Política, Economía y Felicidad: Redefiniendo el concepto de bienestar y progreso

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Hoy me tocó jugar de “conferencista emergente” en un congreso de jóvenes de secundaria interesados en política. Esta conferencia no estaba en mis planes para esta semana, pero una llamada inesperada la puso en mi agenda.

¡Me encantó!

Hace mucho que no pensaba en revolver en una frase las palabras: “Política, Economía y Felicidad” – título de mi plática esta mañana-. Y justo arranqué preguntando a los estudiantes si habían visto alguna vez estas tres palabras juntas en una misma oración. Me dijeron que no.

Justo en esa revoltura de palabras y hace casi veinte años empecé a caminar junto al tema de la felicidad. Estudiaba economía y tenía que hacer la tesis. No me inspiraba nada que tuviera que ver con tipos de cambio, tasas de interés o balanzas de pago, entonces busqué algo en el terreno de la Economía del Bienestar.

En teoría económica, la felicidad de una persona está directamente relacionada con su nivel de ingreso. En otras palabras, más dinero, más consumo, más necesidades satisfechas, más felicidad.

A nivel país, esta teoría dicta que entre más alto es el Producto Interno Bruto (PIB) –indicador tradicional clave de progreso y bienestar- mayor es la felicidad promedio de sus habitantes.

Esta teoría económica está completamente relacionada con la política. Los gobernantes deben promover y mejorar el bienestar de sus ciudadanos y tratan de lograrlo con políticas públicas enfocadas a incrementar la riqueza material. Una de las promesas centrales en cualquier campaña política es hacer crecer el PIB.

Hoy sabemos mucho más a cerca de la felicidad. Años de investigación científica han demostrado que la felicidad de la gente es explicada por algo más que el dinero. Hay otras variables que juegan un papel mucho más importante en la generación de felicidad de una persona y en el grado de satisfacción que siente con su vida.

Esto nos ayuda a entender por qué crecimientos económicos considerables en muchos países no han venido acompañados de aumentos en la felicidad promedio de su gente. Hoy tenemos riqueza material, avances de tecnología impresionantes y, al mismo tiempo, tasas de depresión nunca antes registradas.

Hace unas décadas inició un movimiento internacional para medir la felicidad de los habitantes de un país. Nacieron iniciativas para crear indicadores de bienestar subjetivo y sumarlos a los indicadores objetivos tradicionales con el fin de usar ambos en el diseño de políticas públicas.

Comenzó a redefinirse del concepto de bienestar y progreso.

Hace unos meses tuve la oportunidad de escuchar en el Foro Mundial de la Felicidad a Mariano Rojas, investigador líder en México –y en el mundo- en temas de felicidad y política pública. Su conferencia me pareció realmente inspiradora. Y esta mañana, que tuve el reto de hablar de política y felicidad frente a un grupo de jóvenes, recurrí a las notas que tomé cuando lo escuché.

Lo que sigue a partir de aquí es un resumen de la propuesta y visión de Mariano.

Es importante redefinir el concepto que tenemos de progreso y bienestar. Tenemos que evolucionar de una definición basada en capacidad de producción, bienes y consumo a una definición basada en personas. Una definición de progreso con el ser humano al centro, en lugar de su capacidad de producir y consumir. Una definición que vaya más allá del PIB y este enfocada en la felicidad promedio.

Esto requiere de romper paradigmas en varios aspectos.

El primero implica pasar de una tesis enfocada en el capital físico a una centrada en la comunidad. Entonces, en lugar de seguir construyendo autopistas de alta velocidad, distribuidores viales y rascacielos deberíamos enfocarnos en crear comunidades donde se resalten la identidad y el sentido de pertenencia; donde el contacto con los vecinos, la seguridad, la salud y las actividades gratificantes tengan prioridad.

Es necesario dejar de ver al mundo como una fuente de recursos y capitales naturales a explotar y empezar a verlo como nuestra casa, como un ecosistema del que somos parte. Tenemos que darle valor al medio ambiente.

El sistema de educación también tiene que cambiar. En el sistema actual vemos a nuestros niños y jóvenes como la futura fuerza laboral. Los entrenamos para desarrollar competencias que los hagan productivos. Vemos a la educación como una inversión en activos que podremos explotar más adelante. Un concepto basado en felicidad tendría que estar basado en el disfrute de la educación, en obtener conocimiento y habilidades para la vida -felicidad, valores no materialistas, prevención de la salud, relaciones interpersonales-. Tendría que estar basado en formar buenos ciudadanos y personas integrales.

