Permiso para ser infeliz

 

kate spade

Las noticias de los suicidios de Kate Spade y Anthony Bourdain nos sacudieron la semana pasada.

Kate Spade, diseñadora de modas con fama mundial, topada de riquezas materiales y dueña de una vida glamorosa, decidió retirarse de este mundo a los 55 años. ¿La razón?… Depresión.

Anthony Bourdain, reconocido y aclamado chef, con fama, dinero, en la cúspide de una profesión que lo llevaba a todos los rincones del mundo y una bellísima novia… se quitó la vida a los 61 años. ¿La razón?… Posible depresión.

Cuando personas, que desde un punto de vista objetivo, cumplen con todos los requisitos de una vida perfecta, exitosa y feliz, deciden quitársela… el resto de los humanos nos quedamos con cara de signo de interrogación.

Me pregunto si… ¿Estas celebridades tenían todo, menos permiso para ser infelices?

La expectativa es que las personas con vidas como las de ellos sean absolutamente felices y la presión social para cumplir con esa condición debe ser brutal.

Con esto… ¿Cómo aceptar lo contrario?, ¿Cómo salir a decir que algo no anda bien?

Una de las preguntas que con más frecuencia recibo es si yo siempre estoy feliz. Al inicio de mi carrera esta pregunta me hacía sentir como impostora. Por mis investigaciones, yo tenía que ser extremadamente feliz. De lo contrario… ¿Cómo podría considerarme experta en el tema? Para mi ser feliz era una obligación.

Además, las personas daban por sentado que con todo mi conocimiento yo tenía que serlo, y de manera perfecta. Me sentía presionada a cumplir con mis propias expectativas y las de los demás. Pero cuando llega la noche, la verdad nos sienta a todos en el banquillo.

En Psicología Positiva la felicidad se define como el grado en que una persona evalúa la calidad de su vida en general como favorable o es el grado de satisfacción que una persona obtiene de sus circunstancias personales.

En esa definición la palabra clave es “evalúa”. La felicidad, desde un punto de vista académico, es una percepción, es subjetiva, relativa y flexible.

En otras palabras, la felicidad depende de la calidad del lente con que observa cada espectador.

En ocasiones, el lente puede empañarse, rayarse o quebrarse. A veces, por un evento en particular; otras, por desbalances químicos y biológicos de nuestro cuerpo.

En estricto sentido deberíamos buscar ayuda para reparar nuestro lente, con la misma tranquilidad que lo hacemos cuando caemos víctimas de un padecimiento físico.

Desafortunadamente, pareciera que las enfermedades mentales -como depresión y ansiedad-, no son socialmente aceptables. Para quien las padece o para quien vive cerca de alguien que las sufre, estos males tienden a venir acompañados del temor al rechazo o desacreditación del resto de la gente.

Y mucho menos son aceptables para alguien que objetivamente tiene todo lo que habitualmente asociamos con una vida feliz: fama, dinero y poder.

La expectativa es que seamos perfectamente felices el cien por ciento del tiempo.

Y entonces hacemos hasta lo imposible por ocultar la depresión, la ansiedad y cualquier tipo de padecimiento mental.

Es tabú.

Las personas deberíamos sentir la libertad de revelar nuestra ausencia de felicidad o la confianza para pedir ayuda cuando no podemos salir adelante solos.

La Organización de Naciones Unidas ha señalado a las enfermedades mentales como la causa principal de miseria en los países desarrollados. Las tasas de depresión, ansiedad y suicidio van a la alza. Aquí te dejo el vínculo a un artículo donde podrás encontrar más datos.

Seguir pretendiendo que una vida feliz es aquella ausente de problemas y llena de riqueza material es peligroso.

Seguir ignorando la proliferación de la depresión o de la ansiedad y estigmatizando a quienes las padeces también es peligroso.

¿Cuánto tiempo más vamos a decirle a nuestros hijos o compañeros de trabajo que nos duele la cabeza, en lugar de que estamos tristes?, ¿Cuántas veces más vamos a decirle a nuestros seres queridos que no lloren o que no sean tan sensibles, que sonrían aunque no quieran?

Con la mejor de las intenciones –proteger a nuestras personas- escondemos lo que nos pasa, pero me parece que lo que único que logramos con esto es hacerlos sentir defectuosos cuando ellos mismos no logran sentirse felices todo el tiempo.

Si dejamos de maquillar nuestras emociones, aceptar que a veces nos ganan la ansiedad y la depresión y buscamos ayuda profesional, entonces seremos más libres.

Más libres nosotros y más libres quienes nos rodean.

Un montón de jaulas emocionales podrían ser abiertas si empezamos a mostrarnos menos perfectos y más humanos.

Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas

portada

Yo creo que la felicidad está en el camino y es una manera de viajar, más que un destino. Pero, a veces, la felicidad efectivamente nos espera en la línea de meta.

El lunes pasado fue la presentación oficial de mi libro “Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas”.

Tener un ejemplar en mis manos, luego de un proceso largo, es una experiencia felizmente surrealista.

Presentarlo rodeada de mis personas más queridas y recibir tantas muestras de cariño me hizo grande el corazón.

El libro comenzó a escribirse en mi cabeza hace muchos años, pero su transición oficial al papel con tinta fue en septiembre del 2016 cuando publiqué el primer artículo de este blog.

