Política, Economía y Felicidad: Redefiniendo el concepto de bienestar y progreso

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Hoy me tocó jugar de “conferencista emergente” en un congreso de jóvenes de secundaria interesados en política. Esta conferencia no estaba en mis planes para esta semana, pero una llamada inesperada la puso en mi agenda.

¡Me encantó!

Hace mucho que no pensaba en revolver en una frase las palabras: “Política, Economía y Felicidad” – título de mi plática esta mañana-. Y justo arranqué preguntando a los estudiantes si habían visto alguna vez estas tres palabras juntas en una misma oración. Me dijeron que no.

Justo en esa revoltura de palabras y hace casi veinte años empecé a caminar junto al tema de la felicidad. Estudiaba economía y tenía que hacer la tesis. No me inspiraba nada que tuviera que ver con tipos de cambio, tasas de interés o balanzas de pago, entonces busqué algo en el terreno de la Economía del Bienestar.

En teoría económica, la felicidad de una persona está directamente relacionada con su nivel de ingreso. En otras palabras, más dinero, más consumo, más necesidades satisfechas, más felicidad.

A nivel país, esta teoría dicta que entre más alto es el Producto Interno Bruto (PIB) –indicador tradicional clave de progreso y bienestar- mayor es la felicidad promedio de sus habitantes.

Esta teoría económica está completamente relacionada con la política. Los gobernantes deben promover y mejorar el bienestar de sus ciudadanos y tratan de lograrlo con políticas públicas enfocadas a incrementar la riqueza material. Una de las promesas centrales en cualquier campaña política es hacer crecer el PIB.

Hoy sabemos mucho más a cerca de la felicidad. Años de investigación científica han demostrado que la felicidad de la gente es explicada por algo más que el dinero. Hay otras variables que juegan un papel mucho más importante en la generación de felicidad de una persona y en el grado de satisfacción que siente con su vida.

Esto nos ayuda a entender por qué crecimientos económicos considerables en muchos países no han venido acompañados de aumentos en la felicidad promedio de su gente. Hoy tenemos riqueza material, avances de tecnología impresionantes y, al mismo tiempo, tasas de depresión nunca antes registradas.

Hace unas décadas inició un movimiento internacional para medir la felicidad de los habitantes de un país. Nacieron iniciativas para crear indicadores de bienestar subjetivo y sumarlos a los indicadores objetivos tradicionales con el fin de usar ambos en el diseño de políticas públicas.

Comenzó a redefinirse del concepto de bienestar y progreso.

Hace unos meses tuve la oportunidad de escuchar en el Foro Mundial de la Felicidad a Mariano Rojas, investigador líder en México –y en el mundo- en temas de felicidad y política pública. Su conferencia me pareció realmente inspiradora. Y esta mañana, que tuve el reto de hablar de política y felicidad frente a un grupo de jóvenes, recurrí a las notas que tomé cuando lo escuché.

Lo que sigue a partir de aquí es un resumen de la propuesta y visión de Mariano.

Es importante redefinir el concepto que tenemos de progreso y bienestar. Tenemos que evolucionar de una definición basada en capacidad de producción, bienes y consumo a una definición basada en personas. Una definición de progreso con el ser humano al centro, en lugar de su capacidad de producir y consumir. Una definición que vaya más allá del PIB y este enfocada en la felicidad promedio.

Esto requiere de romper paradigmas en varios aspectos.

El primero implica pasar de una tesis enfocada en el capital físico a una centrada en la comunidad. Entonces, en lugar de seguir construyendo autopistas de alta velocidad, distribuidores viales y rascacielos deberíamos enfocarnos en crear comunidades donde se resalten la identidad y el sentido de pertenencia; donde el contacto con los vecinos, la seguridad, la salud y las actividades gratificantes tengan prioridad.

Es necesario dejar de ver al mundo como una fuente de recursos y capitales naturales a explotar y empezar a verlo como nuestra casa, como un ecosistema del que somos parte. Tenemos que darle valor al medio ambiente.

El sistema de educación también tiene que cambiar. En el sistema actual vemos a nuestros niños y jóvenes como la futura fuerza laboral. Los entrenamos para desarrollar competencias que los hagan productivos. Vemos a la educación como una inversión en activos que podremos explotar más adelante. Un concepto basado en felicidad tendría que estar basado en el disfrute de la educación, en obtener conocimiento y habilidades para la vida -felicidad, valores no materialistas, prevención de la salud, relaciones interpersonales-. Tendría que estar basado en formar buenos ciudadanos y personas integrales.

Nuestro concepto del tiempo libre también cambiaría. En el esquema tradicional, el tiempo libre se considera improductivo, vagancia, la fuente de todos los vicios, un desperdicio. En el nuevo esquema el tiempo libre es gratificante, una oportunidad para crecer, aprender y renovarse.

Este movimiento  además obliga a cambiar la idea que tenemos con respecto al trabajo. Con una definición de progreso y bienestar basada en PIB tendemos a ver al trabajo como algo malo, un sacrificio que tenemos que hacer, algo estresante y donde el sueldo es un premio por el sacrifico y el único motivador. Bajo el esquema de la felicidad, el trabajo puede ser una fuente de satisfacción. Una oportunidad para desarrollar nuestros talentos, hacer amigos, un espacio apasionante y donde la motivación vine de adentro.

En conclusión, esta nueva definición de progreso admite que la vida y la felicidad es algo más que sólo dinero, producción y consumo.

Todo empieza con un nuevo discurso de desarrollo y sembrando en las nuevas generaciones una manera diferente de pensar.

Al final de la plática pregunté a los jóvenes si les gustaría vivir en un mundo que pusiera al centro la felicidad de las personas. Dijeron que sí. Me quedo con la esperanza de que sigan interesados en hacer política, una política diferente y mejor.

 

 

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