Nuestro concepto del tiempo libre también cambiaría. En el esquema tradicional, el tiempo libre se considera improductivo, vagancia, la fuente de todos los vicios, un desperdicio. En el nuevo esquema el tiempo libre es gratificante, una oportunidad para crecer, aprender y renovarse.

Este movimiento  además obliga a cambiar la idea que tenemos con respecto al trabajo. Con una definición de progreso y bienestar basada en PIB tendemos a ver al trabajo como algo malo, un sacrificio que tenemos que hacer, algo estresante y donde el sueldo es un premio por el sacrifico y el único motivador. Bajo el esquema de la felicidad, el trabajo puede ser una fuente de satisfacción. Una oportunidad para desarrollar nuestros talentos, hacer amigos, un espacio apasionante y donde la motivación vine de adentro.

En conclusión, esta nueva definición de progreso admite que la vida y la felicidad es algo más que sólo dinero, producción y consumo.

Todo empieza con un nuevo discurso de desarrollo y sembrando en las nuevas generaciones una manera diferente de pensar.

Al final de la plática pregunté a los jóvenes si les gustaría vivir en un mundo que pusiera al centro la felicidad de las personas. Dijeron que sí. Me quedo con la esperanza de que sigan interesados en hacer política, una política diferente y mejor.

 

 

Psicología Positiva: La otra cara de la moneda

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Sin importar quiénes somos, cuándo o en dónde vivimos, las personas compartimos el deseo de ser felices y, detrás de este ideal, está el por qué de todo lo que hacemos. Esta es una razón suficiente para afirmar que la felicidad es importante.

La felicidad es más que una sensación placentera. Es un mecanismo que induce un estado emocional que nos da ventajas para jugar en la vida colocándonos en mejor posición de cancha y con recursos de mayor calidad.

La felicidad es una habilidad esencial. Si quieres conocer con detalle sus beneficios te recomiendo que sigas este vínculo.

¿Cómo sabemos todo esto?

La búsqueda de la felicidad es ancestral, pero el esfuerzo por estudiarla desde un punto de vista científico es relativamente nuevo y comenzó con investigaciones aisladas en diferentes áreas de la academia, por ejemplo, en la Economía alrededor de 1940.

La Ciencia de la Felicidad o la Psicología Positiva, como la conocemos hoy, surgió hace apenas unos veinte años -en 1998- y gracias a Martin Seligman, profesor e investigador de la Universidad de Pensilvania.

Hasta el año 2000, aproximadamente, por cada artículo que había sobre la felicidad, el amor, la alegría, la satisfacción en el trabajo o las emociones positivas, había veintiún publicaciones sobre depresión, ansiedad, esquizofrenia y neurosis.

La psicología tradicional parte de las preguntas: ¿Qué está mal? y ¿Cómo lo arreglamos?

Entonces si te sientes triste, ansioso, sin ánimo y energía para sacar adelante tus días, quizá decides consultar a un psicólogo o a un psiquiatra tradicional. Y una de las primeras preguntas que te hará –después de ¿cómo te llamas? y ¿Quién te recomendó conmigo?– seguramente será: ¿Qué problema te trae por aquí?

La psicología tiene como objetivo reparar algo que está roto, que no funciona correctamente, trata de las emociones oscuras, de las disfuncionalidades y los desórdenes. Tiene como fin llevar a una persona que está en números rojos o en un estado emocional negativo de regreso al promedio, al cero, a un estado neutral.

Este modelo basado en composturas no es exclusivo de la psicología tradicional.

Generalmente nos enfocamos en corregir fallas. Durante las sesiones de retroalimentación, los jefes señalan nuestras “áreas de oportunidad”; los consultores tradicionales  analizan en las empresas equipos de trabajo para encontrar deficiencias. Y del colegio recibimos mensajes cuando nuestros hijos se portan mal o necesitan clases extras para ponerse al corriente en ciertas materias.

Pero no todo son problemas y no todo está roto.

Martin Seligman comenzó a cuestionar el alcance de la psicología tradicional al darse cuenta de esta marcada tendencia hacia enfocar esfuerzos en lo triste, lo malo y lo negativo.