Este libro es la consecuencia natural, sino que obligada, de un proceso que para mi empezó hace casi veinte años con un proyecto de tesis.

Desde 1998 y hasta a fecha me he dedicado a estudiar la felicidad desde diferentes ángulos y con distintos objetivos. Después de una larga etapa de desarrollo y antes de moverme a explorar temas que van más allá de la felicidad, sentí la urgencia de documentar lo que había hecho hasta ahora. Este libro es el inicio de una nueva etapa de creación y contribución.

“Felicidad en el Trayecto: Ocho Rutas” es una guía práctica para incorporar a nuestra vida estrategias sencillas, basadas en ciencia, útiles para vivir más felices. Describe 8 rutas para entrenar y desarrollar la habilidad de la felicidad.

“Felicidad en el Trayecto” está dirigido a personas felices que no saben que lo son; hombres y mujeres que reconocen que la felicidad perfecta no existe y tampoco es deseable; individuos que saben que una vida feliz incluye adversidades y emociones difíciles; personas exitosas pero insatisfechas con sus vidas; gente que busca ideas que funcionan y prefieren soluciones prácticas para problemas complejos; padres de familia que quieren hacer felices a sus hijos sin morir en el intento.

Mi intención con este libro es transmitirle a mis lectores:

  • Que ser feliz es muy importante y tiene muchas ventajas
  • Que una buena parte de la felicidad depende de lo que hacemos y pensamos todos los días.
  • Que la felicidad es una habilidad que podemos desarrollar.
  • Que si queremos ser felices tenemos que vivir con la intención de vivir más felices y hacer algo al respecto.

Mi deseo es que encuentren algo que les guste, pero sobretodo que les inspire a hacer uno o dos cambios que les permita ser felices en el trayecto.

P.D. El libro está disponible en librerías del país y próximamente en versiones digitales.

Felicidad CASI perfecta

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“Y cuando te pregunten…¿Cuáles son tus áreas de oportunidad –la manera diplomática de sondearte para saber de qué pie cojeas- tu di que eres muy perfeccionista”

Ese fue el consejo que recibí unos días antes de tener mi primera entrevista de trabajo, luego de terminar mis estudios de maestría.

“Tienes que contestar algo, porque ni modo que no tengas puntos flacos o debilidades, debes decir algo que suene a defecto, pero que en realidad sea bueno”

Y así lo hice… “Soy muy perfeccionista”, dije con absoluta seguridad. Todavía recuerdo la sonrisa-mueca que se dibujó en la cara de mi entrevistadora. En aquel entonces creí que mi respuesta le había parecido excelente. Pero, ahora que lo pienso, no creo que esa sonrisa haya sido de aprobación o empatía, sino de haber logrado deducir que entre mis defectos estaban la falta de autenticidad y la ausencia de creatividad.

De cualquier manera pasé la prueba… Al final de cuentas, ser perfeccionista es una debilidad muy aceptable en el perfil de los candidatos.

Y es que cuando declaramos “soy muy perfeccionista” en realidad lo que queremos decir es que nos gusta hacer las cosas muy bien y que somos muy trabajadores. Creemos que el perfeccionismo es un rasgo deseable e inseparable del éxito.

Pero no es así.

La realidad es que una mentalidad perfeccionista puede tener consecuencias muy negativas. El perfeccionismo llevado al extremo es causa potencial de baja autoestima, trastornos alimenticios, depresión, ansiedad, disfunción sexual, desorden obsesivo compulsivo, fatiga crónica, alcoholismo, ataques de pánico, parálisis de acción, postergar y dificultad para mantener relaciones interpersonales.

Cuando hablamos de este tema en clase, varios alumnos comienzan a inquietarse al sospechar que estoy por sentar al perfeccionismo en el banquillo de los acusados -para muchos no aspirar a la perfección es sinónimo de mediocridad-; levantan las cejas sorprendidos cuando les digo que soy una perfeccionista en recuperación y que una de mis frases salvavidas es “más vale hecho que perfecto”. Algunos se retuercen.

Aprendemos a ser perfeccionistas desde niños. Vamos descubriendo que nos castigan por cometer errores, nos dan estrellas doradas por actuaciones impecables, nos comparan con los demás o nos dicen que “somos genios o inteligentísimos” sólo cuando las cosas salen bien.

¿Qué es el perfeccionismo?

Brené Brown –una de mis gurús- explica que el perfeccionismo es la creencia generalizada de que si tenemos una vida perfecta, nos vemos perfectos y actuamos perfectos, logramos minimizar o evitar el dolor que generan la culpa, la pena –“shame” en inglés- o los juicios. Es un escudo de 20 toneladas que cargamos pensando que nos protege, cuando en realidad únicamente nos impide ser nuestra versión auténtica.

“Cuando el perfeccionismo va al volante, la pena va de copiloto y el miedo es el fastidioso pasajero en el asiento de atrás.” –Brené Brown

El perfeccionismo, la culpa, el miedo y la vergüenza son amigos inseparables.

¿Cuáles son los síntomas del perfeccionismo?

En su libro “Being Happy: You don’t have to be perfect to lead a richer, happier life”, Tal Ben-Shahar habla con detalle de las características de la mentalidad perfeccionista.

