto en un entorno acogedor.

Los momentos “hygge” funcionan mejor en grupos pequeños de personas y para que la comunicación y la conexión sea más fácil es recomendable que el lugar no sea muy grande. Fortalecer los lazos sociales y familiares están en el corazón de este concepto danés. Invita a un par de amigos a tu casa a pasar el rato y recontar anécdotas.

El concepto “Hygge” tiene que ver también con relajarte, disfrutar de tu casa y olvidar las preocupaciones. Para esto es fundamental habitar el momento presente e involucrar todos tus sentidos. Quitar el piloto automático. Es importante incluir elementos que hagan agradable el espacio que te rodea de manera que quieras estar ahí –velas, luces cálidas, música relajante, eliminar el ruido, buena temperatura-.

Para estos días, mi intención es tomarme las vacaciones enserio y pasar una navidad muy “hygge”. ¿Qué significa esto? Significa que no voy a hacer lecturas de trabajo, pero sí volveré a leer libros que leí cuando tenía la mitad de edad y me gustaron mucho. Voy a tirarme un clavado a la caja de cartas que guardo hace décadas -correspondencia que llegaba en sobre con timbre postal de diferentes lugares del mundo o cartas que intercambiábamos los amigos entre clase y clase-. Sospecho que entre esas líneas encontraré partes de mí que se fueron quedando en el camino.

Voy a estar presente y participaré en las actividades características de estas fechas. Quiero ser parte de los recuerdos. Como dice el Dr. Seuss “A veces conocerás el verdadero valor de un momento hasta que se convierta en recuerdo”.

Si tienes la fortuna de contar con días de descanso en estas fechas y puedes desconcertarte, te invito a hacer lo mismo. Si, por el contrario, la naturaleza de tu trabajo o tus compromisos te impiden despegarte, entonces incorpora elementos “hygge” a tu espacio o tiempo de oficina. Lleva algo de comer para compartir con tus compañeros, ten cerca de ti una foto de alguien querido, pon música agradable de fondo, dedica cinco minutos a hablar con alguien, decora con una planta.

Hoy aprovecho este espacio para darte las gracias por leer estos artículos, comentarlos y compartirlos.

¡Te deseo una muy “hygge” Navidad!

 

El estrés navideño ataca otra vez

christmas madness

No deja de sorprenderme el inevitable estrés que paradójicamente sufrimos durante la temporada navideña, la supuesta época más feliz del año. Y es que hemos crecido con la idea de que en diciembre ser feliz es obligatorio.

El concepto de navidad y lo que representa -luces en las casas, muchos tipos de galletas, múltiples reuniones sociales, encuentros familiares, esperanza, comida rica y abundante- nos entusiasma. Pero como nada es gratis, al final de cuentas termina gustándonos más la teoría que la práctica.

Parte de la navidad, tristemente, se ha convertido en algo comercial. Ahora, mucho gira entorno a lo que queremos y vamos a recibir en regalos materiales, así como a la obligación de cumplir con quienes esperan recibir de nosotros. Las listas para Santa son kilométricas –lo que no piden los niños lo agregamos los papás- y los intercambios de regalos son cada vez más exagerados –el de cada salón, el de los deportes, el de amigas, el familiar-. No ponemos límite y nos atemoriza que un detalle pequeño sea mal visto. Escribir sólo una nota de agradecimiento o afecto es impensable, entonces nos endeudamos para regalar.

Curiosamente, la “mejor” época del año es la que nos genera más locura y estrés. ¿Por qué? Por gusto o miedo a no pertenecer. Pasarla “como chicharito de silbato” –diría mi papá- es enteramente opcional, pero casi siempre decidimos complicarnos la existencia. De paso le hacemos la vida más difícil a otros ya que nuestra generosidad material genera en quienes la reciben obligaciones para la siguiente navidad.