No todas las personas están tristes o están tristes todo el tiempo. Muchos matrimonios funcionan y permanecen juntos toda la vida; hay gente que disfruta haciendo su trabajo, individuos que tienen redes de apoyo, amistades sólidas y recursos para hacer frente a las adversidades. Existen los optimistas y lo que están satisfechos con sus vidas. Hay personas felices.

Seligman puso sobre la mesa preguntas diferentes: ¿Qué hace la gente que se siente bien? ¿Qué características tienen las relaciones de pareja exitosas? ¿Qué distingue a los amores que duran para siempre? ¿Qué hábitos tienen los individuos que están contentos con sus vidas? ¿Qué podemos aprender de las personas felices?

Un enfoque diferente.

La Psicología Positiva parte de las preguntas: ¿Qué está bien? ¿Qué funciona? y ¿Cómo podemos construir sobre eso?

Esta nueva ciencia no tiene nada que ver con ignorar lo que no funciona –en mí, en mis relaciones, en mi trabajo, con mis hijos-. La psicología positiva se trata de reconocer, apreciar e incluir TAMBIÉN lo que sí funciona, lo que sí sale bien.

Nos ofrece un panorama más completo de la realidad y de lo que existe. Así como hay dolor, sufrimiento, odio y coraje… En el mundo también hay amor, alegría, solidaridad, generosidad, cariño y felicidad.

Cambiar la pregunta es siempre un ejercicio poderoso. Cuando preguntamos: ¿Qué esta mal? Encontramos problemas y la misión se convierte en un rescate. Cuando preguntamos: ¿Qué está bien? Visualizamos fortalezas, habilidades y motivación para crecer.

Cuando cambias la pregunta, cambia la respuesta. Recuerda siempre tomar en cuenta las dos caras de la moneda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jugar con nuestros hijos: La llave a su mundo emocional

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¿Hace cuánto que no juegas?

 Jugar, aunque ya seamos grandes, es una de las recomendaciones que nos hace llegar la Psicología Positiva para mejorar nuestro bienestar emocional y vivir más felices.

Hace unos meses platicaba con Bárbara de la Garza, psicóloga y mamá, sobre una certificación que tomó en Terapia de Juego.

Me pareció muy interesante este enfoque.

Hoy en el blog tenemos a Bárbara como invitada especial para que comparta con nosotros los beneficios de jugar con nuestros hijos.

 

Jugar con nuestros hijos: La llave a su mundo emocional

Bárbara de la Garza

Desconozco por qué tenemos la falsa idea de que el juego es sólo para niños. Todos, absolutamente todos tenemos la necesidad de jugar pues es crucial para nuestro desarrollo social, emocional, físico, intelectual y psicológico.

El juego nos brinda experiencias que se convierten en los cimientos neurológicos para desarrollar habilidades mentales avanzadas, tales como la creatividad, el pensamiento abstracto, el lenguaje expresivo y el comportamiento pro-social.

Es tan importante el papel del juego en nuestro desarrollo, que la Organización de las Naciones Unidas lo reconoce como un derecho de la niñez, al mismo nivel que al derecho a la educación y a la salud. Jugar es tan necesario para el sano desarrollo de un niño como ir a la escuela y al pediatra. ¡Así de importante es jugar!

Hoy en día nos hemos vuelto más conscientes de la importancia de llevar una vida sana y nos esforzamos más para tenerla. Algunos nos hemos vuelto expertos en leer etiquetas de alimentos para seleccionar lo más nutritivo e, incluso, lo combinamos con ejercicio para mejorar nuestro bienestar.

Jugar resulta un ingrediente esencial para la salud y el bienestar.

En diversos estudios se han comprobado los beneficios del juego sano. Por ejemplo, Jaak Panksepp, psicólogo y neurocientífico, menciona que las interacciones recíprocas y sincronizadas del juego ayudan a que el cerebro aprenda a tener un mejor control impulsos. La psicóloga infantil y psicoterapeuta Margot Sunderland comenta que el juego nos ayuda a que nuestros cambios de estado emocional sean menos drásticos.

El cerebro es un órgano social y las experiencias forman su arquitectura. Jugar con nuestros hijos, reír y deleitarnos con ellos brinda experiencias positivas que a nivel cerebral, construyen nuevas rutas neurológicas creando cimientos para relaciones más sanas. Jugando con ellos, además, les transmitimos un mensaje poderoso…¡Eres importante! ¡Disfruto estar contigo!.