Expectativas de un viaje perfecto. Esto tiene que ver con el enfoque sobre el proceso para alcanzar una meta. Las personas con mentalidad perfeccionista esperan que la línea que conecta el punto de partida con la meta sea recta. Su expectativa es dar en el centro del blanco con un único y perfecto disparo. No admiten curvas, pausas, ni desviaciones en el camino. ¿Segundas oportunidades? Antes muertos.

Miedo al fracaso. A un perfeccionista lo mueve el miedo, es su característica más determinante. Todas sus acciones están enfocadas a evitar equivocaciones, evaden los retos y actividades donde fallar sea una posibilidad. Es común que abandonen proyectos ante la más mínima sospecha de que no lograrán completarlo como esperan. Entonces, por ejemplo, están los niños que se detienen en una carrera de velocidad si no van en primer lugar y luego dicen que les dolía la rodilla; o las niñas que se salen de la raya coloreando, arrugan el papel, lo lanzan a la basura y se van gritando que el plumón no sabe pintar o tiene gorda la punta. Los perfeccionistas se sienten devastados cuando cometen un error, entran en contacto con su humanidad imperfecta y esto intensifica su miedo a fallar en el futuro. No se equivocan, pero tampoco arriesgan.

Foco en la meta. A los individuos con tendencias perfeccionistas les interesa solamente el destino. Alcanzar el objetivo es lo único que importa, el recorrido no tiene sentido. Esto hace que sean incapaces de disfrutar el momento presente pues están obsesionados con la siguiente promoción, el siguiente premio, la siguiente meta que sí los hará felices.

Pensamiento “todo o nada”. El perfeccionista tiende a tener un pensamiento extremista, es “todo o nada”, “blanco o negro”, es un “éxito o un fracaso”. No hay tonalidades de gris. El desempeño y el esfuerzo no tienen ningún mérito si el resultado no es el esperado o no es perfecto. Si no pintas como Picasso, por favor, no pintes.

Actitud a la defensiva. Las críticas para un perfeccionista son un franco asalto a su autoestima, resaltan sus defectos y son catastróficas… una verdadera trasgresión. Pueden convertirse en un trapo exprimido si alguien sugiere una manera mejor o diferente de hacer las cosas. No están abiertos a sugerencias y la retroalimentación es tan bienvenida como la cicuta.

Encontrar fallas. Los perfeccionistas son maestros para encontrar el frijol negro en el arroz. Su obsesión por el fracaso, los pone en estado de alerta permanente, anticipan y notan todo lo que puede salir o sale mal. Y no importa que tan bueno sea el resultado final, el más minúsculo detalle es motivo para demeritar un logro y nublar lo positivo.

Duros y exigentes. Desde el punto de vista de un perfeccionista, los errores son imperdonables. Esto hace que sean extremadamente duros consigo mismos y con los demás.

Rigidez de pensamiento. Sólo existe una manera de hacer las cosas, las sorpresas son peligrosas, la certidumbre es lo más valioso del mundo, el cambio es el enemigo número uno, improvisar es arriesgado, jugar es inaceptable y la obsesión por el control es la especialidad del día.

Aprobación de los demás. Los perfeccionistas operan en función del “qué van a pensar los demás”. Su valor como seres humanos está vinculado a sus éxitos o logros profesionales… “Soy lo que logro y qué tan bien lo logro”. Buscan siempre la aprobación de los demás y determinan sus vidas con base en expectativas ajenas. Para que los demás piensen que soy una buena mamá tengo que mandar a mi hija impecable al colegio, con la raya del apartado dibujada con regla, pelo restirado y tejido en una trenza perfecta que remata con un moño divino que combina al tiro con la ropa.

Cuando tenemos una mentalidad perfeccionista dejamos escapar muchas oportunidades y sueños porque nos da miedo fallar, cometer errores o decepcionar a los demás. El perfeccionismo es una prisión de alta seguridad, es como vivir en Alcatraz.

Ser perfecto no es lo mismo que ser nuestra mejor versión posible, ni tampoco nuestra versión auténtica. Para declarar que alguien es perfecto tendría que ser un producto terminado. En cambio, nuestra mejor versión posible admite que somos seres humanos en proceso.

Una manera más sana y útil de pensar asume que el trayecto puede disfrutarse, incluir desviaciones e imprevistos. Los errores se convierten en oportunidades de aprendizaje y crecimiento personal que invitan a volver a intentar. Salir de la zona de confort es salir a una aventura y dicen que ahí es donde está la magia.

Practicar la autocompasión es un antídoto muy poderoso para contrarrestar la mentalidad perfeccionista. Aquí te dejo un vínculo a un artículo que puede servirte si quieres entrar en un proceso de rehabilitación y atreverte a mostrar un poco más tu esencia.

Un ejercicio muy lindo consiste en escribir algunas frases que incluyan la palabra “casi”… “Quiero tener una casa casi limpia”, “Voy a hacer ejercicio casi todos los días”, “Soy una mamá casi perfecta”, “Mis hijos se portan casi bien”.

Y para terminar este artículo y resistir la tentación de revisarlo cinco veces más, me diré a mi misma: “Escribiré un artículo casi perfecto”.