Funciona más o menos así. Hacemos una lista de personas con las que “tenemos” que quedar bien. Luego pensamos qué regalarle a quién y ubicar dónde conseguirlo. Siguen los interminables viajes a las tiendas. Ya que compramos las cosas tenemos envolverlas. Toda una logística que involucra papel súper especial –que venden sólo en cierto lugar y cuesta una fortuna-, listón o moño que debe combinar rigurosamente. Todavía no hemos terminado. Faltan las vueltas para mandar a hacer y recoger las tarjetas con el nombre familiar y diseño navideño que van en el regalo. ¿Ya hiciste la cuenta de cuánto tiempo, tráfico, dinero, gasolina y estrés llevamos hasta este momento? Y todavía no hemos hablado del pino, de los festivales, de las posadas –que requieren ida al salón para peinarte y visita al súper por los ingredientes de la ensalada que ofreciste llevar -, Santa, las galletas, la cena o comida de navidad, las postales con la foto de navidad –previa cita con fotógrafo profesional- que van por correo. ¡Ah! por cierto, todo esto además de tus obligaciones diarias. ¿Logré estresarte más de lo que ya estabas con sólo ponerte a pensar en todo lo que se te viene encima?

Pero no te desanimes… Podemos evitar mucho estrés aquí.

Empieza por adelantarte al día de navidad y visualiza el momento en que entregas el regalo. Todo el esfuerzo de la envoltura queda destruido en los pocos segundos que la persona tarda en abrir el regalo. Si tuviste suerte notó el esmero y te hizo algún comentario antes de lanzar todo a la bolsa de basura, que sin duda, tiene ya esa tía que siempre dice “échame los papeles de una vez para que no se haga mugrero”. Una buena parte de tu tiempo, energía y dinero literalmente termina en el basurero. A menos que la tía también sea de las que rescatan el papel y los listones para el próximo año.

Una de las cosas mas increíbles que tenemos es la capacidad y la libertad –aunque no lo creas- de elegir. Puedes deliberadamente tomar la decisión de simplificar y devolverle a la navidad su verdadero significado. De entrada ahórrate todo lo que tiene que ver con envolturas. Usa periódico o papel de estraza para los regalos y pídele a tus hijos que los decoren con crayones. En esos dibujos te aseguro que sí se fijarán los demás. Si te da pena o la idea te incomoda anuncia que estás siendo generosa con el planeta. Ser verde, además de ser lo correcto, está de moda.

Sé más selectivo con las invitaciones que aceptas a eventos sociales en esta fechas. Reduce la cantidad de regalos de compromiso que “tienes” que dar. Puedes tener un detalle con gente que verdaderamente lo necesita. En tu familia seguramente a nadie le hace falta un regalo más –recibirán demasiado-. Mejor concéntrate en una o dos personas que no tendrán la misma fortuna que tus amigos o familiares.

Difiere algunos regalos y detalles para febrero o marzo. Puedes mostrar cariño y afecto en otros meses del año pues esto no debería ser exclusivo de la época de navidad. Tendrás más tiempo, las tiendas y las calles estarán menos apretadas y el efecto en la felicidad será mayor por ser sorpresa. Puedes decir “feliz no navidad”.

Habla con tu familia, hagan acuerdos para ser más sencillos, pongan sobre la mesa el hecho de que a muchos les causa el mismo estrés que a ti buscar ese regalo que sientes debes regalar. En mi familia ya lo hicimos. Nos queremos más que nunca.

Christine Carter tiene un excelente plan de tres pasos para disfrutar esta época: prioriza tus conexiones sociales, agenda y bloquea tiempo anticipadamente para hacer lo que verdaderamente quieres hacer estos días y practica la gratitud. Aquí te dejo el vínculo a su artículo.

Pasa una navidad realmente feliz y con menos estrés, simplifica, anímate a decir que NO a las obligaciones auto-impuestas y pon tu atención en lo que es verdaderamente importante. Hazlo en favor de tu paz mental y la de los tuyos.

Feliz navidad sin estrés.