La mayoría de los padres buscamos tener una mejor comunicación con nuestros hijos, nos gusta que nos cuenten qué les pasa. Sin embargo, es importante comprender que para los pequeños no es fácil verbalizar qué sienten o qué les pasa porque muchas veces ni ellos mismos lo saben.

El juego puede ayudarnos a comprenderlos pues es una especie de llave que nos permite el acceso a su mundo emocional. Jugando con los hijos podemos entrar en estados de resonancia, empatía y conexión que nos dejan asomarnos a lo que sucede en su interior.

Quizá se estarán preguntado y ¿Qué juegos? ¿Juegos de mesa? ¿Juegos al aire libre? ¿Juegos didácticos?… Eso mismo me preguntaba yo cuando recién descubrí los beneficios del juego y quise ponerlos en práctica.

Cada quien tiene su estilo. Hay quienes disfrutan jugar a las muñecas, divertirse con juegos de mesa, colorear o hacer manualidades con sus hijos. Hay padres más dinámicos y prefieren jugar escondidas, voto, carreritas, lanzar pases o ser porteros. Todo es bueno. No importa cuál sea el juego, el único requisito es que sea interactivo y puedan verse cara a cara.

Les cuento algunas ideas que hago con mis hijos y recomiendo en mis consultas. No es necesario hacer algo súper especial, basta con convertir actividades cotidianas en juegos. Adivinar comerciales cuando vemos la televisión o canciones que tarareamos, vernos a los ojos sin parpadear, cerrar los ojos y atinarle al color del M&M que tenemos en la boca, utilizar nuestras espaldas como pizarrones y descifrar las letras o palabras que escribimos, contar todos los carros rojos que veamos en el camino. El único objetivo es dejar que fluya la creatividad y el juego nos haga reír y disfrutar.

Te dejo una recomendación importante… Cuando juegues con tus hijos no los corrijas, los juzgues o los llenes de instrucciones. Recuerda siempre que estás jugando y solamente juega.

Jugar con nuestros hijos es la llave para entrar a su mundo emocional y además tiene un premio: el juego produce altos niveles de empatía y conexión positiva que reducen el estrés y ahuyentan las emociones difíciles. ¡Que maravilla!

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¡Fuerza México!

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Hace 32 años a muchos nos tocó vivir uno de los eventos más duros y difíciles que ha atravesado nuestro país.

Hoy lo revivimos.

Otra vez nos encontramos haciendo llamadas y mandando mensajes para localizar a los que queremos y asegurarnos que están bien. Nuevamente estamos sentados frente a la televisión viendo esas imágenes conocidas que nos dejan sin aliento. Una vez más a prueba.

Eventos como el terremoto de hoy nos recuerdan en un instante lo que es verdaderamente importante en la vida y pasan a segundo plano las pequeñeces que abruman nuestros días.

Este es un momento para reflexionar y actuar en lo que es esencial.

Estrechar nuestros lazos sociales. Noticias como estas dejan claro que nuestros seres queridos son lo más valioso. Recordemos expresar afecto y comunicar nuestro cariño, hacer tiempo para compartirlo con nuestros familiares y amigos. No esperemos ocasiones especiales para dejarle saber a nuestra gente que la queremos.

Practicar la gratitud. Tomar nota de todo lo que pudo haber pasado pero no pasó, agradecer la ayuda de los rescatistas y civiles que están trabajando para salvar vidas y aliviar la situación, apreciar que hoy los protocolos de emergencia funcionan mejor que hace 32 años. Dar gracias a todos los que estando lejos se preocupan y envían mensajes de aliento.

Activar la generosidad. Es momento de ayudar de cualquier manera que sea posible. Contribuir desde donde estamos y con lo que tenemos. Toca mostrarnos solidarios. Estemos al pendiente de las fuentes oficiales de información que anuncian lo que necesitan los afectados y hagámoslo llegar pronto –agua, comida enlatada, pañales, lámparas, guantes para los rescatistas-. Ayuda como puedas.

Fortalecer el músculo de la resiliencia. Superar la adversidad haciendo uso de la fuerza que nos une. Ya lo hicimos una vez. Sabemos como reconstruir. Va de nuevo.