La Felicidad y las mil y una opciones

 

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Elegir en un mundo en donde abundan las opciones no es tarea fácil y la forma en que tomamos decisiones puede afectar nuestra felicidad.

La cantidad y variedad de productos que hoy tenemos a nuestro alcance ha crecido exponencialmente. ¿Te has fijado cuántas ocpiones de cereales hay en los pasillos del supermercado, la variedad de bloqueadores solares en las farmacias dermatológicas, sabores de mermeladas? ¿Te has puesto a pensar en cuántas combinaciones diferentes puedes hacer cuando pides un café en Starbucks?

Desde luego, la abundancia de opciones mejora nuestra calidad de vida pues nos proporciona libertad y aumenta el control que ejercemos sobre nuestra manera de vivir, lo que en principio, es esencial para nuestro bienestar. Sin embargo, la sobreoferta de alternativas tiene un costo. El proceso de elegir un producto entre tantos disponibles puede resultar abrumador. A mí tantas opciones me generan problemas, me paralizan.

La industria de los teléfonos celulares ejemplifica cómo la proliferación de opciones ha modificado el proceso de elección de nosotros los consumidores. En el pasado elegir un equipo era una tarea sencilla pues los primeros celulares servían para hacer y recibir llamadas. Hoy los equipos cuentan con un sinfín de aplicaciones, capacidades de memoria y resoluciones de cámara. Ahora, antes de comprar un teléfono tenemos que escoger la marca, forma, tamaño y color, las aplicaciones tecnológicas, la compañía que brindará el servicio y el plan de renta. Ah! No te olvides de la funda protectora. Lo que antes era una tarea sencilla ahora se ha convertido en una decisión compleja que consume tiempo y genera una cuota de duda y ansiedad.

La abundancia de opciones no es exclusiva del ramo telefónico, la variedad de productos y alternativas es una realidad en prácticamente todas las áreas.

Piensa por un momento en la industria de alimentos y en todo lo que ahora podemos conseguir. Alimentos sin gluten, sin azúcar, sin lacteos, orgánicos, con stevia o splenda, sin granos, con chía, espirulina, veganos, miel de abeja o agave, aceite de coco, ajonjolí o de aguacate, harina de almendra, de yuca o de arroz… lo que quieras.

Algunas tiendas de ropa ofrecen hasta sesenta estilos diferentes de jeans, así que si no te ves bien es porque no supiste escoger tu mejor “fit”.

Y ni qué decir del mercado del “dating”. Hay páginas en línea llenas de opciones, de todas las edades, estados civiles, nacionalidades y niveles de compromiso –sólo una noche o para siempre. Me parece que estamos a un paso de poder mandar a hacer alguien hecho a la medida.

Ahora, los consumidores debemos dedicar tiempo a recopilar y analizar información extra para elegir LA opción adecuada a nuestras preferencias y necesidades. Ya no podemos echarle la culpa a la falta de posibilidades, ahora si algo sale mál es porque nos equivocamos al escoger o no buscamos lo suficiente.

¿Cómo se relaciona lo anterior con la felicidad? Estudios recientes muestran que la forma en que las personas eligimos entre tantas opciones repercute en nuestro bienestar.

La literatura clasificada a los consumidores en dos grupos de acuerdo a sus estilos de elección: los que maximizan y los que satisfacen.

Los maximizadores buscan y aceptan únicamente la mejor opción; necesitan tener la certeza de que cada compra que realizan o cada decisión que toman es la mejor. Si haces matrices para hacer comparaciones de todos los tipos de microondas que hay en el mercado, si lees todos los “reviews” de Amazon antes de elegir un libro, si todo el tiempo le cambias al canal cuando ves la televisión para ver si encuentras algo mejor, o si agonizas pensando que quizá no has tomando en cuenta toda la información disponible para decidir… puede que seas un mazimizador.

Por el contrario, las personas que satisfacen buscan una opción lo suficientemente buena; definen anticipadamente criterios y estándares y cuando encuentran una opción o artículo que cumple con éstos detienen su búsqueda. Esto no es sinónimo de mediocridad, pues los criterios de selección pueden ser muy estrictos. La posibilidad de que exista algo mejor es irrelevante para quienes satisfacen. Si sabes que necesitas una blusa blanca, con botones, cuello en “v”, que no cueste más de cierta cantidad, entras a una tienda, la encuentras, la compras a la primera porque es lo que buscabas y te olvidas del tema, entonces eres del equipo de los que satisfacen.

Los efectos de la creciente diversidad son diferentes para quienes maximizan y para quienes satisfacen. Para una persona que maximiza, más opciones representan un problema; la única forma de saber con certeza si eligió la mejor opción es evaluando todas las opciones posibles, lo cual es prácticamente imposible. Por consiguiente, cuando al fin elige un producto inevitablemente experimenta la sensación de haber podido encontrar algo mejor de haber buscado un poco más.

Para un consumidor que tan sólo busca satisfacer una necesidad, el creciente número de opciones no tiene un impacto importante en su toma de decisiones. Una vez que encuentra un artículo que cumple con sus estándares establecidos ignora la oferta restante. Libera tiempo y energía para hacer algo más.