Acompañemos con nuestras oraciones y cariño a todos los afectados de esta tragedia.

México… ¡Hoy es juntos!

De conflictos y otras cosas

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“La creatividad nace del conflicto de ideas” –Donatella Versace

El conflicto es importante para tener relaciones sanas, exitosas y de largo plazo.

¿Qué?

¿No se supone que las relaciones ideales son libres de conflictos, desacuerdos, desilusiones, están llenas de sonrisas y viven felices para siempre?

Resulta que no. La falta absoluta de conflictos en una relación puede ser una señal de alarma que significa una de dos cosas: o estamos metidos en una película de Hollywood –y nadie nos ha dicho que somos un personaje de cuento- o estamos cocinando a fuego lento resentimientos, distancias emocionales y, eventualmente, rupturas.

Siempre aprendo algo.

Esta vez de Tal Ben-Shahar en un video donde habla de las relaciones amorosas, que es parte del contenido del certificado en Psicología Positiva que estoy tomando.

Me pareció muy valiosa la información y creo que su alcance va más allá de las relaciones de pareja. Es transferible a cualquier relación entre personas, ya sea en la familia, con los amigos o en equipos de trabajo.

El conflicto es necesario para el éxito de una relación de largo plazo, también es inevitable. Los conflictos aparecen por fuerza natural; la vida nos pone de cara a situaciones donde es obligatorio tomar decisiones, resolver dilemas, discutir temas, retar puntos de vista o avenidas de acción. Y en estos escenarios, no sólo es esperado que aparezcan desacuerdos, enojos y frustraciones, sino que es normal.

Lo que no es normal es la ausencia de conflicto. Si nada sacude las aguas, entonces estamos barriendo lo que nos incomoda debajo del tapete, lo estamos ignorando, escondiendo o estamos pasando por encima de nuestra autenticidad.

Esto crea resentimiento, que es enemigo de la confianza y la intimidad. Una armonía artificial que drena y tarde o temprano lleva a las parejas a separarse físicamente o a quedarse juntas por las razones equivocadas: los hijos, las normas sociales, por conveniencia o porque no hay una mejor alternativa.

Los conflictos son importantes porque “inmunizan las relaciones”. Tal Ben-Shahar hace una analogía que me parece muy buena para entender esta idea. Si al nacer un bebé lo metemos en una burbuja estéril durante sus primeros años de vida y luego lo dejamos salir al mundo, lo más probable es que muera, pues no tuvo la oportunidad de desarrollar su sistema inmunológico recibiendo las vacunas de la vida. En las relaciones sucede lo mismo; si permitimos que crezcan en espacios estériles, cuando aparezca un conflicto grande no tendremos un sistema inmune listo, ni la fuerza interior para hacerle frente y habrá un rompimiento permanente.

Ahora… no todos los conflictos son iguales.

Hay conflictos positivos que promueven el crecimiento y están basados en la confianza.

Pat Lencioni, experto en gestión de equipos, explica que el conflicto puede ser bueno y productivo cuando refleja la búsqueda de la mejor solución posible, la intención de hacer lo correcto o el deseo de tomar decisiones atinadas. Para esto es fundamental la confianza, pues nos permite superar el miedo a diferir en opiniones, a retar ideas y a levantar la voz sin temor a herir sentimientos o susceptibilidades ajenas. Esta idea es transferible a todos los tipos de relaciones -parejas, familias, amigos, compañeros de trabajo-.

Ahora… tenemos que cuidar ciertos aspectos cuando estamos en situaciones de conflicto para evitar que éstos se vuelvan hostiles y destructores.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis es una metáfora del nuevo testamento que muestra el final de los días. Representan la conquista, la guerra, el hambre y la muerte, respectivamente. John Gottman, especialista en relaciones de pareja, utiliza esta metáfora para describir estilos de comunicación que pueden terminar con la unión de una pareja. Estos conceptos aplican a cualquier relación entre dos personas que se comunican.

¿Cuáles son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis?

Crítica. Consiste en atacar la esencia de una persona o un aspecto de su personalidad en lugar de enfocarnos en un comportamiento específico o en una acción. Por ejemplo: “eres un egoísta, sólo hablas de ti” en lugar de “me siento excluida cuando no preguntas cómo estuvo mi día”. Con los hijos puede sonar parecido a esto… “eres malo por haber golpeado a tu hermano” en lugar de “golpear está mal”.