La maximización tiene un precio y se carga a la cuenta de la felicidad. Estudios recientes han mostrado que la maximización es una fuente de insatisfacción. En un universo tan extenso en alternativas, las personas cuyo objetivo central es elegir la mejor opción tienden a deprimirse y son más susceptibles a experimentar sentimientos de remordimiento con respecto a sus compras y decisiones. Son menos felices, menos optimistas y tienden también a gastar más dinero pues la mejor opción suele ser las más nueva, cara y equipada.

En conclusión, como consumidores es importante que aprendamos a seleccionar una opción lo suficientemente buena y a no desgastarnos en el intento de conseguir la mejor. Esta práctica nos ahorrará tiempo, dinero, ansiedad y, sin duda, nos hará más felices.

Propósito de vida, Autenticidad y (mis dos) Yo

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Escribir el artículo de esta semana fue como armar un rompecabezas de tres piezas. Ya tenía dos, pero me faltaba una para conectarlas. La tercera pieza me llegó la semana pasada por correo en una caja de Amazon.

Primera pieza: Propósito de vida.

Hace tiempo que estudio el tema de sentido de vida y propósito. A veces por curiosidad, otras por necesidad.

La ciencia muestra que las personas que pueden articular en una frase corta cuál es la razón por la que saltan de la cama cada mañana –además del despertador- tienen vidas más largas y felices.

Algunas personas tienen bien definida su vocación desde pequeñas y saben a qué quieren dedicar sus vidas. Están los niños que desde la cuna juegan con cohetes espaciales y de grandes van al espacio; las niñas que tienen un amor incondicional por los animales, cuidan pájaros lastimados y de grandes crean una fundación para sacar perros de las calles.

También estamos los que no tenemos muy clara cuál es nuestra razón de ser; los que tenemos tantos intereses y pasiones que no sabemos por dónde empezar; y los que pensamos que para descubrir el propósito de nuestras vidas tenemos que viajar al Himalaya un mes y estar en silencio meditando para ver si el universo nos suspira la respuesta. O todo lo anterior.

A veces nuestra vida tiene sentido… hasta que no. Algo pasa que nos saca de curso, se empaña el periscopio o perdemos de vista lo importante.

Saber qué nos mueve promueve la longevidad y la felicidad. Dedicar tiempo a descubrir, definir o afinar nuestro propósito superior es una buena idea en términos de nuestro bienestar emocional.

Segunda pieza: Autenticidad.

Otro tema que me interesa en paralelo al del propósito es el de la autenticidad. No se qué pienses tú, pero a mi, las personas genuinas y alineadas consigo mismas me parecen particularmente sexis e inspiradoras.

En especial, admiro su valentía, pues la autenticidad implica romper con las reglas de lo establecido, de lo socialmente aceptable. El permiso para ser uno mismo, con frecuencia, requiere de no ser lo que el resto del mundo espera e implica pagar un precio.

Hace tiempo que sospecho que la autenticidad y el propósito de vida están fuertemente vinculados. Dicho de otra manera, considero que logramos vivir en la zona de nuestro propósito superior en la medida en que somos auténticos y nos mantenemos fieles a aquello que nos hace vibrar.

Me faltaba una pieza para conectar el propósito de vida con la autenticidad y creo que la encontré hace unos días en un paquete que llegó a mi casa. A mi la felicidad seguido me llega adentro de una caja y tiene forma de libro con olor a nuevo.

Tercera pieza: “Yo esencial” y “Yo social”.

Recibí el libro de Martha Beck “Finding your own North Star” –Encontrando tu propia Estrella Polar- En realidad no estaba en mis planes empezar a leerlo en ese momento, pero la curiosidad de explorar las primeras páginas me ganó.

Desde los primeros párrafos la autora logró hacerme reír con su narrativa sarcástica revuelta con humor negro, pero sobretodo, atrapó mi atención con dos conceptos: el “yo esencial” y el “yo social”.

Beck explica que el “yo esencial” es el instrumento de navegación que traemos programado de fábrica y contiene la información relacionada con nuestro propósito superior. Es un compás muy sofisticado.

Nuestro “yo esencial” sabe qué nos gusta, nos interesa, nos apasiona y tiene claro qué queremos. Nace curioso y con capacidad de asombro, nos impulsa a la individualidad, a la exploración, a la espontaneidad y a la alegría.

Por otro lado, el “yo social” es la parte de nosotros que ha aprendido a valorar y a tomar en cuenta las expectativas de la gente a nuestro alrededor y de la sociedad. Es una especie de kit de habilidades que nos ayuda a navegar por la vida.

Cuando el “yo esencial” y el “yo social” tienen una comunicación libre, directa y frecuente, son un equipo imparable. Tu “yo esencial” quiere convertirse en astronauta… tu “yo social” hace que te sientes a estudiar física espacial; tu “yo esencial” quiere ser escritora… tu “yo social” consigue ideas, pluma, papel y te inscribe en clases.

Mantener al “yo esencial” y al “yo social” en sincronía es difícil, pues trabajan bajo principios que parecieran estar encontrados.

El “yo esencial” se rige por la atracción, lo único, lo innovador, la sorpresa, lo espontaneo y lo divertido; mientras que el “yo social” responde a la evasión, la conformidad, es imitador, predecible, planeado y trabajador.

¿Cómo se ve esto en nuestra vida diaria?

Puede pasar en una primera cita, por ejemplo, que tu “yo esencial” quiere pedir pasta, filete, copa de vino y rebanada de pastel con taza de café cappuccino para rematar… pero tu “yo social” pide una ensalada chica y un vaso con agua para que tu date no piense que eres muy tragona. A tu “yo esencial” le fascina combinar pantalones de flores grandes con blusas de rayas de todos colores… tu “yo social” dice que eso sólo es admisible en Halloween. Tu yo esencial quiere dormir un par de horas más… tu “yo social” te saca de la cama, hace que te alistes y vayas a trabajar. Tu “yo esencial” quiere renunciar a ese trabajo que te chupa la vida desde hace diez años… pero tu “yo social” no quiere quedarle mal a la familia. Tu “yo esencial” quiere tener una carrera profesional… tu “yo social” dice que una buena madre se queda en casa cuidando a los niños, o viceversa.

Ahora, esto no quiere decir que el “yo social” sea un villano. Lo necesitamos también, de lo contario estaríamos todos presos o muertos. En ocasiones, por ejemplo, nuestro “yo esencial” quisiera caerle a golpes a cierta persona y nuestro “yo social” nos guarda las manos en los bolsillos. Dice Beck:

“No es que nuestro yo social sea una mala persona, al contrario, es una buena persona. Tiene el poder de conducirnos hacia nuestro propósito de vida, siempre y cuando nuestro yo esencial sepa decirle por dónde queda”

El problema es que vamos aprendiendo a reprimir nuestros impulsos, a poner los intereses de los demás por encima de los nuestros, a ignorar lo que nos mueve, al grado que, podemos incluso olvidar quién somos y pasamos la vida dándole gusto a los demás.

La mayoría de nosotros ponemos a otras personas al mando de nuestras vidas. Dejamos de consultar nuestro propio sistema de navegación. Nuestro “yo social” se desconecta de nuestro “yo esencial”.

¿Cómo podemos saber si nuestros “yo’s” han dejado de comunicarse?

De acuerdo con Martha Beck, si sentimos que nuestra vida en general está llena de insatisfacción, ansiedad, frustración, enojo, aburrimiento, apatía o desesperanza, entonces quiere decir que nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” no están sincronizados. Nuestro “yo esencial” encuentra la manera de hacerse escuchar.

¿Cómo conecto las tres piezas?

Alcanzamos nuestro propósito de vida cuando somos nuestra versión más auténtica. Para lograr esto, nuestro “yo esencial” y nuestro “yo social” deben mantener una conversación fluida. De lo contrario, dejamos de ser auténticos, avanzamos por la vida sin compás y perdemos de vista nuestra “propia estrella polar”.

La felicidad de los migrantes

migrantes

¿Alguna vez te has preguntado qué pasa con la felicidad y el bienestar de los inmigrantes?

Este año el Reporte Mundial de la Felicidad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) llevó a cabo un estudio profundo sobre la migración para entender los efectos que este fenómeno tiene en la calidad de vida de todos los involucrados.

Las personas en el mundo están moviéndose. Algunos lo hacen voluntariamente y van detrás de las nuevas y mejores oportunidades que ofrece la globalización; mientras otros huyen de sus lugares de origen por causa de la guerra para salvar sus vidas.

No todos los inmigrantes son iguales. No obstante es posible asumir que detrás de cada historia individual existe el deseo y la prospección de una vida más feliz.

¿Lo logran?

Esta es la pregunta central que intenta responder el estudio realizado por la ONU.

Muchos migrantes sin duda experimentan incrementos en su felicidad, especialmente los que logran satisfacer necesidades básicas o hacen realidad sus sueños en el país destino. Los migrantes que llegan a un país más desarrollado, por ejemplo, además de mejorar sus condiciones económicas, reciben otros beneficios como libertad, educación y seguro social.

Algunos datos generales sobre la migración…

Según datos del Reporte Mundial de la Felicidad, la migración internacional ha crecido 90 millones en el último cuarto de siglo. En 1990 había en el mundo 153 millones de personas viviendo en un lugar diferente a su lugar de nacimiento; en 2015, este número creció a 244 millones y de estos el 10% son refugiados –unos 25 millones-.

Los diez países más felices del mundo de acuerdo con el “ranking” más reciente, tienen una proporción de migrantes superior al promedio mundial. En 2015 estas naciones registraron un porcentaje de extranjeros de alrededor del 18%, que es más del doble del promedio mundial de 8.7%.

Dichos países además de tener a la gente más feliz del mundo, tienen a los extranjeros más felices. Si se ordenan los países en función de la felicidad de sus inmigrantes, aparecen en los primeros diez lugares, los mismos países que cuando se toma en cuenta al resto de la población. Detrás de estos resultados está una combinación de factores: estos países son destinos atractivos para los migrantes, existe una mejor disposición de los locales para aceptarlos y una mayor habilidad para integrarlos a su sociedad.

¿Qué sabemos de la felicidad de los inmigrantes una vez que llegan a su destino?

En el reporte destacan tres resultados principales…

El primero es que en los países con un nivel de felicidad promedio –media tabla-, los inmigrantes son tan felices como las personas que nacieron ahí. Sin embargo, en los países más felices del “ranking” mundial, los inmigrantes son menos felices que los locales. Llegar a un país donde la gente es más feliz tiene un efecto positivo en la felicidad del migrante pero que no es suficiente para igualarlos con la población local. Esto en parte es explicado por el segundo resultado.