Desprecio. Viene de una actitud de superioridad y podemos hacer mucho daño. Faltamos al respeto, nos burlamos, usamos el sarcasmo, apodos, ridiculizamos, rolamos los ojos para arriba, hacemos chasquidos con la boca o miramos por encima del hombro. Empequeñecemos o hacemos sentir poca cosa a la otra persona: “no podrías ser más tonto ni aunque te emplearas a fondo”. Este jinete es el más peligroso de todos.

Defensiva o hacerse la víctima. Cuando recibimos un reclamo o una crítica y buscamos la manera de voltear el argumento, de encontrar escusas para que nuestra contraparte de un paso atrás. Volteamos la mesa o la tortilla, como dicen. Por ejemplo: nos dicen “no llamaste al doctor para hacer la cita” y respondemos “deberías hacerlo tú, ¿cómo se te ocurre pedirme que lo haga yo sabiendo lo ocupada que estoy?”. Funciona mucho mejor asumir nuestra responsabilidad en el conflicto.

Retirada emocional o levantar un muro. También lo conocemos como “ley del hielo”. Sucede cuando quien escucha se desconecta de la interacción dejando de responder, tapándose los oídos, mirando como si la persona no existiera, ocupándose, dejando de hablar horas o incluso días. En WhatsApp, después de un conflicto, equivale a que nos dejen en “visto”. Es más efectivo pedir un tiempo fuera para distraernos y restablecer nuestro equilibrio emocional antes de volver a la discusión.

No es posible ni deseable eliminar lo negativo. No se trata de ignorar lo que no funciona o hacer a un lado los problemas. Se trata de resaltar y acentuar lo bueno, lo que sí funciona. Hacer un esfuerzo deliberado por lograr que nuestras interacciones positivas superen a las negativas.

Con pequeños detalles podemos sostener interacciones positivas en el tiempo.

Darle un abrazo a nuestra pareja e hijos antes de despedirnos en las mañanas, enviar textos de cariño, mostrar afecto con sonrisas, cariños, miradas, escuchar activamente, hacer cosas diferentes para salir de la rutina.

Las discusiones y el conflicto pueden ser una vía para crecer y fortalecer nuestras relaciones más importantes. Recuerda que la total falta de conflicto entre dos personas puede ser una señal de alarma.

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La felicidad en tiempos difíciles

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Hay temporadas cargadas de pérdidas. El camino se pone cuesta arriba, no para de llover y la esquina para descansar no está disponible.

Los últimos días han sido de despedidas. Se fue Ofelia, compañera de generación, con sus ojos de azul intenso y su sonrisa generosa. Se fue Eli, entrenador de voleibol del colegio, que por años dedicó tardes enteras a enseñarnos cómo recibir, devolver y rematar balones. Hace dos días también se fue Mími, la perrita del apetito insaciable, guardiana y compañera inseparable de mi mamá durante los últimos nueve años.

Se siente un hueco, el aire se pone denso, se estaciona el gris encima de nosotros y nos envuelve una niebla con pinta de permanente.

Cuando perdemos algo importante o alguien que queremos pierde algo importante, empezamos a desandar los pasos para volver al lugar donde lo vimos por última vez… a ver si de casualidad lo encontramos por ahí.

Entramos en un proceso de duelo.

Pero las reglas no son claras, los tiempos de duración no están definidos, no hay fórmulas universales, el tamaño y la frecuencia de las olas de tristeza son distintas para cada quien.

Por un rato o por un tiempo buscamos lo que perdimos. Damos vueltas por la casa, subimos y bajamos las escaleras, abrimos la puerta del refrigerador, nos asomamos por la ventana con la esperanza de verlo pasar, revisamos el teléfono o nos dormimos para ver si aparece en sueños. Nos sentamos en la esquina del sillón, hacemos como que leemos, como que no estamos buscando nada para ver si quedándonos quietos eso que traemos perdido nos encuentra a nosotros. Nos sentamos frente a la computadora, pero las letras no se ordenan, las ideas no cooperan, la pantalla se aferra al blanco. No encontrarnos nuestro lugar, no sabemos por dónde ir y de nada sirve preguntarle a Google porque para nuestro desasosiego no tiene un mapa disponible.

Empezamos a recuperarnos de a poquito.