La felicidad de cada migrante no sólo depende de la felicidad promedio de los nacidos en el país destino, sino también del nivel de felicidad promedio de las personas en su país de origen. Entonces, si un migrante va de un país menos feliz a uno más feliz, como es común, el migrante termina más feliz que antes, pero relativamente menos feliz que los locales. No todo el cambio en la felicidad de un migrante es producto del movimiento.

El tercer resultado muestra que una parte de la felicidad de los migrantes depende de manera importante de la buena aceptación por parte de los locales.

¿Y qué pasa con la felicidad de los migrantes en el tiempo?

La evidencia sugiere que su felicidad permanece constante. Se dan dos fenómenos, uno positivo y uno negativo, que tienden a cancelarse mutuamente y tienen que ver con el concepto de “grupo de referencia” o “grupo de comparación”.

Cuando las personas recién llegan a un país más feliz, su grupo de referencia sigue siendo principalmente el de su país de origen. Al compararse y verse en una situación relativamente mejor, su felicidad aumenta. Este efecto se diluye con el paso del tiempo, pues a medida que las condiciones de vida de los inmigrantes mejoran, comienzan a compararse con las personas en el país destino y esto potencialmente disminuye su felicidad.

Los resultados del Reporte Mundial de la Felicidad muestran que se puede ser feliz incluso dejando todo atrás.

La migración también tiene su lado oscuro.

Migrar a otro lado supone renunciar al idioma, a los amigos, a la familia, a la comida, a las costumbres. En casos extremos incluye abuso, explotación, exclusión social y un estatus de “menor” calidad.

Sin lugar a dudas, el Reporte Mundial de la Felicidad ilumina y aporta información muy valiosa sobre el fenómeno de la migración. Me fascinan los datos y me parece fundamental entender a fondo esta problemática. Sin embargo, no puedo evitar pensar que los resúmenes gráficos y de porcentajes no son suficientes para ilustrar la realidad en la que viven miles de migrantes.

Hay diferentes tipos de migrantes… Algunos cambian su residencia viajando con visa a un país en el extranjero para estudiar una maestría en una universidad de prestigio; mientras que otros, viajan escondidos en camiones o en el lomo de un tren conocido como “La Bestia” jugándose la vida y empleándose en lo que sea para poder comer.

Los números no alcanzan para explicar el sufrimiento por el que atraviesan los migrantes, no cuentan las historias personales, ni nos dejan ver lo que han tenido que aguantar y superar.

De este último tipo de migrantes quiero hablar y para esto les comparto una historia personal.

Gracias a la invitación de unos buenos amigos, hace un par de meses mi familia y yo tuvimos la oportunidad de visitar y hacer trabajo voluntario en Casa Monarca.

Casa Monarca es una organización dedicada a brindar ayuda humanitaria a los migrantes en Monterrey que llegan directamente a sus instalaciones o que pasan días/meses cerca de las vías por donde pasa el tren… “La Bestia”.

La experiencia fue impactante. Fuimos un domingo a media mañana y nos encontramos con otros voluntarios. Algunos limpiaban frijoles, una persona cocinaba arroz y un guisado de carne en cacerolas enormes. Había otro grupo separando por tallas y genero la ropa donada.

Mientras estaban listos los paquetes de comida que nosotros íbamos a repartir en las vías del tren, nos dieron una pequeña charla de inducción y sensibilización con respecto a la problemática de los migrantes. Algunas historias son en verdad desgarradoras.

Cuando estuvieron listas y empaquetadas las comidas salimos a la ruta en compañía de un guía voluntario. Nos tocó la ruta “Cuauhtémoc”. Fuimos en carro a recorrer las calles cerca de las vías para encontrarnos con migrantes y entregarles la comida del día. Ese domingo en particular no encontramos muchos. Resulta que la “migra” había realizado una redada los días anteriores. Pero sí encontramos a algunos. Todos hondureños, todos con las manos vacías, cubiertos de polvo y con la ropa sucia, todos amables, agradecidos por la comida, todos con esperanza. Hablamos un poco con ellos, les preguntamos su nombre. No se me ocurrió preguntarles qué tan felices eran…

Ninguna estadística cuenta la realidad tan bien como repartir comidas a los migrantes un domingo en la mañana. En las vías del tren viven y caminan esos “números” anónimos resumidos a un porcentaje en un reporte. Nada llega más directo que conocerlos.

La migración internacional, para muchas personas, es un instrumento poderoso por medio del cual pueden mejorar sus vidas dado que la mayoría de los migrantes y sus familias en casa mejoran sus condiciones económicas. Tristemente. no todos los migrantes, ni todas las familias que se quedan experimentan un aumento en su felicidad como producto de la migración.

Hay mucho que aprender y mucho que hacer para asegurar el bienestar de los migrantes.

Yo quiero invitarte a visitar Casa Monarca para que hagas una contribución positiva en la vida de un migrante. Puedes ayudar donando ropa, zapatos o artículos de higiene personal.

Te aseguro que, al menos por un momento, tu felicidad y la de un migrante aumentarán.

Hacia un mundo más feliz

 

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Hace un par de semanas salió el Reporte Mundial de la Felicidad para el 2018. Este es el sexto año consecutivo en que la Organización de Naciones Unidas (ONU) hace un análisis extenso de los niveles de felicidad global.

Detrás de esta publicación está el trabajo riguroso de investigadores y académicos en el mundo que se dan a la tarea de entender qué explica la felicidad de las personas e identificar las condiciones que favorecen su bienestar.

Esto me emociona mucho, pues cada día tenemos más información científica a la que podemos recurrir para tener vidas más felices y plenas.

En el reporte de la ONU podemos ver la jerarquización de 156 países de acuerdo con su nivel promedio de felicidad. Estos resultados provienen de la encuesta de Gallup y muestran estabilidad o cambios de un año a otro, así como los factores que más contribuyen a la felicidad promedio en cada país.

La investigación es muy completa. Además de ver el “ranking” de los países según su felicidad, explica las razones detrás de los resultados y dedica un espacio importante para explorar a fondo alguna problemática en particular.

Este año llevaron a cabo un estudio muy interesante sobre la migración, sus consecuencias en la felicidad y presentaron una lista de 117 naciones ordenadas con base en la felicidad de sus inmigrantes. Los hallazgos son interesantísimos y merecen un artículo dedicado exclusivamente a este tema.

El indicador para medir la felicidad o el grado de satisfacción con la vida es la Escalera de Cantril. Los participantes evalúan su vida en una escala del 0 al 10, donde 0 es la peor vida posible y 10 es la mejor vida posible.

Y para explicar las diferencias en los niveles de felicidad de las naciones se utiliza un índice compuesto por seis elementos: Producto Interno Bruto (PIB), expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, generosidad y ausencia de corrupción.

Te comparto algunos de los resultados que me parecieron más interesantes del reporte para 2018.

Finlandia es el país con el nivel de felicidad más alto; mientras que Burundi, el país con el nivel más bajo. Estados Unidos ocupa el lugar 18.

Los países en los primeros diez lugares son: Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza, Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Suecia y Australia. Todos estos países tienen valores altos en las seis variables que fomentan el bienestar a nivel país: ingreso, expectativa de vida sana, relaciones sociales, libertad, confianza, generosidad y ausencia de corrupción.

Los países latinoamericanos, con excepción de Venezuela, están dentro de los primeros 70 lugares en el “ranking” mundial. Este resultado ha sorprendido más de una vez a investigadores y académicos en el mundo. De acuerdo con el nivel de ingreso nacional –y según el modelo de pronóstico-, la felicidad promedio en América Latina debería ser más baja. Esto quiere decir que los latinoamericanos producimos más felicidad por el mismo dólar que otros países -le sacamos más jugo al mismo limón- y, además, que algo más que el dinero explica la felicidad.

De los latinoamericanos, Costa Rica es el mejor país con la posición número 13. El caso de Costa Rica es muy interesante, pues logran ser felices con un uso más eficiente y sustentable de sus recursos ambientales. Si te interesa este tema puedes consultar el Happy Planet Index.

México apareció este año en el lugar número 24. Recuperamos una posición con respecto al año pasado. Este resultado es muy bueno si tomamos en cuenta que hay 156 países en la lista –estamos dentro del 16% más alto-. Sin embargo, en la comparación de cambios en el nivel de felicidad promedio entre los periodos 2008-2010 a 2015-2017, los resultados para México no son favorables. La felicidad ha caído 0.37 puntos en una escala del 0 al 10. Estamos entre los países más felices del mundo, pero moviéndonos en la dirección equivocada. Toca ponernos a pensar por dónde se nos está escapando la felicidad promedio nacional y qué podemos hacer al respecto. ¿Tu qué opinas?

Venezuela registró la caída más grande en la felicidad promedio entre 2008-2010 y 2015-2017. En este país la felicidad cayó 2.2 puntos en una escala de 0 a 10. La enorme crisis económica, política y social ha deteriorado de manera importante la calidad de vida de los venezolanos. Este resultado hace posible concluir que las condiciones externas –cuando no son buenas y ponen en riesgo nuestra seguridad personal- juegan un papel importante en nuestro bienestar emocional.

Para el reporte de este año, la ONU realizó un estudio profundo acerca de la relación entre la migración y la felicidad. Voy a dedicar el artículo de la próxima semana a este tema, pero adelanto un resultado que me llamó la atención. El “ranking” de países de acuerdo a la felicidad de sus inmigrantes es prácticamente el mismo que el “ranking” del resto de la población. Esto sugiere que parte de la felicidad de los migrantes depende en buena medida de la calidad de vida del lugar que eligen como destino.

Finalmente, el reporte resalta tres problemas de salud que amenazan la felicidad global: la obesidad, la crisis de opiáceos –drogas, medicamentos para controlar el dolor- y la depresión. La mayoría de la evidencia proviene de Estados Unidos, donde estos problemas han crecido más rápido que en ningún otro lado. Para mejorar la felicidad en el mundo será necesario atender estos temas y prevenir que sigan creciendo.

Me emociona que el Reporte Mundial de la Felicidad vaya en su sexta edición. Parece que nos vamos acercamos a una política pública que pone a la persona y a su bienestar en el centro. Estamos conceptualizando medidas de progreso que van mucho más allá del ingreso de un país y su capacidad de producción.