Partiendo el día en horas, en minutos y en pequeñas actividades. Un té caliente, un baño largo, un paseo en bicicleta, una caminata, una llamada de teléfono, un pedazo de chocolate. Escuchamos música, escribimos, vemos una película, salimos a comer con una amiga, regamos el jardín.

La niebla empieza a disiparse, ya no es permanente y nos visita sólo a ratos.

Las pérdidas que nos tocan de cerca duelen porque se llevan algo que queremos, el efecto es brutal y directo.

Las pérdidas ajenas nos afectan de otra forma. Nos exponen a nuestros propios miedos, nos dejan ver que eso también puede pasarnos, que nuestras personas favoritas pueden irse, que podemos perder lo que tenemos, lo que hemos logrado, que pueden esfumarse nuestras habilidades y ventajas. En respuesta a todo esto nos dan ganas de escondernos en la cama y taparnos hasta arriba con las cobijas como cuando éramos niños y pensábamos que así nada ni nadie podía jalarnos los pies.

Perdemos cosas todo el tiempo… amigos, amores, oportunidades. Se escapan ideas que eran muy buenas pero que no apuntamos, dejamos ir sueños o no atrapamos algún proyecto. Perdemos el sueño, la tranquilidad, el buen humor, la forma y hasta la cordura. A veces nos quitan ilusiones, a veces las dejamos ir o renunciamos a ellas. En términos relativos, estas pudieran considerarse pérdidas pequeñas o incluso micro. Pero nos roban energía, nos desorientan y de estás también tenemos que recuperarnos.

Hace un par de semanas escuché una entrevista que Oprah Winfrey le hizo a Sheryl Sandberg, jefa de operaciones de Facebook. En ese espacio, Sheryl relata la muerte inesperada de su esposo, habla de su tristeza y del proceso que ha seguido para salir adelante.

Escribió un libro “Opción B” junto con Adam Grant en el que ofrecen estrategias basadas en ciencia para hacer frente a las pérdidas y hacernos más resilientes ante futuras adversidades.

¿Cuales son algunas de las estrategias?

Aplican tanto para las personas que están pasando por un duelo como para las personas que están a su alrededor.

Explica Sandberg que una reacción natural de las personas cuando alguien está pasando por una pena es no hablar del tema con ellas para no recordarles. Pero las personas no olvidan su dolor, lo tienen presente independientemente de si decimos algo o no. Y no preguntar puede tener el efecto contrario, pues podemos hacer sentir a la persona sola o excluida.

Grant y Sandberg resaltan la importancia de hacerle saber a quien está sufriendo que reconocemos su dolor, que estamos ahí para acompañarla. Con un gesto, un abrazo, una palabra de aliento o un plato de sopa caliente. Preguntando ¿cómo estas hoy? y así darle permiso de hoy no estar muy bien.

También es importante sentarnos con el dolor. No podemos empaquetarlo y enviarlo a otro lado; rechazarlo, ignorarlo o sepultarlo bajo una tonelada de trabajo no funciona. Es importante hacerle un lugar, pasar tiempo con él y aceptar que, aunque vayamos mejor, nos visitará sin previo aviso en diferentes momentos de nuestras vidas.

Practicar la gratitud es una estrategia poderosa en situaciones difíciles. Hacer una pausa para salir de la tristeza y reconocer lo positivo que tenemos mejora nuestro estado de ánimo. Escribir tres cosas buenas que pasaron durante nuestro día y rescatar el mejor momento nos ayuda a mirar con ojos de esperanza.

Darnos permiso de tener momentos felices, de risa, de buen humor es fundamental. Nos sentimos culpables cuando tenemos un rato alegre en medio de una tragedia o cuando alguien se va. Pero es por ahí que empezamos a sanar también.

Muchas veces no podemos modificar la realidad, deshacer una tragedia o revertir diagnósticos terminales y nos sentimos impotentes. En estos casos, dice Maria Sirois, debemos preguntarnos a nosotros mismos ¿cómo puedo ser la mejor versión de mi mismo en medio de esta pena?, ¿Cuál es la mejor versión de hija, hermana, madre, amiga que puedo ser para esta persona en esas circunstancias? Y eso es suficiente.

La muerte y la naturaleza transitoria de todas las cosas es una realidad, una parte intrínseca de nuestra vida diaria. Tenemos que hacer todo lo posible por aliviar el sufrimiento. La vida nos empuja y nos obliga a continuar.

Y si la opción A no está disponible… tenemos que recurrir a la opción B.

 

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“Si quieres cambiar al mundo empieza por tender tu cama”

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Dijo el Almirante de la Marina de los Estados Unidos William H. McCraven a los estudiantes de la Universidad de Texas en su discurso de graduación.

El video ha estado circulando en las redes sociales en los últimos días. Te lo recomiendo.

¿Cómo es que algo tan trivial e insignificante como tender la cama puede darte el impulso para cambiar el mundo?

“Si tiendes tu cama en la mañana habrás completado tu primera tarea del día. Esto te dará una pequeña sensación de orgullo y te motivará a realizar otra. Al final del día esta tarea completada se habrá convertido en muchas tareas completadas”

Esta idea, sencilla y poderosa, es uno de los ejemplos clásicos en cualquier libro sobre cambio de hábitos. Al igual que el ejercicio y dormir suficiente, tender la cama es considerado un hábito “clave” pues tiene un efecto en cadena de resultados o conductas positivas en otras áreas. Tender la cama representa ganar una “pequeña batalla” que pone a nuestro cerebro en modo éxito y genera la motivación para seguir y lograr más.

En su libro “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg relata los resultados de estudios que muestran que las personas que hacen su cama en la mañana son más productivas, más felices y más capaces para adherirse a un presupuesto. Tender la cama en la mañana aumenta nuestras posibilidades de tomar mejores decisiones durante el resto del día y eleva nuestra sensación de control.

“Tender la cama también refuerza que las cosas pequeñas importan. Si no puedes hacer bien las cosas pequeñas, nunca podrás hacer bien las cosas grandes”

Escuchar esta frase me hizo recordar los días en que mis hijas tuvieron la misión de aprender a lavar los platos. Durante las primeras sesiones en la cocina hubo de todo: lloriqueos -no era justo tener que hacerlo-, gritos de frustración porque los platos tenían mostaza, todo tipo de gemidos y hasta un total desmoronamiento a causa de pan aguado en el resumidero. No había nada peor en el mundo que un pedazo de brócoli atorado en un tenedor.

Durante una de esas escenas recuerdo claramente haber pensado que si una fresa machacada era suficiente para perturbar a una niña, no quería ni imaginar lo que podría hacerle la vida con sus retos. Entendí que si no dejamos a nuestros hijos frustrarse con lo pequeño y solucionarlo no podemos esperar que resuelvan lo grande.

Y ya que estamos en el tema de hijos y labores domésticas…

En esas actividades poco sofisticadas y aparentemente triviales hay un montón de enseñanzas. Desafortunadamente y, con la mejor de las intenciones, seguido le negamos a nuestros hijos la oportunidad de aprender, desarrollar habilidades y hacerse de recursos para la vida.

Limitamos su exposición a situaciones donde cumplir la meta significa tener que hacer las cosas mal muchas veces antes de hacerlas bien, a tareas que obligan a ejercitar el músculo de la resiliencia, la paciencia, la gratitud y la generosidad –características que se relacionan con la felicidad-.

Exentándolos de los quehaceres los alejamos de ocasiones donde es posible experimentar esa sensación que viene luego de contribuir, completar un objetivo, reconocerse útiles y capaces. Se quedan al margen de escenarios donde crece la responsabilidad y el sentido de compromiso.

Y no es como que el tiempo que ahorran brincándose los deberes de la casa lo invierten en algo que valga la pena… lo dedican a ver televisión o a naufragar en el teléfono.

Volviendo a los detalles, a la conquista de pequeñas batallas y a los platos de la cocina…

Me acuerdo también que mis hijas invariablemente preguntaban: ¿Cómo voy a terminar con todo esto? y yo respondía: “lavando un plato a la vez”.

Y ahora que lo pienso, así funciona la vida también… una conquista de pequeñas victorias a la vez.

Adelgazamos un kilo a la vez, tejemos un suéter una puntada a la vez, armamos un rompecabezas acomodando una pieza a la vez, corremos un maratón un paso a la vez, aprendemos un intento a la vez, avanzamos, olvidamos, sanamos y soltamos un día a la vez, ¿no?

Y todo esto se hace más fácil tendiendo la cama… un día a la vez.

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